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  Nº 124 - 4 de junio de 2003

   CONTENIDO           

 

1. El discurso político de Setién, por Rafael Aguirre

2.  ¿Cuándo comenzó la III Guerra Mundial?, por Ismael Medina

3. Influencia de Ortega en José Antonio, por Jesús López Medel

 

EL DISCURSO POLÍTICO DE SETIÉN

 Por Rafael Aguirre

Catedrático de Teología Universidad de Deusto

Diariovasco.com 22 mayo 2003

La presentación en San Sebastián del libro de José María Setién De la ética y el nacionalismo, en plena campaña electoral y rodeado de la plana mayor del PNV guipuzcoano, fue un acto cargado de repercusiones eclesiales y de significación política. Sus cuatro capítulos recogen dos escritos anteriores y la respuesta crítica a dos documentos episcopales: a un artículo de Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, titulado La conciencia cristiana ante el terrorismo de ETA, y a la instrucción pastoral de la Conferencia Episcopal Española (CEE) Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de noviembre del año pasado. Como siempre en monseñor Setién, el estilo está muy trabado lógicamente, pero a partir de unos principios, algunos bien discutibles, que se convierten en operativos en contacto con una visión de la realidad vasca, en mi opinión, muy unilateral.

Fundamentalmente el libro es un alegato a favor de la legitimidad del nacionalismo vasco, que es presentado como necesariamente radical porque sus principios le exigen reivindicar un «derecho originario y natural a la autodeterminación». Se da por supuesta la condena sin paliativos del terrorismo de ETA, que es considerado expresión de un nacionalismo totalitario, de raíz marxista, que nada tiene que ver con el nacionalismo sabiniano, que al parecer no requiere cautela alguna.

Diversas veces he mostrado mis discrepancias profundas con Setién, pero huyendo del apasionamiento que sus intervenciones solían desatar y de las imputaciones falsas que no pocas veces se le atribuían. En este artículo me ciño sólo a algunos aspectos, que considero claves, de su libro.

Encuentro, ante todo, una utilización inadecuada y confusa del concepto de nación, entendida como realidad sociocultural, como pueblo, como realidad social y que sería el sujeto del derecho natural y originario de autodeterminación. Pero, en mi opinión, el punto de partida debe ser la persona humana, sujeto primario de derechos, reconocido como ciudadano en una sociedad democrática que nace de la voluntad popular y que, como tal ciudadano, prevalece sobre las pertenencias étnicas, religiosas o electivas que pueda tener. Naturalmente el desarrollo de la persona requiere la constitución de ámbitos de sociabilidad, que pueden tener sus propios derechos, que serán siempre secundarios y no podrán avasallar la libertad de los individuos.

En concreto en el País Vasco de nuestros días, la libertad que falta no es la del pueblo vasco para autodeterminarse, sino la de muchísimos ciudadanos no nacionalistas para vivir y expresarse, no sólo por la amenaza terrorista, sino por la coacción social. Del derecho inequívoco a la autodeterminación de cada persona no se sigue que las naciones siempre y necesariamente tengan «un derecho natural y originario de autodeterminación». Todo grupo social tiene derecho a desarrollar con libertad sus peculiaridades, pero esto no implica necesariamente el derecho de una nación a convertirse en Estado. No se pueden equiparar aspiraciones legítimas con derechos estrictos, cuya no consecución implica injusticia.

La CEE habla del «olvido que, con frecuencia, sufren las víctimas del terrorismo y su drama humano». Setién matiza y saca a colación la instrumentalización de las víctimas por «la opción política españolista». ¿Es todo lo que tiene que decir sobre las víctimas? ¿No reconoce la injusticia y el escarnio con que se las ha tratado? ¿Ni la deuda que la Iglesia tiene con ellas y que otros obispos han reconocido? Una visión ética de inspiración cristiana del problema vasco debe tener en la memoria y justicia debidas a las víctimas un punto de referencia esencial. Pero nada de esto se encuentra en el libro que comento.

En la polémica con sus colegas de la CEE, Setién responde a su afirmación de que cometería una grave inmoralidad «quien rechazando la actuación terrorista quisiera servirse del fenómeno del terrorismo para sus intereses políticos», diciendo que el mismo juicio moral merecería quien excluya el planteamiento nacionalista «solamente por la supuesta razón de no favorecer al terrorismo».

