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  Nº 136 - 30 de septiembre de 2004

   CONTENIDO    

            

   1. Las Palabras de la Tribu, por Benigno Pendás

   2. Un estadista malogrado, por Martín Quijano

   3. Sobre la Democracia y algunos malentendidos, por Ignacio Sánchez Cámara

   4. Breves, por Erasmo

    

LAS PALABRAS DE LA TRIBU

por Benigno Pendás

Profesor de Historia de las ideas Políticas

publicado en ABC

Sopla viento racheado en el ánimo de nuestra Europa raptada. Recuerda a la crisis de la «polis» en la Grecia clásica. Bastante menos (conviene no engañarse) a la caída del Imperio romano, porque la hegemonía pertenece hace casi un siglo a la América pujante. Síntoma de toda fiebre helenística es el replie­gue hacia el egoísmo insolidario, esto es, el retor­no de cínicos, escépticos y epicúreos en forma de retórica postmoderna, que ni siquiera resul­ta divertida. Aquí y allá se perciben rasgos de nostalgia de la guerra fría: «paz imposible, gue­rra improbable», decía el sabio Raymond Aron. Rebrotan viejas querencias autoritarias: la de­mocracia es aburrida, sin duda, pero hay dema­siados libros sobre Hitler, Stalin y otros dictado­res en las listas de superventas, sección de «no ficción». Ahora se apunta también el cine. Crece el malestar de las clases medias. Mucha aten­ción a este asunto: sin clase media sólida y estable, la sociedad pierde literalmente—el equilibrio y el Estado Constitucional no funciona. Fragmentos dispersos. Alemania no digiere la unificación apresurada. Ante el chantaje terrorista, Rusia vuelve a los setenta y quién sabe hasta dónde va a llegar; Francia, sin merma de la soberbia, no sabe qué hacer; Italia, más emotiva, reza y espera. Los nuevos socios del Este observan perplejos: ¿era esto el paraíso? Roban el cuadro de Munich y(otra vez fallan los tópicos) tampoco en Noruega pasa nada. Lo nunca visto: incluso se viola el recinto sagrado del Parlamen­to británico...

Por todas partes, sin embargo, la «movida» globalizada fascina a los jóvenes y a los mayores. Al fin y al cabo, la despensa sigue medio llena y los índices más selectivos de la bolsa inter­nacional resisten con holgura. Suben los impuestos y no decae el consumo. Baja la moral y huye el sentido de la responsabilidad. ¿Diagnóstico? Es el primer aviso de un cambio de ciclo histórico, más bien a medio plazo. ¿Tratamiento? Política valiente y pensamiento fuerte. ¿Pronóstico? Prudencia: todos los profetas sociales han hecho el ridículo desde Marx a Fukuyama. Los más pesimistas imaginan una final a fecha fija, semejante a la bofetada infame que propina Jason a Benjy, el pobre idiota, en el último párrafo de la novela excepcional de William Faulkner. No estoy tan seguro de que sea inminente, aunque la imagen del dúo franco-alemán con sus acólitos sonrientes no invita precisamente al optimismo. Es probable que el trampantojo resista todavía unas cuantas generaciones. Ya veremos. Ojalá sea.

¿Y en España? A pesar del 11-M, nuestra socie­dad anestesiada no toma en serio la amenaza islámica: se necesita con urgencia un master ace­lerado en Relaciones Internacionales; pero cuidado con los profesores ... En cambio, somos expertos sin fronteras en debates sobre el modelo territorial. Cada cual lleva su cruz, ya saben. No sé si la gran mayoría está preparada para resistir la embestida que nos aguarda. De hecho, crece día a día una mezcla peligrosa entre la irritación y el hastío. Peor todavía: una suerte de resignación ante la «solución» que pasa por ser inevitable. Dejar el poder espiritual en manos del adversario conduce a consecuencias negativas: la España constitucional está mal equipada para hacer frente a quienes nos dejan sin proyecto de vida en común, carentes de ilusión colectiva, reducidos tal vez a una cláusula residual, atro­fiada y supongo que transitoria. No hace falta demostrar que todo esfuerzo fallido conduce a la melancolía. Ni la generosidad de la Transición ni el éxito político y socioeconómico del régi­men constitucional han servido de dique contra la deslealtad de los nacionalistas a la idea de España como realidad histórica y moral. No basta, aunque ya es mucho, con guardar las formas de acuerdo con el ordenamiento vigente. Si falta el anclaje emocional, ¿para qué sirven los tecnicismos jurídicos? Si no compartimos símbolos, bandera, ni selecciones deportivas; sí «sus» éxi­tos no son «nuestros», salvo para pagar una bue­na parte de la factura; si se pierden en el despre­cio o la indiferencia las señas de identidad común: ¿a quién le importa la reforma nominal de una o de muchas leyes orgánicas?

