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Nº 130 - 15 de abril de 2004 |
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CONTENIDO
1. El desafío angloprotestante, por James D. Fernández 2. No existe patria, ni idea, ni religión..., por Matías Cordón 3. La secta, por Cesar Vidal 4. Una nación acusada de cobardía, por Martín Quijano 5. El fundamentalismo laico, por Carlos Herrera 6. Breves, por Erasmo 7. Libros. Del Hacho al Pirineo
Por James D. Fernández Incluimos este irónico artículo, Publicado en el suplemento literario de ABC el 03.04.04, sobre el tema de moda en EE.UU.. El autor es el director del centro Rey Juan Carlos I de España, de la New York University Hace poco, uno de los brillantes arquitectos de la nueva política estadounidense, Paul Wolfowitz, hizo alarde de su gran sensibilidad sociológica, al afirmar que los españoles - pese a la intención del PSOE de retirar de Irak a las tropas españolas- no son cobardes. Su prueba: España es el lugar de origen de las corridas de toros. En su ensayo sobre los hispanos en EE.UU., “El reto hispano”, Samuel P. Huntington ha demostrado una sensibilidad muy afín a la de Wolfowitz, y una parecida afición a los estereotipos más rancios y racistas de la leyenda negra. Según Huntington, la inmigración hispana a EE.UU. representa una de las mayores amenazas a la identidad política y cultural del país, ya que hay “varios rasgos culturales hispanos” que son del todo incompatibles con el “credo” nacional de EE.UU. Esos rasgos esenciales del homo hispanicus son: una desconfianza hacia todos los que no son de la familia, una falta de iniciativa, autonomía y ambición, y una aceptación de la pobreza como una virtud necesaria para entrar en el Cielo. Ole. Una manera de cuestionar los juicios emitidos por Huntington es la de David Brooks, un columnista conservador del New York Times, que, con mucho respeto, presenta datos de otros estudios que contradicen todo los puntos básicos de Huntington. Otra manera consistiría simplemente en señalar todas las contradicciones internas del articulo de Huntington: Los hispanos desconfían de todos, pero ¡horror! en la emigración y lejos de sus familias, se juntan y construyen comunidades; les falta la ética del trabajo, pro –helas- son los responsables de la reinvención de Miami; aceptan estoicamente la pobreza, pero –caray- no dejan de jugarse la vida buscando mejor fortuna en la emigración. Yo en esta materia de refutaciones prefiero el empirismo puro y duro: basta con vivir en cualquier ciudad de EE.UU., y no estar totalmente cegado por el racismo y la xenofobia para ver que lo de Huntington no es más que una sarta de sandeces. En cuanto a la desconfianza de los hispanos, puede ser que los recién llegados desconfíen de los simpáticos agentes de la Border Patrol, o de los sesudos politólogos que los transforman en enemigos del Estado y en poco menos que terroristas culturales. Desconfiarán también de los reclutadores de las Fuerzas Armadas que frecuentan las comunidades hispanas en busca de carne de cañón; pero ya quisieran muchos otros grupos contar con las redes de afiliación y de apoyo que van tejiendo – en sus iglesias (protestantes, muchas de ellas) en sus clubes sociales, en sus peñas deportivas- los hispanos en EE.UU. Con respecto a la falta de ética del trabajo; que se entere el señor Huntington de quiénes están trabajando 12 y 15 horas al día, cuidando a sus nietos, embelleciendo su jardín y planchando con almidón sus calzoncillos angloprotestantes. Y por lo que se refiere a la aceptación de la pobreza por los hispanos como modo de alcanzar el Paraíso, todo el fenómeno migratorio, que tanto le alarma al señor Huntington, es la más rotunda refutación de tamaña estupidez. Arriesgarse la vida, dejar atrás todo para trabajar y vivir entre los Wolfwitz y Huntington del mundo tiene que ser, para miles y miles de inmigrantes y honrados trabajadores, si no un infierno, si un verdadero purgatorio, un auténtico desafío angloprotestante. Pero no todos los angloprotestantes pueden ser tan odiosos; al fin y al cabo, son los inventores del baseball y de los McDonald’s.
