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NUMERO 107                                          INVIERNO  2011                                          

ÍNDICE

01- Sobre consejos y urgencias         Luis Fernando de la Sota

02- Manuel Fraga              

01- La marea islámica                                  Luis Buceta

01- El ajuste necesario                               Adolfo Iranzo

05- La generación del 59                          Juan Velarde

06- La otra memoria histórica               José Luis Costas

07- Suficiente, pero decepcionante     Enrique Hermana

08- Jóvenes sin lugar ni tiempo            Manuel Parra Celaya

09- Queremos democracia real             José Mª Adán

10- Nuevo gobierno, viejas tareas        Armando Marchante

11- El contenido del continente             Aquilino Duque

12- Propuesta del PP sobre el aborto  Benigno Blanco

13- Efectos de la Guerra Civil sobre el patrimonio cultural E. Hermana y Sagrario Mendioroz

14- Transforma España                                 Eduardo Serra

15- Carta a Antonio Gibello                    Luis Fernando de la Sota

16- Un nuevo intento de salvar a José Antonio    José Mª García de Tuñón

17- Una nación desasistida                   Martín Quijano

18- ¿Se puede salvar el Estado del bienestar?       Manuel Parra Celaya

19- Temas de actualidad                        Matías Cordón

20- El villancico en la música marcial (1)                 Antonio Mena

21- LIBROS              

                

SOBRE “CONSEJOS Y URGENCIAS”                                                                                                 arriba

L. FERNANDO DE LA SOTA. Presidente del Club de Opinión Encuentros

Cuando tengo que referirme a la situación por la que está pasando España y dada mi costumbre, siempre pongo un ejemplo.

Nuestro país está en situación parecida a la de un barco que, desarbolado en medio de una tempestad y con una oficialidad inepta, que acaba de abandonar el puente de mando, amenaza hundimiento. Y en la que un grupo de posibles expertos en navegación se ofrece a pilotar la nave y llevarla a buen puerto, aunque eso sí, a costa de esfuerzos y sacrificios por parte de la tripulación.

Y alcanzada una mayoritaria confianza, empieza la singladura. Y también empiezan los primeros problemas con algunos bandazos en el rumbo. Se aprecian varios errores, alguna descoordinación, e incluso alguna fuerte y alarmante contradicción inicial en la dirección de la nave. Y de la misma forma que en los toros o en el fútbol, desde la barrera o la grada, hay aficionados que intentan dirigir la lidia o el partido, indicando a voces sus particulares consejos a los diestros o a los entrenadores, también aquí surgen en el barco voces que no sólo dan consejos y exigen cambios de rumbo y maniobras en uno u otro sentido, mezclando deseos, conocimientos y experiencias sino que incluso amenazan ya con pequeños motines, porque consideran que no se les hace caso.

Unos quieren que el barco enfile de proa el temporal, otros que es mejor mantenerse un tiempo al pairo y esperar a que las aguas se calmen un poco. Y hay opiniones para todos los gustos. Unas con el bienintencionado deseo de ayudar a la gobernabilidad de la nave, y otras, dando la sensación de que casi prefieren el naufragio, para luego poder echar la culpa al capitán.

Pero hay otro curioso sector entre los tripulantes. El de los que, impacientes, apremian para conseguir con urgencia aquello que ellos consideran inaplazable. Es decir, que apenas iniciadas las operaciones para afrontar el temporal, ya exigen que la cubierta esté limpia y transitable, que se saque brillo a los cobres y dorados del puente y que el servicio de comedor se esmere en la comida y en la presentación de las mesas. Y todo eso, cuando apenas se han comenzado las labores de achique de las ya inundadas bodegas que amenazan con hundir la embarcación.

Parece que son los inevitables consejos y urgencias en cualquier acción de gobierno, de los que, en unos casos por la comprensible necesidad de conseguir solución a sus problemas, en ocasiones dramáticos, y en otros, por la premura con que quieren satisfacer sus deseos de que todo lo que  a su juicio está mal, se cambie radicalmente, y de inmediato, según sus particulares opiniones.  

Creo que podemos encontrar en la nuestra actual situación política algunas similitudes con el ejemplo anterior.

Nuestro barco, España, está en situación de naufragio. El gobierno saliente lo ha dejado casi como a la Doña Inés del Tenorio, «imposible para vos y para mi», y la mayoría de los españoles hemos dado nuestra confianza –en algunos casos porque no teníamos a otros mejores en quien hacerlo– a un partido que se ha comprometido a sacarnos del atolladero en que estamos.

Y creo que hay que asumir, guste o disguste a unos o a otros que, o lo hacen ellos, o no lo hace nadie.

Asumido esto, creo que hay que ir diferenciando y analizando con objetividad y con rigor, sin dejarnos llevar por filias o fobias, errores y aciertos. Pero sin llegar todavía a conclusiones o a juicios precipitados. Pienso que si les hemos dado una confianza es preciso mantenerla un tiempo prudencial, y ya valoraremos en su momento los resultados de su gestión. Sin exigencias desmesuradas ni urgencias imposibles de cumplir en tan poco tiempo.

Se recrean algunos medios, a través de editoriales y columnistas, en resaltar a su juicio defectos y errores ya cometidos por el gobierno, y lo que es peor, pronosticando, enfáticamente, los que aún todavía no se han cometido. E internet arde con comentarios y tremendas descalificaciones a derecha e izquierda. Por cierto, que tal vez el que los ataques más furibundos, provengan precisamente de los sectores más radicales de esa derecha y de esa izquierda, sea un buen síntoma de que los principios de la gestión no sean tan malos como aseguran, ni los resultados tan caóticos como auguran…

Hay cosas que se están pidiendo, que no se si por desconocimiento o por mala fe, no las puede, o no las debe hacer un gobierno, por mucha mayoría que tenga. En unos casos porque para ello sería necesario reformar la Constitución, y eso, afortunadamente, lleva un tiempo y unos porcentajes de consenso elevados. Para los que quisieran que las cosas no fueran así y se hicieran rápidamente, ya, habría que recordarles que si así no fueran, ya habría hecho el partido socialista una serie de cosas, totalmente contrarias a los deseos de los que ahora piden esas urgencias.

Eso en unos casos. En otros, porque siempre que se acomete una obra hay que contar con la resistencia de los materiales. Y posiblemente, si todas las cosas se acometen a la vez, exista el riesgo de promover –en la delicada situación en que nos encontramos– una contestación social que puede dar al traste con otras decisiones más prioritarias y  urgentes.

Yo coincido en que ahora lo principal y más  importante, es cerrar la hemorragia del paro e ir, aunque sea lentamente, creando empleo y aliviando la dramática situación de los millones de españoles que lo sufren.

Sorprende que para muchos críticos esto no sea así.

¡Pues claro que hay una serie de cosas que hay que abordar y que cambiar en España! Algunas de auténtica gravedad. Ignorarlo sería ceguera, irresponsabilidad o lo que es peor, manifiesta insensibilidad moral, o política. Especialmente algunos, cuyas consecuencias son irreversibles, como el del aborto, que hoy también destacamos en este número, pero en la mayoría, son temas y medidas que aunque muy importantes, habrá que ir poco a poco abordando y desarrollando para la necesaria regeneración que España necesita. Creo que la herencia recibida de muchos años de mal gobierno, no se arregla en tres escasas semanas.

Habrá que avanzar con decisión y firmeza. Pero tanteando el terreno con prudencia y estudiando con rigor posibilidades. Equilibrando necesidad y viabilidad. Sin agobios ni urgencias. Como en el viejo dicho: sin prisas pero sin pausas. Si se tienen las ideas claras, que se gobierne con resolución, reivindicando incluso el derecho a equivocarse, y sin hacer demasiado caso a consejos y apresuramientos por muy bienintencionados que puedan ser.

Si al cabo de un tiempo el barco consigue llegar a buen puerto, para lo que va a tener que contar con no pocos apoyos y sacrificios, entusiastas o interesados, y se van cumpliendo propósitos y promesas, creo que sería de justicia alegrarnos y no regatear elogios. Si por el contrario no es así, por clara impericia, o por haber dilapidado o traicionado la confianza otorgada, será el momento de juzgar con rigor conductas y exigir responsabilidades. Pero no antes.

MANUEL FRAGA                                                                                                                                                      arriba

Con este número ya en imprenta, nos llega la noticia del fallecimiento de Manuel Fraga. No podemos cerrarlo sin al menos dedicar unas frases, al triste desenlace del que fuera uno de los políticos más importantes de nuestra historia cercana.

La figura de Manuel Fraga, impetuoso, directo, de trato difícil pero cordial y humano, trabajador incansable al servicio del Estado, asiduo lector de Cuadernos de Encuentro y participante en alguna de nuestras Tertulias, podríamos sintetizarla en tres aspectos que, a nuestro juicio, sobresalen sobre los demás: su extraordinaria capacidad intelectual, su probada honradez personal y su  patriotismo excepcional y demostrado. Descanse en paz. 

LA MAREA ISLÁMICA                                                                                                                                           arriba

LUIS BUCETA FACORRO.Catedrático.

La llamada «Primavera Árabe», parece que sigue un curso en el que va a pasar a convertirse en un duro otoño que esperemos que no se convierta en un cruel invierno. La explosión que se ha producido en el mundo árabe que va desde Marruecos a Yemen, pasando por Túnez, Libia, Egipto, Siria, y Bahreim, con la influencia evidente de dos países no árabes, pero sí musulmanes, como son Irán y Turquía, presenta, al día de hoy, Diciembre de 2011, un panorama nada halagador y más bien fuertemente preocupante.

Que no se piense que aquí se defiende lo que hasta ahora ha ocurrido porque han sido y son sistemas despóticos sin beneficio de progreso y bienestar para sus pueblos, que cada vez están más en la miseria mientras la oligarquía política se lleva el dinero a manos llenas. La prensa nos señala que la mujer de Mubarak ya está en su exclusiva casa de Londres con una ínfima fortuna de 30.000 millones de dólares (treinta mil millones de dólares). En Túnez la fortuna de Ben Ali y su esposa, Leila Trabelsi, a la que pretendía dejar heredera en la Presidencia, se calcula en más de 25.000 millones de euros (veinticinco mil millones). Estos son  ejemplos de los que podemos traer a colación otros muchos y algunos más escandalosos. Todo esto y mucho más es cierto y justifica el rechazo radical a esos sistemas, pero las opciones de cambio se presentaban difíciles, porque realmente lo único organizado es el ejercito columna vertebral de los regímenes hasta ahora existentes, y los islamistas que, reconocidos o no, perseguidos o tolerados pero controlados, han estado al lado del pueblo con una red de ayuda material real y eficaz.

Multitud de analistas han advertido, desde que se produjo la explosión popular, que unas elecciones libres y limpias, hoy día, las ganarían los islamistas que son los únicos, con organización y fanatismo religioso, que se llevarán por delante a unos partidos políticos ínfimos, sin arraigo popular en unos países sin clases medias, sino con unas grandes mayorías pobres, compuestas por jóvenes en un tanto por ciento muy elevado. En Egipto alrededor del cuarenta y cinco por ciento de la población es menor de treinta años. No han faltado voces de prestigio señalando este peligro, pero han prevalecido los que señalaban, en un evidente voluntarismo, que era la hora de la democracia y la libertad para los países árabes.

Pues bien, las previsiones negativas se están cumpliendo paso a paso. Los Hermanos Musulmanes, organización surgida en Egipto, en 1928, en sus diversas versiones nacionales y que se presentan como un Islam moderado, se está apoderando del norte de África. La primera piedra del muevo islam político que aspira a implantarse, en todos los países, mediante elecciones libres, se ha puesto en Túnez, cuna de las revueltas populares, al ganar las elecciones el partido islamista. Al-Nahda, ilegalizado en 1989, y cuyo líder Rachid Gamuchi ha estado en el exilio, y ahora acaba de sacar el cuarenta por ciento de los votos, será el próximo presidente del gobierno, en el que tendrá que contar con las minorías laicas para la formación de un gobierno plural, pero en el que prevalecen los islamistas y las fuerzas políticas laicas, están en franca minoría. Esta nueva Asamblea será constituyente y tendrá como misión elaborar una nueva Constitución.

En Marruecos, donde el rey Mohamed VI ha realizado diversos cambios constitucionales, en el mes de Noviembre de 2011, en las elecciones realizadas, el partido islamista Justicia y Desarrollo (PJD), ha sacado casi con el doble de diputados que los segundos, los nacionalistas del Partido Istiglad (PI),que hasta ahora era el gobernante y más importante.

El líder del Partido de Justicia y Desarrollo (PJD), Abdelihah Benxiran, ha sido encargado de formar gobierno, como partido más votado, aunque tiene que contar con los demás partidos, pues su mayoría es relativa; pero el hecho es que los islamistas han ganado en Marruecos, siguiendo los pasos de Túnez. Bien es cierto que la participación ha sido del cuarenta y cinco (45%) de los votantes inscritos, pero la democracia es así y si no hay normas que lo establezcan, las elecciones son válidas, aunque la democracia, que ha de funcionar con ciudadanos que vayan a las urnas, sea débil y muestre una ciudadanía irresponsable ante la misma. Precisamente la mayoría que se ha obtenido, inculta y analfabeta en muchos casos, los únicos valores y principios que acepta y a los que se somete, son los valores y principios religiosos, por lo que el triunfo islamista adquiere mayores dimensiones a la hora de gobernar e influir en el futuro de Marruecos.

Cuando esto escribo, diciembre de 2011, se están celebrando las elecciones en Egipto, que han empezado el 27 de Noviembre y terminaran en Enero de 2012, y los pronósticos son que los Hermanos Musulmanes, islámicos «moderados», van a obtener el sesenta por ciento de los votos. pero la desagradable sorpresa es que los salafistas, islámicos radicales, va a ser la segunda fuerza más votada, mientras quedan relegadas las fuerzas laicas a una tercera posición. Es decir que Egipto, el país más poblado, más de ochenta millones, y clave en el mundo árabe y en el Mediterráneo, va a ser gobernado, también, por los islamistas.

Los Hermanos Musulmanes se presentan en estas elecciones con un partido denominado Libertad y Justicia y lideran una coalición electoral, la Alianza Democrática, que pretende ser la más votada, aunque no tenga la mayoría en la nueva Asamblea. Por su parte, los islamistas radicales, los Salafistas, se presentan divididos en cuatro partidos, pero todo apunta que, en conjunto, serán la segunda fuerza más votada, lo cual implica una grave llamada de atención, sobre todo a Occidente y especialmente Europa que, en su ceguera e interesado voluntarismo, aboga y creía llegado el momento de democracias y libertades en el mundo árabe. Sin embargo, en Egipto, es indudable el gran peso del Ejército, que puede actuar de poder equilibrador y de contención del islamismo radical o del simple poder de cambio de los islamistas hacia la Sharía o norma jurídica y social de la vida de los ciudadanos. 

En Libia, cuya revuelta ha triunfado con ayuda entusiasta de las fuerzas de la OTAN y el aplauso de los países europeos y la muerte de Gadafi, el panorama aún es más sombrío. La forma en que se llevó a cabo la ejecución de Gadafi, y la publicación de esas impúdicas y groseras imágenes, nos dicen bastante de la naturaleza de los protagonistas de la revuelta que los comunicados oficiales que nos transmiten sus dirigentes. De todas formas estos comunicados no engañan a nadie pues el presidente del Consejo Nacional Transitorio (CNT), Abdul Jalil, en la llamada «Declaración de la Victoria», ha manifestado que el Islam será el eje sobre el que girará el nuevo estado Libio y la sharía será la fuente de jurisprudencia, aunque que en todo momento será un «Estado democrático e independiente» que respetará a todas las minorías. Una característica de Libia es que los movimientos islamistas han participado directamente, como combatientes, durante la guerra civil, y lógicamente ahora quieren influir en el proceso que se anuncia.

En este sentido, Abdul Jalil señaló la hoja de ruta de la transición que presenta la celebración de un referéndum para cambiar la Constitución en un plazo de seis meses, y unas elecciones libres, con observadores internacionales, en ocho meses. En el futuro los islamistas van a jugar fuerte. Los Hermanos Musulmanes son la principal organización y cuentan con la experiencia de todos estos últimos años trabajando en la clandestinidad en ayuda a los más desfavorecidos y, ahora, a los más afectados por la guerra. Son los más preparados, pero también están actuando los Salafistas que se van apoderando de puestos claves en esta situación. Este es el caso Abdul Hakin Balhadj, antiguo emir del Grupo Islámico de Combatientes Libios (LIFG), grupo radical que Gadafi ilegalizó y persiguió, por lo que la mayoría de sus dirigentes han permanecido en el exilio. Ahora, Belhadj es el actual comandante de las fuerzas rebeldes en Trípoli. Por cierto que, aunque él asegura que no tiene nada que ver con el 11-M, lo cierto es que hay varias llamadas telefónicas a Serhane ben Abdelmajid Fakhet, «El Tunecino», responsable de la célula islamista que llevó a cabo la masacre del 11-M. Aunque todos se presentan como «moderados», hablan de libertad y democracia y niegan vínculos con Al Qaeda, hay manifestaciones de islamistas que señalan sus objetivos.

Así Osama Ezanculi, expreso islamista salafista y activo combatiente, muestra su esperanza en esta nueva etapa porque «después de cuarenta y dos años de ateísmo, por fin vamos a disfrutar de una Libia islámica». Y señala: «No es momento de imponer nada. La gente tiene fe y poco a poco irá entrando en la senda correcta. Con las mujeres, por ejemplo, pensamos que el uso del hijab (velo) debe ser obligatorio como marca la norma en el Corán, pero la obligación debe partir de cada casa, padre o marido, no de las instituciones».

Esto es lo que no parece entender Occidente: la presión se ejerce a través de la familia que no puede perder su posición en la comunidad islámica, donde es amenazada de apostasía y condenada, incluso, con la muerte. Por su parte, Abdul Majid Aburwin, de los Hermanos Musulmanes, que aún no ha decidido el nombre del partido con el que se presentarán a las elecciones, manifiesta que «nuestra aspiración es gobernar Libia y sabemos que si se celebran unas elecciones libres el pueblo votará a favor de un modelo islámico».

No hay duda, pues, que las intenciones de los islamistas, y la realidad, les da la razón, es gobernar e imponerse en todos los países, aprovechando la llamada «Primavera Árabe»; y a pesar de las diferencias entre países, como quieren señalar algunos analistas, que indudablemente las hay, existe un elemento precipitante único que los une a todos: la religión, el Islam. Ignorar este factor y la fuerza que hoy tiene es un error que conducirá a más graves errores a la hora de interpretar lo que está pasando a nuestro alrededor. Es evidente la confusa heterogeneidad del mundo musulmán, pero el objetivo es único mundialmente, mediante el hilo conductor de la religión: conseguir la gran «umma», o sea, la comunidad musulmana de creyentes.

Precisamente el citado Abdul Majid Abcerwein, ingeniero exiliado en los Estados Unidos y ahora activista en Libia, aclara para voluntaristas impenitentes: «Nuestras patrias no son Libia, Egipto o Túnez, nuestra patria es el Islam, y en el exilio nos hemos conocido todos los hermanos que ahora estamos moviendo los hilos del cambio político, nos encontramos ante un verdadero cambio de modelo, ante el nacimiento de un nuevo islam político».

A pesar de todo el entusiasmo de Occidente y el voluntarismo de libertades y democracia, creo que estamos lejos de ello, y el panorama se presenta, hasta ahora, más bien negativo y lleno de peligros y negros augurios para el mundo Occidental y especialmente para Europa. Hoy por hoy, estamos de acuerdo con el rótulo de una crónica periodística (ABC, 2-XII-2011), que corrobora, pero rectifica, nuestro inicial pronóstico: «Primavera Árabe, Invierno Islamista». El futuro está por escribir y, como cristiano, siempre tengo la esperanza de que sea para bien, aunque hay que actuar en la dirección correcta si no queremos terminar en graves y cruentas situaciones.

EL AJUSTE NECESARIO                                                                                                                                 arriba

ADOLFO IRANZO. Economista

En este mismo número de Cuadernos de Encuentro se refiere el profesor Velarde a la generación de economistas del 59; año de la promulgación del Plan de Estabilización Económica, en el que ellos participaron como gestores; y punto de partida para el ulterior desarrollo económico de España, que no ha tenido precedentes desde el siglo xvii. Pertenezco a la promoción de economistas que finalizaba sus estudios universitarios por aquel entonces y que tomó, profesionalmente, parte activa durante los años posteriores en el despegue económico de España, que entonces se iniciaba. El Plan de estabilización de la Economía española de 1959, el subsiguiente ingreso de España en el FMI, el nuevo Arancel de aduanas de 1960, el ingreso en el GATT, el Acuerdo Preferencial de Ullastres con la CEE, fueron acontecimientos históricos en los que participaron los economistas de esa Generación del 59.

En el año 2008 se celebraron las bodas de oro de nuestra promoción, a las que asistió el profesor Velarde y nos obsequio con la primicia de uno de sus magistrales trabajos sobre la «Evolución del producto interior bruto por habitante en España, desde 1820 hasta el año 2007», al que me referí en el artículo publicado en el número 96 de Cuadernos de Encuentro, de principios de 2009, que titulé «Recetas para una crisis», donde se preveía el desenlace económico al que finalmente hemos llegado. Estábamos ya en plena crisis financiera internacional y, aunque sistemáticamente negada por el gobierno de la época, España había desarrollado su propia crisis interna al no haber reaccionado a tiempo a las advertencias que se le habían venido haciendo por los distintos observatorios económicos.

No se hizo mucho caso a las críticas y recomendaciones que se ofrecieron; y la errática actuación de las autoridades económicas gubernamentales nos terminó arrastrado a la presente situación, realmente preocupante: una cifra de paro que rebasa los cinco millones de personas, con una tasa próxima al 23 por ciento, la mayor de Europa; un elevado déficit presupuestario que supera en más de dos puntos al que informó el gobierno saliente; un saldo negativo de las cuentas de la Seguridad Social; y lo más grave, una actividad económica en clara recesión.