 Llegan tiempos de cambio y, como anticipaba Mallarmé, el poeta, cobran nuevo sentido «las palabras de la tribu». De sobra sabemos que el lenguaje político no es aséptico, ni vive en el la­boratorio abstracto de las ideas platónicas. Los conceptos en el agora son armas polémicas para dominar al adversario. El gran misterio de la democracia española, desde el punto de vista del historiador del pensamiento, es la confluencia insólita del nacionalismo burgués, y a veces re­accionario, con la izquierda que se dice progresista y universal. El bloque que controla las ideo­logías al uso impone como verdades dogmáticas algunas falacias trasnochadas. Unos por buen talante, otros por gran despiste, todos por interés coyuntural, aceptan sin discusión las reglas  del juego mentiroso. Las falacias más comunes sé resumen en tres. Primera, que España es una construcción artificial, producto de la opresión o, para los que prefieren no hacer el ridículo, de la yuxtaposición de otras naciones auténticas. Segunda, que España es un fracaso histórico, sinónimo de atraso y decadencia, gente pintores­ca reñida sin remedio con la modernidad y el proceso de la civilización. Tercera, cómo no, que España carece de futuro, no ofrece un proyecto «sugestivo» por mucho que se cite a Ortega, resulta «incómoda» para quienes viven de, por y para su identidad diferencial.

¿Cuántas veces habrá que repetir la verdad? España, con sus luces y sus sombras, es una realidad histórica indiscutible, percibida dentro y fuera como unidad desde tiempo inmemorial; en todo caso, surge como Estado nacional en los primeros días de la forma política moderna que seguimos llamando Estado. España ha jugado un papel de primer orden en la historia universal; ha sido protagonista en el «nomos» de la tierra que todavía nos rige; aporta una lengua y una cultura al nivel de las mejores. Como todos, ha sufrido altibajos y no faltan lagunas ni miserias. Como todos, insisto, nada excepcional. En fin, ofrece desde hace un cuarto de siglo una de­mocracia constitucional a la altura de los tiem­pos, una prosperidad económica notable, una plena integración sociocultural en las grandes corrientes universales (no siempre atractivas; pero éste es otro problema). A día de hoy, Espa­ña significa libertad, democracia, Europa, bienestar... ¿Cómo van a ser modernos los naciona­lismos étnicos, románticos, rancios y excluyentes? ¿"Cómo va a ser «centralista» quien defiende el Estado autonómico, más descentralizado que la mayoría de los Estados federales? El uso políti­co pervierte por definición el lenguaje científico, pero conviene no perder los escasos restos de sentido común que todavía conservamos. ¿Aca­so no es democrática la igualdad ante la ley derivada de la soberanía nacional, única fuente de legitimidad del poder a estas alturas del discurso de la historia? ¿Van a dar lecciones quienes pretenden privilegios jurídicos y económicos, abogan por una sociedad estamental premoderna y magnifican desde su egoísmo insolidario a los ídolos de la tribu? Verdades tan evidentes necesitan ser repetidas una y mil veces para que la gran mayoría de los españoles sea consciente de dónde está la razón (moral y política) ante un debate estéril, que ya debería estar superado. Como siempre, pero más. Si no ganamos la batalla de las ideas, jugaremos en campo contrario, opo­niendo una resistencia cada vez más débil. No basta con tener razón, hay que saber mantener­la. Esta sociedad, agobiada como todas por los problemas globales, tiene en este asunto un reto particular: habrá que ganar cada día un futuro que no dilapide el derecho a ser españoles de las generaciones siguientes. ¿Cómo? Firmeza en las convicciones, como hemos dicho, y exigencia máxima a los dos grandes partidos nacionales. Sobre este aspecto decisivo habrá que volver con frecuencia en los próximos meses. Las ex­pectativas no son buenas. Preguntas para estra­tegas en Genova y en Ferraz: ¿a quién beneficia jugar a la confrontación?