Suponiendo que ambas actitudes se den en el País Vasco, ¿de verdad cree que merece el mismo juicio moral quien se beneficia del terrorismo porque condivide sus fines que quien se juega la vida porque lo combate? Además, en mi opinión, bien discutible ciertamente, la presión de ETA y su entorno, en buena medida mafioso, ha contribuido decisivamente a que las reivindicaciones nacionalistas adquieran una centralidad social que, con toda probabilidad, no tendrían en una sociedad vasca no sometida a semejante coacción violenta y atosigante.

Han sido dirigentes conspicuos del PNV quienes han hablado de que no hay movimiento de liberación nacional sin brazo armado. ¿No se le abren las carnes cuando oye eso de que «otros mueven el árbol y nosotros cogemos las nueces»?

El razonamiento escolástico se convierte en coartada escapista cuando Setién comenta el siguiente párrafo de la CEE: «Tampoco es admisible el silencio sistemático ante el terrorismo. Esto obliga a todos a expresar responsablemente el rechazo y condena del terrorismo y de cualquier forma de colaboración con quienes lo ejercitan o lo justifican». Estas palabras ponen el dedo en la llaga que debe escocer a la sociedad vasca y a la Iglesia en particular. De lo que aquí se habla no es del silencio de los amedrentados por las amenazas. De lo que se trata es de tanto pasar de largo ante la falta de libertad, de la exclusión ideológica, de las amenazas a miles de ciudadanos (más de 40.000 según Gesto por la Paz), de la falta de solidaridad con las víctimas, de tanto silencio obsequioso y cobarde ante la apología del terrorismo. Quien habla en nombre de la ética -y no digamos nada si lo hace en nombre del Evangelio- tiene que exhortar a la sociedad vasca a vencer el miedo y la comodidad, a solidarizarse con los amenazados y a rebelarse cívicamente contra el fanatismo. Pero el libro, muy comprensivo con los que callan, no dice nada de esto.

Polemizando con el arzobispo de Pamplona, monseñor Setién aborda el problema candente y delicado de la promoción del euskera y afirma que «es éticamente aceptable la existencia de una intencionalidad política en los proyectos dirigidos a su recuperación y consolidación». Pero no dice nada de la patrimonialización por una ideología de lo que es un bien de todos. ¿No es el uso político del euskera un grave impedimento para su más amplia aceptación social? ¿No tiene nada que decir monseñor Setién cuando ve al euskera convertido en santo y seña del rupturismo social más atrabiliario?

En mi opinión, el nacionalismo totalitario, etnicista y excluyente de ETA y su entorno se ha revestido en ocasiones, más antes que ahora, de marxismo, pero fundamentalmente es un desarrollo de la ideología sabiniana originaria. De otra forma no habría tenido ni tanta extensión social ni, mucho menos, tan amplias complicidades sociales. Un nacionalista democrático no debe ofenderse por esta afirmación. Todas las ideologías, incluido el cristianismo, pueden tener y, de hecho, tienen sus perversiones que, con frecuencia, practican la violencia.

Uno de los méritos del documento de la CEE es que analiza las raíces del terrorismo con mayor profundidad que otros documentos episcopales y es un acierto cuando considera teológicamente como idolatría la absolutización de la ideología nacionalista que late detrás del terrorismo. Pero esto tampoco le gusta a Setién, que dice: «Difícilmente se encontraría hoy un nacionalismo radical que, “de verdad”, quisiera situar a su proyecto político en el lugar de Dios». Que hay una forma de nacionalismo vasco que funciona como religión de sustitución y que ha contribuido a la desertización del espíritu cristiano en amplios sectores sociales es cosa demostrada por los sociólogos. El «fanatismo» etimológicamente es envolver de halo sagrado lo que es profano. Setién rechaza con notable frivolidad un diagnóstico teológico que entra en lo más profundo de la degeneración del nacionalismo exacerbado.

Creo que puede hacerse una lectura del documento de la CEE mucho más positivo que la realizada por Setién. Es un texto que no tiene el menor atisbo de españolismo reaccionario y que acepta explícitamente las opciones nacionalistas democráticas. Afirma que España es producto de un complejo proceso histórico que no puede romperse «unilateralmente», y dice: «No es moral cualquier modo de propugnar la independencia de cualquier grupo y propugnar la creación de un nuevo Estado». Lo cual implica que sí hay modos legítimos de propugnarlo.

