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NUMERO 92                                                                               PRIMAVERA 2008

 

    ÍNDICE

    EDITORIAL         

     Lo del 9-m: causas, motivos, valores ¿y propósitos?

    La sorprendente reacción del PP.

 

    ENSAYOS Y CRÓNICAS

    Regeneracionismos. Aquilino Duque Gimeno

    ¿Qué  es  eso del  progresismo? Luis Antonio Vacas Rodríguez 

 

    ECONOMÍA, SOCIAL Y DEFENSA

    La economía del infierno español de napoleón (1808-1814).

    Juan Velarde Fuertes  

    Cuidado con los idus de marzo. Juan Velarde Fuertes 

    NACIONAL 

    Después de la batalla. Gonzalo Cerezo Barredo   

    «Manifiesto por la verdad histórica». Colectivo Montiel

    Lamentablemente, se acertó. R.L.G.   

    A pesar de todo, la esperanza. Manuel Parra Celaya   

    En esta hora difícil. José Viana Martín     

    Final de una época. Alberto Miguel Arruti

    Sobre el congreso del PP en junio: ¿qué cabe esperar? Rafael Luna Gijón   

    La experiencia Rosa Diez. Felipe Huertas Fernández     

    ¿Qué nos espera? Ramiro Solana  

    En defensa de Rajoy. Luis Fernando de la Sota Salazar

    Carta a Fernando Sánchez Dragó y a Albert Boadella.

    Miguel Pujadas Cabestany 

    Recrudecida inquietud ante lo que viene. José Javaloyes 

    Meditación después de las elecciones. Armando Marchante Gil   

    ¿Adaptación a nuestras costumbres? Martín Quijano 

    Beatería democrática. Matías Cordón   

    Derrota  de  extremismos, esperanza de  cordura. Luis Buceta Facorro

 

    CULTURA 

    El testimonio de los que teníamos doce años. Juan Velarde Fuertes

    Libros

 

    MUNDO DE LA INFORMACIÓN   

    El PP no logra apoyo mediático. Víctor del Esla

    Nihil novum sub sole. José Mª Adán García    

           

  

EDITORIAL

LO DEL 9-M: CAUSAS, MOTIVOS, VALORES ¿Y PROPÓSITOS?

             Lo temido y por tantos sospechado sucedió: que el PP mejoró su palmares electoral para ser ó para perpetuarse como oposición, pero que no obstante esa mejoría fracasó para llegar al poder. Las causas de ello fueron muchas y concatenadas, unas atribuibles al PSOE y otras al propio PP; a modo de parcial síntesis podrían citarse, de unas y otras, éstas: 

-        El uso abrumador del casi 90 por 100 de los medios informativos españoles por parte del PSOE, (y de sus aliados de todo signo), a lo largo de sus cuatro años de mandato y muy especialmente en la campaña electoral.

-        Ese uso abrumador inspirado en la desfiguración y descalificación más sectarias del PP desde el mismo 11-M de 2004; merito fue de Rajoy y de algunos pocos de los suyos el llegar al 9-M de 2008, después de aquello, como partido unido y con moral de lucha.

-        Los errores del PP en la elección de los consejeros más responsables en materias de imagen publica, información exterior sobre el partido, designación o promoción de algunos líderes territoriales, cuerpo de «doctrina», etc.; lo que contribuyó a la más fácil desfiguración del partido a cargo del PSOE y de sus aliados.

-        El continuado titubeo del PP sobre la línea definidora de su ideología: derecha, centrismo, pero sin entrar suficientemente en los parámetros básicos de éste; hipotecas derivadas de una aceptación de valores y de «contravalores»  para no desmerecer en cuanto a «modernidad» del partido, aceptación ni sentida ni compartida por una buena parte de la masa lógica de sus votantes, lo que viene retrayendo a no pocos de ellos; limitarse a secundar la mayor parte de las manifestaciones de masas promovidas por otros entes, y no por el propio partido a pesar de tener motivos y ocasiones para ello más allá del corto repertorio temático de esas manifestaciones, (a las que curiosamente aportó la mayoría de los concurrentes); no obstante tener un amplísimo abanico de desafueros del Gobierno, limitar la crítica a un muy corto sector de ellos; ser contradictorio en apoyos y críticas en cuestiones estatutarias (por ejemplo en los Estatutos de Cataluña por un lado y los de Valencia y Andalucía por otro, respecto a los mismos temas); etc.

-        En la propia campaña electoral abstenerse de la denuncia específica y rotunda de grandes temas como la persecución del castellano en los planes de estudio en Cataluña, el País Vasco y Galicia; el Estatuto de Cataluña (a pesar de tenerlo impugnado en el TC, como sí se temiese una derrota en ese TC y quedar en entredicho); la necesidad de una futura reforma constitucional aunque esto lo había venido pidiendo en varias ocasiones de la legislatura; no reclamar expresamente y con rotundidad el cambio de la Ley electoral por ser ésta contradictoria  -en la estrategia del PP- con interferir la ingenua pretensión de captar votos nacionalistas; no entrar al fondo en la crítica de las negociaciones con ETA; la falta de apoyo a las victimas del terrorismo; limitarse también a un breve y parcial repaso de la crisis económica que se avecina, cuando en esto tenía un campo abonadísimo; la flojedad en partes enteras del debate televisivo, como por ejemplo cuando Zapatero le denunció por la citada contradicción del PP en los Estatutos de Cataluña y de Andalucía; el no profundizar en la crítica a los temas educacional y de persecución religiosa pese a tenerlos tan cercanos, esto ultimo acaso por temer ser acusado de integrista o poco laico; etc.

-        La tolerada evidencia de ausencia de monolitismo en los cuadros directivos del Partido –el más declarado, pero no el único, el caso de Ruiz Gallardón- sin poner coto a esa división interna de forma ejemplarizante y en su momento oportuno, (no como en el caso de Gallardón), lo que sin duda tuvo su reflejo, aunque fuese poco, a la hora de las urnas. 

A pesar del sectarismo del PSOE y de todos esos errores del PP, ha sido un verdadero milagro el aumento alcanzado por éste  de votos y de escaños, señal clarísima de una cosa: es difícil que un partido en la oposición se enfrente a un Gobierno tan desprestigiado y autor de tantos errores y desmanes, que podría haberlos aprovechado para derrotarlo; señal también clara de cómo el electorado más fiel del PP lo comprendió así y lo intentó; los votos y escaños que le faltaron los «cosechó» por las causas hasta aquí esbozadas. 

Y algo también difícil de entender: el aumento de votos y de escaños del PSOE, lo que prejuzga una deformación profunda en el mas de la mitad del electorado español, que debe atribuirse a variadísimos factores entre ellos éstos: impacto en las masas del sectarismo habitual del PSOE (por ejemplo el de la «Memoria Histórica»); no ser capaces de valorar las consecuencias del deformante móvil del sistema educativo que se está implantando; considerar como un derecho de la mujer el decidir el aborto, sin valorar la aberrante tragedia que ello supone; no ver todavía la realidad de la crisis económica que se avecina; no vislumbrar siquiera las consecuencias que para el pueblo se derivarán de la ruptura de la unidad nacional con su correlativa ruptura del Estado, cuando éste es el garante de su sistema de libertades cívicas y de su protección social, etc. El que más de once millones de ciudadanos no perciban o no hagan caso de esos más que evidentes conceptos y tendencias del PSOE indica sin lugar a dudas que una gran parte de la sociedad española está mental y moralmente enferma –solo reacciona en positivo en escasas y especialísimas coyunturas sociales o nacionales- enfermedad contraída a lo largo de los años que van desde la transición hasta hoy, por culpa de todos los Gobiernos (unos más y otros menos, pero todos algo), de todos los partidos (unos más y otros menos, pero todos algo), y de infinidad de medios informativos y de sectores de pensamiento constituidos ambos en apóstoles de un modelo democrático distinguible como portador y patrocinador de unos contravalores cuya beligerancia ha borrado valores básicos en el cuadro de los mantenidos secularmente por la sociedad española; con un cuadro de valores así desfigurado, milagro es que pese a los errores u omisiones cometidos por el PP [1] aún le sigan más de diez millones de votantes; cuadro de contravalores vigente en España que obliga muy seriamente a que los partidos que defienden a su modo los valores de signo positivo: el PP (y tantos otros por pequeños que sean y hasta los de mero testimonialismo), las Instituciones del Estado y las de la Sociedad, la Iglesia, etc., deberían emprender conjuntamente un fuerte movimiento social de regeneración nacional  -empezando por una profunda reforma constitucional, fuente la de hoy de buena parte de esos contravalores- pues ante el repetido cuadro de contravalores ya no se trata de que un partido triunfe o fracase, se trata de que se salve o no la Nación en un plazo nada largo. 

