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Nº 79 - 9 de enero de 2002 |
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CO 2.
Corazón sin coraza:¿Pueden votar hoy los católicos sin
traicionarse? Por
Aquilino
Duque LA BISAGRA Una
de las virtudes del «pensamiento único» de la Modernidad es la
prescripción de la bisecular dicotomía de derechas e izquierdas, hoy
perfectamente intercambiables; de ahí que en esa fantasmagoría de la
democracia parlamentaria haya llegado a ser tan difícil ejercer la
oposición, tanto si ésta es nominalmente de derechas, como en Inglaterra
por ejemplo, o de izquierdas, como en España. Los mejicanos no han
tardado mucho en darse cuenta de que los nuevos gobernantes no se
diferencian apenas de los anteriores. La gobernación de un país no es ya
la oportunidad de llevar unas ideas a la práctica o de hacer realidad una
utopía, ni siquiera la de satisfacer la «pasión de mandar», sino la
aspiración a los empleos mejor remunerados del Estado. No se puede hablar
de «pasión de mandar» porque eso no se lleva en la política de hoy, en
la que de lo que se trata es de obedecer, no al «pueblo soberano» ni al
«sufrido contribuyente», sino a poderes políticos y económicos que están
muy por encima de esas democráticas abstracciones. Hace
años fui invitado a conspirar por un ilustre arquitecto que quería crear
un partido liberal, «bisagra» entre PSOE y UCD. Yo propuse un programa
con lo que esos partidos eran incapaces de ofrecer: orden público,
justicia social y abolición fulminante de las autonomías. El incipiente
partido no salió nunca de aquellas cuatro paredes. Corazón
sin coraza:¿Pueden votar hoy los católicos sin traicionarse? Por Ismael Medina ¿PUEDEN
VOTAR HOY LOS CATÓLICOS SIN TRAICIONARSE? Tiempo
atrás se suscitó en Hispanidad, diario electrónico con amplia
difusión en Internet, la conveniencia o inconveniencia de crear en España
un partido cuyos postulados en cualesquiera materias fuesen fieles al
mensaje evangélico y a la doctrina de la Iglesia. Durante varias semanas
opinaron asiduamente los lectores, en la sección de «Cartas al Director».
El problema de conciencia a que se enfrentan los creyentes a la hora de
votar está motivado por el progresivo y militante laicismo de los
partidos políticos en liza, traducido en criterios ideológicos,
comportamientos y legislación que atentan contra los principios básicos
de la moral a que nos debemos los católicos. Multitud
de católicos han votado al Partido Popular sin convicción, considerándolo
a efectos electorales un «mal menor». Fenómeno parejo al que beneficia
al PNV y a CiU. Llevados, en definitiva, por el prurito de evitar el
triunfo del PSOE, cuyo arraigado laicismo y visceral anticlericalismo se
tradujo durante los sucesivos mandatos gonzaleros en una legislación difícilmente
asumible por los creyentes con clara conciencia de sus deberes cívicos en
cuanto tales. Tampoco los antecedentes udeperos, asumidos luego de su
desaparición por el neocentrismo del PP, contribuían a una clara
superación de las reservas nacidas al socaire de la Constitución de
1978. Ha sido bastante común escuchar a no pocos electores católicos: «Voto
al PP tapándome las narices». No pocos, más conscientes, optaron por la
abstención, hasta que la situación creada por la corrupción de los períodos
gonzaleros en todos los órdenes (moral, social, cultural, económico...)
les impulsaron al voto activo de protesta para beneficio del aznarismo. A
la confusión electoral de los católicos ha contribuido no poco la falta
de una severa orientación pastoral de la Iglesia institucional española.