El pensamiento de la CEE se aclara cuando añade que «la Constitución es hoy el marco jurídico ineludible para la convivencia [...] Se trata de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico». Me temo que aquí está la madre del cordero para el actual nacionalismo vasco y para Setién, que no discute directamente este párrafo decisivo. Tras su giro reciente, el nacionalismo silencia, cuando no niega, la existencia de una democracia en España. El Estatuto, recibido en su momento como la base de una convivencia democrática entre vascos y en el Estado, es ahora deslegitimado por principio como una carta otorgada.

El libro de José María Setién reviste de argumentos éticos este rupturismo político. Afirma que el marco jurídico vigente, cuya naturaleza democrática queda implícitamente descalificada, no ofrece posibilidades de transformación interna que pueda satisfacer a los nacionalistas vascos. Lo que monseñor Setién ya apuntó en la conferencia pronunciada en el Club Siglo XXI en 1988 se dice ahora de forma más clara y razonada.

El libro que ha dado pie a estas líneas tiene una decidida voluntad de intervención política y José María Setién se confirma como uno de los principales ideólogos de la deriva soberanista del nacionalismo vasco, que ha fracturado la sociedad vasca. Reprocha Setién al documento de la CEE que no sea independiente «respecto del lenguaje condenatorio utilizado por ciertas instancias políticas interesadas». Pero de su libro hay que decir que ofrece, con un presunto revestimiento ético, la justificación política del nacionalismo representado por el plan Ibarretxe. Setién se confirma como uno de los principales ideólogos de la deriva soberanista del nacionalismo vasco, que ha fracturado la sociedad vasca

¿CUANDO COMENZÓ LA III GUERRA MUNDIAL?                                   arriba 

 Por Ismael Medina

Rodríguez Zapatero, sus protectores y sus acólitos, cuya vaciedad crece con el paso de los días, insisten en ligar los atentados de Casablanca con la decisión del gobierno español, característica de una política de Estado, de apoyar a los Estados Unidos de Norteamérica y a Gran Bretaña en la guerra de Irak. Actitud ésta, que adoptaron gobiernos de la Europa excomunista. Tampoco ha faltado apoyo mediático a dicha presunta correlación. Unas veces, caso del influyente polanquismo, con par igual y sedicente oportunismo electoral. Y otras, caso columnistas, con argumentación que respeto y que en algunos tramos comparto y en otros disiento. Tampoco han faltado los que señalan la oleada del terrorismo islámico como el comienzo de la III Guerra Mundial.

La alusión a la III Guerra Mundial, la guerra irregular del terrorismo internacional, me incita a recordar un viejo libro de Jacques Bergier (Editions Albin Michel, 1976), titulado La troisieme guerre mondiales est comence. Su contenido cobra una gran actualidad. Pero aludiré tan sólo al capítulo IV, referido al nacimiento en La Habana, en 1966, de la Internacional del Terror, o Interterror.

Aquella lejana reunión se encubrió bajo la denominación de Conferencia Tricontinental, durante la cual, escribe Bergier, «se tomó la decisión de desencadenar la Tercera Guerra Mundial y concentrar todo el esfuerzo sobre Europa». La dirección real de dicha Conferencia la llevó el representante de la URSS, S. P. Rashidov, ministro del Presidium y viceministro, quien declaró que «la Unión Soviética aportaría la máxima ayuda económica en armas y material a todos los movimientos insurreccionales dedicados a promover la revolución social». Los acuerdos fueron suscritos por miembros de organismos secretos de la policía y el ejército soviéticos, representantes de varios estados islámicos (entre ellos Siria y Libia), prácticamente todos los Estados que componían el llamado Cuarto Mundo, elementos pertenecientes a los autodenominados movimientos o frentes de liberación (los de Palestina, Irlanda, Bretaña, ETA, Tirol, y los de diversos países iberoamericanos). Con posterioridad se celebraron nuevas reuniones en Viaregio (1972) y Dublín (1974).

Advertía Bergier que las partes implicadas habían comprendido que «el terrorismo puede convertirse en un arma de guerra si se organiza de manera sistemática y se opera a escala mundial, pudiendo llegar a convertirse en arma fundamental de una Tercera Guerra Mundial».

