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NUMERO 99                                          INVIERNO  2009

    ÍNDICE

   

01-Fin del sistema o regeneración democrática    Luis Fernando de la Sota     

02-El foso social     Manuel Parra          

03-Nacionalismos periféricos Luis Buceta

04-El debate de las Cajas   Juan Velarde                          

05-Qué son los valores     Alberto Buela                 

06-Reaccionarismo y progresismo     Enrique Hermana                 

07-Carta a los reyes magos     Gonzalo Cerezo

08-El poder y las fotos     Emilio Adán

09-Qué país     Martín Quijano  

10-Panorama y posible futuro nacional     Ramiro Solana.                 

11-Las sotanas     Ignacio Camacho 

12-El pescador marrullero Emilio Adán
13-¿Hacia un sindicalismo militar?
    Rafael Luna
14-Desvergüenza y miedo en el plató     Redacción             

15-La sombra de Akhita     Manuel Parra          

16-La tradición amenazada     Sergio Brandao
17-Juan Simeón Vidarte     Juan Velarde   

18-Las doce uvas de la esperanza     Luis Fernando de la Sota                 

19-Un español desconocido     Enrique Marticorena

20-Una conmemoración mentirosa     Millán Rivas 

21-Antes rota      César Antonio de los Ríos (ABC) 

22-Un nuevo año    Alberto Miguel Arrutii

23-Sonidos insospechados de la música militar    Antonio Mena

24-La mayoría ni piensa ni razona       Luis Antonio Vacas

25-LIBROS

26-Relevo     

27-Dime que sí     Gabriel Celayaberto Miguel Arrutii

FIN DEL SISTEMA O REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA                                                                      arriba

Luis Fernando de la Sota

La Transición democrática del 78, aunque aprobada por una inmensa mayoría de los españoles, fue también contestada por otro sector que expresó privada y públicamente sus temores y denunció sus peligros.
Pero con la perspectiva que dan los treinta y tantos años trascurridos desde entonces, y reconociendo que aunque algunos de aquellos temores y peligros, desgraciadamente se han cumplido, parece necesario reconocer que, situados en aquella época, había pocas posibilidades de hacer cosas muy diferentes.
La forma de Estado, por ejemplo, no tenía otra opción. Por un lado, Franco había instaurado, tras dilatada decisión y refrendado en referéndum, la monarquía, y había pedido en su última voluntad a sus fieles seguidores que la respetaran y sirvieran como le habían servido a él. Por otro, los partidarios de la república, o eran del partido comunista y la izquierda radical y lo que querían era volver a la de los años treinta, o eran los partidarios, desde dentro del sistema, de una república sin definir y sin articular que, en muchos casos, no era sino el fruto de un antimonarquismo visceral.
Y en cuanto al sistema de representación popular, sin posibilidad de mantener el viejo armazón del Movimiento Nacional, que ya hacía aguas por todas partes, no tenía otra salida que la de identificarse con los sistemas democráticos de partidos que imperaban en el mundo occidental, cosa que por otra parte ya había augurado varias veces el propio Franco, consciente de que era imposible por su singularidad, que se mantuviera aquel Régimen, desaparecido su fundador.
Pero el sistema constitucional español, a pesar de sus errores, de sus indefiniciones e intencionadas lagunas, fruto de las prisas por sacar la Constitución adelante y de la necesidad de no concretar demasiado para que fuera aceptada por todos, podía haber funcionado razonablemente bien si se hubiera puesto un especial empeño, por parte de los diversos gobiernos, por mantener las cosas positivas y haber ido corrigiendo o modificando las que, según pasaban los años, fueran demostrando sus deficiencias o que resultaban perjudiciales para España.
Pero no ha sido así. Primero mataron a Montesquieu, con frase de Guerra, y en lugar de mantener los tradicionales tres poderes, esencia de la democracia, que complementándose, cumplieran su función de legislar, ejecutar y controlar con independencia, dejaron en manos del partido ganador de las elecciones la Cámara de representantes y el ejecutivo, redondeando la operación con la malhadada decisión de facultar también a los partidos para nombrar a sus representantes en los órganos judiciales.
Y luego ha venido todo lo demás. Elecciones con listas cerradas y financiación ilegal de los partidos con escasa o nula democracia interna. Autonomías sin freno con casi todas las competencias delegadas, dejando al Estado en el esqueleto; insaciables en un gasto que arruina nuestra maltrecha economía, junto a unos sindicatos escasamente representativos que sólo viven de las subvenciones estatales y que se consideran agentes sociales exclusivos.
Todos los episodios que venimos arrastrando día a día, y que ocupan las primeras páginas de los periódicos o los informativos de los medios audiovisuales, que nos sorprenden, irritan o causan hilaridad por esperpénticas, no son hechos aislados, ni anécdotas casuales. Son el resultado y la demostración palpable de que nuestro sistema político está debilitado, casi diría que consumido, en sus propias contradicciones. Atenazado por la soberbia de los partidos más preocupados de mantener el poder en unos casos y de conseguirlo en otros, tratando de desgastar a los rivales a cualquier precio, que de intentar seriamente solucionar los problemas nacionales.
Ya se que habrá quien defienda, desee e incluso se alegre, de que este deterioro signifique el fin del sistema, pero hasta ahora no he visto que nadie presente una alternativa válida y posible al mismo.
Ante esta situación agravada por la crisis económica, que nadie se haga la ilusión de posibles salidas radicales, ni de cambios de sistema impensables en el concierto internacional occidental.
Es otra la solución. Se precisa una auténtica regeneración democrática, tantas veces ofrecida y nunca cumplida.
Pero no un parcheo cosmético para salir del paso, para aparentar un cambio y para que todo quede otra vez igual.
La situación es tan grave y el deterioro del sistema tan importante, que es preciso coger el toro por los cuernos y someter al sistema a profundos cambios estructurales y no contingentes.
Y eso sólo es posible si hay una auténtica rebelión cívica, preferentemente presentada por personalidades individuales independientes, y grupos y entidades de prestigio que en la actualidad están mudas y como acobardadas, que fuercen a los medios de comunicación a hacer de altavoces de su clamor. Que denuncie las lacras del sistema, que manifiesten el hartazgo de los enfrentamientos cainitas entre los partidos y entre los propios miembros de los mismos, que demuestran que en su mayoría están más preocupados de no perder votos que de defender los auténticos intereses nacionales, amenazándoles con retirarles su confianza si no son capaces de anteponer esos intereses a sus propios egoísmos.
En definitiva a sanear el sucio pasteleo actual, inyectando aire limpio y nuevo.
Hablar de las cosas que nos corrompen pero que se consideran tabú, y a proponer sin miedo, las medidas necesarias, aunque puedan ser consideradas antipopulares o que simplemente ataquen las situaciones de privilegio, de poder, o de corrupción creadas y mantenidas a lo largo de los años, entre la avaricia y la desfachatez de unos, y la comprensión y el silencio culpable de otros.
Hay que reducir el gasto público. Es preciso que desparezcan los alardes faraónicos municipales, los sueldos astronómicos e insultantes de alcaldes y concejales, la dualidad de cargos autonómicos, y la desaparición de la nube de asesores, viajes, automóviles y toda clase de excesos económicos y que el Estado y los diversos organismos oficiales administren nuestros impuestos con austeridad, como lo hacen cada una de las familias españolas para poder llegar a fin de mes.
Que nuestros representantes en el Parlamento y Senado, a través de una modificación de la Ley Electoral o de un pacto entre partidos, lo sean de verdad y respondan a la confianza, ganada o supuesta, de una circunscripción determinada y no de la decisión graciosa e interesada de las cúpulas de los partidos.
Y acabar con la irritante situación de contemplar cómo nuestros diputados y senadores, tras las intervenciones de sus líderes, se limitan a votar afirmativa o negativamente, como borregos, a la señal de sus respectivos portavoces.
Modificar la situación actual de elección de los miembros de los Altos Tribunales de Justicia para que sean los jueces por el sistema que ellos articulen, los que resulten elegidos, y evitar así el penoso espectáculo de que de antemano conozcamos el resultado de las sentencias, solo con sumar los nombres de los magistrados nombrados por uno u otro partido.
Realizar las imprescindibles reformas laborales que frenen este paro galopante y que abandonando las demagógicas protestas de los sindicatos, sirvan para generar trabajo y que el que haya, se reparta con auténtica justicia social equitativa.
Todo esto, y otras muchas cosas más que harían interminable este artículo, serían necesarias para acometer esta tarea de regeneración democrática. Porque serían éstas y no todas esas innecesarias, que no responden en absoluto a demandas sociales mayoritarias, sino a intereses minoritarios y sectarios, como el tema del aborto, la memoria histórica, la retirada de los crucifijos, las compensaciones a los moriscos, etc., que hacen perder el tiempo a nuestros parlamentarios, entretienen a los medios, y confunden y enfrentan a la sociedad española, utilizados como cortinas de humo para disimular el auténtico espectáculo desolador de nuestra panorama nacional.

EL FOSO SOCIAL                                                                                                                                                              arriba

Manuel Parra Celaya. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación

Escribo en Cataluña y como catalán en unos momentos en que da la impresión de que una histeria colectiva se ha adueñado de la casta política e inficiona a amplios sectores de la población. Es la vieja «rauxa», opuesta el benefactor «seny» tradicional; pero la generación de mis alumnos de Bachillerato ha acuñado un sinónimo en su jerga: «esto es una paranoia». Mucho me temo que a este sentido impropio se le tenga que añadir, visto lo visto, el académico y científico.
Aunque el tema es sobradamente conocido, no está de más que repasemos someramente sus escalones más recientes: promesa de un Presidente del Gobierno español de que acepta a priori todo lo que venga de un Parlamento autonómico; elaboración de un Estatuto que, por su extensión y contenido, es una verdadera Constitución de una nación independiente y soberana; recurso de la oposición ante el Tribunal Constitucional; inexplicable dilación del veredicto por parte de este tribunal, y encrespamiento progresivo, in crescendo, del nacionalismo separatista. Las causas más lejanas –ideológicas, históricas, económicas– están en la mente de las personas inteligentes.
La fase de encrespamiento en que nos encontramos ha venido marcada por una serie de maniobras dignas del más clásico manual de «agit-prop»: desde la presión mediática inmisericorde, pasando por ese «editorial conjunto», que sólo es comparable a aquellas «notas de obligado cumplimiento» de otras épocas, hasta la celebración de pseudoreferéndums por la independencia en diversas localidades catalanas. No importa, con respecto a este último punto, que los escrutinios sean totalmente ilegales: la denuncia de la Abogacía del Estado fue soslayada y seguida de la crucifixión pública del abogado; no importa que se haya convocado a las urnas a jóvenes a partir de los 16 años y se haya incluido en el censo a inmigrantes, especialmente islámicos (hay un sintomático ofrecimiento de un «ulema» de la localidad barcelonesa de Manlleu de mezquitas como colegios electorales –como si no se dispusiera de locales parroquiales de la Iglesia ¿Católica?–, unido a la adhesión a las tesis independentistas de este supuesto doctor de la ley coránica): no importa que los resultados de participación hayan sido francamente ridículos: los medios de propaganda (prensa y televisión subvencionadas) han magnificado tanto las «consultas», como el «civismo», como el «respaldo» a la independencia.
El hecho es que, como se decía al principio, la casta política catalana –con el inesperado apoyo de ese sector islamista, al parecer– ha trasladado su «paranoia» a la sociedad civil, y, si bien ésta anda de momento ocupada por problemillas más candentes como la crisis y el paro, no será raro que empiece a incorporar su atención al dictado de sus mandatarios.
Es curioso observar cómo la situación actual tiene un marcado paralelo histórico con los acontecimientos que precedieron al 6 de octubre de 1934, cuando la impugnación de la Ley de Cultivos del «Parlament» de entonces fue utilizada como instrumento de movilización de masas. Es el viejo y manido recurso del «agravio a Cataluña» por parte del resto de España; el mismo que utilizaron Pujol y Prenafeta cuando el asuntillo de Banca Catalana, y que ahora es agitado, indistintamente, por el separatismo montaraz de Ezquerra Republicana y sus grupos de influencia (ésos que la prensa llama pudorosamente «radicales») como por el separatismo «democrático» de CiU; y por el propio PSC, muchos de cuyos votantes –no lo olvidemos– proceden de otras regiones españolas; es decir, en la terminología catalanista, de los «charnegos», como el propio «President» actual de la Generalitat.
Se hace difícil llevar a cabo un pronóstico de acontecimientos futuros; éstos pueden derivar –según un amigo gran conocedor de los intersticios de la sociedad catalana– por la asunción por parte del propio parlamento autonómico de los resultados de los esperpénticos referéndums, como proclamación unilateral de independencia o, por lo menos, del derecho a ella.
A mí me preocupa, en estos momentos, más la derivación social del problema. ¿Hasta qué punto puede calar esta crecida nacionalista? Al referirme a la sociedad, no aludo tan sólo a la catalana sino al conjunto de la española. Para que algo sea aceptado, es preciso, en primer lugar, que se admita su posibilidad y su normalidad. Pues bien, mucho me temo que a una gran parte de españoles de hoy en día no les resulte extraño ni «anormal» que Cataluña –o cualquier otra comunidad autónoma– pueda separarse del global de España: entraría dentro de lo «democrático», según les han venido repitiendo sus políticos y sus periodistas.
En este sentido, soy pesimista. He llegado a la conclusión de que el «problema de España» –su propia duda ontológica– no es estrictamente de naturaleza política, sino, ante todo, social; quizás en tiempos lejanos creyera ingenuamente en la «bondad» de un pueblo, dotado de un determinado «espíritu», vago pero poderoso, capaz de sacudirse de encima las lacras de una decadencia; pero ni ésta es producto de malos gobernantes exclusivamente ni hay pueblo con esta capacidad milagrosa. Antes bien, una decadencia o una degradación histórica son productos de una impronta social: los elegidos en las urnas, los aupados a las cúspides, lo son porque representan modos de ser mayoritarios de una sociedad. La vulgaridad o el encanallamiento no son productos específicos de los estratos políticos: son reflejos de un estado de cosas de la sociedad. Ello nos puede explicar, por ejemplo, el fenómeno de la corrupción y, en el caso que nos ocupa, el de las derivas insolidarias, particularistas y separatistas.
Pero, tras esta reflexión realista que me aleja de ver la solución en las mayorías espontáneas, surge inevitablemente un brote más optimista. Me niego a aplicar al problema nacional el «abandonad toda esperanza» del Infierno de Dante: prefiero el desgarro de Miguel de Unamuno con su «Dios no puede abandonar a España», lo que traduzco al Román paladino en «a Dios rogando y con el mazo dando».
El foso social que se está abriendo entre Cataluña y el resto de España (o el que se ha abierto en Vasconia tiempo ha, o el que se abrirá en cualquier otro pago de nuestra castigada geografía política) sólo puede ser rellenado y reparado por la acción de minorías regeneracionistas que, procediendo de la izquierda o de la derecha, se apliquen a una ingente tarea de autentificar y vertebrar. ¿Autentificar y vertebrar el qué? No me basta con el tópico de «autentificar la democracia» o «vertebrar la nación». Habrá que vertebrar, por medio de una acertada y decidida pedagogía social, a cada uno de los españolitos que acuden diariamente a su trabajo, a su tertulia de bar en el desayuno, a su aula de estudio, a su mercado… De ahí podrá venir la vertebración de la sociedad, sustituyendo el artificio del «tejido social» subvencionado por el real. Y no sólo en Cataluña, sino en cualquier punto de España que ha recibido la de construcción cultural y educativa durante, por lo menos, dos generaciones.
Volquemos todos los medios en una verdadera pedagogía de la convivencia y de la españolidad, cada uno en su ámbito y desde su prisma del aquí y ahora, pero sin abandonar a Cataluña ni a Vasconia ni a ninguna de las tierras españolas a su suerte y a su «paranoia». Propiciemos la unidad de esfuerzos, el acercamiento de quienes se puedan plantear estos objetivos de regeneración desde diferentes puntos de vista.
Entonces, nos iremos dando cuenta de que, efectivamente, Dios no puede abandonar a España. Con nuestro concurso.

LOS NACIONALISMOS PERIFÉRICOS                                                                                                                   arriba

