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  Nº 80 - 16 de enero de 2002

 CONTENIDO

1. Corazón sin coraza: Leopoldo Barreda: ¿ignorancia o sectarismo?

2. El anaquel: La rosa malodorans. Los señoritos satisfechos.

3. Desde Argentina: crónica de un colapso (1)

4. De lo pintado a lo vivo

 CORAZÓN SIN CORAZA 

Por Ismael Medina

LEOPOLDO BARREDA: ¿IGNORANCIA O SECTARISMO?

Leopoldo Barreda, portavoz del Partido Popular en la taifa vascongada, afeó al cacique del nacionalismo cavernícola, herr Arzallus (fue miembro del partido socialdemócrata alemán y se asegura que incluso llegó a tener pasaporte germano), su destemplada exigencia de que el Vaticano se guíe por criterios racistas estrictos a la hora de nombrar obispos en las diócesis que el PNV tiene por dependientes.

La pretensiones del nacionalismo vascongado son explicables. No sólo provienen de un cerril enrocamiento etnopolítico. También de una proclividad vaticana espoleada por el liberalismo laicista de amplios sectores políticos, gobiernos y constituciones que proliferaron durante el siglo XIX. Una animosidad contra la Iglesia asaz pareja a la entraña iluminista del garibaldismo sobre cuya plantilla ideológica se produjo la unidad política de Italia. Derrotado el tradicionalismo foralista, de sus cenizas en Vascongadas emergió el sabiniano Partido Nacionalismo Vizcaino, réplica enloquecida del nacionalismo catalanista, el cual se vio reforzado por el desenlace de la guerra civil. En los partidos nacionalistas vascongado y catalán, que por entonces blasonaban de acendrado catolicismo, encontró la diplomacia vaticana un instrumento para frenar las ínfulas laicistas de los partidos y gobiernos de España.

La afección de la Secretaría de Estado vaticana hacia los dos separatismos reconocidos por la II República se rompió cuando, a raíz de nuestra guerra, tanto el vascongado como el catalán antepusieron su obsesión secesionista a la aireada presunción de fidelidad católica, aliándose con los causante de la más sangrienta persecución religiosa sufrida hasta entonces por la Iglesia. Pero retornó al amparo de la infección marxistizante de la llamada teología de la liberación, del fraude interpretativo de los postconciliaristas y de la politización taranconiana cuyo trasfondo benelliano pretendí explicar en un artículo anterior. En el ámbito de la conspiración neoclerical, y habida cuenta de la elevada edad media del episcopado en aquella coyuntura, se recurrió a colar en el episcopado a los clérigos afines por la puerta falsa del nombramiento de los obispos auxiliares. Por ahí entraron los que a no tardar ocuparían las sedes vacantes y alcanzarían la mayoría conspiratoria en la Conferencia Episcopal. Entre ellos, por supuesto, los que se convirtieron en el brazo clerical de maniqueo nacionalismo arzallusista, con Setién a la cabza (de sus tiempos de obispo auxiliar conservo documentos suyos que a la luz de la pastoral de Juan Pablo II serían calificados de heterodoxos) y del igualmente maniqueo nacionalismo pujoliano.

Arzallus y sus secuaces añoran sin duda aquellos lejanos tiempos en que los nombramientos de los obispos de la taifa podían cocinarlos el PNV y su corte en el fogón del taranconismo. En este punto asiste la razón a Leopoldo Barreda, portavoz del PP en el taifa vascongada. Y también en la denuncia de que un tal localismo étnico contradice la universalidad de la Iglesia. Pero erró al sostener (copio de la reseña de La Razón del 12 de enero) que «las críticas de Arzallus al Vaticano demuestran que al presidente del PNV le gustaría poder dictar el nombre de los prelados, como lo hacía Francisco Franco». Toda persona atribuida de responsabilidad política, y aún más si lo hace como portavoz del partido al que debe la encomienda, tiene la obligación de instruirse sobre el asunto de que hablará, con el fin de no desbarrar. Desconozco si los conocimientos históricos y políticos del señor Barreda son asaz superficiales y limitados a los tópicos antifranquistas al uso. O si ha podido en él más el sectarismo que la verdad. En cualquier caso, lo que dijo y reproduzco no sólo es falso, sino también una idiotez.

