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Nº 169 - 26 de enero de 2006 |
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CONTENIDO
1. La cobardía o....¿qué más?, por Carlos Dávila 2. La imagen de España, por Serafín Fanjul 3. La de Dios, por Ignacio Ruiz Quintano 4. Nuestro odio a España, de yoinfluyo 5. Breves, por Erasmo
LA COBARDÍA O...¿QUÉ MAS?
por Carlos Dávila Publicado en La Razon Gregorio Peces-Barba, en un postrer acto de dignidad, se ha atrevido a decir, él que no es precisamente «El guerrero del antifaz», lo que infinidad de gentes en España susurran por lo bajo, y, claro, con una advertencia previa: «Esto que nadie sepa que lo he dicho yo». Este país, que no es precisamente el paradigma de la valentía, aprecien lo que aprecien los tópicos de toda la vida, está ahora mismo bajo tierra, callado en su mayoría como un difunto viviente. Callan militares en activo, empresarios en activo, socialistas en activo, periodistas en activo... Transmitiré cuatro ejemplos. Un jefe del Ejército viene asegurando ante quien quiera oírlo que el superior inmediato del teniente general Mena Aguado, su colega García González, jefe del Estado Mayor del Ejército, se negó a arrestar a su subordinado, y Bono, en consecuencia, no tuvo otro remedio que recurrir al dócil y maleable Félix Sanz para mandar a su casa al responsable del Mando Terrestre del Ejército de Tierra. Cuando al jefe largón y entendido, se le pregunta: «Bueno, y si es esto verdad, ¿por qué no lo cuenta usted?, o ¿por qué no lo cuenta, y después dimite, naturalmente, García González?», el requerido contesta: «Nunca ha habido tanto miedo en el Ejército». Segundo ejemplo: un empresario de los que pueden apoyar a Juan Rosell (siempre ha atendido por Juan y no por Joan) en su aspirantazgo a la Presidencia de la CEOE confesaba esta pasada semana lo siguiente: «Me presionó Maragall, por medio de una empresa de comunicación que cobró de la Generalitat, para que firmara aquel desgraciado documento a favor del Estatut; no tuve más remedio, me dijeron que todos los demás también lo harían. Ahora me arrepiento, pero no encuentro a nadie que quiera manifestarse en contra». Y cuando a este empresario tan sólido, tan coherente en sus convicciones como se constata, se le pregunta:«Y, ¿por qué no empieza usted la serie; seguro que los demás le seguirían?», el acosado responde: «Porque a partir de entonces no me comería un "saci" en Cataluña; no sabe cómo se las gastan éstos». Tercer ejemplo. Un ex diputado socialista, activo siempre en la Federación Socialista Madrileña, guerrista confeso, fue sorprendido este fin de semana adquiriendo periódicos en un kiosco de la Sierra. Entablamos un diálogo sobre el hecho, informativamente asombroso y políticamente miserable, de que el diario gubernamental por excelencia ocultara de forma clamorosa las declaraciones de Zapatero a favor de Batasuna. El parlamentario jubilado se hacía cruces de la ocultación, pero insistía: «Pero lo peor no es esto; lo peor es que este tonto del bote se comporte como un traidor». El cronista quedó asombrado, pero aún pudo replicar a su interlocutor: «Y, ¿por qué estáis callados?, ¿por qué Guerra no denuncia en público lo que dice en privado?». Una palmada conmiserativa en la espalda y esta frase: «Soy funcionario público, me echarían los perros; en cuanto a Guerra, yo creo que lo que le pasa es que siente un profundo desprecio por el personaje». En la conversación surgió la especie, recogida por un periódico confidencial de amplia lectura y solvencia aceptable, de que el autor de la definición sobre Zapatero como un «bobo solemne» no fue Rajoy, sino el propio Guerra. El ex diputado no conocía el episodio, pero sí remató: «Lo que Guerra, con su cítrico humor, sí afirma es que Zapatero "carece de columna vertebral"». Último ejemplo. Julián Lacalle, director de no sabe qué de Zapatero y acreditado propulsor del «Nafarroa Euskadi da», suele abordar a periodistas que cree genéricamente de izquierdas para reprocharles alguna desviación». Uno, que se sepa, le envió antes de Navidades a recoger cebollinos en las fincas cercanas a la Moncloa; otro, más sereno, aún se duele, con algún temor, de las embestidas del zapatista. Éste es el que, con frecuencia cada día mayor, habla y no acaba de la debilidad estructural de Zapatero, de cómo se está cargando, entre irresponsable y vengador, la propia entraña de nuestro país, de cómo, con su apuesta por la celebración del Congreso de Batasuna en Baracaldo, Zapatero ha violado