España se ha enfrentado a situaciones muy complicadas de las que, prácticamente en solitario y no sin esfuerzo, encontró el camino para salir. En el caso del aludido Plan de Estabilización de la Economía Española de 1959, se sentaron las bases de los sucesivos Planes de Desarrollo Económico y Social, a partir de 1964, con los resultados que, como se resalta en el citado trabajo de Juan Velarde: en el año 1959, en paridad de poder adquisitivo, Francia nos superaba en un 133,3%, pero en el año 2007 sólo lo hacía en un 4,9%; el Reino Unido que lo hacía en un 127,5%, se había reducido al 13,2%; con Alemania se habían acortado distancias bajando del 135,3%, al 9,4%; Italia que estaba un 85,3% por encima de España, ahora la superábamos en un 2,7%. El caso más espectacular era con Estados Unidos que, de un diferencial del 262,8% en 1959, en 2007 sólo nos aventajaba en un 48,2%. Entre 1959 y 1975, sin ayuda exterior (España no se benefició del Plan Marshall, que hizo posible la rápida recuperación de Europa tras la guerra mundial) España alcanzó un máximo relativo de convergencia económica con Europa que no se superaría hasta muchos años después. En el año 1975, España figuraba entre los nueve países más industrializados del mundo y las cifras de desempleo eran homeopáticas.

Durante el periodo de la llamada transición a la democracia, aparte de haber hecho tabla rasa del proceso industrializador conseguido con el esfuerzo de toda una generación, volvió a aumentarse la distancia en la cota de convergencia alcanzada con Europa en 1975, hasta llegar a niveles realmente preocupantes en 1996, no muy distintos de los que ahora soportamos en el año 2012. En los ocho años de gobierno del partido popular (1996-2004), también se supo encontrar el camino de la recuperación; y en el año 2004, las cuentas del Estado estaban saneadas, los niveles de desarrollo eran difícilmente superables y parecía halagüeño el porvenir. Lo que ha pasado desde el año 2004 es de sobra conocido, la pregunta que nos hacemos es, si será posible, en las actuales condiciones intereuropeas, enmendar y reconducir la situación sin que el trauma social pase facturas irreversibles.

Acaba de tomar posesión el nuevo gobierno formado tras las recientes elecciones generales del 20 de noviembre. Ya se han esbozado las primeras medidas para afrontar la situación, y se ha celebrado la primera reunión del Congreso de los Diputados en el que se ha aprobado el decreto-ley de medidas económicas urgentes. Se ha comenzado por atajar el déficit por la vía rápida del aumento de los ingresos, incrementando los tipos del IRPF, de efecto recaudador inmediato; se dice que temporalmente. Algunas comunidades autónomas no han tardado en reaccionar solicitando su participación en estos ingresos para compensar su propio déficit. Aunque se anuncian importantes reducciones de gastos, tanto en la Administración central como en las autonómicas, el proceso será lento y laborioso porque hay que desmontar los complicados entramados administrativos que se han ido creando en muchas comunidades autónomas, sin mucho sentido de las reales posibilidades económicas de España. La excepción, ha sido la Comunidad de Madrid, que ha manejado la posibilidad de reducir el IRPF en la parte que le corresponde. La Comunidad de Madrid, parece que ha hecho los deberes; es de las pocas (solo dos) que han registrado un crecimiento económico en el pasado ejercicio; y sus parámetros económicos se ajustan mejor que los de otras comunidades a lo que podríamos definir como normas del buen gobierno.

Entre las medidas anunciadas por el Gobierno, se mantiene, el impuesto sobre el patrimonio, al que se suma el aumento del IBI que gravan, ambos, el ahorro familiar acumulado, con el colateral efecto desincentivador que presupone. Ambos impuestos han sido tachados de injustos, porque no tiene en cuenta las rentas que perciben sus titulares. En el caso del IBI de Madrid, está por ver cuál será el desenlace final, teniendo en cuenta que, recientemente, se tomó la decisión de subirlos, desde este mismo año 2012, escalonadamente durante los diez próximos años. Han sido numerosas las reacciones críticas que se han producido tras el anuncio de estas medidas dirigidas a compensar el déficit con el esfuerzo de los contribuyentes, antes de consolidar la disminución de los gastos de las administraciones públicas.

Se ha decidido la actualización de las pensiones y se promete mantener el estado de bienestar por lo que respecta a la educación y la sanidad, aunque no se descartan reajustes para racionalizar su coste. La educación y la sanidad absorben la mayor parte del capítulo de gastos que gestionan las autonomías.

Por el lado de los gastos, verdadero responsable del agujero presupuestario que padecemos, de momento sólo existe la recomendación de reducirlos, como norma general. Algo que ya ha empezado a aplicarse por algunas administraciones autonómicas. Es en los gastos y, concretamente, en los desmesurados gastos de muchas comunidades autónomas, donde reside el problema central del déficit acumulado, que puede dar al traste con el estado del bienestar. La fórmula que se adopte para abordarlo, será definitoria de la viabilidad del modelo actual de organización del Estado.

Está pendiente, entre otras, la reforma laboral, la reforma del sistema financiero, la reforma del sector energético y las políticas de incentivos a la reactivación económica y a la creación de empleo, punto neurálgico, eje central y referencia final de lo que se ha prometido en la campaña electoral y que es lo que desea y espera el conjunto de la sociedad. 

Para abordar una determinada actuación económica es imprescindible acertar en el diagnostico de la situación, sin ningún tipo de reservas; y tener clara conciencia del modelo económico-social en el que nos desenvolvemos que, desafortunadamente, cambia con el transcurso del tiempo. Del acierto en el diagnostico y la apropiada identificación del modelo de desarrollo que habremos de seguir, depende el éxito o el fracaso de la política económica. En 1996, dentro ya de la Unión Europea; conocíamos las reglas del juego. Entonces, las arcas del Estado también estaban vacías; pero, contrariamente a lo que acaba de suceder, los impuestos no se aumentaron, sino que se redujeron sustancialmente. Aquello fue posible porque el modelo económico no era el mismo que tenemos en la actualidad; todavía el Euro no era moneda común europea; cada país mantenía su propia unidad monetaria y así sería hasta la década de los 2000. El ajuste se pudo hacer a través de la devaluación de la peseta, lo que permitió cuadrar las cuentas y crear el diferencial necesario para situar nuestra competitividad a los niveles precisos internacionalmente. Paralelamente, la actividad económica y la creación de empleo alcanzaron cotas de crecimiento que pudieron calificarse de sorprendentes.

En la actualidad, dentro de la zona Euro, es evidente que la situación no es la misma que en 1996. Las turbulencias financieras internacionales están cambiando el modelo económico que se ha venido siguiendo en Europa y, por ello, la solución de los problemas surgidos en todo el mundo occidental es más complicada, porque tampoco se tiene una idea clara, en Europa, del camino a seguir para recuperar la senda del crecimiento.

En España, la alegría con la que el gobierno central y la mayoría de los gobiernos autonómicos dilapidaron en los pasados siete años (2004-2011) los recursos acumulados durante la etapa anterior (1996-2004) del gobierno popular, nos han situado en un punto de muy difícil retorno si no se acometen medidas de gran calado que ayuden a situar el gasto público en los niveles que nos corresponde en función de nuestra autentica capacidad económica para crear riqueza. Para empezar, hemos de tomar exacta conciencia de que el modelo constitucional de administraciones públicas que  tiene España es el de más costoso mantenimiento de todos los que podíamos haber elegido.

El llamado Estado de las Autonomías, sin negar que haya contribuido a la modernización de España, también es cierto que se trata de un sistema oneroso por la superposición de administraciones coexistentes, que multiplican el número de funcionarios necesarios para su funcionamiento, con los consiguientes gastos aparejados para sostenerlo. España, hoy por hoy, no crea riqueza suficiente para permitirse tal lujo de Administración. Aunque de este sentimiento participa una buena parte de la sociedad civil, y está siendo objeto de consideración en las tertulias políticas y en los medios de comunicación, todavía la llamada clase política se resiste a reconocerlo. Para salir de dudas, quizás debería someterse a consulta popular. Lo más que hemos podido llegar a percibir por parte de la clase política, es el reconocimiento, por otro lado evidente, del abuso, escandaloso en algunos casos concretos, con la creación de organismos innecesarios, la consiguiente multiplicación de funcionarios y los gastos superfluos e inconfesables en los que se ha incurrido, de imposible justificación.

La anunciada reforma laboral que ya debía estar acordada entre empresarios y trabajadores antes del 7 de enero, sigue pendiente en los momentos de redactar estas líneas. La reforma laboral no termina de consensuarse entre los agentes sociales implicados: sindicatos obreros y organizaciones patronales. Esta reforma del sistema de relaciones laborales es imprescindible para la recuperación y consolidación del crecimiento económico.

Hasta el mes de marzo, por lo menos, no se dispondrá de los presupuestos generales del Estado para lo que resta del presente año 2012. Todavía es mucho lo que queda por hacer. Pero es muy sintomático que poco se haya comentado desde el gobierno sobre la entrada a fondo en la necesaria reforma de la Administración del Estado, para simplificarlo y adecuarlo a las reales posibilidades económicas que ofrece nuestro país.

El modelo energético es otro de los grandes temas pendientes. La elección del depósito de residuos radioactivos es sintomático y hace pensar que se retome la senda de la energía nuclear, la más barata y eficaz en la actualidad. La dependencia energética de España es determinante en el saldo de nuestra balanza comercial y, por ende, en la balanza de pagos, que necesitamos saldar positivamente si se quiere aligerar la carga de nuestra dependencia financiera exterior.

Pero la recuperación de la producción eléctrica de origen nuclear es un periodo lento, que no se resuelve en una legislatura. Por lo que habrá que darse prisa para empezar a percibir resultados, que no será antes de que transcurran más de diez años desde su puesta en ejecución.

La tarea que tiene pendiente el gobierno entrante es ingente y no podemos pretender que la haga en unos días: pero sí debemos esperar que lo que se vaya haciendo esté en el camino de las soluciones positivas.

De momento, el mayor peso de la reducción rápida del déficit presupuestario está claro que gravitará sobre las rentas de las personas físicas, aunque con una promesa de temporalidad, que es de esperar que pueda respetarse, porque significaría que habrían tenido éxito las políticas adoptadas para la creación de empleo e incentivación de la economía, que en este momento se desconocen.

La creación de empleo es la tarea principal sin la que será vano todo esfuerzo que se realice; pero, además, para asegurar la recuperación y consolidación de un crecimiento sostenido, la revisión en profundidad del «Estado de las Autonomías» es, sin ninguna duda, un ajuste necesario.  

LA GENERACIÓN DEL 59                                                                                                                             arriba

JUAN VELARDE FUERTES. Catedrático, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

El régimen político anterior siempre se acabará gloriando de lo sucedido en 1959. Se trata del final de un proceso que comenzó con el Plan de Estabilización de 1948, para poner orden en una economía de guerra, que duraba desde 1936, que se había prolongado con la II Guerra Mundial y que, como consecuencia de la acción guerrillera del Partido Comunista, duró hasta que en 1947 se inició la Guerra Fría. A partir de ahí era posible crear una economía normal, pero era preciso, primero, poner orden con costes obligados. Se equilibró en 1948 con lo que podríamos denominar el Primer Plan de Estabilización, con nuevas cargas tributarias, el presupuesto equilibrado; las reglamentaciones laborales bloquearon posibles subidas importantes de salarios reales; se frenaron los créditos bancarios a las operaciones especulativas, muchos de ellos relacionados con el freno a la oferta de bienes, y comenzó un fuerte desarrollo económico. De este modo, según la estimación Alcaide, la tasa de incremento anual de 1948 en adelante, en pesetas de 1918, fue el registrado en el cuadro siguiente para la Renta Nacional de España:

 

Años

Incrementos porcentuales anuales

1949

1’1

1950

5’1

1951

10’9

1952

6’8

1953

1’4

 

Ese año de 1953 fue el segundo de un cambio radical. La economía española estaba cerrada al exterior para mantenerse neutral en las confrontaciones europeas, desde Prim y la Guerra del 70, con la ampliación de Cánovas del Castillo, como punto esencial de su política. La neutralidad en la I y la II Guerras Mundiales obligaba a tener que producir una serie importante de bienes, para no ser impulsados por cualquiera de los contendientes. Y he aquí que este planteamiento se rompe en 1953. Aceptamos abandonar la neutralidad en la Guerra Fría, con el acuerdo con Norteamérica. Eso comenzó a abrir nuestra economía, con los resultados en el PIB del modo siguiente:

 

Años

Incrementos porcentuales anuales

1954

7’2

1955

2’4

1956

7’2

1957

3’8

1958

5’2

 

Pero este desarrollo se había efectuado con tal déficit exterior, que la crisis estaba a las puertas. Por eso en 1959, se decide cambiar radicalmente el modelo y abrirlo definitivamente al exterior: ingresa la peseta en el patrón oro-dólar; comenzamos las negociaciones con el GATT; apostamos por una economía mucho más liberal, en suma. Y esto es lo que asesora un grupo de economistas que se encuentran tras Ullastres y Navarro Rubio. Franco rompió, por aceptarlo, con Suanzes –recordemos la carta durísima de éste‑ y comenzó la España moderna. Impresiona contemplar el gráfico adjunto, que inicia en 1959 su avance.

   

En estos momentos contemplamos la desaparición de prácticamente todos los economistas que estuvieron detrás de aquel proceso, que modernizó España. Fueron los Albiñana, los Villar Sarraillet, los Fuentes Quintana, los Sardá, los Rojo, y el último Manuel Varela. Mucho les debe España, y eso conviene que no se nos olvide. Precisamente el Congreso Nacional de Falange de 1953 se orientó, en lo económico, en esa dirección. Franco, como vemos en los papeles recopilados por Luis Suárez, escéptico al principio, acabó convencido. La muerte de los últimos fallecidos de la generación del 59, Huberto Villar Sarraillet y Manuel Varela Parache, no puede quedar, por lo dicho, en silencio. 

LA OTRA MEMORIA HISTÓRICA                                                                                                                arriba

JOSÉ LUIS COSTAS LAGUNA. General Intendente del Ejército (R).

1.- Introducción

El gobierno socialista promulgó, tras el proyecto de Ley de 10 de octubre de 2007 «por el que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la Dictadura la Ley 52/2007 conocida como de la Memoria Histórica. Sólo contó con la oposición del Partido Popular.

Se trata de un texto legal profundamente sectario y revanchista que abre de nuevo heridas, que se suponían cerradas en buena parte de la sociedad española. Esta Ley era totalmente innecesaria ya que desde la transición democrática se fueron dictando Normas y Disposiciones suficientes para alcanzar los objetivos que prevé. El tema en cuestión no figuraba en el programa electoral del PSOE, pero bastó una iniciativa de la izquierda radical para poner en marcha una operación de revisión y revancha de la guerra civil. IU con sólo dos diputados en el Congreso, a los que agregó los de ERC y aquellos nacionalistas derrotados en la contienda civil, logró la consecución de esta Ley que contó con el apoyo del PSOE, tras pagar el partido del gobierno el peaje habitual que es normal en la legislatura actual, regalando a los nacionalistas determinados inmuebles.

Desde el advenimiento de la democracia, los gobiernos iniciales de la UCD y el PSOE, ante las presiones recibidas, se preocuparon de igualar los derechos de los perdedores de la guerra con los de los vencedores y así, entre los años 1976 y 1982, se suceden una serie de Normas y Leyes para alcanzar ese objetivo (decreto 670/76, ley 46/77, ley 5/79, ley 35/80, ley 6/82 y ley 37/8.). Ya en vida de Franco, por  decreto-ley 10/69 se declaraban prescritos todos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939, justo treinta años después de finalizada la contienda.

De todas la leyes citadas, una de ellas tenía un relieve excepcional, me refiero a la 46/77 conocida como la Ley de Amnistía con la que se obtenía la concordia nacional y se enterraban para siempre las secuelas de la guerra civil. Eso entendió el legislador y la ciudadanía dispuesta a olvidar y perdonar un dramático pasado. Pero la realidad no ha sido así, pues la izquierda radical y los nacionalistas no tienen límites; y tras setenta años, continúan en su afán en resucitar las dos Españas. Esta Ley que comentamos, no tiene otra justificación que convertir a los vencidos en vencedores.

En las leyes referidas se concedían, a aquellos que pertenecieron al ejercito derrotado, pensiones a los militares profesionales, reconocimiento de pensiones, asistencia médica y social a viudas y huérfanos, pensiones de mutilación a los excombatientes y pensiones igualmente a mutilados civiles. Pero sería la Ley 37/82 la que causó extrañeza y malestar en los ejércitos, pues por la misma se reconocían los empleos militares a aquellos que formaron parte del ejercito de la Republica sin ser profesionales, a los que otorgaron pensiones en función a su rango, siendo el menor el de sargento. A aquellos profesionales que tuvieron que abandonar la carrera, se les concedió el que hubieran podido alcanzar, salvo el generalato, de manera que sin realizar cursos ni evaluación alguna se les convertía en coroneles, empleo al que los que pertenecieron al ejercito vencedor no pudieron obtener en muchos casos. Resulta anecdótico que alumnos de las Academias al inicio de la contienda civil, que no tuvieron ninguna participación en ella se les hizo coroneles con la pensión correspondiente.

Este conjunto de disposiciones, ha colocado en mejor situación a los militares y combatientes que lo hicieron con la Republica, sobre los del ejército de Franco. Muchos alféreces y sargentos provisionales, al acabar la contienda se reintegraron a sus actividades civiles, al igual que la tropa, sin percibir ningún tipo de compensación económica. A los del bando republicano se les ha otorgado pensiones que son compatibles con cualquier tipo de sueldo o pensión, desde los oficiales a la tropa.

Esta notable diferencia de trato, la justifica el legislador afirmando que los componentes del bando nacional ya tuvieron su reconocimiento, y que es hora de que lo tengan ahora los de la España republicana. Ciertamente, los vencedores de la contienda fueron reconocidos, pero no hay que olvidar que fue en la década de los cuarenta, remover la Historia setenta años después, con una enorme carga de sectarismo y parcialidad, produce en la generación posterior, y muy especialmente en la juventud, una imagen falsa y distorsionada de lo ocurrido en España en los tristes años de la República y Frente Popular.

La izquierda radical ha conseguido falsear de tal modo le reciente historia de nuestro país, que las generaciones más jóvenes corren el riesgo de desconocerla. Se ha conseguido que los medios de comunicación, novelas, ensayos, obras teatrales, series televisivas y proyecciones cinematográficas, en su mayoría, envíen mensajes en los que se condena y se desprecia todas las actividades que pudo realizar el régimen anterior. Se ha idealizado la II Republica, ocultando la realidad de aquella, que hizo imposible la existencia a media España entregándose en manos de la dictadura soviética, muy lejos del espíritu democrático que hoy se nos presenta.

2.- Análisis

La Ley de la que tratamos, expone una serie de principios que incumple precisamente el gobierno que la promulgó. En su Exposición de Motivos se alude a «espíritu funcional de concordia», cuando resulta evidente que enaltecer a uno de los bandos que participó en la guerra civil, demonizando al otro, no es precisamente fomentar la concordia entre los españoles. La concordia se había alcanzado tras la Ley de Amnistía; y la gran mayoría de españoles, salvo la izquierda radical, prefirió olvidar y perdonar los horrores de aquella guerra civil que dividió en dos a la ciudadanía. Los tiempos han sido propicios para que una minoría, con el apoyo de gobiernos débiles, haya alcanzado su objetivo de dividirnos nuevamente y dar rienda a su ansia de venganza.

Se afirma que «nadie puede sentirse legitimado, como ocurrió en el pasado, para utilizar la violencia con la finalidad de imponer sus convicciones políticas». Esa actitud fue precisamente la utilizada por las autoridades de la República, que sí se sintió legitimada, contra sus divergentes ideológicos, con su política de represión y detenciones masivas.

Se enaltece y rehabilita a aquellos que «en distintos momentos lucharon por la defensa de los valores democráticos». Se cita, expresamente, a los integrantes del Cuerpo de Carabineros, que mayoritariamente fue leal a la Republica; aún cuando desconocían lo que era la democracia, todavía no en uso. A los brigadistas; ignorando su origen y su papel en la contienda. Las brigadas internacionales que participaron en la guerra española fueron organizadas y dirigidas por el komintern soviético de Stalin; el mayor genocida de la historia moderna; llegaron a pasar por ellas hasta 60.000 efectivos, siendo el mayor contingente el de franceses. Fueron concentrados en París y enviados a España a la base de Los Llanos, al mando del comunista André Marty, amigo y colaborador directo de Stalin, llamado «el carnicero de Albacete». Permanecieron en suelo patrio unos dos años; desde octubre de 1936, cuando las tropas nacionales están a punto de entrar en Madrid, hasta el 23 de septiembre de 1938, cuando son despedidos en Barcelona con todos los honores por los Azaña, Negrín, Companys y Dolores Ibarruri, entre otros. Su procedencia fue muy variada; casi todos aventureros, mercenarios, comunistas, anarquistas y alguna representación de intelectuales, que sacaron buen partido, como Hemingway, Orwell, Willy Brandt, etc.

En todo caso, muy lejos de representar a la libertad y los valores democráticos, dado los organizadores y directores de esas fuerzas.

Se refiere a los combatientes guerrilleros. He de entender que se está refiriendo a los conocidos como «los maquis o huidos» que, introducidos por los Pirineos y enviados por el partido comunista de Santiago Carrillo, permanecieron en la subversión en las montañas de Galicia, León y pirineo aragonés y catalán. Fueron en realidad bandidos y maleantes, robando y matando en los pueblos de la zona, hasta que la Guardia Civil y el ejército los expulsaron, permaneciendo en España hasta 1952 siendo abatidos Sabaté y Facerias. No eran defensores en ningún caso de la libertad y la democracia, simplemente eran luchadores contra Franco.

