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  Nº 135 - 9 de septiembre de 2004

   CONTENIDO                 

    

  1. La ofensiva gay, por César Vidal

  2. La sonrisa del matarife, por Juan Manuel de Prada

  3. Frivolidad, por Matías Cordón

  4. Reseña de libros: España Vertebrada

5.     Breves, por Erasmo

     

LA OFENSIVA GAY

 por Cesar Vidal

publicado en La Razón 

            Hace tiempo que sostengo la tesis de que el lobby gay es uno de los fenómenos más parecidos a la Komintern de los que hemos tenido que padecer en las últimas décadas. A semejanza de la Komintern, el lobby se ha auto arrogado la representación exclusiva de un colectivo –en el primer caso los obreros del mundo; en el segundo, los homosexuales– que es más que dudoso que posea. De la misma manera, ha decidido imponer un programa político que no sólo es discutible que beneficie a los que dice representar, sino que resulta una verdadera plaga bíblica para la sociedad en la que se aplica. Finalmente, para lograrlo recurre a una serie de maniobras que, en ocasiones, hacen pensar que Don Vito Corleone era una ursulina comparado con el citado lobby. 

            Igual que la Komintern colocó la etiqueta de “fascista” –lo fuera o no– a todo el que se oponía a Stalin, el lobby gay se ha inventado el calificativo de “homofobo” para todo el que no capitula ante sus pretensiones. La fórmula ha tenido éxito. Empezando por los medios de comunicación y siguiendo por el mundo de la cultura y de los partidos políticos, buena parte de la sociedad ha ido doblegándose ante las pretensiones del lobby gay, no por convicción sino por verdadero miedo. Hasta las fuerzas armadas han tenido que aceptar comportamientos que causan sonrojo a la mayoría de sus miembros.  

            De hecho, el único segmento social que se ha resistido a comulgar con esas ruedas de molino es el de las iglesias y sobre ellas está disparando el lobby gay con especial saña. La semana pasada, sin ir más lejos, en España varios centenares de homosexuales declararon públicamente su apostasía de la Iglesia Católica y en Suecia fue condenado a prisión un pastor evangélico por el delito de predicar que la Biblia considera pecado –lo que es irrefutable– las relaciones homosexuales. Basadas en el deseo de ser fieles a una revelación, las iglesias constituyen para el lobby gay un objetivo que hay que abatir y en una clara disyuntiva kominterniana, o capitulan o les espera el Gulag. A este paso arderán en piras Suetonio, Tácito, Dante, Quevedo, Shakespeare o la misma Biblia por condenar las relaciones homosexuales. Hitler –que, por cierto, era homosexual– no lo hubiera hecho mejor.

 LA SONRISA DEL MATARIFE                                                                     arriba

 por Juan Manuel de Prada

Publicado en ABC 

            Leo en estos días Koba el Temible (Anagrama), un libro de Martín Amis, airado y extrañamente conmovedor, que glosa la figura de Stalin y execra la connivencia de los intelectuales europeos con el comu­nismo. Una connivencia que, vergonzante y como en sordina, se prolonga hasta hoy, actuando sobre el sub­consciente colectivo de un modo tan sibilino como perni­cioso. Como el propio Amis señala en algún pasaje de su libro, «todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz y Belsen; nadie sabe nada, en cambio, de Yorkutá ni de Solovetski». Pecaríamos de ingenuidad, sin embargo, si atri­buyéramos dicho desconocimiento a la ignorancia selectiva de las masas; si hoy la mortandad desatada por el nazismo ocupa un capítulo medular en el libro de la memoria colectiva, mientras la mortandad mucho más abultada del comunismo apenas representa una nota a pie de página, es porque las elites dirigentes, representantes del progresismo rampante y hegemónico, así lo han querido. No en vano, en su juventud seudorrevolucionaria, dichas elites se amamantaron en las ubres del legado estalinista. 