El derecho de presentación y su utilización como arma dialéctica contra el régimen se registró al tiempo que la campaña conspiratoria instigada por el sustituto de la Secretaría de Estado e instrumentada a través del taranconismo y del rebufo postconciliarista. Se trataba de una añagaza para justificar y encubrir la verdadera entidad del nombramiento directo de obispos auxiliares para la ocupación mayoritaria de la Conferencia Episcopal. Y se hacía, además, a sabiendas de que el derecho de presentación no pasaba de configurar un mero formalismo, a diferencia del derecho de nombramiento del Jefe del Estado francés para determinadas diócesis, el cual ejercía sin que el neoclericalismo lo discutiera.

El Estado español, que no el Jefe del Estado, heredó de la Monarquía el susodicho derecho de presentación. El mecanismo del mismo que en la práctica se siguió durante el régimen de Franco se realizaba así: tras consultar el Nuncio a obispos, religiosos y seglares prestigiosos, componía una terna que se sometía al Jefe del Estado, el cual proponía automáticamente al primero. Era la Santa Sede la que, de hecho, nombraba a los obispos. Nunca rechazó Franco las propuestas que se le hacían. Y sólo en dos ocasiones se permitió acompañar al documento de presentación un informe advirtiendo de la inconveniencia para la Iglesia, que no para el Estado, de tales nombramientos. El uno por la conducta escandalosa y poco eclesiástica del nominado y, pese a todo, nombrado. Y otra, en el caso del señor Setién, ya entonces más que monseñor. Los hechos le darían la razón. No mucho después de su nombramiento, el primero fue apartado de la diócesis y enclaustrado en un monasterio. Y aunque tardíamente, los democratizados han debido verificar respecto del segundo que los recelos de Franco se cumplieron con creces.

La campaña para que el Jefe del Estado renunciara al derecho de presentación adquirió grandes dimensiones políticoeclesiásticas a finales de los años sesenta. El sustituto de la Secretaría de Estado presionaba constantemente al Papa para que escribiera una carta personal a Franco pidiéndole la renuncia. Pero Pablo VI recelaba de su conveniencia. Monseñor Benellí acudió al asesoramiento de Ruiz Jiménez para persuadir al Pontífice. Y en efecto, don Joaquín aseguró que Franco era tan católico y respetuoso con el Vicario de Cristo que si éste se lo pedía no opondría resistencia alguna a la renuncia. Persuadido por católico tan conspicuo, además de exministro de Franco, Pablo VI escribió la carta y el Nuncio en Madrid la entregó al Jefe del Estado, quien la respondió con presteza. Decía Franco, en síntesis (el texto se puede encontrar en Franco y su tiempo, del profesor Luis Suárez Fernández), que renunciaría de inmediato al derecho de presentación si de él dependiera. Pero que era una prerrogativa histórica concedida por la Santa Sede al pueblo español en la institución monárquica y de la que él era mero depositario, motivo por el cual no le correspondía legítimamente tomar esa decisión. La carta fue entregada al entonces embajador de España ante el Vaticano, don Antonio Garrigues y Díaz Cañabate. El intercambio, se realizó con el lógico sigilo diplomático.

Una mañana en que investigaba un enojoso asunto relacionado con las actividades conspiratorias del taranconismo, alguien muy fiable me confió, exigiéndome secreto, que el contenido de la carta de Franco al Papa lo había conocido el sustituto de la Secretaría de Estado durante la entrevista en que nuestro embajador solicitó ser recibido por el Papa. Y que monseñor Benelli le había pedido esperar a entregarla hasta que preparase a Pablo VI para recibir una respuesta que le disgustaría grandemente. Habían transcurrido catorce días desde que el embajador solicitó la audiencia con el Papa y me desesperaba que la promesa de silencio me forzara a esconder tan sabrosa noticia. Pero otra de mis fuentes vaticanas me confió en ese momento la misma información sin exigirme secreto. Me sentí liberado y viajé eufórico con mi familia a la playa de Ostia, dándole vueltas a la crónica que escribiría aquella tarde.

