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ÍNDICE
01- Regeneración en España, ante el 20N Luis Fernando de la Sota 02- El guirigay nacional Luis Buceta Facorro 03- Entendamos el mundo que nos rodea Manuel Parra Celaya 04- Jesús López-Cancio, un falangista reformador Juan Velarde Fuertes 05- La crisis que atenaza a España Armando Marchante Gil 06- Nuestra Nación y nuestros símbolos Juan Ramón Lozano Rojo 07- Vivir ahora José Manuel Cámara López 08- Las obsesiones de Anson Jesús Flores Thíes 09- Julio Manegat: Un hombre íntegro José Beltrán 10- La ramificación de ETA Álvaro Hernán 11- Con indecorosa deferencia Manuel Parra Celaya 12- La tragedia europea y la JMJ Antonio Torres 13-
Afganistán, las reformas constitucionales de Mohamed VI y política de España
Colectivo Montiel 15- Manteniendo las causas se producirían los mismos efectos Ramiro Solana
16- El debate de la conquista Pío
Moa
REGENERACIÓN EN ESPAÑA, ANTE EL 20 N arribaL. FERNANDO DE LA SOTA. Presidente del Club . Resumen de la ponencia presentada por el Presidente del «Club de Opinión Encuentros» en la Tertulia de «Encuentros en El Pardo», el 20 de Octubre de 2011. El término regeneración, al igual que otros muchos vocablos, tiene diferentes acepciones y sobre todo interpretaciones. Por eso, en muchos casos su utilización por unas u otras personas, especialmente del mundo de la política o los medios de comunicación, adquieren significados distintos y en muchos casos contradictorios. Si vamos a su origen médico, sabéis que regeneración es lo contrario de enfermedad o putrefacción. Es conseguir que una víscera o un miembro, vuelva a su estado primitivo. Se regenera la piel quemada, un fragmento óseo, u otra cualquier parte dañada del cuerpo humano. Pero insisto. Se trata de devolverlo a su anterior aspecto o situación. Por eso, el concepto regenerar o regeneración, referido a la política en sus diversos aspectos, políticos, sociales, educacionales, culturales, económicos etc., puede tener un sentido confuso y en muchos casos rechazable. Porque cuando se aspira a regenerar, no se hace siempre para volver a una situación igual a la anterior que, en ocasiones, puede ser tan mala e incluso peor que la presente. Se supone que cuando un pueblo, una sociedad, se propone su regeneración, lo que quiere, es mejorar de una forma paulatina o radical una situación que considera por unas u otras causas perjudicial o insostenible. Y eso se puede hacer a través de reformas o cambios puntuales más o menos profundos, pero desde el mismo sistema o desde el mismo régimen, y le llamamos un proceso reformista. O de una forma radical, e incluso traumática, a través de un proceso revolucionario, que no sólo haga esas reformas, sino que lo haga incluso sustituyendo ese sistema o ese régimen por otro distinto, cosa que a lo largo de la Historia casi siempre se ha producido de una forma violenta y con derramamiento de sangre. Pero ahora está muy de moda hablar de regeneración. Pero de regeneración con apellido. De regeneración democrática. Hace poco comentaba con algunos amigos que hay términos que no se deben adjetivar nunca porque se devalúan, pierden la fuerza de su identidad. Y la regeneración es uno de ellos, como la libertad, o como la dignidad, que pueden perder su auténtico significado, o simplemente convertirse en una tontería. Dentro de poco habrá asociaciones de dentistas o de fontaneros democráticos. Y por eso, la regeneración a la que me refiero se adjetivaría ella sola por las intenciones con que se realice, los temas que abarque, y sobre todo, por los resultados que consiga. En España, este tema de la regeneración ya ha pasado por otras etapas en nuestra historia cercana, y ha sido objeto de la atención, e incluso del entusiasmo, de buena parte de nuestros políticos e intelectuales en los dos siglos anteriores. Incluso en fechas más cercanas, fue una de las asignaturas pendientes que dejó el gobierno de Aznar. Hagamos un poco de historia. En el sigo IX, y hasta bien entrado el siglo XX, hubo en España una explosión de afán regeneracionista. No es mi intención en absoluto el hacer un largo repaso a ese fenómeno, que conocéis perfectamente, pero sí creo necesario recordar algunos de sus principios y posterior desarrollo, para señalar algunos antecedentes. En alguna ocasión me he referido aquí a lo que ocurría en España en los finales de ese IX y principios del XX., para intentar demostrar a través de las opiniones de los protagonistas más ilustres y relevantes de esa época, en sus discursos, memorias, libros, novelas, etc., que a pesar de la mala situación que ahora nos toca vivir, no es la peor ni mucho menos que la que les tocó vivir a nuestros antepasados de esa época. Lo que pasa es que se nos olvida lo que leemos. Nada hay nuevo bajo el sol. Os intercalo una anécdota. El otro día, a través de Internet, un amigo me envió lo que había ocurrido en una conferencia en el extranjero, en la que el conferenciante había expresado unas opiniones sobre la corrupción de la juventud. Opiniones que fueron recibidas con grandes aplausos de conformidad por los asistentes, que celebraban que hubiera denunciado tan admirablemente una situación tan actual y que auguraba tremendas consecuencias sociales. El desconcierto y asombro del respetable vino después, cuando el ilustre conferenciante descubrió que aquellas denuncias y aquellas tremendas premoniciones de lo que se avecinaba, se habían realizado muchos siglos antes, incluso siglos antes del nacimiento de Cristo. Pero no quiero desviarme de la cuestión que nos ocupa hoy. Decía que en la situación convulsa de finales del siglo IX, surge en España una corriente filosófica, el krausismo, copiada de las ideas de Kraus que tuvo poca aceptación y difusión en Alemania, porque fue barrida por la fuerza de las ideas hegelianas, pero que de la mano de Julián Sanz del Río, que había estudiado en Alemania, tuvo enseguida en España numerosos seguidores. De ahí viene la larga historia de la difusión del krausismo, el nacimiento de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos, y de un largo plantel de ilustres pensadores seguidores e interpretadores del regeneracionismo; desde Ricardo Macías Picabea, del que por cierto hace una brillante referencia Antonio Castro Villacañas en su trabajo sobre los antecedentes de la Falange, hasta los innumerables nombres que se adscriben a esa corriente, o colaboran en la revista La España Moderna, en los que cabe destacar, a Joaquín Costa, el referido Macías, o Rafael Altamira, etc., hasta Ortega, Unamuno o la escritora Pardo Bazán. En este caso me interesa referirme de forma muy breve a uno de los más destacados líderes de ese movimiento filosófico político: a Joaquín Costa. ¿Que quería Costa? Pues aparte de su conocida frase, de Escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid, hace el diagnóstico resumido de los males que sufría la España de entonces de la siguiente manera: Falta de patriotismo. Desprecio de lo propio. Ausencia de interés común. Menosprecio de la tradición. ¿Si introdujéramos muchos de nuestros males actuales en una computadora, con ligeras matizaciones, no coincidirían casi milimétricamente con los denunciados por Costa dos siglos antes? Otra cosa es, naturalmente, los remedios o las fórmulas que se proponían para erradicarlos. Aunque estoy seguro de que hablando de Costa a todos nos sobrevuela la idea de la necesidad de ese «cirujano de hierro» con el que soñaba. Todo este exordio inicial, tiene por objeto entrar en el tema de nuestra tertulia. Dentro de pocos días celebraremos unas elecciones generales atípicas. Y digo atípicas, porque a mi juicio no se tratará sólo, como en otras ocasiones, de cumplir el tradicional procedimiento democrático de renovar el Parlamento eligiendo unos nuevos parlamentarios. Ni de revalidar un gobierno de un determinado color, porque su gestión haya sido buena, ni tampoco de sustituirle por otro, que entendamos que pueda ser más eficaz y que nos merezca una mayor confianza. Esto es lo que hemos venido haciendo cada cuatro años desde que iniciamos este sistema democrático, con mayor o menor fortuna, ya hace algo más de tres décadas. Se trataba de intentar con nuestro voto que un partido gobernara de acuerdo con unos programas electorales que nos resultaran más atractivos, o que conectaran más con nuestras ideas, nuestras necesidades o nuestros deseos, cosa que por cierto no siempre se cumplía. En otras ocasiones, simplemente por la simpatía o atracción personal de sus líderes respectivos, e incluso, hay que reconocerlo, sutilizando ese voto, para castigar al partido rival. Pero en esta ocasión la cosa creo que no es igual, porque las graves circunstancias a nivel mundial, y la gravísima situación a todos los niveles de España en particular, dan un carácter de excepcionalidad a estos comicios. Ya no se trata tanto de elegir entre un partido de derechas o de izquierdas, ni de dejarse llevar por simpatías o antipatías personales hacia uno u otro personaje. Porque lo que hoy necesita España es que los españoles seamos capaces de tomar conciencia de cuál es la situación real en la que nos encontramos, tener una idea clara de cómo podemos salir de ella, y sobre todo una voluntad decidida de conseguirlo. Veréis que estoy pluralizando, porque a mi juicio no se trata sólo de un cambio de gobierno, ni de la actuación de un partido concreto, ni del acierto o la voluntad de un líder determinado. A la situación a la que hemos llegado, como digo, a todos los niveles, tenemos que ser todos los españoles, o al menos la inmensa mayoría de los españoles –una sociedad civil fuerte hasta ahora adormecida o anestesiada– la que alce su voz y su exigencia, para que sus gobernantes, sean cuales sean, las escuchen y las cumplan, para así poder colaborar lealmente con ellos, con nuestro esfuerzo y sacrificio, en el cambio profundo que nuestro país necesita. Porque esta sociedad civil, hoy poco articulada, que hasta ahora ha cerrado cómoda y cobardemente los ojos ante situaciones indignas y por lo tanto indignantes, que ha claudicado de sus derechos y obligaciones como ciudadanos, es la que tiene que decir firmemente basta, a las negligencias, mentiras e intereses bastardos y partidistas de unos y otros, que a lo largo estos últimos años nos han llevado esta crisis. No sólo financiera o económica, sino también a otras de carácter cultural, laboral, educativa y fundamentalmente de principios y valores que ha desestructurado todo nuestro edificio social, poniendo en peligro nuestros más sólidos cimientos, y se vuelva exigente, activa, crítica y solidaria. Es el momento de hacer un replanteamiento total, pensado y meditado, nada de parches ni chapuzas, intentando que no nos ocurra como nos decía Ortega, que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Tenemos que saber lo que nos pasa, y obrar en consecuencia. Ahora todo gira alrededor del problema económico que, naturalmente, dada su gravedad, puede dar al traste con cualquier otro proyecto político y social de mayor trascendencia y que, irremediablemente, está difuminando todos los otros problemas que nos afectan. Pero sería un error gravísimo considerar que sólo debemos centrarnos en salir de esta crisis económica. Aunque sí lo más urgente, porque si no salimos de ella, de nada sirve plantearnos otros proyectos u otros retos. Dice un refrán que no hay mal por bien no venga, y esta durísima crisis que soportamos, y la que nos queda por soportar, puede tener tal vez la virtud de hacernos despertar de esta especie de nirvana en la que plácidamente hemos venido flotando desde hace muchos años, y aún seguimos flotando, ignorando la auténtica situación en la que nos encontrábamos. Disfrutando de un nivel de vida superior a nuestras posibilidades, gastando más de lo que ganábamos, y endeudándonos irresponsablemente, aprovechando las condiciones, también irresponsables, de una banca que sólo miraba los beneficios inmediatos y que ahora tiene que apechugar con una morosidad que, al final, también pagaremos todos los demás. Ahora nos escandalizamos de lo que han hecho algunos de nuestros políticos con los caudales públicos, y no me refiero a los que simplemente han robado descaradamente, sino a los que también han gastado más de lo que ingresaban, con fines políticos y electorales. Y los llamamos irresponsables, y muchos aplauden a los «indignados» cuando lo corean, pero en definitiva esos políticos, no han hecho mas que lo que ha hecho una gran parte de nuestra sociedad, al igual que buena parte de las sociedades occidentales, actuando con mentalidad de cigarra, ignorando o despreciando los consejos de los que, más sensatos, cautos o precavidos, como las hormigas, advertían de los peligros de esa actitud que no podía tener buen fin. Pero como decía antes, no sólo padecemos una grave crisis económica, sino también otra muy profunda, vinculada a la perdida de referentes morales y éticos, de una sociedad consumista, opulenta y complaciente, que nos ha hecho caer casi sin resistencia en el laicismo, en el conformismo y en el relativismo, dando por buenas y sin protestas firmes, las acciones de gobierno que han ido socavando los cimientos de nuestra sociedad. Nada de esfuerzo, nada de líneas morales o éticas, nada de patriotismo o respeto por nuestra Historia, todo eso que hábilmente han presentado como resabios franquistas trasnochados. Ahí, en esa crisis, la de los valores, la ausencia de metas, de ideales y de proyectos vitales, deriva la sensación de decadencia, que como dice el profesor Sánchez Cámara, «porque todo está permitido, no hay deberes ni obligaciones, sólo hipotéticos derechos». Vale todo, con tal de conseguir lo que se quiere y al menor precio posible. Pero, ¿cómo salir de esta situación? Volvemos a plantearnos las opciones con que iniciaba estas palabras. Podríamos estar en una ocasión histórica de replantearnos una buena parte de nuestro actual sistema, una nueva fundación, pero que exigiría entrar en un proceso revolucionario. Pero no nos hagamos ilusiones. No parece que se den las condiciones para hablar de un proceso revolucionario. Para eso haría falta un partido o movimiento perfectamente estructurado con una ideología muy clara y estudiada, con un líder carismático, que además contara con una confianza popular mayoritaria en nuestro país, y tal como está configurado el mundo occidental, incluso con la confianza del resto de los países occidentales. Habría por tanto que hablar de esa acción regeneradora que, como os decía al principio, no debiera resultar equívoca, a través de un proceso de reformas realizado en un tiempo prudencial, con firmeza e incluso si hace falta con dureza, no importa que los procedimientos sean duros, si obedecen a la necesidad de atajar una deriva peligrosa o a solucionar una necesidad perentoria que vaya en beneficio de España. A muchos os sonará la frase de «no importa que el escalpelo haga sangre, si obedece a una ley de amor». Naturalmente, lo deseable sería, que esa acción regeneradora, esas duras reformas, se hicieran a través de pactos transversales de común acuerdo entre los dos partidos mayoritarios y los grupos o agentes sociales, a través de un compromiso, de un gran pacto de Estado, que nos sacara de esta situación, pero esto, por deseable que sea, no parece probable y seguramente será imposible. Porque precisamente muchos de los problemas que nos afectan se deben precisamente a las decisiones, los caprichos o las obsesiones de los distintos gobiernos socialistas, que en ningún caso querrían desdecirse de lo hecho a través de muchos años de gobierno. Y además, hoy por hoy, falta la generosidad y patriotismo necesario en nuestras fuerzas políticas sociales, para anteponer los intereses de España y del conjunto de los españoles, de todos, o al menos de la mayoría, a los suyos partidistas. Por tanto parece que para poner en marcha esa acción regeneradora sería necesaria una victoria electoral que permitiera constituir una mayoría parlamentaria fuerte, suficiente, y un gobierno firmemente decidido a acometer las reformas que el país necesita. Y naturalmente a afrontar la ofensiva, la guerra sin cuartel, de los partidarios de soluciones diferentes o de mantener situaciones actuales. Un gobierno cuyo objetivo principal sea el conseguir, honrada y transparentemente, lo que de buena fe considere que necesite España e ir ganando, paso a paso, la confianza y el aprecio de los españoles no cegados por resentimientos o fanatizados por ideologías que están ya en claro retroceso en todo el mundo. Hay situaciones actuales, en donde se mezcla lo político y lo social, con las creencias y los valores éticos y morales, que aunque sería necesario corregir, pueden suscitar controversias, que siempre contarán con partidarios y detractores, y donde los acuerdos consensuados serían difíciles, como el tema del aborto, el matrimonio de homosexuales, el divorcio exprés, la edad penal de los menores, etc., e incluso determinados aspectos de los nacionalismos, que la debilidad y complicidad de los políticos más pendientes de conseguir mayorías parlamentarias que la defensa de los intereses nacionales han dejado ir creciendo en sus exigencias y desplantes, y que naturalmente no se resignarían a ceder en sus privilegios ni en sus exigencias y que serán motivo de fuertes debates y enfrentamientos y que llevará un tiempo su solución. Pero hay otros que, con consenso o sin él, sería necesario exigir al gobierno que salga de las urnas. En primer lugar restablecer el principio de autoridad y de Justicia. La Leyes están para cumplirlas, y nuestro Estado de Derecho tiene perfectamente establecidos los medios para cambiarlas si se considera oportuno, como también lo tiene para utilizar la fuerza si fuera necesario para imponer ese principio. Por tanto corresponde al ejecutivo cumplirlas y hacerlas cumplir. A los fiscales a pesar de ser funcionarios, instar a los jueces para ese cumplimiento y que éstos mantengan como un tesoro, su recto criterio y su independencia, pues les va en ello su honor, su prestigio y el nuestro como nación. Para ello será necesario el despolitizar los sistemas de nombramientos de los cargos de los altos Tribunales de Justicia, por el ejecutivo o legislativo, y acabar con ese escándalo de la división de los jueces entre «progresistas y conservadores», que permite adivinar el resultado de cada sentencia, sin mas que contar el número de cada facción. Cerrar definitivamente el modelo de Estado, y fortalecer sus competencias. Las Autonomías son partes de un todo y sus presidentes los representantes del Estado en cada una de sus territorios, y recuperar si es necesario algunas de las funciones delegadas, que han demostrado que, o son económicamente inviables y por lo tanto insoportables para el conjunto de la sociedad, o se han convertido en focos de independentismo o separatismo que no sólo son rechazados por la mayoría de los españoles, sino que además son inconstitucionales y la propia Constitución, en su artículo 155, prevé soluciones al efecto. Es preciso que se trabaje activamente para conseguir una cohesión social en toda España, de tal forma que se homogeneicen todos los trámites administrativos haciendo desaparecer todas las instituciones duplicadas y todos los cargos ficticios. Ya sé que muchos estaréis pensando, que lo que habría que hacer era suprimir directamente las autonomías, pero ese es un tema complejo, sobre el que luego hablaremos en el coloquio. Una reforma de la Ley Electoral, que impida el que unas minorías, especialmente las que habitualmente no respetan la Constitución ni las sentencias de los Tribunales, condicionen los deseos de la inmensa mayoría de los españoles. Recuperar una educación basada en la disciplina y el esfuerzo, de tal forma que los niños y jóvenes aprendan que sólo de esa forma se pueden ganar un puesto en la Sociedad, y donde en las aulas se exija un respeto mutuo así como un decidido apoyo a los maestros y profesores por parte de los padres y los poderes públicos Una sociedad en donde todos los españoles, sea cual sea su lugar de nacimiento o de residencia, tengan los mismos derechos y deberes, y una cohesión territorial –con respeto a las diferencias culturales y lingüística– basada en los principios de igualdad y solidaridad. Como sabéis, muchas de estas cosas ya están incluidas en nuestras leyes, pero lo que hace falta es que se cumplan y que los gobiernos y los tribunales no las retuerzan y las difuminen. Podría seguir, pero se haría interminable esta relación. Pero pienso que el gobierno que salga de las urnas el próximo 20 de Noviembre, debería ser capaz, al menos, de todo esto, si de verdad quiere regenerar España. Hay otros muchos temas que todos tenemos en la cabeza, pero creo que es necesario asumir en este nuestro foro de análisis y de debate, con la frialdad necesaria que, seguramente, para muchos de nosotros o al menos para mí, ninguno de los partidos en liza son mi partido, porque no hemos sido capaces de crear uno a nuestra medida y a nuestros deseos, por tanto, no podemos pedir a otros, que sí han sido capaces de hacerlo, que coincidan milimétricamente con nuestras ideas o deseos. Y también creo que hay que asumir que, al igual que a muchos de nosotros hay cosas que nos irritan y nos parecen rechazables, a otros muchos españoles les parecen bien y que también les disgustaría e irritaría, que nosotros les impusiéramos las nuestras. Se impone por tanto, a la vista de nuestra insostenible situación, en la que creo que en líneas generales sí coincidimos una gran mayoría de españoles, que nos pongamos entre todos, en la medida de nuestras fuerzas, a la tarea de esa regeneración o reforma, que por un deseable patriotismo y al menos por necesidad, España necesita. Todos, los que ganen y los que pierdan. Y en primer lugar el partido que, ganadas las elecciones, tendrá la obligación y la responsabilidad de dirigir esa regeneración porque es una cuestión de emergencia nacional. EL GUIRIGAY NACIONAL arribaLUIS BUCETA FACORRO. Catedrático Realmente España es diferente, pero inclinándose esa diferencia que todos los pueblos tienen, hacía lo difícil y, con demasiado frecuencia, hacía lo irracional. En los últimos días, con motivo de la reforma de la Constitución para limitar el déficit estructural del Estado y de las Comunidades Autónomas, se ha levantado un revuelo con actitudes y conceptos que llaman la atención. Es curioso que cuando desde hace unos dos años, las voces más sensatas vienen abogando por un pacto nacional que implica en su base fundamental un acuerdo entre PSOE y PP, cuando éste, aunque tarde, se produce para salvar nuestra casi insalvable y catastrófica situación económica, que pone en grave peligro el Estado de bienestar alcanzado, se levantan voces y se producen actitudes verdaderamente incomprensibles, dentro de un mínimo sentido común, aunque también es verdad que estas voces y actitudes están poniendo de manifiesto la irracionalidad de nuestra política en los últimos años. De una parte, dentro del Partido Socialista se ha producido una intensa contradicción con una fuerte oposición dentro del propio partido y que, como ejemplo, está el de Rubalcaba que inicialmente manifestó que no estaba de acuerdo, para, después afirmar que Zapatero, con sus argumentos, lo había convencido de la bondad del acuerdo y de las medidas a tomar. Llama la atención que, a pesar de esta aceptación, diga públicamente que «él lo hubiera hecho de otra manera», alardeando de que gracias a su intervención había conseguido eliminar de este acuerdo cualquier tipo de cifra. Aunque hay quien interpreta que la falta de cifra puede dejar la reforma Constitucional en una hermosa declaración de principios, el texto propuesto señala que no se puede sobrepasar el déficit establecido por la Comunidad Europea. Una vez mas como nos recordó Ortega, «España es el problema y Europa la solución». Es verdad, y así debe quedar para la historia, que en el momento de votar los socialistas lo hicieron con la disciplina que les caracteriza y todos unánimemente votaron lo que Zapatero quería. Hay que tener paciencia, aunque a veces cueste la espera, pues, sobre todo, esta izquierda desnortada cae en sus propias contradicciones tarde o temprano. Tarde para cuestiones vitales como la crisis económica y moral que padecemos y temprano para un mandato de gobierno que es efímero y transitorio. Cuando no hace muchos años, concretamente ocho, los diputados populares votaron unánimemente por las políticas de Aznar sobre Irak, se organizó una reacción de pregones socialistas y de la izquierda nacionalista poniendo de manifiesto que lo sucedido era una lamentable demostración de escasa democracia interna en el PP, pero ahora, esos mismos pregoneros consideran que la actual unanimidad socialista es una loable responsabilidad política. Pues bien, esa fue la responsabilidad política que vienen teniendo los del partido popular, frente a la irresponsabilidad de los socialistas coqueteando y concurriendo, en un matrimonio contra natura, con la extrema izquierda y con los separatistas nacionalistas, complicidad que en tan grave peligro ha puesto la convivencia en España. Pese a ciertos socialistas, y contra el criterio de la extrema izquierda, la reforma constitucional votada en el Parlamento representa una acertada actitud y comportamiento por una mayoría que es capaz de afrontar los momentos difíciles. Lo dijo bien claro Soraya Sanz de Santamaría: «En tiempos de grandes debates, España responde con un gran acuerdo para una reforma con sentido, con una sólida y una constatada necesidad». Y aquí está la clave más importante, en mi criterio, de lo que ha sucedido. La reforma se ha votado con 318 votos a favor de los 350 que componen la Cámara y sólo 16 votos en contra que son los de PNV, ERC, IU y BNG, dos abstenciones de CC y los diputados de CIU que no ejercieron su derecho al voto. Quiere esto decir que el 90% del Parlamento ha votado a favor mientras, de una u otra forma, se ha opuesto el 10%. España somos todos, aunque algunos no quieran, pero la representación del pueblo español con una mayoría del 90% representa con amplitud lo que es España. Llama pues la atención la pataleta de CIU al afirma que con ese acuerdo «han hecho añicos el consenso constitucional y les ha faltado ética política». Es decir, el consenso constitucional sólo existe si ellos están de acuerdo, de lo contrario, aunque sea con un 90% a favor, el consenso no existe y ha sido hecho añicos. Así lo afirma José Antonio Durán y Lleida cuando señala en el congreso que «junto con el Partido Comunista de España, CIU también participó en el proceso constituyente hace 30 años, Fuimos participes de un acuerdo que hoy no existe, porque la Constitución no fue un proceso del PP y PSOE fue un proceso que existió gracias a todos. Se ha producido la ruptura de los acuerdos constitucionales». No ha estado muy afortunado al hablar del Partido Comunista que hoy es residual y sin ningún significado, pero creer que sus diez diputados son imprescindibles para conseguir el consenso y para cualquier cambio en la Constitución, no parece razonable ni lo es. Lo que ocurre es que catalanes y vascos son conscientes de que su fuerza es residual y sin importancia ante la unión de los dos grandes partidos nacionales, y al ser prescindibles, se les acaba la posibilidad del continuo chantaje que desde 1978 vienen sometiendo al Estado y se volatilizan las presentes esperanzas de separatismos y de ese enfermizo de nación de naciones. Entre la literatura producida, que está siendo abundantísima, para mí, destaca un artículo de Cesar Alonso de los Ríos (ABC, 31 Agosto 2011) en el que defiende que «gracias al debate sobre la reforma constitucional se está retratando la izquierda española, está revelándose la debilidad de su pensamiento político, el peligro que representa en el PSOE su ala tradicional más radical». El debate va a permitir saber «cuantos y quienes son» y así mismo, conocer a fondo la naturaleza política de nuestra querida «socialdemocracia», esto es, la amalgama de creencias obsoletas, inservibles y peligros que se ha derivado de la acomodación de la vieja militancia comunista al partido socialista. «Es, por otra parte, ese inevitable sector de los partidos socialista que nunca consigue superar la condición de socialtraidores como los definió Lenin (que en paz descanse)». La cita es de una enjundia y profundidad política que por sí sola explica una de las variables más significativas de la política llevada a cabo en estos últimos años de gobierno socialista de Rodríguez Zapatero y sus adlátere. Efectivamente, el debate promovido por la reforma de la constitución, introduciendo en la misma la obligación de la estabilidad presupuestaria ha puesto de manifiesto la inconsistencia del sector radical socialista, así como también la falacia del poder de los nacionalistas y de los flecos de izquierda comunista, frente a la gran mayoría de los españoles que representan partido socialista y partido popular. Hemos estado viviendo un periodo de debilidad del Estado que ha sido aprovechado con un permanente chantaje por los radicalismos de izquierda y nacionalistas ambiciosos, pero cuya fuerza a nivel nacional es prácticamente testimonial. Esto no quiere decir que no deban ser oídos y aceptados sus razonables propuestas, así como buscar que se integren en las grandes decisiones nacionales. Pero Cesar Alonso de los Ríos en este lúcido comentario, añade algo más que conviene recalcar. No se trata sólo del sector del partido socialista sino de todo el pensamiento de izquierdas, en el que se incluyen los actuales sindicatos mayoritarios, como ellos se consideran, que «ni siquiera sienten vergüenza intelectual al decir que las soluciones de los grandes problemas sociales pasan por el endeudamiento del Estado», es decir, que este endeudamiento es condición necesaria para el mantenimiento del Estado de Bienestar. Los Antonio Gutiérrez y los Cayo Lara «se niegan a aceptar que de hacerles caso a ellos el endeudamiento sistemático nos llevaría a estar todos arruinados en diez años». Mientras la gran mayoría de los más eminentes economistas e instituciones internacionales señalan que la única forma de superar esta crisis es el crecimiento y que para conseguir éste es imprescindible reducir la deuda, estos sindicalistas creen que hay que seguir endeudándonos. Al respecto termina Alonso de los Ríos con este diagnóstico: «Por supuesto, los sindicalistas y los izquierdistas seguirán justificándose como representantes de los especialmente empobrecidos. Ellos siguen haciendo el papel de siempre no sólo bien retribuido sino bien reconocido éticamente. La verdad es otra: nunca la demagogia puede llegar a ser tan criminal como la defensa de su Estado pródigo y la renuncia a las posibilidad que nos da la tecnología, la imaginación y la sabiduría, esto es, la propia ciencia económica. Aquí no vale la buena voluntad de los ignorantes». Estas muestras del guirigay nacional, que sin embargo parece que dan luz y esperanza hacía el futuro, las podemos rematar con la enjundiosa frase, en el debate de la reforma de la constitucional, del comunista Llamazares: «Para lo que nos queda en el convento».