por Matías Cordón .... que merezcan el sacrificio de una sola vida humana. Así rezaba una de las pancartas exhibidas durante las últimas manifestaciones ante las sedes del PP. Es de suponer que los portadores de la misma (parecía claramente artesanal) consideraban que con tal frase resumían la opinión mayoritaria de los asistentes. O al menos, no se conoce ninguna reacción en contra. El texto protestaba, evidentemente, por la matanza causada por los terroristas islamistas en nombre de su religión o sus patrias, ellos sabrán. Y pretende aleccionarles para que se percaten de que se han confundido en su jerarquía de valores. Hasta ahí el hecho. Su interpretación resulta desoladora. En primer lugar, es muy posible que quien lo escribió y quienes lo portaban, sean unos mentirosos, que sostienen algo contrario a lo que ellos mismos opinan: Pues es posible que esas mismas personas elogien a quienes resisten una presión exterior arriesgando o inmolando sus vidas. Es probable que los suicidas palestinos, o los resistentes del VietCong, o los luchadores antinazi tengan sus simpatías, a juzgar por el entorno político predominante, izquierdista y progre, en muchas de esas manifestaciones. Y en los tres casos, las personas han sacrificado sus vidas en defensa de ideas cuya vigencia, evidentemente, consideraban más valiosas que esas vidas. Si no es así, y su opinión es sincera y madurada, el hecho de que esa pancarta haya sido escrita, expuesta y aceptada por el entorno es un motivo serio de preocupación. Porque supone una muestra de la aculturación de nuestra sociedad occidental. Una sociedad dedicada exclusivamente al disfrute del bienestar en que está instalada y que no quiere que nada altere ese disfrute. Para ello no duda en hacer tabla rasa de toda su historia, una historia de guerras, conflictos culturales, mártires y herejes. En todos los casos, personas y multitudes han sostenido con sus vidas su derecho disentir de lo que se les imponía. La mentalidad de esa pancarta reniega de esas actitudes, sobre las consecuencias de las cuales está asentado su bienestar actual. Y elige la carencia total de otra cultura que la hedonística. Ello supone la renuncia a educar a su descendencia en cualquier valor que no sea el del disfrute, sin atisbo alguno de trascendencia. Resulta curioso que, sin embargo, exija de quienes le protegen, policías, militares, bomberos o quienes quiera similares, la disponibilidad de poner en juego su vida para el cumplimiento de su deber profesional de defenderles. Todo ello es absurdo, y una demostración de la falsedad intrínseca de esa postura acultural. Para disimular esa aculturación se abusa de exaltaciones a la tolerancia o al nihilismo, que es al fin y al cabo de lo que estamos hablando. Y se postula esa exaltación como meta del desarrollo humano. Pero todo eso, que resultaría consistente dentro de una postura budista de renuncia a todo lo material, choca con la realidad de la pugna de intereses en su sociedad. Han sustituido los valores trascendentes por la legalidad, norma a la que exigen total sometimiento. Como consecuencia, pasan a ser combativos con quienes no acaten su nihilismo. Tener criterios firmes contra su postura es perseguible por la Ley, en su opinión. Tener criterios religiosos que condicionen la actitud ante los demás convierte a los creyentes en personas peligrosas y perjudiciales para la sociedad. Opinar contra el aborto o la homosexualidad puede ser causa de persecución legal. Ignorar esa situación puede conducir a una posición muy peligrosa para la cultura que hemos dado en llamar occidental. Y no digamos para la cultura cristiana. Nuestra reacción es cada vez más necesaria.