 UN ESTADISTA MALOGRADO                                                                     arriba

 por Martín Quijano

El ABC ha publicado una interesante entrevista a José María Aznar en un marco extraño: su suplemento cultural. Con la excusa de la presentación reciente de su libro sobre sus años de gobierno, Fernando R.Lafuente pregunta al político automarginado sobre sus ideas acerca de España. Lo hace con algo de vanidad  , que le hace destacar en negritas sus preguntas, a menudo prolijas, relegando a tipo normal las respuestas, pero el resultado es muy revelador de la densidad intelectual del expresidente, y merece comentarios.

Aznar, para empezar, destaca que la cultura de un país radica en la continuidad de la vigencia de los valores que sostiene, que surgen de la tradición. Es una versión nueva del dorsiano lo que no es tradición es plagio. Haciendo la salvedad de que la cultura requiera momentos, hechos o nacimientos nuevos para recrearse, e incluso rupturas parciales,  sostiene la necesidad de esa continuidad para que un país tenga un rumbo definido, reconocible e inteligible, en la historia. Constituye una manifestación clara de su concepción del patriotismo: El conocimiento y la asunción de qué significa o implica la patria a la que te adhieres. Y esta definición de su concepto del patriotismo revela el rumbo que él ha procurado en su vida y ejercicio político.

A continuación reprocha, sin especificar a quién reprocha, que la Historia de España haya sido utilizada como instrumento de una política de confrontación, y lamenta nuestra enorme carencia de trasmisión de estudios históricos. Pero al mismo tiempo advierte esos estudios no son suficientes y que, en buen número han sido realizados entre el prejuicio y el tópico, antes que desde el rigor histórico estricto. El patriota lamenta simultáneamente tanto la tergiversación de nuestra Historia como la insuficiencia de calidad en buena parte de su transmisión de lo poco que se ha hecho..

Después advierte su preocupación por la educación, señalando que si el nivel de exigencia no se aumenta y el contenido no existe, es muy difícil que nadie pueda tener esos valores de referencia, y de ahí surgen las sociedades ignorantes. La peor de las ignorancias es la que atañe a uno mismo, la que nos mantiene ajenos a nuestra propia justificación, tanto personal como nacional. Esa ignorancia es fruto de la desidia nacional imperante, pero también es consecuencia de que hay una cierta izquierda en España que detenta una especie de monopolio cultural, lo que es una expresión de sectarismo. Que a falta de ideas que defender, a falta de talento que ofrecer, sólo ofrece sectarismo.....un sectarismo absolutamente irracional, y eso es desgraciadamente la expresión de una realidad nacional. La denuncia es directa. La vocación destructiva de nuestra izquierda, incapaz de un sentir nacional, al menos en su estructura ideológica y dirigente, constituye un problema esencial de la España moderna. Algo que le hace decir, más adelante: Creo que a la sociedad española le falta convicción interna. Churchill solía decir que es imposible que es imposible hacer política exterior si a un país le falta conciencia nacional. Y a continuación recuerda que hemos querido impulsar una conciencia nacional moderna de España......para intentar hacer la política que le corresponde a ...sus niveles de desarrollo, prácticamente similares a los europeos.

El político retirado demuestra cumplidamente tener una estructura mental de gran estadista , tan consciente de los males mentales de su patria como convencido de su calidad esencial histórica y de su potencial actual. Sus ideas recuerdan textos e ideas de un egregio  político que le fue caro en su juventud y que ahora se autoveta mencionar, por corrección política. Está claro que su ejecutoria política ha sido honesta al servicio de esas ideas. Honesta y eficaz, pues la transformación económica de España durante su mandato, y el prestigio internacional alcanzado son realidades indudables, que le deben ser acreditadas. La defensa sin timidez de los intereses españoles le ganó reconocimiento internacional, demostrado en muy diversas manifestaciones de políticos y medios de opinión.