ENTENDAMOS EL MUNDO QUE NOS RODEA arribaMANUEL PARRA CELAYA Cualquier fenómeno está en función de otro fenómeno anterior, concordante o consiguiente. Eugenio d’Ors 1. Los árboles no nos dejan ver el bosque Vivimos en una sociedad cambiante, en la que cada día nos sorprendemos con novedades respecto al día anterior. Todos estamos inmersos en esa sociedad y, claro está, nos hemos acostumbrado a esa dinámica. Especialmente, los jóvenes están totalmente adaptados a ese «hacer-deshacer-volver a hacer» permanente y, por su propia naturaleza, muy atentos a los cambios, cosa que no nos ocurre con la misma intensidad a los mayores. Para notar el calado de esos cambios, nos vemos obligados a pararnos y mirar hacia atrás, 20, 30 ó 40 años... A veces, nos decimos «¡Nos están cambiando el mundo!», sin darnos cuenta de que ese cambio es constante, vertiginoso, y, como aquel «progreso» de los utópicos del XVIII, parece no tener final; otra cosa es que nos traguemos, como ellos, que ese «progreso» o estos cambios llevan a la felicidad de los seres humanos. Los «cambios» han ocurrido, lógicamente, desde la aparición del hombre sobre la tierra, pero nunca la aceleración de los mismos ha sido tan grande. Por otra parte, cuando decimos «nos están cambiando el mundo», nos preguntamos varias cosas, además de sorprendernos: ¿quién nos lo está cambiando?, ¿en qué dirección?, ¿por qué?, ¿para qué? Estas preguntas no surgen espontáneamente. Nuestras ocupaciones habituales nos mantienen entretenidos, nos ocupan del todo; cada problema o problemilla (laboral, familiar, de estudios...) es un árbol que crece ante nosotros, en nuestro camino, y lo rodeamos, podamos, trepamos o talamos (si es pequeño), y pasamos al siguiente. Lo que nunca solemos hacer es fijarnos en un conjunto de árboles, en el bosque, porque el que tenemos delante acapara nuestra atención y nos limita el campo de visión. Tendríamos que elevarnos, mirar desde arriba, para advertir que existe el bosque, y comprobar el tipo de vegetales que lo componen. Eso, en términos generales, exige un proceso de abstracción, por un lado, y otro de reflexión, por añadidura; además, precisamos de información y de formación suficientes. A veces, esbozamos estos movimientos en una tertulia, en una conversación entre amigos, en la que cada uno opina, lanza el resultado de sus reflexiones o intuiciones; entonces, improvisamos explicaciones parciales y, al calor del debate, nos esforzamos en escuchar al otro, asumir o rechazar sus ideas y aportar las nuestras. Bien está, pues ese ejercicio de diálogo es la base de la convivencia. Para esas conversaciones improvisadas, utilizamos los siguientes elementos: a) unas referencias comunes; b) unos datos que nos hemos cuidado de obtener, y c) un lenguaje común. Ahora bien, ¿qué ocurre si nos cambian esas referencias comunes porque han sido objeto de una manipulación previa? Pensemos, en concreto, en un hecho histórico cualquiera que, en la «opinión pública», ha sido divulgado de una forma determinada y sólo de esa, con exclusión de cualquier otra interpretación. O pensemos en una creencia, antes sólidamente arraigada, que ha sido objeto de un ataque constante y ya no es común, asumida por todos, sino que, por lo menos, lleva en sí misma el cáncer de la duda. ¿Qué ocurre si los datos de que disponemos son erróneos, nos han sido facilitados intencionadamente con la idea de guiarnos en determinada dirección, o, por lo menos, están sesgados? ¿Qué ocurre si el lenguaje ya no es común, si el significado de las palabras no se corresponde con su significante? Pues bien, está ocurriendo que las referencias que antes eran comunes ya no lo son; que, en su lugar, hay referencias distintas; que, de forma inconsciente, nosotros mismos hemos ido abandonando unas y asimilando otras. Está ocurriendo que los medios de difusión se han convertido en omnipotentes y su alcance es tal que «pensamos» –queramos o no– al dictado de su influencia. Y, aunque pongamos en tela de juicio algunos datos que nos ofrecen, otros muchos se nos «cuelan», porque no podemos estar permanentemente en estado de «somatén», en disposición de rebatirlos. Y está ocurriendo que el lenguaje común está plagado de intenciones premeditadas; que ha experimentado cambios de significado que puede que hayan pasado desapercibidos. Y el lenguaje, no lo olvidemos, conforma el pensamiento. Los ejemplos pueden ser numerosísimos y están en la mente de todos. Antes se decía que «un hombre sin información es un hombre sin opinión»; ahora podemos decir que esto es insuficiente: «un hombre sin reflexión crítica es un hombre cuya opinión vale poco». 2. La tentación de las «teorías conspiratorias» Todo lo expuesto nos puede llevar a buscar explicaciones simplistas, en las que se examina la realidad sólo desde una determinada perspectiva o se busca un único culpable, un Saurón de El Señor de los Anillos, como única fuente del Mal. El lenguaje –ése que ha sido cambiado– ha acuñado la expresión «teorías conspiratorias», destinada al burlarse de ellas nada más pronunciarla, dado el gran poder evocador del lenguaje. En efecto, la palabra «conspiración» ya suena a algo novelesco, a folletín pasado de moda, como la palabra «contubernio», que sirve de broma para rechazar algo, por sus resonancias «franquistas». Si lo unimos a la palabra «teorías», que parece oponerse a la palabra «realidad», el resultado es evidente: sólo aceptan las «teorías conspiratorias» los paranoicos, y así aparecen diagnosticados en las películas americanas los que ven la mano del gobierno o de la CIA en cualquier inusual acontecimiento. En el caso que nos ocupa, yo no tendría el menor inconveniente en asumir el dicho gallego: «Yo no creo en las meigas, pero haberlas haylas». Es decir, no se puede explicar la realidad de nuestro mundo –el «bosque» de la metáfora inicial– mediante la asignación de actuaciones de una «mano negra» única y permanente que está detrás de todo mal, desde el uso de «piercings» en los jóvenes hasta el paro obrero. Eso sería ridículo, porque la humanidad es mucho más compleja. Lo que sí existen son: • Multitud de factores que se imbrican entre sí, que están interrelacionados. No puede descartarse, ni siquiera, el «efecto mariposa». • Varios grupos de intereses y de presión, ideológicos, políticos y económicos, muchas veces con las tres dimensiones unidas, que no «conspiran», sino que actúan en la sociedad nacional e internacional (estamos «globalizados») con su gran poder. Entre ellos puede haber coincidencias, discrepancias, alianzas o rivalidades, cesiones o contraposiciones, pero nosotros percibimos los resultados parciales o totales. • Movimientos de Estados, Gobiernos e Internacionales, en coincidencia o no con o grupos de presión, con sus correspondientes Servicios de Inteligencia (más o menos). Se dice que en el siglo XIV, en la Corte de Castilla, ya había espías franceses... No hacen falta las explicaciones infantiles o simplistas; se trata de movimientos subterráneos –no de «teorías conspiratorias»– que van mucho más allá de lo que percibimos a simple vista o de lo que transciende en los medios de divulgación; éstos ponen énfasis en los «árboles»; a veces, en un grupo de árboles, pero nunca nos proporcionan una visión global del «bosque», entre otras razones porque están sufragados por alguno de los grupos, gobiernos o internacionales mencionados. Las «meigas» pueden ser un club, una logia, un servicio secreto, que buscan obtener sus fines; no vuelan en escobas ni dependen (por lo menos directamente) del Maligno; son fuerzas humanas que actúan en lo humano y hay que tenerlos en cuenta... El azar y la casualidad también cuentan, por supuesto; los errores, existen; a veces, las previsiones o actuaciones no se cumplen. Todo cabe, y, para nuestras reflexiones, no bastan miradas unidireccionales. 3. Cosas que pasan en nuestro mundo... 3.1 Los referentes comunes Para empezar, veamos algunos ejemplos de marcos de referencia que han cambiado, sin que a veces sepamos bien el origen de los cambios y la intencionalidad de los mismos: • La llamada «revolución sexual». Sabemos de su fecha de nacimiento: mayo del 68, años 70; de sus evidencias y de sus consecuencias, pero no vemos más allá. ¿Podemos remontarla a las exigencias del «amor libre» del anarquismo o del comunismo del XIX? ¿Cómo han explosionado en el último cuarto del XX y contaminado el XXI? • El feminismo de hoy. ¿Cabe relacionarlo con las sufragistas de hace casi 200 años o con la polémica sobre el voto femenino en el Parlamento de la 2ª República entre Victoria Kent y Clara Campoamor? ¿Cómo es posible que se haya derivado en la agresividad del «género», a la que se apuntan con entusiasmo los movimientos organizados y subvencionados de homosexuales masculinos («gays») y femeninos («lesbianas»)? ¿Qué piensa el común de la sociedad de todo ello y por qué? • El ecologismo. ¿Tiene algo que ver la racional «defensa de la naturaleza» frente a los abusos, el industrialismo sin freno y la especulación con la «militancia verde» y los eco-socialismos actuales? • El indigenismo hispanoamericano. ¿Tiene algo que ver con lo que fue la «novela indigenista», dedicada a defender a los pueblos indios de las compañías bananeras americanas, de los gobiernos criollos o de los especuladores? ¿Por qué ahora esa toma de conciencia de minorías indígenas (reales o ficticias) y el ascenso al poder en Venezuela, Ecuador, etc.? ¿De dónde su odio a lo español y a lo hispano? • El pacifismo. Ya sabemos por la historia de la propaganda del Bloque Comunista acerca de la «paz» frente al «imperialismo capitalista» y también de aquellos hippies con su «haz el amor y no la guerra» ante el conflicto de Vietnam... ¿Influyen estos hechos pasados en las masas que gritaban «no a la guerra» con Aznar y no levantan un dedo frente a las guerras («acciones de paz») de Zapatero? • El laicismo. ¿De verdad alguien relaciona la ola de ateísmo militante y la agresión contra el Catolicismo con la existencia de curas pederastas? ¿De dónde surge la ofensiva del Gobierno español y del Parlamento Europeo contra la Iglesia y contra toda forma de religión que no se milite «a lo privado»? ¿Por qué, en cambio, la bendición «progresista» al Islam en Europa? • La obsesión por la salud. Se acusaba al nacional-catolicismo de Franco de querer llevarnos al Cielo a patadas en el culo... ¿Cómo explicar la obsesión «progre» por las cruzadas anti-tabaco, por las consignas sobre lo que hemos de comer o beber y la permisividad ante el «porro» y otras drogas? • El Multiculturalismo. Y la «alianza de civilizaciones» o el relativismo cultural, que es lo mismo... ¿Por qué ese desvivirse por la llamada «música étnica», por ejemplo? ¿O el silencio feminista sobre la situación de la mujer en los países musulmanes? ¿O la permanente acusación de «racismo» y «xenofobia» que lanzan los medios de difusión cuando, en cualquier pueblo, se lían a bofetadas un marroquí y un payés? 3.2 El lenguaje Veamos también cómo ha cambiado el lenguaje, pero no por la dinámica natural de las lenguas, sino por obligaciones oficiales: • Con el dogma del lenguaje «no sexista», que obliga a la tontería del –o/–a, o a sustituir el valor genérico y universal del masculino por la repetición de masculino y femenino en todo escrito, discurso u homilía. • Con la proscripción de expresiones populares y tradicionales sin afán peyorativo. ¿Quién se atreve a decir hoy que se le ha engañado «como a un chino»? ¿O llamar a alguien «cojo» o «ciego»? Es decir, el lenguaje «políticamente correcto» de nuestras peores pesadillas lingüísticas. • Con los juegos simplistas de palabras. O «fascista» o «demócrata»; o «progresista» o «reaccionario»... • Con el uso del lenguaje «politiqués» (Amando de Miguel), jerga de políticos y periodistas que llena de incorrecciones la lengua estándar y es asumido, incluso, por quienes quieren presumir de cultos.... Todos estos ejemplos, que suelen levantarnos sonrisas, no son simplemente síntomas de nuestro tiempo, al modo de «lugares comunes» o tópicos que siempre se han dado. El apartado 3.1 constituye un apretado conjunto de ideologías, esto es, interpretaciones del mundo; el apartado 3.2 compone, a grandes rasgos, un proyecto de deconstrucción del lenguaje. ¿Son ambos espontáneos? ¿Responden a movimientos normales de la evolución humana como en otro tiempo el Barroco o el Neoclasicismo en las artes? Fijémonos que tanto ideas como palabras han calado en nosotros; todos pensamos lo que decimos en lugar de decir lo que pensamos, como decía Quevedo; nos mordemos la lengua antes que proferir una expresión «políticamente incorrecta» o de manifestarnos en público con opiniones contrarias a las tendencias ideológicas dominantes. Y ahora no hay «grises» ni «secreta» que puedan llevarte al calabozo ni Gobernadores Civiles que impongan multas por contar chistes de Franco, según la leyenda urbana habitual. Tiene que haber algo más para que, como en la novela de Orwell, la «policía del pensamiento» exista y esté dentro de cada uno de nosotros... 4. ¿Un Ave Fénix llamado marxismo? A últimos del pasado siglo cae estrepitosamente el Bloque Comunista, se abate el Muro de Berlín y todo el Telón de Acero se hunde en las tinieblas de la historia. Hay que decir que los jóvenes actuales apenas tienen noticia de ese acontecimiento que cambió radicalmente el mundo y que hizo dar un giro espectacular a la geopolítica. Ese desconocimiento sería el objeto de una buena pregunta a los profesores de Historia... El llamado Mundo Occidental echó las campanadas al vuelo: atrás quedaba la pesadilla de la guerra fría, la política de bloques, los ametrallamientos de quienes osaban buscar la libertad, los momentos de máxima tensión (¿alguien se acuerda del asunto de los misiles en Cuba?)... El comunismo había sido derrotado o, quizás mejor, se había desintegrado víctima de sus propias contradicciones. Sin embargo, en la Europa Occidental el marxismo no sufrió ningún retroceso: los profesores universitarios y de enseñanza secundaria y media siguieron impartiendo tranquilamente su doctrina en las aulas, ante la admisión del alumnado; los partidos comunistas, que ya se habían «apuntador» al Eurocomunismo, siguieron su trayectoria, mediocre pero insistente; los partidos socialistas hicieron algún guiño, como la «renuncia» pública de Felipe González a tesis marxistas, pero siguieron una marcha ya emprendida sin ningún rubor. Carrillo sigue dando sus clases de democracia y Zapatero se ha definido como «rojo»; «La Internacional» sigue siendo el himno de socialistas y comunistas y los sindicatos orlan sus manifestaciones de enseña rojas. ¿Cómo es que la caída del Bloque Comunista no originó el descrédito de los marxistas confesos? Si lo que se llamaba pomposamente «socialismo real» se había probado, la mayor tiranía de la historia, amén de un fracaso social, económico y político, ¿cómo no «despertaron» profesores y alumnos, partidos y líderes, obreros y sindicatos? Hemos mencionado el Eurocomunismo; remontémonos un poco más atrás de la debacle formal de la hoz y el martillo y recordemos que, a mitad de la década de los 60, Italia y España vieron nacer esta corriente. Los «eurocomunistas» no tuvieron inconveniente en criticar la invasión de Checoslovaquia por los tanques del Pacto de Varsovia o en apoyar, más tarde, la «Perestroika» rusa. La propia Iglesia Católica, antes de Juan Pablo II, buscaba afanosamente el «diálogo», por creer inevitable el triunfo del marxismo y los trucajes tipo «cristianos por el socialismo» proliferaron. Naturalmente, los profesores de historia distinguieron entre «estalinismo» y «comunismo», sin enrojecer, y la universidad española siguió apegada a los dogmas marxistas, aunque, como veremos, desde otras perspectivas. Ningún intelectual, claro está, formuló la inevitable asociación de ideas: distinguir entre «nazismo» y «hitlerismo» o entre «fascismo» y «mussolinianismo»... Hoy se admiten «síntomas esperanzadores de evolución» en la Cuba castrista, a la que nadie niega legitimidad de origen o de ejercicio; por otra parte, China es tierra de promisión económica y nadie discute lo de los derechos humanos, y Corea del Norte... queda más lejos. Volviendo a nuestro tema, ¿los intelectuales marxistas de la Europa Occidental estaban más vinculados al «socialismo real cierre» o a los parámetros existentes en las sociedades capitalistas? ¿De dónde surgió el Eurocomunismo? ¿De dónde, el «nuevo socialismo», incluido su puño en alto, de Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega? Admitamos que el marxismo es un ave fénix que resurge de sus cenizas o que lo que cayó en los 80 del siglo XX fue solamente el «modelo bolchevique», empecinado en la Europa del Este cuando el marxismo de la Europa del Oeste ya había evolucionado hacia otros modelos más rentables, que siguen en pie de guerra en estos inicios del siglo XXI. Si admitimos la segunda opción (lo del ave fénix no es creíble), veremos que el nuevo modelo de marxismo tiene mucho que ver –junto a otros factores– con los profundos cambios de referencias en la cultura y en el lenguaje a los que nos hemos referido. 5. Conozcamos a Antonio Gramsci 5.1 ¿Quién era? Todo lo anteriormente expuesto (supervivencia del marxismo, cambio de referencias colectivas, transformaciones referentes-lenguaje, ideologías predominantes, etc.) no pueden explicarse si no sabemos de las aportaciones de Antonio Gramsci. Gramsci fue un político y pensador italiano, uno de los fundadores del PCI en 1921, junto con Bordiga y Togliati, tras su separación del partido socialista en el Congreso de Livorno. Estudió en la Facultad de las Letras de Turín entre 1911 y 1914, pero no llegó a graduarse, al parecer, por una enfermedad. De 1921 a 1924 trabajó en Moscú y en Viena para la II Internacional y, tras su regreso a Italia, fue encarcelado en 1928, con condena de 20 años, 4 meses y 5 días por atentar contra la vida de Mussolini. Desde la cárcel (1928-1937) difundió sus escritos, agrupados bajo el título genérico de Cuadernos de Prisión; los títulos de estos cuadernos más importantes son «El materialismo histórico y la filosofía de Croce», «Los intelectuales y la globalización de la cultura», «Nota sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno», «El Risorgimiento», «Literatura y vida nacional» y «Pasado y presente»; con un total de 32 cuadernos, con 2.848 páginas, fueron recopilados en 1975 por la Universidad Autónoma de Puebla (México). Murió en el hospital de la cárcel de Roma en 1937. A modo de síntesis, diremos que su trabajo intelectual consistió básicamente en profundizar en el pensamiento marxista y adaptar el materialismo dialéctico a la realidad de la Europa Occidental, para lo cual desarrolló el concepto de «hegemonía ideológica». 5.2 Repasemos a Carlos Marx... Marx habla de «infraestructura» y de «superestructura»; la primera se refiere al entramado económico, determinado por las relaciones de producción y la organización del trabajo consecuente; la segunda es el conjunto de relaciones sociales, jurídicas, políticas, ideológicas, artísticas y religiosas, y las instituciones que la sostienen. Todas estas relaciones e instituciones proporcionan a los hombres que viven en una sociedad, en una «infraestructura» determinada, las categorías y referentes para interpretar la realidad. Así, a) La Cultura inculca categorías de Valor y análisis de la realidad que dan validez de bondad a la estructura económica; b) La Enseñanza, los partidos burgueses y los medios de difusión son el aparato ideológico que propaga e inculca esas ideas de la Cultura; c) La Religión adormece, por su parte, al obrero y desviar sus deseos de felicidad, al transferírselos a la otra vida; d) Las fuerzas de seguridad son el aparato represivo del sistema capitalista, y los Ejércitos, su defensa externa e interna; e) En la cúspide, el Estado, que controla leyes, Cultura, Ejércitos, Enseñanza, etc. La dialéctica de Marx parte de la concienciación de la clase obrera y de su insurrección mediante la lucha de clases; ésta dará como resultado la «Dictadura del Proletariado», que establecerá, finalmente, la Sociedad Comunista, una sociedad libre en la que no existirán alienaciones porque los medios de producción ya no serán propiedad privada de nadie. Hay que notar que Carlos Marx predijo que su doctrina triunfaría en las sociedades industrializadas; la realidad fue que lo hizo en una Rusia predominantemente agrícola, halló abundante eco en una España pre-industrial y, posteriormente, triunfó en China y Cuba (igualmente agrícolas). Occidente y el sistema capitalista resistieron e hicieron frente, con éxito, a la acción de los Partidos Comunistas. 5.3 La aportación gramsciana al marxismo Siguiendo a Marx, Gramsci considera que el movimiento que se da entre «infraestructura» y «superestructura» es de carácter dialéctico; la infraestructura material determina la superestructura ideológica; por lo tanto, ésta puede actuar sobre aquella. Dicho de otra forma, las condiciones de trabajo y producción determinan las ideas vigentes en una sociedad; éstas están muy arraigadas en las conciencias de los ciudadanos debido a la acción de las instituciones, que sostienen el sistema y sus ideas a lo largo de las generaciones. Lo importante es que la superestructura cambie, para que pueda actuar sobre la base material, y no al revés, porque, en Occidente, el mundo obrero estará alienado por el sistema capitalista y no será capaz de derribarlo. Por lo tanto, la hegemonía cultural es la base de la revolución comunista: urge modificar de manera imperceptible el modo de sentir y pensar de las personas para terminar modificando el sistema político, social y económico. De acuerdo con esto, la estrategia gramsciana se basa en los siguientes puntos: 1) «Deconstruir el pensamiento» y volverlo a construir. Para el cambio ideológico, es necesario empezar por conseguir la modificación del modo de pensar a través de pequeños cambios realizados a lo largo del tiempo en el ámbito de la cultura. 2) Para ello, es necesario dominar las instituciones y organismos en donde se desarrollan los valores culturales: medios de comunicación, universidad, escuela... 3) Debe crearse un «entramado social» que se encargue de que las nuevas ideas cuajen en la sociedad. 4) Un obstáculo que debe eliminarse es la Iglesia Católica, ya que, por una parte, ha logrado inculcar una fe, un modo de pensar, un sentido de la vida y una moral al pueblo a través de los siglos, y, por la otra, ha conseguido que su mensaje una, en una sola creencia, a intelectuales, clase media, obrera y analfabetos. La Iglesia (a la que Gramsci admiraba por su influencia) sostiene la trascendencia del hombre, el Más Allá, que da sentido a la vida y a la muerte, lo contrario a la inmanencia, el más acá, que sostiene como unidad realidad el Materialismo. El modo de desprestigiar a la Iglesia (en teoría inicial de Gramsci) es a través de sus miembros consagrados, por lo que deben ponerse en marcha tácticas de denuncia, de agitación sobre escándalos concretos y de infiltración de agentes comunistas en los Seminarios. 5) Otro obstáculo es la familia, ya que ésta educa al hombre desde su nacimiento y transfiere los valores básicos: educativos, morales, sociales, religiosos. La estrategia en este campo consiste (también en teoría inicial de Gramsci) en presentar a la familia como algo anacrónico, una «institución del pasado»; también hay que procurar retirar a los niños de la influencia de sus padres cuanto antes, por ejemplo, interviniendo desde la escuela sin intervención educativa de las familias. Pensemos que esta estrategia diseñada por Gramsci ha sido desarrollada en las sociedades de la llamada Postmodernidad o acaso hayan sido las teorías de Gramsci una de las causas del «suicidio de la modernidad», utilizando los avances tecnológicos en una sociedad distinta, la de la «tercera revolución industrial». Así, con respecto a la Iglesia, la infiltración en los Seminarios pudo dar, en un primer momento, los efectos deseados; más tarde, se despoblaron... La acción pasó a asociaciones de «cristianos por el socialismo», la división entre «progresistas» y «conservadores», continuamente agitada por los mass-media. Añadamos la difusión del pseudocientifismo ateísta en la enseñanza, los ataques frontales a la moral católica, la propaganda en torno a los curas pederastas y un largo etcétera que está a la vista de todos. Con respecto a la familia, hemos sido concienciados sobre las «diversas formas» que puede ésta adoptar, consagrando luego leyes al respecto, que apenas son contestadas por la «deconstrucción» de la cultura. O la acción a través de TV e internet sobre niños cuyos padres están ausentes de casa por el trabajo, o la acción desde la Escuela, con profesores «afines», etc. En resumen, la estrategia de Gramsci consiste en una guerra psicológica, lenta y paulatina, que tergiversa valores, historia y tradición, mediante el uso de todas las instituciones y medios de cultura a su alcance. La política puede parecer subsidiaria, pero no es así: los mensajes políticos del mismo signo hallan eco en los sometidos a la presión psicológica: votos de «convencidos», «atraídos» y «simpatizantes» (cuyos valores han sido previamente alterados, deconstruidos) dan poder al partido que se encargará de legislar. La tarea consiste, después, en desprestigiar por los mismos medios al adversario y eternizarse en el poder. 6. el gramscismo puesto en práctica: la escuela de Frankfurt Paralelamente a la actividad política de Gramsci, nace en 1923 el Instituto para el Nuevo Marxismo de Frankfurt, denominado luego «Instituto para la Investigación Social» y conocido más tarde como «Escuela de Frankfurt». Sus componentes son Georges Luckács, Theodor Adorno, Wilhem Reich, Eric Fromm, Jean Paul Sartre, Herbert Marcuse, Jürgen Habermas, etc., bajo la dirección de Max Horkeimer. Las aportaciones de esta Escuela de Frankfurt se centran en la «teoría crítica del marxismo» y en el Psicoanálisis. Con el régimen nacional-socialista, algunos de sus miembros se exilian en los Estados Unidos y su radio de acción se centra en la Universidad de Columbia, donde sus teorías se enriquecen con los métodos sociológicos norteamericanos; en 1950, algunos regresan a las universidades alemanas o francesas; Horkeimer y otros miembros regresan a Frankfurt y, hacia 1971, se puede considerar que esta «escuela» desaparece como grupo. Las aportaciones de algunos componentes de la Escuela de Frankfurt significaron una verdadera «deconstrucción» del pensamiento occidental tradicional. Por ejemplo, Wilhem Reich (1897-1957), discípulo de Freud, estudió «la función social de la represión sexual en las sociedades autoritarias» y pretendió conciliar el análisis histórico del marxismo con las teorías psicoanalíticas; sus planteamientos ejercieron gran influencia posterior en el mayor de 68 francés, cuyo líder intelectual fue Herbert Marcuse (1898-1979), teórico de la «nueva izquierda»; otro de sus mentores fue Theodor Adorno (1903-1969), con su concepto de «alienación». Con estos pensadores, nace la llamada «contracultura», que logrará un gran impacto en Europa a partir de los años 70 del pasado siglo; puede decirse que el declive del bloque soviético, con su derrumbamiento económico, político y militar, coincide con un mayor predicamento en los ámbitos universitarios occidentales de las aportaciones de estos intelectuales neomarxistas. Como se ha dicho antes, lo que se derrumba con el muro de Berlín no es tanto el Materialismo Histórico y Dialéctico como una forma concreta de llevarlo a la práctica que, incluso, podía restarle simpatías por parte de la juventud. No olvidemos, por otra parte, que la Universidad de Columbia es la cuna del pensamiento y del lenguaje «políticamente correctos»; de allí llega a Europa y se impone, desde las redes sociales de influencia cultural, primero, y desde las legislaciones de la «nueva izquierda socialista», después. 