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  Nº 162 - 24 de noviembre de 2005

  

   CONTENIDO    

1. Sobre el 20 N, por Luis Fernando de la Sota

2. El Incendio que viene, por Serafín Fanjul

3. Defensores de la Democracia, por Pio Moa

4. Elogio de Gustavo Bueno y su afirmación de la Nación española, por Gustavo Bueno

5. Un nuevo libro de Pio Moa, por E. Hermana

6. Breves, por Erasmo

 

SOBRE EL 20 N                                                                                                    arriba

 por Luis Fernando de la Sota

A moro muerto, gran lanzada, dice una vieja sentencia española. Y así está ocurriendo desde que empezó nuestra transición. Primero tímidamente, se conoce que ante el temor de que “el moro” resucitase de pronto. Luego, ya difuminado ese temor, lanzados al glorioso deporte de alancearle sin piedad.

Pasados los titubeantes tiempos de la UCD, con mas saña en los años socialistas, y tras la acomplejada etapa del Partido Popular, el gobierno del presidente Rodríguez dedica la mayor parte de sus esfuerzos por propia iniciativa en unos casos, y por dar gusto a sus socios de gobierno, comunistas y nacionalistas en otros, a triturar, injuriar y desprestigiar al régimen fundado por Francisco Franco, y muy especialmente a su fundador, con el apoyo entusiasta de la mayoría de nuestros medios de comunicación.

Ahora, en este otoño de 2005 en donde todos los errores y todas las promesas alocadas y demagógicas de todo el año se empiezan a pagar, como ya advertimos en su momento casi todos los comentaristas, el gobierno socialista intenta desviar la atención de los españoles con nuevas campañas antifranquistas, amparadas por el lema de la “restitución  de la memoria histórica”, en estas fechas conmemorativas de su muerte.

Parece que lo lógico hubiera sido, que si querían borrarle de la memoria de los españoles, y tan malos y tan estériles fueron aquellos cuarenta años, que hubieran corrido un espeso manto de silencio sobre ellos. Pero que va. Resulta que a pesar de haber picado lápidas, retirado estatuas, destruido monumentos, y prohibido expresamente cualquier referencia objetiva sobre el general, no paran de nombrarle para denigrarle, cada vez aparecen mas referencias y se escriben mas libros sobre él y sobre aquella etapa española. Naturalmente muchos de ellos en contra, pero que pone de manifiesto que su figura y su obra están mas vivas de lo que habían pensado.     

La campaña que se ha orquestado esta vez, tras cumplirse los treinta años de su muerte,  es de vergüenza ajena. Pero no por motivos ideológicos, ni por que puedan herir los sentimientos de muchos españoles, que también,  sino por la burda y falaz exposición de unos hechos que ofende nuestra inteligencia, porque los hemos vivido una gran parte de los ciudadanos de este país.

Y no tanto por lo que se dice, en buena medida incierto, sino especialmente por lo que no se dice. Por lo que se oculta a las nuevas generaciones en el afán de manipular y mentir descaradamente sobre unos hechos que reconocen todos los historiadores serios y no comprados y que saben perfectamente los plumillas de la desinformación.

Franco murió en la cama. Tras su muerte fue honrado por miles de personas que velaron sus restos. Nadie tiró estatuas ni monumentos, ni hubo  un solo movimiento popular de  alegría por su muerte. Y los que se jactan de haber brindado con cava ese día, se conoce que lo hicieron tan calladamente y tan encogidos en la intimidad de su hogar que nadie se enteró.

En las Cortes, los procuradores franquistas se autoinmolaron para dar paso a la nueva situación, y fueron “los azules”, procedentes del Movimiento, concretamente de la Falange, los que hicieron la Transición y trajeron la democracia.

Y antes fue Franco, el que trajo entre otras opciones la Monarquía de los Borbones, para enlazar con la legalidad monárquica de un rey, que en el año 1.931,  no supo afrontar la situación que se cernía sobre la España de entonces.