Luis Buceta. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación

«En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Autor y Supremo Legislador de la Sociedad». Naturalmente, aclaro, que no es que me haya poseído un delirio religioso ni que vaya a pronunciar un sermón, solo quiero señalar cuál era el frontispicio inicial de la Constitución de 19 de Marzo de 1812, la consecuencia política más trascendental de nuestra guerra de la independencia de la que estamos celebrando el bicentenario. Hoy sería impensable que unas cortes constituyentes empezaran así una Constitución, cuando hasta en la europea se le ha negado hacer constar los orígenes cristianos de Europa. La Constitución de 1812 señala en su artículo 1: «La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». A partir de aquí todas las Constituciones vigentes en el siglo diecinueve soslayan señalar qué abarca la nación española. Sólo el proyecto de Constitución Federal de la República Española del 17 de Julio de 1873 lo hace en su artículo 1: «Compone la Nación Española los Estados de Andalucía Alta, Andalucía Baja, Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Cataluña, Cuba, Extremadura, Galicia, Navarra, Puerto Rico, Valencia, Regiones Vascongadas».
La Constitución de la II República Española de 9 de Diciembre de 1931, sin determinar el ámbito de la Nación, abre la posibilidad de la autonomía de las regiones. Así, después de declarar en su artículo 1: «España es una República democrática de trabajadores de toda clase que se organiza en régimen de libertad y de justicia», en su artículo 8 señala que «El Estado español, dentro de los límites irreductibles de su territorio actual estará integrado por Municipios mancomunados en provincias y por las regiones que se constituyan en régimen de autonomía», pero señala que para aprobar un Estatuto de región autónoma, una de las condiciones imprescindibles es «que lo acepten, por lo menos las dos terceras partes de los electores inscritos en el censo de la región. Si el plebiscito fuera negativo, no podrá renovarse la propuesta de autonomía hasta transcurridos cinco años». Y con respecto a una de las centrales preocupaciones del momento actual, ya quisiéramos su artículo cuatro: «El Castellano es el idioma oficial de la República. Todo español tiene obligación de saberlo y derecho de usarlo, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconozcan a las lenguas de las provincias o regiones. Salvo lo que se disponga en leyes especiales a nadie se le podrá exigir el conocimiento ni el uso de ninguna lengua regional».
Con estos antecedentes que parten de la vergonzosa pugna y cesión de Carlos IV y Fernando VII, de triste y lamentable recuerdo, que va a dar lugar a las efemérides que celebramos doscientos años después, llegamos a la actual Constitución de 6 de Diciembre de 1978, que constituye el eje central de nuestra intervención sobre los nacionalismos periféricos. Es propio de los humanos y por consiguiente de los españoles, emplear para autojustificarnos, un mecanismo de defensa que, en psicología, llamamos de proyección o de atribución. Consiste en atribuir a los demás o a lo demás, las causas de los problemas que nos afectan. Proyectamos sobre otras personas, incluso, elementos negativos que nosotros poseemos. Así, por ejemplo, el egoísta acusa de egoístas a sus prójimos, de tal manera que uno se queda satisfecho y justificado de lo que uno es. En definitiva volcamos sobre personas o hechos externos la causa de nuestros fracasos o de nuestras frustraciones. Me han suspendido porque el profesor me tiene rabia o tuve mala suerte, etc., dice el estudiante, sin analizar si realmente había estudiado y sabía, como suele ocurrir en un suspenso. Evitamos buscar el análisis de las causas endógenas y buscamos causas exógenas que nos libran de responsabilidad. Es un autoengaño tranquilizante. Pues bien socialmente, políticamente también se emplea este mecanismo, por desgracia, con demasiada frecuencia. Los medios de comunicación nos traen noticias, en las que siempre la culpa de los problemas nunca la tiene los gobernantes, que nunca se equivocan, sino circunstancias externas que «conspiran» contra la bondad y acierto de los gobernantes, cualquiera que sea su ideología y su nivel. Ante la crisis económica, nuestro gobierno, lleva meses hablando de la subida del petróleo y, ahora, cuando ya reconocen que lo que ellos negaban como crisis, sino una mera desaceleración o desajuste, nuestro Presidente, además de minimizar el problema, clama contra los culpables de esta situación, que son, naturalmente, Norteamérica, Bush, la globalización y el neoliberalismo, que con un liberalismo asimétrico, la política económica estadounidense, «ha cosechado el mayor fracaso desde hace muchas décadas». Y aprovecha la ocasión para señalar que esta política tiene nombres propios, los neoconservadores Reagan y Thacher «a los que tanto han aplaudido Aznar y Rajoy». Aún no hemos visto por parte de nuestro Gobierno un serio análisis de las posibles equivocaciones o errores endógenos de nuestro sistema y políticas económicas. Cada vez que José Blanco habla observamos cómo emplea el mecanismo de atribución para justificar y poner de manifiesto la bondad de la política del gobierno socialista.
Pues bien, la Constitución de 1978, se emplea, con frecuencia, en los sectores descontentos o preocupados por la deriva que lleva la política española, en temas que se consideran graves o al menos realmente inquietantes, como la causante de haber llegado a estas situaciones. Quiero manifestar rotundamente que no estoy de acuerdo con este mecanismo de achacar a la Constitución de 1978, la causa de nuestros males. Afirmo y defiendo, que la Constitución española vigente es buena y hecha, en la mayoría de los casos, con buena intención. No es perfecta, tiene concesiones que interpretadas perversamente pueden crear o han creado grandes problemas. Por primera vez es obra de un amplio consenso y no la imposición de unos españoles sobre otros. Después de treinta años de vigencia no podemos plantearnos su legitimidad. Su texto fue aprobado por las Cortes, Congreso de los Diputados y Senado, elegidos, previamente, por sufragio universal, y refrendado por el pueblo español. Tenemos que defender la Constitución de 1978, como nuestro texto fundamental que ordena nuestra convivencia. Lo cual no quiere decir que estemos totalmente de acuerdo con su texto, y que podamos pensar que, después del tiempo pasado y ante las circunstancias actuales, es conveniente la reforma de algunos de sus artículos y planteamientos. Es evidente, se nos recordaba, en el veinticinco aniversario de la Constitución, que la Constitución es modificable, pero dada la envergadura y valor de su contenido, «toda prudencia es poca».
Quiero señalar claramente que la culpa no es de la Constitución, que permite rectas interpretaciones, pero también se presta a retorcidas aplicaciones que ponen en peligro los objetivos marcados en su preámbulo como fundamento de la misma. Han sido y son las personas encargadas de desarrollarla y aplicarla las responsables de sus positivas o negativas consecuencias. Sabemos que no todos los políticos de la época la aceptaron con buena voluntad y sincero afán de lograr la concordia entre los españoles. Algunos sectores políticos la aceptaron con reservas mentales o taimadamente como necesidad del momento y base de sus futuras intenciones. Por parte de algunos hubo auténtica mala fe y, ahora, quieren justificarse diciendo que ellos no votaron la Constitución, como si ese hecho, que es consecuencia de su libertad para hacerlo o no, libertad que precisamente protege la Constitución, les eximiera de su cumplimiento. La Constitución es un texto legal de y para todos los españoles, sea cual sea su actitud y creencia sobre ella. Esta mala fe se ha puesto de manifiesto en los Nacionalismos Periféricos y en la extrema izquierda que siguen atrapados por ensueños y delirios irracionales a la altura de nuestro tiempo y que, desgraciadamente, sólo engendran confrontaciones, confusionismo y desarraigo en las gentes cuyo deseo es vivir en paz y prosperidad.
Han sido los sucesivos gobiernos que al tener que pactar mayorías parlamentarias, lo han tenido que hacer con los nacionalismos periféricos, los que no han sabido poner límites a sus ambiciones y han promovido un desarrollo desordenado, cuando no francamente abusivo de los preceptos del Titulo VIII, con evidente vulneración de las bases y orientaciones fundamentales de la Constitución. Efectivamente los gobiernos son los responsables pues su obligación es gobernar bien, pero no debemos soslayar la responsabilidad de los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, que no han sido capaces de apoyarse y llegar a pactos mínimos en las cuestiones de Estado o las que afectaban claramente a la unidad y sentimiento nacional en orden a una pacífica y solidaria vida en común.
A lo largo de la transición, confluyeron infinidad de personas pertenecientes o procedentes por razones familiares, de los dos bandos enfrentados en la Guerra civil, en el firme y noble propósito de superar las secuelas del enfrentamiento y de la división entre los españoles. El logro definitivo de la reconciliación y la concordia nacional se apoyaba, sin duda, en el deseo ferviente de paz de la inmensa mayoría de la sociedad española y en la consolidación del desarrollo económico, de la transformación social, con creación de una clase media consolidada, y la apertura de España al exterior realizada en torno a 1960, con la convicción generalizada de que nuestro país debía integrarse en la Comunidad Europea como uno más de los estados democráticos del mundo occidental. En ello tuvo un relevante papel la prudente y generosa actitud de algunas fuerzas políticas y sindicales que habían constituido la oposición al régimen autoritario de Franco, junto con la posición favorable a la reforma democrática que partió y predominó entre los principales sectores políticos que habían apoyado al régimen, incluidas la mayoría de las fuerzas armadas que, ejemplarmente, supieron estar dentro del proceso civil de cambio que se realizaba. Son las personas del Régimen, que ostentan el poder, los que promueven y hacen posible la transición, tal como se llevó a cabo.
La Constitución de 1978, como expresión máxima de voluntad de superación de la Guerra Civil, reconciliación y concordia nacional se fundamenta en las bases que establece en el Preámbulo: «La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:

  • Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.
  • Consolidar un Estado de derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.
  • Proteger a todos los españoles y pueblos de España en ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.
  • Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.
  • Establecer una sociedad democrática avanzada, y
  • Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la tierra.

Durante las tres décadas transcurridas desde la aprobación de la Constitución, se ha consolidado el sistema democrático, el Estado de Derecho y el régimen de libertades, y España se ha integrado plenamente en la Unión Europea y en la Alianza Atlántica. Nuestra sociedad, paralelamente, ha experimentado un crecimiento muy notable, convirtiéndose en una de las más prósperas y dinámicas entre los países desarrollados. Sin embargo es imposible negar que el desarrollo de las grandes orientaciones constitucionales sobre la estructura territorial del Estado haya entrado en una espinosa y comprometida crisis. La consolidación y funcionamiento del Estado de las Autonomías presentaba problemas importantes, pero estos se han ido agravando con el paso del tiempo y han adquirido ahora unos perfiles extremadamente peligrosos para el mantenimiento de la estructura del Estado trazado por la Constitución de 1978 e, incluso, para la viabilidad futura de cualquier organización estatal que garantice la unidad, la solidaridad y la seguridad del conjunto de España.
El punto de partida es el artículo dos en que se establece: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Este artículo que se desarrolla en el Título VIII responde al propósito constituyente de reflejar de manera actualizada, en la propia organización del Estado, la plural formación histórica de España y la variedad de sus formas culturales. Enlazando con el precedente de la Constitución de la II República, pero con una concesión que ésta no tenía, pues mientras en ella sólo se hablaba de regiones, ahora se habla de «nacionalidades y regiones», se trataba de resolver la cuestión política y jurídica planteada por los nacionalismos vasco, catalán y, en menor medida, gallego, así como las diversas cuestiones relacionadas con los llamados hechos diferenciales tales como foralidad, pluralidad lingüística, insularidad, etc. Por otra parte, también se requería dar una respuesta ordenada y viable, desde el punto de vista jurídico, administrativo y económico, a las variadas y a menudo confusas aspiraciones de descentralización política y administrativa de otros territorios con menor conciencia de una identidad histórica o cultural diferenciada, nacidas ante todo del temor al agravio comparativo y muy presentes en la elites locales, de las que dependía la efectiva implantación territorial de los grandes partidos de ámbito nacional.
El Estado autonómico, tal y como hoy lo conocemos, ha sido el resultado del proceso de implantación de las Comunidades autónomas y de la influencia de los partidos políticos nacionalistas en la formación de las mayorías parlamentarias entre 1993 y 2000, con una tergiversación y desfiguración de lo que hubiera sido un modelo extraído, con un mínimo de sentido común y buena intención, de los preceptos constitucionales. Paulatinamente, de acuerdo con el artículo 148 que señala las competencias que podrán asumir las Comunidades autónomas, se van transfiriendo estas competencias, lo cual permite negociar al gobierno de turno, los apoyos necesarios y el desarrollo del Estado de las Autonomías. Al final de la década de los 90, con la culminación del proceso de transferencias, con las de educación en todos los niveles y de sanidad, parecía que los dos grandes partidos nacionales habían llegado a la convicción de que la interpretación adecuada del considerado «bloque de la constitucionalidad», Constitución y Estatutos Autónomos, no permitía mayores desarrollos del proceso autonómico, salvo en casos muy excepcionales, cerrando así el proceso de desarrollo autonómico. Al cumplirse un cuarto de siglo de la vigencia de la Constitución de 1978, en 2003, parecía que se había logrado un grado de prosperidad muy alto y una convivencia, con sus más y sus menos, aceptable, salvo la existencia de la banda de asesinos, ETA, cuyo daño a los españoles nunca se cuantificará ni moral ni económicamente. Desgraciadamente este cáncer está apoyado por fuerzas políticas y religiosas del País Vasco, amen de otras fuerzas de extrema izquierda del resto de España. Pero el éxito social y económico del Estado Autonómica ha venido siendo posible, hasta ahora, gracias a que el Estado ha mantenido su capacidad de financiar y redistribuir con visión de conjunto los fondos comunitarios que, en cantidades muy respetables, nos han llegado por la integración de España en la Unión Europa. Por ello, su reducción progresiva afectará inevitablemente al sistema autonómico y obligará al Estado a tener que prestar mayor asistencia financiera, lo que debería inducir a mantener sus instrumentos de financiación, cohesión y ordenación del conjunto y no a debilitarlos. Esta es una razón más, pues nuestra posición en la Unión Europea ha cambiado de receptor a donante, para cerrar el proceso autonómico y conseguir su funcionamiento normalizado.
Esta posición no es compartida por los partidos nacionalistas, que, por el contrario, consideran el proceso autonómico como un proceso indefinidamente abierto, hasta conseguir la transformación del Estado español en un «Estado plurinacional», como quedó claramente plasmado en la «Declaración de Barcelona» suscrita en 1998 por las principales fuerzas políticas nacionales. Precisamente los nacionalistas son los que desde siempre han expresado públicamente, en el Parlamento y en la calle, cuáles son sus objetivos finales de autodeterminación e incluso, como acto final, la separación de España. Esto lo han hecho todos, unos de manera clara y terminante, ERC, ETA, Batasuna y demás izquierda extremista, y otros de mejores maneras como CIU en Cataluña, el PNV en el País Vasco y ahora, también, el BNG en Galicia. Desgraciadamente, por emulación surgen movimientos nacionalistas en otras comunidades donde nunca los hubo, pues creen que así van a conseguir más dinero y autonomía como ocurre en los nacionalismos periféricos tradicionales. Los nacionalismos periféricos no engañan, hoy, a nadie, porque han dicho, por activa y por pasiva, de una manera clara cuáles son sus objetivos.
Las excesivas concesiones, las amplias interpretaciones, culminan en 2003, que nos llevan a una autentica quiebra del Estado de Derecho o, como se señala en el título, a la impugnación constitucional. La estabilidad en la interpretación del desarrollo autonómico saltó por los aires a partir de las elecciones autonómicas catalanas de noviembre de ese mismo año. Como es bien sabido, éstas dieron lugar a la formación del primer gobierno «tripartito» de la Generalidad de Cataluña, que hizo de la reforma estatutaria el eje de su política. Desde entonces, los principales dirigentes de las fuerzas políticas de centro-izquierda y de izquierda de ámbito nacional comenzaron a virar hacia las posiciones nacionalistas de izquierda, buscando una alianza con éstas que les permitiera acceder de nuevo al poder, con una nueva mayoría parlamentaria en el Congreso de los Diputados.
La ocasión llega cuando en Marzo de 2004, los socialistas ganan las elecciones generales y el Sr. Rodríguez Zapatero se convierte en Presidente del Gobierno. En apariencia podía tratarse de lo sucedido anteriormente cuando el partido de ámbito nacional ganador de las elecciones generales, pero sin mayoría absoluta, necesitó contar con el apoyo de fuerzas nacionalistas para garantizar la investidura del Presidente del Gobierno. Pero el contexto había cambiado profundamente. Ya no quedaba prácticamente nada importante por transferir en desarrollo del Título VIII de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía, a cambio de los apoyos parlamentarios. Ahora había que entrar en el núcleo de las competencias reservadas al Estado para garantizar la unidad, la solidaridad y la igualdad básica de los ciudadanos en el ejercicio de los derechos y los deberes constitucionales, así como la estabilidad y viabilidad del conjunto.
Se trataba pues, de una alteración sustancial del esquema constitucional de organización territorial del poder, que no tenía otro objetivo que convertir a las Comunidades Autónomas en una suerte de poderes «cosoberanos», abandonando la perspectiva del interés general de España y sustituyéndola por una red de relaciones «bilaterales» entre el Estado y sus partes. Para ello, en lugar de una reforma profunda de la Constitución –que no era posible abordar por carecer del apoyo del centro-derecha–, el nuevo Gobierno surgido de las elecciones generales de 2004, que se encontraba además sostenido por las formaciones nacionalistas de izquierda, planteó una maniobra subrepticia para encubrir el quebrantamiento de la Constitución: la reforma de los Estatutos de Autonomía.
Al desplazar a las sucesivas reformas de los Estatutos de Autonomía las transformaciones sustanciales de la configuración del Estado autonómico que exigía la alianza con las fuerzas nacionalistas de izquierda, se eliminaba la capacidad de vetarlas por parte del centro derecha, con su negativa a proceder a las reformas constitucionales de la estructura autonómica que aquéllas en realidad implicaban. Pero con ello los representantes del pueblo español han dañado de modo extraordinariamente grave a la propia Constitución y a su deber de preservarla, al vulnerar sus previsiones sobre la reforma constitucional, tanto en lo que se refiere al procedimiento agravado del artículo 168 como al procedimiento menos complejo del artículo 167.
En apariencia se mantenía los requisitos legalmente exigibles para la reforma de los Estatutos de Autonomía –aprobación de la propuesta por los Parlamentos autonómicos y por las Cortes Generales– sometimiento en su caso de la reforma estatutaria así aprobada a referéndum. De facto, sin embargo, se modificaban esos Estatutos entrando en ámbitos vedados al poder constituido y reservados al poder constituyente. En definitiva, se ha sustraído así al pueblo español su potestad de decidir sobre principios y reglas fundamentales de su existencia política y de la organización del Estado en que ésta se articula.
El proceso se inicia con la redacción de un nuevo Estatuto de Cataluña, en el que se pretende reconocer su carácter de nación y, al final, de manera que quiere ser informal, se reconoce en el preámbulo, y se pretende un poder que permita una relación bilateral con el Estado español, entrando de lleno en terrenos que están vedados a las autonomías si se quiere preservar la unidad, la solidaridad y el interés general de España. No es solo cuestión de dinero, como con frecuencia se presenta, lo que es un aspecto colateral y, en último termino de insolidaridad, a la que estamos acostumbrados, por parte de Cataluña, el resto de los españoles. Es algo más profundo y disolvente que debilita la posibilidad de España como un Estado fuerte y serio, que pueda tener el peso que le corresponde en la Unión Europea y en Iberoamérica.
Lamentablemente, salvo la cerrada oposición al nuevo Estatuto de Cataluña, que ha impugnado ante el Tribunal Constitucional, el centro-derecha con proyección nacional ha entrado también en el proceso de reformas estatutarias, legitimándolo en gran medida, por presiones de sus propios gobiernos autonómicos y organizaciones territoriales. Estos no han aceptado «quedarse atrás», con lo que una vez más se ha seguido la perversa e implacable lógica de la emulación y del interés parcial que ha presidido el proceso autonómico desde prácticamente sus inicios y que sólo ha podido ser contrarrestada cuando los dos grandes partidos nacionales se han puesto de acuerdo para limitar sus consecuencias, lo cual, desde la perspectiva de los ciudadanos han debido ser en pocos casos. Hasta ahora se han reformado, con tendencias parecidas, aunque no tan estridentes, los Estatutos de Valencia, Andalucía, Islas Baleares y Aragón, estando en trámite, salvo error u omisión, las Canarias, Castilla-León y Castilla-La Mancha.
En otro extremo se presenta el llamado «proceso vasco», con unas aspiraciones que sobrepasa las posibilidades de la Constitución y por ende, del vigente Estatuto de Autonomía y, siempre, con la exigencia de integrar la Comunidad Foral de Navarra, sin perder de vista la pretensión de integrar las llamadas provincias francesas a un País Vasco separado de España y Francia. La impugnación constitucional se planteó con el llamado «Plan Ibarreche», en el que se pretendía un País Vasco como Estado Libre Asociado a España, siempre partiendo de un principio incorrecto, pero suficientemente presentado confusamente, según el cual el pueblo vasco es el único que ha de decidir su destino, olvidando que el «caso vasco», como el de cualquiera otra Comunidad Autonómica, es una caso español, pues las partes lo son de un todo que es España. El rechazo por el Congreso de los Diputados, en 2005, fue terminante por el simple hecho de que se trataba de un texto que no podía siquiera discutirse como posible reforma estatuaria, al ser palmariamente contrario a la Constitución. Ante este rechazo, Ibarreche, se propuso conservar su referéndum, para que pudiera ejercerse el «derecho de los vasco a decidir por sí mismos». Este empecinamiento de continuar con la pretensión de decisiones propias al margen de la Constitución y del Estado español, ha sido detenido incuestionable y concluyentemente por el Tribunal Constitucional, señalando que el legislador vasco no es competente para promover un referéndum de estas características y que «el contenido de la consulta no es sino la apertura de un procedimiento de reconsideración del orden constituido que habría de concluir, eventualmente, en una nueva relación entre el Estado y el País Vasco», advirtiendo que el respeto a la Constitución impone que los proyectos de revisión del orden constituido y especialmente aquellos que afecten a la soberanía «se sustancien abierta y directamente por la vía que la Constitución ha previsto para estos fines. No caben actuaciones por otros cauces ni de las comunidades autónomas ni de cualquier órgano del Estado, porque sobre todos está siempre la voluntad del pueblo español, titular exclusivo de la soberanía nacional y origen de cualquier poder político».
Todas estas actuaciones a las que hay que añadir el recrudecimiento de la actuación de ETA, así como, las estridentes manifestaciones extremistas y violentas en Cataluña y el País Vaso, están dando lugar a una incipiente emulación de creación de tensiones en otras Comunidades, por lo que, la desunión y competencia entre Comunidades y, por ende, entre los españoles, va en aumento y ello crea un clima que no propicia ningún proyecto serio de vida en común.
Junto a estas estentóreas y manifiestas actuaciones, coadyuvando decisivamente a la discusión y el rechazo, hay tres grandes áreas de competencia autonómica que, por razones diferentes, presentan graves problemas, ya en este momento, para la integración y cohesión del conjunto de España y a los que aunque sea brevemente, quiero referirme: la política lingüística y educativa, los medios de comunicación públicos y la ordenación del territorio y el urbanismo.
Sin entrar en detalles, por otra parte, conocidos y públicos todos los días, no podemos ignorar que la transferencia de las competencias educativas en todos los niveles, primaria, secundaria y universitaria, y la implantación de políticas lingüísticas en determinadas Comunidades autónomas en detrimento del castellano, lengua española oficial del Estado, junto con la práctica ausencia del ejercicio de las potestades de éste para la alta inspección del sistema de enseñanza, han conducido a la fragmentación de buena parte de los contenidos educativos y a la coexistencia en el territorio español de sistemas de enseñanza distintos, y aún opuestos. Se produce así un daño a la calidad del sistema en su conjunto y, también, a su capacidad de proporcionar a los alumnos el conocimiento adecuado de la realidad histórica de la comunidad política nacional a la que pertenecen, España, que incluye y trasciende al territorio en que residen. A ciencia y conciencia, junto a la imposición lingüística, impidiendo y prohibiendo el uso del castellano o español, los contenidos son sectarios, parciales y con abierto o sutil rechazo a España, a la que se presenta como opresora de sus libertades y derechos históricos, creando así, animadversión y rechazo hacía España, en busca y formación de unas nuevas generaciones que logren la separación, que sólo a nivel político y desde los políticos se ha forjado y promueve. Nunca ha existido el clamor popular que aducen, ni para un nuevo Estatuto y, menos, para una separación de España. Una parte significativa de los Catalanes y los Vascos se sienten españoles, y la mayoría nunca se ha planteado esta cuestión, simplemente, son españoles.
Paralelamente, la creación de medios de comunicación públicos por las Comunidades Autónomas ha contribuido en gran medida a la progresiva cristalización de una visión social y cultural fragmentada de España, cooperando al desconocimiento o menosprecio de la pertenencia de los ciudadanos a ésta, sin lo cual no pueden comprenderse esas mismas Comunidades. La proliferación de Televisiones y cadenas de radio regionales, que centran su actuación y contenidos en temas prácticamente locales, coadyuva a la fragmentación y al aislamiento en compartimentos cerrados. Si la comunicación institucional de las Comunidades es contradictoria e, incluso, contraria a la comunicación institucional de carácter nacional estatal, se produce una disonancia cognoscitiva, un choque en las mentes de los ciudadanos, que normalmente, incluso por su mayor continuidad e intensidad aceptaran la más local, en detrimento de la general, contribuyendo a la falta de conciencia de pertenencia a una entidad totalizadora y superior, como es España y perdiendo una visión de la vida abierta a Europa y el mundo. En definitiva nos quedamos con y en la gaita.
En cuanto a la ordenación del territorio y el urbanismo es bien sabido que la fragmentación competencial entre Administraciones autonómicas y Corporaciones Locales, así como la necesidad de utilizar este ámbito competencial para obtener recursos financieros para los Ayuntamientos, está impidiendo en la práctica la formulación de una política de suelo, vivienda y medio ambiente adecuada para todo el conjunto del territorio español y, además, fomenta la creación de redes clientelares «neocaciquiles» y de fenómenos de corrupción.
El Gobierno, si bien ha fortalecido la lucha contra ETA y su entorno, aparece débil ante estas graves cuestiones y los constantes actos de insolidaridad y de ataque a España. Tenemos un Estado sin capacidad, por lo demostrado hasta ahora, para resistir este desafío, que exigiría el acuerdo de los grandes partidos nacionales sobre el modelo territorial y cerrar los límites de las Comunidades Autónomas. Aunque es difícil aceptarlo, la crisis del Estado autonómico sólo puede desembocar en una reafirmación de la unidad nacional, mediante recomposición, en buena medida, de la actual organización territorial del Estado, lo que implica la necesidad de restablecer la vigencia efectiva de las bases y orientaciones fundamentales de la Constitución de 1978, mediante una reforma Constitucional parcial, que junto a los aspectos que he tratado debería afectar a otros varios que fortalecieran la cohesión y solidaridad entre los españoles.
Desde la perspectiva que aquí estamos tratando presento una respuesta de reforma, en solo aquellos artículos y apartados que consideramos que hay que cambiar o matizar. Me baso en  el trabajo realizado por un grupo de juristas que ofrecen un proyecto completo de reforma, pero del cual tomo la parte que afecta a los problemas planteados y que voy a transcribir sin apenas comentarios, que sobrepasarían, con exceso, esta intervención.
Se propone la reforma de diferentes artículos y números de algunos, queriendo decir que los restantes quedarían como están actualmente en la Constitución y poniendo con letra cursiva la modificación que se propone.
Art. 1.1.- España se constituye en un Estado Social y Democrático de Derecho, miembro de la Unión Europea, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político con arreglo a esta Constitución.
Art. 2.- La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación Española, Patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza la autonomía de las Comunidades Autónomas, Provincias y Municipios en que se organiza territorialmente el Estado y la solidaridad entre todos ellos.
Art. 3.-
1.- El castellano o español, como lengua común de los españoles es la lengua oficial del Estado. Todos los ciudadanos tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla.
2.- El Estado garantizará el uso normal y oficial del castellano o español por parte de los poderes públicos. A ninguna persona podrá exigírsele el uso de una lengua distinta en sus relaciones con los poderes públicos. El conocimiento de otra lengua no podrá constituir un requisito para el acceso a funciones públicas, sin perjuicio de poder valorarse a tal fin como mérito preferente.
Art. 27.-
8.- El Estado garantizará en toda España el derecho de los alumnos a recibir la enseñanza en castellano o español. No obstante, en las comunidades donde exista más de una lengua oficial, podrá establecerse el aprendizaje de ésta, junto con el castellano o español, en los planes de estudio de educación primaria y secundaria. En estas comunidades se reconoce, así mismo, el derecho de los alumnos a recibir la enseñanza en la lengua que sea también oficial en ella, en todos los niveles del sistema educativo sin el menoscabo de su deber de aprender y conocer el castellano o español.
9.- El Estado inspeccionará y homologará el sistema educativo para garantizar el cumplimiento de las leyes.
Titulo VIII.- de la organización territorial del estado.
Art. 137.- El Estado se organiza territorialmente en las Comunidades Autónomas, en las provincias y en los municipios a que se refiere el presente Título. Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión de sus respectivos intereses en el marco de lo dispuesto en la Constitución.
Art. 143.- Las Comunidades en que se organiza territorialmente el Estado son las siguientes:… (enumerar todas las comunidades autónomas por orden alfabético, la Comunidad foral de Navarra, y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla).
Art. 147.-
1.- La aprobación de los Estatutos de Autonomía revestirá la forma de ley orgánica, pero deberá obtener una mayoría de dos tercios del Congreso de los Diputados y del Senado en una votación final sobre el conjunto del texto.
2.- Los Estatutos de Autonomía podrán ser reformados mediante los procedimientos en ellos establecidos. La iniciativa de la reforma podrá corresponder también al Gobierno de la Nación y a las Cortes Generales. En cualquier caso, la propuesta de reforma estatutaria requerirá una mayoría de dos tercios de la Asamblea Legislativa Autonómica, en una votación final sobre el conjunto del texto para poder someterla a las Cortes Generales.
4.- En el supuesto de que prevea el procedimiento establecido en el respectivo Estatuto el texto de la reforma estatutaria aprobado, antes de su sanción y promulgación, se someterá bajo referéndum a la decisión de los electores residentes en el territorio correspondiente. En esta consulta se exigirá la participación, como mínimo, de la mayoría absoluta de los electores inscritos en el censo electoral. Sin la concurrencia de este requisito no podrá tenerse por aprobada en referéndum la propuesta de reforma estatutaria.
Art. 149.- El Estado tiene competencia exclusiva sobre las siguientes materias:
1.- Regulación de los Derechos y Libertades reconocidos en el capítulo primero y en la sección primera del capítulo segundo del título primero de la Constitución y de las condiciones básicas para el ejercicio de los derechos, libertades, y deberes recogidos en la Constitución. Todo ello con el fin de garantizar la igualdad de todos los españoles en el disfrute de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales y sin perjuicio de las demás competencias del Estado establecidas en este artículo.
5.- Organización, actuación y funcionamiento del poder judicial; Administración de Justicia y Medios personales y materiales al servicio de la misma.
13.- Ordenación, regulación y supervisión general de la economía y de las actividades comerciales y empresariales. Coordinación e inspección en estas materias.
18.- Establecimiento de régimen jurídico de la Administración General del Estado del sector público, estatal y de régimen local, así como, el estatuto de sus funcionarios. Bases del régimen jurídico de las Comunidades Autónomas y del régimen estatutario de sus funcionarios.
23.- Legislación sobre la ordenación del territorio, urbanismo, vivienda, protección del medio ambiente, etc.
27 bis.- Legislación reguladora del uso y enseñanza del castellano como lengua española oficial del Estado con sujeción a lo dispuesto en esta Constitución
29.- Seguridad pública sin perjuicio de creación de policía por las Comunidades Autónomas en la forma que se establezca en los respectivos Estatutos, debiendo garantizarse, no obstante, la actuación y presencia de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en todo el territorio español.
30.- Regulación de las condiciones de obtención, expedición y homologación de títulos académicos y profesionales. Legislación en materia de educación y enseñanza en desarrollo del art. 27 de la Constitución. Selección y nombramiento, y en su caso separación, del servicio de los profesores de los Centros de Enseñanza Pública, reservándose en exclusiva inspeccionar y homologar los centros de enseñanza en todo el territorio nacional.
Art. 149. 2.- Sin perjuicio de las competencias que podrán asumir las Comunidades Autónomas, el Estado considerará el servicio de la cultura y la ciencia como deber y atribución esencial y facilitará la comunicación cultural entre las Comunidades Autónomas, para lo cual podrá crear, mantener y gestionar en exclusiva archivos, bibliotecas, museos, universidades y centros superiores de investigación o depósito cultural en todo el territorio español.
Art. 150. 2.- El Estado podrá dictar leyes orgánicas para armonizar las disposiciones normativas de las Comunidades Autónomas o para suplir la ausencia de estas aún en el caso de materias atribuidas a su competencia cuando así lo exija el interés general o el cumplimiento de los tratados y acuerdos internacionales. Corresponde a las Cortes Generales por mayoría absoluta de cada cámara, la previa apreciación de la necesidad de dictar estas leyes.
Es evidente que una reforma de la Constitución de 1978 del ámbito en que aquí exponemos, requiere un amplísimo consenso político y el acuerdo entre los dos grandes partidos nacionales, ya que, el procedimiento de reforma que establece el artículo 168 de la Constitución exige que ésta ha de ser aprobada por mayoría de dos tercios de cada una de las Cámaras y que, seguidamente, se disuelvan éstas y se convoquen elecciones, para que las Cámaras nuevamente elegidas decidan si ratifican o no la decisión de reformar la Constitución y procedan al estudio de nuevo texto constitucional que deberá ser aprobado, igualmente, por mayoría de dos tercios de las mismas. Aprobada así la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación por el pueblo español. Soy consciente de la dificultad de llevar a cabo una reforma de la Constitución pero pienso que hemos llegado a un punto en el que es necesario formular esta necesidad, con propuestas concretas, tanto a la opinión pública como a los dos grandes partidos nacionales.
La democracia no consiste sólo en los partidos políticos, sino, muy especial y necesariamente en una sociedad abierta donde los ciudadanos se organicen desde muy variados puntos de vista y objetivos, de manera que esta sociedad actúe y presione sobre la opinión pública y los políticos para llevar a cabo proyectos de vida en común y resolución de cuestiones concretas que afectan a la vida diaria de las personas.
La Constitución de 1978 es la primera, de entre todas las españolas, que debe considerarse como obra común de todo el pueblo español en su conjunto, en quien reside la soberanía nacional. España no puede estar haciéndose y deshaciéndose continuamente. Pienso que con la Transición política y la Constitución que la culmina, se debería de haber superado antiguos rencores, viejas contiendas y ensueños disgregadores y quienes instan, vanamente, imponerlos por el terror. Como señaló Adolfo Suárez en el veinticinco aniversario de vigencia de la Constitución, «el camino hacía la Constitución se recorrió sin sangre ni enfrentamientos civiles. Toda una novedad en nuestra Historia inmediata. Como también lo fue el éxito alcanzado. El pesimismo español no auguraba éxito alguno, pero lo conseguimos con el esfuerzo de todos». Tengamos la esperanza de que, también en el momento presente, podamos reformar adecuadamente nuestra Constitución y resolver, a través del dialogo y la tolerancia, de la libertad y la solidaridad y de común acuerdo, los problemas capitales de nuestra convivencia.