7. Reflejos de la estrategia gramsciana: la deconstrucción del lenguaje La manipulación del pensamiento se lleva a cabo mediante la manipulación de la palabra. Todo el mundo occidental, acaso todo el planeta globalizado, vive bajo la influencia del Pensamiento Único, procedente del neomarxismo. Nunca se ha llegado a un mayor de totalitarismo en la historia. Si, como afirmó Aldous Huxley, «un estado totalitario realmente eficiente es aquel en que las elites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada porque en realidad ama esta servidumbre», en nuestros días, este estado totalitario ha asumido la definición paradójica de «democracia». Las palabras del lenguaje «políticamente correcto» viajan de incógnito, calan en el ciudadano, modifican su pensamiento y lo adaptan, sin que sea consciente de ello, a la ideología del Pensamiento Único. Esto se hace con la «fuerza mágica» y evocadora del lenguaje, mediante la forma de presentar los temas y la introducción subliminal de los contenidos; la repetición constante a través de los medios de difusión y el «miedo a la discrepancia» hacen el resto. Uno de los miembros de la Escuela de Frankfurt, Georges Luckács, ya había abogado por un «terrorismo cultural», en línea gramsciana, que erosionase las bases del pensamiento occidental en cuanto a la familia, el sexo, la monogamia, la religión, etc. Fijémonos en algunos recursos de manipulación de lenguaje presentes en la sociedad actual: • La simplificación, que encierra, a la vez, reducción y generalización peyorativa. Por ejemplo, la acusación de «fascista». • La antítesis dogmática: sólo existen dos alternativas, ser «progresista» o ser «reaccionario»; «demócrata» o «dictatorial»; «ellos» y «nosotros»... • Los neologismos deformadores: por ejemplo, utilizar «independentista» (carga positiva) y no «separatista» (negativo); «latino» y no «hispano»... • El lenguaje «no sexista», con una cara oculta que luego estudiaremos al tratar la «ideología de género». • La adjetivación: «tolerante», «sostenible», «democrático»... • Los eufemismos: como «compañera sentimental» (en lugar de «querida») o «interrupción voluntaria del embarazo» (en lugar de «aborto provocado»). • Los grandes conceptos, que ya utilizó la Unión Soviética con la palabra «paz»... • La traslación del lenguaje, que consiste en utilizar términos positivos o «normales» para designar lo que no es tal, como «comando legal», cuando se trata de terrorismo (la palabra «comando» es militar, lo de «legal» se explica por sí solo). • Las caricaturas deformadoras, como técnica desprestigio. • Las omisiones (sólo existe lo que sale en los medios de difusión). La penetración de estas «normas» del lenguaje «políticamente correcto» en el uso coloquial es paulatina pero completamente profunda; al alterarse el sentido de las palabras y sus connotaciones emocionales, se va creando en el hablante una actitud espiritual diferente. Es decir, se cambian los valores del entorno cultural a través de la expresión, hasta conseguir valores culturales distintos y contrarios a los existentes. La «neolengua» de la novela de Orwell (1984) ha demostrado ser más una profecía que una fantasía literaria de ciencia-ficción. 8. Reflejos de la estrategia gramsciana: la deconstrucción de conceptos Si el lenguaje ha conseguido transformar el pensamiento, es natural que éste ya no responda a los valores y creencias tradicionales, que han ido siendo minadas a lo largo de muchos años. El resultado se puede ver ahora en todo su alcance. Veamos algunos ejemplos. El primero sería el concepto de autoridad. Durante mucho tiempo se ha trabajado en una doble línea: por una parte, se nos repetía la suspicacia hacia la palabra por sus connotaciones «franquistas»; se nos venían a poner como sinónimos «autoridad» y «autoritarismo». Por otra parte, se cuestionó constantemente el concepto en sí, tanto en el orden intelectual como en el religioso, el militar o el civil. Ambas vías llevaron al resultado apetecido: generar un ánimo hostil contra todo tipo de autoridad y jerarquía. En el mundo del pensamiento, con el menosprecio, el rechazo, el desprestigio o el silencio de toda opinión que no coincidiera con lo «establecido», y, por el contrario, con la sobrevaloración de las aportaciones coincidentes con el Pensamiento Único, se evitó la reflexión ante las ideas, el desarrollo de la mentalidad crítica y de cualquier asomo de razonamiento. Es un resultado de la estrategia gramsciana. Además, a la hora de ponderar a los pensadores, lo importante no era tanto que se declararan «partidarios» como de que no fueran «enemigos»; cada intelectual ganado creaba, a su vez, nuevos discípulos que eran convenientemente aupados. Gramsci en estado puro, de nuevo. En orden a lo militar, no hace falta recordar cómo se ha generado una atmósfera antimilitarista, especialmente entre la juventud, con el señuelo del pacifismo. El entreguismo y la sumisión (apelando, ahora sí) a la disciplina del estamento militar ha hecho el resto. La «cruzada» de izquierda, los nacionalistas... y la derecha (el PP suprimió el servicio militar) ha sido un éxito. Hoy en día, nuestras Fuerzas Armadas (ya no «Ejército», sustituido por el eufemismo) quedan reducidas a «tareas de paz», a una especie de ONG uniformadas. Ser militar es, simplemente, una profesión más, no bien vista pero necesaria. La selección de las cúpulas por el sistema de ascensos vigente es clara: lo más «profesionalizado», obediente al poder civil. El resto, aislado de la sociedad cuando no menospreciado por ella. Acaso España es la única nación occidental donde no se puede ver ningún uniforme militar por la calle. En el ámbito educativo, la «autoridad» ha desaparecido: el profesor es un «colega» del alumno, quien puede impunemente, con el beneplácito social (padres y familias en primer lugar), «contestar» a cualquier intento de hacer prevalecer la jerarquía docente. De nuevo juegan los eufemismos: el «enseñante» ha sustituido al maestro o al profesor. Palabras como «disciplina» y «orden» son eliminadas de los Reglamentos de Régimen Interno, sustituidas, sibilinamente, por «convivencia», «tolerancia», «mediación», e «igualdad». La religión y, en concreto, la Iglesia Católica (curiosamente, no las confesiones no católicas o no cristianas), y, dentro de ella, la jerarquía eclesiástica, han sido el objetivo primordial de una «deconstrucción», ya planificada por el político italiano. Los recursos han sido variados: desprestigio generalizado, «horizontalismo», cuestionamiento de la propia existencia de Dios, laicismo agresivo, secularismo, relativismo religioso... La propaganda ha sido y es exhaustiva. Desde la literatura y el cine (El Código da Vinci, Mar adentro...), pasando por las quinta-columnas («teólogos»), hasta las ofensivas de las legislaciones socialistas, el ataque contra el Catolicismo está a la orden del día. Se trata de reducir la Fe a lo estrictamente individual, donde no moleste socialmente, del mismo modo que se puede opinar de arte o de música en lo privado. Sólo existen «opiniones» todas igualmente válidas, pero no se admiten dogmas religiosos ni autoridades que los mantengan. Tanto en el seno de la Iglesia como en el del Ejército el criterio general ha sido infiltrar el concepto de «democracia», con el «pluralismo» de planteamientos de instituciones que, por su propia naturaleza, ni pueden ser democráticas ni pluralistas, si no estrictamente jerarquizadas. El auge de los esoterismos, de las filosofías orientalistas, sectas o movimientos como «New Age», continúan la labor de zapa. Pensemos en frases habituales, aceptadas sin discusión por quienes las pronuncian o quienes las oyen: «todo es según lo veas», «haz lo que quieras con tal de que no sea auténtico», «no hay naturaleza humana sino historia», «no hay escritor sino texto»... Si hiciéramos un diccionario con los conceptos deconstruidos deberían figurar en él muchos que ya ni se pronuncian, porque su propio nombre está proscrito: «patria» (sustituida por «país» o «estado» entre los nacionalistas), «honor», «fidelidad», «servicio» (sustituida por «solidaridad»), «caridad» (sustituida por el masónico término de «fraternidad»), etc. 9. La estrategia gramsciana aplicada en las ideas de hoy 9.1. Ideologías y bioideologías Es indudable que no podemos movernos en estos primeros años del siglo XXI con el mismo esquema que pudo regir el mundo tras la 2ª Guerra Mundial. Ideologías como el Fascismo han quedado en el ostracismo o han evolucionado hacia otros planteamientos, que les aseguran un lugar en la arena política (caso de Italia); otras, como el Nacional-Socialismo alemán, han asumido posiciones marginales, por mucho impacto que logren desde el punto de vista puramente folclórico. Unas y otras, a su vez, se confunden –o son confundidas– con posiciones «populistas», que toman partido ante problemas concretos (inmigración, por ejemplo) y obtienen éxitos concretos y poco duraderos. El Liberalismo ha evolucionado hacia un neoliberalismo, confundido con lo «conservador», pero nadie es capaz de establecer claramente una frontera entre sus posibilidades económicas y sociales reales y las de la socialdemocracia. El socialismo, a su vez, se confunde con ésta. En general, los viejos términos de «derecha» e «izquierda» son rótulos de cara a la galería (elecciones), pero poco consistentes en sus idearios. Los partidos del Comunismo, por su parte, corren igual suerte que los «fascistas» (minoritarios, marginales), pero no así el marxismo, como hemos visto. Ha surgido una llamada «nueva izquierda»: ¿qué tiene de la antigua?, ¿qué defiende en la práctica desde el poder o desde sus «redes sociales»?, ¿cuál es su «mensaje» de redención humana? Analizar la biología y la suerte política de estas ideologías (suponiendo que lo sigan siendo) sería objeto de investigación y de análisis de especialistas en el tema y se escaparía de la intención divulgativa de esas páginas. Vamos a analizar dos fenómenos actuales: por una parte, el hecho, ya reseñado, de que los poderes establecidos intervienen cada vez más en la intimidad de las personas; es decir, que la «sociedad política» ha penetrado e invadido la «sociedad civil». Por la otra, que algunas doctrinas no se limitan a pretender cambiar la cultura, la política, la economía, la sociedad, las instituciones, sino que van más allá, pretendiendo cambiar el mismo concepto de naturaleza humana. En estos dos fenómenos se basa la acción de más calado de esa «nueva izquierda», ese socialismo marxista de nuevo cuño, que ha dejado en la cuneta el lastre de sus reivindicaciones «proletarias». El tema ha sido estudiado en profundidad por el Profesor Dalmacio Negro Pavón (El mito del hombre nuevo. 2009. Ediciones Encuentro) y, por su autoridad e importancia, no puede dejar de estudiarse si realmente queremos conocer las claves del pensamiento dominante. Las ideologías se van transformando en bioideologías. La diferencia está en que éstas últimas cuestionan directamente el ser del hombre, proponiendo su transformación, ya que éste es, simplemente, para ellas, «un animal producto de la evolución, que cambia según las circunstancias». Para conseguirlo, el método va ser, de nuevo, la «deconstrucción de la cultura». El origen próximo de las bioideologías puede fijarse en el Darwinismo, si bien sus antecedentes hay que buscarlos en las corrientes filosóficas que negaban la explicación de un Dios Creador y del Derecho Natural, algunas de ellas con fecha de nacimiento en la Revolución Francesa. El Darwinismo, con la teoría de la evolución de las especies, introdujo el cientifismo en la política: progreso, la evolución, selección, eugenesia..., como vías de la política de los Estados. El llamado Darwinismo social dio un paso más: las facultades morales del hombre no son innatas, sino que han sido adquiridas a partir de cualidades sociales. Aquí, Marx no introdujo nada nuevo: se limitó a aceptar la aseveración y redujo al ser humano al «homo oeconomicus». La «selección de las especies» permitió soñar con un «hombre nuevo», que sería capaz de superar las deficiencias de la raza humana y, así, acabaría con los conflictos sociales. Si hoy en día se habla de «bioética», de «biotecnología», de «bioderecho», de «biosociología», ya, en 1920, el sueco Rudolph Kjellen introdujo el término «biopolítica». Una ideología histórica –el Nacional-Socialismo alemán– contenía importantes elementos de bioideología en su vertiente racista: conceptos de raza, eugenesia y selección, como motores de la acción política. Las teorías neodarwinistas y nacional-racistas impulsaron directamente a la política hacia la organización total de la vida humana desde su nacimiento hasta su muerte (pues ambas pueden ser intervenidas: aborto y eutanasia). Parece una paradoja, pero, en este aspecto, la «nueva izquierda» debe más al Nazismo que al propio Marxismo... La revuelta de mayo del 68 (recordemos la influencia de los pensadores de la Escuela de Frankfurt) tuvo también presentes algunos de estos elementos «biopolíticos»: zooideología de la revolución sexual, individualismo... Sus planteamientos contraculturales incluían mucho de bioideología en el fondo. Las bioideologías tienen en común con el marxismo su planteamiento dialéctico: una nueva «lucha de clases», lo «humano» frente a lo «natural», que debe prevalecer. La reelaboración del marxismo clásico por parte de Marcuse, Reich y Adorno, influyó mucho en este punto. Los métodos gramscianos de «ingeniería educativa» y de propaganda hicieron al resto. Vamos a ver con un poco más de detalle todo lo que llevamos expuesto: 1º) Las bioideologías consideran que la naturaleza humana es una construcción cultural que puede ser «reconstruida» y sustituida por otra. Ponen, por tanto, más énfasis en la «cultura» que en la «sociedad», al modo de Gramsci. 2º) Niegan y atacan la religión, tanto por su creencia de que es posible erradicar el mal en la tierra por medio de la mencionada deconstrucción cultural como por el hecho de que la religión sostiene que existe una naturaleza humana universal. Esto no quiere decir que algunas bioideologías acepten interpretaciones religiosas que concuerdan con sus planteamientos, como es el caso de los pastores protestantes homosexuales. 3º) En general, las bioideologías son más ambiguas que las ideologías clásicas. Por ejemplo, ¿son anticapitalistas? Retóricamente, sí, pero para ellas (y para socialismo postmoderno que las asume) el capitalismo es una fuente de recursos. Pueden, incluso, calificarse modernamente como «producto de hipercapitalismo del estado del bienestar». 4º) No constituyen partidos políticos al uso; son grupos de presión que influyen en los partidos y gobiernos, para lograr avances en la legislación que integren sus fines. El motivo es el vacío ideológico de los actuales partidos y la escasa maniobrabilidad de los gobiernos frente a la globalización: esos elementos contraculturales ofrecen un «arsenal de demagogia». En ocasiones, como en el caso del PSOE, no tienen inconveniente en llevar adelante sus planteamientos por coincidir con alguna de sus facetas (como la Ideología de Género, el Aborto... o el apoyo al «Proyecto Gran Simio»). 9.2. La Ideología de Género No hay un modelo de familia y de convivencia porque cada cual tiene que inventárselo en función de sus apetencias, de sus necesidades y de la historia que lo o la acompaña. Rosa Regás José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente del Gobierno de España, se declaró «rojo y feminista»; lo primero es sorprendente, porque esta denominación parecía sacada de los años 30 del pasado siglo, en plena beligerancia de media España contra la otra media; lo segundo era toda una declaración de principios, ya que la llamada «nueva izquierda» y, en nuestro caso, el PSOE ha asumido esta bioideología como bandera esencial, al quedarse vacío de otros ideales y propuestas. De hecho, España se ha convertido en el campo de ensayo de la legislación y la praxis de la Ideología de Género, emparentada estrechamente con el neomarxismo y con los planteamientos de deconstrucción cultural gramscianos. Ante los planteamientos de esta «ideología», el ciudadano poco avezado quiere estar en presencia de un feminismo reivindicativo tendente a buscar la equidad de la mujer y el hombre en las sociedades avanzadas; así, no suele despertar animadversión, todo lo más sorpresa ante alguno de sus planteamientos; esta «sorpresa» suele terminar en aceptación sumisa, a través del método constructivo y propagandístico de conocemos: ¿quién se atreve a oponerse a la marcha de «nuestro tiempo»? ¿Quién osa defender el «machismo» o la «violencia de género»? Porque, según el bombardeo psicológico del que somos objeto, todo va en el mismo paquete... La relación de la ideología de género con el feminismo equitativo es muy lejana, a pesar de que alguna de sus ideólogas lo califica de «tercera ola del feminismo» (Amelia Varcárcel). En realidad, es un feminismo radical que se sustenta en los siguientes principios: 1º) La diferencia sexual entre hombre y mujer no es algo natural sino producto de la cultura. No existe diferencia sexual innata entre hombre y mujer; de hecho, no existen sexos sino géneros, es decir, roles sociales en la conducta del individuo, que se han ido creando por adaptaciones culturales a lo largo de la historia. 2º) Cada persona puede elegir su opción sexual, según sus deseos e inclinaciones; esta «orientación sexual» confiere la libertad para elegir posibilidades (heterosexualidad, bisexualidad, transexualidad, lesbianismo, homosexualidad) en cada momento de la vida. La libertad de «orientación» deberá ser consagrada por leyes. La mencionada Amelia Varcárcel proponía una «agenda de poder» como meta actual, una vez superada la «agenda contra la honestidad», que comenzó los años 70. 3º) La elevación a categoría jurídica de estos planteamientos entra de lleno en los llamados «nuevos derechos universales»: derecho a la «Salud sexual y reproductiva»; derecho al aborto por parte de la mujer; derecho a la contracepción; derecho al cambio de sexo y la transexualidad; derecho la reproducción artificial, etc. 4º) La diferenciación sexual establecida hoy es la primera alienación del ser humano, que se le ha impuesto mediante la familia y el matrimonio principalmente. Hay que hacer desaparecer todo lo que perpetúa está «alienación». Así, la feminista y marxista Simone de Beauvoir sostenía que la mujer debe emanciparse del matrimonio, la familia, la maternidad y la represión sexual impuesta por la religión y la moral tradicional, mediante la «revolución socialista y feminista». 5º) La sociedad actual aparece dividida en dos «clases» sexuales reproductivas. La «lucha de sexos» reemplaza a la lucha de clases en la nueva dialéctica materialista. La clase subyugada –la mujer– debe apoderarse del control de la reproducción, recuperando la propiedad sobre su cuerpo. Como se ve, estamos ante una forma de neomarxismo 6º) La táctica es la «revolución desde abajo»: cambio de valores, modificación de pensamiento, transformación de la cultura imperante. La deconstrucción cultural parte de la deconstrucción del lenguaje, acabando con el «lenguaje machista», tanto en la formal como en lo coloquial. Los manuales al respecto editados por las diferentes Administraciones en España son el resultado de la «agenda de poder» en curso; la autocensura que se imponen las personas al hablar o al escribir ante expresiones «políticamente incorrectas» es un hecho de cada día. La Ideología de Género ha conseguido –insistamos, al modo gramsciano– la infiltración en las áreas del pensamiento y de la cultura. Amelia Varcárcel es Catedrática de Ética y Política de la UNED, miembro del Jurado de los premios «Príncipe de Asturias» y del Consejo de Estado. Otra ideóloga radical, Celia Amorós, es Catedrática de la Universidad Complutense; ya no hace falta mencionar a las «ministras» del Gobierno socialista. La «agenda de poder» se ha puesto en marcha de forma arrolladora. Pensemos en las siguientes medidas legales: • Lucha contra la violencia de género, que sólo trata de proteger al sexo femenino; ha sido llamada táctica del «feminismo victimista». • «Derechos reproductivos», comenzando por la ley del aborto. • Deconstrucción del matrimonio de la familia; así, el estatuto de Cataluña reconoce «las distintas modalidades de familia prevista por las leyes». • El «divorcio-exprés». • La emancipación de la maternidad, desde la mentalidad antinatalista, que provocó que España a finales de siglo XX tuviera el índice de maternidad más bajo del mundo, hasta el Aborto, como «derecho a la mujer». • Ley sobre técnicas de reproducción asistida. • Introducción de la curiosa figura biológica, antropológica y jurídica del «Pre-embrión» (que no fue una «boutade» de una ministra, sino un término consagrado en esta bioideología, por supuesto, sin ningún fundamento científico). No hay ni que decir que el primer blanco de ataque de la Ideología de Género es la Iglesia Católica, a la que las «asociaciones de gays y lesbianas» y entidades feministas radicales distinguen con un odio especial (mientras suelen guardar sospechoso silencio sobre el Islam). La propaganda, desde los medios de difusión, es intensa, constante y machacona. El objetivo es no dejar lugar al pensamiento crítico, al cuestionamiento racional de estos «nuevos dogmas». La táctica es vieja: «una mentira repetida un millón de veces se convierte en una realidad» (Lenin). La inclusión de la Ideología de Género entre las bioideologías está suficientemente demostrada: no aspiran a cambiar unas estructuras o leyes que discriminaban a la mujer (feminismo tradicional reivindicativo) sino que pretenden cambiar la propia naturaleza humana, en la cual la diferencia sexual es un simple «producto cultural». 9.3. El ecologismo: una bioideología aparentemente inocua Un común denominador de las bioideologías es la creencia en que, por puro voluntarismo, el hombre puede alterar no sólo las leyes humanas positivas (por ejemplo, la legislación sobre matrimonio y la familia), sino las leyes de la naturaleza (el caso del feminismo radical, la diferencia sexual). El Ecologismo también puede caer en este ámbito bioideológico en su faceta radical. Su éxito radica en el carácter seductor y en el error de asimilarlo a forma racionales de Defensa de la Naturaleza, que sostienen el rechazo a las formas abusivas o dañinas contra el medio ambiente. Por el contrario, el Ecologismo es una reacción contra el industrialismo, de trasfondo utópico y de raíz contracultural; incluso etimológicamente, es contradictorio, ya que «cultura» viene de «collare», cultivo de la tierra. El Ecologismo es fundamentalista: diviniza la Naturaleza, que, por tanto, se convierte en Mito. Cree que se puede luchar contra las leyes naturales, como las que rigen los cambios climáticos; es pseudocientífico. Proclama que las leyes naturales son productos del hombre, que es considerado como el mayor enemigo de la naturaleza. Como otras bioideologías, su planteamiento es cercano al neomarxismo: dialéctica Naturaleza-hombre, a modo de «lucha de clases», y, por supuesto, materialista. Los teóricos del ecologismo han llegado a proponer reducciones drásticas de la población mediante la contracepción y el aborto, en línea con neoaltusianismos actualizados. Se advierten en el Ecologismo tremendas paradojas: por una parte, es un producto rigurosamente urbanita, y, por la otra, se sustenta en un «sentimentalismo romántico» que se inscribe, asimismo, en la «cultura de la queja» o «victimista». Como se ha dicho, sus análisis y estrategias son las propias del marxismo, con elementos darwinistas, y, cómo no, actuando en las sociedades al modo gramsciano, a través del mundo de la cultura y del lenguaje «políticamente correcto»; pensemos, en cuanto a este último punto, en el impacto social que tiene el reiterado término de «sostenibilidad»... 9.4. La Bioideología de la Salud Fumar no es de izquierdas (ZP) Descartada la salvación del alma que sostienen las religiones, esta bioideología busca fanáticamente «la salvación del cuerpo», es decir, la salvación en este mundo. Como otras bioideologías, mitifica la vida, proponiéndose «salvarla de la cultura». También se reconoce su raíz en el «humanitarismo romántico». Invierte el objetivo de la Medicina, porque no lucha «contra la enfermedad» sino por la «salud permanente». De hecho, ha logrado dos efectos perniciosos: la medicalización de la sociedad, con el uso abusivo de fármacos en el mundo industrializado (en paralelo, con una carencia criminal en el Tercero y Cuarto Mundo), y el intervencionismo de los poderes públicos, que se convierten en «guardianes de la salud persona» al modo totalitario; paradójicamente, en nombre de la salud justifican el aborto y la eutanasia, es decir, la «cultura de la muerte». Esta bioideología alienta la utopía de la transhumanización, es decir, la superación del hombre en pro de un mundo poblado por seres inmortales. Ejerce, al igual que el Ecologismo, una acción seductora sobre un sector amplio de la población, ya que se identifica popularmente con medidas de sanidad e higiene que promueven los poderes públicos. Como dato curioso, mencionemos que, en la cosmovisión nacional-racista del III Reich, se estudiaban ya los efectos nocivos del tabaco y el beneficio de comer pan integral; las SS ejerció el monopolio de la producción de agua mineral, promovió la homeopatía, el cultivo de hierbas medicinales, etc. 9.5. Otras bioideologías Relacionadas con las anteriores, se podrían citar otras bioideologías. Así, vinculados a la Ideología de Género, cabría hablar de los movimientos «de gays y lesbianas», enquistados en el mundo de la cultura y del espectáculo (y en el de la política más soterradamente). El «victimismo de la queja» unido al «humanitarismo romántico» (?) da lugar al movimiento antitaurino (independientemente de sus connotaciones nacionalistas) y, en General, a los de «defensa de los animales» que, sin embargo, desprecian al «racional» como ser dañino. No es extraño, por último, que gobierno socialista apoyara el «Proyecto Gran Simio», tendente a establecer equivalencias entre seres humanos y monos. 10. Conclusiones En este trabajo se ha intentado exponer, a grandes rasgos, las ideas y corrientes que martillean sobre la población de forma machacona e insistente, a veces de un modo sutil, otras de forma directa, cuando ya existe un «estado de ánimo» social suficientemente preparado. Con relación a épocas anteriores, se advierten, por un lado, sus grandes singularidades, pero, por otro, reconocemos en estas ideas y corrientes unas constantes que vienen de lejos. Con relación a lo primero, hay que decir que no nos basta con repetir esquemas ideológicos que antaño nos parecían muy esclarecedores; la complejidad del mundo de hoy ha tornado en insuficientes las explicaciones que nos podían satisfacer; por ejemplo, ¿qué nos queda de aquella dialéctica política capitalismo-comunismo, cuando aquél ha evolucionado hasta límites insospechados y éste ha adoptado nuevas formas irreconocibles? ¿Cómo establecer límites diáfanos entre los planteamientos neoliberales o los socialdemócratas, si ambos, enmarcados en la globalización, representan alternancias de poder con escaso margen de maniobra fuera de los «dictados» de poderes superiores? Con relación a lo segundo, a las constantes, se podría aplicar el refrán de «de aquellos polvos vinieron estos lodos». Dicho de otro modo, el pensamiento del hombre evoluciona, no permanece nunca anclado en un momento dado de historia, pero esta misma evolución es clara muestra de que nada surge ex nihilo, sino que el engranaje sigue su curso desde unas ideas básicas que desasosegaron a nuestros padres y a nuestros abuelos. ¿Cómo no reconocer en el laicismo y el secularismo actuales la impronta original del ateísmo del siglo XIX? ¿O en lo que hemos llamado bioideologías –de la mano del profesor Negro Pavón– el sello del darwinismo y del pseudocientifismo, y aun del racismo? El día a día lo componen una serie de problemas económicos y políticos perceptibles por una inmensa mayoría, pero, tras estos, existe una metapolítica, enraizada en el ámbito de lo filosófico, que no puede pasar desapercibida por quienes no se conforman con lo superficial. La llamada «nueva izquierda» –en la que se enmarca el socialismo español actual– puede ser criticada por su falta de acierto en hacer frente a una tremenda crisis económica; por su agenda política con respecto nacionalismo; por sus tiras de afloja ante el terrorismo; por su «alianza de civilizaciones»; por sus leyes que estimamos negativas... Mas de ir más allá, ver qué es lo que ha promovido que el PSOE asuma como bandera una política abortista o un feminismo radical, en lugar de profundizar en la búsqueda de un orden social más justo o para los desfavorecidos. O por qué el PP pone más énfasis en denunciar lo primero –la política, la economía, las leyes concretas–el lugar de combatir las ideas-madre que se oponen a su teórica concepción del hombre y de la sociedad. La historia y su conocimiento nos sirve de mucho, pero no nos basta: «dejad que los muertos entierren a sus muertos». Bien está, como ejercicio de erudición y de polémica, interpretar y reinterpretar lo que ya está pasado; pero la atención debe estar en el presente, en la circunstancia concreta que estamos viviendo y en el entramado ideológico de nuestros días. Por otra parte, no reduzcamos todo ello al caso de España; la gestación se está realizando en un ámbito europeo y aun universal. Si los (supuestos) antisistema tienen como eslogan «piensan global y actual en local», la consigna nos viene bien a todos, pero con un matiz importante: «comprende lo global para comprender lo local», y, luego, actúa en consecuencia. En lo tocante a esta actuación, nada más lejos de intención del redactor que aconsejar a otros o promover actuaciones de grupo o capilla. La actuación a la que me refiero es estrictamente individual, mediante el uso de la capacidad reflexiva y crítica, que nos puede llevar a reconocer los elementos ideológicos y las conductas consiguientes que han sido desgranados en estas páginas. Una vez reconocidos, reflexionamos con otros, en diálogo constante que amplíe sucesivamente el círculo de quienes pretendemos entender mundo de hoy. El uso que hagamos del lenguaje constituye también un alma, que se vuelca a favor del adversario si asumimos sus expresiones o las dejamos pasar, sin crítica por nuestra parte, en el curso de una conversación. A riesgo de parecer juristas del lenguaje, conviene matizar, aclarar o contradecir con pruebas cada término «políticamente correcto» que se introduzcan el coloquio. No nos dejemos «deconstruir». Con la humildad de aceptar otras interpretaciones y otros puntos de vista, pero con la seguridad de que no nos están introduciendo contrabando sin que nos apercibamos del alijo...