Pero en lugar de contar todo esto, que es la verdad incuestionable, junto a todas las  denuncias que se quieran  de los errores y de los defectos que tuvo el sistema, para que cada español saque sus propias conclusiones y pueda juzgar por si mismo, con una información seria y solvente, se monta una campaña feroz en la que participan  personas que, como muy bien dicen los comunistas, que fueron los únicos que de verdad lucharon contra Franco, jamás se les notó su antifranquismo, ni en aquella época corrieron el mas mínimo riesgo. Al revés, en muchos casos, convivieron tan ricamente con el régimen y se desenvolvieron e incluso sacaron buenas tajadas de él.

Dice El Mundo, que el grado de afecto por Franco entre los españoles, ha bajado casi cinco puntos en estos últimos veinte años. Pues claro, y lo extraño es que no haya bajado mas. Cualquier producto, hablando desde un punto de vista comercial, al que se le está desprestigiando durante esos años, de una forma sistemática desde todos los medios de comunicación, sin que  haya la menor posibilidad de replica o de defensa, aunque fuera la cocacola, caería en picado. 

Pero todas estas campañas, al final, suelen volverse contra los que las organizan, por que la gente se cansa de mentiras, de abusos, y de exageraciones, e incluso por puro aburrimiento. Y ya empiezan a surgir las preguntas entre los historiadores objetivos, españoles y extranjeros, y en los estudiosos e investigadores, e incluso entre la gente de la calle:

¿Si Franco fue tan mal militar, cómo es que hizo una carrera tan brillante, precisamente con gobiernos monárquicos y republicanos?, ¿Cómo acertó al aconsejar al gobierno norteamericano que no emprendiera la guerra del Vietnam?

¿Si fue tan mal político, cómo se mantuvo en el poder cuarenta años, rodeado de colaboradores de todas las facciones de la época, salvo las marxistas y concitando la adhesión y el entusiasmo de millones de españoles?

¿Cómo consiguió ganar la batalla a las cancillerías de todo el mundo que tuvieron que reconocer y legitimar su régimen?.

¿Si fue tan mal estadista, cómo consiguió elevar el nivel de vida de los españoles y colocar a España en el puesto de noveno país industrializado del mundo?

Todos estas preguntas, con sus respectivas respuestas,  irán con el tiempo y gobiernos menos sectarios, dejando en el  lugar de la historia que le corresponda, al hombre que rigió los destinos de España durante cuatro décadas, con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y sus errores, liberado de los odios y rencores de los que le atacan ahora, una vez muerto y sin que pueda defenderse, porque antes no se atrevieron a hacerlo en vida.

 EL INCENDIO QUE VIENE                                                                               arriba

 por Serafín Fanjul

publicado en La Razón

Entre 1609 y 1614 salieron de España los últimos moriscos. Sobre esta tragedia humana se ha escrito mucho y, en su mayor parte, bastante malo. Lo peor tal vez sea que esa literatura no se limitó al terreno de la ficción creativa, sino que invadió desde el siglo XIX también páginas presentadas y vendidas como Historia, ensayo, divulgación cultural y hasta oratoria política. Se dijeron muchas tonterías ajenas casi por completo a la realidad histórica contrastada y probada: catástrofe económica general, origen de la ruina de España, la ley más injusta de nuestra historia (Blas Infante)... «Solución Final» llegó a denominarla algún plumífero en un abyecto y nada serio paralelismo implícito con la persecución de los judíos por los nazis, porque, ya se sabe, para hacer méritos catalanistas y atacar a España, la culpable por antonomasia, vale todo. Se les fue la mano y no les gusta que se les ponga en evidencia

La consecuencia central e indiscutible de aquellos polvos, la que más atañe a los españoles presentes, es que en nuestro país durante cuatro siglos no ha habido la menor idea de los problemas que genera la presencia de comunidades diferenciadas de la nuestra al no existir otra sino la gitana, que requiere tratamiento aparte y no es el tema del día. Se puede argumentar en sentidos opuestos la conveniencia, o no, de homogeneizar la sociedad o de mantenerla atomizada en grupos yuxtapuestos, al margen unos de otros, y que coinciden sólo en algunas actividades económicas mientras la más cerrada e intolerante prepara su futura hegemonía, pero nunca oigo, ni leo, a los críticos más apasionados -y superficiales- de la expulsión censurar la homogeneización religiosa y cultural de los habitantes del norte-de África, forzados, directa o indirectamente, a islamizarse y abandonar sus orígenes latinos. Como acaeció en Hispania.