el principio de legalidad jurídica y constitucional, de cómo son muchos los que como él están hasta el gorro de este personaje que sería de opereta bufa, si no fuera porque aquí lo que nos estamos jugando es el propio porvenir de España. Pues bien: ¿por qué este periodista no se expresa en los mismos términos en Prensa, Radio y TV? Aquí, la contestación es más compleja. Dice: «No voy a hacer nada para que vuelva a gobernar la derecha». Realmente la postura no está cercana a la pusilanimidad. ¿A qué está cercana? Diríamos que a la supervivencia, aunque, para el caso, tampoco: la contestación es, sencillamente, una muestra de a qué nos conduce el sectarismo feroz, la indigencia intelectual, que ha puesto de moda Zapatero. Esta semana se celebra -si eso puede celebrarse- el congreso de los etarras, la asamblea de Batasuna, la reunión de los asesinos y sus cómplices. Ni el presidente, ni su fiscal general del Estado, la han querido impedir. Ante las mil víctimas de los criminales y sus familias y sus amigos, y los españoles de bien, quedarán para siempre como cómplices de los reunidos. En el mejor de los casos, como unos cobardes. Si son traidores, querido Alfonso Ussía, habría - de Zapatero hablamos - que ir pensando en el Artículo 102 de la Constitución, que se refiere al delito contra la Seguridad del Estado. Y, claro está, a sus consecuencias. Lo dicho siempre: la Constitución es una, desde su primer artículo hasta el último. Está vigente entera.
por Serafín Fanjul Publicado en libertaddigital Siempre nos ha parecido una actitud acomplejada y provinciana abordar cualquier conflicto, fallo o problema español esgrimiendo por delante esta terrible frase: “¿Qué van a pensar de nosotros?”. O en sus distintas variantes: “¿Qué dirán en el Extranjero si se sabe que el hermano de Guerra, el de los cafelitos, hacía lo que hacía; o si los extranjeros se percatan de que en tal o cual pueblo insisten con los toros embolaos; o si se enteran de que el público del Camp Nou tiene bula para cometer las fechorías que le apetezcan con los equipos visitantes?”. El etcétera es muy largo y se corresponde con la misma actitud insegura, bobalicona y nada firme en sus convicciones –eterna veleta sometida a los vientos de fuera– que denunciaba Cadalso en el siglo XVIII en las Cartas Marruecas. Confundiendo el contacto con el exterior, la renovación y el intercambio (bienvenidos sean todos ellos) con la banalidad, la ausencia de apego a las propias cosas y el avergonzarse por la personalidad recibida o por cualquiera de sus manifestaciones de tercer o cuarto orden, asoma una reacción ya señalada, con la ferocidad que el caso requería, en autores del Siglo de las Luces, conscientes de la inconveniencia de mezclar la velocidad con el tocino, la necesaria modernización de la sociedad española con la insoportable levedad de conciencia de la propia valía. Después de los excesos y arrogancias exhibidos en las centurias del XVI y XVII, cuando la hegemonía política y militar permitía lujos –que tan caros nos han salido después– como desdeñar la Leyenda Negra sin desplegar un movimiento de propaganda ideológica contraria que desprestigiase a las naciones protestantes, los españoles cayeron en el XVIII no sólo en las dudas sobre sí mismos sino también en la aceptación sacralizada y boba de cualquier cosa procedente de más allá de los Pirineos, en especial de Francia. De un extremo se pasó al otro y así seguimos, acobardados y titubeantes por lo que digan de nosotros. En tanto los países rectores de nuestro tiempo prescinden de las opiniones ajenas –como los españoles del XVI– y actúan a su aire y acomodo, aquí se generalizan los temblores y vergüenzas, generalmente por causas poco justificadas. Miramos por encima de la barda y vemos cuatrocientos hemofílicos franceses contagiados de SIDA en transfusiones, catástrofes naturales mal previstas y peor resueltas en países desarrollados (en los subdesarrollados no digamos), fallo de los servicios secretos norteamericanos ante casos como el 11-S y otro etcétera infinitamente más largo que el nuestro. Por supuesto que esos errores ajenos no justifican ni embellecen los nuestros, pero por esos lugares se suelen asumir las responsabilidades (tampoco siempre), se toman las medidas oportunas y termina el gori-gori. Y ya saben lo de las partes, los cocidos y las habas. Por añadidura, se hace ocioso aclarar que a un servidor preocupa no que “los extranjeros” sepan de cualquier desaguisado hispano, sino el hecho mismo de que