LA SECTA
por Cesar Vidal Por su indudable interés reproducimos el siguiente artículo, publicado por César Vidal en La Razón, el 24.03.04. No conocemos, aunque intuimos, el nombre del mencionado historiador americano, pero consideramos que su denuncia contribuye a la difícil tarea de clarificación de la sofocante situación de nuestra historiografía reciente Hace unos días, pasó por Madrid un hispanista catedrático en una Universidad de Estados Unidos. En el pasado recensionó muy elogiosamente alguno de mis libros -especialmente el dedicado a las Brigadas Internacionales- y me manifestó a través de un amigo común el interés que tenía de que nos viéramos. Autor de varias monografías excelentes sobre la guerra civil, mi colega de Estados Unidos me comentó su pena por el rumbo que había tomado la historiografía española desde los años ochenta. “En lugar de historiar” me dijo, “ se han dedicado a crear una visión políticamente correcta de la guerra civil española que no se corresponde con la realidad”. “¿A qué lo atribuye?” le pregunté interesado. “Sin duda, a la influencia del PSOE”, me respondió con una sonrisa triste, “en los años ochenta crearon una historia oficial de los años treinta en la que los socialistas eran demócratas...” (aquí reprimió una carcajada) “ocultando hechos tan elementales como el alzamiento socialista-nacionalista de 1934 contra el gobierno republicano o las llamamientos de Largo Caballero a instaurar la dictadura del proletariado. “lamentable”, musité sin desear echar más leña al fuego. “En realidad , es estúpido, terriblemente estúpido”, dijo alzando la voz el veterano profesor, “porque si lo considera usted bien descubre que la inmensa mayoría de estos sujetos son unos ignorantes que no saben idiomas. ¡Ni siquiera el inglés!”. Guardé silencio aunque a la memoria ame vino el atrevimiento de un catedrático que había escrito sobre las relaciones entre el PCE y la URSS, sin saber ruso, la lengua imprescindible para analizar las fuentes correspondientes a ese episodio. “¿Sabe usted qué es lo peor de todo?” me dijo al final. “¿El qué?” indagué. “Pues sencillamente, que no son historiadores, sino una secta de defensa de lo políticamente correcto. Respaldan, apoyan y ayudan a los que propalan la doctrina de la secta y marcan para destruir a los que se oponen a ella”. “Siento no poder quitarle la razón”, dije apesadumbrado. “Lo peor”, me dijo el profesor, es que en los años cincuenta, cuando yo empecé a trabajar con la historia de España, los historiadores españoles eran mucho más imparciales independientes que los actuales”. Nos despedimos y mi interlocutor se fue al flamenco. Y yo me quedé con el alma rebosante de una pena propia del cante jondo. Por Martín Quijano Las consecuencias de las bombas en los trenes han transformado la situación nacional no sólo en la faceta política, sino en la apreciación exterior de nuestra sociedad española. Diversos comentarios en periódicos, españoles y extranjeros, se han maravillado del signo resultante en las elecciones: En vez de agruparse para resistir la agresión terrorista, la mayor parte de la sociedad española ha elegido la postura de castigar al gobierno, como reprochándole habernos colocado como objetivo de los terroristas. Se trata de una reacción que muchos consideran sorprendente, porque parece constituir un apoyo a los terroristas, dándoles la satisfacción de provocar el cambio político que procuraban: La derrota del Gobierno que les había combatido. Esa sorprendente reacción, unida a la decisión de retirar las tropas españolas de Iraq, anunciada por el nuevo Presidente del Gobierno, ha provocado acusaciones de cobardía nacional. Se reprocha tanto la aparente bajada de orejas ante el terrorismo, plegándonos a sus deseos, como la deserción de un puesto conflictivo, dejando en la estacada tanto al resto de las naciones hasta hoy aliadas, como a los propios iraquíes a los que se está protegiendo allí. El propio Zapatero está empezando a reaccionar ante esas reacciones e intenta por todos los cauces una excusa internacional para mantener nuestra posición en Iraq. Incluso baraja aumentar nuestra participación militar en Afganistán como una compensación para ese anuncio de retirada. Y Aznar no se ha conformado con guardar un silencio cortés en su posición en ejercicio, sino que ha denunciado públicamente que esa retirada sería un error mayúsculo. Ante