Millones y millones de españoles quedamos en espera de cuanto se debata, se defina, se apruebe y se elija en el anunciado Congreso Nacional del partido a celebrar en junio. El PP debe comprender y asumir que lo más tarde en ese Congreso se le presenta una ocasión histórica, trascendente, que no puede eludir, ni infravalorar en su importancia para España.  

LA SORPRENDENTE REACCIÓN DEL P.P.                       arriba

             Esto se escribe cuando ya están en imprenta todos los artículos de esta edición de «Cuadernos de Encuentro»; ello porque al abordar su maquetación había que llenar una hueco o, en su defecto, retirar varios trabajos a fin de encajar todo el contenido en la necesaria técnica de sujetarse a concretos módulos del papel; obviamente, se ha optado por aportar este trabajo final. 

            Independientemente de la expuesta razón, había materia política para escribirlo pues a diferencia del resto de la edición –toda ella escrita poco antes, a caballo, en plenas, o recién transcurridas las elecciones del 9 de marzo- para este articulo ya se conocen las reacciones iniciales de todos los partidos (aun sin llegar al debate de investidura), ganadores unos y fracasados otros aunque alguno de éstos, como el PP, a medio espacio político y numérico entre uno y otro resultado, como se comenta en algunos artículos del numero. 

            Precisamente porque se han conocido esas reacciones tras los resultados, si hubiera habido espacio y tiempo para ello ofreceríamos aquí apuntes en relación con todas ellas –o las de los más interesantes partidos por la importancia de éstos-, pero faltándonos una y otra cosa, nos limitaremos a los apuntes que siguen sobre la reacción del Partido Popular que, como se dice en el titular, nos ha parecido sorprendente, no obstante, habrá que esperar a la intervención de Rajoy en el debate de investidura y, sobre todo, a su trayectoria política en las semanas siguientes para sentar criterios. 

            Como han dicho tantos y tantos analistas y comentaristas (y aquí, en esta edición, también se dice) jamás ningún partido en la oposición se enfrentó a un Gobierno con un palmarés tan abundante en fracasos, desmanes y errores como los ofrecidos por el Gobierno del PSOE en toda su legislatura, aumentados en el ultimo año de gestión y aun más en su campaña electoral. Los «por qués» de haber triunfado pese a ello ya se exponen suficientemente en algunos de los artículos que siguen, razón por la que no vamos a abundar en tal aspecto; pero si debemos decir –de entrada, y como base de los criterios que siguen- que precisamente por ese palmares negativo, el PP debería haber preparado unos equipos de tal naturaleza que pudieran poner al Gobierno en trance de casi quiebra, aunque éste arrancase y mantuviera la mayoría absoluta por sí y por sus alianzas; porque no se trataría de ganarle mociones de censura  -salvo evento hoy por hoy impensable- sino de que apoyándose en aquellos sus errores, el PP presionase al nuevo Gobierno «llevándolo a las cuerdas» en cualquiera de estas dos opciones: una, hacer que el PSOE «pagase muy cara», carísima, la colaboración  del PP en un «pacto de Estado» entre los dos grandes partidos para sacar a España de la gravísima crisis en la que Zapatero ha sumido a la Nación; otra, de no llegarse a esa  «gran coalición», (al no facilitarla el PSOE) colocar al Gobierno a las puertas de una posible disolución de las Cortes y a unas nuevas elecciones anticipadas pues la gravedad de la situación es tal –empezando por lo económico- que no cabe esperar su resolución clara y total a cargo de los socialistas exclusivamente, dada la experiencia constatada en ellos, sus fines, sus compromisos con otros partidos (entre ellos los de finalidad separatista), los contravalores de todo tipo que intenta imponer en la sociedad española, la demagogia e insolvencia de sus promesas electorales, etc. 

            Cuando esto se escribe es pronto para saber si una u otra opción va a darse, por lo cual es prematuro para el PP que insinúe optar por la primera de forma casi expresa dado que el PSOE ni siquiera la ha esbozado (salvo que SM. El Rey la haya «sugerido»)  y sin embargo Rajoy ha dejado «caer» ese aleatorio pacto en sus declaraciones del 4 de abril. 

            De ser así, ello explicaría nítidamente el proceso de nombramientos dentro del PP que en los días inmediatamente anteriores a esa fecha hizo publicas: el de portavoz del PP en el Congreso de los Diputados a favor de Soraya Sáenz de Santamaría y los otros nombramientos que en esa misma línea le siguieron de inmediato, todos ellos con una misma característica: ningún «peso pesado» político entre ellos, por muy dignas y admirables que las respectivas personas sean, que en efecto lo son; es decir, unas personas que salvo sorpresa hoy por hoy no presumible, no es nada fácil puedan ser los gestores de ninguna de las estrategias políticas esbozadas líneas atrás mediante las dos citadas opciones; porque, sin el menor atisbo de duda por nuestra parte, para ser gestores de una o de otra, son imprescindibles todas las mejores figuras políticas de las que disponga el PP –y no dudamos que las tenga-  pertenezcan a la generación política a la que pertenezcan, pues la juventud por serlo no significa por sí misma garantía plena de reunir las cualidades precisas para tan trascendente misión, como tampoco lo garantizaría el recurrir exclusivamente a los mas veteranos. El por qué de tan inesperada decisión de Rajoy la intentaremos explicar seguidamente mediante estas notas parciales. 

-        Por adaptarse erróneamente a tantas de las desfiguraciones interesadas recibidas sobre el necesario cambio de imagen del partido: más homologación con el «sentir nacional», alejarse de un excesivo acercamiento a la derecha clásica española, despojarse de radicalismos críticos, mayor moderación, capacidad de entenderse con los competidores, mayor dosis de juventud; etc. Y en ello Rajoy ha «picado» totalmente; es decir, derivación intima de no tener criterios firmes y padecer algún tipo de complejos al respecto.

-        Crear su propio equipo, «su» partido, pues gran parte del que ha tenido durante los cuatro años de «travesía del desierto» era herencia de Aznar, no obra suya.

-        Miedo a ser defenestrado en el Congreso del Partido en junio, a manos de esos «herederos» de Aznar, con o sin la confabulación de algunos «barones» regionales del PP, con lo cual puede haberse colocado  -para un mayor peligro al respecto- en las cercanías de un Gallardón que muy probablemente procurará serle necesario en ese Congreso, (para ser su «heredero» dentro de un par de años), pues el «esquema ideológico» de los nuevos equipos de Rajoy es más parecido al del Alcalde de Madrid que al de los núcleos de veteranos y al de esos «barones» del partido.

-        Un puro recurso táctico al haber pactado soterradamente con Zapatero el ir a la primera opción y obligarse –bajo tal acuerdo- a no exacerbar el talante crítico en los obligados debates en los que tendrían que ventilarse los acuerdos puntuales  a los que tendría que llegarse  en esa acción concertada; craso error táctico, pues el PP aparecería a remolque del Gobierno, no al revés. 

Con ser errónea esa «botadura» del equipo, lo peor no lo sería en su confrontación con el Gobierno; lo peor vendría en el Congreso del PP en junio pues, parece cosa lógica, en éste se impondría su espíritu y no el que se necesita en un partido que es ya el único que puede titularse como «partido nacional» y, por ende, el que tendría que recuperar para España sus parámetros y coordenadas de Nación plena. El que –valga como simple y único ejemplo- la Ponencia de Economía en ese Congreso la vaya a presentar y defender un «tercer o cuarta fila», teniendo como tiene el PP unos magníficos cuadros de economistas y de grandes empresarios, es un puro dislate, un error inmenso, obviamente derivado y coherente de y con la filosofía que inspira el cambio decidido por Rajoy para el partido. 