            En Koba el Temible, Amis cuenta una anécdota de apa­riencia banal, pero de significación sobrecogedora. En el curso de un reciente mitin electoral celebrado en la sede de New Statesman, una publicación laborista, uno de los oradores recuerda su juventud, cuando en compa­ñía de «antiguos camaradas» redactaba aquella revista, tan contemporizadora con el comunismo. El público res­ponde entonces con una unánime carcajada afectuosa. Amis se pregunta qué ocurriría si un orador recordase con nostalgia en el curso de un mitin a sus fraternales camisas negras. «¿Es esa la diferencia -escribe Amis— entre el bigote pequeño y el bigote grande, entre Satanás y Belcebú? ¿Que uno suscita espontáneamente la furia y el otro la risa?». Juguemos a trasladar la anécdota al  ámbito autóctono. ¿Qué ocurriría si un político español rememorase festivamente su juventud falangista? Habría firmado su Acta de defunción. En cambio, se contempla con admiración que haya militado en las filas comunis­tas. Y, por supuesto, a los combatientes estalinistas que perecieron en la Guerra Civil se les asigna el calificativo extravagante de «defensores de la democracia»; mien­tras a los combatientes que militaron en el bando de Franco se les despacha como chusma fascista. 

            El libro de Martín Amis, feroz y cáustico como sus novelas, transita por los pasadizos pavorosos que ya nos iluminara Solzhemtsyn en El archipiélago Gulag. Entre el desfile de horrores desatado por el comunismo (hasta completar un catastro fúnebre de veinte millones) mere­cen reproducirse algunas frases sentenciosas de Stalin: «La muerte soluciona todos los problemas; no hay hom­bre, no hay problema»; y también: «Una muerte es una tragedia; un millón de muertes, simple estadística». So­bre esta burocracia de la muerte se fundó la ideología que aún abastece de mitologías el llamado pensamiento progresista. "El terror nazi se esforzaba por ser exacto, calculador, dirigido contra una parte de la población en razón de su etnia; el terror comunista, en cambio, era deliberadamente aleatorio e indiscriminado, pues su enemigo era el hombre. «El comunismo —afirma Amis— es una guerra contra la naturaleza humana».

            En algún lugar del infierno, Stalin, el Gran Matarife, sonreirá complacido al contemplar la supervivencia de su legado. Con sarcasmo y algo de fatiga, Martín Amis recuerda que cuando su padre, el también escritor Kingsley Amis, abjuró públicamente de su pasado comunista, fue de inmediato tildado de «fascista» por los intelectuales británicos. Cincuenta años después, motejar de «fascista» al que piensa distinto sigue siendo el pasatiempo predilecto de nuestra progresía; el que lo probó lo sabe. El Gran Matarife sonríe, orgulloso de mantener su predicamento.

 FRIVOLIDAD                                                                                                    arriba

 por Matías Cordón

            El nuevo gobierno socialista ha suspendido por decreto una ley vigente y cancelado la mayor parte de sus obras en ejecución o contratadas. Y anuncia la elaboración de un programa alternativo para el futuro, aunque promete la realización del mismo en “brevísimo” plazo de uno o dos años. Liquida así un proyecto largamente planeado, discutido y elaborado, que ha recibido financiación europea y que constituye una aspiración acariciada desde hace décadas por la región levantina. Y lo sustituye por unas promesas indefinidas de actuaciones diferentes. 

            Se trata de un ejemplo paradigmático de sectarismo político. No se actúa con criterios positivos de calidad, sino negativos de obstrucción de obras de los adversarios políticos. Y lo sufre la sociedad, que no debiera ser víctima de esos sectarismos. Porque no se argumenta respecto a lo planteado y en curso por el gobierno anterior, sino que se descalifica de raíz. Y se plantea una solución diferente, las desaladoras, con una aproximación diletante a sus costos y plazos de ejecución, sin madurarla convenientemente. No se trata aquí de discutir entre ambas opciones, sino de denunciar una actitud frívola, toma de decisiones sin criterios técnicos sino políticos. La misma actitud frívola que condujo, hace veinte años a la paralización de inversiones en generación nuclear.  