ocurra, como es de lógica elemental. Sin embargo, es cierto que por ahí fuera existe una mala imagen de España, cuando hay alguna. Pegando retales heterogéneos y mal recortados de Felipe II, la Inquisición y el Saco de Amberes, se nos redujo desde el XIX a la estampa folclórica que a los viajeros-escritores convenía vender y ahí nos quedamos, o nos hicieron quedar: agitanados, morunos, pintorescos. Qué aburrimiento. Por descontado, los estereotipos sobre España –como los sambenitos que cargan otras naciones– no resisten el menor cotejo con la realidad, ni ahora ni en el pasado, como hemos intentado denunciar en otros ámbitos y como continuaremos haciendo cuando cuadre, si bien fuerza es reconocer la subsistencia a través de los tiempos de posturas y actitudes psicológicas indefendibles. Dentro y fuera de nuestro país, los clichés han cobrado vida propia y la pereza mental de unos y otros los realimenta con pasión o con estrictos beneficios empresariales y turísticos: los españoles somos lo que deciden los folletos a colores de las agencias y tour-operadores. Y no hay otra.
Por lo tanto, al producirse el
lamentable caso del teniente general Mena (lamentable por castigar a quien
defiende la legalidad vigente) las reacciones de la prensa extranjera han
ido por los derroteros que eran de esperar, incluidos los medios con
corresponsales y oficinas en España (por cierto, cada vez menos),
dispuestos a no enterarse de cuanto acontece de hecho y sí a resucitar el
fantasma de Franco –originales que son los chicos–, el golpismo de los
pronunciamientos del XIX y, si nos descuidamos, algún capón acabará
cayendo sobre Isabel la Católica y Torquemada, bien embutidos en faralaes
y ahítos de gazpacho, con jedentina de ajo. ¿Qué quieren que les diga? A
mí me aburre tener que andar dando este género de explicaciones.
por Ignacio Ruiz Quintano publicado en ABC BENEDICTO XVI —eso es un nombre de Papa— podría publicar su primera encíclica, «Dios es amor», hacia finales de mes, pero todo parece indicar que, si nada se tuerce en el Estatuto de la Esquerra, para esas fechas España habrá dejado de ser católica.—España ha dejado de ser católica —decidió un día aquel resentido escritor sin lectores que fue Azaña, y la prueba, para él, era que el catolicismo español había dejado de dar genios como los del Siglo de Oro. Hablando de siglos más áureos: es verdad que Jesús prometió que estaría con su Iglesia hasta el fin de los tiempos (Mateo, 28, 20), pero un comunicador de mucho progreso. Gabilondo, que es donostiarra, ha venido a matizar aquella promesa del galileo en una interviú al obispo de Bilbao: Dios será amor, pero a él, por un beso que dio a su chica en la Concha, lo llamaron pecador. Así que. o la Iglesia empieza hacer suyo el reformismo costumbrista de Rodríguez, o el fin de los tiempos para la Iglesia podría llegar antes que la encíclica del Papa alemán. No seré yo quien juzgue una interviú —género periodístico que hace otro y lo cobra uno— al presidente de la Conferencia Episcopal. Se conoce que Gabilondo quería hacer con el obispo Blázquez lo que Peter Seewald hizo con el cardenal Ratzinger —«La sal de la tierra» y «Dios y el mundo»—, pero sin las lecturas previas de Seewald, claro. A propósito del aviso de Gabilondo, Ratzinger. probablemente el último intelectual en el sentido noble del término que queda en Europa, le cuenta a Seewald la historia de Napoleón cuando, hecho un Rodríguez, afirmó un día que iba a acabar con la Iglesia y un cardenal le contestó: «Eso no lo hemos conseguido ni siquiera nosotros.» La Iglesia —afirma Ratzinger— tiene esa gran misión esencial de oponerse a las modas, al poder de lo fáctico, a la dictadura de las ideologías. Y también, como es lógico, a los planes de Rodríguez y sus celotes laicos para montar la de Dios. Rodríguez hizo en la oreja de Hawking —ante cinco becarios y un traductor, pues Rodríguez no habla inglés— la gran confidencia: nuestra lobreguez científica es cosa de la Iglesia, que ciega las mentes. Y es que Rodríguez no es González: éste podía pensar que Héctor es un nombre bíblico, pero, viniendo de Sevilla, sabía que el humor es un componente de la alegría de la creación. Y tampoco es Indalecio Prieto, al que unos amigos llevaron, no al cocido de Lhardy, que era lo que más le gustaba, sino a iniciarlo a unos sótanos donde se celebraba una tenida masónica con poca pompa y mucho reglamento: mandiles, penumbras, espadas... La conclusión de Prieto, a la salida, fue: —La verdad... prefiero una misa.