Por otro lado, el nuevo equipo ya ha cometido un grave error estructural para el mencionado Congreso de junio: olvidar los resultados del PP en cada región –tan diferentes entre sí- en las recientes elecciones; minusvalorar también el número de militantes de las territoriales del partido y a cambio primar el numero de provincias de cada Comunidad Autónoma, todo ello (tan contradictorio entre sí) a la hora de fijar el número de compromisarios para el Congreso de cada región; con lo cual la  proporcionalidad de la base militante, y la respectiva capacidad de gestión demostrada, son sumamente endebles orgánicamente y no sabemos si también en lo «doctrinal». Parece –por eso de primar el número de provincias- como si se quisiera «aplacar», de buscar el apoyo de algunos «barones», y cerrar el paso a otros, (mejor decir a otra); conocemos los respectivos números de esos compromisarios de cada Comunidad Autónoma, pero si lo reseñásemos aquí y ahora todos se sorprenderían y no pocos se sentirían justamente defraudados por su sustancial falta de equidad representativa sobre la base militante del partido. Así se está en las ya «casi vísperas» de ese Congreso. 

ENSAYOS Y CRÓNICAS

REGENERACIONISMOS                                                  arriba

                Aquilino Duque Gimeno

                                                           («El Manifiesto» de la Dictadura de Primo de Rivera)

                 El nunca bien ponderado don Julio Caro Baroja le decía en la Academia de la Historia a un académico de provincias: «Desengáñese, amigo mío, la Academia es un melonar».  Otras Academias no le van a la zaga, y en una de ellas, después de escuchar una ponencia sobre el I Concurso de Cante Jondo, celebrado en Granada en 1922, uno de los asistentes comentó que ese Concurso no habría sido posible pocos años  después, porque la Dictadura no lo habría permitido. «¿Y cuándo se celebró en Sevilla la célebre reunión de los poetas del 27?», preguntó alguien.  No sé qué melonada replicó este idiota, palabra que hay que tomar en la acepción que le daba Antonio de Nebrija, que es la de individuo que «sólo sabe de lo suyo» en lo que puede ser muy bien un pozo de ciencia.   Es frecuente entre los conversos a la democracia echarse a temblar cada vez que oyen la palabra dictadura, a diferencia de lo que ocurre a algunos demócratas de toda la vida cuyos saberes no se reducen a los de su especialidad académica.  Uno de éstos es Ramón Tamames,  autor de un  documentado estudio sobre la Dictadura de Primo de Rivera*,  del que se desprende que fue bajo este régimen, de seis años de duración, bajo el que España conoció el primer período de estabilidad, prosperidad y justicia social del siglo XX, y cuyas líneas maestras, rotas con el «error Berenguer» y la segunda República, sirvieron de guía a la otra «dictadura», la de Franco, que supo además sacar partido de los errores de la anterior.  La de Primo empezó modestamente como una «letra a noventa días» que por inercia se renovó hasta el agotamiento. La nueva en cambio afirmó su carácter vitalicio pues, aparte de no venir de un golpe de Estado incruento, sino de una cruenta guerra civil, tuvo entre otros aciertos el de no dejarse «borbonear».     

            La «víctima» en ambos casos fue una Constitución.  A los que le acusaban de ser uno de los enterradores de la Constitución de Weimar, replicaba Carl Schmitt que si él contribuyó a enterrarla, fue porque otros la habían matado antes.  La Constitución de  1876 duró lo que duró el inventor de la «fantasmagoría» del «turno pacífico», el «encasillado» y otras lindezas y se produjo la mitosis o carioquinesis de los dos grandes partidos turnantes.  Era ya un tejido muerto cuando Primo de Rivera la dejó en suspenso y los españoles se lo agradecieron.  La del 31 fue usufructuada desde un primer momento por los republicanos confesionales que hicieron con ella mangas y capirotes, notablemente al destituir a su Presidente.  No creo que, ya en guerra, estuviera muy vigente en la zona que, por inercia, se autodenominó «gubernamental» o «republicana».     

            Las Constituciones en general tienen una duración muy limitada; si se me apura mucho, la vigencia de cada una no va mucho más allá de la generación que le dio el ser.  La excepción la constituyen las anglosajonas.  La más antigua, la inglesa, es una Constitución no escrita,  pues los ingleses saben muy bien que lo permanente es el espíritu de las leyes, por decirlo con palabras de Montesquieu, no la letra, expuesta a infinitas interpretaciones o «lecturas», como se dice ahora.  Los norteamericanos, más ingenuos, pero igualmente prácticos, han hecho durar la suya a base de enmiendas sucesivas.   

            La española de 1978 es un caso patético, y es el símbolo por excelencia de uno de los delitos más populares de nuestra democracia: lo que antes se llamaba «malos tratos» y ahora de denomina «violencia de género».  No hay violencia que se le haya escatimado a nuestra Ley de Leyes, y lo más curioso es que a la cabeza de los violadores, por acción o por omisión, figure el Tribunal encargado de tutelar su virginidad.  Desde el caso Rumasa al Estatuto catalán, ese Tribunal, reflejo del Poder legislativo, perpetra o refrenda actos de unos «padres de la patria» que consideran, como la cosa más natural del mundo, que quien hizo la ley hizo la trampa.     

            Alfonso XIII, acusado de perjuro por las Constituyentes republicanas, le confesó a su biógrafo Julián Cortés Cavanillas: «Acaso de lo único que tenga que arrepentirme es de haber observado escrupulosamente los artículos de la Constitución en aquellos años», es decir, todos aquellos en que la Carta Magna hacía agua por todas partes.  Su nieto, el monarca actual, no corre el riesgo de que se le acuse de lo que acusaron a su abuelo por la sencilla razón de que él no juró la actual Constitución, sino que se limitó a sancionarla, dado que fue la Monarquía la que trajo la Constitución, no la Constitución la que trajo la Monarquía.     

            No se me interprete mal, que de sobra sé que la Historia no se repite. Ni otra dictadura ni otra república iba a hacer otra cosa que agravar los males de la patria, y es que, en los tiempos que corren, una dictadura sería todo lo contrario de lo que fueron las de Primo de Rivera y de Franco; sería una dictadura caribe, y ya saldría alguien dispuesto a recoger la antorcha que aún arde en el puño agonizante de Castro. Tampoco sería muy distinta esa república presidencialista con que sueñan muchos ingenuos.        

            No soy, pues, partidario de abolir la Constitución, sino de ponerla a salvo de los que abusan de ella y le han perdido todo el respeto. También soy partidario de sanearla y desintoxicarla,  pues con ella en la mano es aún perfectamente posible evitar el desguace de la nación. 

¿QUÉ  ES  ESO DEL  PROGRESISMO?                             arriba

Luis Antonio Vacas Rodríguez

             Los entendidos nos dicen que: “El hombre-masa moderno, carece en absoluto de personalidad y de tener una forma peculiar de voluntad y ser original en su conducta. Por esto acepta los objetivos y las formas de vida, que le son impuestas por la planificación y los productos fabricados en serie, y actúa con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado, lo progresista.” 

            El diccionario nos define como progresista, este adjetivo que se aplicaba a los partidos que tenían por mira principal el más rápido desenvolvimiento de las libertades públicas. En realidad, la técnica nos ha convertido dicho adjetivo en algo muy distinto de la realidad que en origen definía. La gran ilusión de un “Progreso Ilimitado (la promesa de dominar la naturaleza, de abundancia de materias, de mayor facilidad para el mayor número de personas, y de libertad personal sin amenazas) ha sostenido la esperanza y la fe de la gente desde el inicio de la era industrial.”· 

            Pero qué es lo que ha sucedido de aquella gran promesa, la cual suponía adquirir riquezas y comodidades y la felicidad para todos. Pues según los expertos: La famosa trinidad “producción ilimitada, libertad absoluta y felicidad sin restricciones”, como nueva religión del Progresismo que sustituiría a la Ciudad de Dios. Esto nos lleva a considerar que, los logros maravillosos materiales e intelectuales de la época industrial, nos han llevado a un nivel de desencanto que produce un trauma al considerar, hoy día, su fracaso. La época industrial, no ha podido satisfacer su gran promesa, y señalan los entendidos que son ya muchas las personas que ya se dan perfecta cuenta de lo siguiente: “La satisfacción ilimitada de los deseos no produce Bienestar, no es el camino de la felicidad ni aún del placer máximo.  