También tienen cabida en esta Ley los miembros de la llamada Unión Militar Democrática (UME). Conozco el caso, de primera mano, por haber tenido incidencia en la Unidad donde estaba destinado y ser compañero de promoción de dos de los miembros de esa organización. En ningún ejército de nación civilizada podía darse un caso similar sin sufrir los autores un castigo ejemplar; cometieron delitos de insubordinación, subversión, incitación a la rebelión, constituyendo una célula activa de consecuencias imprevisibles. El seguimiento en los ejércitos fue mínimo; y los responsables fueron, una vez juzgados en Consejo de Guerra, expulsados de las fuerzas armadas. El principal impulsor e ideólogo de la organización pidió, con anterioridad, el retiro para poder dedicarse a la política, llegando a ser diputado por el PSOE en cuatro legislaturas. En 1987, ante las presiones de la izquierda, fueron rehabilitados sin poder reintegrarse a las unidades, conservando sus empleos militares. Recientemente, en el 2010 la ministra Chacón, inexplicablemente y desconociendo el sentir militar, otorga ascensos y concede la Cruz del Merito Militar a los miembros de la UME. La ministra, sin atender al protocolo vigente para la concesión de estas recompensas, pues no se cumple ni una sola de las condiciones exigidas, se ha equivocado de distinción; los interesados no realizaron ningún merito militar.

En su art. 2 la Ley establece y declara «el carácter radicalmente injusto de todas las condenas, sanciones y cualquier forma de violencia personal producidas por razones políticas, ideológica, o de creencia religiosa durante la guerra civil». Declaración totalmente tendenciosa, pues fueron los del bando republicano y Frente Popular, quienes durante la contienda emplearon, sin freno, ese tipo de actuaciones.

El art. 3 dicta una declaración de ilegitimidad de gran calado, «Se declara la ilegitimidad de los tribunales, jurados y cualesquiera otros órganos penales o administrativos que, durante la guerra civil, se hubieran constituido para imponer por motivos políticos, ideológicos o de creencia religiosa, condenas o sanciones de carácter personal». Igualmente se declaran ilegitimas, por vicios de forma y fondo, las condenas y sanciones dictadas por motivos políticos, ideológicos o de creencia, por cualesquiera de los tribunales u órganos penales o administrativos, durante la Dictadura, contra quienes defendieron la legalidad institucional anterior.

Ante estas circunstancias debería haberse pronunciado el Consejo General del Poder Judicial, pero la realidad es que no se hizo, posiblemente por no ser políticamente correcto.

Con la promulgación de este artículo se criminaliza el procedimiento legal vigente durante más de treinta años y se abre la puerta a que, en cualquier juicio, pueda el acusado alegar que su actuación responde a motivos políticos o ideológicos. Se alude a la defensa de la legalidad institucional anterior; cuestión más que discutible, pues la República no ganó las municipales de 1931, no respetó los resultados en 1933 y tampoco resultó vencedora en 1936 cuando concurrió el Frente Popular. Los monárquicos obtuvieron en 1931, 22.150 concejales, por 5.775 los republicanos. En 1936 la derecha alcanzó 4.511.031 votos, el centro 682.825 y la izquierda del Frente Popular 4.430.322; se forzó una segunda vuelta, llena de irregularidades y abusos, que hizo finalmente que la izquierda, como en 1931, tomó la calle y se hizo con el poder.

Resulta paradójico que esta Ley, confeccionada por quienes comparten ideología con uno de los bandos en la guerra civil, condenen ahora los procedimientos que, para ellos, fuera conducta habitual antes y durante el conflicto civil.

No se hace alusión alguna a los miles y miles de ciudadanos españoles que fueron ejecutados en la España republicana, sin ningún tipo de juicio ni tribunal, a manos de los milicianos sin escrúpulos o tribunales populares. El diferente tratamiento dado a los asesinados, según su color político, es claramente tendencioso; de García Lorca se han escrito numerosas obras, poemas, espectáculos teatrales y está permanentemente de actualidad, en el otro lado nadie se acuerda de Muñoz Seca, el intelectual Ramiro de Maeztu y hasta el futbolista Monchín Triana.

En los arts. 11 y 12 se establece el procedimiento para que los descendientes de las víctimas puedan localizar e identificar a las personas desaparecidas violentamente durante la contienda civil y darles digna sepultura. Al amparo de esta disposición, han aparecido diversas asociaciones y grupos interesados que levantan fosas en busca de restos humanos y que se benefician de la generosa cantidad con que el gobierno ha dotado estas actividades; hasta el momento treinta millones de euros.

Es una loable aspiración pero, como siempre en esta Ley, se olvida que fueron también muchos en el bando nacional que sufrieron persecución y violencia por parte de las autoridades republicanas y cuyos restos no han sido localizados. Cuando en la búsqueda de fosas –donde se supone se encuentran soldados republicanos–, aparecen del otro bando –como recientemente ocurrió en Consuegra–, se tapan de nuevo y no se da publicidad. Tristemente, para muchos no será posible la exhumación; me refiero a los asesinados en los barcos prisión de la República, marinos en Cartagena, ejecutados en Santander y Bilbao, cuyos restos fueron arrojados al mar; y tantos y tantos aparecidos en las cunetas.

Como dice el enunciado de la Ley, se trata de establecer medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la Dictadura. Solo exclusivamente para el bando republicano.

El art. 15 se refiere a símbolos y monumentos públicos; y como en los anteriores, es de una parcialidad y sectarismo lamentables. Se entierra buena parte de nuestra historia reciente como si no hubiese existido, permitiendo unos recuerdos y exaltación sólo de un bando: el perdedor. Se encarga a las Administraciones públicas que «retiren escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones, personales o colectivas, conmemorativas de la sublevación militar, de la guerra civil y la Dictadura».

Consecuencia de ello es que se han suprimido, con una notable ignorancia de los responsables, toda clase de recuerdos y alusiones a muchos militares heroicos, mártires reconocidos que incluso han alcanzado los altares y personas no afectas al régimen republicano. Los militares hemos sufrido la postergación y olvido de buena parte de aquellos que heroicamente defendieron sus ideales y que en todo momento sirvieron a España. Los que hemos tenido la obligación moral de defender la memoria de héroes corporativos, se nos ha remitido a una «Comisión de expertos» pudiendo descubrir de manera lamentable su ignorancia en temas militares. Han desaparecido estatuas de gran valor de figuras que han entrado en la historia, escudos de los Reyes Católicos, inscripciones de dudosa adhesión y nombres de calles y plazas sustituidas por otros que denotan la supina ignorancia de los autores. El caso, por ejemplo de Millán Astray –que no participó en la guerra por sus limitaciones físicas–, pasó a formar parte de la historia como fundador de la Legión en 1920; las estatuas de Franco –retiradas de forma alevosa en no pocos casos–, lo son como primer director de la Academia General Militar en Zaragoza y cofundador de la Legión en Melilla; nada que ver con la posterior Dictadura.

La parcialidad de esta Ley se pone de manifiesto con la realidad del momento. Pese a lo que la misma Ley señala en relación con los símbolos y monumentos conmemorativos de la guerra civil –que dice estar sustentada en el principio de evitar toda exaltación de la sublevación militar, de la guerra civil y la Dictadura–, los ciudadanos tienen derecho a que los símbolos públicos sean ocasión de encuentro y no de enfrentamiento, ofensa o agravio.

La realidad es que siguen existiendo en Madrid estatuas de Largo Caballero y Prieto, verdaderos responsables de la guerra civil; Companys tiene en Cataluña calles y recuerdos permanentes; en Las Palmas el hospital de la ciudad lleva el nombre, nada menos, del doctor Negrín, uno de los personajes más lamentables de la contienda civil, que recientemente ha dignificado el PSOE; también Dolores Ibarruri, la conocida activista comunista, tiene calles en la España de hoy. Hace pocas fechas en la Universidad Complutense de Madrid, se ha inaugurado un monumento a las brigadas internacionales por el actual rector, José Carrillo, hijo del dirigente comunista Santiago Carrillo; que, por cierto, es doctor «honoris causa» por la Universidad Autónoma de Madrid y que estuvo presente en el acto, con exaltaciones a la guerra civil, a la República y a la Internacional.

Se ha cumplido lo que establecen los arts. 15 y 16 de esta Ley pero se conserva, mantienen y se fomentan, todos aquellos recuerdos, estatuas, calles y escudos del bando republicano en la guerra civil, ignorando el precepto que la misma Ley establece, que los símbolos públicos sean ocasión de encuentro y no de enfrentamiento, ofensa o agravio. ¿Que pensarán los herederos de aquella media España que sufrió los asesinatos, persecución o violencia por las autoridades republicanas y Frente Popular?

En una reciente visita que realicé a Budapest, pude observar el tratamiento que en Hungría se ha dado a una cuestión similar. Los húngaros soportaron la dictadura soviética durante décadas, hasta la caída del muro en 1989, como el resto de las naciones del telón de acero. En aquella ciudad y en un parque a las afueras de la urbe, han instalado el conjunto de recuerdos de aquella época; y así pueden contemplarse las estatuas de Stalin, Marx, Lenin, Trotsky y toda clase de símbolos, calles, placas monumentos, etc. Los húngaros han preferido, a mi juicio con mucho acierto, no renunciar ni enterrar páginas de su historia que las generaciones venideras tienen derecho a conocer.

La Ley es reiterativa al afirmar que «quiere contribuir a cerrar heridas todavía abiertas en los españoles y dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la guerra civil o de la represión de la Dictadura». Esta redacción ignora a los del bando nacional que también sufrieron las consecuencias de la contienda pero de manos de la autoridad republicana y Frente Popular. No es admisible la discriminación que contiene.

3.- La otra Memoria Histórica

Si realmente los españoles deseamos resucitar la Memoria Histórica, ésta deberá ser completa. Sólo la miopía política, el sectarismo y un inútil afán de revancha pueden explicar que se promulgue una Ley de estas características. ¿Qué se ha conseguido? Sólo dar satisfacción a una minoría radical a cambio de unos pocos votos.

La Memoria Histórica completa habría que explicarla partiendo del cambio político que se gestó en 1930. En ese año se celebra el 17 de agosto, lo que se conoció como el pacto de San Sebastián que preside Fernando Sasiaín con la asistencia de los Azaña, Leroux, Domingo, Maura, Casares, Prieto, entre otros, a los que se adhiere Marañón, con el objetivo de derribar el régimen monárquico y sustituirlo por una República de carácter democrático, «Delenda est Monarquía». Debía producirse un golpe militar al que se adelantaron, en Jaca, los capitanes Galán y García Hernández. Los Ortega y Gasset, Marañón y Pérez de Ayala crean, con su mejor voluntad, la Agrupación al servicio de la República y, muy pronto, comprenderían la inviabilidad del nuevo régimen. Varios hijos de los promotores se alistarían en el ejército de Franco como alféreces provisionales encontrando, alguno de ellos, la muerte en combate.

Los dirigentes republicanos no deseaban una República democrática del modelo de las naciones más desarrolladas, su objetivo era alcanzar un sistema del estilo soviético, al que admiraron siempre: la dictadura del proletariado. En el Madrid republicano las calles y monumentos cambiaron de nombre por los de la dictadura soviética; todos recordamos la puerta de Alcalá adornada por gigantescos retratos de los ídolos soviéticos. Claro ejemplo es la Ley de Defensa de la República, claramente antidemocrática, pues prohibía toda crítica con graves represiones.

Es doloroso recordar diferentes sucesos en nuestra historia reciente que lamentablemente hay que desempolvar como razonable reacción a la Ley que nos ocupa.

Como ya he indicado, los republicanos no ganan las elecciones municipales de 1936, pero con la táctica marxista, de probados resultados, se adueñaron de la calle sin posible vuelta atrás. A partir de ese momento se inicia la política del terror con quema de templos, detenciones indiscriminadas, con la pasividad de las fuerzas de orden publico fieles al gobierno y sin protección para los ciudadanos desafectos al nuevo régimen.

En 1933, tras la victoria de la CEDA en las urnas, los partidos de la izquierda presionan al pusilánime presidente de la República Alcalá Zamora y evitan, «democráticamente», que los vencedores formen gobierno, que iría a parar finalmente a los radicales de Leroux. En la campaña electoral destacaron las arengas de los socialistas Largo Caballero y Prieto, quienes animaban a los suyos afirmando que si no ganaban en las urnas alcanzarían el gobierno –dictadura del proletariado–, con las armas.

En 1934, en una enajenación colectiva, se produce la revolución de octubre, llegándose a un conflicto armado en Cataluña, donde Companys llega a proclamar el estado catalán; y en Asturias, en una guerra formal por la sublevación de los mineros; todo ello produjo cerca de 2.000 muertos.

El deterioro social y los odios generados llevaron a España a una guerra civil, deseada por la izquierda marxista, como no ocultaban sus dirigentes. Hay que recordar tristemente las amenazas de muerte en el parlamento al líder de la derecha Calvo Sotelo; al poco era asesinado por el aparato gubernamental. Se trató de oscurecer el suceso con el asesinato del Teniente Castillo, instructor de las milicias del PSOE, quien a su vez había abatido, sólo unos días antes, al falangista Sáez de Heredia, primo de José Antonio.

Aunque el alzamiento llevaba algún tiempo gestándose, el referido suceso fue el detonante para la sublevación militar a la que siguió media España.

Desde la iniciación de la guerra llegan, al margen de lo que ocurre en los frentes, inexplicables sucesos en la zona republicana que se omiten en la Ley que comentamos; se repiten encarcelamientos, asesinatos y una crueldad impropia de países civilizados. El Madrid republicano se caracterizó por la persecución con saña a todo aquel desafecto al régimen que, una vez detenidos, eran conducidos a checas donde sufrían tormento y muchas veces, la muerte. Las cárceles Modelo, Porlier, Ventas, San Antón, entre otras, se hicieron tristemente celebres; los paseos, la brigada del amanecer, las sacas, los asesinatos anónimos, el túnel de Usera, son recuerdos lamentables de los que hay sobrada información.

Las cunetas de la carretera de la Coruña, sembradas de cadáveres en el completo relato de Félix Schlayer, cónsul noruego, resultan escalofriantes; y su actuación resultó fundamental para salvar muchas vidas, pues recurrió a las embajadas y el Reino Unido intervino a favor de los presos. El ministro Álvarez del Vayo tuvo que justificar, sin éxito, la actuación de la República.

En una ley de Memoria Histórica no puede ignorarse la sangrienta persecución a la iglesia católica. Sobre 8.000 religiosos fueron ejecutados en la España republicana por variados procedimientos; el hecho de ser católico y no abjurar de sus creencias suponía una muerte violenta. Las monjas, en infinidad de conventos, se vieron vejadas, violadas y asesinadas; y alguna comunidad religiosa, mi colegio de los agustinos, tanto los de la calle del Barco en Madrid como los del monasterio del Escorial, tras llevarlos a la Modelo, fusilados todos.

Se han olvidado de los barcos-prisión, los Altuna Mendi, Cabo Quilates, Mar Negro, Jaime I y otros, donde los desgraciados prisioneros eran mancillados, asesinados en sus cubiertas, sin juicio ni defensa alguna, y finalmente arrojados al mar.

Mención aparte merece Paracuellos, en una acción sólo comparable con las fosas de Katyn –la matanza llevada a cabo por los soviéticos–, que también ignora esta Memoria Histórica. Con el pretexto de trasladar a los presos de las cárceles madrileñas ante la proximidad de las tropas nacionales a la capital, entre los días 7 y 14 de noviembre de 1936 fueron efectuadas «sacas»; se calcula en 9.000. Conducidos en autobuses fueron llevados a Torrejón de Ardoz y Paracuellos y fusilados junto a unas fosas previamente abiertas para ese fin; fue precisamente el ya citado Félix Schlayer quien descubrió el genocidio; se calcula entre  4.000 y 7.000 los ejecutados esos días.

La consejería de Orden Publico de la Junta de Defensa de Madrid estaba desempeñada por Santiago Carrillo y a sus órdenes, como delegado, Serrano Poncela, quien con la aprobación de su superior se encargó de seleccionar los presos que debían ser asesinados en masa. El turno se iniciaba con militares de empleo superior a capitán, a continuación falangistas y luego las personas detenidas desafectas al Frente Popular.

Las sacas terminaron, afortunadamente, por las protestas de otras naciones y el nombramiento como encargado de prisiones de Melchor Rodríguez, «el ángel rojo» que, hecho prisionero, al final de la guerra fue indultado por Franco.

La Barcelona de Companys se convirtió en una ciudad sin ley donde campaban milicianos, anarquistas y malhechores a su antojo. Las casas eran desvalijadas y expoliadas y los asesinatos, decididos caprichosamente, aterrorizaron a la población.

Como es evidente, repasando este lamentable relato es claro que hubo infinidad de españoles que sufrieron persecución o violencia durante la guerra civil por las autoridades republicanas y el Frente Popular y que la presente Ley ignora. Es hora de la reconciliación, que se desaprovechó tras la Ley de Amnistía; y, enterrando odios y rencores, olvidemos aquellos sucesos tan penosos de nuestra historia.

España necesita de la unión de todos sus ciudadanos, cerrar sus heridas y crear de nuevo, con generosidad, el espíritu de concordia de la transición que se plasmó en nuestra Constitución. La Ley que he comentado no es la más adecuada para esos objetivos pues confunde, sobre todo, a las generaciones más jóvenes que tienen derecho a conocer, completa, nuestra historia reciente.

Como decía Benedicto XVI, en su reciente visita a Madrid con motivo de las JMJ, a los jóvenes: «Que no os oculten la verdad». 

SUFICIENTE, PERO DECEPCIONANTE                                                                                              arriba

ENRIQUE HERMANA

Las urnas han definido y determinado la situación. Rajoy ha conseguido auparse al fin al trono del que un inepto increíblemente malvado le apartó dos veces. Su táctica de hacerse tolerable sin hacer sangre y de no arriesgar, esperando ver pasar el cadáver de su enemigo, le ha servido para alzarse con una mayoría absoluta holgada. Pero a costa de que su oponente, el PSOE, haya perdido 4,5 M de votos, no por el mero medio millón que ha conseguido él de más, respecto a las anteriores generales. Es decir, ha perdido el PSOE, no ha ganado el PP. Aunque el resultado sea suficiente para poder legislar con soltura, imponiendo a la sociedad los ajustes que ésta necesita, no ha conseguido ilusionar a los españoles. Y bien que lo pretendió en los últimos días de la Campaña, cuando al fin perdió el miedo a fracasar de nuevo. Ahora empieza el tiempo de confiar en  los resultados de lo que esperamos sea su buena, sensata e ilusionante gestión.

Lo de ilusionante debería ir al principio. Toda crisis es una carencia de confianza. Nadie se fía de nadie y cada cual se retrae en su dominio más pequeño, intentando asegurarse sin arriesgar en terreno ajeno. Y un cambio de ambiente, de timonel, propicia esa recuperación de la confianza. Y un resurgimiento de la ilusión por el trabajo pendiente de realizar.

Quienes hemos vivido en España la década de los cuarenta del pasado siglo podemos saber de qué se trata. En una situación de penuria agobiante, en la que todo futuro se anuncia mejor, la ilusión por el trabajo colectivo, por el reto común, crea solidaridad social, metas u objetivos comunes, y satisfacciones personales. Eso debiera haberse manifestado en las pasadas elecciones del 20 N. Como Rajoy pedía al final, una ilusión colectiva por solucionar nuestra crisis actual y demostrar a Europa nuestra capacidad nacional de esfuerzo y éxitos colectivos.

NNo lo consiguió. Su aproximación timorata a los problemas, eludiendo toda alusión a temas conflictivos, más allá de la economía, le ha impedido conectar con el sentir social, y alinear al pueblo español tras su gestión. La partitocracia ha conseguido una vez más mantener dividida a la sociedad española en perdedores resentidos y ganadores exultantes, ignorantes ambos de que se trata de una tarea común. Una tarea en la que podríamos –podremos– demostrar nuestra capacidad como pueblo para superar situaciones difíciles y ponernos en la cabeza del progreso. Algo que nos ilusionaría –nos ilusionará– personal y colectivamente. Algo que conseguirá sofocar los alocados sentimientos separatistas de esos sectores obnubilados de nuestra Nación que cultivan continuamente un sentimiento de agraviados.

Lo lamentable es que Rajoy no haya intentado ilusionar hasta el último momento. Y que la sociedad española no haya resonado con ello. La mejor demostración de esa preocupante separación entre los sueños de Rajoy y la dura realidad, el dato que evidencia la sintonía entre lo que debiera haber sido y lo que ha sido es la pérdida de 185.000 votos por el partido socialista en el País Vasco, de los que sólo escasos 700 han sido retenidos por el PP allí. Rajoy no ha conseguido acertar con la música seductora que necesita el momento. Nos jugamos el futuro, y el 55% del pueblo español se ha retraído hurañamente. Una vez más, el sectarismo político ha malbaratado la ilusión nacional. 

JÓVENES SIN LUGAR NI TIEMPO (Reflexiones en torno a la educación)             arriba

MANUEL PARRA CELAYA. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación (Pedagogía)

Dicen que los que estamos en contacto permanente con los jóvenes tardamos más en envejecer, y puede que sea cierto. También nos dejó dicho el Maestro D´Ors que «mal maestro, el que, en asignatura de alegría, no es discípulo de sus discípulos», y seguro que es verdad. Pero lo que casi nadie suele decir es que los que somos educadores de vocación y de profesión nos sentimos muchas veces sometidos a una desazón interna cuando observamos en los educandos aspectos que quisiéramos encauzar por otros derroteros, y un muro, aparentemente infranqueable, se yergue frente a nuestra acción pedagógica.

No se trata de ejercer latosamente de «consejero» («Un consejo a fuer de viejo: nunca sigas mi consejo», que dijo Machado); ni de pretender, ilusoriamente, que la siembra tenga efectos instantáneos (por el contrario, es una inversión a largo plazo, en el mejor de los casos); ni de perseguir, absurdamente, que una generación adopte las pautas de las precedentes (por más que lo intente el orbe «progresista», que lleva echada a perder, por lo menos, dos generaciones de españolitos).