JUAN VELARDE FUERTES.
Catedrático, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Premio Príncipe de Asturias.
Texto íntegro de la presentación que hizo Juan Velarde del Libro "Escritos y discursos. Desde la lealtad y la fidelidad".
(Plataforma 2003. Madrid, 2010, 387 págs) en la Real Sociedad Matritense de Amigos del País. La lectura del libro de López-Cancio,
Escritos y discursos. Desde la lealtad y la fidelidad (Plataforma 2003, 2010) es muy importante, a mi juicio para todo futuro investigador de lo que de verdad sucedió en la historia de España desde 1936 a 1975.
López-Cancio se afilió a Falange cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Oviedo, en 1935. Era entonces un joven asturiano impresionado por la Revolución de 1934, que en 1936 se incorpora al Ejército Nacional hasta licenciarse como sargento al concluir la contienda, momento en el que finaliza la carrera en la Universidad de Oviedo, y como joven letrado se incorpora al bufete de un magistrado, separado de la carrera por haber permanecido activo en la España republicana.
Señala en este libro (pág. 8), en su «opinión injustamente (sancionado) con la separación del Cuerpo». Ahí radica una característica primera de Cancio: no sentirse exactamente vencedor frente a otros españoles. Es una primera característica.
En su primera intervención, en 1942, como alcalde y Jefe Local de Falange en Tapia de Casariego dijo (pág. 13): «Yo sé por qué me movilicé y por qué lo hice con mis
actuales (subrayado mío significativo) camaradas; también veo claros los motivos de muchos de los que frente a nosotros combatieron bravamente».
Dentro de Falange ésa era una línea que había sido iniciada por Yagüe en su famoso discurso el 19 de abril de 1938 en Burgos, que por cierto le valió un severo castigo.
Va a ser López-Cancio reiterativo en esto. El 12 de junio de 1955, en Aguilar de Campoo, en una reunión de excombatientes del Ejército Nacional, dirá: «Recordemos el valor de nuestros enemigos, para poder hacerles justicia y fortalecernos en su heroísmo» (pág. 27). Todo eso culminará con que varía el viejo homenaje que se hacía en los campamentos del Frente de Juventudes a los caídos «por Dios, España y su Revolución Nacionalsindicalista». Dijo López-Cancio en la Red de Emisoras del Movimiento en 1960 (págs. 42-43): «A nadie […] debe extrañar que me haya decidido reformar el rito conmemorativo del sacrificio de los Caídos, haciendo que los que conviven en los campamentos juveniles tengan presentes en sus afanes y canciones a todos los muertos por una España mejor: Su generosos sacrificio les depuró de toda parcialidad y les hizo paradigma del servicio al ideal de una sociedad nueva nacida del unánime deseo de fortalecer la Patria y la Justicia como un reparto abundante de pan de bienestar, pan de cultura y pan de libertad […] La unidad de los Caídos en la memoria de los españoles es un imperativo político irrenunciable, inspirador de un futuro que ha de superar la división rencorosa de los Españoles, uniéndoles en la lucha contra las causas de su tragedia».
La raíz de esto algunos la hemos conocido directamente. Era el verano de 1946, una unidad del Frente de Juventudes marchaba por Asturias mandada por López-Cancio. Los veraneantes contemplábamos a aquellos muchachos formados ante una Cruz de los Caídos, adosada a los muros de una iglesia. Se oyó una voz: los camaradas Tal y Cual colocarán la corona en homenaje a los caídos. Uno de ellos, hijo por cierto de un minero, salió de las filas y se cuadró ante López-Cancio, mientras preguntaba: «¿Por qué Caídos vamos a colocar la corona?». Todos dimos un ligero respingo. La respuesta que se oyó nos impresionó: «Por todos los que cayeron limpiamente por España». A lo que el muchacho respondió: «Pues entonces puedo colocarla, porque mi padre murió en el Ejército republicano».
Yo pensé –y creo que debe meditarse ahora- haber visto el final de la Guerra Civil. Enlácese esto con la anécdota que relata en la pág. 187 y con lo que refiere en la pág. 289.
Este mensaje queda claro en la pág. 45: «Mis convicciones habían nacido en la Universidad de Oviedo, como una desazón vital incontenible y una perplejidad ante las dos mitades ideológicas de España, cuyas parciales respuestas no satisfacían mi espíritu crítico de universitario ni mi afán juvenil de servicio».
Es importante para mí, como seguro lo sería para mi colega Enrique Fuentes Quintana, porque ambos escribimos para la Editorial Doncel –sobre ella véanse las págs. 328-331 el libro Política Económica- leer que sus cuestionarios básicos estaban «desposeídos de todo matiz partidista». Y que la convocatoria que se nos hizo «para dar a la intencionalidad de cada libro el porte de dignidad que los autores y la disciplina demandaban». Y en esta línea, me siento confortado cuando leo (pág. 49) que la revista Juventud, en la que colaboré con artículos críticos, la imaginaba López-Cancio «para denunciar sin acritud las lacras de una sociedad imperfecta» (pág. 48).
Simultáneamente, late en López-Cancio, y también va a perdurar, una preocupación fundamental: los desheredados. Así, en una placa a Zoilo Iglesias dijo: «Zoilo era el más humilde de todos los combatientes de este concejo en nuestra guerra. No conoció padre legítimo, ni había recibido de su país otra cosa que el inseguro derecho al mendrugo y al mísero puchero a cambio de un eventual y duro trabajo de sol a sol, como criado, en las menguadas labranzas de unos pobres campesinos. Fuerte, paciente y analfabeto. Sube a la guerra sin odio y sin ira…». Y concluyó: «Que esta lápida no sea un simple honor concedido a su memoria, sino el recuerdo de una obligación pendiente» (pág. 13).
E inmediato, el talante crítico. Como Jefe del Distrito universitario del SEU de Oviedo, en la apertura del curso académico 1945-1946, dijo, dirigiéndose a los estudiantes en un acto en el que impuso, por haber alcanzado el número 1 de la Tercera Promoción de Infantería de la Milicia Universitaria, a mi amigo y compañero de mil vivencias, Benigno Pendás, el Víctor de Plata: «No os pido, porque tampoco yo lo he embargado, el sistemático aplauso a toda obra del gobierno, de cualquier esfera que sea» (pág, 14).
Por eso sus observaciones sobre la realidad de España son amplias, generosas. Le vemos percibir la importancia del jesuita Sisinio Nevares para el cooperativismo agrario palentino, ese que se encuentra detrás de la CONCA, raíz a su vez de la CEDA, o cuando en el homenaje al director del Diario Palentino, José Alonso de Ojeda, tras celebrar que estén reunidos, «en el crisol del amor a España y en el propósito de servir a Palencia», se declara «servidor incansable […] de la unidad social de nuestro pueblo», y por eso feliz de que allí se encontrasen «viejos liberales, republicanos históricos, monárquicos de todas las dinastías, antiguos socialistas, falangistas de ayer y hoy».
Por supuesto, en esta integración recuerda que José Antonio «nos impuso el respeto a la variedad étnica, social y geográfica de nuestra Patria y nos invitó a escribir el poema de la futura España en versos gallegos, castellanos, catalanes y vascuences» (pág. 28). Naturalmente esto lo amplía a los tradicionalistas. En las págs. 60-61 en una carta fechada en Pamplona el 6 de septiembre de 1960 a los antiguos combatientes de los Tercios de requetés de Lácar y San Fermín les dice «que el joven y bravo requeté que cada uno de vosotros fue un día os mantenga ilusión y brío para luchar sin desmayo por todo lo válido y permanente que en nuestro mundo existe». Por supuesto, en 1973 señalará: «A efectos dialécticos debe aceptarse la posibilidad de un futuro con partidos políticos» (pág, 166).
También es visible en López-Cancio un espíritu americanista, que contemplé no hace mucho cuando Vicente Ugarte del Pino, uno de los grandes de Perú, que acaba de ser condecorado por el presidente Alan García con la máxima condecoración de esta república, me enseñó la camisa azul que había llevado en una peregrinación, en 1948, de Roncesvalles a Santiago de Compostela, y que guardaba como oro en paño. Esa peregrinación es la que en este libro se cita en la pág. 271 ampliamente, con alusión también al boliviano eminente Jorge Siles Salinas. Se refiere López-Cancio así: «Peregrinad y pedid por todas las Españas. Las que abarca en la actualidad la soberanía de nuestro Estado y aquellas otras que, solas, llevan el impulso de nuestra estirpe» (pág. 63). Añádanse las referencias que hace a México y su escudo en la pág. 120, o la alusión al profesor de la Universidad Católica de Quito, Jorge Luna Yepes en la pág. 247, o la que hace de Pablo Antonio Cuadra, el gran nicaragüense, en la 260, y todo el contenido de la pág. 269, o la gran crónica de Cuba en las págs. 210-317.
Me he detenido para esta presentación esencialmente en esto, a lo que debo añadir las citas continuas, algunas veces reiteradas, a Ortega, a d’Ors –muchísimas veces , a Camón Aznar, a Balmes, a Gracián, a Pérez Galdós, a Marañón, a Concepción Arenal, a Quevedo, a «la poesía profunda de Hierro», a Cossío, a Gerardo Diego, a Víctor Pradera, a Costa, a Teresa de Jesús, a Azorín del que recoge este bello lema «Vivir no es volver» en la pág. 179, a Mariano de Cavia, a Camilo José Cela, a Dámaso Alonso, cómo no Jovellanos, a Marcelo Arroita-Jáuregui, a Unamuno, a Manuel Alcántara, a Dionisio Ridruejo –al que califica en 1994 de «hombre sensible, inquieto y bueno» (pág. 273) , a León Felipe, a José Luis Hidalgo, a Pérez de Ayala, a con halago Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, a Tirso de Molina, a Calderón, a Cervantes –naturalmente , a José María Valverde, a Pío Baroja, a Rof Carballo, a Larra, a Manuel Azaña, al que elogia mucho en la pág. 348, a Maximino Romero de Lena, a Federico Sopeña, a Laín Entralgo, a Gonzalo Torrente Ballester, a Fernández Florez, a Sánchez Silva, a Rafael María de Labra… ¿Para qué seguir, si con lo dicho se observa su talante abierto? Añádase su negativa radical a integrarse en 1955 en el Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo (págs. 319-320).
Por supuesto, cita multitud de veces a José Antonio algo a Ramiro Ledesma y siempre con lealtad y respeto, a Franco. Por eso le guardaré eterna gratitud porque, de pronto, en la pág. 149 me encontré con que dice: «Hay que hacer, como indica Juan Velarde, compatible una política de producción con una de distribución socialmente avanzada».
Y sobre lo dicho, que es el armazón esencial de este libro, insiste una y otra vez, con un lema típico de un reformista, que dice procedía de fray Justo Pérez de Urbel, al que le oyó en un acto de la Sección Femenina que «no hay peor deserción que la de los que se quedan». Por eso López-Cancio señala que esos son «los que se quedan sin fe y sin entusiasmo, aferrados como cadáveres a una rueda de timón inmóvil, ciegos para todos los rumbos; que no se adscriben más que a aquello que les es físicamente próximo o habitual. El horizonte no cuenta para ellos» (pág, 30). Sí contó para López-Cancio, y bien lo sabemos en esta Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, desde donde tantas cosas salieron para horizontes nuevos, y él, al servicio de esos nuevos proyectos, estuvo en los últimos años de su vida.
ARMANDO MARCHANTE GIL.
General de Brigada de Artillería, diplomado de Estado Mayor, Licenciado en Derecho, periodista y escritor En la difícil situación por la que atraviesa España producida por la confluencia de una serie de factores entre los cuales figuran aspectos morales, sociales, políticos e ideológicos y, finalmente, económicos que, si bien son el aspecto más visible de lo que está ocurriendo, seguramente no es lo más importante y, ni siquiera, lo más peligroso para nuestra Nación, yerran quienes piensan que un simple cambio de orientación política de quienes se van a hacer cargo del gobierno de España en todos sus aspectos, es decir la dirección de las entidades locales, Comunidades autónomas, y el propio Gobierno nacional –por favor, no central– pueden ser capaces de reconducir a España a lo que debiera ser un sistema democrático de gobierno y convivencia tranquila de todos los que componemos el cuerpo nacional.
Muchos son los factores que han llevado a la imposible situación que vivimos desde hace ya demasiados años; es evidente que la pérdida de todo valor absoluto en cualquiera de los campos de la vida social que se analicen: el tantas veces citado relativismo impregna toda la vida nacional lo que hace de difícil realización la tan deseada convivencia pacífica. Si no hay valores o, mejor dicho, virtudes cívicas por todos aceptadas y respetadas la convivencia nacional se hace muy peliaguda.
No es la primera vez que en el curso de nuestra agitada historia se ha llegado a una situación como la presente, si bien hay que decir que, dentro de estas lamentables tesituras, no hemos llegado a unos extremos como los que condujeron a los españoles a enfrentarse ferozmente entre sí, tanto durante el siglo XIX como en la última guerra civil padecida.
Siendo muy grave esa falta de valores cívicos en la sociedad española su recuperación no puede tener lugar de forma súbita; habrá que recurrir a rectificar algunos comportamientos y actitudes de los actuales dirigentes de todos los partidos que son a la vez agentes y víctimas de las graves tensiones y dificultades en aumento por las que atravesamos.
Es evidente que la búsqueda del poder a todo trance, de la que son agentes los actuales partidos políticos, ha agravado considerablemente las crisis al hacer prácticamente imposible la aceptación de un mínimo de concordia entre todos ellos –salvo para defender sus intereses partidistas comunes– que haga viable, al menos, una actuación normal, tranquila y ajustada de los poderes públicos, concebidos hoy por hoy más como una forma de aplastar al adversario –unida en abundantes casos a la operación de llenar las propias alforjas– que a la búsqueda de un sistema eficaz y justo de articular la sociedad española abandonando todo intento de imposición, más o menos violenta, de unas ideas políticas sobre quienes no las comparten.
Evidentemente la búsqueda del poder por determinados grupos humanos y singularmente por los partidos políticos, es permanente e insaciable, pues conseguida una parte de tal poder aparece inmediatamente el deseo totalitario de alcanzar la plenitud del mismo y para siempre.
Esta tendencia, muy humana, se opone radicalmente al concepto moderno de democracia que radica en gran parte en la idea de que el poder corrompe y, como decía un conocido tratadista, «el poder absoluto corrompe absolutamente». La consecuencia inmediata es que el poder debe estar sometido a unos controles tanto más fuertes cuando mas elevado es aquél. Esto sólo es posible en un sistema verdaderamente democrático.
Unido a ello es necesario, en toda Nación bien organizada y que realmente cuente con un Estado de Derecho, el sometimiento de «todos», es decir gobernantes y gobernados, al imperio de la ley. Cuando se afirma «todos» se quiere decir efectivamente «todos», altos y bajos incluidos, sea la que sea su posición o residencia en cualquier lugar de la Nación. No debe haber lugar para ningún privilegio. Ni individual ni de grupo social o casta.
Si comparamos este desiderátum con la actual realidad española las diferencias son abismales y seguramente explican lo que está sucediendo, agravado además por la evidente falta de conocimientos de los actuales dirigentes del Estado que reúnen incompetencia y arrogancia.
Para completar el cuadro, asistimos, por mor del sistema constitucional, a una disparatada distribución de los poderes públicos: lo que llaman los políticos «competencias» cuya distribución, si ya era caótica e irracional en el articulado constitucional, ha alcanzado caracteres incluso pintorescos en la práctica de nuestros políticos.
La confusión de «competencias», la imposibilidad de establecer el debido equilibrio entre todas ellas, su distribución a lo largo y a lo ancho del territorio nacional, la debilidad cada día más visible del que llaman despectivamente «poder central», la proliferación y entrecruzamiento de responsabilidades y actuaciones, su coste económico, y la enorme dificultad de articular una política nacional es el resultado de las luchas por el poder que llega desde el más modestos ayuntamientos a los más altos elementos del propio Estado. Véase como ejemplo, la permanente disputa entre el Tribunal Supremo y el Constitucional, la permanente imposibilidad de establecer una política exterior congruente con los intereses de España, más allá de determinados apriorismos ideológicos. A ello se puede unir una ley electoras hecha a propósito para que las minorías, previo el consabido contubernio, hagan imposible la gobernación de la mayoría; causa esta última muy importante del desgobierno y pulverización del Estado español, como tal.
¿Tiene esto remedio? Difícilmente si no se llevan a cabo profundas reformas en el sistema que, a mi parecer, no están ni siquiera en agraz en el horizonte inmediato.
JUAN RAMÓN LOZANO ROJO.
Ingeniero Industrial
La víspera de nuestra fiesta nacional que es, además, la fiesta de la Hispanidad, me inspira las siguientes reflexiones.
Por culpa de un porcentaje no pequeño de la gente con la que tenemos que convivir necesariamente, nuestro patriotismo y nuestro respeto a los símbolos es totalmente atípico dentro de Europa occidental. Y, sin embargo, es a esta cultura europea occidental, forjada sobre tres pilares (el Humanismo griego, el Derecho romano y el cristianismo) a la que pertenecemos y que nos guste o no, es la nuestra.
La cultura progre (que yo llamo «chequista»), insensata y totalitaria, basada en los fundamentos de la francmasonería y el marxismo-leninismo, ha lavado el cerebro a muchos, y nos ha aletargado a los demás, con mensajes subliminales como:
• Que una bandera es un trozo de tela de colores, excepto cuando uno se sienta a su paso, en vez de permanecer de pie (como hizo el inefable ZP el 12-10-2003 al paso de la bandera de USA en el desfile en Madrid). Entonces, sí era más que un trozo de colores. Era un símbolo.
• Que un himno es una música horrible, en la mayoría de los casos (en cambio, hermosa cuando se trata del «Eusko gudariak», la «Internaciona» el himno cubano, etc.).
• Que una autoridad no es democrática, si no son «ellos» quienes la han elegido o impuesto.
• Que el concepto de patria está obsoleto (salvo cuando se trata del lema de Fidel Castro: «Patria o muerte, venceremos»).
• ...Y así, hasta el infinito.
Sin embargo, los símbolos son una necesidad vital para el ser humano, y los necesita continuamente en su vida habitual:
• ¿Qué es el lenguaje verbal, sino un símbolo? ¿Hay que ningunearlo, y emplear cada uno el que quiera, o el que se invente, o el que tenga el capricho de utilizar en cada momento? ¿Cómo podría el ser humano vivir en sociedad? ¿Hay alguna especie animal que no tenga su propio código para comunicarse? ¿Es ecologista (ahora que está de moda, con un sesgo demagógico) el prescindir de estos símbolos, e inventar un nuevo comportamiento que no existe en ninguna especie animal, o vegetal? .(1) • ¿Y el lenguaje escrito? ¿Tiene sentido inventar otro alfabeto? ¿Acaso, de inventarse, dejaría de ser un símbolo este nuevo alfabeto? • ¿Qué son las señales de circulación sino símbolos? ¿Una señal de tráfico indica algo o, según la filosofía (o lo que sea) chequista, es simplemente una luz, o una chapa redonda? ¿Un intermitente es simplemente un punto luminoso, al que cada uno tiene el derecho a darle el significado que quiera? .
(2) Pues por la misma razón, los símbolos nacionales representan a nuestra Nación, es decir, a nuestra cultura colectiva. La cultura colectiva es para un conjunto de seres humanos con lazos comunes lo mismo que es la personalidad para un individuo.
Y por la misma razón que a cada individuo se le conoce por ciertas señales (símbolos) externos que resumen su personalidad (su forma de andar o de vestir, su voz, sus tics, etc.), a una nación se la reconoce por sus señas distintivas, que quedan resumidas en sus símbolos.
La personalidad individual lo conforma una combinación entre lo que hemos heredado de nuestros mayores (una parte, por razones genéticas; otra, por el aprendizaje natural del niño en sus primeros años en el ambiente familiar), y lo que hemos aprendido del entorno en el que nos desenvolvemos. La herencia finaliza en los primeros años; en cambio, el entorno nos influye permanentemente a lo largo de nuestra vida.
Pues bien, por la misma razón, nuestra personalidad colectiva –es decir, nuestra Nación– está hecha del patrimonio heredado de nuestros mayores, y de nuestras aportaciones actuales. En el patrimonio heredado están nuestros valores o principios, nuestra cultura (creencias, lengua, historia, costumbres, filosofía,..) y nuestra conciencia colectiva (que algunos dicen no tener; pero que siempre se tiene alguna). Nuestra propia contribución está formada del enriquecimiento de ese patrimonio con todo lo que asimilamos en el presente de nuestro entorno, consecuencia del mundo que nos ha tocado vivir.
Aunque no sea una ley escrita, parece ser que todas las especies, y todos los individuos, están sujetos a una ley natural que busca mejoras para sus descendientes, apoyándose en lo ya conseguido.
Este comportamiento que he descrito no es diferente del de otras especies animales o vegetales. Es más, es el existente en todos los sistemas conocidos en el Universo. Todas las ciencias y tecnologías que manejan señales (p. ej, la ciencia aeroespacial) utilizan desde hace muchos años los filtros electrónicos de Wiener (analógico) o de Kalman (digital) para tratarlas. El principio de ambos filtros es: el comportamiento de un sistema en el presente viene dado por su comportamiento anterior (su herencia) y por el de su entorno (el ambiente).
Contra este principio, demostrado y aplicado, nos encontramos con el concepto progre-chequista, desarrollado entre 1650 y 1750. Según ellos, el ser humano es consecuencia de su ambiente, sin ninguna influencia de la herencia. Pero, eso sí, los hombres no nacen «en blanco», sino «buenos» (¿), y su personalidad se va deteriorando con el aprendizaje. En consecuencia, hay que liberar al hombre de sus ataduras con el pasado (su herencia), excepto en su bondad natural inicial (¿).
hay que enterrar el pasado y librar al hombre de sus nefastas consecuencias. Todo ello también podría resumirse en: todo el pasado es malo; miremos sólo al futuro, sin sacar consecuencias del pasado.
Es curioso. Tanto presumir de «progreso», y están defendiendo unas ideas cuya falsedad ya fue demostrada hace más de 100 años.
¿Se entiende ahora por qué esa obsesión por destruir el pasado y sus símbolos? ¿Y se entiende también que el pensamiento «chequista», que ningunea los símbolos, no ningunee a aquellos símbolos que considera enemigos del hombre nuevo? Esto justifica que la Cruz deje de ser para ellos dos palos cruzados, y se convierta en un símbolo a eliminar
(3) . ¡Qué curioso!; la Cruz sí es para ellos un símbolo con un gran significado. ¿Dónde está su coherencia?
Lo mismo podemos decir de la Bandera. Si de verdad la bandera es para ellos sólo una tela con colores, ¿por qué se sentó ZP, el infame, al paso de la bandera norteamericana? ¿Es que le sobrevino un cansancio súbito en ese momento? (todos sabemos que este personaje está permanentemente cansado, y que necesita dormir mucho porque está acostumbrado a trabajar poco; pero, siendo así, lo lógico es que se hubiera sentado durante todo el desfile).
Si no es un símbolo, ¿a qué se refiere Carod Rovira cuando, en un acto institucional, y como representante de la Generalidad catalana, llama a la bandera de la Nación española la «bandera del enemigo»? ¿Es que eso no es un reconocimiento de nuestra bandera como un símbolo? Si sólo fuera un simple «trozo de tela», ¿cómo puede identificársela con «el enemigo»? Este sujeto, junto a Pascual Maragall
(4), botarate del que ahora se conoce que tiene Alzheimer (¿es que no lo tenía ya de nacimiento?) se permitieron el lujo y morbo de «jugar» con una corona de espinas,
símbolo del sufrimiento de Jesús (tanto para los que creemos en que nos redimió con ello, como para los que no lo creen) .(5)
¿Y qué decir de tomar la bandera soviética como la propia, y de la sustitución del «¡viva España!» por el «¡viva Rusia!» en 1936, en la zona roja? ¿De verdad las dos banderas eran para ellos solamente telas de colores? Si era así, ¿por qué sustituyeron un símbolo por el otro? ¿Sólo porque la roja les parecía más bonita o vistosa que la rojigualda? Y a todo esto, ¿dónde quedaba la tricolor, símbolo de aquella 2ª República, régimen –y
símbolo también– de la división y del odio?
Suelen decir que la derecha les ha quitado un símbolo que era de todos. Si era de todos, ¿por qué se apresuraron a sustituir en 1931 la bandera bicolor (que, desde su origen, no sustituía a nada y era, por tanto, de todos) por la tricolor, sin consultar al pueblo? ¿Acaso fueron las derechas quienes se apropiaron de la bandera Nacional, o fueron los progre-chequistas quien renunciaron a ella, dejando solas a las derechas en la defensa de un símbolo común?
Es hora de poner las cosas en su sitio. Y, sobre todo, atención a los argumentos progre-chequistas. No hay que olvidar que mentir continuamente, y tratar de imponer y mangonear todos los aspectos de la vida son dos características que forman parte de su identidad colectiva totalitaria. Y no sólo de su ideología, sino de su cultura, de su comportamiento cotidiano.... es decir, de su personalidad y talante.
Habrá que buscarles un símbolo que alegorice la mentira y el totalitarismo, y ofrecérselo como señal de identidad. Su reacción ante él nos dirá si lo consideran un mero objeto, o si, por el contrario, se sienten insultados (en cuyo caso, estarán aceptando que los símbolos tienen un significado y encierran un mensaje, contra lo que exponen con su hipocresía habitual).
Notas [1] Todas las especies utilizan signos para comunicarse. [2] Cuando el autor escucha comentarios de energúmenos sobre que una bandera no es más que un trapo de colores, contesta que, según ese razonamiento, el «Quijote» es sólo unos gramos de papel y unos centilitros de tinta.