            El sueño de ser los amos independientes de nuestras vidas terminó cuando empezamos a comprender que todos éramos engranajes de una máquina burocrática, y que nuestros pensamientos, sentimientos y gustos los manipulaban el gobierno, los industriales y los medios de comunicación para las masas que ellos controlan. 

            El progreso económico ha seguido limitado a las naciones ricas, y el abismo entre los países ricos y los pobres se agranda. El progreso técnico ha creado peligros ecológicos y de guerra nuclear; ambos pueden terminar con la civilización, y quizás con toda la vida.” 

            Y como nos anunciaba el Premio Nóbel de la Paz (1952) Albert Schwitzer, en su discurso de entrega: “El hombre se ha convertido en un superhombre… pero el superhombre con su poder sobrehumano no ha alcanzado el nivel de la razón sobrehumana. En la medida en que su poder aumente se convertirá cada vez más en un pobre hombre… Debe despertar nuestra conciencia el hecho de que todos nos volvemos mas inhumanos a medida  que nos  convertimos en superhombres.” 

            El fracaso tan estrepitoso, se ha producido entre otras causas además de las contradicciones económicas esenciales del industrialismo, por el hedonismo más radical, el egotismo, el egoísmo y la avaricia. La avaricia y la paz se excluyen mutuamente. Nuestro espíritu hostil y de conquista nos ciega al hecho de que los recursos naturales tienen límites y pueden agotarse, y que la naturaleza luchará contra la rapacidad humana.

            “La necesidad de un profundo cambio humano no es sólo una demanda ética o religiosa, ni sólo una demanda psicológica que impone la naturaleza patógena de nuestro actual carácter social, sino que también es una condición para que sobreviva la especie humana. Vivir correctamente ya no es sólo una demanda ética o religiosa. Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano.” 

            “Ya no nos sorprende cuando los dirigentes políticos y los ejecutivos de los negocios toman decisiones que parecen beneficiarlos, y que al mismo tiempo son nocivas y peligrosas para la comunidad. Desde luego, si el egoísmo es un pilar de la ética práctica contemporánea ¿por qué habrían de actuar de otra manera? No parecen saber que la avaricia (como la sumisión) vuelve a la gente estúpida aún en lo que atañe a su verdadero interés, al interés de sus propias vidas y de las vidas de sus esposas y sus hijos. Al mismo tiempo, el público en general está tan egoístamente preocupado por sus asuntos particulares que presta muy poca atención a los problemas que trascienden el terreno personal.” 

            Desde hace años, diversos pensadores, consideran que el hombre se encuentra en proceso de alumbrar una nueva conciencia  y que, a pesar del actual cautiverio moral y espiritual, podrá ser capaz de superarlo, venciendo el temor, la ignorancia y el aislamiento en que se encuentra hoy día. 

            Suele admitirse por los estudiosos que: “El hombre ha entrado en una época de la historia de la evolución. Está luchando por conseguir un cambio fundamental, ya que ha intervenido en este proceso evolutivo. Más vale que aproveche este hecho y que cultive su sabiduría para dirigir el proceso hacia su realización y no hacia su destrucción […] Con su intervención inteligente en el proceso evolutivo, el hombre ha acelerado y ha extendido mucho el campo de sus posibilidades pero no ha cambiado el hecho básico de que esto continua siendo un proceso tentativo, y corre el riesgo de tomar caminos que lo conduzcan a la esterilidad de la mente y del corazón, a la apatía moral y a la inercia intelectual, y aún de producir dinosaurios sociales inadecuados para vivir en un mundo en evolución. 

            Sólo los dirigentes espirituales e intelectuales de nuestra época […] tienen conciencia de la verdad de que más allá de las diferencias entre los hombres existe una fuerza de unión primordial, ya que todos estamos unidos por una humanidad común, más fundamental que toda unidad dogmática; aquellos que reconocen que la fuerza centrífuga que ha aparecido y atomizado a la humanidad debe ser reemplazada por una estructura y por un proceso integrador capaces de conferir sentido y finalidad a la existencia; los que comprenden que la ciencia, cuando no esta inhibida por las limitaciones de su metodología, cuando es pura y humilde, lleva al hombre a un campo indeterminado de consecuencias aún no soñadas que pueden surgir de ella. 

            Virtualmente todas nuestras disciplinas se apoyan en conceptos que hoy son incompatibles con el axioma cartesiano y con el punto de vista de un mundo estático que una vez se derivó de éste. Pues subyacente en las nuevas ideas, incluso las de la física moderna, hay un orden unificador, pero este no es la causalidad; tiene una finalidad, pero no fuera del universo y del hombre, sino dentro del universo y dentro del hombre. En otras palabras, parece que habitamos en un mundo de procesos y estructuras dinámicas. Por ello necesitamos calcular las potencialidades más bien que las probabilidades, necesitamos más una dialéctica de la polaridad, en la que la unidad y la diversidad se definan de nuevo como polos simultáneos y necesarios de las misma esencia. 

            Nuestra situación es nueva. Ninguna civilización había tenido que enfrentarse al desafío de la especialización científica, y nuestra respuesta debe ser nueva […] se ha comprometido a asegurar que las necesidades espirituales y morales del hombre como ser humano y los recursos científicos e intelectuales que tienen a su disposición para la Vida logren una armonía productiva, significativa y creadora. 

            Hay que testimoniar el significado superior de la Vida, de la biología, no como se revela en el tubo de ensayo del laboratorio, sino como se experimenta en el organismo vivo. Pues el principio de la vida se basa en la tensión que relaciona al espíritu con el reino de la materia, reunidos simbióticamente. El elemento de la vida predomina en la textura misma de la naturaleza, y por ello hace de la vida, de la biología, una ciencia transempirica. Las leyes de la vida tienen su origen más allá de sus meras manifestaciones físicas y nos obligan a considerar su fuente espiritual.” 

            Hemos de señalar que la Vida hasta para los científicos es un serio problema, puesto que el profesor S. E. Luria en su obra “La vida, experimento inacabado” nos dice: “La vida tiene dos aspectos científicos: la vida en acción y la vida en el tiempo. La vida en acción es el funcionamiento de los organismos vivientes, los acontecimientos atómicos y moleculares originados por la presencia de la vida, y es el estudio de la bioquímica. La vida en el tiempo es la persistencia, desaparición y sustitución de los organismos, tanto en virtud de la muerte individual como de la generación y la proliferación diferencial de especies nuevas: en una palabra, la evolución. Estos dos aspectos, Bioquímica y Evolución, hacen de la vida un fenómeno que ya mucho antes de la aparición del hombre había impreso una profunda huella en los rasgos. El clima y la estructura misma del planeta Tierra.”  

            No obstante, San Agustín lo entiende de otra forma muy distinta: “Pero, ¿qué es lo que yo intento deciros, Dios y Señor mío, sino que ignoro de dónde haya venido a esta vida, que no sé sí la llame vida mortal o muerte vital? Aquí estaban ya para recibirme los consuelos y favores de vuestra misericordia, según oí de los padres que me engendraron y de quien hicisteis que yo naciera, porque a mí no me ha quedado especie alguna de lo que entonces pasó.”  Y puesto que, una vez que nos encontramos ya en la vida, no esta de más el conocer las preguntas y respuestas, que madre Teresa de Calcuta nos señala para andar por ella. 

            ¿El día más bello? Hoy

            ¿El obstáculo más grande?  El miedo.

            ¿La cosa más fácil? Equivocarse.

            ¿El error mayor? Abandonarse.

            ¿La raíz de todos los males? El egoísmo.

            ¿La distracción más bella? El trabajo.

            ¿La peor derrota? El desaliento.

            ¿Los mejores profesores? Los niños.

            ¿La primera necesidad? Comunicarse.

            ¿Lo que hace más feliz? Ser útil a los demás.

            ¿El misterio más grande? La muerte.

            ¿El peor defecto? El mal humor.

            ¿La persona más peligrosa? La mentirosa

            ¿El regalo más bello? El perdón.

            ¿Lo más imprescindible? El hogar.

            ¿La ruta más rápida? El camino correcto.

            ¿La sensación más grata? La paz interior.

            ¿El resguardo más eficaz? La sonrisa:

            ¿El mejor remedio? El optimismo.

            ¿La mayor satisfacción? El deber cumplido.

            ¿La fuerza más potente del mundo? La fe.

            ¿Las personas más necesarias? Los padres.

            ¿La cosa más bella del mundo? El AMOR. 