La desazón, casi un desvivir algunos días, viene dado por la constatación de que el marco ideológico que nos envuelve a todos –a ellos, los jóvenes, y a nosotros, los no tan jóvenes– promueve, de forma intencional, una serie de rasgos, germen de contravalores, de fácil arraigo en las mentes adolescentes, aunque, a Dios gracias, de imposible aceptación por parte de quienes procedemos, ya no tanto de otra época, como de otros ámbitos educativos.

No me refiero a ideas ni a creencias en este caso; mucho menos, a pautas sociales. Cada generación tendrá las suyas, en ocasiones en abierto rechazo contra las de la generación anterior, y ello no debe asustar. Como constantes, los jóvenes en general (se me hace cuesta arriba hablar de «juventud» en abstracto) siempre han mostrado su espontaneidad vital, su rebeldía –esporádica en nuestros días– y, como aspecto muy positivo, su sentido solidario. Siempre ha sido así y siempre (esperemos) lo será.

Decía que no me refiero a ideas, creencias o pautas de comportamiento porque, previas a ellas, están las referencias indispensables, y en este punto estriba lo más negativo del momento que nos ha tocado vivir. Mi tesis es que a los jóvenes se les han hurtado las referencias más elementales para la construcción de su personalidad individual y social: el lugar y el tiempo.

Kant definió ambas como «formas a priori de la sensibilidad humana». Prescindamos ahora de la crítica a esta concepción idealista que no atinó a explicar la experiencia «real» de uno y de otro; lo cierto es que, tanto lugar como tiempo, son previos (a priori) a cualquier interpretación del mundo que nos rodea, para formarse una cosmovisión o, si se quiere, una «hoja de ruta» personal ante acontecimientos, ideas o valores. Son categorías imprescindibles en la construcción de la persona y su carencia contribuye a un proceso de «des-humanización» casi animalístico.

Hablar de «aquí» y «ahora» implica necesariamente hacerlo del «allí», del «más allá», del «cerca», del «lejos», en cuanto al espacio; del «antes», del «después» de la mediatez o de la inmediatez, con respecto al tiempo. Y he aquí que tanto el «aquí» como el «ahora» se han convertido en absolutos,sin ninguna referencia fuera de ellos mismos.

En cuanto al lugar, advertimos que estamos sometidos a la acción de dos fuerzas contradictorias aunque complementarias: la globalidad y el localismo; no descarto que la segunda tenga mucho de reacción y de miedo frente a la primera en muchos casos (de ahí su complementariedad) ni que la primera pueda ejercer de fuerza correctora de los excesos de la segunda.

La globalización no es sinónimo de universalidad, en tanto que esta precisa, a su vez, de un referente previo. Así, aterrizando, entender Europa o América implica el referente previo de España; entender el mundo necesita el igualmente previo del marco cultural, y aún político, europeo. Por virtud de los cánones de la Educación Formal de nuestro momento, los referentes se han disuelto en lo global y se han concretado en lo estrictamente localista; según los niveles de Enseñanza, el joven siente lo local como «su» barrio (ni siquiera su ciudad) o su Comunidad Autónoma, en el caso tan generalizado de que prive el particularismo en los planes de estudio, como viene ocurriendo en Cataluña… y no sólo en Cataluña. No conozco en profundidad el alcance de la Geografía en Primaria y Secundaria, pero, por datos concretos y no anecdóticos, saco dos conclusiones: la ausencia de sistematización en su estudio y su incidencia puramente mínima en el caudal de referencias personales.

Otro tanto se puede decir del tiempo: la Historia, tanto la de aspectos políticos, socio-económicos o la de la evolución del Pensamiento humano, parece centrarse en fragmentos seleccionados según un calendario «políticamente correcto» e, igualmente, su valor educativo queda reducido a las «ideas-clave» que se han pretendido transmitir y que obedecen casualmente a una interpretación muy concreta. Lo evidente es que el joven carece de una visión totalizadora de la historia. Además, basta con repasar los anaqueles de las librerías para advertir que sigue habiendo una historia «de izquierdas» y, en menor cuantía, una historia «de derechas». No hay ni que decir cuál es la que prevalece en las aulas…

Todo esto unido al rechazo de los «grandes relatos» y de la Filosofía de la Historia, propio de la Postmodernidad, nos ha llevado a que se cumpla el anatema de Nietzsche: «Hay que acabar con ese horrible imperio del absurdo y del azar al que hasta ahora se le ha dado el nombre de Historia».

También en cuanto al tiempo, no hace falta recordar hasta qué punto ha sido borrada cualquier referencia a la eternidad:: una visión inmanentista es abrumadoramente mayoritaria en el mundo juvenil, sin que exista la menor alusión a una interpretación trascendente del ser humano; ya hemos dicho que el «después» ha quedado borrado de su relación con el «ahora», aunque este «después» se refiera a las postrimerías.

Las consecuencias inmediatas son que el joven crece y se forma sin lo que puede implicar el concepto de «tiempo»; ni siquiera la propia tradición cultural, a excepción de aquellas formas que han querido ser promocionadas como «hechos diferenciales». Lo pasado es lo «viejo», lo que carece de importancia.

Por otra parte, a esta eliminación del pasado como referencia se añade la difuminación del futuro,que en ningún caso puede ser contemplado como posibilidad atractiva ante las incertidumbres; sólo se permite una «mirada corta», pero, en todo caso, no está autorizado un sugestivo «plan de vida».

Sin referencias de lugar ni tiempo, el joven es obligado a vivir en un presente localizado. El tópico anti-sistema de «piensa en global y actúa en local» no hace más que acentuar la perspectiva miope que se le permite, porque para entender los problemas a los que hay que enfrentarse se precisa conocer su génesis y su alcance, su trayectoria y su difusión, sus causas y sus efectos, y todos estos pormenores quedan alejados de las mentes juveniles.

La tarea del educador debe empezar por ofrecer a sus educandos las referencias necesarias para construir su interpretación del mundo. Para ello, lo primero es rechazar el axioma de que «la educación no consiste en transmitir conocimientos» y el otro, no menos dañino, de que sólo hay que «enseñar a aprender». El aprendizaje precisa, inexcusablemente, de referencias donde ir situando las nuevas adquisiciones, nunca esperar a que un sortilegio llamado «motivación» espontánea opere el milagro. Como en tantas otras cosas, hay que empezar a derribar tópicos consagrados con los que la moderna idolatría del progresismo ha cercenado las inteligencias.

Hay que volver a hacer del hombre un ser con conciencia real del «lugar» y del «tiempo».
Luego ya discutiremos si el currículum escolar debe contener tales o cuáles niveles de información.

Queremos democracia real                                                                       arriba

JOSÉ MARÍA ADÁN GARCÍA. Abogado.

El ámbito ciudadano de «los indignados» es mucho más amplio y con motivaciones más profundas que el de los que se atribuyen dicha calificación en algaradas y manifestaciones. Estas por su origen y por la absorción que de su protagonismo intentan partidos y grupos causantes directos de las carencias de nuestra democracia, no llegan a aglutinar el sentir general, pues no están claros sus objetivos y se sospecha su manipulación electoralista.

Esperamos pues que la sociedad con su instinto justiciero, descubra a tiempo cualquier maniobra y no consigan sus fines, en el fondo negadores de la democracia que dicen propugnar.

Sin embargo algunas de las consignas promovidas por algún sector autentico, que también los hay, «compañeros de viaje» del Movimiento del 15M, son válidas, si las consideramos independientes del resto del popurrí ideológico-táctico que lo conforma.

¿Acaso el partido comunista que se ha precipitado a intentar compartir la movida a estas alturas, puede presentarse como «demócratas de toda la vida»?

¿En qué país del mundo donde estén en el poder hay democracia? (Corea, China, Cuba...).

¿Cuál ha sido la democracia existente en los países del este europeo, hasta la caída del Muro de Berlín?

¿Acaso el partido socialista, que protagonizó la Revolución de Asturias y el Frente Popular contra la República Democrática, y que ahora ha obstaculizado hasta la saciedad el sistema democrático, construido con esfuerzo sobre el espíritu de concordia de la transición, puede hablarnos de democracia real?

¿Quién ha proclamado y llevado a efecto «la muerte de Montesquieu»?

¿Quién ha implantado y aplicado inmisericordemente el pacto de Tinell, negando todo acuerdo o colaboración con la oposición (al menos media España), aunque eso fuera contrario al interés general y al revés de lo que se practica en los países de democracia más avanzada?

¿Quién ha suplantado la soberanía nacional, que corresponde al conjunto del pueblo español y no a ninguna de sus parte, potenciando los objetivos de las minorías secesionistas, a cambio de su apoyo para permanecer en el poder?

¿Quién pretende imponer el «pensamiento único», en los medios de comunicación social e incluso en la enseñanza de los niños a través de una partidista asignatura como la «educación para la ciudadanía»?

¿Quién ha mantenido la ley electoral, cuyos resultados son antidemocráticos, pues implican el predominio –mediante pactos espurios– de las minorías secesionistas, sobre la mayoría democrática?

¿Quién ha politizado y ocupado escandalosamente (de lo que son un ejemplo las sentencias sobre el Estatuto Catalán, Bildu y Faisán...) el poder judicial?

¿Quiénes propugna una deriva totalitaria, imponiendo el aborto, la eutanasia, la supresión del crucifijo en las escuelas, la memoria histórica solo de una de las partes, el laicismo obligatorio... a una sociedad cuyos sentimientos son mayoritariamente ajenos a esas pretensiones?

¿Quiénes nos han llevado a la mayor reforma antisocial y super capitalista y al desastre de 5 millones de parados?

No. No están legitimados para hablarnos ahora de democracia real.

Tenemos razón los indignados, cuando decimos que nuestra democracia es aparentemente formal, e injusta y no permite la participación real de la ciudadanía. No sólo por las razones expuestas que la han desfigurado; sino porque hay realidades institucionales y legales que la impiden.

Ya en su origen, al establecer los partidos políticos como único y exclusivo cauce de participación, se están excluyendo intereses sociales e instituciones que quedan fuera del ámbito de los partidos.

Todo ello se acentúa, si además los partidos:

·   No representan a la mayor parte de la Sociedad que es ajena a los mismos y su militancia es exigua respecto a la población total.

·         No son democráticos en su funcionamiento interno.

·         Utilizan su sistema electoral de listas cerradas, formadas al margen incluso de sus propias bases, por sus cúpulas convertidas en un sindicato de intereses.

·         Reiteradamente ponen los intereses del partido y su permanencia en el poder por encima del interés general. De ello es un ejemplo sangrante la radical exclusión de acuerdos necesarios de interés nacional, entre los partidos mayoritarios y el pacto espurio con los nacionalismos identitarios.

·         No tienen como objetivo principal el bien común, si no conformar al ciudadano y a la sociedad según sus dogmas, a veces trasnochados. Por lo tanto dejan al margen de su acción política, aquello que no interesa al partido o no sirve para sus fines prioritarios que son los electorales, para permanecer en el poder.

·         No facilitan la representación real de la sociedad en los centros reales de poder económico, financiero, cultural, ideológico...

·         La participación real se reduce a emitir cada cuatro años una papeleta para elegir una candidatura cerrada y ajena con los límites que señalan las posibilidades subvencionadas de financiación y propaganda.

·         Ocupan nepóticamente y con grave carga para la sociedad, no sólo los poderes del Estado, sino incluso las entidades intermedias entre ambos.

·         El sistema de votación en las Cámaras legislativas impide la libre opinión de los parlamentarios, sometidos al imperativo del partido a través de su portavoz.

·         Las áreas específicas de concurrencia socio-política carecen de cauces propios de participación (la mujer, la juventud, los jubilados, los trabajadores, los empresarios…) subsumidos, sin voz propia, a la estructura dogmática del partido.

·         La ocupación partidista previa de las estructuras del poder (financiación por bancos y cajas politizadas) y el monopolio previo de los medios de comunicación social, limita la libre concurrencia.

·         La institucionalización del clientelismo político (diputados, alcaldes, concejales con sueldos desorbitados) a lo que hay que añadir miles de asesores ¿de qué? Y funcionarios ingresados anormalmente, no sólo en la administración, sino también en miles de empresas públicas, mixtas, participadas… muchas de ellas innecesarias y deficitarias, que no sólo gravan al ciudadano, sino que suponen una red de intereses limitativa de la libertad.

·         La conversión de los sindicatos en correas de transmisión del dogmatismo e interés de los partidos. Es escandalosa la inacción sindical frente a un gobierno con cinco millones de parados. Los sindicatos han renunciado a su afán, inherente al sindicalismo, de innovación social y de defensa de los intereses de los trabajadores. También se subvencionan millonariamente a costa de la presión fiscal al ciudadano, cuando deberían financiarse con la cuota de sus afiliados. A ello hay que añadir el escándalo de los cientos de miles de «liberados», agentes pagados de una acción sindical obediente a su partido.

·         La politización partidista del poder judicial (jueces de «IV turno», magistrados de reconocido prestigio, forma de denigración del Poder Judicial, Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo, Tribunal de Cuentas, Consejo de Estado, Fiscal del T.S…) impide las garantías inherentes a un Estado democrático de derecho y la igualdad de los ciudadanos ante la ley.

Finalmente, si a todo ello sumamos, las crecientes diferencias de derechos y obligaciones (políticas, sociales, fiscales, idiomáticas, culturales, asistenciales) que implican la anómala y antidemocrática aprobación de algunos estatutos autonómicos como es el caso catalán…

La conclusión es que el sistema parlamentario, exclusivo de los partidos políticos, tal como lo tenemos establecido en España, dista mucho de ser una democracia real, social y participativa.

Por estas razones, comparto, plenamente la afirmación inicial de los indignados, de que «queremos una democracia real».

¿Quiere esto decir que hemos de suprimir los partidos políticos o el sistema parlamentario? Evidentemente no. Eso nos llevaría directamente al totalitarismo. Los partidos garantizan el pluralismo de la sociedad y la posibilidad de asociación por afinidad de ideas, lo que es consustancial a libertad.

Pero sí nos lleva a la conclusión de que hay que reformar el sistema y corregir sus corruptelas. De que hay que completar el sistema de participación de los partidos con otros cauces de representación de intereses colectivos, que no están suficientemente representados.

Una democracia real, no es sustituir el sistema parlamentario por una representación asamblearia, convocada irregularmente, sin ninguna legitimación democrática previa, dirigida por elementos partidistas, según las conocidas técnicas del agitrop, para conducir a los siempre minoritarios asistentes hacia sus propios propósitos. Esa táctica –parecida a los soviets decimonónicos–, conduce siempre al totalitarismo. En el mejor de los casos a reforzar la deficiente partitocracia que padecemos.

La pretensión de que queremos una democracia real, debería ser acompañada –si de verdad se pretende– de la propuesta de las reformas necesarias para lograrlo. Es una convicción compartida por los teóricos de la política de occidente que los partidos políticos, aunque necesarios para garantizar el ejercicio de la libertad y la participación democrática, están lejos de representar los intereses de la sociedad y se han convertido en un sindicato burocratizado de intereses propios.

Max Beloff, Zampetti, Ardigo, Bogalini, Diberger, Walter Lippmann, y más recientemente Cianni, Vettino, Roberto Manglades, Hans Herbert, Joannes Ran, Sosa Wagner, en su reciente obra El Estado fragmentado, Wetts Ronan en el suyo sobre Sistemas liberales comparados y textos tan importantes como Democratie in Europe de la editorial Tuttlingen Moliz Siebec así lo evidencian. En realidad estos pensadores actualizan, ante los fallos actuales de los sistemas parlamentarios a través exclusiva de los partidos, el pensamiento procedente principalmente de izquierdas de Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, Salvador de Madariaga en su libro Autarquía y anarquía, Alfonso Posada, Hegel, el Krausismo, el pensamiento organicista de la Institución libre de enseñanza, Gines de los Ríos, Husley, Mendes France y José Antonio Primo de Rivera.

Es necesario romper la exclusividad de acceso al poder político de los partidos y completarla –no sustituirla– con otros cauces por los que otros afanes colectivos puedan participar en el poder político como sindicatos, cámaras, territorios, etc.

Pero esto, aún siendo básico, no elimina las anomalías que la actual regulación y funcionamiento que los partidos políticos tienen. Sería como poner una cataplasma sobre una herida infectada, sin sanearla previamente.

Por eso es imprescindible democratizar la democracia parlamentaria y su base que son los partidos políticos.

Sólo con ambas medidas se alcanzará una democracia real. Alcanzar este objetivo requiere modificaciones legislativas ya inaplazables, entre las que cabe citar:

·         Nueva ley de partidos políticos, que contemple su autofinanciación y su democratización.

·         Nueva ley electoral estableciendo la exigencia de implantación nacional y una segunda vuelta para los partidos mayoritarios, para participar en las cámaras legislativas.

·         Nueva ley sindical que exija su autonomía, su independencia, su autofinanciación y su proporcionalidad representativa en relación con el número real de sus afiliados, respecto al conjunto de la población laboral.

·         Nuevas leyes del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional, garantizando su independencia y su constitución al margen del poder ejecutivo y de los partidos políticos.

·         Modificación de la ley sobre educación para la ciudadanía, que evite todo adoctrinamiento partidista.

·         Modificación de la ley de la Memoria Histórica, para que contemple con objetividad, lo que corresponda a cada una de las partes de la Guerra Civil.

·         Reconversión de los estatutos autonómicos en los que se haya transferido funciones o competencias que por su propia naturaleza correspondan al Estado, garantizando la igualdad ante la ley de los ciudadanos españoles en todo el territorio nacional, limitando su capacidad de gasto; y delimitando competencias a fin de evitar costosas duplicidades. Medidas todas ellas dichas a título indicativo y no exhaustivo, pues implican numerosas modificaciones legislativas.

No podemos terminar estas consideraciones, sin hacer alusión a su fundamento. La democracia se convierte en una «superestructura formal», si no está enraizada en la profunda libertad de la persona.

Las libertades esenciales de conciencia; de religión; de asociación; de reunión; de manifestación; de acceso a los medios plurales de comunicación social; de elección por los padres y por los promotores de sistemas educativos, de la enseñanza que desean para sus hijos; de utilizar libremente el idioma que desean; de tener garantizada la igualdad ante la ley –hoy en crisis– son los cimientos «si ne qua non» para que sea posible una democracia real.

¡Queremos una democracia real!

NUEVO GOBIERNO, VIEJAS TAREAS                                                                                           arriba

armando merchante gil. General de Brigada, abogado, periodista y escritor

Por fin España dispone de un nuevo gobierno cuyo contraste con los padecidos desde hace siete años salta a la vista. No es extraño que haya sido acogido por la sociedad española con un suspiro de alivio como quien, al despertar, sale de una terrible pesadilla que le ha amargado la noche entera. Noche oscurísima y prolongada se puede llamar al pasado lustro y medio al que, utilizando una vieja expresión de nuestros liberales del siglo XIX, podíamos designar como «los mal llamados años».

Durante ellos, todos los esfuerzos de los gobernantes –llegados al poder al aire de un tremendo atentado terrorista cuyo origen han logrado borrar– se han dirigido a resucitar viejos odios, afortunadamente olvidados; a imponer a la sociedad española sus propios sectarismos muy alejados del sentimiento, de las ideas y de la idiosincrasia de nuestra sociedad, a enfrentarnos los unos a los otros, a tratar insensatamente con los terroristas vascos y, en definitiva, a intentar hacer real aquel deseo de que a España «no la conozca ni la madre que la parió», frase que unió la finura del lenguaje a la peor de las intenciones.

Afortunadamente aquella pesadilla ya pasó, aunque sus efectos ahí quedan y, entre ellos –si bien no el más grave– están los cinco millones de parados. Del paro se puede salir, y se saldrá pasado un tiempo si los nuevos gobernantes ganan el pulso que les espera.

De la degradación cívica y moral a la que ha sido inducida gran parte de la sociedad española, singularmente la más joven, no es tan simple que se recupere una sociedad víctima de un pésimo sistema educativo, de una propaganda ferozmente sectaria y, en consecuencia, falsa; únase a ello la pérdida de virtudes personales y colectivas, como vemos a diario en nuestro entorno y se comprueba día a día, cuyos principales inductores y modelos han sido los últimos gobernantes que hemos soportado.

Por ello, no es extraño que el nuevo gobierno haya sido acogido con un suspiro de alivio, al igual que cualquier realidad parece mejor al despertar de una terrible pesadilla.

Siguiendo un pensamiento que, en el fondo, se acoge al marxismo residual que pervive en Europa y, por supuesto, en España, los ciudadanos y los partidos que siguen el rastro del voto como único medio de comprender lo que está pasando en España, vienen considerando que la actual crisis económica tiene que ser abordada y resuelta exclusivamente mediante las doctrinas económicas en boga. De ellas algunas pueden ser acertadas pero no todas lo serán, con lo cual la confusión y la incertidumbre aumentan cada día.

En realidad, la tal crisis no es espontánea ni únicamente económica sino que se deriva de la falta de virtudes ciudadanas y cívicas, de la desaparición del  sentido de responsabilidad social y, en definitiva, de la pérdida, incentivada desde los poderes públicos, de las virtudes y comportamientos que articulan, dan solidez y cimentan firmemente una sociedad. Sin recuperar estos valores y virtudes, la crisis económica que padecemos no tendrá solución jamás.

¿Es que alguien cree que una sociedad puede sobrevivir cuando la mentira, el robo, la extorsión, la vagancia –ahora llamada absentismo laboral– el abuso de poder, el empleo sectario de las leyes sólo para provecho de quienes las proponen y aprueban, la burla, cuando no el rechazo violento, de todas las virtudes religiosas y cívicas, la corrupción rampante en todos los estratos sociales, el crimen e incluso el terrorismo se aceptan como cosa natural y perfectamente asimilable? ¿Es o no es esto lo que vemos diariamente en la España de hoy?