[3] La fijación con la cruz del
valle de los Caídos es
paradigmática. Un socialista «moderado», como Antonio Miguel Carmona,
traicionado por su subconsciente, dijo en un programa de «El gato al agua»
(de abril o mayo de 2011) que «es que esa cruz se ve desde [4] Es curioso que el prestigio de este hombre le venga de ser nieto del gran poeta catalán Maragall. O sea, que la coherencia progre-chequista le valora por su herencia, en vez de por el ambiente en que vive. [5] El resentido Carod-Rovira, además, estudió para cura en el Seminario de Tarragona (¿tanto daño le hizoVIVIR AHORA arribaJOSÉ MANUEL CÁMARA LÓPEZ. Licenciado en Farmacia Pensaba Unamuno que la imaginación era la característica más sustancial del ser humano. Inmersos como estamos en un ambiente global tan prosaico, todo lo maravilloso, lo espiritual también, queda aplastado por lo técnico y por lo material. Se quiere relegar al individuo a la servil condición de simple peón del sistema establecido y lo que ello comporta de obligado espíritu acomodaticio y falta de creatividad. Se nos intenta ofrecer todo desvelado, resuelto, definido, sin posible interpretación. La pretensión de que ya nada es misterioso y que es imposible toda eternidad conduce irremisiblemente a un hombre crudamente materialista y romo. Carne con ojos. Incluso a la aceptación de que posiblemente en la aventura viva y en marcha que es la historia, su protagonista, el hombre, ya no pinta nada. O hace el ridículo si saca los píes del plato: así todo gesto personal, ante el riesgo de su originalidad, se ha vuelto peligroso. Un hecho heroico o generoso, la obediencia, el sacrificio, son motivo de burla y tachados de insensatez o cosa propia de estúpidos o enajenados. Se deja excluido de la vida todo lo que permita, aunque solo sea atisbar, la posibilidad de un hombre con argumento, con sentido, con las lógicas dudas y titubeos pero, aunque sea solo como posibilidad y en uso de su libertad, dotado de libre albedrío, tal vez trascendente. Por tanto de moral, mejor no se habla. Ni de historia. Y se arrinconan las humanidades. Curiosamente, y para que sirva de coartada, se hace en nombre de la razón. La razón como cerrojo. La poesía en la hoguera. Como si la razón y la ciencia tuvieran entidad separadas del hombre. Vivimos sin lugar ni espacio ni tiempo para las cosas del espíritu, cuando estas deben ser coordenadas imprescindibles en nuestro acontecer, precisamente por ser las más estrictamente humanas. En el terreno social, no digamos ya en el político, es un hecho que sólo se consienten opiniones o teorías que hayan sido de algún modo esterilizadas, manipuladas en aras de una pretendida convivencia perfecta, dicen que «democrática», por lo que debiera ser plural, pero que de hecho excluye todo intento de crítica o debate fuera del pensamiento obligatorio, en sí nefasto y en absoluto libre: maniqueo y sectario. Con pena de aislamiento para todo aquél que quisiere hacer partícipes a sus semejantes de anhelos, creencias o inquietudes que no hayan sido censurados previamente por los actuales popes inquisitoriales de la cultura o de las ideas. A la vez se intenta laminar, descalificándolo, todo intento asociativo que no se haya adherido de antemano a la superficialidad y la demagogia imperantes. O al poder. Sólo los partidos tienen voz –eso sí, una sola, con las cosas de comer no se juega– para hacerse oír. Y para mangonear. Pero de lo que de veras enriquece, fortalece y estructura al cuerpo social, se prescinde: así se desprecia y se depreda la educación y asuntos fundamentales como la religión o la patria se pretenden arrinconar en el ámbito de lo privado. Y debates éticos como el del aborto y la familia se trasladan al campo de la confrontación política. Sobre eso solo se vota y punto. Mejor dicho, votan «ellos» y asunto olvidado. De debatir abiertamente y de consultar al pueblo no se habla ni por asomo; consultas directas, eso jamás. A la España invertebrada le ha seguido en lo político la España descoyuntada, en lo social triturada y en lo económico arruinada. ¿Dónde están los responsables?: mandan, siguen mandando. Manda huevos. Pero así es el camino de las horas de hoy, cuesta arriba. No lloremos demasiado. Si no podemos vencer este estado de cosas, empecemos por denunciarlo. Y luego toca avanzar con la ventisca de cara. Quedan hogueras aisladas. Todos los empeños seductores que no provengan de iniciativas ilusionadas, tal vez por ello empecinadas, tienden a no acabar de traspasar el horizonte. Y es por ello por lo que cobran valor las gotas de lirismo que el maestro Ortega señalaba como indispensables para toda obra humana, pues sólo así se han construido las cosas duraderas, por supuesto las Ideas. La voluntad nos remite sólo a lo posible, pero el deseo es más amplio y abarca también lo imposible. El deseo es motor de la vida que precisa como combustible de la imaginación. Ambos, deseo e imaginación nos permiten alzarnos de puntillas para alcanzar lo aparentemente imposible. Son la fe, la ilusión y el mito –cada uno ha de darles forma y contenido– los imperativos poéticos que mueven al hombre en busca del mañana desconocido, nuevo, luminoso y aun por encima de ello los que modelan algo tan específicamente humano como es el ansia de eternidad. En busca siempre de la realidad personal oculta, profunda, misteriosa, como decíamos hoy casi prohibida. Dentro de una sociedad respetable, jugosa, vertebrada y libre ha de tener espacio y lógica un hombre capaz de seguir el camino de su conciencia, necesariamente desazonado, lleno de dudas, inquieto, contradictorio, tambaleante… por tanto humano y por tanto irrepetible. Vaya por delante que debe importar antes que otra cosa la verdad, el camino de la verdad, el trozo de verdad que nos corresponda personalmente. Y en su guarda y pulido debemos afanarnos. Se debería intentar gobernar la existencia según un criterio superior, hasta donde y tanto como se pueda. El idealismo no tiene edad, es antes bien, necesario. Nos eleva y desde arriba se ve mejor. Y todos los que sin vanidad alguna crean inevitable pensar y soñar por cuenta propia y les parezca necesario seguir tentando aunque fuera cautelosamente el futuro, con serenidad, sin necesidad de aspavientos, deberán tener templadas la voluntad y el ánimo, que es tanto como decir el alma. Y ya con ella en juego, entre humanas y divinas luces y tinieblas, vivir sin miedo. LAS OBSESIONES DE ANSÓN arribaJESÚS FLORES THIES. Coronel de Artillería-retirado Conforme pasan los años, las obsesiones de don Luis María parecen fosilizarse. Hemos leído uno de sus artículos en «Primera Palabra», del suplemento cultural de El Mundo, un raro y despendolado elogio del director de cine español Vicente Aranda que, de hacer caso del obseso, sería poco menos que una gloria, no ya del actual pobre cine «nacional» (con perdón, diría Vizcaíno Casas), sino del universal. Nosotros vimos personalmente actuar a esta presunta maravilla en el rodaje de una de sus impresentables películas, cuyo nombre hemos piadosamente olvidado. Se rodaba en el vestíbulo de un hotel de la Avenida Vía Augusta de Barcelona, y era estrella de la cosa nada menos que Capuchine, que estaba muy de moda por aquellas fechas. El director, quebrado por alguna razón, dirigía el rodaje tumbado en una camilla. Lo que vimos y oímos nos disgustó tanto, que renunciamos a presenciar nada y nos marchamos con viento fresco. Y es que don Vicente, en unas muestras de deplorable educación, gritaba, bramaba e insultaba con tal desparpajo que nos animó a la retirada. Éste fue el primer contacto con el personaje, el segundo, su película «Fata Morgana», bodrio de tal calibre que me prometí no sufrir semejante tormento en el futuro y, antes de entrar en un cine, voy con las suficientes garantías para no pasar por el trance de la infame «Morgana». No he vuelto a ver película alguna de Vicente Aranda, quizá porque sea yo de esa «derecha» que no va al cine español, como asegura el elogiado por Anson. A veces he entrevisto por la televisión alguno de sus productos y mis convicciones contra tal cine se reafirman. Incluso llegué a tener esperanzas en «Juana la Loca», pero la torpe interpretación, la forma vulgar de mover el director a los intérpretes y la sectaria y estúpida desaparición del escudo de los Reyes Católicos, me quitaron la leve tentación. Y estoy hablando más de Vicente que de Luis María, y esto hay que solucionarlo. Ha escrito el director de cine que la «derecha» no va a ver el cine español, a lo que su admirado Anson ha respondido que se equivoca, que a quien no le gusta es a la «ultraderecha», sorprendente comentario que, de ser verdad, vendría a demostrar que la «ultraderecha» («…la antigua derecha franquista y sus sucesores…») no son cuatro gatos nostálgicos sino algo así como diez o doce millones de españoles, que son los que renuncian a estos bodrios «made in Spain». Pero lo más sorprendente de este don Luis María es lo que dice a continuación: «La derecha española representada por Gil Robles se mantuvo en el exilio tras la guerra incivil (sic), igual que la izquierda española representada por Indalecio Prieto. Aun más, en 1947 la derecha española y la izquierda socialista firmaron el pacto de San Juan de Luz que convirtió a Indalecio Prieto en el primer Presidente del Gobierno de la eventual monarquía de Don Juan que fue el gran exiliado de la dictadura franquista a la que hizo frente durante cuatro décadas». Ignoro la razón por la que don Luis María Anson cree que los españoles carecemos, no sólo de memoria, sino que somos además idiotas de nacimiento. El diario ABC, monárquico, cooperó de forma esencial a la guerra que él llama estúpida y oportunamente «incivil» y sus dineros sirvieron para la compra del «Dragón Rapide» que llevaría a Franco a Tetuán. Su amado don Juan, al que tan mal sirvió este espeso periodista, se ofreció dos veces al Generalísimo Franco para combatir en el bando nacional, pero éste lo rechazó en ambas ocasiones porque «no quería que formara parte ni de los vencedores ni de los vencidos», como así lo declaró a ABC de Sevilla en agosto de 1938. Y don Juan (obsérvese la fecha, bastante posterior al 1947) quiso conceder a Franco el «Toisón de Oro» que éste rechazó amablemente, informando al infante sobre las características de esta Orden y sobre quién tenía el derecho a otorgarla. Y con motivo de los 25 Años de Paz, Franco recibió una cálida felicitación del Infante don Juan ¿Es que no lo sabía el fosilizado Anson? Pero donde riza el rizo de lo asombroso es cuando cita a Prieto. Antes menciona a Gil Robles que, desde Lisboa, enviaría al bando nacional un millón de pesetas, para después embobarse Anson ante Prieto al que querría haber visto de presidente del primer gobierno de «Su Majestad». Este admirado Prieto es el que se sublevaría contra la república en 1934 para meternos en el universo marxista (no ya monárquico, ni siquiera del «democrático» Frente Popular), aunque a toro pasado se arrepentiría (fácil, una vez fracasado…); en julio de 1936, sus escoltas asesinarían a Calvo Sotelo, escoltas a los que él luego protegió para que no fueran juzgados. Durante la guerra creó el SIM, del que dependieron las terroríficas «checas». Al final de la guerra se quiso apoderar de los tesoros del yate «Vita», donde iban ingentes (sí, ingentes) tesoros robados y clasificados por aquel organismo que tenía el gracioso nombre de «Caja de Reparaciones», en el que iba almacenado lo saqueado en Bancos, iglesias, laboratorios, bibliotecas, Montes de Piedad, domicilios privados, etc. En dura pugna de truhanes con Negrín, venció Prieto. Pues esta joya iba a ser, según el optimista Anson, aquel primer ministro «monárquico». De menuda se libró don Juan, personaje que, siendo posiblemente un patriota, no dio muestras de gran inteligencia al rodearse de tales personajes, como Anson, pero que sabía que en aquella guerra nadie había luchado ni a favor ni en contra de la monarquía. Cosa que, al parecer, don Luis María todavía no se ha enterado. Y lo recordaremos una vez más. No olvidaremos nunca la actitud del infante don Juan después del brutal asalto a un tren de repatriados españoles en la estación francesa de Chamberí, donde rojos franceses y españoles cometieron aquella vileza que hoy ni se quiere recordar. Regresado el tren a Suiza, el infante don Juan visitó y atendió en los hospitales a aquellas víctimas inocentes, víctimas de las tribus marxistas que también eran de don Indalecio el «primer presidente» de «Su Majestad». ¿Cuál será la próxima pataleta del fosilizado don Luis María Anson? JULIO MANEGAT: UN HOMBRE INTEGRO arribaJOSÉ BELTRÁN. Barcelona Julio Manegat se nos ha ido en silencio. Llevaba quizá dos años enfermo, con graves y duras intervenciones quirúrgicas, que soportaba con estoicismo y con pudorosa discreción. No ocultaba sus males, pero tampoco le gustaba exhibirlos. Durante años nos veíamos en su casa de la calle Duque de la Victoria –ahora Carret del Duc– donde teníamos largas conversaciones sobre la divino y lo humano. Pero en los últimos tiempos casi no habíamos tenido ocasión de vernos, aunque nunca habíamos dejado de dialogar por teléfono o por medio de breves notas escritas a mano. No tenía ordenador y la máquina de escribir que había utilizado siempre para sus trabajos periodísticos y sus novelas le resultaba incomoda. A mí tampoco se me dan bien esos artilugios… Así íbamos tirando hasta que a partir el mes de Abril, dejo de contestar mi último envío. Lo que resultaba muy raro. Tanto que pensé en ir a verle. O llamar por teléfono, cosa que raramente hago. Estuve dudando y no hice ninguna de las dos cosas. En realidad pensaba que, a causa de su delicado pudor, no le gustaba que le viera en la difícil situación en que se encontraba. Era muy sensible para estas cosas. Y siempre conservó una extraordinaria lucidez mental. Ahora no se si hice bien o mal las cosas. Su último escrito estaba fechado en Abril y, por primera vez, no me hablaba ni de una pronta recuperación ni de un próximo encuentro para hablar de tantas cosas. Tal vez había comprendido que Dios tenía prisa y que debía prepararse, como algunas veces me había dicho cuando aún estaba sano. No deseaba la muerte, pero tampoco la temía, y siempre tuvo la inquietud de presentarse en las debidas condiciones ante Dios. No era un hombre frívolo. Porque Julio además de ser un hombre de letras, era un hombre creyente. Era un hombre de ideas. Liberal en el sentido humano del término, pero critico con el liberalismo político y opuesto sin ambages al liberalismo político. En verdad el nunca oculto estas cosas. Y, ciertamente, todo el mundo sabía quién era y qué pensaba. Sin duda, parte del espeso silencio que soportaba desde hacía decenios se debía a sus ideas políticas y a su lealtad incorruptible. ¿Quién podría querer mal a un hombre bueno, cordial, inteligente, sensible y culto? Que cabrón es el mundo. Era licenciado en Filosofía y Letras en lenguas semíticas. Hablaba muy bien el árabe. En su juventud fue profesor de esta lengua de Carlos Barral. No sé si con mucho provecho. En una ocasión me contó que siempre acababan hablando de poesía. Y, ya en su vejez cuando una señora marroquí que apenas balbuceaba el español, empezó a ayudar a Jesuya, su mujer, en las tareas de la casa, la utilizaba, para hablar con ella. No es necesario decir que a la buena señora se le alegraban las pajaritas del alma. De todo esto no se ha dicho nada. Se ha dicho que escribió ésta y la otra novela, que obtuvo determinados galardones literarios, que fue director de la Escuela de Periodismo de Barcelona, que fue jurado de los premios más importantes del país y pocas cosas más. Que fue un gran hombre de letras es obvio, pero ni siguiera se ha dicho. Son así de sectarios. No han dicho que le gustaba pintar, ni que le entusiasmaba el mar y que estaba enamorado de la hermosísima nave gótica de Santa María del Mar. Y han corrido un tupido velo sobre lo que siempre había pensado. Sus ideas no interesan a nadie. Son un estorbo, un mal ejemplo. Lo mejor es silenciarlas. Podía haber hecho un descargo de conciencia. Como hicieron otros, los listillos de siempre. Pero él no quiso hacerlo. No quiso abjurar de sus creencias de todo la vida. Además para mayor INRI, fue siempre un hombre ejemplar, sin tacha. Al diablo con él. No hace mucho me escribió que Ceferino Maestú le había enviado un libro dedicado en el que le llamaba «querido camarada». Y que esta palabra tan entrañable le había hecho llorar. Es cierto que la vejez nos enternece a todos un poco. Pero también es cierto que él, aunque tratara de ocultarlo, siempre había sido un sentimental. Pero dejemos esto, no nos pongamos tiernos. Todo es muy fácil de entender: No podía ser desleal consigo mismo. Y él, como centenares de miles de jóvenes, militó en el Frente de Juventudes y se hizo falangista para siempre. Falangista en serio, capaz de mirar a los ojos a José Antonio e interrogarle honradamente. Capaz también de mirar con lealtad a los ojos al más humilde de sus camaradas. Capaz de interrogarse sobre lo esencial, lo irrenunciable y lo valioso de nuestra doctrina. Capaz, en fin, de ser leal, verdaderamente y no un seguidor torpe y ciego. Era un hombre pacifico, pero combativo Y, al fin, ha caído en combate, porque hay muchas maneras de combatir. Ahora nos debe estar mirando con cierta melancolía desde su lucero. Y nosotros, de algún modo, estamos obligados a seguir su ejemplo. Hemos de entender la lealtad como él la entendía, no como una facilona e inútil repetición de paso sostenido que no lleva a ninguna parte. Hemos de seguir en pie de paz como hizo siempre él. Como quería, allá por los años cuarenta Enrique Sotomayor que se fue a la División Azul para morir, porque nuestra revolución había sido traicionada. La política no es una aventura frívola. A pesar de todo, ésta no es una historia vulgar o triste. Es una hermosa y ejemplar historia. Una historia que han vivido y viven en silencio muchos hombres en sus casas, en sus trabajos, en sus profesiones. LA RAMIFICACIÓN DE ETA (y sus liberados) arribaÁLVARO HERNÁN. 1. Repaso general Una mayoría muy amplia de españoles ha considerado que el fallo del Tribunal Constitucional, mediante el que se dio luz verde a las listas de Bildu para presentarse a las elecciones del 22 de mayo último, ha sido bajo la utilización torticera de las instituciones para colar a ETA en los Ayuntamientos, dando cumplimiento a los pactos inconfesables del gobierno con la banda terrorista. Esos españoles se consideran traicionados por un gobierno tendencioso, sectario, que ha enfrentado a españoles con españoles cuando los rescoldos de la Guerra Civil parecían apagados; que ha destruido una economía que recibió floreciente; que lleva el camino de desmantelar gran parte de las conquistas sociales; que con saña arrasa los valores que priman en la conciencia y sentimiento de los individuos; que quiebra la historia para acomodarla a sus necesidades espurias; que ha llevado a la justicia al desprestigio; que ha legislado a favor de la muerte de los no nacidos; que auspicia la eutanasia; que ha pulverizado la educación con unos planes rompedores de una buena formación de la juventud sin prestar la debida atención a las asignaturas cardinales e incorporando otras destinadas a influir sobre los jóvenes o a viciarlos y depravarlos en sustitución de la búsqueda de un buen sedimento moral y ético; por lo que difícilmente los españoles podrán confiar en una clase política (y que se salve quien pueda) que se ha constituido a sí misma en detentadora de la verdad mediante usos totalitarios alejados de la democracia que aseguran defender. Ese fallo del Tribunal Constitucional –institución que una parte muy importante de españoles considera prescindible dado que, a su modesto entender de pueblo soberano, piensa que ha vulnerado los principios constitucionales con interpretaciones fútiles– ha sido una decisión contraria a lo que se esperaba, y a la anterior sentencia del Tribunal Supremo, más ajustada a los hechos y a la documentación aportada por la Fiscalía y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que sobradamente conocen a cada uno de los individuos que figuran en las listas, y a los que los acompañan en los mítines y presentaciones públicas: es decir, que los seis miembros del Tribunal Constitucional que han votado a favor de dar luz verde al entramado que se agazapa bajo las siglas de Bildu han toreado el sentir y pensar de gran parte del pueblo de España, en el que está comprendido el correspondiente a las tres provincias vascas y, por supuesto, el navarro. No nos vamos a remontar a las ideas extravagantes de un Sabino Arana que inventó una parte de la historia de esos territorios y escribió e hizo una serie de consideraciones atolondradas sobre el resto de España y los españoles. Ni vamos a perdernos en los intríngulis casquivanos del PNV recolector de nueces a favor de los idearios de seguidores de las ideas de Arana cuando este mismo individuo abjuró de ellas en sus últimos tiempos. Ni nos vamos a detener un poco sobre lo que se mueve en torno al «Movimiento de Liberación del Pueblo Vasco», movimiento político-social formado por organizaciones de inspiración nacionalista con el pensamiento básico de constituir un estado-nación en base a la ideología de la llamada «izquierda abertzale», izquierda patriótica, mediante la utilización de cualquier medio o procedimiento revolucionarios y, si es necesario, incluso violento, lo que llevan practicando ya muchos años. Este movimiento de liberación lo llevan a cabo a través de sus organizaciones Euskadi Ta Askatasuna (ETA), Batasuna, Koordinadora Abertzale Socialista, Jarrai, Xaki, Askapena, Gestora Pro-Amnistía, Laugile Aberzaleen, Batzordeak, Ikasle Abertzaleak, Udalbiltza, Herrico tabernas, Udaletxe, Egizan, Eguzki, Askagintza, Euskal Herria, Euskaraz, AEK, Kakitzar, Snideak, Gurasoak, Euskal Herriko, Naziotasun Aitormena, Fundación Jexemi Zumalabe, Bai Euskalerriari, Autoderteminazioaren Bilzarrak, el grupo de comunicación Egin (que fue cerrado), y los diarios Gara, Egunkaria (cerrado), Berría…, sin que esta amplia relación comprenda todas las marcas utilizadas, pues las crean a discreción, puntualmente las que precisan, como últimamente Sortu y Bildu, siendo esta última la decimocuarta utilizada desde 1978 para presentarse en las distintas ocasiones que se han convocado elecciones para las instituciones vascas (ayuntamientos, forales, parlamento vasco). 2. Bases de operaciones Además, y es lo que en principio nos guía a comentar en este momento, mueven una amplia red de conexiones y «santuarios» en el extranjero, con mayor o menor complacencia de los gobiernos respectivos, utilizando diferentes paraguas para cobijarse, estando incluso incrustados en instituciones diversas de esos países. La existencia de una estructura de las relaciones exteriores desarrolladas para cubrir los intereses de ETA fue refrendada fehacientemente a través de la grabación de una serie de conversaciones del tesorero de Herri Batasuna, Rubén Andrés Granados, al respecto. No resulta fácil estar al tanto de todos los lugares en los que se mueven, pero vamos a apuntar brevemente algunos de los más señalados. 2.1. Francia ETA siempre ha tenido su base de operaciones más importante en territorio francés, disfrutando de plena acción y movimientos, según quién ocupara la presidencia de la república o del gobierno galo. Si la banda asesina no hubiera disfrutado de tanta libertad de maniobra, probablemente su duración no hubiera sido tan dilatada y sus posibilidades de acción no tan fáciles. El 14 de marzo de 2001, por ejemplo, el periódico francés Le Nouvel Observteur afirmaba que: «La dirección del movimiento terrorista se encuentra en la región parisiense (al menos los suplentes, ya que los jefes están en el sur); los campos de entrenamiento militar en Las Landas (sureste); las fábricas de documentaciones falsas en Bayona; los lugares de reposo de los soldados de la organización que tienen necesidad de descansar, en Hendaya; y la “residencia de jubilación” de prisioneros que no son extraditados a España, en Anglet». La llegada de Sarkozy supuso una inflexión en la consideración de los miembros de la banda asesina, ya que se pusieron en marcha medidas para impedir la libertad de la que gozaban a partir de las palabras que pronunciara durante el funeral por el primer agente de la seguridad del Estado asesinado por ETA, en un acto de Estado como nunca se ha celebrado en España por las víctimas propias. Decía Sarkozy: «Francia no se dejará intimidar nunca por el terrorismo, y no será “retaguardia y base” de la organización terrorista ETA». «No olvido a los cientos de personas muertas en España», dijo también el presidente francés. Hoy, aunque no han abandonado el cobijo francés por la proximidad y facilidad de circulación, los movimientos están más controlados y la Gendarmería del país vecino mantiene un estrecho contacto con la Guardia Civil y la policía española. 2.2. Portugal En enero de 2010 se empezaron a notar movimientos de etarras en Portugal, localizando cerca de 1.500 quilos de explosivos en un chalet de la bella ciudad de Obidos. De entonces acá se han detectado movimientos etarras entre España y Portugal, aunque el ministro Rubalcaba manifestara que no había «ninguna prueba» de que ETA mantenga infraestructura permanente en Portugal, aunque se trata de una «hipótesis que no se puede descartar»; mas como ya es universalmente sabido, la veracidad de las declaraciones del exministro de Interior –y aspirante al gobierno de España cuando esto se escribe– siempre ha de ser puesta en cuarentena. 2.3. Colombia Los contactos de la banda terrorista en Hispanoamérica son de antiguo. En principio contaron con algunos residuos de descendientes de exiliados tras la Guerra Civil, entre los que no faltan los de origen vasco. En Colombia fueron entrenados y adiestrados terroristas de ETA en el manejo de explosivos por el grupo terrorista FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) con la contraprestación de atentar en Madrid contra personalidades colombianas y en concreto contra el expresidentes Andrés Pastrana que residía en Madrid, así como contra otras personalidades colombianas. En el ordenador del guerrillero Raúl Reyes, que fue abatido por las fuerzas gubernamentales, se encontró la siguiente nota: «Los amigos de ETA recientemente recibieron cursos donde Iván, solicitados por ellos; se les planteó allí la posibilidad de contribuirnos con trabajos en España y otros países. Se habló de Pastrana, Noemí y Bernardo Gutiérrez. Según comunican ahora no tienen muchas dificultades de localizar a los dos primeros». 2.4. Nicaragua Nicaragua, durante años, ha sido un buen refugio para los terroristas etarras. Llegaron al país a finales de los años 70 y principio de los 80, y trabajaron para el ejército sandinista. Luego, entre los años 83 y 85 arribaron a Nicaragua un buen número procedente de Francia, al ser expulsados del país galo. En los primeros años del milenio no menos de veinte miembros de ETA residían en el país después de que Daniel Ortega diera en 1990 la nacionalidad a más de ochenta personas vinculadas a la llamada izquierda abertzale. Algunos de esos etarras estuvieron vinculados al ministerio del Interior dirigido por Tomás Borge, donde se dedicaban a realizar severos interrogatorios a los campesinos contrarrevolucionarios. En la escuela de artificieros de las fuerzas de seguridad nicaragüenses conoció ETA el amonal y el amoral, mientras entrenaba a agentes de los servicios de seguridad sandinistas. Incluso tuvieron una casa en Managua, conocida como la casa Lindavista, adquirida el 26 de febrero de 1987 por Izaskun Larreategui Cuadra, que funcionaba como delegación de la banda etarra. A la caída de Daniel Ortega como presidente, y durante la permanencia de Violeta Chamorro en la presidencia de Nicaragua, le llegó a la banda terrorista un momento de horas bajas; mas al regreso de Ortega al poder en 2006, han recuperado este país como refugio, acudiendo buen número de los que se movían en México a partir del momento en el que las autoridades aztecas decidieron colaborar con España en este tema, así como prófugos de la Justicia española. 2.5. Uruguay En el año 2009 se observaron movimientos en Uruguay, Venezuela, Cuba y Bolivia. Concretamente, y con la excusa del decimoquinto aniversario de las algaradas provocadas en la capital uruguaya por grupos radicales contra la extradición a España de varios asesinos de ETA, en la que resultaron muertos dos manifestantes, unos 2.000 simpatizantes que ETA tiene en Uruguay se manifestaron en Montevideo exhibiendo fotos de presos de la banda Posteriormente se constituyó en Uruguay un comité de solidaridad con ETA, similar a otros que existes en diversos países hispanos. 