Algunos supondrán que la Internacional del Terror desapareció con el hundimiento de la Unión Soviética, su mano directora, aunque su estado mayor estuviera entonces ubicado en Libia. Pero los especialistas en terrorismo sostienen que la logística de las organizaciones de la internacional terrorista es interdependiente, mezclándose en ella fuentes financiación, tráfico de armas, narcotráfico e información. Perdura aunque se haya trasladado su centro de dirección y algunos de eslabones desaparezcan o se transformen.

Sería un error presumir, de otra parte, que el terrorismo islámico, en la actualidad el más virulento y extendido, configura una red al margen de las restantes organizaciones terroristas que aún perviven en Europa, Asia, África, Iberoamérica u Oceanía. Existen pasillos secretos de comunicación que en un momento determinado pueden promover acciones terroristas coincidentes de organizaciones con ideologías diferentes e incluso contradictorias, ya que a todas ellas les une el denominador común del odio, sea a la civilización occidental u occidentalizada, a sus raíces cristianas o a sus formas de gobierno. Nada de insólito tendría, por ejemplo, la alianza contra España del terrorismo fundamentalista islámico y de ETA para acciones semejantes a la de Casablanca. Al terrorismo islamista le conviene sobremanera alentar y sostener cualquier otro tipo de terrorismo en la retaguardia enemiga.

Conviene recordar, aunque parezca una perogrullada, que no cabe identificar genéricamente, como se hace frecuentemente al mundo árabe con el mundo islámico. Y tampoco otorgar, a uno y otro, espacios de homogeneidad étnica, religiosa y cultural. Las diferencias son ostensibles y quedan subrayadas por la peculiaridad de los ámbitos en que el extremismo islámico tiene sus nidos terroristas más agrestes. El análisis de las enseñanzas coránicas que incitan a la guerra terrorista evidencia al propio tiempo una suerte peculiar de socialismo revolucionario no marxista que facilita una cierta aproximación ideológica con las organizaciones terroristas no islámicas que, con parecido son «liberalizador», abundan en el mundo.

Se hace patente, a tenor de los datos apuntados, que España se enfrenta a la existencia de una tenaza terrorista muy anterior a la guerra de Irak: al norte, con el terrorismo nacional-comunista de ETA; y al sur, con el terrorismo fundamentalista islámico, cuyos atentados en nuestro suelo se han registrado esporádicamente desde 1971. En la componente islámica del terrorismo se añade respecto a España un factor reivindicativo favorecido por el falseamiento de la Historia que promueven determinados sectores rearabizadores, especialmente en la izquierda andaluza. Dicho islamismo persigue reinventar el Andalus en su máxima dimensión histórica, rescatándolo de manos de los perjuros, para los que el Corán exige la muerte.

Los españoles estamos obligados a asumir la cruda realidad de la doble amenaza terrorista a que nos enfrentamos. Y a adoptar las medidas de legítima defensa que la amenaza conlleva. Sin olvidar que a un terrorismo internacionalizado ha de responderse necesariamente con una estrategia contraterrorista asimismo internacionalizada, coincidente asimismo con los métodos de lucha acordes a los utilizados por el enemigo. Así lo enseñan los más reputados especialistas en terrorismo. También conviene recordar la vieja máxima maoísta, aplicable al terrorismo, de que la guerra de guerrillas precisa para triunfar sentirse como el pez en el agua. Privar al terrorismo de las aguas turbias en que se encubre es vital para su derrota.

Resulta obvio que la actitud adoptada por Rodríguez Zapatero y la cohorte de mediocres que le rodean, estimulada por quienes les marcan el camino, proporciona al terrorismo el agua en que mejor se mueve, es indeseable y pone en riesgo el bien común de los españoles. La ansiedad por sustituir a Aznar en ningún caso justifica que se dañe a España.