En la actualidad, la entrada masiva de inmigrantes -musulmanes, entre otros- ha modificado la situación de forma sustancial. La irrupción ha sido demasiado rápida, hemos tenido muy poco tiempo para asimilar un panorama tan distinto, por ejemplo en la mera composición física de los barrios. Y estalla el caso francés, el del caldo gordo para el Consejo Islámico, la multiculturalidad paradigmática y los horarios diferentes para hombres y mujeres en las piscinas. Desde hace algunos años venimos denunciando la inopia de nuestras autoridades, eternas desaparecidas en el asunto de la inmigración. Esta crece y crece como las setas del bosque, a su aire y de cualquier manera y la cuestión sólo se aborda con parches, temblores y escapismos, a veces con dinerito fresco para subvencionar «políticas activas» (inquietante sintagma que ningún político traduce), enchufetes de sueldos a «mediadores culturales» y una florida panoplia de picaresca celtíbera.

Bien es cierto que el primer Gobierno de Aznar intentó sacar adelante una ley de inmigración inicuamente saboteada por todos los demás partidos, deseosos no más de socavar y desgastar al PP: ayer, como hoy a propósito de un problema aún más grave, la unidad nacional, sólo vieron su interés de grupo y a muy corto plazo. Quizás el caso más irresponsable y vergonzoso sea el de Coalición Canaria que cuando, por fin, se aprobó la ley, se puso a implorar al Gobierno central que librase a las islas de la avalancha de africanos. Y lo consiguió. Pero no han aprendido nada y ahí siguen pactando cualquier cosa con el PSOE; en este instante, por ejemplo, la implosión de nuestro país: al parecer, ya se les olvidó de nuevo a qué distancia se hallan de Marruecos. Pero tampoco el PP, en su segunda legislatura, cortó la invasión descontrolada. Tal vez por exceso de prudencia, por temor a la mala imagen que los pancarteros profesionales explotarían, por las dificultades objetivas que entrañaba acoger, colocar y asimilar anualmente a cientos de miles de personas de procedencias y características muy diversas. El conflicto siguió y sigue creciendo y ahora estamos en el punto de «Abandonad toda esperanza»: con el gobierno del rojo justiciero, de la Alianza de Civilizaciones y el ansia infinita de paz no hay solución. Los inmigrantes más asimilables (hispanoamericanos, europeos del este, africanos no musulmanes) se han integrando lentamente y conservando aquellos elementos de sus raíces originales que ellos mismos decidan -enhorabuena- y en una o dos generaciones con seguridad serán tan españoles como el chorizo, la boina o el compadreo. Mientras, otro grupo numeroso de inmigrantes se limitará, como hasta ahora, a reducir la integración a puras declaraciones verbales y esporádicas, en tanto nuestros poderes públicos sonríen satisfecha y estúpidamente ante los pintoresquismos de Ramadán (los del mes y los del otro, el que nos amenaza si no le permitimos y financiamos el establecimiento de sólidos e impenetrables guetos donde él y su harca impongan leyes medievales a los inmigrantes musulmanes, sus primeras víctimas). Arde París y, mientras, nuestros bomberos se dedican a subvencionar el reparto de gasolina a granel.

 DEFENSORES DE LA DEMOCRACIA                                                           arriba

 por Pio Moa

publicado en libertaddigital

El autor publica este artículo, previamente remitido a El Periódico, de Barcelona, que, comprensiblemente, se ha negado a publicarlo.

En un reciente artículo, D. Antoni Puigverd llamaba “sembradores de odio” a Aznar, Jiménez Losantos y otros que defendemos la democracia española, y establecía un paralelismo extraño con Yugoslavia. Alguien capaz de tal confusión no cambiará de idea por una simple réplica, pero la libertad exige que los lectores tengan otra versión.

A mi juicio y al de muchos otros –más cada día– la Constitución está hoy seriamente amenazada. Parte de la amenaza viene de los separatismos vasco, gallego y catalán, que desde hace años se proponen una Segunda Transición, de la democracia a la desmembración de España, pretextando que no acaba de resolverse el problema del “encaje” de estas tres regiones en el “Estado”. Problema creado y exacerbado sin tregua por dichos separatismos, precisamente.