2.6. Bolivia La llegada de Evo Morales a la presidencia de Bolivia constituyó una favorable ayuda para los etarras que campaban por tierras hispanoamericanas. Y así lo reconoció la cúpula de ETA al invitar a Edmundo Novillo Aguilar, miembro del Movimiento al Socialismo, en el verano de 2006, a participar en unos encuentros internacionales en el País Vasco. Si bien Morales no asistió, sí lo hizo en su lugar Feliciano Begamonte, también miembro del MAS y máximo ejecutivo de la Federación Única de Trabajadores Campesinos de Cochabamba, más conocidos como cocaleros. Este individuo fue acogido por los miembros de la «mesa nacional» de Batasuna, Karmelo Landa y Marije Fullaondo, y compartió conferencia de prensa, el 14 de julio, con el batasuno Joseba Álvarez cuando éste pidió que Francia «forme parte de la solución del conflicto vasco». En agosto del mismo año miembros de Askapena visitaron Cochabamba para asistir a una Asamblea Constituyente que tenía lugar, en calidad de miembros de una «delegación oficial vasca». A través de Zutabe, boletín oficial de la banda terrorista, se ensalzó al gobierno boliviano presentando a Evo Morales como ejemplo de gobernante que ha sabido mantener una organización interna y una estrategia política independiente. 2.7. Méjico Probablemente el país azteca sea el más interesante de los santuarios posibles en Iberoamérica para los etarras, con independencia de Argentina que reúne otras condiciones diferentes. De antiguo Méjico ha sido proclive a cultivar el rencor hacia España, lo que no quiere decir que no existan notables excepciones. La arribada de un buen número de refugiados al final de la Guerra Civil, con destacadas personalidades a la cabeza, entre los que no faltaban vascos, sedimentó un caldo de cultivo importante que, llegado el momento, acogió favorablemente a un considerable número de etarras. Como prueba de ello podemos decir que, en 2003, la policía mejicana halló en poder de Juan Carlos Artola Díaz, responsable en aquel momento del colectivo etarra, en la vivienda que ocupaba en Puerto Escondido, manuales sobre la fabricación de armas químicas, así como documentación de cuentas bancarias, datos sobre la organización, etc. En ese acto policial fueron detenidos, además de Juan Carlos Artola, Ernesto Alberdi Elejalde, María Asunción Gorrochategui Vázquez, José María Urquijo Borde, Asier Arronategui Duralde, y Félix Salustiano García Rivera, que actuaban como «Colectivo de Refugiados» y constituían el «aparato logístico de falsificación y financiero» para actos terroristas, como señaló Vasconcelos. A ellos se sumaron otros elementos mejicanos, Pedro Ulises Castro Vargas, María del Pilar Sosa Espinosa y Noé Camarillo Cantú, acusados de prestar sus cuentas bancarias para canalizar los fondos de la organización terrorista, práctica que los etarras no han abandonado hasta la fecha. Los seis etarras españoles mencionados fueron extraditados a España y el fiscal encargado del caso llegó a manifestar que «ETA ya no sólo tiene dificultades para desarrollarse en España y Francia, sino en cualquier parte del mundo», en clara alusión a lo extendida que ya entonces estaba la banda terrorista. No nos detendremos más sobre este hecho puntual, que traemos para fundamentar la existencia de un «comando fijo» en Méjico. A partir de entonces se van detectando movimientos etarras en el país hermano dedicados tanto a recaudar y distribuir fondos como a la adquisición de temporizadores para cometer atentados en España. Si bien el gobierno mejicano firmó con el español más de un protocolo para la extradición de etarras, preparara un documento sobre ETA en tiempos del presidente Vicente Fox, fuera éste analizado en su visita a España así como en la visita que Mariano Rajoy hiciera a Méjico como Vicepresidente del Gobierno español, lo cierto es que la permanencia de un importante grupo etarra sigue actuando en el país azteca. Es el juez Baltasar Garzón el que, en 2008, explica en un auto judicial que ETA disponía en Méjico de varias empresas de un grupo maderero, así como otras de diferentes actividades que les servían de tapadera. Este grupo, además de acoger etarras les facilitaba documentación falsa y distribuía fondos entre los fugitivos y liberados. Entre los grupos que se detectan actualmente uno se mueve en torno a la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de Méjico), en la que ejercen de profesores en asignaturas como Historia de España. Curiosamente el fuerte de las clases y talleres está dedicado a hablar del País Vasco, sobre la historia inventada de esa parte de España, de cómo España tiene sometidos a los vascos y se tortura a los patriotas que se encuentran encarcelados, analizando los comunicados de la Banda terrorista que son usados también para comentarlos por los estudiantes en las pruebas de examen, sin olvidar que los libros u otros textos recomendados versan sobre ETA, Batasuna, los resultados de las elecciones del 22 de mayo último, y en general de temas relacionados con el entramado y victimismo de la banda asesina. Además organizan encuentros al respecto en el auditorio «Che Guevara» del campus universitario, fomentando la recaudación de fondos, haciendo proselitismo entre los estudiantes para que presten su cuenta corriente para esos movimientos, incluso utilizándolos como correos con la cúpula en España. Todo ello, a la vista de quien quiera enterarse, pues las actividades se ejercen en las aulas de la institución universitaria, en un auditorio perteneciente a la misma y manejando una juventud indocumentada a la que convencen de la certeza de lo que cuentan, fichándolos como colaboradores entusiastas. 2.8. Venezuela El asentamiento de etarras en Venezuela viene también de antiguo, y el presidente Hugo Chaves ha sido un buen aliado de la banda terrorista. De entrada, facilitó la huida, en mayo de 2002, de seis etarras con treinta y seis asesinatos a sus espaldas, haciendo esperar antesala, durante tres horas, al embajador español Jorge Dezcallar, mientras se montaba la operación para hacerlos desaparecer. Hugo Chaves no ha ocultado el proteccionismo prestado en todo momento a los etarras desde que se encuentra al frente del Gobierno, de lo que es ejemplo el caso conocido de Arturo Cubillos Fontán, que llegó a formar parte del propio Gobierno, siendo, según el juez Garzón, el responsable del colectivo de ETA en Venezuela desde 1999, encargándose de coordinar las relaciones con las FARC colombianas. 3. Comentario final Es evidente que no se ha pretendido hacer un estudio exhaustivo del tema sino plasmar unos apuntes en los que se refleje que la banda terrorista etarra está fuertemente implantada, además de en España, fundamentalmente en las provincias vascas, en otros países que han sido receptivos de sus comandos, permitiéndoles moverse con bastante libertad salvo en momentos puntuales en los que han respondido a los requerimientos de extradición del Gobierno español. Y no debe extrañarnos el comportamiento de esos países pues en determinados momentos de la historia reciente los etarras eran financiados por el gobierno español para que salieran de los santuarios cercanos, como Francia. CON INDECOROSA DEFERENCIA arribaMANUEL PARRA CELAYA. I. Parafraseo el título de las páginas del olvidado Giovanni Guaresci Recuerde el lector: con ocasión de una visita del obispo viejecito al Pueblo de don Camilo y Pepone, los comunistas del lugar dan la consigna a los militantes de observar una «decorosa indiferencia»; pero ya sabemos que aquellos anticlericales, en el fondo, eran entrañables, almas cándidas en cuyos corazones no anidaba por mucho tiempo el odio, y, así, terminan ayudando a caminar al anciano prelado, le acompañan en su visita y hasta consiguen su bendición. Con motivo de la visita de Benedicto XVI y la Jornada Mundial de la Juventud, en España se han producido, por el contrario, situaciones de «indecorosa deferencia», porque, al parecer, todos los graves problemas del momento se podían centrar en la visita papal. De actitud indecorosa puede calificarse, por ejemplo, esa especia de chantaje gubernamental (o, por lo menos, así se lo pareció a este articulista): aparcamiento de la Ley de Libertad Religiosa a cambio de cierta posición del Vaticano en el asuntillo del Valle de los Caídos. La diplomacia habitual de la Santa Sede orilló, según parece, el tema. Otra actitud francamente indecorosa fue la que asomó en el victimismo nacionalista del Sr. Durán, al espetar aquello de «para Rouco, Cataluña no existe»; y otra perla del mismo jaez corrió a cargo del Obispo de Tortosa, cuando, al quejarse del poco eco que la JMJ había despertado entre los jóvenes de su feligresía añadió sibilinamente: «No creo que se deba a que el encuentro es en Madrid». Parecidas declaraciones se dieron, hace escasamente un año, cuando la consagración de la Sagrada Familia de Barcelona por parte del Papa, ocasión en que esa especie de «nacional-catolicismo» separatista intentó capitalizar lo religioso del acto y transformarlo en altavoz del irredentismo. Nada nuevo bajo el sol. II. La más «indecorosa deferencia», sin embargo, la protagonizaron esa suerte de «come curas» actuales que, en evidente trampa lingüística, se hacen denominar «laicos». Los energúmenos en cuestión desataron un auténtico festival del odio, adornado, por otra parte, con toda su grotesca parafernalia, contra los chavales asistentes a la Jornada Mundial. Las fotos (por cierto, escasamente difundidas por la prensa y la televisión afecta al Régimen) hablan por sí solas; además, mis dos hijos mayores estuvieron allí y palparon el ambiente en sus propias carnes. La algarada no fue muy distinta de la que se vivió hace un año en Barcelona; en aquella ocasión, las pancartas con el lema «Jo no t’ espero» (yo no te espero), con una tiara tachada, sólo adolecían de una firma con la escuadra y el compás; los morreos callejeros del «lobby» sarasa eran los mismos; las razones de gasto económico esgrimidas, idénticas e igual de falsas (ahora ya no se habla de que los curas reparten caramelos envenenados pero sí de «derroche en tiempos de crisis»). Quizás faltó en mi ciudad la «kale borroka» madrileña, pero en el fondo se trataba de los mismos perros y de los mismos collares: a lo mejor, el despliegue policial fue más efectivo, toda vez que las órdenes de la Delegación del Gobierno o de la Generalidad eran de otro carácter. Verdaderamente, en Madrid, las coacciones, insultos y agresiones contra los peregrinos evidenciaron una mentalidad repulsiva, que no quiero denominar satánica porque creo que Satanás está más ocupado promocionando crisis morales, políticas y económicas por países más serios que nosotros. Los chavales de la JMJ se limitaron a rezar y casi a poner la otra mejilla, y en eso fueron consecuentes al máximo. Pecador de mí, reconozco que me hubiera inclinado por una respuesta consistente en un par de bofetadas, pero no era el caso y ellos hicieron muy bien en contenerse. Otra trampa lingüística fue hablar de «enfrentamientos», cuando nunca tuvo lugar porque uno de los bandos no estaba allí para eso. Por el contrario, la limpieza espiritual y corporal de los peregrinos contrastó en todo momento con éticas y estéticas de los energúmenos, a los que me resisto a llamar «radicales» ni a emparentarlos con los originales y auténticos «indignados» de los primeros momentos. III. No es el lugar ni el momento de analizar la génesis y el «revival» de la anti religiosidad –que no siempre anticlericalismo– en España, pero no me resisto a trazar unas breves pinceladas para establecer una inevitable comparación histórica, un «lo que va de ayer a hoy». Si en los años 30 el anti catolicismo oscilaba entre la consigna y la ignorancia, hoy en día, aun manteniéndose ambas características, adquiere un matiz distinto, más profundo y grave: una ideología concreta está detrás de la demagogia y provoca un mayor grado de ignorancia. Para esta ideología, es imprescindible la eliminación de la trascendencia del panorama del hombre. De su visión estratégica han desaparecido la lucha de clases tradicional y la tosca dictadura del proletariado, entre otras razones porque los defensores de esta ideología forman parte de la casta o clase dominante, pero subsiste su interpretación filosófica: el Materialismo Histórico y otra forma de Materialismo Dialéctico, que adopta las formas de guerra de sexos o de lucha Naturaleza-Hombre, por ejemplo. Sea como sea, ha perdido el norte de las transformaciones sociales en pro de una teórica justicia; de hecho, es un fiel aliado del Capitalismo, a quien denigra con la boca pequeña; la voladura controlada del Estado del Bienestar no es más que la fase terminal del despertar de aquellos sueños reivindicativos o revolucionarios que encandilaron a legiones de intelectuales occidentales, también bien agarrados al Sistema al que decían combatir. Esta ideología ya no entiende la Religión como «opio del pueblo», porque también la Razón que respaldaba teóricamente este mensaje ha sido derribada de su pedestal por el Nihilismo predominante. La Religión aparece ahora como el principal adversario del Sistema, especialmente con los papados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, que no han tenido pelos en la lengua a la hora de denunciarlo. IV. Los peregrinos juveniles de la JMJ han sido, en consecuencia, el objetivo para batir de los representantes de esta ideología, tanto de su fuerza de choque callejera –llamados «radicales» inapropiadamente, insisto– como de sus mentores y doctrinarios, bien aposentados en la Delegación del Gobierno de Madrid, en los medios de difusión y propaganda y en no sé cuantos despachos y logias. A pesar de todo, quedó el testimonio y el aliento de la Jornada Mundial, presidida por una de las mentes más racionales y lúcidas de Europa. Una parte importante de la juventud volvió a demostrar que hay motivos para la alegría y la esperanza nadando contra corriente. A esa parte de la juventud no le han quitado «la funesta manía de pensar». LA TRAGEDIA EUROPEA Y LA JMJ arribaANTONIO TORRES. Tomado de Religión en Libertad Leyendo el artículo de Ignacio Sánchez Cámara, «La barbarie europea», publicado hace unos días en La Tercera de ABC, experimenté esa agridulce sensación que nos produce la verdad cuando dicha con brillantez y claridad como es el caso, se queda no obstante a mitad de su recorrido, dejando todavía a oscuras el asunto sobre el que ha lanzado en esta ocasión su mirada escrutadora el articulista, es decir, ese peliagudo problema en torno a lo que nos viene sucediendo a los europeos y occidentales en general, sin que la inmensa mayoría acertemos a ver qué es lo que nos está pasando realmente, incapaces como nos hallamos de fijar nuestra atención en las cosas que de verdad importan, a fuerza de habernos acostumbrado a vivir a ciegas en la charca de tópicos y clichés al uso en que chapotea desde hace demasiado tiempo la dichosa modernidad. Problema que a la luz de una mirada perspicaz y abierta a los datos de la realidad, se nos presenta plagada de los signos propios de la tragedia, no siendo esa barbarie de la que se habla y da título al citado artículo, sino una más de sus graves y peligrosas consecuencias. Estamos en efecto de nuevo en los prolegómenos de una tragedia ya secular, la del hombre moderno, anunciada por las mentes más agudas y preclaras de los dos últimos siglos, sin duda desde distintas perspectivas y circunstancias personales, pero al cabo temida por todos sin distingo alguno. Dostoievski, Nietzsche y el mismo Ortega, entre otros, profetizaron acertadamente los tiempos que estamos viviendo y, desde la atalaya de sus particularísimas creencias e ideas, no sólo hicieron un luminoso diagnóstico sino que barruntaron soluciones diversas. A la vista de los terribles acontecimientos que llenaron el siglo XX, es fácil dilucidar en qué quedaron la teoría del superhombre nietzscheano o el gobierno de los mejores de Ortega. Proclamada la muerte de Dios por los sin Dios, se volvió a cometer el despropósito y disparate de educar generaciones enteras como si Dios no existiese, tratando de refundar valores y principios enraizándolos exclusivamente en las opiniones del hombre común, derivadas siempre de sus apetitos más apremiantes y de su exultante ignorancia. Transformando en ley y derecho aquello que las mayorías optasen por confirmar e instituir como verdad, el mantel quedaba servido para dar rienda suelta a lo más chabacano, ruin y vulgar que anida en el corazón del ser humano, por más que en la misma medida seamos también capaces de heroísmo y de los mayores sacrificios en defensa de la verdad, del amor a nuestro prójimo y de la belleza. ¿Y en qué ha consistido y consiste la tragedia del hombre moderno, del europeo, de Occidente?: en esa desproporcionada e inconsistente confianza puesta en lo humano y sólo en lo humano para dirigir a solas nuestras propias vidas y las de los demás; en ese lamentable e increíble error antropológico sobre la verdadera naturaleza humana, que nos ha hecho creer que el hombre nace como una tabula rasa sobre la que es posible ejercer cualquier clase de influencia de forma indeleble y a gusto de los dueños de turno del mundo; en ese patológico empeño de tratar de eliminar del corazón del hombre sus anhelos más profundos en cuanto a la excelencia de la verdad, la bondad y la belleza; en ese humano empecinamiento, hijo de la soberbia y la mentira, que pretende construir torres de Babel como si Dios no existiese, tratando de aportar un sentido y significado a la existencia y al mundo que sólo puede venir del Creador de todas las cosas incluido el mismo hombre. Nos recordaba Romano Guardini en ese formidable libro suyo, El Señor, de tan recomendable y saludable lectura para los tiempos que corren y están por venir: «En la tragedia antigua subsistía aún una esperanza del Adviento; pero en la tragedia de la Modernidad sólo subyace en cambio un mundo cerrado en sí mismo, que ya no tiene ninguna posibilidad real por encima de sí, sino sólo un sueño». Un mundo «cerrado en sí mismo», apartado de Dios y que, no obstante los ateos experimentos fascistas y comunistas del siglo pasado, de tan sanguinarias consecuencias en vidas humanas y morales, se obstina en no ver la verdad allí donde esta resplandece y resiste desde hace dos mil años a los embates y el odio de sus numerosos enemigos, es decir, la Iglesia de Cristo sobre la roca firme del Santo Padre. La barbarie callejera que se viene viviendo en algunos países europeos, la demoledora crisis económica que padece el mundo, la profunda crisis moral y de ideas de nuestras elites gobernantes e intelectuales, el persistente sufrimiento de una parte muy considerable de la humanidad, la perdida de todo sentido y optimismo de millones de personas en nuestro ámbito de cultura cuando quiera que se han ido a pique las falsas seguridades en las que vivíamos inmersos, no es sino el resultado de una tragedia que venía incubándose como en el huevo de la serpiente desde que se entronizara, en la Europa de las libertades y los derechos fundamentales, la supuesta muerte de Aquel que siendo la Luz del mundo, puede sólo Él aportar sentido, verdad, esperanza y vida, a los hombres que consciente o inconscientemente lo anhelan en lo más profundo de sus corazones, por más que se haya querido cercenar su natural sentido religioso y, por tanto, su capacidad para la verdad, la plenitud y la auténtica libertad. La tiranía del relativismo denunciada por Benedicto XVI, el dominante nihilismo hedonista que caracteriza nuestra cultura, el totalitarismo cultural de los sin Dios y los que sólo aparentemente rendimos culto al Creador, no son otra cosa sino la expresión de un mundo donde se ha logrado reducir a la mínima expresión el deseo innato del hombre por trascender su propia realidad, por aportar sentido a la fragilidad y lo efímero de la existencia y de las cosas del mundo, poniendo su esperanza en un Dios que es Amor y que, no obstante la iniquidad y apostasía reinantes, en virtud de su infinita misericordia sostiene nuestra vida y la del universo entero. La presencia del vicario de Cristo en Madrid en el último encuentro de la JMJ, constituirá una extraordinaria oportunidad para inundar de luz el corazón de millones de personas, tanto tiempo endurecido por las tinieblas del pecado y la ignorancia, devolviendo a una parte de la humanidad la fuerza de esa esperanza indestructible que radica exclusivamente en la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo. No debiéramos desaprovecharla ni dejar de poner todos los medios a nuestro alcance para reiniciar el camino y la apasionante aventura de nuestra personal conversión. Que Dios bendiga a Benedicto XVI, a nuestro Arzobispo el Cardenal Rouco Varela, a nuestros obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y seminaristas, así como a los millones de jóvenes de todas las edades que en Madrid y fuera de España acompañarán al Santo Padre en la JMJ 2011. AFGANISTAN, LAS REFORMAS CONSTITUCIONALES DE MOHAMED VI, Y LA POLÍTICA DE ESPAÑA arribaCOLECTIVO MONTIEL Las reformas de Mohamed VI. Con frecuencia leemos con interés las habituales colaboraciones en prensa de Florentino Portero, y aún más las que versan sobre el Magreb –gran conocedor de sus características y problemas (1)- y en el caso que hoy nos ocupa de los de Marruecos. Por ello, nos permitimos reproducir aquí la parte final de su acertado artículo en ABC del pasado 21 de junio, con el título «Lo deseable en Marruecos»: El paso dado por Mohamed VI es importante. Si, con prudencia e inteligencia, continúa en la misma dirección, combatiendo la corrupción, separando su hacienda de la del Estado, garantizando la separación de poderes, mejorando el nivel educativo de sus conciudadanos… entonces estará en el buen camino. La democracia no es un formalismo sino una cultura. Unas elecciones libres en una sociedad atrasada pueden ser el trampolín del radicalismo. Trasformar y democratizar no son sinónimos, pero tienen que ir de la mano. Habrá democracia si van consolidando etapas, si la sociedad madura al tiempo que las instituciones se asientan. Muchos desconfían de Mohamed VI. Tienen razones para ello: hasta ahora no ha demostrado ser el Monarca que Marruecos necesita. La «primavera árabe» le ha asustado y tal vez le haya convencido de que la reforma es inevitable. La única duda es quién y cómo la va a realizar. Más nos vale que sea él, desde la legitimidad de una Monarquía ancestral, quien la lleve a cabo. Completamente de acuerdo en eso de «más nos vale que sea él…» en lo que atañe al propio Marruecos porque en lo que se refiere a España Mohamed VI ya ha demostrado cumplida y frecuentemente cuáles son sus pensamientos, praxis e intenciones, que no son otros que los de hostigarnos hasta ocupar Ceuta y Melilla y demás enclaves de soberanía española, amén de rematar su fraudulento dominio del Sahara. En cuanto a la sinceridad sobre la modernización de su país creemos que abordará aquellos sectores de su entramado institucional que no entren en colisión con lo real y efectivo de su poder soberano y omnímodo y nada más, pues damos como cosa obvia que jamás aceptará transformarse en Rey de una monarquía parlamentaria, pues su absolutismo es tan visceral como histórico. Y en coherencia con esto, la democratización de su país no pasará –salvo imposición violenta de origen popular o militar, o mixta como en Egipto– de lo aparente y «domesticado» aunque tolere algún partido minoritario de tendencias extremistas, de signo islámico o ideológico, menos que pudiera ser republicano; porque en el fondo y base de su pensamiento lo no renunciable será el seguir siendo «Defensor de los Creyentes» (como lo fueron su padre Hassan II y su abuelo Mohamed V), base y fundamento de su poder hegemónico. Dice Florentino Portero que la «primavera Árabe» le asustó y de ahí que tomase la decisión de modernizar su Reino –cosa que analizamos en su momento, en extenso, en anteriores artículos de esta revista– y de ahí también que al ser su decisión motivada por el temor, ante lo que veía en países con regímenes parecidos, el porvenir de las reformas plasmadas en su programa es probable y más que posible que degenere en esterilidad para la finalidad «cosmética» que las motivó. Prueba de lo anterior, de lo «cosmético» de sus reformas, es que a los pocos días de su solemne anuncio surgieron en varias ciudades marroquíes grandes manifestaciones populares criticando duramente tanto el modo como el contenido de las reformas anunciadas; manifestaciones convocadas y nutridas por los mismos que en los meses anteriores, y alineados con el resto de las masas que poblaron la «Primavera Árabe» en los otros países norteafricanos, exigían a Mohamed VI un cambio mucho más profundo que el anunciado ahora por el «Sultán»; manifestaciones aquéllas y éstas duramente reprimidas.(El hecho de que en el referéndum convocado para aprobar la «nueva» Constitución ésta fuese aceptada «a lo búlgaro» no significa nada). ¿Tuvo algo que ver ese proceso «democratizador» con la sorprendente «visita privada» de S.M. el Rey Don Juan Carlos a Marruecos, pocas semanas antes del anuncio reformador de Mohamed VI?; ¿acaso fue que éste había pedido consejo al Rey de España sobre los términos de su futura y repetida «reforma»?, visita que de ser esa su motivación sería un gesto inusual del Sultán pero, al mismo tiempo, significaría una comprometida postura para D. Juan Carlos para el caso, posible, del fracaso futuro de tan equívocas reformas alauitas, lo cual ya sería el colmo de los compromisos frustrantes de España para con Marruecos porque el carácter de privado dado al viaje de S.M. no cubriría lo comprometido de esos supuestos consejos. Hay, además (en el caso de tensiones internas en Marruecos por causa de un fracaso del «plan reformista» del Rey marroquí) una grave posibilidad para España –independientemente del supuesto anterior– que podría ser el cómo y contra quién Mohamed VI actuaría para enderezar ese posible fracaso: trataría por todos los medios a su alcance de ganarse demagógicamente el apoyo de las masas –incluso de las masas hostiles a sus reformas– mediante la aplicación oportunística del «irredentismo» marroquí tantas veces utilizado por Rabat (como sucedió en Ifni, en el Sahara, frente a Melilla, en Perejil, y un largo y en alguna ocasión gravísimo etc.), volcándose sobre las plazas y territorios de nuestra soberanía. ¿Que esto sería contradictorio con las muestras de amistad de Mohamed hacia D. Juan Carlos? Por supuesto que sería una pura y grave contradicción, pero a diferencia de los ingenuos que pueblan la clase política nacional (en el poder y fuera de él), nosotros creemos perfectamente posible que el Rey de Marruecos desencadenase la acción demagógica aquí esbozada para salvar su reinado y «su» Marruecos. No somos alarmistas, somos conscientes de lo aleatorio de lo aquí esbozado, deseamos que pese al «palmarés» antiespañol de Mohamed VI nos equivoquemos en nuestra advertencia, pero mantenemos ésta para que nuestra clase política no se vea sorprendida llegado el caso apuntado; caso que no obstante su teórica improbabilidad inmediata pudiera llegar a ser perfectamente posible a medio plazo. Por esta cuestión de orden cronológico no afectaría al Gobierno socialista –que, por otro lado, no reaccionaría dado su «entrañable y sorprendente amistad» con el «Sultán»– pero sí que afectaría al supuesto Gobierno del PP que lo relevase, con el precedente de Aznar en Perejil. España y lo de Afganistán Acabado de terminar el texto precedente, saltó la importante noticia de que el Presidente Obama había decidido que los Ejércitos de Estados Unidos abandonarán Afganistán en un plan escalonado que empezaría en este 2011 y terminaría en 2014 cuando –según tan genial Presidente– se haya dotado al país islámico ocupado de unas Fuerzas Armadas y policiales –entrenadas por USA, España y otros aliados– capaces de impedir que los «talibanes radicales» vuelvan al poder (porque Obama da como cosa segura que los «talibanes moderados» impedirán ese regreso). Al día siguiente del anuncio de Obama, nuestro ínclito Zapatero, para apoyar la campaña electoral de su mentor Rubalcaba, anunció a su vez que España también repatriará a nuestros soldados, por fases y cronología similar a las yanquis, pues no iba a ser menos; decisiones de ambos, ZP y Obama, por razones exclusivamente electoralistas y económicas. Comentando lo de Obama, I. Camacho, en un artículo titulado «Retirada» (25 de junio) decía entre otros matices: …Para edulcorar la evidencia de que los vamos a dejar a su suerte, en manos de los mismos que mandaban allí antes de la invasión, los estrategas aliados han inventado el concepto de «talibanes moderados», supuestos herederos fiables de una presunta transición estabilizadora. No hay tales… […] Una contradictio in terminis, una excusa piadosa. Los talibanes moderados lapidan a las adúlteras y cortan las manos de los ladrones. Occidente se conformará con que se trate de adúlteras y ladrones locales mientras sus nuevos socios no pongan bombas en nuestros aviones ni en nuestros supermercados. Que está por ver. Ocurre que alguien podría preguntar para qué han servido los billones de marras. Y los muertos –España ha puesto algunos, bastantes– caídos en combate o en «misiones de paz»… Al día siguiente, una soldado muerta y tres soldados más de nuestro Ejército gravemente heridos, «a la mayor gloria» de la política militar de Zapatero y de esa «Clausewietz» de guardarropía que con nombre catalán tiene como Ministra de Defensa; tema éste, el de la política militar de Zapatero y de la Sra. Chacón, que por su importancia para España nos permitiremos tratar en una próxima ocasión –incluyendo el tema del reclutamiento de efectivos–, esté o no ZP al frente del Gobierno todavía o sea ya una herencia para Rajoy, no vaya a ser que éste se inspire en Aznar en la cuestión militar, pues tampoco D. José María fue un «Clausewietz», precisamente. Porque si hay algo que destaque en el palmarés nefasto de la ejecutoria de Zapatero es precisamente su política de transferir unidades militares a remotas latitudes en las que nada se nos ha perdido(2) y ello para compensar la bochornosa orden suya de salir de Irak sin negociarla con los Aliados; cierto que lo de enviar fuerzas a Irak fue un error de Aznar, pero lo fue a cambio de que USA nos respaldase en Perejil, que compartiese con nosotros –por primera vez– el plan «Baker II» sobre el Sahara en la ONU frente a las tesis marroquíes, etc.; precisamente, tras la salida de Irak, ¡qué coincidencia!, el citado «Plan Baker II» fue hibernado por orden de USA y por la oposición de Marruecos respaldada por Francia, que también ¡casualmente! lo había aprobado en la ONU pese a Marruecos «su protectorado» porque, claro, USA pesa mucho incluso sobre Francia; a continuación, USA firmó un pacto con Rabat creando allí una base como la de Rota, frente a Canarias, ¡otra casualidad! ¿Y por qué esa estrategia de Aznar?, pues porque vio con nitidez que la potencial peligrosidad de Rabat era la primera coordenada básica de la defensa nacional. ¿Y qué hará Rajoy si llega al poder?, ¿seguirá la estrategia de Aznar o la «estrategia» de Zapatero? Misterio, pues el PP de su mando, siempre ha votado a favor del programa de Zapatero para con Afganistán, el Líbano, etc. Reflexiones finales Esta sección final del artículo la hemos decidido dada la importancia que tiene este aspecto de la política militar del Gobierno, centrando tal cuestión en el «caso Afganistán», la OTAN, nuestros caídos allí y en lugares similares. 