Coincidí en la playa con uno de los diplomáticos de nuestra embajada ante el Vaticano, persona muy inteligente, amable y discreta que años después tendría una muerte trágica en Argentina. Le dije lo que sabía, lo negó sin convicción y le advertí que escribiría la historia si al día siguiente nuestro embajador no había entregado la carta al Papa. Desconozco si mi advertencia surtió efecto o si se trató de una mera coincidencia. Lo cierto es que veinticuatro horas más tarde el embajador pudo entregar al Papa la carta de Franco. Más tarde supe que las prevenciones de monseñor Benelli estaban justificadas. El enojo de Pablo VI se dirigió obviamente hacia monseñor Benelli y quienes le habían llevado a quedar en evidencia. En las hemerotecas está la crónica que aquel mimo día escribí para la Agencia Pyresa.

Sería don Juan Carlos I quien renunció al histórico e inoperante derecho de presentación, fiel al laicismo constitucional que configuraba el espíritu de la democracia partitocrática.

 EL ANAQUEL 

Por Aquilino Duque 

LA ROSA MALODORANS

El Partido Socialista Obrero Español tiene la habilidad de cubrirse con más frecuencia de la debida de algo que don Indalecio Prieto denominaba por su nombre, un nombre que no voy a repetir, entre otras cosas porque no huele precisamente a rosas. No recuerdo bien si eso lo dijo en relación con el alijo de armas del Turquesa o con el botín del Vita, dos yates emblemáticos en la historia del socialismo español y en la biografía de don Indalecio. Yo soy de aquellos españoles sin partido, poco entusiastas del régimen actual, que sin embargo otorgan un voto de confianza, dentro de lo que cabe, a las caras nuevas que surgen en los viejos partidos. Algunas de esas caras, estoy seguro, son espejo de almas de buena fe, pero la atmósfera que han de respirar está demasiado viciada y cargada para que su cristal no tarde en empañarse.

La amarga lección que el separatismo dio a los socialistas en la última guerra civil parece haber caído en saco roto. El separatismo, que es el gran pecado de la España actual, es un pecado que no conoce parvedad de materia; es un pulpo que seguirá matando hasta que consiga sus objetivos o hasta que alguien se deje de atajar tentáculos y vaya derecho a su triple corazón. En 1937, don Antonio Machado dijo por boca de su Juan de Mairena algo que ya decían también personajes desengañados como Azaña y como Negrín, que se llamaron a engaño cuando ya era tarde, cuando ya olía mal la rosa. 

SEÑORITOS SATISFECHOS

Decía don Alberto Lista que la democracia tiene muchas manos y muchas bocas y es desde luego un hecho que, gracias a la democracia, pueden realizarse muchísimas personas que en tiempos políticamente más austeros se sentían marginadas y frustradas. Nada más lógico, pues, que todas esas personas se alarmen y vociferen cuando algún imprudente evoca la posibilidad constitucional de declarar el estado de excepción para poner fin a las veleidades separatistas de ciertas provincias del territorio nacional. A todas esas personas, que cabe englobar en lo que Ortega llamó «el estado mayor de la envidia», les importa mucho más el funcionamiento de las instituciones y entidades que les dan de comer que esa anacrónica abstracción de la Patria unida.