Un gran paso reciente en esa línea ha sido el estatuto aprobado por el Parlament. No es de autonomía, pues implica la separación práctica bajo una tenue cubierta que permitiría a los nacionalistas catalanes intervenir sin contrapartida en el resto de España (ya ocurre en la relación PSC-PSOE). Tal es la ambición originaria del nacionalismo catalán: hacer de Cataluña una nación aparte, supuestamente superior, más europea, que el resto del “Estado español”, pero manteniendo con éste unos leves lazos políticos, a fin de dirigirlo en provecho propio. Y de paso evitarían el riesgo de quedar excluidos de la Unión Europea. La maniobra recuerda las advertencias de Azaña sobre la tortuosidad de esos nacionalistas: “son como la yedra”. Quieren liquidar la Constitución mediante un hecho consumado y como quien no quiere la cosa. Sus pretensiones, de cumplirse, crearían en toda España una polarización y una crisis política de imprevisibles efectos, y debe quedar claro desde el principio quiénes están provocando el proceso balcanizante.

El estatuto es antidemocrático, basado en ideas histórica y demográficamente falsas, como que el idioma “propio” de Cataluña es el catalán, con exclusión del español común que vincula la región al resto del país. No sólo el español común es la lengua de mucha de la mejor literatura catalana, sino que, por su extensión y prestigio en el mundo, aporta a Cataluña una riqueza invalorable (y no mal aprovechada). Además, la mitad de los catalanes lo tienen por lengua materna. La concepción del estatuto, sectaria y contraria al pluralismo democrático, ataca también ahí la Constitución que establece las libertades en toda España, incluyendo, desde luego, el Principado.

Aquellas ideas sectarias han hecho de Cataluña y las Vascongadas las regiones con menos democracia de España. En Vascongadas la acción concertada de quienes sacuden el árbol y quienes recogen las nueces ha anulado en gran parte las libertades. En Cataluña no ha llegado tan lejos el proceso, ni la relación con los terroristas ha sido tan directa, pero también ahí los separatistas han concluido con los asesinos acuerdos que sólo se pueden calificar de gangsteriles, y también ahí el déficit de libertad es grave y creciente. Y no por primera vez en el mundo unos parlamentarios imbuidos de mesianismo degradan un Parlamento votando medidas contra la democracia.

El señor Puigverd afirma: “en lo que respecta al Estatut, nada impide, a pesar del reticente lenguaje en el que ha sido redactado, que se convierta en un instrumento para mejor encajar Catalunya en España. Nada lo impide si, naturalmente, tiene lugar una democrática y respetuosa negociación”. ¿Reticente? Buen eufemismo. ¿Negociación democrática? Muy bien. ¿Y por qué no negociar, en vez de unas normas desestabilizadoras, otras que garanticen las competencias básicas del Estado contra la escalada secesionista, o los derechos de los castellanohablantes, o que la enseñanza pública no se convierta en aparato de propaganda de un o unos partidos, o que minorías sobrevaloradas no impongan su voluntad mediante una ley electoral defectuosa? Esto favorecería la democracia y la estabilidad del país, y también el “encaje” de Cataluña, mientras que cualquier avance en la dirección actual nos lleva, con toda evidencia, a los Balcanes.

¿Y qué decir del respeto? Empieza el señor Puigverd por referirse a mí de modo muy ofensivo, cosa poco importante porque no ofende quien quiere. Pero necesitaríamos muchas páginas para reseñar las agresiones verbales y no verbales, los desplantes y ofensas de todo género realizadas estos años por los nacionalistas catalanes, en todos los medios de comunicación, contra los sentimientos e intereses de los españoles en general. No parece muy sincero invocar el respeto cuando ya esas actitudes empiezan a generar irritación y respuestas a veces destempladas.