El desconcierto se vio reiteradamente favorecido por los medrosos
pronunciamientos de la Conferencia Episcopal, la parcialidad introspectiva
de los obispos en regiones con marchamo nacionalista, las inclinaciones «progresistas»
de algunos otros y los desvaríos modernistas de un buen número de
sacerdotes y religiosos. No siempre han asumido unos y otros el rigor
doctrinal del Vicario de Cristo, cuyo magisterio han definido con claridad
aquellas transgresiones de la moral católica y del Derecho Natural que
son inasumibles por los creyentes. El
partido político Democracia Cristiana nació en Italia como respuesta
necesaria de la Iglesia Institución y de la Iglesia Pueblo de Dios al
virulento garibaldismo, ideológicamente iluminista y operativamente masónico,
sobre el que nació la unidad nacional, en clave antipapal. Por razones
históricas parejas arraigó también en Alemania y se extendió a otras
naciones. España fue una excepción y motivo de desconcierto para el
resto de los católicos europeos. Don Ángel Herrera, apoyándose en El
Debate, pretendió una opción política parigual para hacer frente al
sañudo anticatolicismo que irrumpió durante la II República al amparo
de la Constitución de 1931, decisivamente influida en este aspecto por
las directrices del Gran Oriente de España (147 miembros de las Cortes
Constituyentes pertenecían a la masonería). El intento herrerista no
tuvo fortuna. La CEDA (Confederación de Derechas Autónomas) fue un
conglomerado de partidos conservadores en el que prevalecía la defensa de
los intereses sobre criterios confesionales, pese a que unos y otros se
sintieran católicos. Coincidió
mi corresponsalía en Roma con el período en que, bajo la dirección de
monseñor Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, y con la
servicial disponibilidad política del episcopado y el clero taranconianos,
se conspiraba para derribar desde dentro el régimen de Franco y
sustituirlo por una democracia partitocrática en la que prevaleciera
sobre la izquierda un partido democristiano parejo al italiano. Durante
aquel período aciago mantuve largas conversaciones con purpurados y otros
miembros de la Curia que, enfrentados a monseñor Benelli, más conocido
en los ambientes vaticanos como el «muro de Berlín» por el aislamiento
a que tenía sometido a Pablo VI, desconfiaban de los resultados de la
operación y de lo que podía suceder en España si caía el régimen. Auguré
en el curso de aquellas entrevistas que un partido democristiano fracasaría
en España. Y no sólo por razones históricas, iluminadoramente expuestas
por el profesor Luis Suárez, acentuadas después de que el Concilio
Vaticano II sancionara la libertad religiosa y el Estado español la
asumiera legalmente. A mis interlocutores les resultaba paradójico que un
pueblo mayoritariamente católico fuera refractario a la existencia de un
poderoso partido democristiano, como yo les advertía. Traté de
explicarles que, a diferencia de Italia, la unidad de España se consumó
en clave católica cuatro siglos antes. Y que, imbuido por el pensamiento
teológico español, los católicos se sentían libres para asumir
cualesquiera opciones políticas que no contravinieran la doctrina de la
Iglesia, motivo por el cual en España existieron diversos partidos políticos
de contenido católico e ideológicamente discordes. El
transaccionismo democratizador, en clave partitocrática, confirmó
aquellas prevenciones. La UCD ocupó el espacio que teóricamente
correspondía a la democracia cristiana, amén de un difuso neofranquismo,
en desigual competencia con Alianza Popular, remedo estructural cedista y
movimientista. También se frustró el bienintencionado intento de
Federico Silva Muñoz y Jesús Barros de Lis de crear un partido
democratacristiano de nuevo cuño, defensor al propio tiempo de la unidad
nacional, en precario tras la recuperación por el transaccionismo
partitocrático de los estatutos vascongado y catalán, compromiso
impuesto desde el exterior, fraguado en el curso de la famosa reunión de
Munich de 1962 a instancias precisamente de la Internacional Democristiana
(a ella pertenecían el PNV y UDC), ya por entonces en deriva hacia un
centrismo progresista que la autodestruiría en poco más de una década.
La oposición de Silva Muñoz y Barros de Lis al reconocimiento de las
tesis separatistas les acarreó la condena política del presidente de la
Internacional Democristiana, del que se conocería más tarde su vinculación
masónica. Animosidad ésta que también influyó en el fracaso de una
nueva DC antes aludido. Tampoco debe obviarse que los más sobresalientes
cabecillas del llamado «socialismo del interior», creado por el SECED de
Carrero Blanco, provenían de los círculos de adoctrinamiento
democristiano de Fernández Jiménez (Sevilla), Ruiz Jiménez (Madrid) y
Pallach (Barcelona) los cuales acogían a universitarios procedentes en su
mayoría de centros de enseñanza preferidos por la burguesía. Al compás
que marcaba la Internacional Democristiana, pasaron a constituirse en «cristianos
para el socialismo». Y más tarde en los socialistas que, con el apoyo
del SECED, desbancaron en Suresnes a los del exilio. La
Constitución de 1978, aquejada de ilegitimidad de origen al no ser fruto
de unas Cortes Constituyentes, sino de unas Cortes ordinarias resultantes
de la Ley de Reforma Política, nació tarada por los vicios laicistas y
centrifugadores que aquejaron a la de 1931, denunciados por Ortega y
Gasset, Unamuno, Salvador de Madariaga entre otros. Y llevados a extremos
radicales que tanto satisfacen al historiador israelí Avni (España,
Franco y los judíos). Hechura de conversos a izquierda y derecha, en
la redacción del texto constitucional prevaleció la demagogia laicista,
junto a la torpeza técnica y la agudización de las proclividades
dispersivas. No
me refiero, por supuesto, a la separación de potestades entre el Estado y
la Iglesia, la cual quedó zanjada, al tiempo que la libertad religiosa, a
raíz del Concilio Vaticano II. Falange Española, de profundo
enraizamiento en la tradición católica, ya la había asumido, y con gran
anticipación, en su norma programática número 25: «Nuestro Movimiento
incorpora el sentido católico -de gloriosa tradición y predominante en
España- a la reconstrucción nacional. La Iglesia y el Estado concordarán
sus facultades respectivas, sin que se admita intromisión o actividad
alguna que menoscabe la dignidad del Estado o la integridad de la Iglesia».