Ese crédito de político determinado y con ideas claras le falló, sin embargo en un sector de la sociedad española, enconado por una eficaz campaña de la sectaria izquierda española. Esa eficacia sectaria, la retirada personal suya, la barbarie terrorista, complejas y oscuras traiciones policíacas y una artera tergiversación electorera apartó a su partido del poder. El gobierno resultante no perdió tiempo en airear toda su confusión mental y desbaratar buena parte del prestigio y posición exterior de España, tan penosamente logrados tras décadas de ensimismamiento. Con ello se ha malogrado una parte de ese buen hacer estadista. Ello supone una pérdida de la que la nación tendrá que recuperarse, con esfuerzo y costos por determinar, pro indudablemente altos. Y requerirá un tiempo largo pues es sabido que la honra se pierde en un minuto, pero su logro requiere una vida.

¿En qué medida es achacable indirectamente a Aznar esta pérdida provocada directamente por su adversarios? ¿En qué medida es atribuible a la incapacidad de Aznar, o de su partido, para expresar con música adecuada esa estructura de ideas tan encomiable? Parece injusto considerar esto, pues la calidad política no pude ser perfecta, pero los políticos tienen la obligación de procurarla. Su meta es múltiple: estructurar bien sus ideas, depurarles, servirlas honestamente......pero también comunicarlas, difundirlas, e imponerlas en el alma popular.

A Aznar le ha faltado ese don de comunicar eficazmente sus excelentes ideas, hacer que la sociedad española las hiciese suyas, vencer el sectarismo destructivo ideológico de la izquierda española. Se podría pensar que ello se ha debido a incapacidad personal suya para expresar adecuadamente “la música que sintoniza con el momento presente”. Quizás sea consecuencia de su insistencia de posicionarse en un centro siempre difuso, quizás, y eso es peor, le haya faltado expresar la alegría anímica indispensable para la simpatía. Son demasiados quizás para excusar una carencia que ha permitido imponerse al sectarismo negativo contrario.

Lo malo es que no parece que su sucesor al frente del partido suponga nada para remediar esa carencia. Para empezar, parece faltarle el convencimiento que en Aznar rebosaba. 

SOBRE LA DEMOCRACIA Y ALGUNOS MALENTENDIDOS                  arriba

 por Ignacio Sánchez Cámara

Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de La Coruña

Publicado en ABC

Todos hablan de democracia, pero no todos al hacerlo hablan sobre lo mismo. En unos casos, las discrepancias se deben a que la entienden de distinta manera. En otros, a que algunos llaman democracia a lo que no lo es, a lo que es otra cosa, incluso a lo que se opone a ella. Por eso no faltan las tergiversaciones y suplantaciones, y, también, los malentendidos. De entrada, aclaro que hablo de democracia en el único sentido en el que creo que existe verdaderamente, en el sentido representativo y liberal. Hay otros modos de concebirla que no son, a mi juicio, «democráticos»: la democracia radical, asamblearia, directa y totalitaria. Si no me equivoco, algunos malentendidos y errores sobre la democracia surgen porque se introducen en la concepción representativa y liberal principios opuestos a ella, procedentes de esas concepciones  alternativas.

No faltan entre nosotros ejemplos y síntomas de estos malentendidos. Por ejemplo, cuando el Gobierno considera que las críticas de la Iglesia católica a su proyecto de extender la institución del matrimonio a las uniones homosexuales entraña una falta de respeto al Parlamento y, por ello, a la soberanía nacional y una ilegítima intromisión en la política. Bien es verdad que este anatema socialista sólo se exhibe cuando la Iglesia se opone a sus decisiones, no cuando las apoya. Y también es cierto que no considera intromisiones las tomas de posición de otras instituciones y grupos sociales. El resultado es que la Iglesia debe callar mientras que, pongamos por caso, una Asociación de Gays del Bajo Aragón tiene todo el derecho del mundo a opinar. Aquí no estamos ya ante una mera tergiversación de la democracia, sino ante la pura hostilidad antirreligiosa. Otro ejemplo lo suministra el derecho que se concede a la mayoría parlamentaria en las comisiones de investigación de impedir comparecencias solicitadas por una minoría. Cosa que, por cierto, no sucede en otros países democráticos.