Un truco, de corte totalitario, que utilizan mucho estos señores, consiste en confundirse con Cataluña y motejar de “anticatalanista” cualquier crítica a ellos. Lo mismo hacían antaño los falangistas con respecto a España, lo cual indica algo. En cuanto a mí, nunca he confundido a Cataluña con las piruetas lamentables de los nacionalistas, con sus epopeyas irrisorias (La Triple Alianza de 1923, amenazando con la lucha armada, el esperpento de Prats de Molló, la rebeldía por la Ley de contratos de cultivo o la rebelión del 6 de octubre del 34…), ni con su costumbre de pasar la hipocresía por moderación. Ese nacionalismo siempre ha desestabilizado los regímenes de libertades, fueran la Restauración, la República o la democracia actual, y cuando, en parte por sus acciones, llegó una dictadura, jamás ha sido capaz de hacer oposición real a ella. Creo que el nacionalismo sólo ha aportado a Cataluña convulsiones y una combinación de victimismo y narcisismo a menudo eficaz (fue la base del éxito de Hitler), pero que rebaja a quienes la promueven o la adoptan.

La petición del señor Puigverd no puede ser más reveladora: amordazar a los medios de expresión que le disgustan, acusándoles de “sembrar el odio” y so pretexto de “responsabilidad” de los periodistas, un lenguaje bien conocido en el franquismo. Yo no me opongo a que los muchos señores Puigverd de toda España expongan sus opiniones, siempre que quienes discrepamos de ellas podamos hablar también. Pero este señor pretende extender al resto de España la censura que los nacionalistas han logrado imponer ya de hecho en Cataluña, y de la que tengo buenas pruebas. Escribo este artículo a La Vanguardia sin la menor seguridad de que me lo publiquen, aunque con la esperanza de que les pique la honrilla profesional y democrática. Después de todo llevamos más de un cuarto de siglo de vigencia, aunque relativa, de la Constitución, y algo de su espíritu debe quedar todavía.
 

 ELOGIO DE GUSTAVO BUENO.....                                                              arriba

 ......Y su afirmación de la nación española

por Santiago Abascal

publicado en elsemanaldigital

7 de noviembre de 2005.  En el centro geográfico y espiritual de España, en la Puerta del Sol, sobre el estrado en el que también me hallaba, convocado por el Foro de Ermua, para defender la unidad de nuestra España asediada, un hombre cuyo aspecto no me era familiar -mayor, frágil y pequeño- se acercó decidido al escenario, con seguridad y –al contrario que el resto de oradores- sin papeles, sin guión, con soltura y gestos desinhibidos.

-¿Quién es? ¿Quién es?- pregunté.

-Es Gustavo Bueno- me susurró alguien.

-¡Compatriotas!- clamó entonces, enérgico, el orador.

La respuesta de los miles de congregados a la primera palabra del filósofo fue ensordecedora. Y éste inició su breve arenga con brío de adolescente: "Nos hemos reunido en función de la unidad de España. La unidad de España se funda en la Nación española y no caben dos naciones en la Península, del mismo modo que en el Cielo no caben dos soles, ni las figuras de Darío y Alejandro en la Tierra". Los aplausos se tornaron en trueno, y el trueno, de inmediato, en silencio.

Tras la contundente afirmación, Gustavo Bueno prosiguió con la descarnada e inevitable opinión que le merecían algunos de los enemigos de la idea de España: "Tampoco caben en España dos naciones políticas, sino más que una. La llamada nación catalana es una entelequia, es una invención de la izquierda divina de hace unos cuantos años. Y la llamada nación vasca es el producto de unos dementes. ¿Vamos a permitir que las ideas de unos dementes o de unos cursis nos invadan?".

Sin embargo, entre las breves, pero permanentes, palabras de Bueno hubo algo que captó de verás mi atención, que la atrapó y la cautivó: "Y digo la Nación española; no el pueblo. El pueblo no puede disponer de la Nación, el pueblo está sometido a la Nación. El pueblo es el viviente pero la Nación contiene a nuestros muertos y a nuestros hijos".

Esas palabras, ellas solas, justificaron de por sí un gran acto de afirmación nacional. Es difícil leer algo así. Pero pensaba que resultaba imposible poder escucharlo. Ya era hora de que alguien dijera, alto y claro, que la democracia no puede poner en cuestión ni someter a plebiscito sus propias bases, en las que se funda la Constitución, y sobre las que descansa la libertad individual y la igualdad de los integrantes del pueblo, de los individuos vivientes. Sostener lo contrario es un acto de traición a nuestros muertos y un gesto de egoísmo delictivo hacia nuestros hijos.