No se alivia una enfermedad grave cambiando de postura en el lecho. No se solucionarán nuestros problemas sólo con recetas económicas. El mal es muy profundo y la crisis económica tiene raíces muy amplias en la pérdida acelerada de valores cívicos y ciudadanos que, en consecuencia, han suprimido de la organización política y social aquellos principios que dan vida a una verdadera democracia.

Alguien en los tiempos iniciales del nuevo régimen enterró a Montesquieu, con lo cual lo que era una incipiente democracia se ha convertido en pura y simple partitocracia.

Como digo, bienvenido sea el nuevo gobierno con sus aparentemente acertadas recetas económicas; pero no todo es felicidad con el nuevo gabinete. Aparecen en él elementos que inducen, como mínimo, a la prudencia. Hay ya indicios de que puede continuar la perversa negociación con un terrorismo que ocupa ya un lugar en las Cortes de la Nación.

Tampoco aparece muy claro, ni es sencillo, que se vaya a frenar el enorme progreso que han hecho las tendencias secesionistas que ya disponen de un gran poder en las instituciones que gobiernan España.

Una de las cuestiones esenciales para la recuperación y consolidación de un sistema verdaderamente democrático reside en la absoluta independencia del poder judicial y su total despolitización, imposible de lograr en un corto plazo. Produce inquietud que el nuevo Ministro de Justicia, en sus primeras consideraciones, hable de «negociaciones» para acometer la tarea de renovación de los órganos situados en la cumbre del Poder Judicial sin cuya neutralidad política la democracia está seriamente condicionada.

En este sentido los antecedentes del Ministro de Justicia no inspiran mucha confianza. Ha endeudado a Madrid, sobrepasando todo límite racional; ha despreciado a las víctimas del peor atentado terrorista del Europa; no le ha interesado absolutamente la búsqueda y condena de sus verdaderos autores y ha permitido sin mover un músculo que la capital de la Nación pierda el mejor Museo de Historia Militar del mundo. Otra de sus decisiones al frente del Municipio madrileño ha sido insistir temerariamente, por segunda vez, en lograr para Madrid un Olimpiada desafiando advertencias y consejos que trataban de evitar unas inversiones fuera de lo razonable, dada la situación de las finanzas.

Su falta de sintonía con la bien gobernada Comunidad de Madrid y sus mismas manifestaciones en las que se considera «un verso suelto» en su partido, no abonan la necesaria confianza en un político que puede errar gravemente y cuya ambición sobrepasa con mucho sus capacidades.

A pesar de todo, los ciudadanos responsables deseamos fervientemente que el nuevo Gobierno acierte en llevar a cabo profundas reformas en un sistema que, de otra manera, puede llevar a la Nación a situaciones muy graves, mucho más peligrosas que el derrumbe de la economía.

Para que tal no ocurra es preciso que se comprometa a fondo en los cambios imprescindibles la parte mejor preparada, más noble, sensata y bien intencionada del nuevo Gobierno. Amén.

 EL CONTENIDO DEL CONTINENTE                                                                                                       arriba

aquilino duque. licenciado en Derecho; Poeta, narrador y ensayista

Al atardecer del martes 17 de mayo se presentaba en  el Salón Príncipe del Casino de Madrid el libro Memorias de Cuatro Españas, de Carlos Robles Piquer, en una jornada en que la cuarta de ellas, constituida en «democracia formal», se tambaleaba perpleja ante la «democracia real» que plantaba sus reales a dos pasos, en la Puerta del Sol, frente al antiguo Palacio de Gobernación. Es dudoso que cualquiera de los «desempleados y los inempleables» (Marcuse dixit) que montaban su baratillo a pocos metros del Casino se hubiera acercado a éste, entre otras cosas porque en la invitación que se cursó se avisaba que «Se exige atuendo adecuado. Caballeros: chaqueta y corbata. No se permitirá el acceso al Casino sin el cumplimiento de esta norma». Con unos versos del poeta y diplomático Diego Hurtado de Mendoza (Vendrá un embajador de gran linaje…) dio el tono del acto uno de los oradores, el embajador Ochoa Brun, aunque los que le siguieron en el uso de la palabra prefirieron centrarse en la «democracia formal» que estaba en juego y en el mal uso que últimamente se venía haciendo de ella.

Las «cuatro Españas» a que se refería en su libro el presente «embajador de gran linaje» son cuatro Españas sucesivas, a saber, la España de la II República, la de la Guerra Civil, la del Franquismo y la de la Democracia. Niño en la primera, adolescente en la segunda, inicia su carrera al servicio del Estado en la tercera para rematarla en la cuarta. Fue en los primeros pasos de ésta cuando yo lo conocí, cuando ya tenía a sus espaldas su primera embajada, la de Libia, en la que presenció en primera fila de barreras el destronamiento del rey Idris por el coronel Gadafi. Era ahora ministro de Educación en el primer Gobierno de la Monarquía, presidido por Arias Navarro, último presidente del Consejo designado por el mismo que había designado rey a don Juan Carlos. Yo acababa de volver de Roma y no daba crédito a mi suerte cuando se me encomendó escribir un libro sobre el Coto de Doñana. Y fue en el Coto donde conocí tanto al ministro como al secretario general técnico del ministerio, el economista Juan Velarde, otro de los presentadores de las Memorias de cuatro Españas. Pronto cesarían ambos en sus cargos, al ser sustituido Arias Navarro por Adolfo Suárez, aunque no por eso dejaron de seguir sirviendo a la nación, uno en su cátedra y en el Instituto Social de la Marina; otro en su condición de embajador, esta vez en Roma, donde se estrechó nuestra amistad. También en Roma conocí al otro presentador del acto, a Ochoa Brun, agregado cultural en la Embajada, de quien ya sabía por un trabajo suyo sobre la Fundación leonesa Sierra Pambley. Luego nos volveríamos a encontrar, siendo ya él embajador en Viena. 

No se reduce ni mucho menos a esas dos embajadas la carrera de funcionario público de Robles Piquer, que a España la sirvió no sólo en Europa, sino en continentes como el africano y el americano. Por ambos viajó mucho y tuvo ocasión de estudiarlos a fondo. No es fácil reseñar exhaustivamente las 662 páginas de una historia personal realmente exhaustiva y, aunque el autor trata de dar la impresión de que en /span> la España en que se encuentra más cómodo es en la España de la «normalidad constitucional», de lo que cuenta se desprende es que en la España en la que más facilidad tuvo para servir a la patria con eficacia fue en la hoy denominada como «franquista», y no por nada, sino por la calidad humana de los jefes y maestros que tuvo y por el tipo de valores que tenía el deber de defender. Esa etapa de formación e iniciación lo marcó, como lo marcó la de la guerra  civil, real incluso entre las cuatro paredes del hogar paterno, y de cuyos años da un testimonio valiosísimo gracias al diario de una hermana mayor que debió de ser una inteligencia superior. 

Uno de los servicios prestados bajo el «régimen anterior» fue el de la «orientación bibliográfica» que venía a sustituir a la censura pura y dura de etapas anteriores, una censura por cierto que ni siquiera entonces se caracterizó por su dureza ni por su pureza. Si hubo dureza en los años en que a mí me afectó, fue en el gremio al que yo pertenecía como mero alevín, el de la pluma y la brocha, cuyas cabezas visibles ejercían lo que ya entonces yo conceptuaba como «contradictadura cultural». Los episodios que cuenta Robles vienen a confirmar lo antedicho, y eso que él, hombre sin resentimientos, se limita a contar sus negociaciones en torno a una mesa bien servida con autores del porte de Vargas Llosa, García Márquez o Carlos Fuentes. Alguno de ellos le dispararía alguna que otra flecha de parto, de ésas tan alevosas del jinete en fuga. Alguna de ellas lo sería en mi obsequio, por así decir, para molestarme en cuanto amigo de Carlos, como la de un poeta, ya difunto, que colaboró con él de manera destacada en los fastos de los XXV años de paz.

De todos los afanes de Carlos Robles Piquer, a quien entre otras cosas valiosas debo mi libro sobre Doñana, yo me quedo con los consagrados a Hispanoamérica desde el Instituto de Cultura Hispánica, unos afanes cuyo sentido podría cifrarse en unas palabras suyas que evocaba el Presidente del Casino, don Mariano Turiel de Castro: España no pertenece al continente americano; España pertenece a su contenido. Esas palabras deberían ser el lema de todos los «españoles de ambos hemisferios», como decían en 1812 los constituyentes gaditanos.

PROPUESTA DEL PP SOBRE EL ABORTO                                                                                    arriba

benigno blanco. Presidente del Foro de la Familia 

La trascripción de este excelente artículo nos releva de la intención de escribir sobre este grave y controvertido tema en este número de Cuadernos de Encuentro, sin perjuicio de volver sobre él en el próximo, en la confianza de que podamos hacerlo con noticias satisfactorias basadas, precisamente, en las acertadas y contundentes consideraciones del texto presentado como voto particular en el Parlamento, por la actual vicepresidenta del Gobierno.

El nuevo Gobierno del PP estará ya trabajando en la modificación de la legislación vigente sobre el aborto comprometida en su programa electoral. Es buen momento por tanto para reflexionar sobre qué criterios deben inspirar la nueva normativa a aprobar.

Una buena guía para ello puede ser un texto de la actual vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, presentado el 16 de Febrero de 2009 ante la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados como voto particular al informe de la Subcomisión sobre la aplicación de la Legislación en materia de aborto. Las ideas contenidas en ese escrito de la actual vicepresidenta del Gobierno son un razonable fundamento para un primer paso hacia la imprescindible reconstrucción en España de una legislación coherente, con el nítido –todos tienen derecho a la vida– que proclama nuestra Constitución, mandato progresivamente desvirtuado al partir de 1985 por el legislador y la jurisprudencia del TC.

Comienza el escrito de Soraya (ya se la puede identificar) sólo por su nombre afirmando que «el PP ha defendido, defiende y defenderá siempre el derecho a la vida», respecto al cual manifiesta «una vez más su compromiso ético y político».

Tras esta proclamación de principios, el texto de Soraya afirma que «la sociedad está preocupada por el incremento del número de abortos» que «el aborto es malo para la mujer» y «algo que es malo para la mujer no puede ser considerado nunca como un derecho», que «una mujer es madre si ha concebido». «Su libertad no consiste en decidir si es madre, pues ya lo es, sino en decidir si va a ser madre de un niño vivo o muerto» que« las mujeres abortan en casi la totalidad de los casos porque no se les ofrece una alternativa para no hacerlo» que «existe un amplio fraude de ley en la aplicación de la legislación vigente» (la de 1985) y que «la doctrina del Tribunal Constitucional es incompatible con una ley de plazos».

Las anteriores afirmaciones rubricadas por Soraya creo que son una estupenda guía para la comprometida reforma de la legislación sobre el aborto que el PP hoy gobernante incluyó en su programa electoral. Además, el citado texto de Soraya rechaza con rotundidad la nueva legislación socialista de 2010 al afirmar que «nos oponemos al reconocimiento del derecho al aborto […] y a que esta materia salga del Código Penal», «nos oponemos a que ese reconocimiento se traduzca en un sistema mixto de plazos e indicaciones que en la práctica represente un sistema de abortos libres», «no debe eliminarse el consentimiento de los padres para la práctica del aborto en menores de edad», «no debe limitarse el derecho a la objeción de conciencia de los profesionales mediante una regulación restrictiva que incluyera una declaración previa y su inscripción en un registro».

En positivo, el texto de Soraya afirma con rotundidad el que puede ser principio fundamental de la nueva legislación a promover: «El verdadero derecho de la mujer es el derecho a ser madre. Ninguna mujer debería renunciar a su maternidad por un con conflicto familiar, laboral o social. […] nuestro objetivo ha de ser éste: facilitar con todo tipo de medidas la maternidad, no el aborto, apoyar a las mujeres en su derecho más intimo, y evitar hacerlas víctimas del abandono de todo la sociedad». Y en desarrollo de ese principio ofrece una serie de ideas que pueden inspirar la nueva legislación prometida por el PP: «Es imprescindible poner el acento en las políticas de formación, información y prevención», «es necesario hacer pedagogía pública contra el aborto porque todos sabemos, y ha quedado ampliamente demostrado, que el aborto no es una solución, es un problema, y acarrea siempre consecuencias muy negativas para las mujeres» y propone como alternativa el «apoyo social y de los poderes públicos a la maternidad» a través «de un Plan Nacional de Apoyo a la Maternidad» y poniendo como ejemplo y precedente «el programa RedMadre que promueve el Foro Español de la Familia y que ha dado lugar ya a la aprobación de iniciativas públicas en el ámbito autonómico y apoyo a la maternidad».

Estas ideas sobre el aborto pueden ser línea directriz para la reforma de la legislación vigente que es urgente pues, como indicó el recurso ante el TC del PP, cada día de vigencia de la ley es un insoportable riesgo para un derecho fundamental y los atentados contra el mismo son absolutamente irreparables.

El PP que argumentó ante PC que su recurso contra la ley del aborto debería recibir un tratamiento preferente y sumario porque estaban en juego vidas humanas, no puede ahora demorar la derogación de esa misma ley y su substitución por nuevas normas que protejan convenientemente la vida y el derecho de la mujer a la maternidad. 

EFECTOS DE LA GUERRA CIVIL SOBRE EL PATRIMONIO CULTURAL                arriba

ENRIQUE HERMANA Y SAGRARIO MENDIOROZ

Los años de la República y la Guerra Civil constituyen el tercer gran destrozo del Patrimonio Artístico español de la Edad Contemporánea, tras el primero, que supuso la francesada, con sus saqueos y vandalismo por parte de las tropas extranjeras, tanto enemigas como aliadas, y las pérdidas derivadas de las insensatas desamortizaciones –insensatas por la forma en que fueron realizadas, no porque no fueran convenientes– España era hasta el Siglo xix una Nación privilegiada dentro de Europa, a diferencia del resto de las otras principales naciones continentales, pues no había sufrido guerras en su territorio, si exceptuamos la de Secesión, relativamente incruenta, además de que en el siglo xviii aún no se había  llegado a la condición de guerra total que se derivó del encarnizamiento de los sitios de Zaragoza y Gerona.

En primer lugar, el mayor destrozo se derivó de la locura vandálica de la zona republicana del verano y otoño de 1936, con destrucción de iglesias y objetos litúrgicos en cuantía considerable, continuación de una actitud despertada con los incendios devastadores del 11 de mayo de 1931, cuando aún estaba lejos el comienzo de la confrontación, pero ya se apuntaba el vandalismo sectario anticatólico –que no antirreligioso, pues ninguna capilla protestante sufrió daños–. Otro episodio intermedio destructivo fueron los días de la revolución de Asturias, en octubre de 1934.

1. Iglesias destruidas

El número de iglesias destruidas, con su correspondiente dotación de arte religioso superó las veinte mil. Sólo en la Diócesis de Barcelona fueron destruidas interiormente más de 500, quedando indemnes sólo diez[1].

Copiando datos de A. Montero Moreno de su Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939), los daños a inmuebles religiosos fueron:

·         Iglesias totalmente quemadas: Valencia, 800; Oviedo, 354; Tortosa 48; Santander, 42; Barcelona, 40; Madrid, 30.

·         Parcialmente destruidas: Almería, todas; Barbastro, todas; Ciudad Real, todas; Ibiza, todas; Segorbe, todas; Tortosa, todas; Valencia , más de 1.500; Gerona, más de1.000; Vic, más de 500; Barcelona, todas menos 10; Cuenca, todas menos 3; Madrid, casi todas; Cartagena, casi todas; Orihuela, casi todas; Santander, casi todas; Toledo, casi todas; Jaén, 95 %; Solsona, 325;

De las 37 diócesis que quedaron en el bando republicano, todos los edificios religiosos, iglesias, abadías, capillas, monasterios, unos 25.729, en total, salvo algunos de la diócesis de Vitoria, han sido profanados de algún modo y de ellos, el 70% (unos 17.000) han sido destruidos total o parcialmente por el fuego. (De Ideal 8 de Octubre de 1938).

2. Museos expoliados

El vandalismo cultural anticatólico empezó ya el 18 de Julio –de hecho, como se ha recordado antes, había empezado ya en 1931–, pero el 23 de julio de 1936 se creó la Junta de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico[2]. Como puede apreciarse, lo primero y más importante era la incautación. De este modo, pasaba a manos del Estado Republicano toda propiedad de valor artístico para su protección. Según las cifras de que se dispone, esta Junta reunió en diversos depósitos de Madrid, entre otros el Museo del Prado, una vez despojado de sus principales pinturas en noviembre, la friolera de 22.500 cuadros, 16.200 objetos artísticos y 2.200 muebles de época. Fue esta Junta la principal ejecutora del traslado primero a Valencia, luego a Cataluña y finalmente a Francia de los cuadros de El Prado.

Simultáneamente funcionaba, dependiendo del Ministerio de hacienda, la llamada Caja General de Reparaciones, que dedicaba su atención a objetos artísticos o colecciones de monedas que tuvieran un inmediato valor crematístico, incluyendo en ello la posible fundición de oro, plata y otros metales preciosos que formasen parte de esos objetos. Las disputas entre ambos organismos por la posesión de determinados objetos eran muy frecuentes.

En este latrocinio participaron también los sindicatos, partidos del frente Popular, municipios y en general cualquier elemento protegido por su condición de antifascista. Los tesoros llevados a Méjico en el yate Vita, por Prieto y Negrín, 120 maletas, y las 1.868 cajas con objetos sumamente valiosos que acompañaron a los cuadros a Francia, tienen ese origen.

Cuando las pinturas de El Prado salieron de Madrid, las cámaras de seguridad del Banco de España, ya vacías del oro, a 36 m de profundidad, eran absolutamente seguras. El propio edificio del Museo siguió almacenando durante la guerra obras procedentes del pillaje. Tanto uno como otro sitio eran adecuados para garantizar la seguridad de las obras de arte. Tanto más después de que el mando nacional advirtiera de que el barrio quedaba excluido como objetivo, tanto de la aviación como de la Artillería.

Es conocida la peripecia de las obras más importantes del Museo del Prado, sometidas a un ajetreado deambular por España y el extranjero desde el 6 de noviembre de 1936, con el pretexto de salvaguardarlas de los riesgos de la contienda, pero en realidad exponiéndolas a grandes riesgos durante ella. Su periplo culminó unos meses después de terminada la Guerra, cuando volvieron a España desde Ginebra. Allí había ido a reclamarlas una Comisión presidida por Eugenio D’Ors, Zuloaga y Sert. Este último, muralista prestigioso que había decorado la Sociedad de Naciones de aquella ciudad, acababa de ver perdida su obra de la Catedral de Solsona, destruida por la barbarie, y tuvo que rehacerla en los años cuarenta. La peripecia de las obras maestras del Prado ha sido ensalzada recientemente por los diletantes en el tema como un gran logro cultural del Gobierno de la República, pero no se libra del calificativo de decisión irresponsable, y posiblemente encubrió el propósito acariciado, evidentemente no ejecutado, de realizar monetariamente su enorme valor artístico, con el fin de aportar fondos para la contienda, y evitar que cayeran en poder del enemigo que en esas fechas parecía a punto de tomar Madrid, Pese a las altisonantes declaraciones en contra de Azaña, esa sospecha se mantiene.

Una faceta menos conocida del expolio de Museos es la desaparición del tesoro numismático del Museo Arqueológico, incautado también el seis de noviembre. Más de cuatro mil monedas griegas, romanas, bizantinas, visigóticas y árabes fueron malvendidas en subastas de eficacia dudosa, y con destino conocido sólo en parte. Aparte del expolio partidista del Patrimonio artístico que ello supone, debe reprocharse la torpeza de la gestión de venta apresurada. Una torpeza similar a la valoración exclusivamente como peso de la fracción amonedada de las reserva de oro y plata que consumió el bando republicano para sufragar los gastos de la guerra. Este expolio ha sido documentado por Martín Alonso Gorbea[3], destacando el heroísmo de algunos de los funcionarios del Museo, que escondieron algunas de ella, arriesgando su vida. Y el mismo destino que los miles de lotes de joyas, procedentes del saqueo de cajas y domicilios particulares, expropiadas o saqueadas por el gobierno de la República, del PNV y la Generalitat mediante concienzudas medidas legales. A ello hay que añadir el utillaje litúrgico expoliado concienzudamente, cálices, patenas, custodias y ostensorios, con gran contenido en metales y piedras preciosas. Juan Bassegoda[4] ha expuesto el destrozo del Patrimonio Artístico de Cataluña durante los años 1936-1939. En tan temprana fecha como el 23 de Julio, la Generalidad dictó disposiciones para proteger ese Patrimonio, que ya había sido dañado en los cuatro días anteriores de tumultos. Como muestra de su preocupación, expuso los objetos protegidos en una Exposición en París en 1937.

Es también muestra de la pobre calidad de esos desvelos y de sus cuidadores que, cuando las piezas regresaron a Barcelona, en 1939, faltaban 105 piezas de joyería. Sólo en Barcelona fueron incendiados 464 retablos, cuyas imágenes hubieran cubierto una longitud de dos km[5]. A título de ejemplo del desprecio al Patrimonio Artístico Histórico cabe reseñar la desaparición, citada por Martín Almagro Gorbea[6] de tesoros de la Catedral de Toledo, la Capilla Real de Madrid, La Catedral de Tortosa, las joyas de Su Alteza la infanta Eulalia de Borbón, heredadas de la Reina Isabel II, además de otras particulares, como la corona de los Zares de Rusia, y las del Marqués de Zafra

3. Otros daños culturales

Es conocido el gran valor Bibliográfico de la Biblioteca del Colegio de Jesuitas de Areneros, en Madrid, que había sido incendiado por las turbas en 1931. También fue absurda y deplorable la voladura de la Cámara Santa de la Catedral y de la Universidad de Oviedo y la destrucción de la Biblioteca de la Universidad de esa ciudad –100.000 volúmenes, fundada en 1608– en 1934, actos, éstos últimos, de vandalismo inútil cometidos por los revolucionarios por despecho cuando ya tenían perdida la partida. Es imposible determinar el valor cultural de lo destruido por el vandalismo de aquel verano de 1936 en Archivos privados y públicos. Muchos archivos parroquiales, con evidente valor histórico, fueron destruidos por las llamas incontroladas.