La aceptación de los fundamentos católicos de la cultura hispánica por
los militantes de FE no condicionaba la libertad religiosa de cada uno de
ellos. En sus filas convivieron los católicos, mayoría, con miembros de
otras religiones e incluso ateos. Ese mismo arraigo histórico de la
conciencia católica trascendió a otras frente de su actuación, los
cuales alejaban a FE de proclividades totalitarias de índole panteísta
existente en Europa. Se olvida, por ejemplo, que, fiel al humanismo católico
asumido, fue el único partido que, con naturalidad y sin aspavientos, tenía
en sus filas a dos negros. Los
católicos españoles, insisto, no puede acomodarse políticamente en
conciencia con partidos que imponen enseñanzas laicistas, que favorecen
la disolución de la familia, que estimulan de manera sectaria la
descristianización de la sociedad, que protegen legalmente
comportamientos aberrantes, que legalizan el crimen abortista al tiempo
que farisaicamente postulan la abolición de la pena de muerte, que
anteponen la anormalidad moral a la exigencia moral, que se nutren de la
corrupción en vez de la gestión honrada de sus propios recursos, que
practican un brutal materialismo, que acrecen las distancia entre las
clases sociales empobreciendo a las más débiles, que amparan localismos
irracionales y discriminatorios al tiempo que un internacionalismo rapaz
en vez de seguir la tradición universalista que hizo grande y singular a
España.... Ninguno de los partidos con representación en las instituciones del Estado y en las taifas, y no pocos de los que no alcanzan la regalía de un sillón en las sedes parlamentarias de la partitocracia, deben ser votados por los católicos españoles sin traicionar sus convicciones religiosas y un exigente principio de coherencia. Sólo nos restan la abstención, el voto inválido en el que se inscriba la protesta o el voto a una oferta que, aunque minoritaria, sea congruente con la doctrina de la Iglesia, aún a despecho de determinados predicadores neoclericales y de las fluctuantes acomodaciones de ciertos sectores episcopales. La
soga al cuello
El
señor Arzalluz es un lenguaraz incontenible que aprovecha cualquier
oportunidad, venga o no a cuento, para lanzar cuanta necedad le vienen a
la mente, y le vienen muchas, casi a diario. El pasado día 5, en el
diario Deia, publicaba el artículo que reproducimos en su
integridad. A través de él podemos calibrar el estado de su mente. Por Xabier Arzalluz Allá
por 1976 lo teníamos claro: olvidémonos de fronteras, moneda, ejército,
representación exterior... de todo eso que se va a Europa. Concentrémonos
en lo que va a quedar. A nosotros y a los demás. Nuestras
metas eran muy claras: 1º
Recuperación del Concierto para Bizkaia y Gipuzkoa. Si queríamos
autogobierno era indispensable una base financiera realmente autónoma. Pujol
nos decía por entonces: ¿Estáis
seguros de que el Concierto es un buen sistema? Es muy arriesgado. O
porque venga una crisis económica, en la que nadie os va a ayudar..., o
porque os suban el cupo y os ahoguéis igualmente. No
hicimos caso a Pujol. Sin saber de finanzas, al menos yo tenía muy claro
que el sistema concertado era mejor que el que le iban a aplicar a él. 2º
Teníamos también claro que debíamos disponer, como en los tiempos
anteriores a Franco, de una Policía propia, de aquí y mandada desde aquí.