EL DEBATE DE LAS CAJAS DE AHORROS                                                                                                   arriba

Juan Velarde Fuertes. Catedrático. De la Real Academia de Ciencias Morales y políticas.

Las Cajas de Ahorros españolas se encuentran en estos momentos sometidas a una crítica muy lógica. Parte sustancial de ellas, tras la reforma del modelo en 1977, cuando éste se puso a prueba como consecuencia de la crisis actual, ha empeorado, en vez de impulsado, la situación económica. Había experimentado este sector crediticio transformaciones muy profundas, desde sus primeros pasos en España, dados por los Montes de Piedad. Esta fue una idea que llega de Italia y que está impregnada por la tesis de lo malsano del cobro de los tipos de interés del siglo XVIII. Léase en las Constituciones Sinodales del Obispado de Oviedo hechas en esta ciudad por el Ilustrísimo Sr. D. Agustín González Pisador (Andrés García Rico Impresor, Salamanca, 1786) y en su Título IV, «De usuris», que estaba entre las «Proposiciones condenadas», en este caso por el Papa Inocencio XI, nada menos que esto: «Como el dinero de contado sea más precioso que el que se ha de contar, y ninguno haya que no estime más el dinero presente que el futuro, puede el acreedor pedir a aquel a quien prestó, alguna cosa más del principal; y por este título ser excusado de Usura». Exactamente se condenaba lo que habían sostenido los moralistas de la Escuela de Salamanca, con Martín de Azpilcueta, discípulo del padre Vitoria a la cabeza. Téngase en cuenta para explicar en algo esa condena, que Inocencio XI, aparte de haber combatido el regalismo derivado de Luis XIV, da la impresión de haberse inclinado más hacia los jansenistas que hacia los jesuitas en una polémica famosa del siglo XVII y esto tenía consecuencias también sobre la moral económica. Los Montes de Piedad pronto fueron superados al llegar, con la Revolución Industrial, las luchas sociales. Tiene como base un primer conato de previsión social a través de un ahorro voluntario, amparado en unas instituciones nuevas, las Cajas de Ahorros, impulsadas, ya por el Sector Público, ya por próceres católicos, para garantizar que los depósitos de ahorro que a ellas llegaban, no sufrieran riesgo alguno para devolverlos a los obreros que fuesen ahorradores, cuando los precisasen y también, para mejorar, con los beneficios de la institución, el bienestar el mundo obrero. Al fusionarse ambos mensajes el de los Montes y el de las Cajas todo se acompañó de una difusión de lo que ahora se llaman los microcréditos, orientados hacia las economías domésticas y las pymes.
Poco a poco, el alto volumen de ahorro acumulado, engolosinó a los dirigentes de aquellas economías, concretamente la española, que se encontraba con un Sector público muy deficitario. Después de haber obligado a las Cajas de Ahorros a efectuar ciertas inversiones, «velis nolis», como fue la promoción llamadas «casas baratas», de manera también coactiva se las obligó a invertir porcentajes importantes de los depósitos en fondos públicos. El que se desviase del microcrédito fue muy criticado por los economistas españoles desde mediados del siglo XX. Recuérdense ensayos como uno del profesor Ros Hombravella. Simultáneamente, el radio de acción de las Cajas se encontraba drásticamente limitado, en beneficio, claro es, de una Banca privada que pasó, a causa de su condición de Banca mixta, a cometer mil excesos. La consecuencia fue para ésta una crisis muy importante, derivada de los frenos que experimentó nuestra economía tras los choques petrolíferos y el choque salarial que siguió a la Transición. Duraría esta crisis bancaria de 1977 a 1993.
Naturalmente, cuando en España, en 1977, se contempló un panorama de peligrosísima situación bancaria, se observó simultáneamente que esta crisis no afectaba a las Cajas de Ahorros. La presión de estas instituciones para que se les quitasen los yugos que las tenías sujetas, parecía que tenía todo tipo de fundamentos. ¿Por qué no dejarlas libres, y que compitiesen con la Banca privada que tantos problemas acababa de generar, y que para evitar una catástrofe nacional, tanto costaba al Erario, como aclaró el profesor Álvaro Cuervo de modo incontrovertible?
Pero esta liberalización fue acompañada, casi de modo subrepticio, de otro yugo. La representación social y pública de las Cajas de Ahorros, fue ocupada, en parte notable, por representantes de partidos políticos, de sindicatos y otras entidades corporativas y, al desarrollarse, de inmediato, las Comunidades Autónomas, por representantes de éstas. Todo esto, en parte notable de las Cajas desorientó sus inversiones. Algunas parecía que se habían convertido en Bancos públicos autonómicos. Sus dirigentes, en parte, no supieron reaccionar ante una burbuja especulativa como la que se produjo en el sector inmobiliario. Todo ello contribuyó a que, a partir de 2007, muchas Cajas de Ahorros se viesen sometidas a vaivenes peligrosísimos, mientras la Banca privada parecía navegar infinitamente mejor.
Tiene un peligro: creer que las Cajas todo lo han hecho bien. Ahora mismo se ha distribuido un libro de Rym Ayadi et. al., Diversidad en el sector bancario europeo. La actividad y el papel de las Cajas de Ahorros (Centre for Europe Policy Studies. FUNCAS, 2009), donde se lee que a partir de la citada reforma de 1977, «la tendencia liberalizadora, su expansión mediante sucursales y su modelo bancario relacional, les condujo a competir ferozmente y con éxito con otras entidades bancarias, y hoy tienen cuotas de mercado de más del 50%» y que «las Cajas de Ahorros españolas están llevando a cabo iniciativas importantes para combatir la exclusión financiera en España». Y de la crisis actual y del mal comportamiento de muchas, ni una palabra.
¿Quiere esto decir que, al estilo británico, o al solapado italiano, debemos liquidar esa experiencia que ya tiene dos siglos de existencia entre nosotros? De ningún modo. Pero la hora ha llegado para que a una muy seria comisión de expertos en cuestiones financieras y políticamente independientes –los Torrero, los Linde de Castro, los Jaime Terceiro, los Barea, los Victorio Valle, por ejemplo‑ se le pida un dictamen colectivo, frío, pero implacable, sobre cómo recomponer algo que debe ser recompuesto, porque necesita reacomodo. El que, por ejemplo, Cajastur, Caja Círculo o Caja Madrid funcionen bien, nada indica sobre lo que sucede en el conjunto.

QUÉ SON LOS VALORES                                                                                                                                                         arriba

Alberto Buela. Filósofo

Asistimos hoy a un discurso político y mediático que comienza a hablar más y más sobre el tema de los valores. Así frases como «recuperar los valores» o «instaurar valores» o «crear valores nuevos» se repiten como una monserga en cuanto discurso escuchamos. Pero ninguno nos dice qué son los valores y cómo el hombre se relaciona con ellos.
Veamos qué podemos decir, en forma breve y clara, al respecto.
El tema de los valores es estudiado por una disciplina filosófica que se denomina axiología, término que viene del griego axioV =valioso y logoV = estudio.
La diferencia que hay entre las cosas y los valores es que las cosas son mientras que los valores valen.
Y así las cosas en tanto que cosas son, pero cuando un valor se encarna en ellas, éstas se transformas en algo valioso: en un bien.
De modo tal que una cosa de valor es un bien, en tanto que el valor de la cosa indica el valor de la misma.
Los valores tienen una existencia en sí misma, son independientes del acto valorativo. Los valores rompen la indiferencia entre las cosas. El valor es objetivo, y no como muchas veces se ha creído, subjetivo. Y es objetivo porque es independiente de los bienes pues es el valor el que crea el bien cuando se encarna en una cosa y es independiente de los fines, porque son los bienes los que tienen o encierran la razón de causa final.
En una palabra, las cosas valiosas = los bienes pueden ser destruidos, los valores, no.
Existen tres clases principales de objetos: los sensibles, que son los objetos empíricos; los suprasensibles, que son los metafísicos, los simbólicos y los no sensibles o ideales. Los valores pertenecen a estos últimos. Su forma de ser es la de ser ideal o valer. Pero los valores son cualidades de orden material pues sólo en los bienes los valores se hacen reales.
En filosofía se distinguen tres tipos de cualidades: a) las primarias: que pertenecen por su esencia al objeto, vgr. la sustancia y los accidentes; b) las secundarias: que tiene por objetos su referencia a otro, vgr. el color, el sabor, la tersura; y c) las terciarias: que tienen por objeto su referencia a otro objeto y a un sujeto que discierne entre ambas, vgr. la igualdad.
Los valores en sí son, entonces, cualidades terciarias de las cosas y sólo podemos hablar de ellos de manera indirecta a través de los objetos que los contienen. Los valores como los colores, al ser fenómenos últimos son indefinibles. Así nadie puede explicarle a un ciego de nacimiento el color y sus diferencias, de la misma manera el valor no se lo puede definir sino sólo describir a través de la cosa o acción donde está encarnado.
El lenguaje común distingue entre valores a secas y valores morales. Así cuando decimos: es un buen ciclista o es un ciclista bueno. Distinguimos entre el valor a secas del buen ciclista y los valores morales que hacen al ciclista buena persona.
Los valores son siempre los mismos, no cambian. Lo que cambia es nuestra percepción de ellos. Cada época, cada cultura, descubre distintos valores y es ciego a otros.
Los rasgos específicos de los valores son: a) son polares: a un valor corresponde siempre un desvalor; b) son jerárquicos: hay valores superiores y valores inferiores, c) tienen una relación inversa entre altura y fuerza.
Los valores se encuentran, como dijimos, ordenados jerárquicamente. En lo más alto están los valores religiosos (sagrado/profano), se mueven en el orden de lo divino. Luego los espirituales (bello/feo, justo/injusto, verdadero/erróneo), en el orden de la libertad y la autoconciencia. Luego los valores de la afectividad vital (bienestar/malestar, noble/innoble) en el orden de la vida, y por último los valores de la afectividad sensible (agradable/desagradable, útil/dañino) corresponden al mundo sensible.
De lo que se trata es de vivir en armonía intentando realizar lo que cada uno está en condiciones de poder realizar. Así, dado que los valores más bajos son más fuertes y los superiores más débiles, es por ello que el hombre común puede realizar los valores inferiores antes que los superiores. Pues como afirma Max Scheler: «los valores son tanto menos realizables mediante la acción y la voluntad cuanto más alto rango tienen» (Etica, p. 21).
La ley de la fuerza, en axiología, dice que los valores superiores dependen de los inferiores y por lo tanto son condicionados y más débiles. Mientras que los valores inferiores al ser más elementales son incondicionados y más fuertes. Que existe una proporción inversa entre altura y fuerza, así cuanto más altos más débiles son los valores y cuanto más bajos más fuertes.
Lo interesante de notar es que se llega al conocimiento de esta ley por vía negativa, cuando son lesionados ciertos valores. La mayor  fuerza de un valor se hace evidente cuando se daña un valor, en los disvalores. Veamos un ejemplo: el heroísmo es admirable pero la falta de heroísmo no es despreciable, a lo sumo se la interpreta como una debilidad humana. La confianza, mero valor de reconocimiento pues todos queremos ser dignos de confianza, pero la desconfianza es algo despreciable que se interpreta como algo grave.
Conviene recordar a Nicolai Hartmann, quien con mayor profundidad trabajó este tema, cuando en su voluminosa Etica afirma: «Los delitos más graves se cometen contra los valores más bajos, pero el mérito moral supremo es el cumplimiento de los valores más altos» (Etica, capítulo 63).
Así, que hay que vivir los valores inferiores de un modo tal que se encuentren ordenados a los superiores. De esta manera, cada vez que obremos bien en lo más simple y cotidiano estaremos alabando a Dios, ya que los valores religiosos se encuentran en la cúspide de la pirámide.