Pero también las propias Autoridades contribuyeron a la destrucción de material histórico. Según refiere Pío Moa[7], el 3 de septiembre de 1937, el Ministerio de Instrucción Pública «encargó reducir a pasta de papel buena parte del contenido de los archivos madrileños, destruyéndose 300 toneladas de documentación archivística de los Ministerios de Instrucción Pública (28 toneladas de papeles referidos al periodo entre 1842 y 1914 y veinte toneladas más de libros) “escritos por elementos fascistas”, de la Delegación de Hacienda, del Archivo General Central de Alcalá de Henares y del Ministerio de Hacienda. Sobre esto último tiene el mayor interés el informe del encargado de la tarea: “Ya es sabido que los numerosísimos fondos que constituían este archivo fueron, casi en su totalidad, quemados en el mes de diciembre pasado, al necesitarse para servicios de guerra los sótanos en que estaban custodiados. De esta quema se salvaron solamente los legajos correspondientes a cinco de sus salas, algunos legajos (unos 3.000 aproximadamente) que fueron depositados en el Patio Árabe del Museo Arqueológico Nacional. Este papel salvado […] estima el informante que puede ser considerado como inútil”. El Ministerio de Hacienda había sido ocupado por el Estado Mayor de Miaja y Rojo durante los meses de Noviembre, y al parecer el archivo fue utilizado para caldear el edificio en aquel frío invierno»[8].

Un comportamiento paradigmáticamente «progresista», similar al protagonizado por los «progresistas» de La Francesada, cuando las tropas francesas acuarteladas en Simancas utilizaron legajos del Archivo Nacional como cama para los establos de sus caballos.

4. Daños en la zona nacional

No hubo destrucción comparable en la zona nacional. En primer lugar, porque, evidentemente, no hubo sentimiento antirreligioso, sino todo lo contrario. En segundo lugar, las Autoridades mantuvieron el control en todo momento, evitando vandalismo.

Hubo, por el contrario, un esfuerzo decidido de preservar el patrimonio, de restaurarlo, cuando se llegaba a liberar algún territorio y de identificar la propiedad de lo capturado, cuidando de la restitución a los dueños legítimos una vez que éstos fueran identificados. Luis Monreal y Tejada, encargado del Servicio de Recuperación Artística durante la Guerra y Comisario del Patrimonio Artístico Nacional después, ha dejado unas interesantes Memorias[9] en las que ha descrito su tarea, durante y posguerra, culminando en la recuperación en febrero de 1941 desde Francia de La Dama de Elche, vendida a un coleccionista francés a principios de Siglo, y diversas obras de Arte expoliadas durante la francesada de 1808-1812. Entre ellas destaca la Inmaculada de Murillo, con la que arrampló el Mariscal Soul a la hora de retirarse del Levante que comandaba durante la Francesada. Curiosamente, Monreal refiere que las escasas pérdidas de Patrimonio Artístico en zona nacional son achacables a la moral de triunfo allí vigente, pues se consideraba derrotista proteger las amenazadas por operaciones militares. No hubo imágenes en zona nacional semejantes al enterramiento de La Cibeles Y las pérdidas como consecuencia de las operaciones en Belchite y Teruel deben ser achacadas a esa actitud, que no consentía, por desmoralizadora, la evacuación de las obras de arte ante la inminencia de operaciones militares.

5. Patrimonio Monumental, no religioso

Aparte del daño ya reseñado al patrimonio religioso, se destrozó una buena parte del patrimonio nacional no religioso.

Como consecuencia de las operaciones militares, Toledo, Oviedo, Brunete, Guernica y Belchite resultaron particularmente afectadas. En Toledo, en los apenas tres meses de combates, que culminaron con la Liberación el 27 de septiembre de 1936, resultaron afectados, además del Alcázar, la Plaza de Zocodover, el hospital de la Santa Cruz, el Hospital Tavera, El Palacio de Benacazón, las Iglesias de San Pablo y San Justo, La puerta del Cambrón, los conventos de Santa Fe y de San Clemente, la casa de Mesa, el taller del Moro, trozos de muralla y diversos otros Monumentos.

En Oviedo quedó destruida gran parte de la Ciudad, la Universidad, con su valiosa Biblioteca, antes mencionada, el Teatro Campoamor, 58 Iglesias, 26 fábricas y 730 edificios públicos. Se estima que fueron saqueadas 257 bibliotecas privadas. 

Notas

[1] Llamas Palacio, A.: Alfa y Omega, suplemento del diario ABC, 12 de marzo de 2009.

[2] Marchante Gil, A.: Altar Mayor, nº 135, p 947.

[3] Almagro-Gorbea, Martín: La República y la Guerra Civil, setenta años después, p. 243. Edit. Actas 2008.

[4] Bassegoda, Juan: La República y la Guerra Civil, Edit Actas 2008, p188.

[5] Llamas Palacios, A.: Alfa y Omega, suplemento del diario ABC, 12 de marzo de 2009.

[6] Almagro, Martin: ob.cit., p.277

[7] Moa, PÍo. Los Mitos de la Guerra Civil, La Esfera de los Libros, Ed.2006, p 458.

[8] Garcia Noblejas, J. A.: El Alcázar, Letras, 2 de febrero de 1984.

[9] Arte y Guerra Civil, Edit La Val de Onsera 1999.

TRANFORMA ESPAÑA                                                                                                                                       arriba

eduardo serra. Ex ministro de Defensa (ABC, 12 Enero 2012).

La llegada del año nuevo, 2012 coincide con las primeras actuaciones del también nuevo Gobierno, y como quiera que continúa con toda intensidad la gravísima crisis económica en la que estamos inmersos, es lógico que las primeras medidas se dirijan a paliar los efectos de ésta y también –esperemos– a poner los cimientos para superarlas. Esto es extremadamente urgente, y por ello debe gozar de absoluta prioridad.

No debemos olvidar, sin embargo, que también estamos inmersos en otras crisis de análoga gravedad aunque no de la misma urgencia:

a) La primera es la crisis institucional; constantemente nos repetimos que estamos en una democracia joven, pero ¿en qué se nota? Se nota en que hay elementos esenciales del Estado de Derecho que figuran en nuestro entramado institucional y que, sin embargo, han perdido su vigencia social, por ejemplo, la separación de poderes; que los parlamentos estén dominados por los gobiernos a los que deberían controlar es ya casi un hábito en muchas democracias; sin embargo el control del Poder Judicial por parte del Ejecutivo es una excepción que en modo alguno debe perpetuarse; el desprestigio del Tribunal Constitucional con las sentencias sobre el nuevo Estatuto de Cataluña (con alguna honorable excepción) y –sobre todo– con la de la legalización de Bildu, insólitamente anticipada por el ex presidente del Gobierno, le ha conducido a una situación de difícil salida. La reforma de la Justicia no debe limitarse a este punto: la lentitud de su funcionamiento perturba gravemente la seguridad jurídica y, en definitiva, la confianza en las instituciones.

Del mismo modo la imprescindible reordenación de las Administraciones Públicas creadoras de una tupida red de influencias e intereses que hacen difícilmente viable su propia supervivencia y que exigen una reforma inmediata para evitar onerosas duplicidades y lograr su eficaz funcionamiento con un menor coste. También es imprescindible una reforma –y de calado– del sistema político, y en varias dimensiones, para que no se pueda decir que estamos convirtiendo nuestra democracia en una partitocracia. Quizá lo primero sea revalorizar, acreditar la función política y la clase política, sobre todo después de algunas experiencias (¿experimentos?) del pasado reciente. Con ello podemos valorarla, seleccionarla y retribuirla en la medida en que se merece una función tan importante como la de gestionar los intereses públicos.

Después debe limitarse a jugar el papel, excelso, que le corresponde en una democracia: representar a los ciudadanos; representarlos, pero no suplantarlos; el espectáculo de la gestión de numerosas Cajas de Ahorros no puede ni debe repetirse: unas instituciones que han prestado durante cerca de trescientos años un impagable servicio a la sociedad han sido destrozadas y, en algunos casos, expoliadas por unos gestores nombrados por los políticos que merecen ser tratados con el mayor rigor que permitan las leyes, también las penales. Es absolutamente inmoral e intolerable que se pida poco menos que el despido libre y simultáneamente se alcen con unas indemnizaciones millonarias los directivos de unas Cajas poco antes de que estas entidades que han gestionado sean salvadas con cargo al contribuyente.

También debe la clase política flexibilizarse, salir de la senda de una esclerosis progresiva para tener la imprescindible y deseable ósmosis con la sociedad civil, de tal modo que los ciudadanos puedan salir y entrar en la política; así estos serán conscientes de las satisfacciones (que las hay) y sinsabores que conlleva y también serán mejores representantes de la ciudadanía de la que acaban de salir. Será necesario, en todo caso, que se ensanchen los canales de comunicación entre los ciudadanos y sus representantes para evitar distanciamientos e indignaciones nocivas y peligrosas.

b) No menor es la necesidad de abordar reformas estructurales demasiadas veces pospuestas. Algunas son imprescindibles para hacer frente a la crisis económica; así, la reforma del mercado financiero y sobre todo la del mercado del trabajo. Es difícilmente aceptable que por razones ideológicas y de intereses gremiales no solucionemos un problema que afecta –y de qué forma– a casi cinco millones de personas; no hay razón alguna para que doblemos el índice de paro de la Unión Europea no tenemos más que mirar alrededor para atisbar las posibles soluciones. Algunas otras reformas no tienen la misma urgencia pero son incluso más importantes, me refiero en concreto a las del sistema educativo y en general, a la generación y gestión del talento que se ha convertido en la llave del crecimiento económico y del desarrollo social.

Algunas de estas propuestas fueron expuestas con detalle a partir de las conversaciones con un centenar de personalidades de la vida económica y entregadas a S.M. el Rey como más alta magistratura no partidista en el documento «Transforma España» que próximamente aparecerá en forma de libro. Pero su destinatario no era sólo la clase política, era –y es– sobre todo, la ciudadanía en general pues el documento refleja los sentimientos de esperanza y, sobre todo, de confianza que deberían llegar al ciudadano común.

La crisis es grave, muy grave y requiere –requerirá– grandes esfuerzos y sacrificios, pero todo ello con una finalidad muy clara: superarla; salir de esta ya larga crisis económica y volver a la senda del crecimiento y de la prosperidad. Es necesario adoptar medidas, ya lo estamos viendo, duras, ingratas e impopulares. Para ello considero absolutamente imprescindible una muy amplia labor didáctica; nadie asume de buena gana los sacrificios si no sabe, si no se le explica cuál es la finalidad de los mismos.

Si queremos recuperar, mantener e incrementar nuestro reciente nivel de vida y nuestro Estado de Bienestar, debemos aumentar nuestras exportaciones para así poder pagar lo que compramos en el exterior (sobre todo productos petrolíferos) y no seguir incrementando nuestra deuda (que es la causa fundamental de nuestros males). Tenemos por tanto que mejorar nuestra competitividad (mejorar la calidad de nuestros productos o disminuir su coste) y poner todos los medios a nuestro alcance para que los empresarios (presentes y futuros) consigan incrementar nuestra presencia y penetración en los mercados exteriores.

Si lo hacemos –y estoy seguro de que lo podemos hacer– volveremos al crecimiento económico y a ir cicatrizando poco a poco las heridas que esta crisis nos está produciendo, la primera de ellas, la cifra (escalofriante) de parados pero no olvidemos a este respecto que con unas arcas públicas totalmente exhaustas, los únicos que pueden crear empleo son los empresarios. Parece hora ya de ir dejando los viejos clichés del empresariado que hacían de todo menos estimular las vocaciones empresariales y empezarlos a tratar como lo que en definitiva son: creadores de empleo. Me refiero a todos los empresarios españoles y extranjeros; grandes, medianos, pequeños y autónomos; presentes y futuros (hay que fomentar las vocaciones empresariales). Pera ello son necesarias medidas de diverso tipo; la más general es la de la seguridad jurídica; sin seguridad jurídica no crearemos nuevas empresas y las existentes empezarán a irse (a deslocalizarse se dice ahora): ello supone normas jurídicas claras, concisas, cumplibles y duraderas; a la dispersión, multiplicidad y temporalidad que hemos padecido debe ponérsele remedio lo antes posible.

En definitiva, hay que darles la posibilidad de crear riqueza utilizando, de mondo útil y flexible los dos factores que lo hacen posible: las personas, el trabajo y el mayor talento posible por un lado y el capital, los recursos financieros, por otro. Si así lo hacemos volveremos –y antes de lo que pensamos– a mirar el futuro con confianza y esperanza. Tenemos instrumentos para lograrlo; dirigentes empresariales muy capacitados, como lo demuestra la posición internacional en que han situado nuestras empresas; tenemos la lengua que es la segunda más internacional del mundo y que facilita extraordinariamente la entrada en los mercados; pertenecemos a la Unión Europea y a la Unión Monetaria (el euro) lo que dota solidez y rigor a nuestras instituciones y –last but not least– ofrecemos una cultura y una forma de vivir (posición, clima, población, infraestructuras, etc.) que –dicen los extranjeros– son envidiables.

Este año 2012 puede ser el punto de inflexión en el que habiendo empezado a hacer los deberes de verdad, podamos mirar al futuro cada vez con más confianza. 

CARTA A ANTONIO GIBELLO                                                                                                                   arriba

L. FERNANDO DE LA SOTA. Presidente del Club de Opinión Encuentros

Con motivo de la presentación de su libro "Entre la presencia y la ausencia", Ediciones Barbarroja (29 de Octubre de 2011)

Tu libro, Antonio, tiene para mí dos facetas meritorias y dignas de admiración. Por un lado comprobar, cómo a lo largo de los años, y nos conocemos desde que éramos niños, has venido manteniendo siempre una actitud insobornable de compromiso y de lealtad a unas ideas y a unos principios. En definitiva, como en la vieja consigna, has permanecido inasequible al desaliento.

Por otro, el comprobar que te has convertido, con tus numerosos discursos, conferencias y libros, en una referencia para el estudio riguroso de la vida y obra de José Antonio, con los que no sólo nos haces a muchos recordar cosas tal vez un poco olvidadas, sino también, incluso desconocidas. 

He leído con atención este último libro en el que has recopilado algunas de tus intervenciones en diferentes épocas de la vida española, con el rigor y el entusiasmo que siempre te ha caracterizado. En unos casos haciendo denuncias y críticas y proponiendo en otros, soluciones a los problemas de España, siempre a través de frases, de propuestas e incluso de intuiciones, del propio José Antonio. Y digo intuiciones, porque como muy bien sabes, muchas de sus ideas quedaron incompletas por su temprana muerte.

Algunas veces hemos hablado de todo esto, y también lo he hecho con otras muchas personas con las que he compartido una buena parte de mi vida. Y atendiendo a tu deseo de conocer mi opinión sobre tu trabajo, y como también me pidió Miguel Ángel, tu editor, alguna noticia sobre él en esta revista, lo hago con gusto y aunque eso sí, con la sinceridad que merece nuestra amistad de toda la vida, porque los amigos no deben caer en la adulación fácil para quedar bien, o para evitarse un compromiso.

Y empiezo por una personal y breve reflexión: Desde hace ya muchos años, y a través de un serio ejercicio de autocrítica, llegué a la conclusión de que la síntesis de mi falangismo inicial, y tú no puedes dudar de él, podría resumirle en tres principios o convicciones irrenunciables: El sentido trascendente del hombre portador de valores eternos, la defensa de la unidad de España, y la justicia social.

Y todo ello envuelto, por así decirlo, en algo que nos ha diferenciado siempre de otros  grupos u otras personas, que también pueden coincidir con nosotros en esas tres afirmaciones: en lo que hemos llamado el estilo. Es decir, una forma especial de comportamiento ante la vida, e incluso ante la muerte.

Pero todo lo demás, gestos, actitudes y palabras, las considero hoy interpretables. Válidas en unas ocasiones, según las épocas, adaptables a las mismas en otras, y en otros casos inservibles por obsoletas, porque han cambiado las circunstancias sociales, políticas y económicas en que tuvieron lugar. Y para esa reflexión siempre he tenido presente, cómo la mentalidad de José Antonio, fue cambiando en plazos brevísimos a lo largo de sus tres años de vida política en una permanente evolución, como tú bien recuerdas en alguno de tus párrafos.

No quiero extenderme en estas consideraciones, de las que tú sabes más que yo. Y porque además, se trata de hablar de tu libro y no de mis opiniones. Pero con esto sólo he querido justificar un poco mis discrepancias y mis coincidencias.

Releyendo cada una de tus intervenciones, de las que en ocasiones fui testigo presencial y que en las diversas épocas en que las pronunciaste, especialmente en las primeras, contaron con mi total identificación, según fueron pasando los años, algunas de aquellas afirmaciones y planteamientos, me fueron provocando dudas, encontrándolas cada vez más contradictorias con la sociedad española que, lógicamente, iba cambiando y evolucionando, notándola no sólo más contraria, sino lo que es peor, más ausente y desinteresada, de las propuestas que las diversas Falanges en que se ha ido fragmentando la inicial, incapaces de presentarse unidas, convirtiendo en un sarcasmo lo de la unidad entre los hombres de España y que se han limitado a repetir, machaconamente, con evidente muestra de pereza mental, palabras y conceptos otrora frescos y originales.

El resultado se ha podido constatar en las consultas electorales de lo últimos treinta años.

Todo esto no quita para que siga coincidiendo contigo, como no podía ser de otra manera, con tus palabras en la introducción, en la crítica del sistema capitalista y en la necesidad de su corrección; en lo que ya tengo mis dudas, es que sea viable hacerlo a través de esas propuestas y de esos conceptos, que en su día nos ilusionaron, pero que nunca quedaron demasiado claros, al menos para mí de, «la empresa nacionalsindicalista», «el Estado Sindical», «el gigantesco sindicato de productores», «la nacionalización de la banca y determinados servicios», etc., que creo sólo hubieran podido tener viabilidad, si en España se hubiera podido hacer una transformación total del sistema, la famosa «revolución pendiente», que si no fue posible realizarla en el régimen anterior, no parece que se den, ni se vayan a dar por ahora, las condiciones necesarias para su planteamiento.   

Esto ya se aprecia nítidamente en las páginas de tu libro, cuando denunciabas en el régimen anterior, un falso sindicalismo, unas leyes sindicales contradictorias e insuficientes, alejadas de los planteamientos originales de la Falange fundacional. En descargo, e incluso para dejar a salvo la buena fe de algunos de sus autores, podría pensarse, que ya entonces había otras interpretaciones de esos planteamientos que, como decía anteriormente, no estaban suficientemente explicitados.

Naturalmente, también coincido plenamente contigo en tus juicios sobre los nacionalismos, y los errores y defectos de los partidos políticos, aunque también hecho en falta una alternativa clara a la participación ciudadana en la vida pública. Por último y para no alargarme más, decirte que tu trabajo de recuperación de las ideas regeneracionistas de Joaquín Costa me parece excelente.

Dicho todo esto, y estando dispuesto como siempre a reconocer que puedo estar equivocado, bienvenidos sean los libros que, como éste tuyo, nos permiten a los más mayores, recordar etapas limpias e ilusionadas de nuestra biografía, y a las nuevas generaciones, conocer aspectos hoy desconocidos, ignorados, e incluso tergiversados, de lo que unos españoles pensaban y decían desde el siglo pasado, sin otro objetivo que procurar lo mejor para España.

Un fuerte abrazo.  

UN NUEVO INTENTO DE SALVAR  A JOSÉ ANTONIO                                                           arriba

JOSÉ Mª GARCÍA DE TUÑON AZA. Economista y escritor

Cualquier lector de la extensa bibliografía que existe sobre José Antonio Primo de Rivera conoce todos los proyectos que hubo por salvar la vida del fundador de Falange Española, pero ninguno tuvo éxito como ya sabemos. Volver a recordarlos no es necesario pues sería repetir lo tantas veces repetido. Así, pues, nos ocuparemos ahora, a través de estas letras, de un nuevo intento de liberarlo hasta ahora desconocido, al menos para mí, y que deseo difundir a todos aquellos interesados en saber algo más de lo ocurrido en Alicante antes de que fuera fusilado aquel hombre que dijo: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya la paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia».

En esta nueva tentativa fallida, no son muchos los detalles que figuran en el documento que se encuentra registrado en el Archivo Histórico Nacional (Causa General, 1396. Expte. 51). Por esta razón, sólo podremos referirnos a los pocas referencias que hacen alusión a esa supuesta tentativa.

Comienza el documento citando al comandante de Infantería Antonio Romaguera Barceló que en su labor de Juez toma declaración al capitán Fernando Pignatelli Carrasco –agosto de 1942–, en el que éste habla de la organización que había en la ciudad de Alicante antes del Alzamiento. Dice que ya en 1933 se inició en aquella ciudad la propaganda de Falange Española destacando en este cometido, dentro del cuartel, los tenientes Manuel Freixa y Santiago Pascual que realizaron el trabajo de captación. En otro momento, ambos tienen la ocasión de tomar contacto con el comandante Juan Cañada, quien les hace saber de la existencia de una organización llamada Unión Militar Española que persigue poner fin a los atropellos de que son objeto los elementos militares. Al mismo tiempo, cree que los ideales de dicha organización son compatibles con cualquiera otra organización patriótica, y especialmente con Falange.