Huelgan las razones. Recalcar
tan sólo que la Guardia Civil comenzó a entrar en Euzkadi en los tiempos
de mayor debilidad política, hacia l903. Entró de la mano de las
patronales vizcainas, para quienes la Policía autóctona, miqueletes,
forales y miñones, no era lo suficientemente enérgica para reprimir
huelgas o lockouts. Los patronos ponían los cuarteles y Madrid enviaba a
los números. Los últimos miqueletes y forales en Gipuzkoa y Bizkaia
fueron extinguidos al suprimir Franco el Concierto a las provincias
traidoras. Carecían ya de fondos para mantenerlos. Y en los siguientes
cuarenta años supimos todos de la «eficiencia»’ de las Fuerzas y
Cuerpos de Seguridad del Estado. Nótese de paso que las ‘«patronales»’,
especialmente las grandes, no siempre consideran prioritarios los
intereses del País cuando chocan con los de su bolsillo. 3º
Educación. Un buen sistema educativo y una red bien dotada es fundamental
para el desarrollo de los ciudadanos y del País, mucho más que cualquier
riqueza natural. Además,
nuestra lengua y nuestra cultura fueron totalmente eliminadas del sistema
educativo impuesto por España en las tierras vascas. 4º
Medios de comunicación propios. Quienes sufrimos la Prensa del
Movimiento, la Censura y el color político de las empresas de comunicación
existentes, entendíamos imprescindible la existencia de medios públicos
vascos no dependientes de las pautas centralistas. Había que romper el
monopolio informativo del Estado y de la derechona españolista. Pero
ALIANZA POPULAR y toda la derecha española, en la que pululaba todo el
franquismo reconvertido, tenía también las ideas claras. Había que
permitir una válvula de escape a la presión vasca y catalana. Esta
derecha no aprobó la Constitución. El propio Aznar se declaró a sí
mismo y en escrito público «abstencionista beligerante». Nunca
aceptaron la palabra «nacionalidades» del art. 1º, y rechazaron el Título
VIII, el de las Autonomías, y, por supuesto, la Disposición Adicional. Votaron
también en contra de Estatuto Vasco, mientras dieron paso a todos los demás.
La diferencia la expresó muy drásticamente D. José Mª Gil Robles: «Unido
el art. 1º (nacionalidad) con la Disposición Adicional, este Estatuto es
Autonomía hoy e Independencia mañana». Me
tocó estar en la negociación estatutaria en La Moncloa. Fue dura y
penosa. Los temas del Concierto no se desatascaron hasta que Suárez
sustituyó a Fz. Ordóñez introduciendo en el equipo a García Añoveros.
Martín Villa estaba empeñado en configurar una Ertzaintza de chichinabo,
algo así como de guardas jurados, y sin tocar, por supuesto a los cuerpos
de seguridad del Estado La
última noche de La Moncloa fue realmente dura. Estábamos solos. Teníamos
la sensación de que habían dejado a Suárez solo. Que, como dijo más
tarde uno de ellos, no querían tener las manos manchadas con nuestro
Estatuto. Tuve una agria discusión con Oliart. Pretendía que aceptáramos
un doble sistema educativo, uno español y otro vasco, que irían
convergiendo en el tiempo. Terminamos mal. Me vino, en plena noche, como
una fiera, acusándome de haber dicho que él propugnaba un sistema
escolar como el de Alabama, unos centros para blancos (españoles) y otros
para negros (vascos). Yo no había dicho nada de eso. Me calenté y le
dije que de haber negros serían los suyos y no los nuestros. Y se marchó.
Si
la discusión fue dura, la puesta en marcha del Estatuto fue un largo
Calvario. De
la Seguridad Social nada de nada, hasta hoy. En
cuanto al Concierto no había modo de ponerlo en marcha. Recuerdo a Pz.
Calleja llamándonos ingenuos si creíamos que Bizkaia y Gipuzkoa iban a
recuperar el Concierto. Y cuando vino Suárez a Bilbao, a fines del 80, el
recibimiento fue tormentoso y el boicot generalizado, hasta en las calles.