1. El 12 de julio, en una «Tercera» de ABC, el ilustre y admirado Teniente General D. Agustín Muñoz-Grandes Galilea, en un magnífico artículo titulado «¿Merece la pena?», analiza aquél conflicto y hace el canto que merece la bravura, disciplina y competencia de nuestros soldados, al tiempo de rendir tributo a sus sacrificios. Al mismo tiempo, ofrece unas inteligentes matizaciones críticas sobre las precariedades materiales a las que se tienen que someter nuestros soldados. No obstante, sin perjuicio de coincidir plenamente con él en todo lo citado, no podemos por menos que enjuiciar críticamente esos aspectos de la política militar del Gobierno. 2. Hemos dicho líneas atrás que ningún interés nacional nos jugamos en Afganistán y eso es palmariamente cierto; no lo decimos por ningún tipo de «pacifismo» estúpido, lo decimos porque no hay más razón de orden formal para combatir allí que el de ser España miembro de la OTAN (cosa que en otro punto analizaremos) a diferencia de otros países que además de ser también del Pacto Atlántico defienden intereses específicos, como USA y otros. ¿Y qué salvaguarda USA en Afganistán, además de vengar el supuesto origen del gigantesco atentado contra las «Torres Gemelas», del 11-S en Nueva York? Pues al igual que la URSS muchos años antes al invadir ese país –en lo que cosechó un fracaso enorme– le mueve el dominar el espacio geográfico por el que lógicamente podrían discurrir los oleoductos y gasoductos que pudieran bajar desde el Caspio y su entorno hasta el mar; perspectiva económica que España no tiene a su alcance. 3. ¿Y cuál es la realidad de esos «talibanes moderados» que entre otros países entrena España? Hace un año, aproximadamente, visitó España una diputada del Parlamento afgano (de tendencia liberal, con deseos de modernizar su país) y en la entrevista que le hizo un reportero de ABC, además de ratificar expresamente lo antes dicho, hizo jugosas afirmaciones, entre otras estas: que la mayoría de miembros de ese Parlamento eran «talibanes» reciclados por oportunismo; que muchos de ellos eran corruptos pues tenían relaciones con el narcotráfico; que el tema de las drogas (junto al tribalismo que es la estructura social que domina el país) lo comparten esos y los «talibanes radicales»; que tras la salida de USA el narcotráfico –con unos y otros beneficiarios– será quien domine Afganistán. 4. Decíamos antes que la única razón formal de enviar unidades españolas a Afganistán era el «mandato» de la OTAN por ser miembro nuestro país de ese gran Pacto; pues bien, analicemos esto según los parámetros actuales, no los de cuando se creó frente a la URSS. Desaparecido el peligro soviético, la OTAN no termina de encontrar el motivo básico de su existencia; teóricamente, podría ser China la sustituta de la URSS (paralelamente a la OTAN se creó –impulsada también por USA– la SEATO para extremo Oriente y el Pacífico, pero tras el fracaso de Vietnam esa SEATO quedó más que hibernada) pero entre que la OTAN, por su tratado de fundación, contempla básicamente el «Atlántico Norte» y entre que China ha cambiado su estructura interna de forma radical, el «peligro chino» no es el motivo de existencia de la OTAN. ¿Qué otro «peligro» de ámbito continental hay? Sólo hay uno: el peligro islámico; ahora bien, tal peligro tiene focos diversos (no hay un foco hegemónico al que bloquear) y básicamente se manifiesta universalmente mediante el terrorismo; por todo lo cual la OTAN no pasa de ser un instrumento de USA, que lo aplica en los focos parciales por razón de intereses mutantes de Washington. ¡Que la OTAN aclare su estrategia, que defina nítidamente su objetivo y que llegado el caso, aplique la fuerza necesaria –no sólo mediante «cuerpos expedicionarios»– sobre los «centros de gravedad» de ese peligro! Pero no lo hará, pues el más importante «centro de gravedad» islámico es Arabia Saudí y este país es el socio petrolífero prioritario de USA. Y queda otro aspecto para que España «relativice» su apoyo a la OTAN: Ceuta y Melilla no están dentro del ámbito geográfico a defender por el tratado del Atlántico Norte, y está Gibraltar en medio de todo el espacio estratégico español –perturbándolo– temas todos ellos que irán también, de forma específica, en el estudio prometido sobre la política nacional de defensa en su conjunto. Y lo haremos DM, renunciando de entrada al factor posibilista que nos coartaría. Notas [1]Catedrático de Historia en la UNED, miembro del «Instituto de Estudios Estratégicos El Cano»
[2]
Léase la sección «Reflexiones finales». BIOEDUCACIÓN arribaHERMINIO ANDUJAR Somos cándidos. Cuando asistimos a una reunión que se convoca con el fin de garantizar la atención a la diversidad, no debemos creer, como se nos pide –por parte de la Ley y de sus comisarios–, que se trata de procurar la mejora de aquel alumno marcado por alguna diferencia social, mecánica, biológica o psíquica. No, eso es sólo la excusa. La así denominada atención a la diversidad esconde únicamente una estrategia para destruir los fundamentos de Occidente. Su implementación a través de adaptaciones y atención personalizada no es sino la táctica respetable y de aspecto bienintecionado mediante la cual se trata de minar una herencia de 2.500 años, herencia odiada como el peor de los males por la izquierda postmoderna: la cultura europea, de raigambre cristiana y greco-latina, así como sus negaciones tardomodernas. Tan detestable les resulta el marco que se derive de Plotino o San Agustín, como el que pueda surgir de Heidegger o Adorno. Y dicho odio surge porque la cultura –y particularmente la herencia cultural europea (y anglosajona)–, se basa en el establecimiento de diferencias, en la categorización y en la asunción de distinciones donde caben lo mediocre, lo malo, lo bueno y lo mejor. Por ende, dicha cultura se nutre de una concepción unívoca de la naturaleza humana, donde el bien es un presupuesto, no un valor consensuable y, por tanto, la isegoría del procedimiento democrático resulta válida para elegir magistraturas públicas pero no para establecer la verdad. Frente a ello, pues, la pedagogía como forma contracultural y como biopolítica que ha de librarnos de los males de la cultura. Pero la pedagogía no deja de ser una paraciencia izquierdista: contemplar a un psicopedagogo explicándole a un profesor de lengua cómo ha de enseñar gramática es análogo a contemplar a un astrólogo perorando a un astrónomo sobre cómo ha de describir el firmamento. Mas del estatuto ontológico y epistémico de esta paraciencia me ocuparé en otra ocasión, aunque sea como ocuparse del estatuto ontoepistémico de la quiromancia o de la medicina homeopática. Volviendo a lo que nos ocupa, a la atención a la diversidad: no se trata sino de constatar cómo, en nuestro caso particular, desde que se promulgaron la LODE y la LOGSE, la enseñanza en España (llamada Educación para expropiarle ese bien fundamental a las familias), no es sino una biopolítica más, de la cual la vigente LOE constituye el manual actualizado para la construcción del Hombre Nuevo, poniendo al servicio de tal proyecto ideológico los medios materiales y coercitivos del Estado. Recuérdese la reciente sentencia del Constitucional que impide la educación de los niños impartida por sus padres, aunque éstos se hallen más que cualificados y la formación de los chavales supere a la que podrían adquirir en un centro, cual era el caso: sin embargo, los niños son niños del Estado, como corresponde al marco de totalitarismo-pop en que flotamos. Así pues, ¿de qué se trata?, ¿a qué apela el pleonásmico constructo atención a la diversidad? Es bien sencillo, a que la mayor parte de nuestros alumnos vean reducirse la calidad de las clases que se les imparten, con el objeto de que, al reducir la potencialidad del conocimiento que podrían adquirir, la distancia entre ellos y aquellos que son menos dotados, bien padecen una minusvalía o proceden de un contexto social menos favorecido, se reduzca. Adviértase la perversión de la izquierda postmoderna: no se pretende que los más desfavorecidos incrementen su potencialidad sino que el resto renuncie a la que le es propia y debiera alcanzar. Si Sócrates entendía el arte de la enseñanza como mayeútica, el progresismo pedagógico lo entiende como puede, es decir, como aborto. MANTENIENDO LAS CAUSAS SE PRODUCIRÍAN LOS MISMOS EFECTOS… arribaRAMIRO SOLANA Tras la legalización de «Bildu» por el Tribunal Constitucional , el historiador y analista Pío Moa se preguntaba en un lúcido artículo en Época del 3 de julio «por qué pesa tanto ETA» y se respondía, al final de su trabajo: «Mucha gente no acaba de entender la colaboración del PSOE con ETA. La base de ella está en los rasgos ideológicos comunes. Mencionaré aquí tres de gran peso: ambos grupos se consideran socialistas, son visceralmente antifranquistas y desprecian a España, nación «discutida y discutible para el PSOE…», y añadía de ETA que «el apoyo popular se lo debe no tanto a sí misma como a los políticos de Madrid». A mí y a tantos otros esa connivencia de ETA y Zapatero no nos ha sorprendido porque conocemos esas coincidencias ideológicas que cita Pío Moa, y porque también sabemos perfectamente –se ha repetido hasta la saciedad en Cuadernos de Encuentro– el pensamiento de Zapatero sobre su «proyecto» institucional a implantar en España, (que obviamente no se reduce a su implantación al País Vasco) y porque tampoco desconocemos cuáles son sus dos «fuentes» ideológicas de las que se nutre ese su pensamiento: un neo-marxismo sui generis y una tradición masónica adquirida, que por su voluntad las ha hecho compatibles; si a ello unimos los proyectos separatistas de los veteranos nacionalismos vasco y catalán y de los «neo nacionalismos cultivados» en Galicia, Canarias y hasta en Andalucía ¡oh recuerdo resucitado de Infante en esta última región…! tendremos clarísimo que lo de «Bildu» no es más que un aspecto parcial del proyecto de Zapatero (naturalmente compartido por Rubalcaba y sus más íntimos cofrades), que quiere dejar rematado antes de desaparecer de la escena; todo esto es comprensible, aunque por razón del más elemental patriotismo debamos combatirlo denunciando lo de «Bildu», la excarcelación de sanguinarios etarras, y demás facilidades otorgadas al separatismo vasco como hechos incursos en una gravísima acción contra la unidad de España; fruto obligado de las negociaciones y pactos del PSOE de Zapatero y Rubalcaba con ETA para borrar la histórica estructura de Nación unitaria que España tuvo. Lo no comprensible es que algunos competidores del PSOE, por ignorancia tal vez de sus fines –cosa que no creo– o porque le quitan importancia, gravedad o posibilidades a su implantación, hagan un juego tan ingenuo como estúpido a Zapatero y los suyos que redundan en darles facilidades de hecho. A este respecto responde la dolorida frase de María San Gil la brava y eficaz ex-líder del PP vasco (Alfa y Omega del 16 de junio) que refiriéndose a las elecciones del 22 de mayo dice: «Si hace cuatro años cuento que Bildu está legalizado y que el Presidente de mi partido no ha querido hablar de ello en la campaña electoral, me habrían tomado por loca». Una errónea concepción de lo Autonómico Lo esbozado anteriormente, como introducción de cuanto sigue, ¿por qué? Pues porque Rajoy picó en el anzuelo que Rubalcaba le preparó: el «acuerdo de caballeros» de no utilizar el «tema terrorismo» en aquella campaña electoral; omisión que no fue la única –aunque no respondiese a tal «acuerdo»– porque también eludió el relacionar el desmadre autonómico con el hecho súper demostrado que ese abuso de competencias transferidas o delegadas que, además del gigantesco gasto descontrolado, favorecen el crecimiento de las posibilidades separatistas de las Autonomías donde campean los nacionalismos tradicionales y de aquellas donde están aflorando nacionalismos ex-novo. No es fácil entender porqué el equipo Popular que tan certera y crudamente critican el desbarajuste económico de España no incluyan en esa crítica la parte que corresponde a las Comunidades Autónomas –uno de los principales autores de la crisis– y que tampoco extiendan ese análisis al hecho aún más grave de cómo la «inflación autonomista» de las Autonomías con finalidad separatista fomenta ésta, acaso de modo irreversible. Esas omisiones, ¿a qué responden?, ¿acaso por prudencia «táctico-electoral» tan solo?, ¿tal vez porque ha calado en su pensamiento el triste invento «adolfista» del «Estado de las Autonomías» como falso antídoto de los separatismos y como fomento de una moderna estructura institucional nacional…? Sí el motivo fuese esto último sería trágico pues indicaría que cuando la crisis se resuelva, si es que se resuelve, el PP no acometería la profunda reforma del «autonomismo» que la Nación necesita para seguir siendo –mejor dicho para recuperar– el ser verdadero de Nación y el Estado volver a ser Estado Nacional. Y si fuese por esa citada «prudencia táctico-electoral» tampoco creo que sea aconsejable, pues daría alas a esos nacionalismos que ahora hipotecan a España. «Fe de errores» Sobre este mismo tema, recordar que con fecha 18 de julio Rajoy convocó y se reunió con los presidentes de las Diputaciones que domina el PP para instruirles sobre cómo potenciar la acción administrativa de estas veteranas instituciones –que algunos nacionalismos quieren que sean suprimidas– pero según la prensa no tocó para nada la relación de ellas con las correspondientes Comunidades Autónomas y, menos aún, ni un esbozo sobre lo que el PP piensa sobre una reforma profunda de éstas. ¿Potenciar las Diputaciones y, simultáneamente, mantener la «inflación» competencial de esas Comunidades Autónomas?; ¿y qué competencias se reservan para el Estado , para ese «Estado Central» como algunos ignorantes lo denominan porque, desconocen que debiera decirse Administración Central del Estado? El que cito ahora es mayúsculo pues en la prensa del 9 de julio pudo leerse: «El PP salva la legislatura de Artur Mas y abre una etapa de colaboración […] el acuerdo incluye ayudas a las empresas y la reformulación de las “embajadas”, y según dicha noticia, con esos acuerdos “los populares no sólo salvan los presupuestos catalanes, ya que también abren la puerta a otros acuerdos de futuro, también en Madrid”». (El hecho de que el PP acepte –si la noticia es cierta, aunque sea «reformulándolas», la decisión «soberana» de la Generalitat de tener «embajadas» en el extranjero es grave. Pero aún hay más. En el «capítulo de concesiones» a favor de CiU: La Generalidad pretende cambiar la matrícula de los automóviles quitando la «E» de España para poner en su lugar otras letras porque por algo Cataluña «es Nación»; pues bien, la presidenta del PP catalán parece que ha buscado la formula genial: poner ambas cosas, demostrando así que el PP busca el consenso porque su «filosofía» es la del posibilismo. Es obvio que el chalaneo con Artur Mas es una decisión del PP pensando que no llegue a obtener mayoría absoluta en la Nación. Pero como se ha repetido en estas páginas, ese tipo de pactos con los separatistas es tanto como hipotecar España. Frente a esa débil estrategia, la dureza de CiU crece: el 19 de julio, arrancó al Gobierno socialista 759 millones más (prensa del día siguiente). Saben lo que quieren y saben cómo conseguirlo: navegando hacia lo confederal con el rumbo marcado por Zapatero y Rubalcaba y explotando el «posibilismo» dogmático de Rajoy. Para que se vea para lo que valen los acuerdos con el nacionalismo catalán, he aquí una noticia del 13 de julio: «El partido de Artur Mas apela a la insumisión si no hay “pacto fiscal”»; exigencia que le daría «soltura soberana» en lo económico. Al llegar a este punto, me gustaría saber el criterio que tiene el PP sobre eso del «pacto fiscal» y qué haría para el caso –bien posible– de que Zapatero, antes de cesar, se lo concediese a la Generalitat, si hubiese tenido que pactar con CIU. Antes de abordar mis reflexiones finales, voy a reproducir una parte de un certero artículo de César Alonso de los Ríos de 4 de julio, titulado «De error en error», que decía así: «… Dejando a un lado el aspecto ideológico, los socialistas no quieren reconocer que antes de la burbuja inmobiliaria y la crisis en España se cometió un error que por sí solo iba a llevarnos al abismo. Me refiero al “error” autonómico. ¿Qué podía esperarse de una sociedad que, además de no tener un sistema económico productivo y competitivo, se permitía la experiencia de defender un Estado “compuesto” por diecisiete? El inicial “café para todos” había sido el comienzo de una “burbuja autonómica” cuyos efectos disparatados iban a quedar disimulados por la “burbuja inmobiliaria”. Con los dineros de esta iban a pagarse las réplicas de los poderes, la duplicación de los servicios, los trenes sin viajeros y lo aeropuertos no inaugurados… En una explosión de inmoralidad pública los partidos nacionales se fragmentaban para crear clientelas y, por si fuera poco, pudieron gozar de un poder financiero local…». «La corrección impuesta por la crisis permitirá pensar de nuevo en la viabilidad de la España autonómica. En todo caso va a ser interpretada por los nacionalismos de un modo distinto. Bildu anuncia el salto a la soberanía. Para consolarse o consolarnos algunos analistas interpretan el ascenso de ETA al poder como una derrota. ¿Y en Cataluña? Cuando cicatricen las desgarraduras de la crisis económica volveremos al Estatut. Todo en su momento». En una cosa se equivocaba al final el autor, pues tan solo nueve días después de esas palabras Artur Mas ya estaba llamando a la insumisión por lo del pacto fiscal; y es que cuanto más débil sea el Estado, o más propicio sea el Gobierno, y cuanto la oposición sea más pacata, mayores son las exigencias y mayor la urgencia de alcanzarlas, aunque haya crisis económica… o acaso por ella misma). Por último Reitero lo dicho en el nº 105 de Cuadernos de Encuentro: no se pide que el PP, llegado al poder, se enfrente ya en el primer día a esa «hipoteca» sobre el Estado que son las Autonomías, pues lo inaplazable son las medidas económicas y estructurales para ir a la solución del paro, así como enfrentarse a la asfixia de tantos de los Ayuntamientos y Autonomía en quiebra como se está descubriendo; pero lo que sí se espera del PP es que anuncie desde ese primer día es que se irá a reformar profunda y definitivamente las causas de esa «hipoteca», terapia que no es la simple reducción del número de «consejeros» dependientes del órgano de gobierno de cada Comunidad Autónoma. La drástica restricción del gasto, no consiste en la congelación de pensiones ni en suprimir coches y viajes oficiales pues estas partidas –aún con ser obligada y necesaria la última, que no la primera–, «no mueven la cifra» de esos endeudamientos pues las que sí la mueven son las derivadas de las estructuras y competencias consentidas y otorgadas en esa «inflación» a la que han llegado las Comunidades Autónomas muy en especial por su nefasto y corrupto manejo de no pocas Cajas de Ahorro; Y en cuanto a lo que esa «inflación» de competencias afecte a la unidad nacional hay que actuar con aún mayor energía y ambición: ese «retoque» primero y esa reforma profunda después han de plantearse y llevarse a cabo sin la menor consideración para con los hechos consumados y para con las tolerancias consentidas, haya sido quien fuere el partido en el poder que los hubiera consentido o concedido. Ya va siendo hora de que el Sr. Rajoy, complemente el habitual y único «slogan» de sus comparecencias públicas de que todos los problemas de España –y en especial los que se derivan de nuestro triste papel en la UE– los podrá solucionar un Gobierno fuerte y competente (es decir, obviamente, su Gobierno), piense que son muy pocos los españoles que pueden tener a mano y leer los textos del reciente «congreso» de la Fundación «FAES» que preside Aznar, y por tanto es ya imprescindible que hable de cosas que concite adhesiones, más allá de las habituales y de las de quienes votaron al PP el 22 de mayo solo como castigo al PSOE. El título VIII de la Constitución fruto de la audacia de Suárez, el temor a la izquierda y al deseo ingenuo de atraerse a los nacionalismos, no es un dogma ni un santuario, y que el único dogma a considerar es España y su unidad. Que con este panorama, el PP necesita alcanzar la mayoría absoluta y no ninguna otra combinación pactista; que no solo no alcanzaría esa meta con pactos con CiU, con PNV y con CC sino que bien al contrario, llevaría a una completa esterilidad la oportunidad histórica que se presenta (al partido y a España) para su regeneración. Y que los «consensos puntuales» solo serían válidos y rentables para España –y para el propio PP– si éste los utiliza por ser más fuerte que los nacionalistas, es decir, si tiene mayoría absoluta, y si los nacionalistas saben que el PP está dispuesto a utilizarla. Al PSOE aún le quedan conejos en la chistera. Un comunicado de ETA tras la legalización de Sortu, por el Tribunal Constitucional como cabe esperar, con el anuncio de un adiós a las armas, y la fértil mentalidad de Rubalcaba a la hora de tender trampas, de falsear situaciones, de eludir compromisos y en definitiva de pactar con quien sea y como sea, y por ser capaz de repentizar como lo hizo en e1 11M. para conseguir dar la vuelta a una situación que auguraba su derrota. No voy a calificar la elección de la fecha de las elecciones, me remito a lo dicho por Tomás Cuesta, que sobre el tema dice bajo el título de «El Valle de los Caídos» y refiriéndose a Zapatero decía esto: «No se va como vino, pero se mantiene entre las brumas de unas intenciones que han empedrado el camino hacia el infierno. El guiño funerario, macabro y en apariencia superfluo de convocar un proceso electoral en la fecha más inapropiada resume a modo de epitafio la obsesión por el pasado, la obcecación por lo que pudo ser la exaltación del luto y el sentido de la venganza». EL DEBATE DE LA CONQUISTA arribaPÍO MOA. Tomado de su Blog en Libertad Digital I La idea expuesta por Jiménez de Quesada, de que «dejarnos entrar es gracia que nos hacen los indios», nunca había sido muy compartida en el mundo, tampoco por los indios, que entre sí solían entrarse e invadirse mutuamente sin esperar ningún permiso. La evolución de la humanidad, de las culturas más primitivas a otras más complejas, ha sido en muy gran medida una historia de invasiones, expulsiones y aculturaciones, y pocos pueblos, si alguno, vive hoy en una tierra propia desde el origen del hombre. Aparte de otros movimientos prehistóricos desconocidos, Hispania había sido invadida por íberos, celtas, cartagineses, romanos, germanos, árabes y bereberes, y vivía bajo amenaza turca. Aunque esas acciones se justificasen de un modo u otro (como las acusaciones entre romanos y cartagineses por haber roto los pactos, con que comienza esta historia), el derecho de conquista se daba por evidente. Incluso se le concedía mayor mérito que a la penetración pacífica, la cual, por lo demás, no solía consentirse, porque a ningún pueblo le gustaba ser desplazado o perder su forma de vivir, ni se consideraba inferior culturalmente a sus vecinos, por más que pareciera otra cosa comparándolos desde fuera. Aristóteles había defendido el derecho de las culturas superiores a someter a las inferiores y los romanos estimaban sus conquistas como prueba de valor y superioridad, y las justificaban como obra de pacificación e imposición de un derecho mejor y de una cultura más elevada. A lo largo de los siglos, la Europa cristiana se había visto varias veces invadida y al borde del naufragio, pero había subsistido por medio de la predicación y la guerra, combinación eficaz frente a los paganos, inútil con los islámicos, que habían arrebatado a la cristiandad la mitad de su territorio mediante la yihad, y entre quienes apenas rendía fruto la predicación. Ramón Llull había aceptado la necesidad de combinar la lucha y la predicación, pero el equilibrio entre ambos contrarios no era fácil. A los españoles, las luchas contra los moros durante la reconquista, y luego contra los turcos y los protestantes, no les habían planteado ningún problema moral ni intelectual. Tampoco contra la católica Francia, pues casi todas las guerras habían surgido por iniciativa francesa, cuyos reyes se habían aliado con los otomanos, la potencia que amenazaba de modo inminente a toda la cristiandad. Pero en América sí surgió la cuestión, presentada incluso como la docilidad y vida natural de los indios turbada por los viciosos y ávidos europeos. Los descubridores se asombraron al principio por el aparente espíritu acogedor de los indígenas –que, de entrada, tendían a ver a aquellos intrusos como dioses– y después por su ignorancia, por el canibalismo, los sacrificios humanos, una extendida sodomía, el uso de la mujer como objeto de cambio, y otras costumbres chocantes para ellos. Como fuere, el asunto preocupaba. La conquista se justificaba en la expansión del Evangelio para «llevar la luz» a los aborígenes y salvar sus almas, pero había dos dificultades: ¿había derecho a conquistar a unas poblaciones antes desconocidas y con las que, por ello, no había existido conflicto? ¿Respondía al ideal de evangelización la conducta de conquistadores y «encomenderos»? Sobre la primera cuestión teorizó el dominico alavés o burgalés Francisco de Vitoria, uno de los pensadores más destacados de su época, que había estudiado en París, y desde 1526 enseñaba en Valladolid y luego en Salamanca. Vitoria se ocupó también de la discusión sobre si los indios debían considerarse plenamente humanos. Partiendo del concepto de ley natural, defendió la plena humanidad de los indios, con los mismos derechos básicos que los españoles. Por la misma concepción negó validez al reparto de medio mundo entre Portugal y España, acordada por el papa Alejandro VI en el tratado de Tordesillas. Las relaciones entre los pueblos debían basarse en el entendimiento y la ley, no en la fuerza, y la guerra solo sería justa en respuesta a un ataque o a una política contraria a los derechos naturales, pero no por motivos religiosos o expansivos. Estas ideas negaban en principio legitimidad a la conquista de las Indias, pero podían interpretarse al contrario: los derechos naturales incluían la difusión del cristianismo, el comercio y el mantenimiento de relaciones pacíficas con otros pueblos. Si los indios impedían esos derechos, podía hacérseles guerra. Y distinguía varios «justos títulos», para la presencia española en América: propagar el Evangelio, proteger a los naturales bautizados contra los reacios, combatir los delitos contra natura, reinar el soberano de España sobre los indios, si estos lo aceptaban, aliarse con unas u otras tribus en las guerras entre ellas, proteger a los naturales, dado su atraso. Por entonces circulaban en medios políticos y eclesiásticos las denuncias de otro dominico, Bartolomé de las Casas, sobre crímenes espeluznantes de los encomenderos en el Nuevo Mundo. Las encomiendas no entrañaban propiedad de la tierra, pero en otros aspectos recordaban a las relaciones de servidumbre en Europa y a los repartos de las órdenes militares durante la reconquista: eran concesiones sobre grupos más o menos extensos de indios para asegurar la producción agraria o minera, los tributos, y para premiar a conquistadores, funcionarios y a veces a notables indígenas. Los nativos no eran esclavos, los encomenderos