La llegada a la Prisión de Alicante de José Antonio Primo de Rivera, hace crecer el entusiasmo de los tenientes citados, quienes muy pronto establecen contacto con él y en seguida planean su fuga en cuya preparación contribuyen los también tenientes Gómez y Candelas, de la guarnición de Alcoy, lugar al que se pensó llevar al fundador de Falange para que fuera su primer refugio. Asimismo –sigue declarando el capitán Pignatelli–, el director de la Prisión se ofreció a facilitar la fuga comunicándoselo a José Antonio, pero al parecer éste se negó a salir clandestinamente de donde una injusticia le retenía.

El asesinato de Calvo Sotelo, el 13 de julio, motivó que José Antonio –siempre según el relato del capitán Pignatelli– pidiera al teniente Pascual que se desplazara a las guarniciones de Alcoy, Valencia y Cartagena, con el objeto de decidir el poner de inmediato fin a los horrores de la horda desbordada por la izquierda desde el poder gubernativo. Antes, para llevar a cabo el plan, hubo una reunión en el Hotel Victoria, a la cual asistió el jefe local de Falange, Felipe Belges, (muerto en acto de servicio en Málaga) que fue enviado a Callosa de Segura donde había varios afiliados a Falange, siendo algunos de ellos fusilados más tarde.[10]

Hasta aquí todas las referencias que hay en el expediente citado que no son muchas, pero es una aportación más de lo que sabemos sobre los intentos que hubo de salvar la vida de José Antonio y que nunca los historiadores y biógrafos nos habían contado, al menos hasta donde alcanza mi conocimiento sobre el particular.

Nota


 [10] Para mejor y mayor información de este suceso se recomienda leer el artículo de Manuel Torregrosa Valero: Los falangistas de la Vega Baja. El frustrado intento de liberación de José Antonio, publicado en Homenaje a José Antonio en su centenario (1903-2003), pág. 841 y ss, que editó Plataforma 2003. 

UNA NACIÓN DESASISTIDA                                                                                                                         arriba

     martín quijano

Parece evidente que la Sociedad española, o una buena parte e ella, ha dado la espalda a la Iglesia Católica. Sigue declarándose católica y procura practicar los Sacramentos iniciales y finales –Bautismo, Primeras Comuniones, Extremaunción– pero ha abandonado la práctica frecuente de la asistencia a Misa, Confesiones y Bodas. La voz de los obispos, que se deja oír muy de tarde en tarde, no es prácticamente atendida por los fieles que les están encomendados. Reflejo de todo ello es la pobre estimación que, según encuestas sociológicas, muestran los españoles por la Iglesia Católica como Institución. Hay una separación patente entre una gran parte de la Sociedad y la Iglesia española, independientemente de que se mantenga aún un sector con práctica religiosa frecuente.

La primera cuestión a plantear es crucial ¿Quién se ha separado de quién? ¿La Sociedad española de la Iglesia, o ésta de aquélla?

Cabe especular con diversas hipótesis acerca de las causas de esa separación, pero parece conveniente empezar por preguntarse cómo, cuándo y por qué se ha producido esa separación respecto a la simbiosis que existía hace cincuenta o sesenta años, cuando «En España, todo el mundo es católico, incluso los ateos» –como había dicho Unamuno–. La sociedad española estaba claramente imbuida en la Iglesia a finales de los cincuenta del siglo pasado. El número de practicantes habituales era, proporcionalmente a la población, tres o cuatro veces superior al actual, los Seminarios y Monasterios tenían plétora de vocaciones, los Misioneros españoles abundaban en todas partes, y nuevos Movimientos eclesiales –Opus Dei, Neocatecumenales, Cursillos de Cristiandad– se expandían por todo el Mundo desde su origen español.

En las décadas de los sesenta-setenta coincidieron dos situaciones revolucionarias en España: Por una parte, el post Concilio produjo un cierto desconcierto entre los fieles, dada la virulencia con la que algunos exaltados clérigos pretendieron aprovechar las conclusiones del mismo para descalificar usos, actitudes y posicionamientos y costumbres anteriores de la Iglesia española; y por otra, la seguridad intelectual del Régimen político de Franco se tambaleaba por acoso exterior e interior, con claro apartamiento del apoyo eclesial y distanciamiento por parte del Vaticano. La enemistad ostensible de Paulo VI, con la ejecutoria hostil del Nuncio Dadaglio, durante su misión en España, de 1967 a 1980, originaron un conflicto interior entre los obispos anteriores, de línea tradicional y los nuevos, abiertamente hostiles al Régimen y a la religiosidad tradicional española. Cuando Dadaglio fue retirado de ese cargo, y reclamado de vuelta a Roma, corrían nuevos vientos en la Iglesia española y en el Vaticano, pero el mal ya estaba hecho. Aparte de la transformación de directrices de Evangelización a una pastoral semi-marxista, se habían descolgado de su vocación religiosa miles de sacerdotes, frailes y monjas, como consecuencia de la crisis espiritual, ideológica o política, que de cualquiera de esas maneras puede ser identificada. Crisis que era mundial, justo es decirlo, pero que en España se sufrió con particular virulencia por su resonancia con la crisis política simultánea, la Transición.

Eran tiempos en que Summers publicaba un chiste en el que Carrillo aparecía confesándose, con el siguiente diálogo entre el sacerdote y él:

–¿Y cuántos muertos entonces, hijo?

–Pues, con los de Paracuellos, unos…

–¡Bah, déjalo, pelillos a la mar, le interrumpía el sacerdote

El chiste, como es natural, es interpretable, pero lo cito aquí como indicación de que el autor sentía que una buena parte de su público sintonizaría con él.

La Iglesia española se estremecía entre la complacencia de la Iglesia universal con la Teología de la Liberación, la reaparición con gran fuerza política en España de las ideas de izquierda que la habían perseguido tan crudamente durante la Guerra Civil, y la masiva desmoralización y consiguiente abandono de tantas vocaciones. Muchos fieles se sintieron desplazados en ese nuevo ambiente, sin sentir que la Iglesia local constituyera un muro fuerte en el que apoyar sus inquietudes o tribulaciones. Las nuevas situaciones políticas que derivaron en la legalización del divorcio y del aborto encontraron alguna oposición ciudadana, pero poca oposición frontal de la Jerarquía española, que parecía resignada y, desde luego, no tronó en las homilías contra esas disposiciones.

Esa Jerarquía, que incluso tuvo que enfrentarse con movimientos internos que la acusaban de una intolerancia que justificaba la feroz persecución de los años treinta, se acoquinó. Y adoptó una posición de derrotada que pedía perdón a sus verdugos.

Tuvo que llegar el gigante espiritual que fue Juan Pablo II para que empezara a revertirse la situación, con nombramiento de nuevos obispos, más conservadores, para revertir la cosecha sembrada por Dadaglio. La recuperación aún está en marcha.

Una faceta particular de ese desasistimiento de la Iglesia a la Sociedad civil ha sido el apoyo de una importante parte del clero a posiciones separatistas en Vascongadas y Cataluña, con actuaciones inicuas por parte de algunos de los obispos. El resultado ha sido muchas veces cruel, ignorando los sufrimientos de quienes, leales al sentimiento nacional y tradicional español, han tenido que sufrir la violencia terrorista y el encanallamiento de la parte de la Sociedad complaciente con ella.

En suma, la Iglesia Católica española se apartó del sentimiento tradicional y nacional español, creando un glacis entre ella y la parte del pueblo español que pretendía ser fiel a sí mismo y a su historia. ¿A quién de los dos lados le corresponde ocupar y eliminar ese glacis separador, rectificando su actuación en estas últimas décadas? 

¿SE PUEDE SALVAR EL ESTADO DEL BIENESTAR?                    arriba

manuel parra celaya. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación (Pedagogía)

¿Es usted partidario del Estado del Bienestar? En el caso de que la respuesta sea negativa, puede el lector ahorrarse la lectura de estas líneas con ese mohín de conmiseración que suele emplearse cuando nos hallamos ante la presencia de un necio o de un utópico.

Porque un servidor, aunque cada día menos utópico por razón de la edad, sí es partidario. Matizaré: a medias… Principalmente, porque lo de «bienestar» a secas siempre me ha parecido algo incompleto, excesivamente hedonista, de estómago agradecido, si no va acompañado, inexorablemente, del «bienestar». Como educador, no sólo entiendo la Enseñanza como un medio para que mis alumnos puedan ganarse bien los garbanzos el día de mañana, sino también como un camino imprescindible para acceder a los bienes de la cultura y de la autorrealización. Lo dicho: un utópico todavía…

El Estado del Bienestar, también llamado Estado-Providencia o, más confianzudamente, «Papá-Estado», ha solido provocar la existencia de sociedades pasivas, inertes, incluso cobardes, donde la capacidad de esfuerzo personal y colectivo ha sido sustituida por la mano tendida en actitud mendicante y por el victimismo propio del inadaptado, del vago, del chanchullero o del pícaro. En términos más rotundos, ha provocado sociedades celosamente reivindicadoras de sus derechos y escasamente observantes de sus deberes.

No obstante, no se puede olvidar que el Estado del Bienestar surge históricamente en el marco del neocapitalismo, y su actuación es doble: por una parte, resulta un elemento corrector de la injusticia intrínseca del Sistema; por la otra, imposibilita con sus dádivas cualquier replanteamiento en profundidad del mismo. La social-democracia moderna ya no puso «arena en los cojinetes» del capitalismo, sino que moderó sus efectos y consecuencias. En todo caso, el Estado del Bienestar fue un factor de estabilidad social y de cierta nivelación, dentro de los parámetros, claro está, de la mentalidad liberal más permisiva.

Y he aquí que la actual crisis amenaza con llevársela a la trampa: sic transit gloria mundi. Las posturas más conservadoras del neoliberalismo se frotan las manos y decretan su muerte; el neosocialismo, volcado hacia otros objetivos tales como imponer la deconstrucción del ser humano, de la familia y de la propia especie, hace hipócritas amagos en su defensa, con patéticas y electoralistas llamadas a la «justicia», a la «igualdad», a la atención a los más desfavorecidos, pero sus prioridades van por otro lado.

Por ello, no deja de ser oportuna la pregunta de si se puede salvar de la quema lo que de positivo pueda tener el Estado del Bienestar, en el bien entendido de que es incompleto en su definición y en sus alcances.

Empecemos recordando un añejo deseo: el de un Estado que alcanzara con sus bienes «lo mismo a los poderosos que a los humildes». Como a estas alturas ya he conseguido escandalizar bastante al lector perseverante, me apresuro a confesar que el apellido de este Estado «para todos» era el de «totalitario», pero dicho en su sentido orteguiano, no en el de Mussolini; es decir, no en el sentido de la maquinaria que pretende controlarlo todo, inclusive la vida privada, pues de esta índole ya hemos tenido en España muy recientes experiencias y, para más inri, con el marchamo de «democráticas». Además, el mismo autor que profirió el anterior «deseo» descubrió poco después que, en realidad, «lo totalitario no existe» (esta vez en sentido peyorativo), pues se resumía a la existencia de dictadores, que podían haber sido elegidos o no en las urnas. Claro que José Antonio Primo de Rivera era bastante sagaz y descubrió el busilis de lo «totalitario», sin haber llegado a conocer el resultado de la II Guerra Mundial y el advenimiento de Zapatero.

Pero volvamos a la pregunta inicial y a su posible respuesta, una vez he confesado que, si bien no como última meta, prefiero el Estado del Bienestar a la expectativa del «sálvese quien pueda» que nos ofrece el dios-mercado entre otras cosas, porque siempre son unos los que se salvarán y otros los que pasarán estrecheces.

En realidad, el Estado del Bienestar en España lo empezó a crear Franco, sólo que al margen de los dictados de la social-democracia europea y de sus (escasos) émulos españoles; y, dentro de aquel Régimen, fueron precisamente sus impulsores los que intentaban seguir las huellas de aquel que había dicho aquello del Estado «que alcanzara con sus bienes, etc.» y que había llegado a la conclusión de que «lo totalitario no existe».

Más tarde, nos asimilamos a los Estados del Bienestar del resto de las naciones europeas. Bueno, en todo no, en primer lugar porque aquí se reanudó la tradición gloriosa de la Picaresca y, sobre todo, porque se diseñó un Estado compuesto de diecisiete gobiernos, diecisiete parlamentos, diecisiete sistemas educativos, diecisiete servicios de sanidad… Es decir, llevamos nuestra originalidad –¡España es diferente!– hasta el extremo de inventar el Estado de las Autonomías. Y ahí empezó el desmadre.

Porque, al llegar la época de las vacas flacas, se ha hecho imposible soportar el déficit que ocasionan los diecisiete «estaditos» y compatibilizarlos con forma alguna de Estado del Bienestar. Si los recortes han llegado con estrépito a Francia y Alemania, como ejemplo de naciones serias, imaginémonos lo que está ocurriendo –y lo que puede ocurrir– entre nosotros, como ejemplo de nación folclórica, por decirlo en términos suaves. No le arriendo la ganancia al nuevo inquilino de La Moncloa, si quiere poner orden. Y no es de recibo argumentar que Alemania es un Estado Federal, ya que ni la envergadura económica ni la extensión ni, sobre todo, la seriedad y esfuerzo de la población del «IV Reich» es comparable al desbarajuste autonómico español, donde cada cacique tiene amplias prerrogativas, incluso la de instalar «embajadas» millonarias en capitales europeas, africanas o asiáticas.

La alternativa es sencilla: o Estado del Bienestar o Estado de las Autonomías. Lo malo es que la decisión ya no está en nuestras manos, ni en las mentalidades de la mayoría de españolitos, embebidos ellos del sabor de la tierruca, enamorados del campanario de sus aldeas y proclives a «nacionalizar» el curso de los ríos, así como de denunciar ante La Haya los agravios seculares de sus vecinos de los cuatro puntos cardinales, si los tienen.

Ya se han cuidado esos caciques de exacerbar los dulces sonidos de la gaita para que nunca pueda sonar la lira como acompañamiento de un auténtico Estado del Bienestar. Y del Bienser, insisto.

También puede que el remedio esté en manos de Bruselas, o del FMI o de algún organismo internacional, más o menos oficial o secretísimo, de esos que han decretado ahora que la democracia también ha llegado a su fin.

TEMAS DE ACTUALIDAD                                                                            arriba

matías cordón

La irresponsabilidad al poder

Los pasados disturbios del Reino Unido, asimilables a los ocurridos en otras ciudades europeas en otras ocasiones recientes, plantean la necesidad de su interpretación. Tanto para deducir el tratamiento adecuado de los mismos como para prevenir repeticiones o derivaciones.

La primera conclusión que salta a la imaginación es que los autores de tantos saqueos y destrucciones parecen estar convencidos de que ¡No pasa nada! Ni la policía va a actuar con contundencia en la represión, ni les va a faltar atención médica o social en caso de que resulten heridos. Los Hospitales les acogerán gratuitamente y tendrán comida en la mesa en cuanto decidan alimentarse, interrumpiendo sus saqueos.

Todo ello deriva de la crisis de confianza de la sociedad occidental en sus propios valores. Los códigos éticos han sido sustituidos por el buenismo, como si la Biblia que rige nuestras actuaciones y criterios fuera ahora una recopilación de guiones de Walt Disney. No afrontamos la realidad humana de la coexistencia del Bien y del Mal en conflicto continuo, y ello conduce a la aberración de pensar que lo que hacemos, lo que nos pasa por la cabeza, es el Bien. Y lo que se opone a nuestros caprichos es el Mal, que no debe ser considerado.

Esa distorsión mental origina la confusión fundamental de la situación. Se pierde la relación causa-efecto. El dicho popular de que «cada palo aguanta su vela», sabiduría imprescindible para la actuación humana a través de los tiempos, se ha transformado en la seguridad de que otros apechugarán con las consecuencias que puedan tener las acciones que yo realice porque me apetecen. No me corresponde a mí preocuparme de ello.

Mientras no se modifique esa situación no habrá solución para la irresponsabilidad que nos atenaza. Ni los hechos ni los dichos pueden quedar impunes. Permitir lo contrario es hacerle la cama a los que pretenden avasallarnos en todos los campos, tanto físicos como ideológicos.

Las primeras reacciones saludables han partido del Reino Unido, donde a las dos semanas de empezar los disturbios ya había 2.000 detenidos y más de mil doscientos juzgados y condenados. Se acabó el problema. Quizás sólo de momento, pero no cabe duda de que con los pertinentes recordatorios se recuperará la sensatez. En España, tras la vergonzosa sumisión de las Autoridades al movimiento denominado del «15 M», se han producido algunos hechos que permiten albergar cierta esperanza: Los alborotadores marroquíes que vandalizaron Colmenar hace unos meses han sido detenidos y puestos a disposición judicial, y los intentos de recuperación de la Puerta del Sol por los «indignados» han sido tímidamente reprimidos, tras protestas policiales por la lenidad de los políticos.

Son ejemplos de conflictos que proliferan preocupantemente en nuestro mundo occidental, y de la conveniencia de tratamientos convenientemente represivos. Si no hay esa represión, la situación se agrava. En todo conflicto, cada parte ocupa el terreno abandonado por el enemigo; abandonar el terreno sin lucha es un error que acaba pagándose siempre. Conviene recordar el problema del Metro de la ciudad de Nueva York. En los años ochenta la Alcaldía estaba tan desmoralizada frente al vandalismo que pintarrajeaba los vagones, que decidió someterse. Hasta el extremo de que pintarrajeó ella los vagones, para que los vándalos no tuvieran campo de acción. Hasta que el Alcalde Guiuliani decidió terminar con esa indigna postura y restauró la pintura normal prometiendo fuerte persecución policial a quien pintase una raya. El resultado está claro: El Metro de Nueva York vuelve a tener aspecto digno: Es conveniente, imprescindible, que cada persona sepa siempre a qué atenerse en sus relaciones con las Leyes.

El caso de Grecia es otro ejemplo de esa irresponsabilidad a escala nacional. Una nación que no quiere enterarse de que vive de prestado, un Gobierno que lo sabe y pretende engañar a la Comunidad internacional a la que recurre, deben ser abocados a enfrentarse con su realidad. Sin ello, el resultado no puede ser sino desastroso. Para los que prestan y para los que viven de prestado.

 La monarquía, hoy

¿Cuál es el papel de la Monarquía, hoy en día?

Las sociedades modernas pretenden que la Monarquía es algo obsoleto, propio de épocas ya superadas en las que el pueblo admitía la magia y se adhería a procesos mentales no racionales. Hoy, pensamos, el pueblo, el ciudadano, dispone de información suficiente para conocer que los dirigentes políticos no tienen por qué ser personas excepcionales, de extracción providencial o mágica, sino que deben ser seleccionados, criticados, juzgados y descartados a voluntad popular cuando esa mayoría difusa de opinión, expresada en votos, lo considere conveniente. No se admite la preeminencia permanente de nadie.

Se argumenta así que es mejor un Presidente de la República descartable, que un Rey. Y se arguye falsamente que tal opción es además más económica. En primer lugar, pocas Repúblicas son presidencialistas, y en la mayoría de ellas el Presidente es un títere casi desconocido, subordinado a los criterios del Presidente de Gobierno de turno. Es decir, en ella el Presidente de la Nación es un personaje prácticamente inútil, pues está limitado a un papel meramente representativo, sin poder real de intervención en la vida pública.

Los partidarios de la Monarquía argumentan por el contrario, que un Rey que no se jubile ni cese en sus funciones, es más económico para la Nación que una serie de presidentes, que deben ser mantenidos con una dignidad vital acorde con el papel que han representado durante un corto periodo de sus vidas.

Eso en el aspecto económico. En el aspecto de eficacia, un Rey, cuyo puesto debe sólo a la Providencia reúne la doble ventaja de que por formación y tradición está preparado para ejercer el papel de máximo garante de la entidad estatal y, además, está liberado de veleidades políticas, puede tomar decisiones en pro del interés general, sin prejuicios ni sectarismos políticos, sin que esa toma de decisiones tenga que adoptar actitudes de favorecer a una parte de la sociedad con un trágala al resto.

Esto es la teoría, claro. La práctica puede resultar menos satisfactoria si esa toma de decisiones se realiza con el apoyo de un sector o camarilla ajeno a los intereses reales del conjunto social. Ese alejamiento puede conducir a un peligroso distanciamiento de la realidad social, con resultados desastrosos.

¿Qué ocurre hoy en España?

La sociedad, enloquecida por los políticos, está adoptando disposiciones legales que van en contra de su propia naturaleza, convirtiendo en algo socialmente aceptable lo que la mayor parte de los españoles, en su fuero personal, rechaza privadamente.

La legalización del aborto, la elevación de la homosexualidad a normalidad legal, la lenidad con el delincuente, la separación y disgregación nacional, la proscripción del idioma en parte del territorio nacional, la tolerancia con la corrupción de los políticos, la impunidad de altos directivos que han conducido a un desastre a entidades financieras, la intromisión de los políticos en costumbres y usos nacionales o íntimos, la política generosa con que la clase política se recompensa a si misma… y tantas otras cosas más, son observadas con estupefacción por un pueblo que procura comportarse de otra forma y se siente impotente ante todo ello y sojuzgado por quienes dicen representarles, pero no representan otra cosa que los intereses de su partido.

¡Viva el Rey, y muera el mal Gobierno! Era el grito característico de otros tiempos que descubría tanto el malestar popular con la situación como la confianza en que la Institución monárquica salvaguardaba lo permanente. Y permanecía como un cimiento seguro de la estabilidad nacional, por encima de los vaivenes coyunturales de la vida política.

¿Es así hoy en España? Es un dato irrefutable que la Monarquía, aunque sólo con una puntación de 4,89, es la tercera Institución mejor valorada por la Sociedad, sólo tras las Fuerzas Armadas y los medios de comunicación, pero ¿es porque se juzga que está actuando efectivamente como salvaguarda de lo permanente? ¿O lo es meramente por la simpatía que procura suscitar, y efectivamente suscita, la campechanía y las maneras de la Familia Real?

Tarugos mentales

Parece ser que los únicos Estados que no tienen legalizado el aborto son la Ciudad del Vaticano y Filipinas. La ONU ha impuesto su legalización en todo el mundo, presionando a quienes se resistían a ello con amenazas de suspensión de toda ayuda internacional. El mismo camino lleva la aprobación de la eutanasia activa.