esa acusación de cobardía han reaccionado protestando incluso voceros expresos del PP, pero ahí está. Y duele. Duele, por merecida. Merecida porque nuestra sociedad se ha decantado por apoyar la causa terrorista, en vez de crecerse ante el castigo. Y porque llueve sobre mojado, pues nuestro Gobierno, claramente beligerante contra el terrorismo nacional e internacional, ha rehuido la implicación de nuestras tropas en combate, refugiándose en una postura de apoyo subordinado a quien sí combatió allí. Y merecida también por la postura predominante de dolerse con las víctimas, en vez de atacar a los asesinos. La magnífica actuación policial ha sido silenciada, o amortiguada, en medio de múltiples advertencias de que no debemos demonizar a los islamistas. Sólo ha faltado organizar exequias islámicas por ellos, renunciando a posturas propias. Esa es la manifestación patente de la cultura española cultivada durante estas décadas, en las que la tolerancia y la amabilidad ocupan la cúspide de la jerarquía de valores. Y en la que las exigencias de calidad, o de heroísmo, son descalificadas como fascistas. Una situación en la que la postura gallarda de Aznar apoyando, aunque con las reservas antes indicadas, la lucha internacional contra el terror ha provocado su descalificación como autócrata. Se ha manejado impunemente la estimación de que el 80% de los españoles se oponía a la guerra de Iraq, sin la contrapartida adecuada por parte de los diez millones de hijos de puta - según calificativo de Maruja Torres en su día - que no salieron de casa a oponerse a tal guerra, pero votaron al PP en las municipales tras ella. Se ha cedido en la batalla cultural. Se ha prescindido, finalmente, de la mínima coherencia nacional de mantener los compromisos internacionales contraídos por el gobierno saliente. El resultado es esta acusación de envilecimiento nacional.
Por Carlos Herrera Publicado en ABC Este es un fundamentalismo de reciente hornada, que avanza a grandes zancadas entre quienes hacen del legítimo agnosticismo su ley vital y que adopta unas rigideces argumentales y posturales que ríete tú de los hasta hora conocidos. Ni que decir tiene que los que pertenecen a esta secta curiosa y furiosa acostumbran a ejercitar más su intransigencia en aquellos que profesan el catolicismo: es sabido que la presencia agobiante del mismo en su infancia les inmunizó contra todo tipo de expresión religiosa, pero especialmente con la que resultaba prácticamente única en el territorio español. Su rígida vigilancia en contra de que asome ningún desmán litúrgico entre la sociedad civil no llega ni mucho menos lo mismo con otras prácticas: la judía no les incumbe – el judío no hace proselitismo y eso les gusta, pero miran con malos ojos a los que adoran al mismo dios que Sharon – y la islámica siempre se apreciará con criterios que riñen cariñosamente, pero que comprenden lo que comprenden en virtud de lo mucho que han sufrido a lo largo de estos años, de su eterna condena a la pobreza por culpa de los poderosos e infames capitalistas y de su frontal oposición al imperialismo norteamericano. Anteayer, unos funerales de Estado en La Almudena, en los que se ofició una misa por el alma de los muertos en los atentados que perpetraron los terroristas islámicos – en el nombre de Alá, por cierto – han levantado las iras de los vigilantes del altar, los cuales han puesto el grito en el cielo – quizás no sea ésta la más adecuada expresión – por escenificar el dolor de todos desde el rito católico. Ello, más allá de la rabieta a la que ya está acostumbrada la afición, les lleva a exteriorizar una indisimulada ira por cualquier gesto que tenga que ver, siquiera lejanamente, con la liturgia comúnmente mayoritaria entre los españoles. Es el tiempo de ello. Una columnista de periódico comprometido con la causa “progresista” hasta límites un tanto obscenos, exteriorizaba su indignación hace unos días por el hecho de que unos niños sevillanos jugasen a costaleros tocados con el célebre “costal” con el que las diferentes cuadrillas portan cada uno de los pasos de la semana Santa de Sevilla. Según la consternada opinadora, eso era un hecho comparable a la imposición del velo islámico con el que algunos padres musulmanes obligan a vestir a sus hijas, argumento compartido por la célebre consejera de Educación de la Junta de Andalucía, objetora de determinadas