Conocimiento del valor
La vida emotiva del hombre se desarrolla por estratos que van desde el sentimiento(cualidad afectiva en las cuales el sujeto se encuentra en el mundo) hasta el descubrimiento de nuevos valores por el amor.
El sentimiento no consiste en tener algo delante como la conciencia (carácter intencional = saber del saber) es sólo una realidad psíquica con mayor o menor intensidad.(afecciones, emociones y pasiones). Es un cierto saber sin reflexión sobre sí mismo. No es un simple estar sino una relación del hombre con sus circunstancias (mundo). Y la circunstancia es conciencia objetiva pero sin polaridad intencional. Los sentimientos son entonces un saber de circunstancias. Su función fundamental no consiste en comunicarnos cognoscitivamente con el mundo sino sólo establecer una ligazón de intensidad con el mundo circundante.
Por encima del puro sentimiento se encuentran las estimaciones que tienen por función específica los valores. La estimativa es un estado sentimental situado entre el sentimiento primario y el conocimiento de los valores. Vendría a ser el eslabón que vincula las funciones emotivas con las intelectuales. La estimación es a la vez sentimiento y visión de los valores. La cogitativa escolástica, el ordre du coeur de Pascal, el impropio consciente de Brentano, el ordo amoris de Scheler vienen a dar razón de esta misteriosa función psíquica que vincula dos órdenes diversos: el sentimental y el intelectual.
Así mientras que el sentimiento relaciona afectivamente al hombre con sus circunstancias y la estimación es la raíz de todo acto cognoscitivo emocional, «la valoración» el acto intelectual dirigido a la comprensión de los valores.
Los valores no se captan ni a través de la razón ni a través de los sentidos, son captados por un a priori emocional, tenemos un conocimiento estimativo que es el que nos pone en contacto directo con los valores.
Esta intuición emocional está compuesta por tres momentos: se da en primer lugar en los actos de preferir y posponer. Al preferir captamos la superioridad de un valor respecto de otro y al posponer su inferioridad. Así por estos actos captamos valores más altos y más bajos, superiores e inferiores. Esta diversidad de rango nos indica la existencia de una jerarquía.
Así un valor es tanto más alto: a) cuanto más duradero es (durabilidad); b) cuanto menos extenso y divisible es (divisibilidad); c) cuanto más profunda es la satisfacción ligada a su realización (plenitud); d) cuanto menos fundamentado se halla en otros valores (fundación); e) cuanto menos relativa sea su percepción emocional a la posición de su depositario (absoluto).
El segundo momento de esta captación emocional del valor son los actos que corresponden al percibir emocional a través del cual captamos la cualidad de cada valor. Y el tercer momento son los actos de amor y odio que nos llevan ya sea a la comprensión plena o asunción del valor o a su rechazo absoluto. Los actos de amor y odio son el escalón superior de la vida emotiva, pues son los que generan una expansión (o reducción) del dominio de los valores. El amor, específicamente, descubre e ilumina nuevos valores.


Relación entre ética y valores
Un acto es moralmente bueno cuando se produce en él la coincidencia entre el valor preferido (el valor superior) y el valor intentado (cuando se lleva a cabo su realización). Así cuando intento realizar el valor preferido mi acto se transforma en un acto moral. Actuar bien equivale a intentar la realización de aquel valor que se capta como superior a otros.
Los valores de lo bueno y de lo malo nunca pueden ser ellos mismos materia de acto moral, pues se incurre en fariseísmo. O sea, no actuamos bien si lo que tratamos es sólo de actuar bien. Así, por ejemplo, si hago un acto de bondad para ser bueno o un acto de caridad para ser caritativo, entonces mi acto pierde todo valor moral. De ahí el apotegma axiológico que afirma: el valor moral se realiza a espaldas de la acción. Así el hombre no es bueno porque realiza actos buenos (Kant), sino que realiza actos buenos porque es bueno (Scheler). Vemos como el valor moral no se funda en el deber, sino al contrario, todo deber presupone la existencia de los valores. Los valores al exigir su realización, al necesitar ser realizados poseen el carácter de deber ser, y en esta exigencia de realización es cuando el hombre aplica su libertad. Las discrepancias valorativas se explican con las nociones de ceguera o ilusión axiológica. En un conflicto siempre se lesiona un valor, porque surge entre valores positivos. Tanto el fanático ético como el irresponsable moral o inimputable niegan el conflicto, mientras que el escrupuloso encuentra conflictos en todas partes.

REACCIONARISMO Y PROGRESISMO                                                                                                                 arriba

Enrique Hermana Tezanos. Doctor en Ciencias Químicas.

En medios técnicos americanos circula la historia, posiblemente apócrifa, de que a principios del siglo XX el director de la Oficina de Patentes de USA propuso al Presidente la supresión de la actividad de la misma, con el ahorro consiguiente de gasto «porque ya se ha patentado todo lo interesante y no cabe esperar que haya nuevas y mejores ideas en el futuro».Por aquéllas fechas, un grupo de expertos asesoraba al Alcalde Nueva York advirtiéndole que, visto el ritmo de aumento del número de caballos que existía en la ciudad para los carruajes de transporte, el tráfico en la misma se haría imposible en 1914 «porque la velocidad de producción de boñiga superaría a la capacidad de limpieza y se formaría una capa de tal espesor en las calles que imposibilitaría el tránsito por las mismas».
Son dos ejemplos paradigmáticos que se citan como modelos de incapacidad para analizar el futuro, no ya con optimismo, sino con clarividencia. En los dos casos, los protagonistas se limitaban a proyectar a los años venideros su información disponible, sin percatarse de que la realidad era mucho más compleja que la que ellos creían conocer, y que ya existían datos que permitían prever un futuro mucho mejor que el que ellos tenían en mente. En ambos casos incurrían en el permanente error humano de despreciar lo que se ignora, considerándose situados en la vanguardia y cima del conocimiento. Y desde donde, con la mejor intención pontificaban, acerca de lo más conveniente para sus conciudadanos.
No eran casos aislados. Ese error se ha dado siempre, y ha proliferado más en tiempos recientes, tras la autocalificada Ilustración que pretendió desde su principio que no había verdad ajena a lo que la razón le decía al hombre. El mundo moderno dispone de ejemplos abundantes de ese error, que han conducido a situaciones desastrosas. Alguna de ellas de tal cuantía como las estupideces doctrinarias del marxismo y el nacionalsocialismo. Pero también han proliferado las estupideces a menor escala. En el primer gobierno de Felipe González, además del desastroso parón nuclear larvado en la oposición ignorante y reaccionaria, se dijo –¿se llamaba Acosta el personaje?– que no había por qué mejorar las carreteras de acceso a Madrid porque ya se había alcanzado el máximo de coches que cabía prever. Después vino el Plan Felipe, porque, como dijo Fraga, los socialistas acertaban, pero sólo cuando rectificaban.
No es una exclusiva española, por supuesto. Ni izquierdista, aunque en ese lado prolifere el doctrinarismo. En los años setenta se hizo famoso el Informe del Club de Roma. Un conjunto de personas prestigiosas, entre los que no escaseaban los Premios Nobel, emitió, o hizo suyo, un Informe advirtiendo que la extrapolación al futuro del consumo de materias primas y la emisión de contaminantes por la Humanidad permitía prever que en los años noventa sería imposible la vida sobre la Tierra. Una década más tarde de ese Apocalipsis anunciado, la prosperidad mundial no hace abrir los ojos a los adeptos a esos vaticinios desastrosos. Para los dogmáticos progresistas, el futuro está lleno de esplendores, pero porque el aborto proliferará y la moral cristiana perderá vigencia, no porque habrá beneficios materiales para más personas. Eso es algo que no les cabe en la cabeza. Cuanto más «progre» se proclama un «pensador», más negro –escaseces, hambre, contaminación, penuria generalizada– ve el futuro. Los autocalificados progresistas son incapaces de detectar iniciativas correctoras de todo tipo en la actividad humana. Temen al futuro e intentan protegerse con medidas de todo tipo para retener la situación actual. Su actitud es plenamente reaccionaria. Y condenada inexorablemente a fracasar, como siempre. Los hombres se dividen entre los que hacen y los que estorban. La izquierda, por razones de su desconfianza en la Libertad intrínseca del Hombre, gestada en el siglo XVIII, se alinea siempre con los segundos.

CARTA A LOS REYES MAGOS                                                                                                                                    arriba

Gonzalo Cerezo Barredo. Periodista.

Cuando yo tenía más o menos nueve años, algunos perversos niños de poca más edad, intentaron convencerme de la inexistencia de esos prodigiosos personajes que, venidos de un mágico lugar llamado Oriente, nos dejaban juguetes y otras maravillas cada 6 de enero. Todo lo más llegué a la conclusión de que actuaban por sus delegados.
Desvelaré un secreto. A mí mismo, me correspondió ese honor año tras año, así que no me vengan con historias. Por mi parte, como todos los años, voy a escribirles una carta con mis deseos para este que acaba de comenzar.
Querido Reyes Magos: En primer lugar os pido que se acaben las guerras y la violencia. La gente se sigue matando en Irak, Afganistán y otros lugares. Hay otras muertes: dramas familiares que ahora se empeñan en llamar violencia de género, como si sus víctimas fueran una axesuada abstracción gramatical. Acabo de leer que en Ciudad Juárez, de México, han sido asesinadas, en lo que va de año, 2.300 personas, mujeres en su mayor parte.
En segundo lugar, os pido que se acabe con la mayor tragedia de nuestro tiempo: el abominable crimen del aborto legalizado hasta la aberración de declararlo un derecho de la mujer. Quiero la defensa de la vida en todas sus etapas y en todas sus formas.
En tercer lugar me gustaría que el calentamiento global y el cambio climático, fuera entendido en sus justos términos. Os pido, sí, que se preste el debido interés a la disminución del CO2, pero se reconozca que no siempre es el causante de nuestra destrucción. Y que lejos de terroríficos pronósticos para un futuro problemático que está por ver, miremos a nuestro medio circundante y más próximo, o prójimo: Por ejemplo, al que revela un informe de Caritas.
Sólo en España, y sin contar los centenares de miles de niños y adultos que mueren de hambre en el mundo, se ha socorrido a 800.000 familias en este año que ha acabado. Mientras los gobiernos, incluido el nuestro se preocupan de ese incierto futuro, el citado informe prueba la negligencia de las administraciones gubernamentales al afirmar que el 52 por ciento de los atendidos proceden de servicios presuntamente sociales públicos.
Pido que las familias sean protegidas y amparadas; los niños defendidos de los agentes sociales que los pervierten, respaldados, estos sí, por las administraciones públicas y que el crucifijo, señal de Amor y de Paz vuelva a las aulas. Pido que los ancianos sean respetados y se les reconozcan todos los derechos a disfrutar de una vejez digna y de una pensión justa y suficiente para atender sus necesidades.
Pido que los parados –ya casi cuatro millones y un 20 por ciento de la población activa– alcancen el trabajo cuyo derecho les promete la Constitución. Y que los jóvenes no vean amenazado su futuro con una más que probable –esta sí– desaparición del sistema de pensiones.
Y como por pedir que no quede, pido también que en España los políticos se pongan de acuerdo para combatir la crisis. Y ya de paso, que decidan de una vez el modelo de Estado y acaben con la disgregación de este viejo país que siempre hemos llamado España. Y en fin, pido, que el año 2010, venga lleno de venturas para todos los residentes de esta casasolar y de sus familias. Amén.
Os quiere y acepta firmemente vuestro humilde servidor.

EL PODER Y LAS FOTOS                                                                                                                                                 arriba

Emilio Adán García. Abogado

El pasado año, millones de ciudadanos, a lo largo y ancho del planeta tierra, contemplaron extasiados los fastos de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín.
Entre los desfiles, fanfarrias, acrobacias, fuegos artificiales y otros eventos, destacó la actuación de la encantadora niña Liu Mioque entonando una dulce melodía. Los prebostes del partido comunista chino, que han cambiado los austeros uniformes maoístas por elegantes ternos de pulcros ejecutivos occidentales, sonreían complacidos desde sus tribunas. El mundo entero quedó conmovido con la tierna e inocente imagen que lanzaba a las ondas el Imperio del Sol Naciente.
Pero resulta que Liu Mioque simplemente hacía play-back. La voz que medio mundo escuchó embelesado pertenecía a Yang Peiyi, otra chinita angelical, no tan favorecida físicamente, pero que en realidad era la que sabía cantar. Al parecer el responsable de la chapuza declaró, sin sonrojarse, que: «así era mejor para la nación».
No le faltaba razón. Hay dos principios que hoy mueven el mundo: una imagen vale más que mil palabras y la mentira mil veces repetida prevalece sobre la verdad. La imagen de la simpática y tierna Liu, ocultó la realidad del genocidio tibetano, de los inhumanos orfanatos, de la represión y de la falta de libertad, del capitalismo comunista que oprime y explota a millones de trabajadores, de los regueros de sangre de la Larga Marcha, los campos de reeducación, las hambrunas, el librito rojo, la revolución cultural, la Plaza de Tiananmen
Hemos entrado de lleno en el siglo de la «ingeniería social». Una «foto» ampliamente difundida, vale mucho más que un discurso y puede ocultar la cruda realidad de los hechos.
La foto del sofá del señor ZP con el padre de la desdichada niña Mari Luz, que fue víctima de uno de los crímenes más repugnantes que se ha producido en los últimos tiempos, también ha servido para disipar la realidad de que él, el Presidente del Gobierno de España, es responsable de que un pederasta anduviera libre por el país eludiendo la acción de la justicia y de las fuerzas de seguridad. Que su partido es el responsable de un Código Penal –llamado pomposamente de la democracia–, más preocupado de proteger a los delincuentes que a sus víctimas; de unos órganos superiores del Poder Judicial, cuya primitiva estructura constitucional, se modificó para facilitar el acceso de los tentáculos del poder a la justicia. Por lo visto, el señor ZP no está en el Gobierno, no es responsable del defectuoso funcionamiento de las instituciones. Él se retrata con gesto afectuoso junto a la víctima del desbarajuste, nada tiene que ver ni con el lamentable Código Penal, ni con los ministerios de su gobierno de Interior y Justicia que podían y debían haber evitado la tragedia.
La voz aterciopelada, la mirada lánguida y los morritos prominentes de Carmencita Chacón, sirven lo mismo para convencer a los jóvenes de que el Gobierno está «tomando medidas» para resolverles el problema de acceso a la vivienda, que para presentar la guerra de Afganistán como una acción humanitaria y benéfica, en contraposición con la ferocidad aznarista invadiendo con sus tropas Irak.
Subida a un helicóptero, en cuya tripulación se han incluido el estilista y el fotógrafo «coordina» la acción de las tropas zapateristas apagando un incendio. Desde su despacho dirige el ejército español. ¡Qué más da que no tenga ni idea de armamentos, milicias ni estrategias! En la foto, rodeada de Generales, dando órdenes a los soldados que se juegan la vida en Kosovo o en Afganistán, recorre las pantallas televisivas de los hogares españoles. Lo mismo se solidariza con intelectuales como Rubianes que se ciscan en la puta España, que pasa revista a las tropas y susurra un ¡Viva España! Lo importante es que la imagen maternal y modosita de la ministra comodín evoca diálogo y buen talante. Hasta don Pepiño ha hecho ya el cursillo. Ya sabe balancearse jactanciosamente detrás de un micrófono y lanzar a los cuatro vientos sus «concetos» con gesto desafiante.
Ante la angustia de cientos de miles de españoles que se están quedando sin trabajo, que no pueden llegar a final de mes, que ven derrumbarse sus ilusiones y proyectos vitales, ¿qué mayor consuelo que la foto de ZP reunido con los altos dignatarios del mundo proclamando obviedades? Él no manda, nada tiene que ver con la corrupción que se enseñorea en el país, con la oligarquía bancaria y financiera ni con la profunda crisis que se va extendiendo por todos los rincones de la vida nacional.
Lleva más de cinco años disfrutando de un poder absoluto. Manda en el ejecutivo, manda en el legislativo, controla el Tribunal Constitucional, manipula las seis televisiones de ámbito nacional y se inmiscuye en las más altas operaciones financieras que afectan a los grandes oligopolios nacionales. Pero claro, son los ejecutivos, que cobran «sueldos astronómicos» los que tienen la culpa de todo, los empresarios y los poderosos. Él es un ciudadano más, que asume la lucha contra el capitalismo salvaje, y promete tomar medidas para resolver la crisis económica. Ya ha tomado algunas medidas: ha derogado un Plan Hidrográfico Nacional que garantizaba el desarrollo de una de las fuentes de riqueza y bienestar más genuinas de España, la agricultura mediterránea. Sigue empecinado en que España carezca de fuentes de energía como la nuclear. Ha derogado una Ley de Enseñanza preocupada por mejorar el nivel de formación y responsabilidad de los jóvenes, imprescindible para elevar la productividad. Está provocando la disgregación del país, la insolidaridad entre las Comunidades Autónomas y la parcelación de los mercados. Ante la urgencia y necesidad de modernizar el mercado laboral y las relaciones de trabajo en España, mira para otro lado y descarga su responsabilidad sobre trabajadores y empresarios. Lleva años ejerciendo de tercermundista, haciendo guiños a Chávez y compañía, atacando a EEUU. Pero ya tiene una foto con el nuevo líder del universo, Obama. Ahora lanza a los cuatro vientos su admiración por la democracia americana y se proclama el Obama de occidente, el azote del capitalismo, el defensor del libre mercado, el apóstol de la social democracia, el más fiel aliado de EEUU, el líder de la Alianza de Civilizaciones. Él es el Gobierno de España y también el socio y cómplice de los separatistas catalanes, gallegos y baleares, el azote de los terroristas y el partidario de negociar con ETA, el líder de los sindicatos y el amigo de los banqueros. En definitiva, es como Dios: está en el cielo, en la tierra y en todo lugar.
Todo es posible, sólo hacen falta fotos adecuadas y consignas repetidas hasta la saciedad por la enorme plantilla de asesores y paniaguados que campean a diario por las pantallas televisivas.