Naturalmente, el mantenimiento de la ambigüedad constitucional tiene un precio, exige un tributo que es el que la clase dirigente y los elementos separatistas deben de pactar en sus diálogos secretos, y ese tributo consiste entre otras cosas en el número de piezas que el terrorismo esté autorizado a cobrar cada año sin poner en peligro la supervivencia del ecosistema. Sé de un antifranquista retroactivo que reconoce que sí, que con Franco se vivía bien, pero con una pistola en la nuca. Tampoco vivimos mal los señoritos satisfechos del régimen actual, aunque sea con una bomba lapa en el ipurdi.

  DESDE ARGE N TINA..CRÓNICA DE UN COLAPSO.

 Por Jesús Casla

Resulta paradójico que un país como Argentina, que llegó a ocupar el sexto lugar en el mundo en la década de los años 50 por su Producto Interior Bruto, reclame ahora nuestra atención por la situación de bancarrota, anarquía e ingobernabilidad provocada por la terrible recesión económica que dura ya cuatro años y ha llevado a buena parte de la población a efectuar saqueos.

Al día de hoy, cerca del 40 % de los argentinos -la población total es de 36 millones- se encuentra bajo el umbral de la pobreza. Por si esto fuera poco, los expertos coinciden en que la devaluación del peso frente al dólar convertirá en pobres a otros tres millones de argentinos. Al resto, aproximadamente 17 millones, les espera, sin duda, un futuro incierto y muy duro. La tensión social, en forma de cacerolazos, robos, inseguridad ciudadana, saqueos, y quién sabe qué otros métodos, aumentará previsiblemente.

Al igual que en 1989, año en que Raúl Alfonsín fue prácticamente desalojado de la Casa Rosada, se observa en la intensificación de los saqueos masivos que tuvo lugar los días 19, 20 y 21 del pasado mes de diciembre una sospechosa coincidencia en el tiempo y de forma generalizada en todo el país, por encima de que la cruda realidad de hambruna propicie estos actos y hasta cierto punto los justifique. Aumentan las sospechas al comprobar que ahora, como entonces, el partido de oposición que ha sacado mayor tajada política es el justicialista o peronista, remiso a formar un gobierno de unidad nacional con los radicales de Fernando De la Rúa.

El cacerolazo que desalojó a De la Rúa, iniciativa ciudadana apolítica y espontánea, no fue tanto una respuesta a las durísimas medidas impuestas por el ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, entre ellas el virtual secuestro del dinero de los ciudadanos para evitar el colapso del sistema bancario, como una muestra del pánico desatado entre lo que queda de clase media por los saqueos de comercios de todo tipo (no sólo de alimentación), piquetes en carreteras y robos en domicilios; en definitiva, la implantación de un estado de anarquía y de terror en buena parte del país. Si el cacerolazo hubiera sido sólo una respuesta directa al corralito -limitación a la disposición semanal de dinero en efectivo- se habría producido semanas antes, o incluso meses antes si de modo genérico, y con razón, buscamos la causa del descontento social en la desesperada situación económica del país y de lo que queda de esa clase media que un día fue el orgullo del país y caracterizó a Argentina como la nación más europea de Hispanoamérica.

Pero no, es el pánico y la anarquía lo que acaba con la paciencia de la hasta ahora extremadamente dócil clase media argentina, particularmente en Buenos Aires, y lleva a la ciudadanía a lanzarse a las calles exigiendo la renuncia del presidente, De la Rúa, por su inoperancia, y del súper ministro de Economía y hombre fuerte del Gobierno, Domingo Cavallo, autor de las drásticas medidas de recorte. La actitud drástica de Cavallo no debería extrañar a nadie. Echando la vista atrás, vemos en su curriculum que en 1982, como presidente del Banco Central, nacionalizó las deudas de la banca privada, y cargó en la ciudadanía, vía impuestos y subidas de las tasas de interés, las deudas contraídas por la banca privada.