            Aquélla decisión nos originó costos enormes improductivos, que continuamos pagando, como compensación a las eléctricas por activos improductivos, y nos abocó a una mayor dependencia del petróleo y mayor emisión de contaminantes. Ahora, con toda la polémica del efecto invernadero y Kioto, es el momento de revisarla, como única solución real para cumplir nuestros compromisos, aunque es dudoso que en todo el espectro nacional haya políticos capaces de abordar esa corrección. 

            Aquella irresponsabilidad es un ejemplo anterior de lo que ahora se presenta de nuevo. Un programa como el PHN es un conjunto de actuaciones de todo tipo, en el que el trasvase de agua entre cuencas no es sino una de ellas, que no excluye a las otras. Incluso la cuestión de costos es algo relativo, dependiente de las tecnologías que se adopten, el calendario de disponibilidad de las mismas y la discriminación entre costos de inversión, operación y mantenimiento. Algo que conoce cualquier persona mínimamente versado en ingeniería. Lo sensato es no descartar ninguna opción y procurar el mínimo costo y máxima disponibilidad de agua en tiempo y destinos. Pretender ser unívoco en la adopción de soluciones de este tipo es demostrar un infantilismo dogmático incapaz de copar con realidades complejas. Eso parece ser la situación tras el anuncio de las decisiones adoptadas por el nuevo gobierno.

            Los políticos debieran grabarse en la cabeza el conocido refrán de que “Lo mejor es enemigo de lo bueno”. Paralizar obras en curso con la pretensión de transformarlas por soluciones perfectas (no es este el caso, precisamente) es una frivolidad que la sociedad debiera hacer pagar concienzudamente. Es de temer que el dominio sectario de los medios de opinión frustre ese resultado conveniente. El dominio de la opinión pública aragonesa sobre este tema por medio de alegatos simples es un índice de lo que se nos avecina.

RESEÑA DE LIBROS                                                                                      arriba

ESPAÑA VERTEBRADA,  José Antonio Jáuregui

Belacqva, 2004. 

            El conocido sociólogo navarro, popular por sus series de televisión, ha escrito una obra dedicada a refutar, en cierto modo, la tesis de Ortega de la descomposición progresiva de España desde el Siglo XVI, como consecuencia de la carencia de una elite rectora. Para ello transforma el título de Ortega en este otro, claramente positivo. 

            Todo el libro es una acumulación de recuerdos de las sensaciones, sentimientos, costumbres, ritos, y vivencias que nos unen a los españoles, por encima o por debajo, como se quiera, de los acontecimientos históricos o las vicisitudes políticas que tan a menudo confundimos con la esencia de nuestro ser nacional. Las coplas, el idioma, el chorizo, las fiestas, las pasiones localistas, los tacos o las tapas, definen según el autor más adecuadamente nuestra personalidad nacional que la cultura oficial o los vericuetos partidistas con los que los periódicos nos martillean todos los días, según el sociólogo. Los españoles estamos más unidos por esas costumbres o usos de lo que nos desunen las luchas partidistas. Y ese acervo común se incrementa continuamente, se consolida y vivifica con creación y aportaciones continuas, mal que les pese a los pesimistas o nacionalistas que temen o desean que España desaparezca. 

            Para reforzar esa tesis, el autor apela a testimonios propios, de exiliados y de extranjeros, prescindiendo de opiniones anteriores, a menudo teñidas de pesimismo (entre las que incluye al propio Ortega, que el considera desenfocado). Para ello enumera el éxito interno y externo de múltiples españoles, prácticamente ignorados por la Opinión Nacional, procurando destacar su capacidad para triunfar y producir obra excelsa en múltiples campos, desde la música a la industria y el comercio. Demuestra su talante optimista al tratar el lado más atractivo de múltiples personajes, sin permitirse objeciones minoradoras en ningún aspecto. En ello exhibe la determinación positiva de su aproximación al análisis del ser nacional. 