QUÉ PAÍS                                                                                                                                                                                       arriba

Martín Quijano

UN PAÍS A LA DERIVA

Un navío a la deriva está desprovisto de medios para controlar su rumbo. O está vacío, sin patrón ni timonel. Y se mueve a merced de los caprichos del entorno, vientos, corrientes o bajos fondos, propenso a la catástrofe en cualquier momento. La España actual suscita esa misma imagen. Nada de lo que le ocurre parece obedecer a una línea de gobierno meditada por sus gobernantes actuales. Las acciones identificables como secuencias de una plan directriz son inexistentes. Todas las decisiones del gobierno son meras reacciones impulsivas ante los hechos que le desbordan. Y los impulsos distan mucho de ser lúcidos ni, por supuesto, clarividentes. La crisis económica está siendo tratada como si no existiese más que en sus resultados, sin comprender las causas ni intentar reaccionar sobre ella. Ante la pavorosa situación de destrucción de cinco millones de puestos de trabajo, la reacción es preparar paliativos para las consecuencias, no solventar los condicionantes que han causado esa pérdida. Se instaura un PER nacional, un gigantesco sistema de limosna para que los que han perdido la oportunidad de ganarse la vida puedan mordisquear algunas migajas concedidas por el resto de los ciudadanos. Se anima a los parados a conformarse con la mendicidad, no se les proporciona un nuevo entorno en el cual desarrollar su vida independiente y recuperar su dignidad anterior de persona autosuficiente y responsable de su destino. El gobierno actual español no es capaz de comprender que su papel es facilitar la actuación económica de la sociedad y de las personas, no administrar un presupuesto. Porque piensa que el presupuesto es un regalo anual de la naturaleza. Desconoce que es su exacción de la actividad anual de la sociedad. Que no existirá si no hay actividad. Como es medianamente consciente de esa ignorancia, se resigna a pensar que la Naturaleza, el entorno, solventará tarde o temprano el problema y con ello, nuestro problema. La sumisión boyuna ante Obama es la expresión de esa resignación fatalista e ignorante. La inoperancia ante los piratas somalíes, que algunos comentaristas tachan ignorantemente de corsarios, es otra de las muestras de carencia de criterio de nuestros gobernantes. Nuestra fragata «Canarias» domina militarmente la situación y controla a los piratas y su presa, pero está paralizada por las instrucciones de nuestro titubeante gobierno, incapaz de balbucear otra idea que la de «que no salga nadie dañado». Y negociando un vergonzoso rescate que sólo va a conseguir enriquecer a unos abogados sinvergüenzas de Londres y poner en peligro a los siguientes pescadores que se pongan a tiro de los recompensados piratas. Ignorando la experiencia multisecular de que a los piratas basta amenazarlos con terminar colgados de una verga y de que la cesión al chantaje sólo genera más chantajes. La reciente manifestación contra el aborto y sus secuelas de comentarios pone de manifiesto una crisis esencial de la sociedad española que, incapaz de cultivar ideas y creencias comunes que la consoliden, avanza inexorablemente hacia una disgregación en dos partes enfrentadas. Un enfrentamiento que, por el contrario, sí que parece meticulosamente diseñado y procurado por nuestro ignaro e irresponsable presidente, ante la inoperancia y el silencio de quien, por encima de él, debiera amonestarlo e impedírselo. Un enfrentamiento radical, similar a aquél al que fue capaz de conducirnos el funesto Azaña a los cinco años de aquella otra transición política ejemplar de 1931. Esta vez el período va a ser mayor. Al fin y al cabo, como cabe esperar de la diferencia de talla intelectual entre aquel presidente de Gobierno y éste.

UNA PERORATA SILENCIOSA

El mensaje de S.M. el Rey, a las nueve de la noche de la Nochebuena, ha sido boicoteado en el País Vasco por quienes consideran un retroceso para su causa independentista el hecho de que por primera vez lo haya reproducido la ETB. Tras escucharlo, uno se pregunta por qué se molestan. Porque si temen que algo de lo que pudiera decir atentaría contra sus intereses separatistas, se equivocan. El Rey, la última instancia en la preservación de la unidad nacional, no parece estar preocupado por las amenazas que otros parecemos detectar en la vida política española. No ha hecho ninguna apelación a combatir esas amenazas. No ha expresado ninguna inquietud por lo que preocupa a los patriotas españoles. Ha mencionado el cambio climático, el empleo sostenible (¿qué será eso?) la necesidad de que la oposición colabore con el gobierno (¿será para acelerar el camino hacia el desastre?). Ha dado un discurso que parece escrito por el mismo que redacta lo suyos al Sr. Rodríguez. Con las mismas banalidades de éste, tales como su deseo de que el empleo se recupere «cuanto antes posible» o las apelaciones a la unidad de los partidos políticos. No ha mencionado ninguna preocupación por el desdén que, según el CIS, sentimos los españoles por la clase política. No ha dicho, en suma, nada que no hubiera podido decir hace treinta años. Parece que no sienta las preocupaciones del español actual. Y que su única intención sea la de ajustarse a la corrección política imperante, como buen inmerso en la misma. Y sin embargo, resulta que la emisión de su mensaje por la ETB consiguió la mayor audiencia de toda España –un 24%, frente al exiguo 5% de la audiencia de TeleMadrid–. Ello demuestra la necesidad, por no decir hambre, que los españoles, y particularmente los que sufren un aislamiento feroz en aquellas tierras, tenemos de que la Majestad Real cumpla con su deber y se afirme como el último bastión de la racionalidad nacional. Los oyentes querían, queríamos, oír lo que nadie con poder y autoridad dice hoy en alta voz: Una reconvención por todo lo que nos divide, unas palabras de ánimo contra la discordia que nos amenaza, una expresión ilusionada de confianza en el futuro. No queremos que el Rey repita lo que dicen los políticos, sino que exprese su propia opinión soberana. No ha ocurrido así, y el Mensaje nos ha decepcionado. Paradójicamente, los españoles somos más monárquicos que nuestro Rey. Esperamos más de lo que la Institución Real parece capaz de dar. Como si ésta temiese perder el favor popular si expresase descontento con la situación actual y, consecuentemente, adoptase por ello una postura acomodaticia, eludiendo cualquier significación que pudiera ser tachada como toma de partido político. Los disgustados con la situación nacional actual no encuentran, no encontramos, apoyo en esta reserva suprema de la identidad nacional. El mensaje del Rey nos parece por tanto una perorata prolija en palabras pero vacía de sentido. Una perorata silenciosa. O, por el contrario, podríamos enfocar el análisis en lo que no ha dicho, como expresión de lo que se ha sentido coaccionado a no decir, para no incurrir en intervencionismo en la vida política. En ese caso deberíamos calificar el Mensaje como «un silencio elocuente». Es decir, o el Rey no siente, o no se entera, o no se considera capacitado o autorizado para expresar inquietud por la situación actual española. ¿Qué es peor?

PANORAMA Y POSIBLE FUTURO NACIONAL                                                                                               arriba

Ramiro Solana

Ha habido una serie de coincidencias en los días próximos a la Fiesta Nacional del 12 de Octubre –inmediatamente anteriores o posteriores a ella– que me dan motivo, en su conjunto, para escribir estas líneas. Para muchos son puras anécdotas desvinculadas unas de otras, para mí, por su concatenación, no se trata de nada anecdótico porque es algo categórico en lo teleológico.
Primero estuvo la prohibición, por parte de IU, de la conferencia de Aquilino Duque en la que iba a glosar –desde su enfoque literario –la obra de Agustín de Foxá; después siguió la exigencia de ese mismo partido de suprimir el lema castrense de «Todo por la Patria»; concatenado con ambas «anécdotas» estuvo y sigue estando lo de la «memoria histórica» como habitual arma arrojadiza; está la interpretación del Desfile del 12 de octubre por parte de los medios de información oficiales y por parte de los tontos útiles; lo remató el viaje de Zapatero a USA para entrevistarse con Obama y el que le siguió a Oriente próximo –empezando por Siria– y lo que tales «espectáculos» significan para el «líder» socialista español… y para España; y otra «anécdota» más que se puede reseñar (nada menos que el «caso Negrín») dentro de esa finalidad que quepa deducir y pronosticar para el conjunto.
Al analizar unos y otros hechos uno por uno –aunque exista esa concatenación que teleológicamente les relaciona– no voy a escribir nada que se pudiera calificar o definir como «crónica o hechos de sociedad»; lo que pretendo es describir lo que esos hechos significan para el futuro inmediato de España... y para plazo más lejano. A todo ello voy, si se me permite y si acierto con lo que pretendo.

Lo de Agustín de Foxá

¿Cómo no iban a prohibir los comunistas sevillanos que se exaltase al autor de aquel fabuloso libro de Foxá –historia verdadera en forma de novela– titulado Madrid, de Corte a checa? Lo tenían que prohibir porque Foxá les retrató cumplidamente en la obra. A este respecto, Juan Manuel de Prada, columnista de ABC –en un magnífico artículo titulado «el mismo odio que antaño» (10 de octubre)– decía esto: «Y fue, desde luego, el autor de Madrid, de corte a checa, la mejor novela que jamás se haya escrito sobre la Guerra Civil, donde se nos cuenta lo que los comunistas hacían en los desmontes de la Casa de Campo. Agustín de Foxá se les escapó vivo entonces; así que hay que matarlo una vez muerto en homenaje a la memoria histórica».
Esos comunistas –para los que el fracaso de la URSS les ha resbalado, ignorándolo– ejercen una presión digna de mejor causa sobre el PSOE, de tal naturaleza, que cuanto propongan al Gobierno tiene fuerza de ley porque Zapatero o piensa igual que ellos –lo que sucede casi siempre– o porque necesita los votos de esa escuálida minoría en Cortes o en Comunidades ante algunos proyectos de ley.

Lo de «Todo por la Patria»

Nos facilitó la noticia TVE el día 13 de octubre (en su telediario del mediodía), noticia que en su esencia consistió en su petición al Gobierno de que se suprima el lema que figura en la entrada de los Cuarteles –muy en especial en los de la Guardia Civil– y que sea sustituido por el de «Todo por la democracia», toda una estupidez de las que ya nos tienen acostumbrados. Por cierto, ese nuestro lema enlaza con una anécdota de Agustín de Foxá: cuando pronunciaba una conferencia en un país hispanoamericano y dijo –recordando un pasaje de la guerra civil– que se «moría por el honor», a lo que un oyente encrespado le objetó que en su país «se moría por la democracia», a lo cual le replicó Foxá que «eso era tanto como morir por el sistema métrico decimal»;respuesta que convendría difundir en el caso de que el intento cuartelero de IU lo aceptase y lo pusiera en práctica el Gobierno, que es lo que temo. Naturalmente, IU basa su petición en que lo de «Todo por la Patria» es purísima y permanente reivindicación del franquismo, cosa que para ellos está en contradicción con la ley de la «memoria histórica», novísimo catecismo de obligada devoción, y práctica, de marxistas, neomarxistas, masones, separatistas y tontos útiles.

La «memoria histórica»

En este tema, el autor fue el Gobierno del PSOE cumpliendo lo prometido por éste en su programa electoral, si bien con inspiraciones emanadas de IU para que el Gobierno lo pusiera en práctica dándole rango de ley. Así lo hizo, y la estructura comunista de IU –ramificada por no pocas provincias en asociaciones y comisiones ad hoc–, lo está gestionando por toda España con la ayuda inapreciable de la inmensa red informativa de los socialistas. Esa «memoria histórica» no es más que el respaldo legal y formal para echar a la basura la «reconciliación» pactada en una transición que alumbró la Constitución de 1978; una reconciliación con la que se olvidó –por razón de paz– un Paracuellos y los otros muchos «Paracuellos» del mismo color político que se conocían. (Cierto que igualmente se olvidaron otras fosas de signo contrario, debidas a odios personales, venganzas de ámbito local y de psicópatas con mando local en partidos; en modo alguno hubo «Paracuellos» debidos a programación sectaria de partidos como los verdaderos Paracuellos, Aravaca, Torrejón, etc.).
¿Por qué ahora lo de la «memoria histórica»? Lo dijo muy claro un líder de los patrocinadores en una entrevista: «porque entonces, en 1977 y 1978, no teníamos fuerzas para imponerla» pero es obvio que siempre se tuvo esa intención.
Lo triste es que medios de información contrarios a esa infame estrategia política la magnifiquen mediante reportajes y entrevistas sobre casos específicos de asesinatos, debidos a venganzas personales, totalmente ajenas a programación alguna del mando nacional. Y no cito casos pues mi propósito en este trabajo es generalizar.

Sobre el desfile del 12 de octubre

Aparte de la crítica que podría hacer de las insolvencias descriptivas en el reportaje que TVE-1 nos ofreció del acto militar de la Fiesta Nacional –¡que despistes sobre unidades, uniformes, historias, tomas visuales de esas unidades, etc.!– lo verdaderamente criticable fue que todo se circunscribió a los 20 años de participación de nuestras Fuerzas Armadas en misiones fuera de España (Líbano, Afganistán, Bosnia, etc., sin mentar Irak, por aquello de la retirada ordenada por Zapatero) como si nuestros soldados no tuvieran en su glorioso y heroico palmarés histórico más que lo acometido en esos 20 años; ¡claro, de ese palmarés histórico sólo es resaltable, para imprimir un «nuevo tipo de patriotismo», lo hecho al amparo del actual Sistema (por aquello del «patriotismo constitucional») y lo demás no es más que simple rememoración de signo franquista, incluyendo en ésta a Lepanto, Pavía, etc…!
Permítaseme esta tosca ironía: cabe pensar, por esa obsesión que el «rojerío» tiene sobre el franquismo, que Franco sentirá enorme gozo al saber, por esa obsesión, cómo gracias a él existieron desde Numancia y el III Concilio de Toledo hasta la instauración –es claro que no restauración, según él, de la Monarquía en D. Juan Carlos I que, curiosamente, es la única decisión de Franco que perdura–.

«Caso» rehabilitación de Juan Negrín

A últimos del pasado mes de octubre, el órgano supremo del PSOE tomó el acuerdo de rehabilitar a Juan Negrín, y otras decenas de miembros del partido, en su día expulsados, uno y otros, por el a la sazón Secretario General del PSOE Largo Caballero.
Negrín fue Presidente del Gobierno en la última etapa de la II República, cargo que anteriormente lo ocupó Largo Caballero que lo simultaneaba con el de Secretario General del PSOE y de UGT.
Creo que no hará falta reseñar con detalle cómo Largo Caballero era un marxista purísimo y que en su mandato –en el que los comunistas le denominaron como «el Lenin español» para atraérselo–, pactó con la URSS la política de la cuantiosa ayuda militar, que la República recibió de Moscú. Pero aún así, Largo Caballero quiso ingenuamente mantener una cierta «españolidad» en sus relaciones con la URSS y alguna independencia en la dirección de la guerra al margen de los dictados del PCE y de la misión militar soviética que capitalizaba la citada ayuda. Craso error el de Largo Caballero, pues sus deseos –y los desastres militares republicanos– le costaron el cargo de Presidente del Gobierno.
Negrín, por el contrario, ninguneó al PSOE en la dirección de la guerra a pesar de ser del partido, se apoyó plenamente en el PCE y «sovietizó» su política interior y exterior. En cuanto a esa dirección de la guerra la quiso alargar hasta «ver de empalmarla» con la guerra mundial que se avecinaba.
A la vista de ese palmarés de Negrín, ya después de su mandato, Largo Caballero –que seguía gobernando el PSOE– expulsó a Negrín del partido. Ahora, Zapatero lo rehabilita con todos los honores como ilustre miembro del partido socialista, empalmando así con una de las etapas más trágicas de la II República pues ésta pasó de un «frentepopulismo» marxistizado a su plena «sovietización».

La inmigración interior durante el franquismo

Todos creíamos que a lo largo del extenso periodo de la reconstrucción y del desarrollo económico, el fenómeno social del trasvase de población en el interior de España desde las regiones subdesarrolladas –Andalucía, Extremadura, La Mancha, Murcia, etc.– a las de mayor expansión industrial y urbanística –Madrid, Cataluña, País Vasco, etc.– ese trasvase no sólo había sido tolerado sino también fomentado en no pocos de sus aspectos por el Régimen a la sazón vigente, es decir, por el franquismo. Pues bien, estábamos equivocados. En la ínclita TVE-1, telediario de las 15 horas del 17 de octubre, se nos ilustró de lo siguiente: que el franquismo impidió en no pocos casos –15.000 personas se dijo, nada menos, de entre los millones trasvasados– la emigración desde las provincias pobres a las ricas, y que la policía los devolvió a sus hogares como si se tratase de delincuentes en vez de pobres que viajaban para buscar trabajo.
No importa la tosquedad y la demagogia del reportaje pues cumplió el fin propuesto: deformar el conocimiento de ese aspecto de nuestra reciente historia en aquellas personas que no vivieron esa historia, es decir, los menores hoy de 50 años (que es la base electoral más importante) que no vivieron aquella realidad verdadera y que nadie se la ha enseñado en escuelas y universidades cumpliendo así los planes educativos del vigente Sistema, más acentuadamente con los Gobiernos del PSOE.

a modo de deducción

Entre las muchas posibles, he elegido estas «anécdotas» –pese a sus pobres procedencias– porque en su conjunto, intención y orígenes demuestran, en mi criterio, lo categórico del hecho, lo teleológico del acto, que no es otro que la subsiguiente implantación de importantes contravalores, entre otros de aún mayor gravedad en lo ético y en lo moral, éstos:

Borrar todo recuerdo que se tenga y de todo conocimiento que se haya adquirido sobre lo nefasto del comunismo, y muy en particular de la dramática experiencia de la II República en España.

Arrancar el más leve sentimiento que se posea de verdadero patriotismo, ridiculizándolo, quitando con ello fuerza social a la cohesión nacional que llegado el caso impediría la desfiguración de la unidad nacional. (Y digo desfiguración y no ruptura porque ahora –para contentar a los nacionalismos buscando su adhesión en las Instituciones– lo que se pretende es instalar el modelo confederal, presentándolo como el futuro y moderno modelo de la unidad nacional).

Subyace en nota anterior: lo de la «memoria histórica» tiene por finalidad borrar toda adhesión residual que se tenga sobre el franquismo para, así, potenciar en la mente de los españoles la inaceptable limpieza ética que caracterizó al «frentepopulismo» –que es lo que ahora nos gobierna– en la guerra civil; obviamente, con ello, potenciar también sus ya amplias posibilidades de futura instalación en el poder pese a la dramática crisis económica que han gerenciado.

El antes glosado «caso Negrín» viene a reforzar el afán de Zapatero de empalmar su política –la actual y la del futuro que pretende para España– con la etapa «frentepopulista» de la II República, incluso con el periodo de su más clara «sovietización», que nada tuvo que ver con las ilusiones ingenuas del 14 de abril. Es un dato nada desdeñable a tener en cuenta de lo que nos espera si no somos capaces de impedirlo.

Desfigurar el concepto tradicional de Ejército ante el pueblo, presentándole un modelo de Fuerzas Armadas con misiones de casi institución de beneficencia, sin que las de la defensa nacional y la de garantes de la unidad nacional –reseñadas en la Constitución– aparezca entre ellas (recuérdese, al respecto, la destitución del Teniente General Mena).

Borrar todo concepto que se posea del palmarés que en lo social nos legó el anterior Régimen, autor verdadero de las Instituciones, normas y leyes de la Seguridad Social que hoy nos rigen (pese a los cambios que desde el nuevo Régimen se hayan practicado), y ello no obstante los errores que al franquismo se le quieran adjudicar –o que se mereciese– en otros parámetros de lo político.