La Nación no nos pertenece. Es nuestra, sí, pero no en exclusiva. La compartimos, la integramos, de manera irremediable con nuestros antepasados y con quienes serán nuestros descendientes.

He de reconocerlo. No sabía casi nada de Gustavo Bueno. Pero la sola afirmación -tan valiente y auténtica, tan desprovista de adornos- de creencias tan esenciales, de verdades tan necesarias, me obligan –sin importarme cualquiera otra cosa que Bueno pueda sostener- a mostrarle mi agradecimiento público y a dedicarle estas líneas, modestas pero sinceras, de un todavía veinteañero comedido al octogenario revolucionario que Bueno lleva dentro... y fuera.

UN NUEVO LIBRO DE PIO MOA                                                                    arriba

 por E. Hermana

Franco. Un balance histórico

Pío Moa

Edit.Planeta, 2005.

Pío Moa tiene el don de la concisión. Y una envidiable capacidad para ver el revés de las cosas. Lo ha demostrado en todos sus libros, poniendo en claro lo que la abundancia informativa de lo que él denomina “industria antifranquista” intenta oscurecer. Y lo hace con una sencillez tremendamente eficaz, empleando generalmente los argumentos aducidos por sus opositores intelectuales. No es extraño que esos opositores, particularmente los enriscados en la petulancia académica, se irriten con él, porque es contundente.

En este caso ha escrito una evaluación histórica de lo que ha supuesto Franco para España. No ha escrito una biografía. Cómo él mismo indica, no le interesa la guerra de Marruecos – mera “guerra provinciana”, para el mismo Franco – sino su actuación y trascendencia como Jefe de Estado y combatiente antirrevolucionario. Su pasado personal como terrorista marxista y antifranquista hace aún más interesante su análisis, en el que expone el rosario de aciertos y éxitos de Franco.

Los éxitos son para él tres incontestables, que la historia, y el pueblo español reconocen, o reconocerán:

a) haber derrotado a la revolución marxista en tres ocasiones, 1934, 1936-1939 y 1944-1949, cuando el maquis contaba con simpatía extranjera.

b) haber mantenido a España apartada de la guerra mundial, en circunstancias “sumamente adversas

c) dejar un país prospero y, “mas importante aún, políticamente moderado, donde las exaltaciones del pasado estaban superadas. Gracias a lo cual han sido posibles treinta años de democracia”.

Como él dice, “estas tres hazañas, pues son auténticas hazañas,...... dejan muy en segundo término los defectos y fechorías achacables a su régimen”. Para Pío Moa, la represión postbélica constituye lo peor de ese segundo grupo. Deja claro sin embargo, que la seguridad de Franco derivaba de su confianza en el apoyo del pueblo español, tanto de la parte que le había apoyado con tenacidad admirable en la guerra como de la otra parte, vencida, que se reconocía comprometida con un esfuerzo de paz nacional a toda costa. Algo que revela la solidez política del pueblo español, el más estable de los europeos en los últimos cinco siglo, si se soslaya la funesta centuria que acababa con la guerra civil. Otra advertencia de este libro es que fue el pueblo español y el Régimen quien implantó la democracia en España, sin deuda a pagar por ello a nadie, español o extranjero.

En su revisión de esa ejecutoria del Caudillo, el autor se burla de los críticos actuales que parecen anclados en la visión alienada de España que, él recuerda, tenían los exilados y los medios de opinión en el París de 1966. los tópicos respecto a la realidad de Franco y su España se han mantenido incólumes en las mentes dogmáticas izquierdistas. Por ejemplo, sigue manteniéndose la opinión de que Franco prolongó deliberadamente la guerra para destrozar a sus adversarios y así poder dominar mejor la Nación. Y esa afirmación coexiste, paradójicamente en las mismas mentes, con el convencimiento de que el principal empeño de Negrín a partir de 1938 era prolongar la guerra para empalmarla con la inminente Mundial, que se veía venir. En el capítulo de aciertos, aparte de los que condujeron a sus éxitos, Moa anota su clarividencia al detectar que el gran vencedor de la guerra mundial sería Stalin. Algo que tanto Roosevelt como Churchill se negaron a reconocerle, cuando respondieron a sus advertencias escritas sobre este tema.