La democracia es una forma o método político que posee valor moral, pero que no garantiza la moralidad de sus resultados, pues éstos dependerán, sobre todo, del criterio y de la formación moral de la mayoría de los ciudadanos. Se concede, por lo demás, una valoración excesiva al consen­so como método para determinar lo que es o no correcto en el orden moral. Sí es dudoso en el ámbito de la política, es falso en el orden moral. El diálogo verdadero puede ser camino para descubrir la verdad, pero no para inventarla o crearla. El acuerdo de voluntades es una excelente fórmula para determinar el contenido de las leyes, pero no para discernir entre el bien y el mal en sentido moral. La democracia es una forma de gobierno, no un método científico ni un criterio de la moralidad. Es una condición necesaria, pero no suficiente, de la justicia, pero no tiene nada que ver con la verdad, ni en sentido filosófico, ni científico, ni moral. Expresa un acto de voluntad, una forma de tomar decisiones colectivas. Pero la mayoría no tiene necesariamente razón. Lo que tiene es la fuerza democrática. Si abusa de ella, degenera en tiranía. Y abusa cuando reclama a la minoría no sólo el cumplimiento de la ley sino también la identificación de su propia opinión mayoritaria con la justicia y la verdad. Todo esto, por lo que se refiere al principio de las mayorías. Pero éste no agota la esencia de la democracia. La formación de la opinión mayoritaria requiere la existencia de determinadas condiciones sin las que la democracia no puede existir. Así, el respeto a la decisión mayoritaria debe ir unida al respeto a las minorías y a la libertad de crítica. La opinión mayoritaria no posee un carácter sacrosanto sino meramente cuantitativo. Incluso cabe conjeturar que, desde el punto de vista moral, siempre será más acertada la opinión de la minoría (no, sin duda, de todas ellas; sólo de la que forman los mejores). Cuando una minoría o un grupo o institución discrepan de la decisión de la mayoría no vulneran la democracia sino que, por el contrario, la ejercen. De este derecho no debe quedar excluido nadie; ni siquiera, por cierto, la Iglesia católica. Si la opinión de la mayoría fuera siempre expresión de la justicia, o bien nunca debería cambiar o bien la justicia se identificaría con el capricho de las eventuales mayorías.

Andan por ahí algunos demócratas extraviados a quienes les desasosiega la posibilidad de que una religión o una doctrina filosófica se atribuyan el conocimiento o la posesión de la verdad. Y piensan, es un decir, que tamaña pretensión destruye la democracia a manos del dogmatismo oscurantista. Pueden sosegarse. Ni las leyes lógicas ni las teorías científicas se oponen a la democracia. Tampoco las verdades reveladas de la religión o las pretensiones de las doctrinas filosóficas de alcanzar la verdad. Donde, desde luego se encuentra la verdad es en las Ejecutivas de partidos ni en las votaciones parlamentarias. Entre otras razones, porque no es su misión la de determinar lo verdadero y lo falso. Cuando el Papa u otras autoridades religiosas pretenden declarar la verdad revelada de la que son depositarios, o cuando Platón, Tomás de Aquino o Husserl aspiran a establecer la verdad filosófica, ni acatan ni se oponen a la democracia. Se encuentran en otro nivel. Sólo quienes aspiran a imponer por la fuerza a la mayoría (y a la minoría) su propia opinión vulneran la democracia. Un ejemplo, por si coopera con la claridad. Supongamos que el Parlamento español legaliza el matrimonio entre personas del mismo sexo. Tan demócrata es quien está favor como quien está en contra. mientras no aspiren a imponer su criterio por la fuerza sino mediante la convicción. Tan antidemócrata es la minoría que, salvo el caso de objeción de conciencia, incumple la ley y pretende imponer por la fuerza su criterio, como la mayoría que impide la libertad de crítica y tilda al discrepante de antidemócrata. Decir lo que se piensa y proclamar lo que uno estima que es la verdad nunca es contrario a la democracia. Si lo fuera. desde este mismo momento, proclamaría que dejo de ser demócrata. Sólo faltaría que la ilustración y la democracia consistieran en liberar al hombre de la autoridad de Dios para someterlo a la tiranía de la plebe. Los laicistas frenéticos oí v i-dan el fundamento religioso (cristiano) de la democracia y, despreciando lo que ignoran, socavan los fundamentos de los principios a los que se adhieren. No hay mejor fundamento de la igualdad y de la dignidad del hombre que su condición de hijo de Dios, ni más firme base para la solidaridad y la fraternidad que la hermandad de todos los hombres como hijos de Dios. Por lo de­más, obedecer a los hombres puede ser servidum­bre; obedecer a Dios es libertad. Todo cristiano sabe que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Por mi parte, concedo a la mayoría el derecho a gobernar, si bien no de forma absoluta e incondicionada, mas no le concedo el derecho a legislar en el ámbito de la moral, propio de la conciencia y no de la opinión pública.