¿Qué pretende el PSOE, y sobre todo su líder Zapatero, con todo esto? Es muy fácil deducirlo: quitar toda la posible oposición a su instalación en el poder y sobre todo a su futuro en ese poder, para desde él cambiar España.
Las materias aquí tratadas no constituyen mas que un «sector» de su táctica para sus ambiciones; hay otros «sectores» a los que dedica –por su mayor importancia– mayor atención, pero también le es importante el «sector» aquí tratado. Su ambición le lleva a un caudillismo y a un mesianismo tales que son dignos de ser estudiados por un experto equipo de psicólogos; baste al respecto este «botón de muestra»: nada más terminar sus contactos con Obama y a punto de salir para su gira por el Oriente próximo, dijo textualmente que su relación con el Presidente americano era «vital para millones de personas en el mundo».
¿Y en qué va a ejercitar tan gran liderazgo? También es fácil de pronosticar a la vista de cuanto ya está haciendo: cambiar España de arriba a abajo según el «modelo» del que ya hay suficientes indicios para deducirlo. Y en ese propósito poquísimo le importa la gravísima crisis económica que se está padeciendo pues su mesianismo le impele a dar importancia a su proyecto y poca a aquello –como lo económico– que quitaría el sueño a los verdaderos estadistas.
Ese es el panorama que cabe vislumbrar para el futuro de España, basado no en una intuición personal sino por lo esbozado hasta aquí y por otros condicionantes objetivos más, como éstos:

  • El apoyo del PNV al proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2010, pactado a cambio de un recíproco apoyo del PSOE vasco al proyecto «peneuvista» de reforma del Estatuto y de mejoras económicas para el País Vasco.
  • El trapicheo de socialistas y nacionalistas catalanes –obviamente bajo la batuta de propio Zapatero– para con el dictamen sobre la anticonstitucionalidad del Estatuto catalán que elabora –desde hace más de tres años– el Tribunal Constitucional.
  • La sospechosísima coincidencia en el tiempo de una y otra «negociación».
  • El recorte dramático –en ese proyecto de Presupuestos Generales del Estado– de la financiación de las Fuerzas Armadas; entre la ya endeble dimensión y estructura existente de esas FF.AA. y el recorte que por causa de la crisis económica se le ha aplicado, no dudo que se esté rozando la indefensión nacional. Me gustaría conocer si a otras Instituciones –por ejemplo los sindicatos– se les ha aplicado paralelo recorte económico.
  • Podría reseñar muchos otros signos más en los que se basan mis temores –por ejemplo su tesón en sacar adelante su ley sobre el aborto, signo claro de cómo se ha propuesto instalar en la sociedad española los contravalores que la encaminan a los fines que guían a Zapatero– pero no lo hago para no hacer aún más extenso este artículo.

El libro que escribió el general Rojo tras la derrota de la II República –cuyo Ejército mandó– lo tituló Alerta los pueblos (cito de memoria), pues bien, parafraseando su título, sin grandilocuencia alguna por mi parte ni remoto deseo de imitar al Alcalde de Móstoles el 2 de mayo de 1808, y sí con enorme temor e incluso angustia, me permito decir, pese a mi modestísima condición personal, «alerta España» o «españoles, alerta», pues la España histórica y querida que conocimos –y que en parte conocemos– puede dejar de ser tal como debiera seguir siendo, aunque mejorada la actual.
Para enfrentarse a esa posibilidad están las Instituciones de la Nación, del Estado y de la sociedad; están los partidos que crean en España de una forma u otra, pero sobre todo estamos los españoles. Que así sea.

LAS SOTANAS                                                                                                                                                                          arriba

Ignacio Camacho. Periodista (Tomado de ABC)

Qué pena que esas gregorianas voces rebeldes alzadas contra el nuevo obispo de Guipúzcoa no se oyesen en todos estos años de dolor para entonar siquiera un compasivo responso, un piadoso gorigori por las víctimas del terrorismo. Qué lástima de coraje desperdiciado, tan útil como hubiera sido en la cristiana defensa del quinto mandamiento. Qué tristeza de sotanas ausentes en el consuelo, qué malograda energía de pastores callados ante la quijada siniestra de Caín. Y qué despilfarro de bravura este reciente motín diocesano, esta asonada de trabucaires insurrectos, esta sindicada rebelión de parroquias y arciprestazgos que tanto se echaba en falta cuando los báculos episcopales se inclinaban en reverenciosa aquiescencia con los verdugos. Qué asco de hipocresía, qué farisaica blancura de sepulcros podridos.
Esta arriscada clerecía carlistona que ahora recibe con rebrincos al prelado Munilla es la misma que arrastraba sus casullas en acólita sumisión al designio nacionalista. La que cobijaba en sacristías a los cómplices del terror. La que negaba funerales a los asesinados y predicaba comprensión para las razones de los asesinos. La que santificaba la viscosa equidistancia de los setienes y uriartes, la que ejercía de mediadora con los terroristas, la que retiraba su amparo a las víctimas de la coacción y del chantaje. La que siempre encontraba excusas y subterfugios para la violencia, la que siempre eludía con jesuíticos casuismos la condena del crimen, la que enfatizaba el sufrimiento de los perseguidores y minimizaba la angustia de los perseguidos. La que consagraba el vino áspero de las herrikotabernas. La tropilla talar del aranismo más rancio, la guardia vestal de las esencias del soberanismo, la levítica cuadrilla espiritual que amparaba con su doblez el delirio de la hegemonía étnica. La turbia centinela moral de un evangelio hemipléjico en cuya doctrina cabe antes un camello por el ojo de una aguja que un no nacionalista en el reino de los cielos.
Ahora han urdido una conspiración de batzoki contra un obispo euskaldun al que, siendo de su tierra y hablando su lengua autóctona, no consideran uno de los suyos. El viejo resabio tribal del nacionalismo se activa en cuanto atisba señales de discrepancia en el caserío o en la aldea. Coto privado de feligresía unívoca, reserva espiritual, vallado identitario de almas inmaculadamente fieles a la religión del diferencialismo. El recelo cimarrón se agrupa en reflejo de autodefensa para estigmatizar al recién llegado, aunque se trate sólo de un recién regresado al territorio vernáculo en el que goza del mismo derecho de acogida que quienes se consideran sus dueños. Enfermizo estigma de la otredad refugiado hasta en la soledad parroquial de una fe de campanario. Obcecada, prejuiciosa obsesión que convierte la acción pastoral de estos curas montaraces en la confusa hechicería de unos santones de tribu.

EL PESCADOR MARRULLERO                                                                                                                                 arriba

Emilio Adán García. Abogado

Cuenta Esopo que «un pescador se hallaba pescando en un río. Y, cuando tendió las redes y abarcó la corriente desde todos los lados, batía el agua con una piedra atada a una gruesa cuerda, para que los peces, al huir, inevitablemente cayesen en ellas. Uno de los habitantes del lugar, sin embargo, al ver lo que hacía, le censuró por enturbiar el río y no dejarles beber agua clara. Él respondió: si no remuevo el río así, moriré de hambre.
»Así también los dirigentes de las ciudades consiguen más cuando llevan sus patrias a la sedición».
Con los primeros calores estivales, han recorrido el territorio ocupado por el Estado Español, los ecos de la baladronadas jactanciosas de ciertos líderes de un partido político separatista catalán que, con menos de trescientos mil votos, se ha convertido en el árbitro de la política española, gracias a la concurrencia de una ley electoral nefasta y antidemocrática con la irresponsable ambición del Sr. ZP.
Aquí lo aguantamos todo. Mientras los mencionados líderes alardean de haber impuesto al gobierno de España sus exigencias, contrarias a los más elementales criterios de equidad y a la Constitución, España se desgaja y hasta un personaje, con reconocido pedigrí de moderación, como D. Josep Antoni Durán, en una entrevista dominical se atreve  a definir lo que es nuestra patria:
«...un estado plural y, para millones de ciudadanos, una nación, sentimiento que hay que respetar en cualquier caso. Es un Estado en el que queda mucho .por recorrer para que la gente que siente una nación diferente, pueda sentirse identificada con España…».
Se han invertido las tornas. Frente a la terminante declaración del articulo segundo de nuestra Constitución que se fundamenta en la «indisoluble unidad de la Nación Española, Patria común e indivisible de todos los españoles,...», ahora resulta que para el melifluo catalanista Sr. Durán, España es un Estado en el que hay unos millones de ciudadanos que son españoles y otros que no lo son.
No puede olvidarse que el nuevo «Estatut» en que con toda claridad se enuncian tales postulados, fue pactado, en una noche de vino y rosas, entre el líder político de D. Josep y el inefable ZP. La idea no es original, el intelectual zapaterista D. Suso de Toro, ya trazó los perfiles de la nueva idea de España que avanza inexorable bajo la hégira del nuevo socialismo: «Un nuevo nacionalismo español, un nacionalismo cívico, que pueda entrar en conflicto en ocasiones con otros nacionalismos, pero que no debe ser antagónico con vascos, catalanes, gallegos o lo que sean. Y que no debe ser de ciudadanía obligatoria…».
Está claro. Los españoles somos un grupo residual en el Estado español. Por ahora nos toleran, pero como afirma D. Suso, «existe una confrontación ineludible entre el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos, el catalán, el vasco y el gallego, en principio…».
Obsérvese que para el brillante intelectual socialista, la enumeración de los nacionalismos periféricos no es exhaustiva. Caben otros que se vienen promocionando bajo los auspicios zapateriles desde hace tiempo: el astur, el andaluz, el canario, el cántabro, etc. Además, si contamos con las legítimas aspiraciones de catalanes, vascos y gallegos separatistas a expandir su identidad sobre territorios circundantes ¿qué va a quedar de España? Es posible que queden algunos millones de ciudadanos errantes, que pretendan seguir siendo españoles, que sientan ese nacionalismo «falso, franquista, excluyente e ilegitimo», como lo ha definido D. Suso. Pero son una especie en extinción. El carácter «ciudadano, dialogante y progresista de los nuevos nacionalismos», acabará imponiéndose a la «idea nacional española actual que es equivocada e inútil porque esa nación que nunca ha existido, ya no puede realizarse» (D. Suso dixit).
Es indudable que entre la chulería de Carod, el disimulo de Duran y la claridad de Toro, se desliza la sombra del gran líder, que pacta y promueve el nuevo Estatut, y gobierna Cataluña con los charnegos reconvertidos Montilla y Carod y, mientras los gallegos se lo han permitido, desplegó todas las velas en aquella región navegando hacia la exclusión de todo lo español. El paso atrás táctico en el país vasco, siguiendo la célebre consigna de Vladimir, engaña a bien pocos.
«Dices que oculto mis emociones, mis planes, mis emociones. Pero es que eso forma parte de mi trabajo, de mi responsabilidad». Con esta claridad respondió el gran líder a su hagiógrafo D. Suso (Madera de Zapatero, pagina 217). ¿Es admisible, en un Estado de Derecho, donde el poder ejecutivo esta limitado por la Constitución y por las leyes, que el Presidente del Gobierno declare públicamente que engaña a los ciudadanos? El jefe de un gobierno no puede tener otros planes ni otros proyectos que aquellos que encajan en los principios que proclama la Constitución, el cumplimiento de las leyes que aprueba el poder legislativo y las resoluciones del poder judicial. Pero ZP es otra cosa. Para él «lo que persigue todo político es condensar una gran idea en una frase» –confiesa ante el extasiado D. Suso–. Así nos va. La misión de un gobernante responsable es todo lo contrario. Consiste en analizar y desmenuzar las ideas, llevarlas a la práctica, estudiando sus dificultades y acordando su plasmación concreta en normas jurídicas y acciones de gobierno.
Pero nuestro líder es otra cosa: «en los mítines lo importante no son los discursos sino los aplausos».
Nuestro presidente es socrático y peripatético. Sus enseñanzas han tenido que ser recogidas por distintos discípulos para que lleguen a la posteridad. Lo mismo dice, en los cinco folios de su prólogo a la obra de Jordi Sevilla De nuevo socialismo que «ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas», que afirma ante el periodista italiano Calami (Zapatero el mundo de los ciudadanos), lo siguiente: «en primer lugar yo quiero aclarar  que las ideas son muy importantes en política […] lo que les ocurre a los que afirman que no tienen ideología es que desconocen cómo se llama la suya…». En otro alarde de claridad, proclama: «…la política es crear derecho paracrear derechos. ¿Pero qué es el derecho? Ante todo es un abanico axiológico normativo».
En el año 2006 les dijo a los periodistas botafumeiros italianos, hablando de los estatutos de autonomía: «Las reformas –de los estatutos–, deben respetar plenamente el marco constitucional. Los estatutos de autonomía son normas que derivan de la propia Constitución y ésta asigna a las Comunidades la función de desarrollar el estado autonómico».
En Madera de Zapatero, D. Suso, al siguiente año, obtiene las estas aclaraciones: «De todos los países que tienen reparto territorial del poder, me da igual que sean federales o con otra denominación, España es el mejor ejemplo […] aún nos queda un terreno que avanzar en el terreno de la pluralidad lingüística». El corifeo Sr. Maragall puntualiza, refiriéndose a ZP: «Nunca dejo de creer que la solución de España es un pacto a dos con el nacionalismo catalán…».
Aquí está el quid de la cuestión. El Presidente del Gobierno de España ha asumido planamente los postulados más radicales del nacionalismo catalán: Cataluña no es España. Como dice su conmilitón Maragall, «lo único posible es la convivencia en el sentido menor de la palabra. Soportarse educadamente».Se refiere a la relación de España con Cataluña, que según esta doctrina en nada se diferencia de la que mantenemos con Marruecos o con Francia...
Por eso nuestro Presidente, olvidando sus rotundas declaraciones a los periodistas italianos, ahora afirma: «la transición nos devolvió la democracia […] sin embargo nuestra identidad como ser español, no está cuajada».
Pero no acaban aquí las cosas. Meses después, el Profesor Pettit examina públicamente a su discípulo Zapatero en un librito de propaganda electoral, y entre otras cuestiones le plantea lo siguiente: «Usted debería darse cuenta de que algunas comunidades autónomas están ejercitando sus competencias en educación y cultura de un modo que socava la unidad de España». Aquí el Presidente del Gobierno de España se quita definitivamente la careta: «Podemos estar tranquilos, en cualquier caso, nuestro futuro no es la balcanización sino la suicificacion. […] No veo ninguna razón, en principio, que deba prevalecer por encima de una región del país de imponer en las escuelas una legua distinta del castellano. […] La gente no puede esperar que sus hijos reciban una educación pública en una lengua distinta a la de la mayoría de la comunidad relevante a esos efectos».
No esta muy claro si el adjetivo relevante se refiere a la mayoría o a la comunidad. ¿Qué esta queriendo decir nuestro demócrata? O bien que existen mayoría relevantes, que no se caracterizan por el numero de sus integrantes sino por determinadas condiciones que les hacen más valiosos que los demás, o que hay comunidades autónomas relevantes, en las que no rigen los principios de la Constitución sobre el derecho de los padres a tutelar la educación de sus hijos y el derecho de todos los españoles a usar la lengua nacional en todo el territorio.
Añade ZP que: «Las comunidades históricas invierten muchos esfuerzos para conseguir una mayor autonomía que demás».Ahí está el zapaterismo liderando el proceso sin importarle ni la igualdad de todos los españoles ante la Ley ni la unidad indivisible de la Nación. No hay que tener miedo a la balcanización, nos espera la placidez de los valles suizos, sus cumbres nevadas y su pacíficas vacas lecheras.
Mientras, la crispación va creciendo en el país, las audacias separatistas, los ataques a la Monarquía, las consultas nacionalistas y el odio a España. En Baleares y en la Comunidad que llaman país valenciano, los zapateristas siguen abanderando el mito de los países catalanes y el gran aprendiz de brujo sigue cabalgando sobre un cúmulo de contradicciones y obviedades sin otro objetivo que conservar el poder.
El avieso pescador sigue enturbiando las aguas, porque así, en la confusión, el enfrentamiento y la quiebra de la patria común, espera seguir sacando peces aunque, como advirtió Esopo, su ciudad se encamine hacia la división y el desastre.

¿HACIA UN SINDICALISMO MILITAR?                                                                                                                 arriba

Rafael Luna Gijón

En el acto solemne de celebrar la Pascua Militar el 6 de enero, en el Palacio Real, y previo al discurso de SM el Rey, la ministra de Defensa Carme Chacón pronunció el suyo, con un contenido tan interesante como preocupante.
Entre los conceptos que serán objeto de este artículo, dijo algo que debiera ser guía de su responsabilidad: «No puede haber unas Fuerzas Armadas a la medida de cada Gobierno»,justamente lo contrario de cuanto ella y los demás ministros de Defensa socialistas han venido haciendo en sus respectivos mandatos, que han conformado unas estructuras para la Defensa (cuya prioridad debiera ser la defensa nacional, definición que se elude pronunciar) que responden a la servidumbre de los compromisos internos y externos suscritos por los Gobiernos del PSOE, en no pocos casos totalmente ajenos a los intereses fundamentales de una rigurosa defensa de la Nación española. No voy a pormenorizar esos, digamos, errores conceptuales, que van desde la creación de una gran unidad sin cometidos defensivos (la UME, que no obstante hay que reconocerle su meritoria acción civil) –la más dotada y atendida en contraste con no pocas de las demás– que pasan por la Ley sobre la carrera militar, contestada por miles de los afectados y que por ahora, terminan en el proyecto de Dña, Carme Chacón, según nos anunció en su ciado discurso sobre el asociacionismo interno en la Fuerzas Armadas, que me temo, terminará siendo «sindicalismo» interno y no solo interno.
La esencia de su proyecto queda expresado en esta definición ofrecida por la ministra: «La condición de ciudadanos no puede detenerse a la puerta de los cuarteles». El purísimo sofisma que entraña ese concepto al pretender aplicarlo a la honrosísima condición de militares lo trataré después ya que ahora voy a reproducir una breve selección de otros párrafos del discurso.
Dijo así la señora ministra, según algunos de sus párrafos textuales y según el certero reportaje del comentarista Ángel Collado:
Promover una ley orgánica que sirva, según sus propias palabras, para abrir espacios de participación a nuestros hombres y mujeres de uniforme, desde lo que se mejore tantos sus derechos individuales como sus condiciones profesionales y de vida.
La ministra avanzó que quiere regular el derecho de asociación en el ámbito profesional para favorecer la participación de los miembros de las FAS en la mejora de su régimen de personal, constituir un único consejo de personal que serviría de cauce para la participación de los militares y de sus asociaciones profesionales y crear un «observatorio de la vida militar», un «órgano colegiado, de carácter consultivo» que permitiría analizar y avaluar «el ejercicio de los derechos fundamentales y las libertades publicas de los militares».
Insistió en pedir «un esfuerzo a todos los grupos parlamentarios para pactar la ley»,y un «amplio consenso parlamentario».
Tras tan preocupante exposición de sus intenciones puso una contradictoria terapia con esta frase: «Sin menoscabo de los principios de unidad, disciplina y jerarquía que han de presidir el funcionamiento de nuestras Fuerzas Armadas».
Contradictoria, sí, porque con tal asociacionismo, y aún sin que hubiera por parte de los «asociados» extralimitación alguna, el concepto de jerarquía se perdería; uno de los pilares fundamentales de la milicia –cual es la disciplina– quedaría gravísimamente afectado; y el principio de unidad desaparecería porque pese al supuesto de llegarse a «un único Consejo de personal» como dijo la ministra este aleatorio Consejo no anularía, bien al contrario, la previa existencia de asociaciones, que no dudo partirían de concepciones más que probablemente dispares, acaso alguna de ellas con criterios íntimos inaceptables sobre las misiones que fundamentan la existencia de las propias Fuerzas Armadas, en las que esa asociación estaría «acampada».
Se podrá decir que el proyecto de Doña Carme Chacón es aún menos que un anteproyecto de Ley, pero quien así lo pensase se equivocaría: es algo que ya está en experimentación en algunas unidades y, sobre todo, está en proceso muy avanzado en el Cuerpo que de hecho y por su historia es el «Cuarto Ejército» de nuestras Fuerzas Armadas: Tierra, Mar, Aire… y Guardia Civil.
En este legendario Cuerpo de la Guardia Civil ha habido un hecho importante, sincronizado en cuanto a lo cronológico con el discurso de la señora Chacón: el nombramiento del Teniente General Cardiel como número dos de la Benemérita; ilustre, honorabilísimo y eficacísimo General (un prototípico guardia civil, según decían algunos periódicos), pero cuyo acceso a tan alto cargo ha suscitado el aplauso del pequeñísimo sector de guardias civiles que a sí mismos se dicen pertenecer a una entidad, el germen de un futuro sindicato a gestar, desde la también ilegal asociación «AUGC», hasta hoy no reconocida por la cúpula directiva de la Benemérita. Para que no se crea que especulo sobre ese aplauso a Cardiel, vaya la trascripción de este comentario de prensa del 8 de enero:
El nombramiento de Cándido Cardiel ha sido recibido con satisfacción por la Asociación Unificada de la Guardia Civil, mayoritaria en el Cuerpo. Tras mostrar su disposición de «mano tendida», AUGC manifestó su esperanza en que el nuevo DAO «deje de mirar hacia otro lado» sobre el «asociacionismo en la Guardia Civil», que califica de una «una realidad» También solicitó al nuevo «número dos» de la Guardia Civil «un clima de mayor confianza y diálogo que con su antecesor».
Cierro el capítulo de citas y vuelvo a lo que significa el proyecto del asociacionismo en el seno de nuestros Ejércitos. Si «la condición de ciudadanos no puede detenerse a la puerta de los cuarteles» sí que hay algo que no debe traspasar esas puertas: el progresismo dictado por criterios demagógicos; no se puede legitimar, ni con esa futura ley ni con ninguna otra –como ejemplo de a lo que desde ese progresismo demagógico aleatoriamente se podría llegar– que un sargento ejerciera de «enlace sindical» en un Cuartel, como bien dice Martín Ferrán en un acertado y reciente artículo (Dicho sea lo de «un sargento» con el gran respeto y afecto que profeso a ese y a los demás empleos similares de la milicia).
El Gobierno del PSOE ha querido congraciarse con algunos de los minoritarios sectores del entramado humano de la milicia, que abogan por el concepto equívoco de que el militar es un ciudadano con uniforme, pero desde la demagogia consustancial que inspira ese proyecto esbozado en la Pascua Militar, se está desconociendo a sabiendas, un concepto básico e indiscutible de la milicia: la grandeza de la profesión militar –y ahora todos sus miembros son profesionales, desde el joven alistado hasta el General de Ejército– se basa en las renuncias que voluntariamente aceptan todos ellos para desde esas renuncias aportar la más segura y efectiva defensa de los valores y derechos civiles de los demás ciudadanos de la Nación.
Termino con una cita que aunque totalmente desconectada de la cuestión del proyectado «asociacionismo-sindicalismo» militar, avala no obstante el sentido profundo que inspira la profesión militar en nuestros Ejércitos: unos valores producto de ser garantes de esos derechos civiles y de la tradición que como herencia recibida de la Historia quieren sea conservada sin mixtificaciones añadidas; ahora, nuestra clase política en general no es proclive al respeto de esa Historia ni a la defensa de las tradiciones, sean o no trascendentes, y esto sucede también sobre las tradiciones castrenses. Sin embargo, he aquí la anunciada cita de lo que al respecto de ellas dice un ilustre extranjero: el Mariscal británico Montgomery tras jubilarse, escribió un libro en el que estudia a los Ejércitos de diferentes países europeos, y al llegar al de España dice: «…el de más antiguas y bellas tradiciones».