Independientemente de su vileza moral, de la autorización que ello implica para matar –al mismo tiempo que se proscribe la pena de muerte como algo salvaje e impropio de personas civilizadas–, la motivación que pretendidamente subyace tras esa actitud es predominantemente económica: se pretende elevar el nivel económico de las poblaciones por el procedimiento de recortar la población. Es decir, que haya menos a quien repartir los bienes materiales, que se considera inexorablemente limitados. Se sigue con ello la doctrina Maltusiana de que los bienes que puede proporcionar la tierra, limitados, son irremediablemente limitados, y que la población debe ajustarse a esa realidad. Toda extralimitación conducirá inexorablemente a precariedad y penuria.

Cuando mentes ignorantes se adueñan del poder político y cultural, el resultado puede ser desastroso. El simplismo de Malthus es contagioso y conduce a fuertes convicciones a los simples que lo adoptan. Si él fue incapaz de entender las posibilidades de la inventiva humana estableciendo que la capacidad de producción de alimentos estaba limitada a la disponibilidad de las tierras de cultivo, sus seguidores son doblemente culpables de incuria intelectual: a) por adoptar tal visión simplista de la realidad y b) por ignorar datos históricos a su disposición. La Humanidad ha más que quintuplicado su población desde que Maltus estableció su sentencia, pero su nivel alimenticio es hoy mayor que ningún otro en la historia.

Sólo los cortos mentales, los «tarugos» mentales, pueden hoy ignorar que el hombre es capaz de mejorar intensiva, no extensivamente, la situación material y satisfacer las necesidades que se puedan presentar en el futuro. Es difícil, evidentemente predecir cómo va a ser ese futuro, pero la experiencia permite avalar que no habrá dificultades insalvables. El hombre está en vísperas de domesticar la energía solar, y con ello disponer de recursos ilimitados para actuar sobre nuestro entorno natural.

Quienes quieren proteger a la Humanidad imponiendo la legalización de la muerte no hacen sino de estorbos para el auténtico progreso, que es el desarrollo libre del potencial humano.

EL VILLANCICO EN LA MUSICA MARCIAL (1)                      arriba

antonio mena calvo. Académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo

Uno de los capítulos de la Música Marcial menos conocido, es el de los villancicos relacionados con nuestros ejércitos, que según los distintos periodos históricos poseen una naturaleza y una denominación distinta. El que podríamos llamar villancico de armas, de carácter profano, nace a finales del siglo xv, siendo cultivado por autores anónimos y compositores de las Cortes Reales. Estos últimos, polifonistas en su mayor parte, crean durante el Renacimiento, espléndidos villancicos inspirados en hechos de armas de los ejércitos cristianos, que tuvieron lugar en la última etapa de la Reconquista y en las guerras contra el Turco.

Dos de estos hechos polarizan la atención de los autores; la conquista de Granada y la batalla de Lepanto. Del primero nos ha llegado el villancico titulado «Levanta Pascual, levanta», que comienza así:

Levanta Pascual, levanta

aballemos a Granada

que se suena qu´ es tomada.

Tras esta pequeña introducción, se inicia un diálogo entre dos personajes, Pascual y Carrillo, jóvenes pastores, a través del cual se narra la entrada de los Reyes Católicos en Granada con estos versos:

Yo te diré como fue:

Que nuestra Reina y el Rey

luzeros de nuestra Ley,

partieron de Santa Fé…

Que consuelo y que conhorte,

ver por tierras y garitas,

alzar las cruces benditas!

Oh, que placer y deporte!

y entraya toda la corte

a milagro atadiada;

que se suena qu´e es tomada.

La estructura dialogable de este villancico nos hace suponer que debió ser escenificado y representado en la fecha de la toma de Granada (1492), marcando la pauta que seguirían los autores de los siglos XII al XIX.

En cuanto a la batalla de Lepanto (1571), ya es sabido que dio origen a gran número de obras literarias, especialmente poéticas, reflejadas en parte en una breve antología que bajo el título de Los poetas de Lepanto, publicó José López del Toro, a través del Instituto Histórico de la Marina, en 1950. No ha ocurrido así en el campo de la música, pues hecho tan portentoso apenas ha merecido la atención de los compositores, con excepción de Tomás Luis de Victoria (h. 1548-1611), Fernando de las Infantas (1534-h. 1610) y algún otro.

Al primero debemos la Misa de Batalla «Pro-Victoria» de Lepanto (1600) y el correlativo «Tedeum», y a Fernando de las Infantas otras dos composiciones notables: «In  oppresiones inimicorum: Pro Victoria in turcas mellite obsedionis» (En el ataque de los enemigos: Pro Victoria en el asedio de los soldados turcos) y «Canticum Moysi: Pro Victoria navali contra turcas sacrisclasse parid» (Cántico de Moisés: Pro-Victoria naval contra las escuadras turcas).

Completa este repertorio limitado y no muy conocido, una ensalada dedicada al nacimiento de Cristo y a la victoria de Lepanto, formada por una obra portuguesa «Villancicomuy devoto a Nuestra Señora» y «Ensalada de la Victoria», de autores anónimos, y la cantata «Oid, Oid, de Juan Budrieu» (s. XVI).

Villancico de batalla

Cronológicamente al villancico de armas de los siglos XV y XVI sigue el denominado de batalla, perteneciente a la modalidad religiosa de los siglos XVII y XVIII. En esta clase de composiciones, se entremezclan temas navideños con sucesos políticos y militares como en «La toma de Alicante» y «La conquista de Buda» o «El sitio de Viena». Esta mezcla de temas en ocasiones contrapuestos, la hallaremos en muchos villancicos andaluces.

En gran número de villancicos de batalla se establece una alegoría o nexo conceptual entre el mundo teológico sacramental y la institución castrense recurriendo los autores a ideas, imágenes y palabras de índole militar. Como ejemplo podremos citar infinidad de villancicos cuyo título es harto elocuente: «Al arma, sacras milicias»; «Celestes militares», «De Belén las centinelas»; «En las celestes campañas»; «Soldadico que vienes desnudo», y así sucesivamente. Esta clase de villancicos se interpretaban preferentemente en las fiestas de Navidad, Reyes, Inmaculada Concepción, Santiago y San Fernando, que correspondían a la Pascua Militar o a los días de los Santos Patrones de las Armas, Cuerpos y Servicios de nuestros Ejércitos.

Algunas unidades como por ejemplo el Regimiento de Caballería Ordenes, de guarnición en Olot (Gerona), en 1737 ofrecen en la Iglesia Parroquial de esta villa los siguientes villancicos de batalla: «El gran Dios de las Batallas», «Resuene en confín» y «Así las órdenes rige».

El villancico, como tantas formas y géneros musicales, zarzuela, cante flamenco, canciones infantiles o toques militares, que trascendió al mundo hispano de Ultramar. Méjico, Argentina, Perú; Filipinas, etc. poseen un amplio y variado repertorio de canciones de Navidad que en muchos casos provienen de las épocas colonial y del Descubrimiento. En tierras de América se han escrito tanto el villancico culto del Renacimiento y el Barroco, como el popular que, evidentemente ha adoptado las formas autóctonas de bailes y melodías arcaicas.

En las catedrales de Méjico, Ecuador y Perú, entre otras, se encuentran villancicos de batalla como el que se conserva en la de Lima compuesto por Roque Ceruti (1685-1760) que lleva por título «Al campo sale María», dedicado a la Purísima Concepción, Patrona de la Infantería.

El texto no puede ser más elocuente de su naturaleza marcial:                   

¡Al arma, al arma!

¡guerra guerra!

Ya suena el tambor

Y ya el clarín

Publica por la tierra.

¡Al arma, al arma!

Guerra, guerra!

Y al estruendo y al combate,

Brama  el bronce. …

Y en el recitativo se añade:

¡Y crujiendo los cañones

se miran ya deshechos

contrarios escuadrones

y adustas y atrevidas

las piezas enemigas

ya están obscureciendo

las fuerzas del abismo

y el soberbio Luzbel,

se ha vuelto polvo de sí mismo.

Escuchando estos versos se puede apreciar con gran claridad la alegoría y nexo conceptual existente entre el mundo teológico u el de las armas, ya aludidos.

Bibliografía

CATALOGO: Catálogo de Villancicos y Oratorios en la Biblioteca Nacional. Siglos xvii-xix. Ed. Dirección General del Libro y Bibliotecas. Ministerio de Cultura. Madrid, 1990. 670 p.

MENA CALVO, Antonio: Aspectos inéditos de la música de Navidad (Del Canto Mozárabe a los villancicos militares del Renacimiento y el Barroco). Conferencia pronunciada en la Asociación Española de Amigos de la Arqueología Madrid 1997.  

LIBROS                                                                                                                                                                           arriba

Madrid 1936. Riña de gatos

Eduardo Mendoza

Editorial Planeta 2010

Aunque una reseña de una novela no sea habitual en esta sección, el caso merece la pena, por tratarse de una obra de ficción en la que José Antonio ocupa un lugar de protagonista, pues, aunque sea secundario, toda la trama gravita alrededor suyo. No lo merece por su calidad, pese a que la novela ganó el Premio Planeta 2010, pues la trama resulta disparatada, pero sí por lo que representa como intento de interpretación actual por parte del autor, uno de los novelistas españoles de más popularidad, de aquellos dramáticos momentos españoles.

El protagonista, un inglés perito en Velázquez, llega a España en marzo del 36, comisionado por un conocido, duque de Igualada, para peritar una pintura, un desnudo femenino, que éste ha descubierto en su casa, que pudiera ser una obra desconocida de Velázquez. En casa del aristócrata conoce a un amigo de la familia, José Antonio Primo de Rivera, cuya personalidad le fascina desde el primer momento y le introduce en su circulo intelectual, y a la hija del duque, Paquita, enamorada de aquél.

El Frente Popular está ya en el poder, tras las elecciones del 15 de febrero, pero el autor se sumerge en la ucronía de que el inglés asista al mitin del cine Europa –que tuvo lugar en realidad el 2 de febrero– como si después de la victoria del Frente Popular, Falange –ilegalizada al mes de las elecciones– hubiera tenido alguna posibilidad de actuación pública. La calle, según el autor, estaba convulsionada por grupos de jóvenes con camisa azul, que buscaban abierta y continuamente camorra con los anarquistas, curiosamente, no con los socialistas.

La trama se embarulla posteriormente porque todo el mundo, policía, Azaña, los generales conspiradores del Alzamiento, parece estar al tanto de la existencia del cuadro e intenta adueñarse de él. El duque quiere venderlo para asegurar el exilio de su familia, sus hijos, falangistas, quieren comprar armas para conseguir realizar un golpe de Estado, el gobierno quiere impedir eso y evitar la salida de una obra de arte.

El resultado es un disparate en el que el autor expone, en boca de varios de sus personajes, sus opiniones sobre toda la situación de aquel momento español. Algunas muestras de esos disparates:

–José Antonio es un tonto que se cree intelectual. Su mensaje no atrae más que a los adolescentes. Opina el Director General de Seguridad.

–Paquita, la hija del duque enamorada de él, sabe que su padre no consentirá con su matrimonio, por lo que decide forzarlo quedándose preñada. Pero, como sabe que su enamorado es un caballero incapaz de ello, decide que el inglés la desvirgue y se mete en su cama.

–El inglés, al que un falangista ha confiado su recelo de que hay un espía infiltrado en la Falange, acusa personal y directamente a José Antonio de ser un agente marxista, con el propósito de hacer inevitable la revolución comunista. Éste no lo niega, ni lo asiente.

–El cuadro, que al final arde en un incendio, ha sido clandestino porque de otro modo, la Inquisición hubiera procesado a Velázquez.

–José Antonio, en plan de Eliot Ness, salva a punta de pistola al inglés de una emboscada en la que los comunistas quieren matar a éste.

El presidente de la República, aún D. Niceto, amigo de la duquesa, decide con ésta, aprisionar a José Antonio y llevarle a un sitio apartado, Alicante, para que su vida no peligre.

¿Hay quien dé más?

E. Hermana

Aquí hubo una guerra

Enrique de Aguinaga

Plataforma 2003, 2010

Resulta para mi una osadía intentar una reseña de este libro. Osadía en la que, obviamente, incurro, tanto por simpatía como por el recomendable interés que tiene. En primer lugar, porque su textura resulta abrumadora, con 1053 citas de oportunidad irrefutable, que sólo la admirable capacidad del autor es capaz de combinar. En segundo lugar, porque es difícil sintetizar las diversas facetas del trabajo, aunque Aguinaga lo haya estructurado en claras etapas, según su estilo habitual. Y en tercer lugar, porque resulta tentador, y peligroso, intentar discernir cómo se hubiera modificado el texto si la obra, finalizada en 1993, según dice el prólogo, se hubiese acabado de redactar ahora, cuando ha sido finalmente editada. Me temo que las nuevas citas, originadas por las enloquecidas acciones de ZP, las múltiples claudicaciones culpables del PP y los silencios consentidores del Rey, hubiesen modificado amargamente el texto.

Inequívocamente, y autoproclamado, falangista, el autor omite, pese al título, hablar de la guerra que hubo en nuestro país, centrándose en destacar la calidad humana de José Antonio –cuya mención, para varias generaciones de españoles, no precisa apellidos– y exponer los propósitos revolucionarios de la Falange. Muestra que, pese a los odios que la Falange suscitó en todo el espectro político español, que no en el pueblo, y pese a su aprovechamiento o abuso descarado por el hábil estadista que resultó ser Francisco Franco y a la marginación real ejercida por el Régimen de éste, sus ideas se plasmaron en los logros sociales y culturales que transformaron la estructura social y económica del España. Una España que en 1975 era radicalmente diferente de la que explotó en lucha fratricida en 1936.

Esa transformación explica el éxito de la transición política, tras la muerte de Franco, desde una sociedad autoritaria a un sistema democrático liberal, cuyo mérito intentan atribuirse los políticos, pero pertenece casi exclusivamente a la sociedad española. Una sociedad, un pueblo, que rechazó repetidamente volver a enfrentarse, pese a las torpezas de sus políticos, que reincidieron torpemente en enconar las diferencias entre los españoles, en vez de procurar la integración de todos en una ilusión común. La España posterior a la muerte de Franco es una clara consecuencia de los designios de éste, que nunca pensó que su Régimen pudiera ser continuado tras su muerte.

Aguinaga cita múltiples aserciones, de diversas personas significativas, de que estamos viviendo en esa situación. Quizás la cita más reveladora es la de Julián Ayesta, publicada ya en 1967, en el diario SP: «El objetivo último del franquismo es llegar lo antes posible a una sociedad  desarrollada y democrática. Franco es el antifranquista más convencido del mundo. Y el más eficaz».

Un último comentario, de un lego en el periodismo, como es el que esto escribe: confío en que como fruto de su docencia universitaria, Aguinaga haya sabido transmitir a sus alumnos su asombrosa capacidad para almacenar y administrar información y citas. Parece tener todo presente en su cabeza.

E. Hermana

El antinacionalismo acomplejado

Gonzalo Sichar

Editorial Sepha. Málaga 2011. 359 páginas.

El autor, Gonzalo Sichar Moreno, doctor en Antropología y licenciado en Ciencias Económicas, profesor de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, expone en esta, por ahora su última obra, de forma nítida, rigurosa y sin complejos, la situación real y verdadera de la España actual. Libro realizado muy poco antes del triunfo del PP en las elecciones de noviembre del pasado año y aunque al erudito autor no le fue conferido el don de la profecía, la exposición de los hechos en el corto período de tiempo transcurrido reviste caracteres exactos en coincidencia total con lo descrito en la obra.

Libro enjundioso y clarificador del principio al fin reflejado en el acertado título. Y es que, en efecto, después de treinta años de la tan idealizada transición, como el autor expone, la derecha acomplejada habla para la izquierda, tratando de aparentar que no es derecha –horrísono pecado– mientras la izquierda sigue regalando concesiones al nacionalismo para sentirse más «progre», comentando certeramente Sichar cómo, al final, derecha e izquierda pactan la estabilidad del Estado con quienes no creen en España, con los independentistas.

Dentro del resignado complejo de la derecha, de los famosos «mari complejines» que afectan a la misma cual irónicamente los califica un famoso e ingenioso y culto comentarista, puede comenzar a verse o a hacerse lejana realidad al menos el manido tópico de la luz al final del túnel, y no el que dicha luz en lontananza sea la de un tren que avanza, pero en sentido contrario.

Esa luz presente con autores cada vez más repletos de racionalismo y con cada vez mayor proyección deshaciendo e iluminando las tinieblas como pueden ser Gonzalo Sichar, el fecundo Jesús Lainz, Pedro Fernández Barbadillo, Javier Barraycoa, el tan prolífico y tan erudito José Javier Esparza y otros, desafían siempre con la poderosa argumentación de los hechos la falacia antihistórica de los nacionalismos.

Una originalidad evidente del profesor Sichar la constituye la exposición sin complejos de cómo en esa idealizada Transición sólo se realizaron cesiones por parte de los «constitucionalistas», y con evidente audacia exenta de toda respuesta por los nefastos gobiernos de la UCD y su ignaro y ambicioso presidente, los nacionalistas periféricos aprovecharon el complejo de aquellos a ser tachados de franquistas, elevando al máximo sus pretensiones autonomistas y dejando además vía libre para una posterior vía secesionista.

Sichar pone de relieve la cobardía y el complejo de la derecha acomplejada de reminiscencia fascista, cuando históricamente el fascismo se produjo con la unión del socialismo con el nacionalismo. El lúcido ensayo de Sichar trata también de la diferencia entre la extrema derecha y el fascismo con orígenes ideológicos y sociológicos muy diferentes.

El extenso ensayo trata, a través de sus diferentes capítulos, de la manipulación en el discurso nacionalista, del nacionalismo vasco y sus raíces racistas, su aproximación al nazismo, del nacionalismo catalán, deteniéndose en el revisionismo histórico del nacionalismo catalán, del nacionalismo gallego y de otros periféricos falsificando a conciencia la historia en una versión orwelliana de la misma. Exhibe, situándolos en su verdadero lugar, esos complejos de la derecha que habla para la izquierda, y propone una defensa no nacionalista de una España unida, siempre, característica esencial de la obra, basada en la razón, con la recuperación para el Estado central de una serie de competencias.

Sichar confía, mejor que prevalezca el optimismo que no el razonado pesimismo, en que cada vez hay más antinacionalistas valientes que plantarán cara a los nacionalistas. Hay errores humanos que se explican por las intrínsecas limitaciones de la razón, pero la inmensa mayoría de los fallos que registra la Historia nacen de una razón subordinada a la voluntad, y cuando dicha voluntad es falsificadora y más aún no existe o es pacata una fuerza antagónica capaz de doblegarla y reducirla a su justo término, reviste mayor necesidad la existencia de una función pedagógica basada en la razón creadora y en el implacable análisis de los hechos.

Ángel Maestro

Historias ocultadas del nacionalismo catalán

Javier Barraycoa

LibrosLibres. Madrid 2011. 365 páginas.

El libro constituye un verdadero prontuario para el uso cotidiano con más de 200 apretadas y enjundiosas respuestas a las historias celosamente ocultadas por el nacionalismo catalán, en su conjunto uno de los ejemplos donde se plasma prístinamente esa aseveración rotunda de Jean Francoiçe Revel: «La mayor fuerza que gobierna el mundo es la mentira».

Javier Barraycoa, Barcelona 1963, entre otras obras publicó en la misma editorial Los mitos actuales al descubierto, que gozó de buena acogida, ha desarrollado su actividad en el mundo universitario, habiendo sido profesor y Vicedecano de Ciencias Políticas en la Universidad Abad Oliva CEU, de la que en la actualidad es Vicerrector.

Historias ocultadas del nacionalismo catalán, por su claridad de lectura y concreción trasciende lo que pudiese ofrecer un libro de investigación histórica, sino que en lo que a utilidad se refiere es un verdadero manual provisto además de una luz poderosa que disipa la niebla profunda, más aún las cortinas de humo densas y espesas que rodean los mitos del nacionalismo catalán. Historias ocultadas que no sólo han alienado las mentes de separatistas ignaros, sino que han calado en multitud de ciudadanos ajenos a ese nacionalismo pero inmersos, no siempre a su pesar, en las aguas de la dictadura de lo políticamente correcto.

Entre las más de 200 historias ocultadas y analizadas por el profesor Barraycoa, de diferentes épocas históricas y actuales, figuran la mitología inventada de la «senyera», la Renaixença uno de los grandes mitos del nacionalismo, la presencia de catalanes en todas las gestas militares españolas. O cómo el catalán fue enterrado por los propios catalanes, citando casos tan curiosos como el de Antonio Puigblanch, un catalán que en 1811 quería enterrar el catalán, o cómo la emblemática canción de la Legión «El novio de la muerte» fue compuesta por un catalán, Joan Costa. Entre tantas historias ocultadas hay que hacer forzosa referencia a la crisis de 1640 con el Corpus de sangre y la revuelta «dels Segadors», cuando el grito oído era el de «Viva la Santa Fe Católica y el Rey de España y muera el mal gobierno».

Historias ocultadas que la luz de la verdad alumbra y hace entender en su exactitud histórica, aunque se cumpla una vez más el triste dicho popular de que no hay peor sordo que el que no quiere oír. La verdad escueta de los hechos sobre Companys. La realidad del apoyo a Franco político y económico de destacados nacionalistas, los homenajes del C. F. Barcelona a Franco, el racismo de dirigentes catalanes actuales que pasan por moderados. Son tantos temas que hacen comprender la difícil labor de síntesis realizada por el autor para hacer posible esta obra. Un alegato escrito sin pasión, sino con el rigor del historiador que ha desvelado al nacionalismo catalán, autor y fabricante de una nueva identidad totalmente alejada de la realidad de los hombres que nacieron y vivieron en Cataluña durante siglos.

A. M.


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