ECONOMÍA, SOCIAL Y DEFENSA              

LA ECONOMÍA DEL INFIERNO ESPAÑOL DE NAPOLEÓN (1808-1814) (*)

                                                            Juan Velarde Fuertes

 Conviene, a mi juicio, señalar dos cosas. La primera, que ésta es una estupenda obra de la historia de un periodo clave de España, pues nuestra patria se asomó, como todo el mundo occidental, a partir de ahí, a las consecuencias del choque confluyente de la revolución liberal, de la industrial, del impacto del pensamiento clásico en la Economía, de los Smith, Ricardo, Malthus o Say, del romanticismo, de la revolución científica, y de la separación política de los criollos americanos. Como consecuencia, la España de Carlos IV, que llega al motín de Aranjuez, va a parecerse muy poco a la que se adivina tras la batalla de Vitoria, tan magníficamente relatada en las págs. 454-458. Desde luego, en lo económico, la Revolución del Neolítico ha concluido, y ha comenzado una nueva etapa, radicalmente diferente, en la historia de la humanidad. La segunda, que en este libro no se emplea para nada el método heredomarxista de la escuela de “Annales”, pero que utiliza cuando es menester la información económica, con lo que el estudioso de esta ciencia pasa a estar agradecido al profesor de Diego. Un ejemplo, la puntualización en las págs. 58-59 sobre la riqueza de España, que para daño de Napoleón se basaba en buena parte en una plata americana que nunca logró controlar. Recuérdese que este metal precioso americano –no el oro, que no tuvo en España, aunque sí en Portugal, papel esencial ninguno‑ era un producto fundamental para lograr el equilibrio macroeconómico español, porque, con la lana, era nuestro más importante artículo de exportación, que por otro lado, se buscaba ávidamente por parte de todos y cada uno de los países de Europa. Precisamente, lo que va a suceder tras la independencia hispanoamericana, es que se corta la llegada de esta plata y por eso Kindleberger considera que va a ser uno de los motivos de la crisis económica –con consecuencias sociales tan evidentes como el (Manifiesto Comunistas de Marx y Engel)‑, y políticas ‑por ejemplo, la liquidación definitiva de la monarquía a Francia‑ bien conocidas. España, sin plata americana, pasa a experimentar una seria depresión económica. Y lo contrario, prosperidad, era lo que llegaba a Cádiz procedente de los virreinatos de Perú y México. Keynes, en Madrid, en 1930, desarrolló, en relación con esto, en su proyección hacia Inglaterra y el inicio de la Revolución Industrial, un preciso análisis muy convincente. En la pág. 159 aparece el papel, pero en el bando hispanoinglés, de este metal. Por tanto, sin la plata, aparte del daño derivado de la lucha guerrillera, era imposible vivir sobre el terreno por la pobreza real de un país que no había sido capaz de hacer una reforma seria agraria (págs. 171-180, fundamentalmente). Hablar aquí del intento fallido de los ilustrados, de llevar adelante la Desamortización, lo que no deja de estar relacionado con el golpe de Estado del príncipe Fernando y todo lo que después apoyará al absolutismo y a mil grupos, por lo menos hasta el Concordato de 1851. Recuérdese el Informe de la Ley Agraria de Jovellanos e incluso muchas frases de sus Diarios‑. La literatura actual sobre esto es clarísima. También debe señalarse que existe una línea que va del partido golilla y Campomanes a Pedro José Pidal y a Arrazola, y, en síntesis, a la conducta del partido moderado. Pero estas cuestiones económicas que podrían calificarse de costosas, tienen un complemento político muy notable. 

En este sentido resulta apasionante observar cómo, lo que llamaba Perpiñá Grau, una “talasocracia”, en este caso personificada por Gran Bretaña, logra aplastar –por supuesto, con ayudas como la española‑ a una “epirocracia”, o poder continental, ‑en este caso la napoleónica‑ como después ocurrirá, por ejemplo, con Estados Unidos frente a la Unión Soviética o antes, a los aliados frente a los Imperios Centrales en las dos Guerras Mundiales, y esto porque el transporte marítimo es muchísimo más barato que el terrestre y esta circunstancia, en contiendas largas, acaba originando tal agobio para el poder continental frente al marítimo, que aquél concluye por tener que darse por vencido. La frase clave de su planteamiento se ofrece así por Emilio de Diego en la pág. 20: “La hegemonía naval..., combinada con el levantamiento español, permitieron abrir un nuevo frente en la larga pugna anglofrancesa, que acabaría siendo decisivo para la derrota del Emperador”. El papel español se encuentra en obligar a los franceses a “combatir a cientos de kilómetros de sus bases, en un territorio, inhóspito y fieramente hostil, en tanto que las fuerzas angloportuguesas se batían «en casa»”. Añádase que las guerrillas eran abastecidas muchas veces por mar (pág. 444), sin olvidar, ni mucho menos, que en 1783 había comenzado la Revolución Industrial en Gran Bretaña, y que al convertirse este país en adelantado en este sentido, iba a tener la capitanía económica hasta que, en el borde del siglo XX, le arrebata esa posición Norteamérica. 

Quizá la demostración más viva de lo que supone económicamente el dominio del mar lo tenemos en las págs. 343-344 en relación con el sitio de Cádiz. Por ese motivo, gracias a la flota angloespañola, pudo Alcalá Galiano escribir que en esta ciudad “la abundancia de víveres había producido tal comodidad de precios que bien podría llamarse baratura”, aparte de que “no sólo abundaban los abastecimientos; tampoco faltaban las diversiones. Cerca de 120 comedias y más de 90 sainetes se representaron en ... Cádiz durante el asedio”, a más de bailes, y otras diversiones, incluidos fuegos artificiales, mientras que los sitiadores del general Victor “ni cobraban ni disponían del pan necesario. Algunos jefes intentaron comprar víveres a cualquier precio, lo que dio lugar a varios episodios de mercado negro, en el que unos pocos habitantes de Cádiz vendían, ocasionalmente, alimentos al enemigo”. Amplíese con lo que se señala en las págs. 176‑177 y el contraste con la aceptable realidad inglesa; o con una referencia en la 460. 

El impacto final de la contienda en lo económico, que es mi aportación aquí esencial, se sintetiza admirablemente en las págs. 471-483: una caída demográfica del 7% ‑hace bien al atreverse a estimarla el profesor de Diego‑, la perdida de América y la llegada de las ideas económicas del clasicismo al que he aludido antes, son su síntesis esencial. Una obra, pues, excepcional por demás, y cuya lectura, por su excelente redacción, que más de una vez calificaría de admirable, hace que no pueda abandonarse una vez iniciada. 

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(*).- Discurso del autor en la presentación del libro «EL INFIERNO ESPAÑOL DE NAPOLEON (1808-1814)» debido a la pluma de EMILIO DE DIEGO. 

CUIDADO CON LOS IDUS DE MARZO                           arriba

                                                           Juan Velarde Fuertes

Cuando llegamos a mediados del mes de marzo, y consultar la prensa correspondiente a ese fatídico 15 para César, parece también un idus terrible para la economía española. Por una parte la síntesis, que hace precisamente el 15 de marzo de 2008 «The Economista». No minimicemos su importancia. Un ejemplar de este semanario se ha depositado sobre la mesa de los más importantes rectores de la economía mundial. El observar esto es preocupante en estos momentos en que ruge una especia de marabunta sobre la economía mundial. Véase la portado del «Financial Times» de 14 de marzo de 2008, centrada en un casi escalofriante articulo de Krishna Guha, titulado «Dollar falls to record low», que motiva que, por ese descenso del tipo de cambio, el PIB de la Eurozona supere al de Estados Unidos, según una estimación de Goldman Sachs. El mundo financiero pasa, pues, a intentar que no se le escape cualquier situación mínimamente dudosa. 

Por otro lado, lo que dice «The Economist» en su comentario editorial «Zap back» es cierto: «Los buenos tiempos han tenido un final abrupto» en España. En ese mismo número se puede observar, en los «Economic and Financial indicators» como un conjunto de grandes entidades financieras, profetiza un crecimiento de nuestro PIB para este año del 2,4% y para 2009, del 2,1 %. Simultáneamente, el desempleo crece y la inflación nos coloca en el puesto más alto de la OCDE. Pero he ahí que la subida fortísima del euro frena las exportaciones germanas y galas, y con ello su desarrollo. Pero, con eso, se detienen las posibilidades exportadoras españolas, aparte de lo que supone la carga inflacionista, que detiene en seco nuestra competitividad. Y ésta, ¡anda por un déficit anual por cuenta corriente de 106.201 millones de euros, con un aumento del 25,3 % respecto a 2006!. 