Lamentamos desconocer el autor publicado en yoinfluyo Vinieron los españoles y NOS conquistaron. Desde niños aprendemos que somos algo así como los descendientes de los “aztecas”, que vencidos por Hernán Cortés y sus compañeros, padecimos trescientos años de “esclavitud” hasta que en el año de 1810 obtuvimos nuestra libertad. Esta versión de nuestra historia es el principal soporte de una visión artificial, impuesta desde una óptica política ajena a la realidad, que nos señala nuestra obligación de odiar a España y sentirnos eternamente agraviados y perdedores. Para empezar, digamos, para horror de nuestras creencias aprendidas mecánicamente en la escuela, que no vinieron los españoles y NOS conquistaron, porque no había ningún NOSOTROS en ese momento. Los actuales mexicanos, en más de un 90 % somos descendientes de indígenas y españoles, y el 10 % restante pertenecen a etnias indígenas que nada tienen que ver con los aztecas. Me refiero por supuesto a los actuales pimas, seris, rarámuri, tzeltales, tzotziles, huicholes, otomíes, etc. No existía MEXICO, sino un conjunto de señoríos indígenas, llamados “altépetl” en náhuatl, “ñuu” en mixteco, o bien “batabil” en maya, diferentes entre sí, sin integración ni unidad general y más bien en una lógica de guerra y enfrentamiento constante para imponer su dominio los unos a los otros y obtener tributos. Quien destacaba en su dominación era el altépetl Tenochtitlán, cuna de los mexica (mal llamados “aztecas”, éste término es totalmente artificial, inventado modernamente). La dominación mexica era todo, menos simpática. Se imponía por medio de la guerra, y a los vencidos se les exigía la entrega de su riqueza y la aportación de personas destinadas a ser sacrificados en honor de los dioses de Tenochtitlán. Cualquier desobediencia al amo mexica era implacablemente castigada, para que a nadie se le ocurriera volver a desafiar su poderío. Los mexicas decían que su dios, Huitzilopochtli, les había prometido el dominio de todo el mundo conocido, a cambio de su fidelidad y constante sacrificio de personas, provenientes por supuesto de las regiones vencidas. Esto los llevó a ser la principal potencia militar de la zona, pero no a ser los chicos más populares del vecindario. En 1519, sucedió algo que vino a derrumbar este dominio aparentemente todopoderoso. La llegada de Hernán Cortés y 600 españoles alentó a los altépetl sometidos a luchar por su libertad. Los primeros en aliarse a los españoles fueron los de Zempoala, luego vinieron los de Tlaxcala, de Huejotzingo, Tepexi, Tehuacan, Coxcatlán, Coixtlahuacán, Tamazulapan, Yanhuitlán, Xicochimalco, Zacatlán, Texcoco, etc. La mayoría de los señoríos dominados por los mexica aportaron el ejército INDIGENA que derrotó y destruyó a Tenochtitlán. Al final los mexica se quedaron solos, sin aliados ni amigos, y lucharon heroicamente hasta ser aplastados. Cuando el tlatoani (“orador”) Cuauhtémoc se rindió a Cortés, los mexica que sobrevivieron dejaron de luchar. Apenas tres años habían pasado y el dominio mexica sobre millones de personas se había desvanecido. Lo que siguió fue aún más sorprendente. Los españoles y sus aliados indígenas, incluyendo a los vencidos mexica, se dirigieron hacia las lejanas tierras del norte, fundaron nuevas ciudades, se mezclaron entre ellos y sin darse cuenta, dieron origen a una nueva nación, la mexicana, descendiente de indígenas y españoles, y también de africanos y asiáticos llegados en esas fechas, pero fundamentalmente original, dotada de una fuerte identidad. Esta nación fue madurando a través de los siglos hasta convertirse en