BREVES                                                                                                               arriba

 por Erasmo

LA PERSISTENTE TABARRA DEL YAK

Bono tiene una prioridad clara en la jerarquía de sus iniciativas malévolas; Hurgar en las heridas del accidente del Yak. Para ello no repara en actuaciones que permitan mantener en carne viva el dolor de los deudos de las víctimas. Y reitera que, por supuesto, cuenta con el apoyo de éstos. No es cuestión de divagar acerca de la conveniencia de ese apoyo, ellos sabrán qué persiguen. Pero el último movimiento no plantea responsabilidad en el accidente, sino en las actuaciones de identificación de los restos humanos. Y nos hemos enterado de que los médicos españoles no acertaron ni uno y los turcos, en cambio, hicieron pleno. Así, en blanco y negro. Nadie ha recabado la opinión de médicos españoles. Bono locuto, causa finita

LA MAQUIAVÉLICA TABARRA DE “MAR ADENTRO”

Presencia del Presidente y ministros en el estreno, minutaje inagotable en informativos y espacio en revistas, anticipos y augurios de grandes éxitos en festivales.... Nada se escatima para encomiar la última realización del último producto del armario. Nada es poco para promocionar suficientemente la eutanasia que viene.

Las asociaciones de parapléjicos advierten que ellos no la quieren. ¡Sabrán ellos que les conviene! La democracia decide qué es bueno y qué es malo. Y los mayores de ¿cuántos? años, a poner su gaznate a remojar. Los nacionalistas-socialistas están deliberando.

LA INSIDIOSA TABARRA DE LAS MENTIRAS

López Garrido asegura que el PSOE no quiere la comparecencia de Aznar en la Comisión del 11M para “no escuchar nuevas mentiras”. Mantiene, con tal exabrupto la campaña de insistencia socialista en que el PP mintió entre el 11 y el 13 de marzo.

No importa que las escasa actuaciones eficaces de la Comisión del 11M hayan despejado esa patraña, poniendo en evidencia la bonhomía de Acebes. Hay que aprovechar el éxito de las insidias de aquellos días y machacar.

LA ESTÚPIDA TABARRA DE LA HERENCIA PERNICIOSA

La foto de Las Azores no es responsable tan sólo de la situación en Irak, de la subida del petróleo y del 11 M, sino que es un exponente de todo lo que hizo mal el PP bajo la tiranía de Aznar. El progreso económico era un espejismo, como se ha demostrado con el incremento de la inflación, la desaceleración económica y la disminución de los afiliados en la SS en cuanto han tomado el poder los socialistas. El malvado “del bigote”, como lo califica Guerra con su insuperable gracejo, dejo la situación con una bomba de relojería para que estallase cuando el PSOE impusiese su insuperable talante. Pero afortunadamente, como dice el mismo Guerra, se ha recuperado la ética de la política.

¿Dónde estará agazapado, esperando su segunda oportunidad, su “henmano” Juan?

LA SORPRENDENTE TABARRA DE LA RECUPERACIÓN INTERNACIONAL

Moratinos anuncia un plan para que España lidere la colaboración internacional contra e terrorismo, no sólo de la ETA sino del islámico. Así, como suena.

Y para recuperar el prestigio internacional de nuestro país, perdido, según parece, con la política de Aznar.

Parece increíble, pero lo dice con aire de convencidos. Tantos años besuqueándose con Arafat han producido daños irreparables en su mente.

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EL CLUB DE OPINIÓN ENCUENTROS, a través de sus actividades relacionadas con la cultura y el pensamiento, aspira a contribuir a la formación de una corriente regeneradora de España acorde con los tiempos actuales. Siendo un Club con vocación de "encuentro" de los españoles, admite en las páginas de sus publicaciones, en sus tertulias y conferencias, los juicios de cuantos se encuentran en esa línea, sin que ello suponga asumir las distintas opiniones.

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