Finalmente, con la crisis, la recaudación impositiva cae por fuerza, mientras los gastos aumentan, porque la presión de los desempleados generará desembolsos crecientes. Y no digamos si se pretendiese seguir ese descabellado plan de absorber el desempleo causado por el hundimiento del sector de la vivienda con aumentos en el gasto publico en infraestructuras. 

Al desconfiar así de España, se explica cómo ha trepado nuestro riesgo país. Respecto a Alemania, a través de la cotización del bono germano a 10 años y del análogo español, este riesgo era de 1 en octubre de 2006. El 5 de marzo de 2007, era de 4. Pero he aquí que el 15 de marzo de 2008 se supo que este diferencial, «spread» o riesgo país, es ya de 40. 

Frente a estos avisos recibidos en los idus de marzo, ¿se anuncia alguna medida seria? Ninguna. ¿Dónde Bruto afila el cuchillo para asestar un golpe terrible a nuestra economía, con lo que es posible que ésta se derrumbe bajo la efigie del éxito del modelo Aznar-Rato? 

NOTA DEL CONSEJO DE REDACCIÓN 

Para esta edición de «Cuadernos de Encuentro», nuestro ilustre consocio y colaborador Juan Velarde nos había aportado dos magníficos artículos, ninguno de ellos de especifico tema economico, y estabamos a punto de pedirle otro más, con esa materia; no hemos necesitado hacerlo pues en su columna semanal de ABC del 24 de marzo hemos leído el texto que, reproducido Íntegramente, precede a esta nota. 

Con él se completan no pocos trabajos de este número de «Cuadernos», que tratan de la situación general nacional que nos encontramos tras las elecciones generales del 9 de este mes, en cuyo resultado parece como si nuestros compatriotas no hubieran tenido en cuenta la situación que lacónicamente se refleja en el trabajo de Juan Velarde. 

NACIONAL

DESPUÉS DE LA BATALLA                                             arriba

                                                          Gonzalo Cerezo Barredo

             Campos de soledad/mustio collado... O también, miré los muros de la patria mía... Tampoco viene mal releer algún texto del maestro Ortega que estos días cobran inusitada actualidad, como Nueva y vieja política, o El error Berenguer. O La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano, de Laín (1958).Y ya que estamos, ahora que podemos disponer de las Obras Completas de José Antonio editadas por Plataforma 2003, repasar los análisis políticos que dedicó a las elecciones de 1936, que podemos encontrar en el tomo II. En especial Ha fenecido el segundo bienio, (Arriba, 9 de enero de 1936) y Aquí está Azaña (Arriba, 27 de febrero de 1936)   

            Y así podríamos seguir buscando en la memoria (buena) las persistentes frustraciones de nuestros clásicos para lamernos en soledad las heridas de la melancolía. En el fondo todo serían efugios para evadir la realidad: ellos han ganado, y nosotros hemos perdido. Digo nosotros porque, como dejé claramente sentado en mi anterior colaboración (*), yo voté al PP. Eso en primer lugar: en  segundo porque el resultado de las elecciones son un desastre sin paliativos, si se me permite parafrasear tan regia frase. 

            Cierto que ni yo ni otros muchos teníamos, ya no digo la certeza, ni siquiera la confianza del triunfo. En realidad mi invocación final a votar a este partido era una llamada desesperada a la imperiosa exigencia de desalojar del poder a quienes durante cuatro años, no habían hecho más que demostrar el uso irresponsable del mandato sobrevenido que el pueblo español les había otorgado. Como no somos escandinavos, la ducha alternativa de frío-calor a que durante todo este periodo, nos han sometido tanto el gobierno como la oposición, no ha servido para lo que se supone que ha sido inventada: hacer reaccionar al pueblo español. 

            Y ya que hablamos del pueblo, deberíamos desterrar del repertorio político, de una vez para siempre, otro de los presuntos axiomas más socorridos.  El de vox populi vox dei,  ha demostrado tantas veces su inexactitud que parece increíble que todavía se cite en las tertulias y ámbitos académicos. Dios –el Dios cristiano- es Señor de la Historia, ciertamente, pero en ningún sitio está escrito que tenga que inclinar, por muchas rogativas que haga el pueblo soberano, el resultado de las urnas a uno u otro lado. La doctrina de la subsidiaridad tiene la solvencia suficiente para que nos demos cuenta de que Dios deja a los hombres la responsabilidad de decidir lo que los hombres deben resolver por sí mismos. En la eternidad de Dios solo cabe el largo plazo. Para enderezar los errores de los hombres tiene tiempo de sobra. Pero tiempo es, justamente, lo que a nosotros nos falta. 

            En estos días se ha citado mucho el magistral cuento de Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 1921-Mexico D.F. 2003): cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí. Y es que el acto de votar no es un pase mágico. No existe un Harry Potter de la política que haga desaparecer los problemas. Cuando  nos despertamos el lunes tras la ordalía electoral, el rey sigue desnudo, y los problemas no sólo se ven con más claridad al desvanecerse la fantasmagoría de la campaña electoral, sino que además muestran su verdadera y angustiosa realidad: son mucho más grandes y más graves de lo que sospechábamos. Las agoreras voces de las casandras que no se cansaban de pronosticar lo que se nos venía encima eran antipatriotas  -Zapatero dixit- pero se habían quedado cortas. 

            Ni siquiera el príncipe de Lampedusa, en su añorante Gatopardo, (es preciso que todo cambie para que todo siga igual) puede consolarnos de la derrota. No hay derrotas dulces. No ha tardado, desgraciadamente, en demostrarse que la victoria tiene muchos padres mientras que la derrota es huérfana de solemnidad. O no: ya lo había escrito: Si el PP no gana o no obtiene un resultado contundente, ya están engrasados en sus vainas los cuchillos prestos a cortarle la yugular al jefe. Me equivoqué: Rajoy ha conseguido un respaldo más que brillante. Pues bien; eso no ha sido suficiente. Las aguas del PP bajan revueltas y agitadas y algunos han recobrado las ambiciones que parecían guardadas para mejor ocasión.  

            Nuestras buenas gentes no se conforman sólo con el juego brillante. Quieren ganar, aunque sea de penalti. ¿Y quién  debe caer bajo las terribles iras del español sentado, y la imparable ambición del «quítate tú para ponerme yo?». El entrenador. Se ha escrito tanto en estos días que han transcurrido desde las elecciones que a estas alturas queda muy poco que decir así que no vale la pena insistir en analizarlas Entre todas las cosas que es necesario abordar para esta legislatura a punto de comenzar, hay una sóla segura: Rodarán cabezas. No solo en el PP. Y pese al ensordecedor ruido mediático que nos aturde a todas horas, pienso que Rajoy se merece otra oportunidad si madura y deja aflorar su inequívoco instinto de líder. 

Kipling revisitado 

            A los admiradores de José Antonio no es necesario recordarles el texto de Rudyard Kipling (Bombay, 1865-1936) que a modo de breviario tenía enmarcado en su despacho de abogado: if  you can meet with Trumph and Disaster / and treat those  two impostors  just jus the same.... Divulgado en su día por Doncel, en muchos hogares españoles de nuestra generación se conserva devotamente este paradigmático poema del extraordinario autor  británico en la bella versión, de Jacinto Miquelarena. La cita es larga  y consabida, pero vale la pena recordarla:... Si alcanzas el triunfo o llega tu derrota / y a los dos impostores les tratas de igual forma. / Si logras que se sepa la verdad que has hablado, / a pesar del sofisma del Orbe encanallado./ Si vuelves al comienzo de la obra perdida, / aunque esta obra sea la de toda tu vida. / Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría, / tus ganancias de siempre a la suerte de un día, / y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea / sin decir nada a nadie lo que eres y lo que eras... No  conozco una mejor definición del líder. Seguramente tampoco José Antonio. 