Resulta sintomático que desde algunos sectores del peronismo, movimiento político populista que con Carlos Ménem en la Casa Rosada implantó en 1991 el sistema de convertibilidad, malvendió los recursos nacionales a lo largo de los años 90, privatizó las empresas públicas sin que eso sirviera para reducir la deuda externa sino todo lo contrario, y mandó a la indigencia a buena parte de la población, se acuse ahora al dimitido De la Rúa de haber descuidado la política social al no haber regado con polenta -el alimento básico y más humilde, a base de maíz, cuatro kilos por sólo 1 €- las villas miserias o núcleos de chabolas donde se concentran todos los argentinos expulsados del sistema y que han protagonizado los saqueos. Para el peronismo, principal responsable de la situación actual con 4 años de recesión, el problema parece que no es tanto la calamitosa situación económica y financiera, la creciente ruina de la clase media y del país, como mantener tranquila y apaciguada con polenta a la indigencia. En una palabra, si los «negros» -término despectivo con el que se alude a los indigentes de un modo genérico- no se alteran, o no son alterados -como prefieran Vds.- y no siembran el caos, la pasiva y dócil clase media va a seguir permitiendo que los dirigentes metan una y otra vez la mano en sus bolsillos. Dramático, porque los últimos sucesos indican que esa actitud de extrema docilidad está cambiando.

El modo en que se ha producido la revuelta de los saqueos y del cacerolazo, unido a la postura del peronismo, con su permanente ansiedad de poder, hacen pensar que no se está en la vía adecuada para sacar al país adelante. La clase política sigue demostrando que no está a la altura de las circunstancias, carece de proyectos y, lo que aún es más grave, se limita a preservar sus propios intereses, como siempre, sin tener el gesto de grandeza de hacerse a un lado para dar paso a nueva generación y a un nuevo marco político.

En esta situación, el recién iniciado año 2002 se presenta dramático y plagado de incertidumbres. La recesión económica continuará golpeando por quinto año consecutivo a una masa social ya escuálida, desmoralizada, desesperada, que seguirá haciendo colas en los consulados de Italia, España y Estados Unidos para huir del país. Seguirá aumentando el desempleo y con ello la conflictividad social. La situación de bancarrota en que se encuentra Argentina y la llegada del temido default -cese del pago de la deuda externa- traerán consigo un mayor descrédito internacional del ya existente, la huida de capitales nacionales e internacionales, y nuevos records en el nivel de riesgo país, esto es Argentina continuará siendo, con diferencia, el país menos recomendable para invertir.

 DE LO PINTADO A LO VIVO 

Por Ramiro Solana

El año 2001 se cerró con algo más que festejos populares y familiares; se clausuró con actos solemnes como, por ejemplo, la entrega a Aznar, en Bruselas, de la «antorcha» cuasi olímpica del relevo de Bélgica por España en la Presidencia semestral de la Unión Europea (que por cierto, tal acto, desarrollado en el Palacio Real de Bélgica, fue de lo más cursi y ñoño). Pues pese a la cursilería del acto, su simbolismo fue importante para toda la Europa que comulga en el «euro» y más aún para la España que dirige Aznar que tendrá que bregar durante seis meses con los otros catorce leones enjaulados que con nosotros componen la añorada UE, así como preparar la entrada en ésta de una docena de países aún «lumpen» que aspiran a ser miembros de la Unión.

Fue ocasión, también, de que la prensa más adicta al Presidente del Gobierno nos ofreciese en esquemas o reportajes variopintos los proyectos de nuestro líder nacional para la que se espera ajetreada gestión semestral y, entre ellos, quiero destacar uno: Aznar y su-nuestro Gobierno, pretenden profundizar, cual espeleólogos avezados, en el «reformismo de la cooperación judicial y policial, y en la actualización de la lista de organizaciones, grupos, entidades y personas terroristas» (sic). ¡Benemérito propósito, vive Dios...!

El lector ya lo conoce: tras ímprobos esfuerzos diplomáticos y de gestión gubernamental, España consiguió poco antes de la fecha de ese relevo que el Parlamento Europeo aprobase la citada lista en la que por supuesto está ETA amén de algunas de las entidades y organizaciones de su entorno, aunque no «Batasuna» pese a los intentos de nuestros políticos europeístas, porque hubiera sido un puro contrasentido y una contradicción incluir en esa lista de entidades terroristas a una que aquí recibe subvenciones oficiales y tiene representantes, plenamente legales, en los parlamentos hispanos y en el propio Parlamento Europeo.