Y
entró por fin en vigor el 1º de Enero de 1981. El 23 de Febrero
siguiente, fue lo de Tejero. Es decir, dos meses más y estaría por ver,
con Tejero y LOAPA, qué hubiera quedado del Concierto... Sin hablar de la
tensión por la introducción del IVA, y los seis largos años en los que
el Gobierno vasco, como ahora, se negó a pagar el total del cupo que exigía
Madrid. Que por cierto se arregló con la formación del primer Gobierno
de Coalición con los Socialistas. ¡Extraño modo de saldar las cuentas
del Estado!. En
cuanto a la Ertzaintza, dejo a Retolaza el deber de escribir puntualmente
todo el Calvario que le tocó padecer hasta que pudimos hablar de una
verdadera Policía. Sería
demasiado largo entrar en los temas educativos, aún no resueltos. Y de
los medios de comunicación sólo recordaré el episodio del personamiento
de un piquete de la Guardia Civil en la ETB de Iurreta, con el ánimo de
impedir la puesta en marcha de la segunda cadena en español. LA
ESPAÑA DE AZNAR. Aznar tiene por fin su mayoría absoluta. Y se siente
como cuando su admirado Franco ganó la guerra civil. Tiene en le mano «su»
Estado de Derecho. O lo que él toma por Estado de Derecho. Aznar
es, por propia y escrita definición, un «falangista independiente».
Aunque últimamente se declara a sí mismo como «liberal». Aznar tiene
«su» concepto de España. El que tuvo siempre. Pero lo mismo que Franco
cedió tierra española al Ejército americano, en contra de sus
arraigados conceptos patrióticos, también Aznar sabe que tiene que ir
cediendo soberanía a Europa. Ve
también que, por imperio de unas Leyes que él no aprobó, Constitución
y Estatuto, hay poderes que son de ciertas Autonomías y que nunca
debieron arrebatarse al Estado. Porque si suelta poderes hacia arriba y
también hacia abajo, ¿qué quedará de España? Para
Aznar ha llegado la hora de, con su Ejército de Leyes en la mano, volver
las cosas a su sitio. De donde nunca debieron haber salido. Esto del
Concierto, que estamos viviendo, es el primer paso, el básico, el de
echar la soga al cuello de las Finanzas Vascas, el soporte del
autogobierno. Hay que tener a los vascos como a Pujol, como a pajaritos en
el nido. Que lloren y píen si quieren gusano. Tampoco
aceptarán nunca Aznar y sus gentes que haya aquí una verdadera Policía
fuera de su control. Terminarán metiendo a la Guardia Civil. No ya como
ahora, pululando por las calles en número de unos 6.000, sino como policía
auténtica con competencias propias. Entrarán
en el control de la Enseñanza Vasca hasta imponer su criterio en lengua y
enseñanza de la Historia. No olvidemos el Documento de 21 de Oct. del 97,
elaborado por dirigentes del PP de aquí y de Catalunya. Y no pararán
hasta privatizar la segunda cadena de ETB, en manos de «empresarios mediáticos
leales», como los del ABC vasco. CONCLUSIÓN.
A quienes hablamos de autodeterminación y soberanía, aunque nos tengamos
que ocupar en defender, a duras penas, lo elemental de lo elemental de una
personalidad colectiva, nos espera, mientras éstos tengan su mayoría, un
ataque más o menos sutil, pero masivo, de Leyes y de Medios. No
estamos ante un ataque puntual o coyuntural por unos millones más o menos
de cupo. Lo que están haciendo y piensan hacer está pensado, planeado y
decidido. Son los Espartero de siempre en la política española: suelto
cuando estoy en apuros y recojo cuando estoy fuerte. No
hay arreglo con éstos. Quienes son «más vascos que españoles», o se
llaman nacionalistas y dicen amar a Euzkadi, aunque no hasta el punto de
que se les perturbe la tienda, los que para defender sus puestos estarían
dispuestos a sacar el fusil, tienen una solución: tienen a Mayor Oreja,
dispuesto a acoger hasta a socialistas desengañados, o pueden formar un
Partido foralista o como sea, como empujan a algunos desde Madrid. No les
van a faltar ni fondos abundantes del CESID (no sería la primera vez) ni
apoyo gozoso de la nueva Prensa del Movimiento, empezando por los ABC
vascos. A
los vascos abertzales, demócratas, pacíficos y dialogantes, pero firmes,
sólo nos queda resistir y contraatacar. Lo
que no haremos nunca es colaborar a apretar la soga que nos quieren poner
al cuello. |
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EL
CLUB DE OPINIÓN ENCUENTROS, a través de sus actividades relacionadas con
la cultura y el pensamiento, aspira a contribuir a la formación de una
corriente regeneradora de España acorde con los tiempos actuales. Siendo
un Club con vocación de "encuentro" de los españoles, admite
en las páginas de sus publicaciones, en sus tertulias y conferencias, los
juicios de cuantos se encuentran en esa línea, sin que ello suponga
asumir las distintas opiniones. |
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