DESVERGÜENZA Y MIEDO EN EL PLATÓ                                                                                                       arriba

Redacción

En un reciente coloquio de Telemadrid, se debatió el tema de la orden del Ministerio de Defensa de que fueran retirados de los cuarteles todos los rótulos, placas o referencias a militares que hubieran participado en la guerra civil en el bando nacional, así como la retirada a los mismos de las Cruces laureadas de San Fernando.
Sin perjuicio de volver sobre este tema más ampliamente, llamaba la atención en dicho coloquio, que ante las afirmaciones de los representantes de la izquierda, en este caso Luis Solana y Anabel, la periodista de El País, ante las tímidas objeciones de los periodistas supuestamente de derechas o independientes, en el sentido de que era una decisión innecesaria, y que solo tenía por objeto el dar motivo para molestar a una parte de los  españoles, e incluso a fomentar aquello que se quería hacer desaparecer, los primeros, pontificaron con absoluta desvergüenza, tras comparar a Franco con Hitler, que eso no era así, ya que era imposible que hubiera españoles a los que les molestara, o que no estuvieran de acuerdo con esa medida y que los cuarteles militares tenían que someterse a las mismas normas que el resto de los ciudadanos a lo que se especificaba en la Ley de la Memoria Histórica.  
Y el resto de los contertulios, aceptó sumisamente, sin la menor protesta o matización, ese argumento, conscientes de que cualquier defensa, por pequeña que fuese, del pasado régimen, significaba su muerte política y su condena a un limbo profesional.
Nadie se atreve a decir con independencia y naturalidad, sin perjuicio de sus respectivas ideologías que, en España, entre el año 1936 y 1939, hubo una guerra civil. Que media España  luchó contra la otra media. Que ganaron unos y la perdieron los otros. Y que durante los cuarenta años siguientes, incluso en los veintitantos primeros años de democracia, no parece que haya habido y menos en la actualidad, salvo algunas minorías, ningún tipo de demanda urgente, clamorosa y popular por hacer desaparecer las huellas del pasado que ya estaba prácticamente cerrado.
Y que lógicamente, cualquier ataque, cualquier agravio, cualquier humillación en ese sentido, tiene que enervar a toda aquella otra media España que venció en aquella guerra civil y que quiere, por lo menos, respeto por sus símbolos, sus héroes y sus mártires, mientras que estamos seguros de que la mayoría de los españoles, como ocurre en todos los países del mundo, no está de acuerdo en menospreciar el valor y el heroísmo de sus soldados, demostrado tanto en aquella guerra como en cualquier otra de nuestra Historia.

LA SOMBRA DE AKHILA                                                                                                                                                 arriba

Manuel Parra Celaya. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación

Permítanme una breve referencia erudita, especialmente necesaria para quienes han estudiado historia en manuales sometidos a una sutil censura autonómica y en los que han desaparecido, como por ensalmo, los tres siglos de Monarquía Visigoda: Akhila fue hijo de Witiza (o Vitiza) y fue proclamado rey por una facción minoritaria mientras que el Senatus proclamaba al noble Rodrigo; para derrotar «democráticamente» a su rival, el joven Akhila pidió la alianza a los belicosos vecinos del norte de África, imbuidos de fe islámica. El resultado es conocido –dominio musulmán y siete siglos de Reconquista–, así como algunos hechos que lo precedieron, como la traición del obispo Don Oppas en Guadalete al pasarse a las filas de Tarik y Muza...
Pues hete aquí que un tal Driss Enabruze, presidente de la Asociación para la Solidaridad y el Desarrollo de los Inmigrantes en la localidad barcelonesa de Manlleu, ofrece la mezquita para celebrar el llamado «referéndum soberanista» y se extiende en las páginas de la prensa sobre las razones para que Cataluña sea independiente; añade que hará lo posible para que las comunidades musulmanas voten «sí».
No descubro nada nuevo si afirmo que el separatismo catalán le está ganando el pulso al débil Estado de Derecho español (por decir algo), con la anunciada proliferación de plebiscitos soberanistas en los municipios, que tendrán lugar, por regla general, en locales dependientes de las parroquias católicas.
No hay fisuras en apoyar la celebraci6n de estas votaciones entre los partidos y grupos que integran el Partido Único Nacionalista: desde la derecha cauta de «Convergencia» con sus inseparables demócrata-cristianos de «Unió», hasta la izquierda, presuntamente republicana, de «Esquerra», con la coreografía de los «Maulets» y toda la tropa, pasando, claro está, por el PSC, con el cordobés Sr. Montilla y la Ministra de Defensa del propio Estado Español, Sra. Chacón (o Chacó), que «también era Rubianes»; e incluso con algún avispado (otro supuesto) del PP, que quiere hacerse simpático sin lograrlo.
La maniobra es de impacto mediático, de chantaje al Estado y, a plazo medio o largo, de impacto político cuando la «reivindicación» sea asumida por el «Parlament»...
Ahora, al nacionalismo identitario catalán le ha salido un no inesperado aliado: la comunidad islámica. Como al visigodo Akhila, la morisma –esta vez tocada con barretina– va a ser inducida –por lo menos según las intenciones del Sr. Enabruze– a coaligarse contra la unidad de España, mientras las huestes de los descendientes de don Rodrigo están en la inopia. Por imperativo legal, hago abstracción del paralelismo con la leyenda de la Cava y del Conde Don Julián, claro; el paralelismo con la traición de don Uppas está en bandeja, por lo que no necesito abstraerme de nada.
Lo dicho: hay que procurar estudiar en libros de historia no censurados. Aquello de que es maestra de la vida es una gran verdad. Lo de que se repite, también.
Me imagino que el lector está esperando que, ahora, establezca otros paralelismos entusiastas sobre las figuras de Don Pelayo, el Cid y compañía. Pues lo siento, pero no. Como le dijo Giner de los Ríos a Joaquín Costa: «Aquí, más que un hombre, necesitamos un pueblo».

LA TRADICIÓN AMENAZADA                                                                                                                                       arriba

Sergio Brandao Cardoso. Presidente Hermandad Doncel

Palabras pronunciadas el 20 de diciembre de 2009, en nombre de la Junta Rectora de la Hermandad Doncel, con motivo del acto de instalación del tradicional Belén Montañero que cada año coloca esta asociación de antiguos miembros de la OJE, en «Siete Picos», en la Sierra de Guadarrama, de Madrid.

Un año más nos volvemos a encontrar en este mismo lugar, donde ya se ha convertido en costumbre celebrar nuestra peculiar anticipación de la Navidad. Un año más, que, como todos los años del mundo, ha pasado volando. Y más deprisa que el anterior.
Dejando aparte consideraciones pesimistas que podrían hacerse sobre el caso, lo que tenemos que pensar es que, con lo que corre el tiempo, cada año tardaremos menos en volver a encontrarnos aquí otra vez para celebrar la Navidad. Y eso también está bien.
Encontrarnos camaradas y amigos: Un encuentro siempre grato, que la Junta de la Hermandad Doncel no sólo celebra, sino que además tiene que agradeceros la relevancia que adquiere debido a vuestra nutrida presencia.
Y ya que hablamos de la Navidad, estaría bien que, además de celebrarla, pensemos también en su significado. La Navidad es el primer acto de un drama cósmico –a la vez que histórico, pues se produce en un momento muy concreto del tiempo humano– en el cual Dios estableció nada menos que una nueva Alianza con los hombres. Es algo que estamos hartos de oír y que sin embargo es de una grandeza indescriptible, que debería conmovernos hasta la última fibra. Seguramente, en ninguna otra tradición religiosa se encuentra un testimonio igual de solidaridad divina con el hombre.
Cada año, la Navidad nos recuerda que Dios, a través de su Hijo, descendió por su voluntad al mundo de los hombres, para decirnos que nuestra naturaleza humana es en realidad trascendente, que no pertenecemos a este mundo sino al mundo de lo eterno, donde alcanzaremos la plenitud de la existencia. 
Y éste creo yo que es el esfuerzo que en realidad se nos exige en este valle de lágrimas: Vivir en función de eternidad. Prepararnos para el ámbito de lo eterno, que es nuestra verdadera casa. Prepararnos en esta vida ejerciendo en lo posible esa ley de amor, que, cuando se realiza de forma natural y espontánea, «no necesita un programa de riñas y abrazos», como decía José Antonio. Y también llevando adelante una esforzada lucha interior de superación; como corresponde al estilo propio de una orden de caballería, que es lo que en fondo siempre hemos querido ser.
Ésa es la vida que recibimos de nuestros padres, de nuestros maestros, del entorno social de nuestra infancia, de nuestros mandos juveniles. Una enseñanza que viene, sin solución de continuidad, desde el lejanísimo fondo de una tradición superior: la de la Cristiandad occidental. Y, en nuestro caso, además, de la tradición idealista de una España que en muy alta medida, y mientras le duraron las fuerzas y el dinero, quiso y supo poner todo un descomunal imperio a su servicio.
Cuando hablamos de tradición hay que aclarar que tradición no es la pura y simple costumbre, aunque vulgarmente así se entienda. La tradición no consiste en rechazar el futuro y resistirse al paso del tiempo y al cambio; no consiste en un regodeo morboso en el pasado. La tradición no es reaccionaria, sino todo lo contrario.
La tradición es el orden organizado de valores y creencias, que permanece en el tiempo, y en el que nuestra vida se ha ido instalando y moldeando. Es el filtro que nos ha permitido hacernos una idea de la realidad que nos rodea, y manejarnos en ella. La tradición constituye el ambiente de referencia necesario desde el que partir para poder avanzar hacia el futuro y construir cada momento congruentemente con los anteriores. La tradición es imprescindible para no caer en el caos. Rota la tradición, dinamitada la transmisión de sus creencias, sobreviene el desquiciamiento social y la decadencia de toda una civilización.
Y, precisamente hacia eso parece que vamos. Hoy somos testigos de una acelerada y deliberada ruptura –de carácter revolucionario, es decir estructural y total– de todas las creencias y valores que han sustentado nuestro sentido del mundo y de la vida. Una parte de Occidente, y una parte de España, han decidido que la otra parte no tiene derecho a vivir en paz su idea de la vida y del mundo, porque al parecer es culpable de no compartir los caprichos intelectuales del llamado progresismo; por lo que podemos hablar de una persecución encubierta contra la disidencia del Sistema. O sea contra gente como nosotros.
Pero nos equivocaríamos si pensásemos que el promotor de esta ruptura en España es Zapatero y ese gobierno de infelices que la tragedia del 11 de marzo nos echó encima (gracias en parte al gran número de cobardes que habitan la España de hoy). En realidad este gobierno tan sólo se limita a aplicar de forma extremada, radicalizada, las fórmulas disolventes que el Sistema, al que pertenece, contiene en sí.
El verdadero peligro es el Sistema mismo, gobierne quien gobierne. Lo que ocurre es que, con los que ahora gobiernan, la cosa es fácil, porque se les ve venir: cosa que no les importa, dada su prepotencia. Con los otros, el sistema funciona igual porque es inevitable que funcione así, sólo que se nota menos; y puede que incluso haya entre ellos quien intenta paliar algunos de sus efectos, lo que no deja de ser una forma individual de luchar, que apreciamos.
Pero la máquina de la historia no se detiene, y lo que toca ahora es destruir, más despacio o más deprisa, toda nuestra cultura, todo lo que constituye nuestra tradición como civilización y como nación.
Sistema es la palabra que usamos para nombrar sobre todo al régimen mental que vivimos hoy día, a sus valedores y a la sociedad que están consiguiendo crear. Instaurado en su forma actual al final de la Segunda Guerra Mundial, se conoce a este sistema como socialdemocracia, a la que ya nos hemos referido en otras ocasiones y que consiste básicamente en una combinación poco estable de socialismo mutante y capitalismo popular, interesados ambos en organizar la existencia de la gente a su conveniencia y voluntad. Y, en realidad, no sólo organizar la existencia de la gente, sino que, como nos recuerda nuestro estimado profesor y camarada Dalmacio Negro, se pretende, a fuerza de presionar en una dirección artificial, nada menos que alterar la mismísima naturaleza del hombre, rivalizando directamente, por lo que se ve, con Dios mismo, autor de esa naturaleza. 
Pero la socialdemocracia, a su vez, es solamente la forma actual del sistema destructor de la tradición. En realidad, éste ha venido adoptando diferentes formas a lo largo del tiempo desde que el hombre europeo empezó, muy despacio, hace varios siglos, a distanciarse de Dios y a distanciar a Dios de las cosas de los hombres, dando comienzo con ello a lo que se ha conocido como antropocentrismo por oposición al teocentrismo medieval. El antropocentrismo, renacentista, hizo crecer a ojos de los hombres la idea que éstos tenían de sí mismos, de sus posibilidades aquí en la tierra, de su libertad, hasta que llegaron, libremente, a desprenderse de la necesidad de Dios, que por cierto es quien les había otorgado esa libertad.
Y cuando ese sentimiento pasa de las minorías a las calles y se convierte en la forma corriente de vivir, el Sistema, entonces, ha ganado su primera gran batalla. La eternidad deja de ser una preocupación; la verdad única de Dios deja de tener sentido para el hombre común, que cree bastarse a sí mismo; se abre paso entonces el relativismo en el que todas las opiniones son legítimas, todo es verdad y todo es mentira a la vez. La conciencia de cada individuo se convierte en la única fuente de verdad moral para sí mismo, por lo que llega a haber tantas normas como individuos, tantos mundos como conciencias, tantos grados de liberación de las conciencias como grados de abandono de la alianza con Dios.
Así empezó, más o menos, la ruptura de la tradición. Cuando el hombre vuelve a morder la manzana de la soberbia, creyéndose autosuficiente y dueño absoluto de su vida y del futuro y empieza a odiar a Dios, como el enemigo a batir, pues en el fondo lo que quiere es ocupar su lugar. Comenzaba así lo que se ha llamado «religión secular»: se trata ahora de sustituir un sistema de creencias trascendentes por un sistema de creencias terrenales, intramundanas, preparando el futuro laicismo. Y, de ahí, al caos. Hoy vivimos sus consecuencias extremas y, ojalá, las últimas, aunque creo que no.
La clase sacerdotal de esa nueva religión secular es el socialismo, que, ideológicamente maquillado, ha prohijado a las numerosas fuerzas culturales e ideológicas que representan y promueven esta visión secularista y «humanista» de la vida y del hombre (multiculturalismo, feminismo, ecologismo, movimientos homosexuales, la llamada cultura de la muerte, etc.), representando, así, el socialismo su rostro más conocido y uniforme, que, a su vez, utiliza estas nuevas ideologías fragmentarias como pretexto para mantenerse, ocultando su anacronismo con el disfraz de un –ya de por sí discutible– progresismo.
Del capitalismo poco hay que decir. Está metido hasta las entrañas de la sociedad y en los resortes morales de los hombres, por lo que toda la sociedad hoy tiene mentalidad capitalista, mientras toma prestado del socialismo un discreto toque de solidaridad para que cada cual pueda sentirse bien consigo mismo, máxime cuando el socialismo además ha conseguido engañar al planeta entero haciéndole creer que el izquierdismo, no el cristianismo, es la forma actual de la ética. Y el tonto burgués se lo cree, practicando también un delicado y suave izquierdismo que queda bien y da un cierto toque intelectual y humanitario a su egoísta simpleza.
Por lo dicho, parece claro que lo que se está cociendo es la liquidación gradual –y camino de ser definitiva– de la tradición cristiana, occidental y española. Las armas han sido el totalitarismo democrático y la presión psicológica, que han uniformizado a la opinión pública común hasta extremos inconcebibles.
Cada momento de la historia es siempre un conflicto que hay que resolver, y el conflicto de nuestra era, poniéndonos algo apocalípticos, diríamos que es una guerra entre el bien y el mal, entre la armonía y lo caótico y, peor aún, una guerra de muchos hombres contra Dios, del llamado progresismo contra el cristianismo, cuyo lugar quiere ocupar. Una guerra que debemos aceptar como tal. Y, aceptado que es así, y aunque sólo sea por puro interés personal, no podemos permanecer impasibles viendo cómo se desmantela, pieza a pieza, un mundo que ha sido siempre el nuestro.
¿Qué puede hacerse? No esperéis que yo os lo diga ahora. Ojalá supiese y pudiese hacerlo.
Pero, pensando un poco, lo primero creo que es aceptar que la cosa está francamente fea y va para largo, que ya viene de siglos atrás y siempre a peor, ganando terreno la ideología secularista frente a la actitud cristiana de la vida, que hoy pasa por parecer absurda.
Cuando hayamos aceptado esto y nos hayamos dado cuenta de su gravedad: entonces preocuparnos. Preocuparnos, sí, y de verdad, porque quizá siempre hemos pensado que esto se acaba solucionando por sí sólo o alguien lo hará por nosotros. Pero, como no lo solucionemos nosotros, o pongamos los medios para empezar a solucionarlo, la sangre llegará al río. Ojalá no de forma literal.
¿Qué más podemos hacer? Una vez que esto nos preocupe lo bastante como para tomarlo en serio, procurar entender a fondo qué está pasando. Buscando saber por nuestra cuenta, interpretar lo que ocurre con ideas y pensamiento propios, más allá de lo que se diga en los medios de comunicación afines. Preguntar al que sabe y escucharle con sabia humildad.
Decíamos antes que la tradición no es quedarse parado en lo que había. Lo que había puede que necesite reformas muy serias. Por consiguiente, creo que también debemos hacer un esfuerzo de examen de conciencia de lo nuestro y establecer claramente los problemas que tenemos y qué remedios debemos aplicar, porque quizá con eso le quitemos argumentos a los que nos atacan.
E intentar imaginar una futura sociedad cristiana y española, a la vez que todo lo universal que permitan y exijan los tiempos; fijarnos así un ideal por el que trabajar, una razón para combatir a los que nos combaten.
También podemos cooperar en las respuestas de la sociedad civil a las agresiones del Sistema (las grandes manifestaciones que se han organizado y se organizarán), incluso cooperar con el trabajo de ciertas asociaciones, sean de los nuestros o no: eso por el momento carece de importancia.
Unirnos quienes procedemos de una tradición joseantoniana, pero no para seguir cantándonos canciones, explicándonos unos a otros lo que ya sabemos o para lamentarnos de que Franco no hizo la revolución o de lo mal que nos trata el Sistema porque está infestado de masones. Con masones o sin ellos, lo cierto es que, concretamente, nosotros no hacemos nada. Debemos tomar nota de eso también.
Y, finalmente, creo que debemos también rezar y, en muchos casos, aprender a rezar, y pedir a Dios su ayuda para combatir por su causa, y fuerza para aceptar lo que venga. Sin esto último es muy probable que no obtengamos nada, pues, como sabéis es Dios quien manda y, si decide que somos su instrumento, lo seremos, pero hay que pedírselo y ganar ese privilegio.
Y creo que una buena ocasión, especialmente sensible, para pedírselo es la Navidad, donde, por decirlo así, empezó todo.
Que en esta Navidad seamos capaces de hablar con Dios desde el corazón, pedirle y ofrecerle lo que os acabo de decir y lo que cada cual quiera pedirle y ofrecerle. Pero, procurad, sobre todo, que esta Navidad sea un momento mágico de paz, serenidad y preparación para el futuro.
Es lo que os desea a todos la Junta de la Hermandad Doncel.
Navacerrada, a 20 de diciembre de 2009