podían obligarles a trabajos no excesivos, y debían evangelizarlos, pero en la práctica, la exigencia laboral podía acercarse a la esclavitud, acompañada de maltratos, pues los indígenas no estaban habituados a trabajar al modo europeo. Es imposible saber cuántos casos había de abuso y en qué grado, y cuántos de situación más soportable; pero las crueldades bastaron para causar airadas protestas de algunos dominicos, que llevaron sus denuncias ante el rey. Basándose en las concepciones de Vitoria y en las denuncias de Las Casas, el rey Carlos I hizo estudiar el asunto a una comisión, de la que salieron en 1542 las Leyes Nuevas de Indias, de 1542. Estas leyes reafirmaban las disposiciones del testamento de Isabel la Católica en el sentido de prohibir la esclavización, sin excepciones, de los indios, cuya calidad de súbditos y protegidos del rey volvía a especificarse; prohibían obligarles a llevar cargas al estilo prehispánico, y ese trabajo debía pagarse; prohibía las encomiendas para los funcionarios, órdenes religiosas, asociaciones comunales u hospitales, y las ya existentes debían cesar a la muerte de sus poseedores, sin derecho de herencia. Esta última disposición extinguiría las encomiendas en plazo no largo. Los encomenderos consideraron que las Leyes Nuevas vulneraban sus derechos, ignoraban sus méritos y trabajos, y les reducían a la pobreza. Sus airadas protestas culminaron en Perú con la guerra civil dirigida por Gonzalo Pizarro, el cual fue vencido y ejecutado. No obstante, los desórdenes y las protestas llevaron al rey a pensar que la supresión de las encomiendas arruinaría el proceso de colonización del continente, por lo que se volvió en parte atrás, reconociéndoles carácter hereditario. II El mismo año 1542, Las Casas compendió sus denuncias en su vehemente Brevísima relación de la destrucción de las Indias, escrita con datos supuestamente conocidos o presenciados por el autor. El libro, base principal de la llamada leyenda negra, es probablemente el libro más antiespañol que se haya escrito nunca, y su influencia persiste hasta hoy. No extraña que Gombrich y tantos otros lo creyeran, con poco esfuerzo crítico. Las Casas pinta a los españoles de América, con raras excepciones, como demonios sedientos de sangre, faltos de cualquier sentimiento cristiano o meramente humano, y de una estupidez muy difícilmente igualable, pues aniquilaban por los métodos más atroces, a los indígenas de cuyo trabajo pretendían vivir, convirtiendo a Las Indias en desiertos. De ser así, no sólo habrían desaparecido los indios sino también los españoles, que habrían quedado sin medios de vida, teniendo, además, nula disposición a trabajar por sí mismos. De entrada llaman la atención los datos geográficos ofrecidos por Las Casas. En La Española encuentra cinco reinos, uno con una vega de 80 leguas de sur a norte (como una legua castellana del siglo XVI equivalía a algo más de cinco kilómetros, habla de 400 kilómetros largos). La vega estaría recorrida por más de treinta mil ríos, unos veinte o veinticinco mil de ellos riquísimos en oro, y doce tan grandes como el Ebro; otro reino de La Española era él solo más grande que Portugal y «harto más felice y digno de ser poblado», también lleno de minas de oro y cobre; no detalla la extensión de los otros tres reinos, pero da a entender que eran también muy vastos. Desde «muchas leguas arriba del Darién hasta el reino e provincias de Nicaragua» calcula más de quinientas leguas y, también, grandísimas riquezas de oro. En el antiguo Imperio azteca los españoles se dedicaron a exterminar a la gente «en cuatrocientas y cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de Méjico e a su alrededor, donde cabían cuatro y cinco grandes reinos, tan grandes e harto más felices que España». Guatemala tenía «más de cien leguas en cuadra». En Santa Marta fueron despobladas «más de cuatro cientas leguas». La isla de Trinidad era «mucho mayor que Sicilia», y la tierra firme descubierta tendría más de 50.000 kilómetros de litoral. El oro abundaba extraordinariamente en muchos lugares, y solo «de la isla Española se había henchido casi España de oro». Pero estos cálculos apenas son nada comparados con los relativos a la población. Las costas de tierra firme estaban «todas llenas como una colmena de gentes [...] que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano»; no había región que no estuviera «pobladísima» y con extensas ciudades. En Nicaragua, con sus grandísimas riquezas, «era cosa verdaderamente de admiración ver cuán poblada de pueblos, que cuasi duraban tres y cuatro leguas en luengo», auténticas urbes mayores que cualesquiera de Europa y de las que la arqueología no ha hallado la menor traza, pese a ser tantas. La Nueva España, futuro México, había disfrutado de muchas ciudades más habitadas que «Toledo y Sevilla y Valladolid y Zaragoza juntamente con Barcelona», de modo que «para andallas en torno se han de andar más de mil e ochocientas leguas» (casi diez mil kilómetros). En Guatemala, todavía más poblada, no extrañará que los españoles exterminaran a no menos de cuatro o cinco millones de personas. El Yucatán «estaba lleno de infinitas gentes». También en Florida «había grandes poblaciones». Las Antillas, antes de la conquista, eran «las tierras más pobladas del mundo», y solo en las pequeñas islas Lucayas o Bahamas habría vivido más de medio millón de habitantes. En Centroamérica se hallaba «la mayor e más felice e más poblada tierra que se cree haber en el mundo». Y así sucesivamente. Los datos son claramente ficticios, pues la mayor parte de las tierras y costas eran selváticas y agrestes, con agricultura muy escasa –salvo en los imperios inca y azteca– y primitiva. Fuera de dichos imperios no existían ciudades, y la mayor parte de las regiones no podía contar con una población mucho más densa que la actual Amazonía o la Patagonia. Cabría pensar que Las Casas daba oído a leyendas, por desconocer muchos de aquellos lugares, pero exagera igualmente cuando habla de lugares donde sí estuvo, como Cuba, Méjico o La Española. A esta última le atribuye más de tres millones de habitantes, y afirma que solo en una parte de ella podrían haberse construido más de cincuenta ciudades tan grandes como Sevilla. Los indios de Las Casas son siempre «mansísimas ovejas», «sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas»; las gentes «más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos [...] sin rencores, sin odios, sin desear venganzas que hay en el mundo»; «Carecían de vicios o de pecados»; «Gentes muy bien dispuestas, cuerdas, políticas y bien ordenadas»;«No poseen ni quieren poseer bienes terrenales». «No soberbias, no ambiciosas, no codiciosas». «Limpios y desocupados, de vivo entendimiento, muy capaces y dóciles para toda buena doctrina». Estas virtudes fabulosas aumentaban si cabe el horror de las atrocidades hispanas: «Y a estas ovejas mansas y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles [...] como lobos y tigres y leones cruelísimos [...] Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte [...] sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas y varias y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán». En Nueva España habrían matado «a cuchillo, y a lanzadas y quemándolos vivos, mujeres y niños y mozos y viejos, más de cuatro cuentos [millones] de ánimas [...] Y esto sin los que han muerto y matan cada día en la susodicha tiránica servidumbre». En Nicaragua, «cincuenta de a caballo alanceaban toda una provincia mayor que el condado de Rosellón, que no dejaban hombre ni mujer, ni viejo, ni niño a vida». Pero en Santa Marta los desmanes habrían superado lo anterior, nos advierte, aunque es difícil imaginar cómo. El total de indios exterminados lo estima Las Casas en hasta quince millones y más, una población seguramente mayor que el total de la existente antes de la conquista, dadas las mencionadas condiciones naturales y técnicas. Los españoles de América se sintieron calumniados y protestaron indignados por las acusaciones del fraile. Entre otros el franciscano Toribio de Benavente, Motolinía, describió a Las Casas, como «inquieto, bullicioso, importuno y pleitista», «injuriador y perjudicial». Le tacha de «oscurecer y ennegrecer» la obra de Cortés y de que, en general, «No tiene razón en decir lo que dice y escribe e imprime, y en adelante, como será menester, yo diré sus celos y sus obras hasta donde llegan y en qué paran, y si aquí ayudó a los indios o los fatigó», culpándole de perturbar el orden y desamparar a los que dependían de su predicación. Benavente dirigió a un grupo de misioneros, aprendió náhuatl para evangelizar a los indios e instruirlos en diversos oficios, sorprendiéndole la facilidad con que aprendían: «Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado». Fue uno de los predicadores más exitosos por Méjico, Nicaragua y Guatemala, envió misioneros a Yucatán, criticó los abusos contra los indígenas y se enfrentó por ello a las autoridades. Gran parte de lo que sabemos sobre la cultura azteca se lo debemos a sus investigaciones, de alto nivel y apoyadas en su conocimiento del náhuatl. Aunque los descubridores describen a los indios como fuertes y bien proporcionados, Las Casas los presenta como «las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complexión». Acierta más al señalar que son los «que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de cualquier enfermedad», pues no tenían costumbre de trabajar a la europea, ni defensas contra algunas enfermedades no mortales para los recién llegados. La combinación de ambas cosas llevó a Las Casas a propugnar la traída de esclavos negros. El tráfico negrero ya se estaba convirtiendo en un negocio brutal, pero muy lucrativo, realizado sobre todo por comerciantes portugueses y poco después por ingleses y holandeses, que compraban los esclavos a los jefes africanos o los capturaban, y los transportaban en condiciones terribles. Al final, Las Casas se opuso también a ese comercio de negros. En su opinión, quizá acertada, la encomienda era una mala forma de colonización, y el remedio consistiría en el trasplante de campesinos de España a las Indias, proceso que también se daba, aunque lentamente. Desde luego, el dominico no manifiesta la menor intención de ser ecuánime, sino la de impresionar al máximo a sus lectores, empezando por el rey; y uno de los principales historiadores españoles del siglo XX, Menéndez Pidal, ha creído a Las Casas próximo a la paranoia. No obstante, su libro fue explotado a fondo por protestantes y franceses, como una verdadera arma de guerra realmente eficaz. III Pero véase el testimonio de un inglés de pocos años después, Henry Hawks, desterrado de Méjico por la Inquisición: «Los indios son muy favorecidos por la justicia […] Si algún español les ofende o les causa perjuicio, le desposeen de alguna cosa […] y el agresor es castigado como si el ofendido fuera otro español. Cuando un español se ve lejos de México o de otro lugar donde hay justicia, piensa que puede hacer al pobre indio lo que le venga en gana […] Y así obliga al indio a hacer lo que él le mande; si el indio se niega, lo golpea o maltrata a placer. El indio disimula su resentimiento hasta que se presenta la ocasión de darlo a conocer. Entonces, tomando consigo a uno de sus vecinos, se va a México a interponer su denuncia […] La denuncia es admitida en el acto. Aunque el español sea un noble o un caballero poderoso, se le manda comparecer inmediatamente y es castigado […] como mejor parece a la justicia. Esta es la razón por la que los indios son sujetos tan dóciles: si no fueran favorecidos de este modo, los españoles terminarían rápidamente con ellos, o bien ellos mismos asesinarían a los españoles». El testimonio, por provenir de una persona imparcial y nada amiga de España, tiene algún interés. Se ha dicho que Las Casas fundó la idea de los derechos humanos, pero no es cierto, porque admitía esclavos negros o blancos infieles; tampoco lo es con relación a los indígenas de América, pues el testamento de Isabel la Católica ya establecía esos derechos, como asimismo, de modo más teorizado, el padre Vitoria. No obstante, bajo las denuncias algo alucinadas de Las Casas había intención de proteger a los nativos de los abusos prácticos, y la búsqueda de soluciones mejores que la encomienda. Pese a las dudas y protestas en torno a sus alegatos, Las Casas siguió disfrutando de prestigio en España y en la corte. En 1547, en sus Treinta proposiciones muy jurídicas negaba legitimidad a la conquista de América, por lo que, para decidir cómo proceder en adelante con respecto a la conquista, Carlos I convocó en 1550, ya muerto Vitoria, un debate conocido como Controversia de Valladolid, que duraría dos años, y cuyas figuras principales, pero no únicas, fueron Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Los dos personajes eran muy diferentes. Las Casas, sevillano, había sido conquistador y encomendero antes de entrar en religión, como habían hecho otros conquistadores; luego había renunciado a la encomienda para volverse con furia contra los españoles de América. Había sido autorizado a aplicar su plan, poco exitoso, de formar comunidades de labriegos castellanos en las Indias. En cambio Sepúlveda, también dominico, había hecho una brillante carrera intelectual y eclesiástica en Europa, donde alcanzó renombre internacional como teólogo, filósofo e historiador. Había estudiado en Alcalá de Henares y en Bolonia, alojándose en el Colegio Español creado por Gil de Albornoz, y vivido largo tiempo en Roma. Había criticado a Lutero y, contra Erasmo, defendía las tradiciones cristianas y la religiosidad exterior, no sólo interior. Carlos I lo nombró su capellán, cronista y preceptor del príncipe heredero, el futuro Felipe II. Las Casas trató de impedir la publicación de alguna de sus obras. Sepúlveda citó de la Biblia los judíos habían recibido la Tierra de Promisión de Dios, quien había castigado a sus anteriores pobladores por su idolatría y sacrificios humanos; y la frase del Evangelio de Lucas: «Vete por los caminos y los senderos y obliga a la gente a entrar, de modo que mi casa se llene»: obligar incluye la fuerza si fuese preciso; según San Agustín es lícito apartar a los paganos de la idolatría coaccionándolos si era preciso; San Pablo daba poder a la Iglesia para predicar, por encima de los poderes temporales, etc. Se apoyaba también en concepciones humanistas y en Aristóteles, a cuyo juicio las culturas superiores tienen derecho a someter a las inferiores: los indios no eran mejores o peores que los demás, pero sus culturas bárbaras y contrarias a la ley natural los convertían en esclavos por naturaleza, y la conquista, sin la cual no sería posible cristianizarlos, debía considerarse un acto de amor, y muy conveniente para ellos, porque les abría paso a un nivel cultural más elevado. No pensaba en una esclavitud propiamente hablando: «No digo que a estos bárbaros se les haya de despojar de sus posesiones y bienes, ni que se les haya de reducir a servidumbre, sino que se deben someter al imperio [autoridad] de los cristianos». La conversión debía hacerse de manera persuasiva, y si ésta fallaba podían los españoles ocupar sus tierras, destituir a sus jefes y poner otros. Por todo ello era justa, en principio, la guerra contra ellos. Según Las Casas, muy al contrario, los estados indios –incluía como estados a las tribus no civilizadas– eran no sólo comparables, sino mucho mejores moralmente que los europeos, pues «muchas y aun todas las repúblicas fueron muy más perversas, irracionales […] y en muchas virtudes muy menos morigeradas y ordenadas. Pero nosotros mismos, en nuestros antecesores, fuimos muy peores así en la irracionalidad y confusa policía como en vicios y costumbres brutales». Incluso si se debiera castigar al idólatra, era preciso que lo hiciese quien tuviera jurisdicción para ello, y en este caso no la tenían el rey ni el papa, pues antes eran gentes desconocidas, ni súbditos del rey ni sometidas al fuero eclesiástico, y por ello tampoco podía castigárseles como herejes. Además, no podía irse contra un pueblo entero, como si todo él fuera delincuente. Por tanto España carecía de títulos para estar allí, salvo con misioneros. Si Las Casas hubiera impuesto plenamente sus tesis, la historia de América habría sido muy diferente: en principio los imperios y tribus indias habrían seguido tal cual, pues resulta muy difícil que hubieran renunciado a sus ideas del mundo y costumbres solo por la predicación, suponiendo que permitieran ésta. Su evolución técnica y en otros aspectos habría sido también mucho más lenta. Pero lo que con mayor realismo puede esperarse que hubiera ocurrido habría sido su conquista y colonización por otras potencias europeas, con seguridad no menos duras que España, y probablemente más. Pero la disputa terminó sin un ganador claro. La conquista quedó frenada, pero solo pasajeramente, pues el proceso era irreversible. Vitoria había dicho que no podía abandonarse del todo la administración de Las Indias después de haber cristianizado parte de ellas, y la corona no podía obligar a los españoles a volverse de allá ni prescindir de los metales preciosos –pronto se impondría la plata sobre el oro, pese a las ideas sobre el mismo de Las Casas–. Los propios indios que habían sufrido las «guerras floridas», las matanzas de los imperios inca y azteca, podían no estar muy de acuerdo con las tesis de Las Casas, a juzgar por la rapidez y el entusiasmo con que acogieron la evangelización, pese a estar prácticamente exterminados, según aquél. El fruto político del debate fue la promulgación de leyes sucesivas, hasta 6.400, muy notables por su racionalidad y sentido humanitario, aunque se aplicasen en grados muy diversos (como suele ocurrir con casi todas las leyes). En otro terreno, la controversia fue novedosa en el pensamiento civilizado y ha tenido consecuencias hasta el día de hoy. Dio impulso al Derecho de gentes más tarde llamado Derecho internacional, originado en España varios decenios antes de que el holandés Hugo Grocio lo desarrollara bajo influencia directa de Vitoria y otros pensadores hispanos. Este derecho intenta regular las relaciones internacionales en lugar de dejarlas al imperio de la fuerza, y se asienta sobre el concepto de ley natural… que también podía interpretarse de diversos modos, como atestigua la propia polémica de Valladolid. El peso de ésta en el pensamiento jurídico y político posterior ha sido, con todo, harto mayor que sus efectos prácticos, pues las relaciones internacionales, en Europa, América y el mundo, han continuado rigiéndose en gran medida por realidades ajenas a las exigencias teóricas y legislativas. El debate contenía un aspecto paradójico, pues el propio Las Casas certificaba con sus puntos de vista la superioridad de la cultura hispana, capaz de plantearse un dilema ético-político que las culturas indias no estaban siquiera en condiciones de abordar, por mucho que el dominico las supusiera moralmente superiores a las europeas. Las denuncias lascasianas del supuesto genocidio español en América han suscitado verdadero fervor en España, afirmando muchos que ellas son lo único rescatable del proceso de descubrimiento y conquista. Y, he aquí una nueva paradoja, las personas que así hablan, considerando a Las Casas un precursor de sí mismos, suelen estar próximas, por acción o simpatía, a corrientes de pensamiento y política que en el siglo XX sí han realizado bien constatados y brutales genocidios. O que, en Méjico, arrebataron a los indios, después de la independencia, considerables extensiones de tierra que les había garantizado la corona española. Por poner un solo ejemplo de España, ha sido gran lascasiano Tuñón de Lara, historiador stalinista en su primera etapa y siempre pro comunista. Tampoco los protestantes, franceses o ingleses, que con tanto éxito explotaron la Brevísima relación, demostraron casi nunca una particular virtud y compasión en sus imperios. Los términos de la disputa de Valladolid sobrepasan el puro pensamiento legal y político para asentarse en un problema filosófico general y nunca resuelto: el de la naturaleza humana reflejada en las relaciones entre los propios seres humanos. LIBROS arribaMEMORIA DE CUATRO ESPAÑAS República, guerra, franquismo y democracia Carlos Robles Piquer Planeta, 2011, 662 páginas Extenso libro por el número de páginas pero con un contenido en ellas lleno de vida y acontecimientos. Efectivamente, estamos ante unas memorias sinceramente escritas y que no quieren justificar a quien las escribe, sino simplemente contar toda una vida llena de contenido, con amplitud de circunstancias y cuyo relato rezuma sinceridad y veracidad, junto a cierta prudencia, que en mi opinión dice mucho de la categoría humana del autor, al omitir algún nombre concreto de personas o instituciones. Estoy convencido de, a pesar de la extensión del libro, dado lo que en él se narra, Robles Piquer hubiera podido, aún, escribir bastantes páginas más. Las he leído durante este verano, pues requieren tiempo aunque no paciencia, ya que a medida que se lee lo que crea es impaciencia por saber lo que viene a continuación. Es un testimonio vital, pero también y muy importante, es un testimonio histórico, porque se ponen de manifiesto, en esas cuatro Españas, facetas y acontecimiento destacados de la vida nacional e internacional. Constituye, pues, un deleitar la memoria de los que hemos vivido estos periodos históricos y queda como memoria para las generaciones presentes y futuras que tan necesitadas están de autenticas y honradas memorias, cuando se está tratando de escribir la historia desde el voluntarismo de ideologías trasnochadas y fracasadas. Es imposible en una recensión señalar la amplitud de temas tratados pues la riqueza de situaciones y responsabilidades que afrontó en su vida Robles Piquer como Diplomático, político, Director de RTVE, Ministro de Educación, Secretario de Estado, Parlamentario en la Asamblea de Madrid y en Europa, implica una variedad de situaciones que proporcionan a sus memorias una gran riqueza. El autor señala que éste es un libro que trata sobre todo de España, pero la realidad es que desde su amor, preocupación y acción en España, su personalidad se proyecta en los más variados lugares del mundo como él describe, pero hay que destacar y resaltar especialmente interesante, su sentimiento e interés por Iberoamérica en las vivencias que nos describe en prácticamente todos estos países hermanos. Podríamos decir que todo el libro destila un gran amor a España y a Iberoamérica, con un orgullo, no pretencioso, de ser español, Iberoamericano y europeo. Estamos ante una personalidad española, la de Robles Piquer, abierta al mundo, desde su identificación como Europeo e Iberoamericano. La autenticidad y veracidad del autor quedan patentes y nítidas, cuando en su tiempo de formación proclama «yo fui falangista y no me arrepiento de haber compartido algunas creencias sobre España y la justicia que aprendí en aquella Falange y que permanecen arraigadas en mi conciencia», que tenían una raíz joseantoniana, «próxima al ejemplo de José Antonio, en su corta vida y en su serenidad ante la muerte pues en la una y en la otra mostró una dignidad y un valor insuperables». Hablar de su pertenecía a la centuria del Frente de Juventudes Leones de Castilla donde aprendió el «sueño de una España unida y mejor que la heredada de quienes hicieron la guerra». Y junto a esta dimensión pública, de servicio, su pertenencia a las Juventudes de Acción Católica (JAC), para cubrir su dimensión trascendental. De la misma manera, sencilla y sincera habla de esa España del franquismo, de la que hace un severo y acertado análisis con un compromiso personal: «mi franquismo empezó por la rama juvenil, casi infantil, del falangismo de posguerra». Quien, a la altura de nuestro tiempo y con la que está cayendo, empieza así unas memorias hablando de su formación juvenil, merece un crédito de veracidad y sinceridad en todo lo que narra a lo largo de su libro. Es una clara manifestación de una personalidad con una auténtica y fuerte identidad, con raíces sólidas y desarrollo personal como da fe su vida y su comportamiento en las variadas y delicadas situaciones y responsabilidades a las que ha tenido que hacer frente. En sus diversos puestos diplomáticos desde los más iniciales hasta ser embajador en Libia y en Italia, y sus diversos puestos políticos ya mencionados, su recorrido le lleva a las más variadas situaciones de la vida española e internacional, por lo que nos cuenta y deja constancia de hechos, poco conocidos o superficialmente tratados, que van desde Prisa, El País, La Codorniz «o el más significativo del 23F, coyuntura histórica que le toco vivir en el «gobierno« de Secretarios de Estado y Subsecretarios. Reitero que es imposible en una recensión abarcar la amplitud y riqueza de estas memorias. Pongo como ejemplo, el apartado dedicado a los Premios Nacionales de Literatura, en la que se deshace la leyenda de persecución a nuestras lenguas vernáculas de España, cuando ya en 1965 se da el premio de Literatura en Lengua Catalana «Jacinto Verdaguer», al poeta J. V. Foix por sus Obres Poetiques de Editorial Nata; en 1967 el de Literatura en gallego a Xosé Luis Franco Grande por su obra Entre o si e o Non, de Biblioteca 120 Galega; o el premio en 1968, de Literatura en vascuence «José Mª Iparraguirre», a Gabriel Aresti Segura por su libro poético Harri eta Herri (Piedra y Pueblo). Con todo ello pone de manifiesto la falacia de que durante el franquismo España fue un páramo cultural y de pensamiento. No solamente hay recuerdos de lo vivido sino también criterios y opiniones personales, diría doctrinales en los que el autor manifiesta su opinión de manera clara y terminante, incluso en «queastiones disputatae» como la memoria histórica y la nación española, diatribas actuales, traídas a colación sin ninguna necesidad para el pueblo español, por el sectarismo mesiánico del gobierno socialista, pues «no estamos ante un problema de hoy, aunque la torpe gestión del presidente Zapatero lo haya agravado un poco», como dice Carlos Robles con su educada y prudente palabra. En su último capítulo «La Ultima Palabra», termina con un análisis de la situación de 2010 en el que razona, una vez más, sobre su preocupación y amor a España. No puedo dejar de destacar el amor por su familia y la solidez de la misma, a la que por descontado deseamos que pueda seguir disfrutando con Elisa, su mujer, y sus hijos durante muchos años más. Ejemplo vivo de matrimonio y familia que no debe pasar inadvertido. Todos los que de una u otra forma estamos preocupados y ocupados en dejar para las generaciones futuras la veracidad de estas cuatro Españas, tenemos que felicitarnos y alegrarnos de unas «Memorias» como las de Carlos Robles Piquer. Luis Buceta Facorro EL DESERTOR, EL TOPO Y EL TRAIDOR José Antonio Sainz de la Peña InterNautis. Madrid, 2011 José Antonio Sainz de la Peña, coronel de Infantería, diplomado de Estado Mayor, y Licenciado en Estadística, es un gran especialista en el tema de los servicios de Información, políglota, y profundamente conocedor del Magreb. Por todo ello en su novela que se lee con gran facilidad se aprecia inmediatamente a una persona que conoce detalladamente el mundo y el submundo de los servicios de Información. El argumento se basa en un agente del servicio de Inteligencia checo que deserta entregándose a los servicios británicos proporcionando valiosa información sobre los órganos de Inteligencia de los países socialistas y sus colaboradores en Europa. Pero unos años antes un prometedor economista de un país europeo es reclutado como informador del KGB. La trama, ágilmente descrita, pone de relieve el funcionamiento del apasionante mundo de los servicios de información. El conocimiento del autor de los órganos especiales soviéticos y de los servicios occidentales confieren a la obra una verosimilitud distinta o por lo menos muy alejada de los tópicos habituales de las novelas sobre estos temas, tanto en escritores extranjeros como en algunos españoles que pretenden ser conocedores del particular. Más lejos aún, Sainz de la Peña refleja personajes y situaciones que presentan una evidente similitud con los centros de inteligencia españoles y que podrían ser perfectamente aplicables a los mismos. El dominio del autor del tema y de sus circunstancias, permite analizar a través de la novela situaciones reales de la OTAN, de la antigua Unión Soviética, y la lucha de los servicios de Inteligencia al final de la Guerra Fría con personajes y situaciones de ficción, ¿o de realidad? La primera incursión de Sainz de la Peña en la ficción, permite asegurar unas perspectivas idóneas en este genero novelístico, que en España y también en algunos muy conocidos autores extranjeros, no ofrecen sino banalidades y obras carentes de valor. Para nuestra opinión en lo relativo a su dominio del tema se aproxima mucho más al fallecido Vladimir Wolkoff, maestro de la especialidad, que no al cada vez más anodino y superficial John Le Carré tan injustamente sobrevalorado en sus últimas obras. Ángel Maestro arriba |
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