legalidades, la cual, por cierto, anda entre los célebres notables del futuro presidente Rodriguez. Para la columnista, se estaba alterando el futuro laico de unos niños, a los que se les impedía ver la vida desde la exquisita imparcialidad que ellos lucen. Estupefaciente. Dos lerdos concejales de Oviedo, de IU por demás, se opusieron al nombramiento de Hija Predilecta de la ciudad para Letizia Ortiz y criticaron severamente que su matrimonio se realizase por el rito católico, cuando debiera ser – en función del exigible laicismo social – un mero hecho administrativo, sin más. Sobran comentarios. Los laicistas se han convertido en unos estrictos y fundamentalistas observadores de la convivencia escénica: solo en la privacidad más absoluta podrá un católico mostrarse como tal o poner en práctica alguno de sus cultos. No tanto así los seguidores de diferentes confesiones con representación, digamos, minoritaria: poco les importa a los fundamentalistas que los musulmanes ejerzan rígidamente su código de conducta en planos tanto privados como públicos, incluso aunque comporten discriminaciones lacerantes que se empeñan en no querer ver. Sí les conmueve, en cambio, que lo hagan aquellos a los que va dirigida su “fatwa” civil: al final verán cómo hay que escenificar la Semana Santa con Jesús vestido de manifestante convocado por SMS:
Por Erasmo RELEVO DE LAS TROPAS Aznar se ha entretenido en poner en el brete a ZP con motivo del relevo de las tropas en Iraq. Le ha obligado a comprometer por escrito su opinión de mandar tropas allí. El PSOE ha buscado una redacción retorcida, reprochando al presiente en funciones que les haya obligado a tocar un tema que consideran tabú. Parece un texto elaborado por un jesuita tópico, diciendo que sí, pero sin que se note. Uno hace mal de jugar con el otro a costa de crear incertidumbre en los soldados. El otro está metido en el pozo de su verborrea y no sabe cómo tratar de temas reales. Malo para la política española. EL RESTO DE ESPAÑA Maragall advierte, tras el reconocimiento internacional dela creación de la Federación Catalana de jockey sobre patines, que ya no existe selección española, y que debe ser conocida de otra forma. Resulta interesante: Un catalanista advierte que sin Cataluña no hay España. Y uno está dispuesto a darle la razón. Pero no debe olvidar que una de las palabras más incrustadas en el Ser nacional español, y aportadas al acervo internacional, es la Reconquista. FIRMA EN MADRID Se anuncia que la futura Constitución europea, sobre la cual, apartado Aznar y el PP, no se prevé obstáculos, se firmará solemnemente en Madrid. Y consagrará la renuncia oficial española a la mayor representación conseguida en Niza, y el acatamiento jerárquico a Francia. Lo que Moratinos, en artículo en el Wall Street Journal, define como vuelta la política tradicional española de 1979. ¿La sumisión es lo tradicional? Abundan los dichos españoles sobre esta situación. Encima de cornudo...., además de puta....., sobre burla, befa...etc. DESCONCIERTO POLÍTICO A la lógica confusión del cambio político se une la incertidumbre respecto a cuáles van a ser realmente la s directrices del equipo ganador, pues abundan las declaraciones de todo quisque al respecto. No es bueno para el crédito exterior (e interior) de España que se trate de asuntos de Estado con frivolidad por parte de gente que aún no ha sido nombrada y ya pontifica. ENSAÑAMIENTO CON LOS CADÁVERES Una chusma (nunca mejor dicho) iraquí arrastra cadáveres de unos extranjeros asesinados y los veja colgados de la estructura de un puente. Aparte de la locura asesina respecto a gente que intenta colaborar con la reconstrucción de Iraq, el hecho rebela la peor faceta del Islam: el salvajismo en los conflictos. No se sabe de condenas explícitas por parte de los imanes correspondientes. Ni se ha oído comentarios por parte de los abundantes panegiristas occidentales de la mitificada tolerancia islámica. Así son las cosas. LA ABC NOS INFORMA La cadena de TV americana ABC ha difundido fotos de las mochila y artilugios anejos que no explotó en Madrid. Son fotos de la policía española, evidentemente, con las que los noticiarios de TV españolas abren su emisión en estos días. ¿No les dará vergüenza a los periodistas españoles que le levanten esta información en sus propias barbas y acaben comprando lo que debieran haber producido ellos?