Sin ironía alguna, ese acuerdo es importante para España como precedente, pero en modo alguno hay que echar las campanas al vuelo, como han hecho los voceros de nuestro Gobierno, pues ahora cada uno de los quince países debe acomodar parte de sus leyes penales para que el uso universal (en el ámbito europeo) de los términos del repetido acuerdo pueda ser plenamente operativo. De ahí el propósito de Aznar de «profundizar» en lo de la «cooperación judicial», etc.

Pero independientemente de que el acuerdo pueda facilitar de forma sumaria extradiciones -y en su día el bloqueo de cuentas bancarias de esas entidades terroristas o filoterroristas, que es lo importante-, lo principal de la acción antiterrorista sigue estando aquí; aquí existen suficientes leyes como para perseguir y condenar cualquier clase de terrorismo y a cualquier terrorista, pero si algunos Jueces los liberan y si alguna policía mira para otro lado ante el vandalismo que se practica a diario en el País Vasco –léase Policía Autonómica Vasca-, de muy poco, por decir algo, servirían los acuerdos del Parlamento Europeo.

Llegados a este punto, no resisto la tentación de reproducir íntegramente el texto de una «carta al director» (ABC 31.12.2001) firmada por Aitor Hernández Franco, de Hondarribia-Fuenterrabía, bajo el título «Desfile de proetarras»:

El sábado 29 al medio día, en Irún, grupos de jóvenes «del entorno de ETA» llenaron nuestras calles de cartelones «de la causa». Algunos llevaban la firma de «Segi», organización incluida en la lista europea de grupos terroristas y, por lo tanto, prohibida. La Ertzaintza no fue avisada y la Policía Municipal se inhibió (comportamiento usual). Esta tarde, los «radicales» ejercitaron por la ciudad una «fiaccolata», esto es, una marcha con antorchas de esas que en los 30 inventó Mussolini. Serían un par de cientos. Tras recorrer la ciudad se plantaron en la calle principal para dar cuenta de que siguen siendo los amos. Daban gritos y más de una vez entorpecieron el tráfico sin que nadie hiciese más. La Policía Municipal seguía desaparecida (no precisamente en combate), y la Ertzaintza estaba representada por un pobre vehículo que no hubiera poducido defenderse en caso de apuro. Si comparo la libertad de estos sujetos totalitarios y chulescos quem, por puro giro lingüístico llamamos «del entorno de ETA», con la falta de dicha libertad en que viven los concejales populares de Irún, simplemente por defender la Constitución, no puedo dejar de pensar que todo eso de las listas europeas de terroristas y de «euroórdenes» no serán más que papeles y mientras, los proetarras harán lo que se les antoje ante la inhibición de las fuerzas locales y autonómicas.

Y eso que el incidente narrado es, en cuanto a gravedad, de orden menor (menor si se compara con otras que a diario se contemplan en el País Vasco), pero en cualquier caso, uno y otros demuestran la inmensa distancia que existe entre lo «pintado» (los acuerdos, consensos y disposiciones legales o paralegales) y lo «vivo» (la dramática realidad que se vive) sin que el Gobierno Vasco actúe y sin que el Gobierno de la Nación supla esa omisión de acuerdo lo que prevé para estos casos la Constitución.


EL CLUB DE OPINIÓN ENCUENTROS, a través de sus actividades relacionadas con la cultura y el pensamiento, aspira a contribuir a la formación de una corriente regeneradora de España acorde con los tiempos actuales. Siendo un Club con vocación de "encuentro" de los españoles, admite en las páginas de sus publicaciones, en sus tertulias y conferencias, los juicios de cuantos se encuentran en esa línea, sin que ello suponga asumir las distintas opiniones.

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