El libro, denso en aciertos y con la concisión elogiada antes, supone un alivio para quienes estamos sometidos al bombardeo de opiniones que el autor califica como “infantilismo argumentativo, al parecer inevitable cuando se trata de analizar la significación de Franco. Cualquier falsedad o falta de lógica quedan justificadas para estas personas, por la obligación de exhibir el mayor desprecio y aversión posibles al Generalísimo. De ahí sólo puede resultar lo que resulta: una pérdida del rigor intelectual y una literatura hueca”. Moa recibe todos los ataques o, peor, silencios, de esos adversarios que descalifica así, y que, como señala Payne, son incapaces de refutarle. Puede ser que, aparte de que les irrite sus tesis, contrarias a la corrección política actual, envidien su capacidad de comunicación de ideas, su claridad expositiva y argumentativa.

Muy recomendable.

 BREVES                                                                                                                arriba

 por Erasmo

LOS INTELECTUALES SE MOJAN

Jon Juaristi, Gustavo Bueno y Miquel Buesa se dirigieron a los asistentes al final de la manifestación convocada por el Foro de Ermua en la Puerta del Sol, de Madrid el pasado día 5. Pese al reducido éxito de la convocatoria, su actuación es encomiable. Tanto por el ánimo que demuestran, en una época dominada por el asentimiento borreguil al pensamiento establecido por l progresía. Y su reclamación de valor esencial de la unidad de España.

LAS CRITICAS A FEDERICO

El estilo vehemente de Federico Jiménez Lozanitos le origina antipatías entre algunos de quienes debieran ser simpatizantes. Y entre los tibios que repelen cualquier aumento de temperatura vital. Por eso se suscitan críticas que pretenden elegancia intelectual con argumentos de que “estoy de acuerdo con él, pero no con su estilo” y dejan como resultado el que lo accidental, externo, se impone en calidad a lo esencial, interno. Con resultados dañinos para “su bando”.

Pero ¿a cuántos más convence su alegría combativa en unos momentos de postración colectiva?

HISPANOAMÉRICA SE SUICIDA SIN DIGNIDAD

Chaves, apoyado por los estadistas Maradona y Kichner, provoca un parón a la ALCA, y consigue desairar a Bush. Iberoamérica se empecina en no querer afrontar el futuro y permanecer en estado de pobreza sin trabajo. Y lo peor, sin dignidad, humillar en alborotos callejeros a quien, seriamente, sienta las pautas de su futuro.

No es extraño que México y Chile se desmarquen.

LOS MINEROS PERSISTEN

Mantener viva una actividad minera onerosa para el país es un error que ha corregido ya diversos países europeos. En España persistimos en subvencionar una actividad que produce charcón a un precio diez veces superior al del mercado internacional. Y a tolerar los destrozos periódicos que los subvencionados realizan para mantener su subvención.

Y no hay político capaz de afrontarlo. No hay valor.

UN ACCIDENTE A EXPLICAR

El accidente de Almuñecar no es grave sólo porque murieran seis trabajadores. Pone en cuestión la calidad de los constructores de obra civil en España. Unos constructores que están realizando uno de los programas de obras más importantes del mundo, y que exportan a numerosos países. Su clarificación es indispensable para mantener un crédito de calidad imprescindible para mantener centenares de miles de puestos de trabajo. Desgraciadamente, nuestros periodistas no se ocupan de otra cosa que de retratar féretros y rostros dolientes.

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EL CLUB DE OPINIÓN ENCUENTROS, a través de sus actividades relacionadas con la cultura y el pensamiento, aspira a contribuir a la formación de una corriente regeneradora de España acorde con los tiempos actuales. Siendo un Club con vocación de "encuentro" de los españoles, admite en las páginas de sus publicaciones, en sus tertulias y conferencias, los juicios de cuantos se encuentran en esa línea, sin que ello suponga asumir las distintas opiniones.

Información: elcorreo@opinion-encuentros.org