DEL HACHO AL PIRINEO. El Ejército Nacional en la Guerra de EspañaJosé Semprún Editorial Actas 2004 Un libro útil. Es lo menos que puede decirse de una obra de 550 páginas en el que se puede encontrar la mayor parte de los datos militares acerca del Ejército Nacional en la Guerra Civil. Una exposición clara de todas las unidades y efectivos que intervinieron, con datos no fácilmente encontrables acerca de la composición de las mismas y principales campañas y acciones en las que participaron, así como la relación de las principales recompensas ganadas. En esa relación se incluye Armas, Servicios, Cuerpos de Orden Público y Milicias. Será difícil detectar unidades organizadas, por breve que haya sido su existencia, que no hayan sido recogidas en esta obra. La obra revisa el desarrollo de la campaña, desde su planteamiento, el Alzamiento, hasta la desmovilización, tras el desfile de la Victoria. Describe de forma esquemática la evolución de los principales enfrentamientos y el balance de los mismos. Esa forma esquemática resulta muy efectiva para transmitir la información. Junto a la obra descriptiva, el autor, que identifica como “franquista” en toda la obra al Ejército que en la portada titula “Nacional”, se permite juicios de opinión acerca de los datos y situaciones que reseña. Una opinión permanente es rebajar las cifras de voluntarios nacionales en las Milicias, particularmente los de Falange, pero sin aportar datos nuevos ni mencionar las bases de su corrección a la baja de los aportados por los que él califica como “historiadores pronacionales”. Ese juicio de opinión se complementa con otra muy discutible: Reducir el papel de las unidades militares gubernamentales en los primeros días y semanas de la guerra, sosteniendo que ese bando no dispuso de más fuerzas efectivas que las milicias izquierdistas. Asimismo ignora el papel de la moral de la contienda, omitiendo, por ejemplo, toda mención a las resistencias decisivas, que tanto desbarataron iniciativas republicanas. En cambio, sostiene, sin apoyarlo con ningún dato o sucedido, que las autoridades nacionales tuvieron siempre la espada de Damocles de una insurrección de sus tropas, no motivadas. Un alejamiento de la realidad histórica bastante reprochable. En suma, un libro elogiable y útil en su información objetiva, e innecesariamente subjetivo en una interpretación más que discutible. Pero es justo decir que la extensión dedicada al primer aspecto es muchísima mayor que la del segundo E. Hermana |
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EL
CLUB DE OPINIÓN ENCUENTROS, a través de sus actividades
relacionadas con la cultura y el pensamiento, aspira a contribuir a la
formación de una corriente regeneradora de España acorde con los tiempos
actuales. Siendo un Club con vocación de "encuentro" de los
españoles, admite en las páginas de sus publicaciones, en sus tertulias
y conferencias, los juicios de cuantos se encuentran en esa línea, sin
que ello suponga asumir las distintas opiniones. Información: elcorreo@opinion-encuentros.org |
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