lo que somos actualmente. Bueno, pero ya desde el siglo XVI en Londres, Ámsterdam y las ciudades germanas se decidió que lo políticamente correcto era ser antiespañol y anticatólico. En Estados Unidos este ideario arraigó profundamente en la comunidad política, que a su vez se encargó de “educar” a la clase política mexicana. El encargado de negocios y primer embajador de Estados Unidos en México, Joel R. Poinsett, se encargó de fundar la logia masónica yorkina en donde los primeros políticos mexicanos aprendieron que era indispensable odiar a los antepasados españoles de los mexicanos. De ahí viene nuestro chistoso odio a España, que profesamos siendo mestizos la mayoría, apellidándonos Pérez, López o Gutiérrez, y desde una perspectiva vital enraizada en Occidente desde hace siglos. A fin de cuentas, un conocimiento mayor de nuestra historia nos puede ayudar a crecer como nación, reconciliarnos con nuestro pasado y dejar de lado los traumas, las visiones de vencidos y perdedores, y asumir nuestro origen pluricultural, fortaleza y legado de México.
BREVES
por Erasmo OTEGI CONTINÚA AMENAZANDO Y protagoniza el Mitin ilegal de Batasuna. El que prohibió el Juez de la Audiencia Nacional, Grande Marlasca. Que se celebró como si tal cosa, en medio de la indiferencia de la policía vasca. No es de extrañar que amenace. Puede hacerlo impunemente. JORDI PUJOL TEME En una entrevista, el expresidente de la Generalitat vaticina un mal futuro para Cataluña, como consecuencia de la polémica sobre el nuevo Estatuto, salga como salga éste al final. Es lo suficientemente listo como para percatarse de que los rencores siembran odios, y estos nunca son buenos. Se podría decir que los polvos que é levantó trajeron estos lodos, pero sería injusto. No hubiera sido necesariamente así sin la colaboración entusiasta del insensato desertor de Irak. CAROD TRANQUILIZA A ZP, DICIÉNDOLE QUE NO TIENE PRISA Antes de desvelar éste su acuerdo con CiU, que le deja fuera del poder. Pero está por ver cómo reacciona ahora. La moqueta es un ambiente muy cálido. Es difícil apartarse de ella. DOBLE RASERO El Gobierno catalán exige la restitución de sus documentos existentes en el Archivo de Salamanca, presiona con toda su fuerza política sobre su colega, el Presidente del gobierno de España. Y éste se somete , rompe un archivo Nacional, actúa con nocturnidad e, incluso, da más que lo se pide. Nada nuevo, desgraciadamente. El mismo gobierno catalán retiene las obras de arte religiosas de las parroquias de la parte oriental de Lérida, guardadas en el Museo Diocesano de esta ciudad. Pero esas parroquias ya no pertenecen a la Diócesis de Lérida. Y, tanto el gobierno de Aragón como el mismísimo Vaticano urgen a la Diócesis a su devolución a Aragón. Silencio. Posiblemente están esperando que ZP tenga un rato libre para terciar en su favor ESPAÑA, MÁS UNIDA QUE NUNCA, DICE ZP Increíble, pero cierto. Eso ha dicho. ¿Nos toma por tontos? ¿Miente? ¿Se lo cree de verdad? No deja de ser intrigante.
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EL
CLUB DE OPINIÓN ENCUENTROS, a través de sus actividades
relacionadas con la cultura y el pensamiento, aspira a contribuir a la
formación de una corriente regeneradora de España acorde con los tiempos
actuales. Siendo un Club con vocación de "encuentro" de los
españoles, admite en las páginas de sus publicaciones, en sus tertulias
y conferencias, los juicios de cuantos se encuentran en esa línea, sin
que ello suponga asumir las distintas opiniones. Información: elcorreo@opinion-encuentros.org |
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