            Una determinación positiva que, por el contrario, le hace abominar frecuentemente de los “Reyes Xenófobos”, como él califica a los Reyes Católicos, por haber expulsado a judíos y moros de España, siendo tan españoles los expulsados como los expulsadores, en opinión del autor. No admite la vigencia de ningún espíritu nacional español permanente, que justifique tales medidas. En ello sigue explícitamente a Castro frente a Albornoz, a quien con frecuencia denosta. Una actitud personal que le hace reiterar el calificativo de guerra “incivil” para nuestra última guerra civil, y reprochar sistemáticamente a Franco por su Régimen, en el que él nació y se educó. Jáuregui descalifica todo lo que no le entra en sus esquemas apriorísticos, lo que degrada la calidad de su análisis. Para ello apela a aproximaciones someras a la Historia, que incluso le confunden (como cuando traduce erróneamente los escritos en latín del Arco de la Victoria). Una pena. 

            Pero quizás no tenga sentido pedir más a un análisis nacional tan somero y dicharachero como el que el autor ha pretendido. Parece escrito para sus alumnos en un talante revulsivo y ameno, respecto a la opinión dominante, 

E. Hermana

 BREVES                                                                                                              arriba

 por Erasmo

 LA COMISIÓN CONFUSORA

            La Comisión de Investigación sobre el 11-M se ha convertido en un reñidero de los partidos políticos, en donde el PP intenta abochornar al PSOE por su método para conseguir la victoria electoral y éste procura reiterar su mendaz acusación de que el PP mintió. Nadie espere saber la verdad después de estas actuaciones. Hay suficientes intereses para sofocarla en pro de intereses partidistas. 

RIFIRRAFE EN EL PP CATALÁN

            Piqué ha perdido la representación de su facción, en el congreso nacional del PP. Y ha reaccionado quitando la portavocía en el Parlamento Catalán a la que considera su rival. No parece un procedimiento adecuado para potenciar un partido e ilusionar a sus militantes. Al PP no le crecen los enanos, sino los submarinos. 

UN NUEVO DESCALABRO DE NUESTRA POLÍTICA AGRÍCOLA

            De nuevo, el Comisario Fischler, prepara un plan para racionalizar los costes agrícolas europeos. Y, de nuevo, ese plan favorece a Francia y perjudica a otros países menos favorecidos por la Naturaleza, como España. Es decir, nos fuerza a prescindir de competir con Francia y Alemania.

Y de nuevo, claro, los representantes españoles se quedan plantados, sin pelear.  Uno se pregunta si han recibido ordenes del admirado (por nuestro presidente de Gobierno) Chirac. Está claro que nuestros agricultores van a seguir añorando a los combativos Loyola de Palacio y Arias Cañete. 

LA REVOLUCIÓN ALEMANA

            Alemania, y las empresas alemanas (Bosch, en Francia, por ejemplo) han emprendido una audaz revolución laboral para afrontar la nueva situación competitiva de los nuevos países europeos. Aumentan su horario laboral sin incremento de salario, disminuyen las prestaciones de desempleo y, se despiden de sueños irrealizables de disminución de las horas a trabajar. Ello escandaliza al Primer Ministro francés, pero está claro que la semana de 35 horas sin reducción de salario -¿Quién no recuerda la tabarra de años atrás?- se ha acabado.

La realidad es muy terca, y se impone inexorablemente 

ESPAÑA, 20ª EN IDH

            Ese es el puesto ocupado por España en la clasificación mundial, por países, del Índice de Desarrollo Humano. Es una clasificación reñida por arriba, pero que demuestra que siempre queda tarea pendiente. En el caso de nuestra Nación pesa el aún alto índice de fumadores  (¿) el paro prolongado y el índice de analfabetismo, entre otras cosas. En resumidas cuentas, la educación personal. Algo en lo que no se percibe voluntad real de progreso, con un gobierno volcado en la disolución cultural.

 

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