            La no concluida experiencia de Sarkozy; la desaparición  de Blair y su «tercera vía», y la desconcertante figura de Merkel, ponen en cuestión el concepto carismático de líder (Weber), muy deteriorado ya por las modernas teorías de la comunicación. Sus métodos de persuasión constituyen el equipaje básico para la fabricación a gran escala de líderes. Presuntos mientas la dura realidad no  muestre la insondable vaciedad de su contenido.  

            Entrar en una discusión sobre el concepto de líder y liderazgo nos llevaría demasiado lejos. Limitémonos a decir con Belén Rodríguez Vilaplana, en su intervención ante el VII congreso del Centro Latino Americano para la reforma Política y de la Administración (CLAD), celebrado en  Lisboa, (octubre del 2002), que el liderazgo político es el gran desconocido de la ciencia política. Por desgracia la ciencia se toma su tiempo y necesita hechos para establecer sus análisis. Tal vez los líderes sean una especie a extinguir, pero la existencia reciente de figuras de la talla internacional de Juan Pablo II y su sucesor Benedicto XVI, más bien tienden a demostrar lo contrario. Es altamente recomendable a este respecto la lectura de El Presidente, el Papa y la primera Ministra, un trío que cambió el mundo, de John O’Sullivan, editado en octubre de 2007, por la Fundación FAES  (¡vaya!).  

            En él se cuenta la apasionante historia de tres líderes que no se dejaron amedrentar por las peores y más feroces críticas de una oposición que, aun viniendo a menudo del ámbito académico establecido, tenía mucho más de  irracional  respuesta del antiamericanismo en general y del desprecio a la derecha liberal en particular. Esta era, entre otras cosas, la lamentable herencia del 68 –amén de otros tópicos de obcecada aceptación, incluso entre quienes se consideraron libres de toda sospecha- del «vaquero ignorante», la «ambiciosa liberal sin compasión», y el Papa ultraconservador «que venía a liquidar el concilio que había puesto en sintonía a la iglesia con el mundo moderno». Esto constituía  un terrible pecado.  

            Como señala el autor, «dicho francamente, Wojtila era demasiado católico, Thatcher demasiado conservadora y Reagan demasiado americano». Demasiados «demasiado». Demasiada firmeza para un mundo desnortado, en el que empezaba a imperar ya el pensamiento débil, el relativismo acomodaticio, y los llamados «mass media» puestos de moda entre Macluhan, y «el debate» por antonomasia. Me refiero, claro está, al producido en la televisión entre un joven Kennedy que levantó muchos ideales perdidos, y el gastado representante de la vieja política –cuyos méritos, por otra parte comienzan ahora a ser reconocidos- que sirvió para inaugurar las relaciones entra la persuasión y el poder...  El único poder democrático, no sometido, por cierto, a votación ni escrutinio: El de los modernos medios de comunicación, que amparados en la sacrosanta libertad de prensa, no responde ante nada ni ante nadie, salvo la suprema ley del mercado (¿)? Tremenda paradoja que en este caso –y sólo en este-  aceptamos sumisamente en homenaje a la corrección política. 

            Si los padres fundadores de los Estados Unidos de América hubieran previsto las demoledoras consecuencias a que ese letal principio abocaría a la democracia que soñaban, sin adecuadas limitaciones, probablemente habrían sido más cautelosos al formularlo. De hecho varias enmiendas constitucionales lo han intentado, pero no hay nada más indiscutible y sagrado que un dogma, sobre todo si este es laico. 

            En España aun es peor. Al mayo del 68 se une la «terrible anomalía política del franquismo»… Han transcurrido 33 años desde la muerte de Franco; una generación y media, pero no importa. La «memoria histórica» trata de resucitarlo para estar seguros de que esta vez no  morirá en la cama. Terrible pecado para quien ganó la guerra y se empeñó en dejarnos una España mejor que la que había encontrado. La derecha no se ha recuperado del estigma y no levanta cabeza del diván del psicoanalista para curarse sus complejos

 Sin noticias de Gurb  

            Seguramente Eduardo Mendoza, no sospecharía que su manoseado título  (Barcelona, 1991) iba a ser utilizado pasados diecisiete años para aludir yo a la patética orfandad de liderazgo que encontramos a izquierda y derecha. El trabajo antes mencionado de la profesora Rodríguez  Vilaplana, atribuye a Linz, la expresión liderazgo innovador para definir al nuevo estilo de liderazgo.  El mucho crédito que disfruta el profesor Linz en  el campo de la sociología política, da un especial valor a la amplia cita que hace  la autora: Este sería el realizado «por personas que dirigen con éxito los desafíos que plantea a una sociedad un acontecimiento histórico concreto y cambios políticos o sociales irreversibles, ganándose el apoyo, o al menos la aceptación, de la sociedad, la aprobación del electorado y la tolerancia de las principales instituciones»  

            Todo esto parece sencillo, y seguramente son muchos los que osarían colgarse medallas en este sentido.  Pero, añade: «su base es la toma de decisiones consideradas inciertas, impopulares y peligrosas, las cuáles se pueden considerar muy costosas a corto plazo, pudiéndose llegar incluso a la pérdida de apoyo del líder  por el electorado, y, en última instancia, a la dimisión o abandono del poder». El subrayado es mío. 

            Ya digo. Llámese Gurb o cualquiera de los otros muchos nombres que tenemos en la cabeza, lo más desalentador, pasadas casi tres semanas de las elecciones cuando esto se escribe, es que  el líder ni está ni se le espera. 

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(*) Cuadernos de Encuentros, num 91: «Votar o no votar, esta es la cuestión», pag. 10

«MANIFIESTO POR LA VERDAD HISTÓRICA»                  arriba

            Por la reproducción y comentario:

                                                                     (Colectivo Montiel)

Introducción. 

            Con el título que precede, y en diversos medios informativos, a finales de 2007 –y en otros más tardíamente- apareció el manifiesto que a continuación reproducimos íntegro. (A su final, nos permitimos unas matizaciones que creemos son importantes, aún sin restar la importancia que tiene el texto que seguidamente se puede leer). 

Texto original. 

            «Diversos  políticos y partidos propugnan una determinada visión de nuestro pasado mediante la llamada Ley de Memoria Histórica. Este acto, por sí mismo, constituye un ataque a las libertades públicas y la cultura. 

            «De modo implícito, pero inequívoco, la ley atribuye carácter democrático al Frente Popular. Hoy está plenamente documentado lo contrario. Dicho Frente se compuso, de hecho o de derecho, de agrupaciones marxistas radicales, estalinistas, anarquistas, racistas sabinianas, golpistas republicanas y nacionalistas catalanas, todas ellas ajenas a cualquier programa de libertad. También esta acreditado suficientemente que, ya antes de constituirse en Frente, los citados partidos organizaron o colaboraron en el asalto a la Republica en octubre de 1934, con propósito textual de guerra civil, fracasando tras causar 1.400 muertos en 26 provincias, y que, tras las anómalas elecciones de febrero de 1936, demolieron la legalidad, la separación de poderes y el derecho a la propiedad y a la vida, proceso revolucionario culminado en el intento de asesinar a líderes de la oposición, cumplido en uno de ellos. Esa destrucción de los elementos democráticos de la legalidad republicana hundió las bases de la convivencia nacional y causó la guerra y las conocidas atrocidades en los dos bandos y entre las propias izquierdas. 

            «La Ley de Memoria Histórica alcanza extremos de perversión ética y legal al igualar como «víctimas de la dictadura», a inocentes, cuyo paradigma podría ser Besteiro, y asesinos y ladrones de las checas, cuyo modelo sería García Atadell. Así, la ley denigra a los inocentes y pretende que la sociedad recuerde y venere como mártires de la libertad a muchos de los peores criminales que ensombrecen nuestra historia. También erige en campeones de la libertad a las Brigadas Internacionales orientadas por Stalin, a los comunistas que en los años cuarenta intentaron reavivar la Guerra Civil o a los etarras que emprendieron en 1968 su carrera de asesinatos. ¿Cabe concebir mayor agravio a la moral, la memoria y la dignidad de nuestra democracia? 

            «La falsificación del pasado corrompe y envenena el presente. Nos hallamos ante una clara adulteración de nuestra historia agravada por la pretensión de imponerla por ley, un abuso de poder acaso compatible con aquel Frente Popular, pero no con una democracia moderna. La sociedad no puede aceptarlo sin envilecerse: los pueblos que olvidan su historia se condenan a repetir lo peor de ella. Que el silencio no nos condene. 