INFLUENCIA DE ORTEGA EN JOSÉ ANTONIO                                                         arriba

 Por Jesús López Medel

de la Real Academia de Doctores

 Ortega y Gasset había nacido el 8 de mayo de 1883. José Antonio Primo de Rivera, el 24 de abril de 1903. Como ha escrito recientemente María Isabel Ferreiro -cuya tesis doctoral versa sobre el tema orteguiano de los usos--, a los 31 años -1914- Ortega lanza aquella expresión «yo soy yo y mis circunstancias», que luego constituirá una idea-fuerza, dentro de sus reflexiones sobre la vida como realidad radical. Las circunstancias pesaron mucho en toda la trayectoria personal, familiar, intelectual, filosófica, y política, de Ortega. Y otro tanto podría decirse en la de José Antonio. Este había terminado una carrera -la de Derecho-, que la empieza con la animación de Fernández Cuesta, ya jurídico de la Armada, y cuyo padre era el médico militar que asistía al que habría de ser General Primo de Rivera. Rompe el ascendiente militar de «los Primo de Rivera», que Rocío, sobrina-nieta de José Antonio, nos ha desgranado en estos días. La carrera la finaliza en 1922. El Doctorado lo hace en 1923. En este año, Ortega y Gasset lanza la Revista de Occidente; cuyos «propósitos», según el primer número, estaban en la «urgencia del afán de conocer por dónde va el mundo [...] en la profunda transformación en las ideas, sentimientos, maneras, instituciones [...] ante la nueva arquitectura en la que la vida occidental se está reconstruyendo». Y dentro de ella, España, que había sido, desde sus primeros contactos, con Alemania, la gran empresa de Ortega.

El primer impulso intelectual de José Antonio lo tuvo en Ortega. Esto le hizo interesarse, con profundidad, en el saber no sólo práctico, sino también teórico del Derecho. En el Doctorado va a cuajar su formación, especialmente en el Derecho Civil, Administrativo e Internacional, con los profesores Clemente de Diego, Sánchez Román, Gascón y Marín, Yanguas, etc. Irrumpe en la vida profesional como abogado en ejercicio. Con brillantez inusitada. En 1931, se le honrará con el título de Decano perpetuo del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Calvo Sotelo, en 1935, le propondrá como académico correspondiente de la Academia de Jurisprudencia y Legislación -ya no era «Real» entonces-, acaso por la frecuencia de sus estudios en su biblioteca. Como en la del Ateneo. (Se dejó decir a Fernández Cuesta que lo que le hubiere gustado a José Antonio, hubiera sido ser catedrático de Derecho Civil en una universidad de provincia, como podría haber sido Avila).

Las influencias de Ortega en José Antonio han sido evidentes, y nosotros las hemos esbozado académicamente. Había una gran sincronía. Con una preocupación personal del maestro filosófico cuando a través de su hijo Miguel -combatiente en la guerra civil española-, se le informaba sobre la suerte final de José Antonio. Y su sentimiento cuando se enteró del fusilamiento.

La influencia estaba en que respondía a aquella «llamada» de Ortega, acerca de la Universidad, de la Juventud de España, ante la «vieja y nueva política», «las derechas y las izquierdas», los partidos, el sindicalismo, etc. En 1931 funda la «Agrupación al Servicio de la República», en la que figuran, entre otros, García Valdecasas, Recasens Siches, Joaquín Garrigues. Después de haber sido el «cimiento Intelectual» de la República, la Agrupación se disuelve en 1933, año que coincide con el de la fundación de la Falange, a la que se incorpora García Valdecasas, que había sido suplente de Ortega en la Comisión Constitucional del Congreso. (En la tesis doctoral inédita de Margarita Márquez, sobre la citada Agrupación, pueden encontrarse «propósitos» regeneracionistas semejantes. Dos años de vida activa de Ortega).

José Antonio, con treinta y tres años, y unos tres de política, es fusilado el 20 de noviembre de 1936. El 24 de abril de 2003 cumpliría cien años. ¿Qué matices -dentro de la recíproca estimación-, pudieron existir entre Ortega y José Antonio Primo de Rivera? A vuela pluma, tres: la mayor formación jurídica del segundo, el sentido religioso de la vida, y una mayor urgencia por la justicia social. Pero a ambos les unieron otras muchas cosas y «circunstancias». Entre ellas, la que hacía responder a Max Scheler, a sus discípulos: «los indicadores de los caminos no recorren los caminos». Lo que no quiere decir que los indicadores no sigan de alguna manera en pie. Especialmente, ante la Unidad de España y los Estados Unidos de Europa, como proyecto moral. Pero estos son otros temas.

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