            «Firmas: Pío Moa (historiador), César Alonso de los Ríos (ensayista), Federico Jiménez Losantos (ensayista y periodista), José María Marco (historiador), Adolfo Prego (magistrado del Tribunal Supremo), Milagros Romero Samper (historiadora), Pedro Schwartz (catedrático Universidad), José Luis Orella (historiador), Ricardo de la Cierva (historiador), Jesús Palacios (historiador), Juan Carlos Girauta (ensayista), Sebastián Urbina (profesor de Filosofía del Derecho), César Vidal (historiador), Eugenio Togores (historiador), José Vilas Nogueira (catedrático Universidad y escritor) y 7.640 firmas más.» 

Matizaciones al texto reproducido. 

            El conjunto nos parece interesante y aceptable, y tiene un valor innegable sobre todo porque se ofrece frente a la marea de sectarismo del Gobierno, que ha desatado una «memoria histórica» que además de ser parcial incide en falsedades sin cuento, una «memoria histórica» que sería mejor titularla «deformación histórica».

             Ciertamente, se centra en una certera critica del Frente Popular que en la Ley se pretende rehabilitar (en pugna con su verdadera historia), pero olvida a conciencia que tal Ley no solo reivindica esa etapa de la II República sino que de hecho, y sobre todo, condena por sistema al «anterior Régimen» hasta en sus más minúsculos símbolos, cayendo en el olvido contradictorio de que si éste nació lo fue, en sus orígenes, precisamente para erradicar ese Frente Popular que se critica dura y justicieramente en el manifiesto. (Ello, independientemente del juicio que merezca a cada uno la guerra en que degeneró aquel intento, y la postguerra).No se trata de que se exalte el hecho histórico del 18 de julio, sino de que, al menos, y aunque sea de pasada, se reconozca que tuvo su razón de ser por el aberrante Frente Popular que se estaba padeciendo. (Curiosamente, encabeza la relación de firmantes Pío Moa, que en su libro «1936: El asalto final a la República» aborda, (una y otra cosa), con la objetividad que le caracteriza. Pero es lógica tan importante omisión porque para algunos de los firmantes les es plenamente aplicable el juicio expresado en el artículo-denuncia aparecido en «Cuadernos de Encuentro» nº 91 y titulado «Homenaje y reproche… y clavo ardiendo». Por unas y otras razones, el manifiesto solo cabe ser calificado como de «mínimos», como un «mínimo común  denominador» muy pequeñito; bien está su aparición, pero la gravísima situación de España obligaba a más, a mucho más,  y más profundo, aunque el ser más explícitos hubiera reducido el número de firmantes. (El resultado de las elecciones del 9 de marzo demuestra esa necesidad). 

            Respetamos a todos los firmantes, reconocemos su valor al estampar sus firmas (especialmente a los que más conocemos y valoramos –sin minusvalorar a los demás- como Pío Moa, Ricardo de la Cierva, Togores, Adolfo Prego y acaso a algún otro) y si hemos señalado críticamente la omisión esbozada para el conjunto del documento, ha sido porque por la situación de España –la actual y la que lamentablemente se espera- se necesita algo más que los «mínimos» contemplados. 

            No ignoramos que esta nuestra recomendación roza lo utópico por causa de lo que es habitual, ahora, en la sociedad española, pero si se quiere regenerar ésta desde los parámetros de las verdades históricas, hay que tomar la decisión desde hoy mismo de usar de modo creciente solo el rigor de esa verdad histórica; el ceder constantemente en ese uso exclusivo –por discutibles razones de convivencia o moderación- conduciría a una perpetuación del error; eso sí, mucho más compartido que el rigor y la autenticidad.      

LAMENTABLEMENTE, SE ACERTÓ                                arriba

                                                                                            R.L.G.

            Perdóneseme la autocita y es claro que lamento haber acertado, por un doble motivo: la muerte de un inocente y la utilización sectaria de esa muerte. Pero el caso es que en el artículo titulado «Compás de espera» que apareció en la edición precedente de «Cuadernos de Encuentro» (nº 91), en su página 38, sobre mi firma, se pudo leer lo siguiente: 

            «…Pero hay otras interpretaciones sobre el por qué del atentado del 1 de diciembre, una de las cuales, por su increíble motivación, la expongo separadamente de lo anterior. Su motivación sería un asqueroso y criminal maquiavelismo por parte de ETA: el no haber actos criminales, con sangre, no tendría por qué ser el mejor aval electoralista para el PSOE –como se reflexionaba antes- pues podría ser aun mejor aval el que hubiera actos criminales espectaculares, pues con ellos la justificación del PSOE en el sentido de que no está negociando con ETA sería plenamente creíble. Lo terrible de este supuesto teórico –que, obviamente, no es atribuible a los socialistas- es que el Gobierno se está agarrando a él con dureza condenatoria para que quede claro al electorado que no cede ante ETA, aunque sigue silenciando si volverá o no a negociar con la banda» (Hasta aquí la reproducción). 

            Y espectacular fue el asesinato en Mondragón del ex –concejal del PSE-PSOE y espectacular fue su utilización contra el PP en palabras, en actos vejatorios y en publicidad de esos actos (recuérdese la prohibición a Rajoy de que diera el pésame a los familiares de la víctima, entre otras anécdotas que ahorro) y, asimismo, la exhibición del dolor  -llevando a hombros el féretro- de quienes meses antes se habían reunido, para negociar, con los directivos de Batasuna; todo un espectáculo denso y reiterativo con vistas a las elecciones que tres días después iban a tener lugar en toda España; un nuevo quebranto del día de reflexión (como el del 13-M de 2004), que aunque con menos espectacularidad e incidencia que aquel, también ha movido votos a favor del partido político de la víctima. 

            Todo ello sin que Zapatero accediera a derogar el acuerdo parlamentario autorizándole a negociar con ETA, sin que el PP pudiera lograr se aprobase –en la declaración de repulsa del asesinato- el acuerdo de todos los partidos a no negociar con la banda; es decir, manos libres para Zapatero para negociar; y con los nacionalistas vascos «moderados» es publico y notorio que ya lo está haciendo; con uno y otro dialogo llevar a termino la estructura territorial y estatal que ha decidido implantar. De la acción criminal en Mondragón pronto se verán sus consecuencias prácticas y «legales» para unos y otros; se acertará también. 

A PESAR DE TODO, LA ESPERANZA                              arriba

                                                                    Manuel Parra Celaya 

            Bastantes catalanes nos hemos alegrado de la espectacular caída de ERC en las pasadas elecciones. En el fondo, al ciudadano normal le terminan aburriendo esas actitudes mesiánicas, a la vez que prepotentes e inquisitoriales, que, además, tocan de cerca por estar situadas en el ámbito de vecindad. También, porque muchos catalanes empiezan a ser muy sensibles a esa imagen, entre sectaria, despreciativa y grotesca que la otrora Cataluña del «seny» adquiere en el resto de España a causa de las intemperancias de los llamados «republicanos». 

            El descenso de Esquerra, aparte de alegrarme, me ha suscitado dos preguntas interrelacionadas: ¿es cierto que, como sostuvo su candidato en la noche electoral, muchos de sus votos naturales fueron al PSC «para frenar al PP»? Si esto es así, ¿qué calado tienen las convicciones de estos votantes –se supone que identificados con el mensaje separatista del partido (y no caigamos en el error de utilizar el eufemismo de «independentista»- para que den su voto a los socialistas? 

            (Una tercera pregunta me queda en el macuto, pero temo al formularla que me acusen de «caza de brujas»: ¿no tendrá el votante de ERC una perspicacia política superior que le hace ver que los socialistas de Zapatero y de «la niña de Felipe González» son útiles para lograr sus objetivos a medio o largo plazo? Avergonzado de mí mismo, alejo esta suposición y sigo…) 

            Todos estamos de acuerdo en que el voto actual raramente es ideológico; predomina el «voto útil» y –algo muy hispánico- el «voto anti», pero la cuestión no queda por ello desdibujada. A lo mejor, muchos votantes de Esquerra lo son por la vaga sensación de que se trata de un partido «de los suyos» (léase catalán) y es «de izquierdas», más que por los clamores separatistas. (Este pensamiento me reconforta alto y tranquiliza mi mala conciencia).