JUAN SIMEÓN VIDARTE SOBRE JOSÉ ANTONIO: UNA NOTA                                                     arriba

Juan Velarde Fuertes. Catedrático

Son muy importantes y bien escritas las Memorias de Juan Simeón Vidarte. Están constituidas por cuatro volúmenes: No queríamos al rey; Las Cortes Constituyentes de 1931-1933; El bienio negro y la insurrección de Asturias y Todos fuimos culpables (1936-1939). Era natural de Llerena. Su padre, Juan-Simeón Vidarte y Tarancón, sobrino del arzobispo de Sevilla, Joaquín Tarancón, era un abogado que fue secretario de Nicolás Muñoz Rivero y masón. Su hijo, el autor de estas Memorias, fue también masón y como tal, miembro importante del Gran Oriente Español y, también socialista. Estudió Derecho en la Universidad Central viviendo en la Residencia de Estudiantes, y tuvo mil vinculaciones con la Institución Libre de Enseñanza. Por ejemplo, fue amigo de la familia Uña. Dentro del PSOE se vinculó al prietismo, no al largocaballerismo. Se le designó presidente del Tribunal de Cuentas de la República.
En los diversos trabajos de José Antonio nunca vi citado el juicio que le mereció a Juan Simeón Vidarte. Se encuentra en el tomo No queríamos al Rey (Grijalbo, Barcelona, 1977), en la pág. 276. Textualmente dice: «Conocí a José Antonio Primo de Rivera en la Universidad y lo encontré más tarde en el Ateneo de Madrid y en la Academia de Jurisprudencia. Era un muchacho comunicativo, extrovertido y, en general, despertaba simpatías. Su situación respecto a su padre era difícil, pero siempre logró vencerla con dignidad. Con personalidad distinta a la del dictador, no renegó jamás de la obra de su padre, de quien decía que fue engañado villanamente por el rey y por sus colaboradores. José Antonio no se aprovechó nunca del papel prepotente que el padre desempeñaba en España. Él hacía el papel de hombre rico, pero nada ostentoso».
Creo que en torno a la persona de José Antonio, este testimonio ratifica multitud de otras noticias que existen sobre ella.

LAS DOCE UVAS DE LA ESPERANZA                                                                                                                 arriba

L. Fernando de la Sota

Los diferentes medios de comunicación y sus respectivos editorialistas y columnistas, nos presentan un balance desolador del año que termina y, lo que es peor, un panorama para el próximo año mucho más preocupante y oscuro todavía.
Por otro lado, internet echa humo, y los unos y los otros, aprovechando el anonimato o la falta de legislación sobre la responsabilidad de quien en ella escribe, utilizan la red para satisfacer sus más bajos instintos cainitas, drenando sus bilis, amarguras, frustraciones, odios o rencores, convirtiéndola en un pozo nauseabundo de desencuentros nacionales, apenas adornados con algunos, escasos aunque bien recibidos, apuntes de humor.
Por si fuera poco, sostengo una larga conversación con un viejo amigo, que no sólo me pinta también un catastrófico porvenir, sino que se niega a aceptar cualquier faceta positiva a la situación, ni  a la presente ni a la futura.
Y a todo esto, estamos a punto de terminar el año, y tomar las doce uvas tradicionales, al compás de las campanadas del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, que antes era único, y ahora las comparte con otros sucedáneos autonómicos. Yo nunca he sido muy partidario de esa costumbre un tanto pagana, y siempre he ironizado con los esfuerzos de mis familiares, atragantándose por acabarlas en el tiempo reglamentario, pero reconozco que hay muchos españoles que ponen una ingenua y respetable ilusión en dicha costumbre, en la que quieren simbolizar, no uno, sino tal vez doce deseos, en la esperanza de que se cumplan en el año que comienza.
Y en esta situación, aprovechando estos días navideños, me pongo a reflexionar y a preguntarme: ¿Es posible que en los 365 días pasados, no haya sucedido en España nada de lo que podamos sentirnos satisfechos?, ¿cuarenta millones de españoles no hemos sido capaces de haber producido ni una sola noticia alentadora, ni se sabe de alguna obra bien hecha, o de algún acierto que nos proporcione algún respiro positivo que justifique alguna de las esperanzas que pusimos en el año que termina?
Me niego a aceptarlo. Desecho aquello tan repetido, de que un pesimista es un optimista bien informado, y empiezo a repasar titulares antiguos o actuales, notas a pié de página, recortes de noticias, apuntes de cosas leídas, oídas o vistas, etc.
A ver: Ley del aborto de la ministra Aido, los nacionalistas catalanes se crecen, la saña laicista quiere retirar los crucifijos… pues por aquí la cosa no pinta nada bien…
España se baja los pantalones ante Mohamed, los gibraltareños detienen una patrullera de la Guardia Civil, Garzón quiere procesar a Franco y a sus colaboradores cincuenta años después,… Pues la verdad es que por aquí tampoco lo tengo fácil…
Pero mira, ya van saliendo cosas. A ver si espigando salen doce…

  • Los accidentes de tráfico han descendido considerablemente. Casi un treinta por ciento. La sangría de vidas especialmente jóvenes, se va restañando. Parece que nos vamos concienciando de que la carretera no es una pista de competición y de que el conducir no es un una especie de duelo estilo oeste americano. Es una buena noticia.

  • Nuestros deportistas, salvo los cuatro de siempre, cuando consiguen algún trofeo internacional, enarbolan o se envuelven orgullosos en  nuestra bandera nacional. Esto no debería ser noticia, pero tal y como estaban las cosas, es un buen síntoma y alegra el verlo y conocerlo

  • El presidente gallego Núñez Feijoó, cumple su promesa de promulgar un Decreto que deroga el aprobado por el anterior gobierno bipartito y que acaba con la imposición coactiva, de utilizar como única lengua vehicular el gallego, y garantiza el libre uso del gallego y el castellano en las aulas y en la burocracia oficial, anulando las restricciones y prohibiciones lingüísticas anteriores. Ojalá, pudiéramos decir pronto lo mismo de Cataluña y de Vascongadas.

  • Y hablando de Vascongadas. La paulatina, pero constante retirada de los nombres de etarras de las calles y plazas en sus ciudades y pueblos, es algo que nos debe llenar de alegría sobre todo por lo que significa para las familias de las víctimas de ETA, que venían soportando esa afrenta y esa humillación, durante tantos años. 

Si a esto, le unimos la detención de los directivos de Sagi, la asociación juvenil etarra responsable de la mayoría de la kale-borroca de los últimos tiempos, y el sorprendente e impensable cambio de la TV vasca, que ha modificado sus esquemas y que ha propiciado su mayor éxito de audiencia, retransmitiendo el mensaje navideño del Jefe del Estado español, creo que hay motivos para felicitarnos. ¡Ah, y para colmo, el nombramiento de monseñor Munilla como obispo de San Sebastián!…

  • En este mismo sentido, es justo reconocer que tras los tremendos errores del gobierno en su fallido intento de conseguir la pacificación de esas tierras, «a costa de lo que sea», con el cambio de actitud, y la extraordinaria labor de la Policía y la Guardia Civil, se ha conseguido disminuir sensiblemente la violencia de la banda asesina, y detener y encarcelar a la mayoría de los dirigentes de de ETA. Que sigamos así.

  • Otro motivo de satisfacción y sobre todo de reconocimiento, está siendo la enorme labor que están realizando las organizaciones de la Iglesia, que en lugar de perder el tiempo en discursos huecos, parches y frases solemnes, está dando físicamente de comer a cientos de miles de personas y familias y paliando sus necesidades más perentorias que, de no ser así, estarían en situación de auténtica pobreza y desesperación. Esa labor de la Iglesia y de cientos de voluntarios, minusvalorada e incluso ignorada cuando no despreciada por el gobierno, los partidos políticos y buena parte de los medios de comunicación, resulta reconfortante, por el esfuerzo solidario de todos los que somos católicos, intentando, con discreción y sentido evangélico, reafirmar la dignidad de la persona que se ve hundida por la falta de trabajo y por lo tanto del salario justo y suficiente para vivir y atender a su familia.

  • Y ya que hablamos de la Iglesia, también es bueno dejar constancia de que junto a las asociaciones de Víctimas del Terrorismo, han sido las organizaciones de carácter religioso, las que han sido capaces de movilizar y sacar a la calle a numerosos e importantes colectivos ciudadanos en defensa de principios y valores como la vida del recién nacido o de la familia, o a manifestar su oposición a determinadas medidas de gobierno que consideraron inaceptables. Un ejemplo de lo que la sociedad civil puede hacer y conseguir, cuando tiene las ideas claras y voluntad decidida de defenderlas. 

  • Las encuestas de opinión, incluso las oficiales, van reflejando tozudamente, que la confianza y la popularidad del presidente Rodríguez Zapatero y de los miembros de su Gobierno están cayendo en picado. Lo del talante y las promesas rotundas, siempre incumplidas, están siendo rechazadas cada vez por mayores sectores de la sociedad. Falta teóricamente mucho para las próximas elecciones, pero la tendencia está manifestándose cada vez más clara.

  • El fiasco de las consultas proindependencia catalanas, han puesto al descubierto para sorpresa y desconcierto de los sectores radicales que las convocaron, teniéndolo todo a favor en aquellas plazas en donde se celebraron, que al igual que cuando se votó el Estatuto, sólo consiguen un escaso 30% de apoyos populares.

  • La Ley que reconoce y ampara la integridad de los profesores y maestros, para acabar con esa situación injusta e insostenible en las aulas, en donde eran sometidos a toda clase de intolerables vejaciones y humillaciones por parte de alumnos, e incluso de padres de los mismos, llegando a la agresión física, era una necesidad justa e insoslayable. Bienvenida sea. 

  • La conjunción planetaria de Obama y Zapatero parece que empieza a hacer aguas. ¡Vaya desilusión!, parece que el moreno primer mandatario de EE.UU. utiliza el mismo lenguaje belicoso que su antecesor, el odiado Bush, y habla de aumentar los efectivos militares en Afganistán, incluye en el «eje del mal», al Yemen, y habla de guerra, sin tener en cuenta el lenguaje correcto que utiliza y aconseja la ministra Chacón y que obliga a su Jeme preferido.

  • Y doce. No espigo más, aunque han ido saliendo más cosas. Dejo esta última para que la ponga el lector. ¿De verdad no conocemos cada uno de nosotros, a ningún político honrado?, ¿a ningún alcalde o concejal honesto que cumpla con sus obligaciones sin enriquecerse fraudulentamente?, ¿a ningún periodista independiente que no esté vendido?, ¿a ningún funcionario que no esté cumpliendo sus obligaciones con rectitud y eficacia al servicio de la  administración de España? No lo creo. Estoy seguro de que sí.

Se acabaron mis reflexiones. Ya sé que muchos de los que lean estas líneas, estarán diciéndose: Pero bueno, ¿y esto es todo lo que se te ocurre?, ¿con lo que está cayendo, te conformas con estas cosas?
Pues sí. Ya me gustaría, naturalmente, que en España se hubiera producido este año un vuelco sensacional. Que las cosas se hubieran hecho de otra manera y que otras muchas no hubieran ocurrido. 
Pero en la vida, cuando las cosas parece que se derrumban y que todo se acaba, hay que aferrarse a lo que se tiene, a las cosas buenas, por pequeñas que sean, para no caer en el desánimo y el pesimismo y seguir manteniendo la esperanza.
Porque esas pequeñas cosas buenas y positivas, son como lucecitas que parpadean en la oscuridad del túnel, augurando que vendrán tiempos mejores con la ayuda de Dios y nuestro esfuerzo.
Y oiga, déjenme tomar las uvas en paz que ya hablaremos mañana de otras cosas.

UN ESPAÑOL DESCONOCIDO                                                                                                                                   arriba

Enrique Marticorena. Ingeniero de Telecomunicación

Este verano he visitado la exposición que, conmemorando el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin (Febrero de 1809), está teniendo lugar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Fuera de todas las trasnochadas polémicas sobre evolucionismo y creacionismo, confieso que, desde siempre, me ha interesado la historia de los descubrimientos en el campo de las ciencias naturales: cómo han surgido las teorías que luego han resultado contrastadas por los hallazgos en el campo de la ciencia positiva; cuáles han sido las anécdotas que, muchas veces de forma casual, han servido para hacer avanzar el conocimiento científico; qué ambiente social y político ha constituido el caldo de cultivo en el que han tenido lugar los principales descubrimientos, etc.
Así, en la muestra citada, me he sorprendido con dos hechos cuya realidad desconocía y sobre los que me he visto impulsado a investigar.
El primero de ellos corresponde a algo que ha sucedido muchas veces en el campo de los descubrimientos científicos. Me refiero a lo que podríamos llamar la «madurez socio-científica» y que ha hecho que muchas veces el nivel alcanzado socialmente en algún tema origine que un determinado descubrimiento caiga «como breva madura» o, en otras palabras, que el nivel de conocimientos preexistente devengue de forma natural y obligada en el hallazgo de algo nuevo, trascendental y revolucionario.
Los grandes descubrimientos, y los científicos no constituyen una excepción, son siempre el resultado de la necesidad de cubrir un vacío o explicar un hecho contradictorio en la teoría vigente en ese momento. La necesidad de cubrir ese hueco estimula a la comunidad científica en su conjunto y, en particular, inquieta a los científicos concretos que, teniendo el nivel de conocimiento suficiente para identificar los puntos débiles de la teoría, son capaces de iniciar una búsqueda que es, de hecho, una especie de carrera individual por llegar a llenar ese vacío. Está claro, por tanto, el punto de partida, la pieza perdida o que no encaja en el puzle y esa identificación de qué es lo ignoto, que suele ser compartida por varios científicos simultáneamente.
Los ejemplos son abundantes en todos los campos del conocimiento: hay quien sostiene que el descubrimiento de América se hubiera realizado igual, diez años arriba o abajo, aunque no hubiera existido Colón ni los Reyes Católicos se hubieran prestado a financiar la empresa. Hubiera sido otro navegante y, tal vez, otro reino europeo, pero el impulso económico por encontrar una ruta hacia Cipango y la tecnología necesaria para la navegación estaban ahí para propiciar un descubrimiento que se hubiera producido de todas maneras.
En temas tecnológicos o de ciencia aplicada se han dado también casos curiosos. Por ejemplo en el campo del diseño y la consiguiente formulación simultánea de patentes de productos idénticos, por parte de personas alejadas geográficamente y que ni siquiera se conocían. Sirva como ejemplo la invención del teléfono atribuida al escocés naturalizado norteamericano, Alexander Graham Bell, que lo patentó en 1875. Hoy nadie discute que, algún tiempo antes (1860) el también científico italiano Antonio Meucci ya había desarrollado un invento similar, aunque la falta de consideración de las posibilidades prácticas del mismo o tal vez su precaria situación económica, le impulsaron a no patentarlo.
Todo esto me sirve para explicar que hoy ya se sabe que la teoría de la selección natural y la evolución de las especies, que todos asignamos a Darwin, fue postulada simultáneamente por otro excéntrico naturalista británico llamado Wallance. Pero lo más sorprendente, y esto ha sido mi segundo gran descubrimiento en la exposición, es que 50 años antes, un militar oscense llamado Félix de Azara (Barbuñales, 18 de mayo de 1746) publicó un libro titulado Viajes por la América Meridiona, en el que ya formulaba algo parecido a lo que Darwin y Wallace dieron más tarde a conocer al mundo.
Azara, teniente coronel de ingenieros, recibe en 1781 la orden de desplazarse a Brasil para fijar conjuntamente con los comisarios portugueses, y con arreglo al Tratado de paz de El Pardo (1778), la línea de demarcación de las posesiones respectivas de ambos países.
Los ingenieros españoles integrantes de la Comisión terminaron con diligencia las operaciones de que estaban encargados, pero como los portugueses, para la ejecución estricta del Tratado, se veían obligados a abandonar parte del territorio que controlaban, procuraron diferir cuanto les fue posible la terminación de sus operaciones a fin de eludir el cumplimiento de su compromiso. En esto se vieron amparados por la negligencia o connivencia culpable de algunas autoridades españolas. El mismo D. Félix de Azara relata en su obra: «…se me ordenó marchar lo más pronto posible a la Asunción, capital del Paraguay, a fin de hacer los preparativos necesarios y esperar a los comisionados portugueses […] como yo comenzaba a estar al tanto de su manejo (se refiere al virrey español) y veía que en lugar de trabajar para la fijación de los límites no quería más que prolongar dicha operación hasta el infinito, por sus dilatorias, consultas a la corte y pretextos fútiles y ridículos para impedir la ejecución, pensé sacar el mejor partido posible del largo tiempo que me iban a proporcionar estos retardos».
Así, Azara, durante los casi trece años que duró el «si pero no», decidió no perder el tiempo y emprendió, a su costa, un gran número de largos viajes por todas partes de la provincia del Paraguay y de la Patagonia, realizando una enorme cantidad de levantamientos cartográficos y observaciones sobre la flora y la fauna de la zona. Más tarde, al ser nombrado jefe de la frontera este (con el Brasil), continuó sus exploraciones también en ese área.
De sus trabajos cartográficos, que quedaron propiedad de la corona, he podido leer alabanzas por parte de las autoridades de países iberoamericanos, habiendo siendo editados sus cartas y mapas incluso en el propio siglo XX. Como ejemplo, señalar que en 1904 R. R. Schuller publica la Geografía física y esférica del Paraguay, cuyo manuscrito original, por supuesto de Azara, se conserva en el Museo y Biblioteca de Montevideo.
Pero la obra que nos interesa, los cuadernos con sus observaciones de la naturaleza, se editó en Francia en 1805 (cuatro años antes del nacimiento de Darwin), pues como aun sucede en nuestra patria, el interés por los temas científicos era también entonces muy escaso. Así se lamenta Azara en carta dirigida a su editor-traductor francés M. Walckenaer: «…no espero verla estimada en mi país, donde el gusto por las ciencias, y sobre todo por la Historia Natural, está absolutamente dado de lado…».
Entre las cuatrocientas cuarenta y ocho especies que describe Azara hay unas doscientas nuevas, de las que ningún naturalista ni ningún viajero habían hablado antes. Además incluye un gran número de especies de las que da descripciones mucho más exactas que las que entonces se disponían. En suma, se trata de la obra de un hombre meticuloso, tozudo, observador y disciplinado. No obstante, Azara conocía sus limitaciones y su falta de formación como naturalista. Por ello, su obra es fruto de una incansable y continuada autorevisión. A este respecto, su editor francés dice de él: «no hay hombre más dulce, más modesto y más alejado del empaque científico, más pronto a dudar y más apresurado a retractarse cuando cree que se equivoca».
Es casi seguro que Darwin, que cita reiteradamente en sus obras a Azara, llevaba consigo un ejemplar de Viajes por la América Meridional durante el viaje de maduración de su teoría, ya que gran parte del periplo del Beagle (el barco en el que viajaba el naturalista británico) se desarrolló por las mismas áreas en las que trabajó Azara.
Es una pena que, en éste como en otros temas, personas cuyo trabajo bien hecho ha sido importante para el desarrollo de la ciencia y verdaderos precursores de conocimientos hoy indiscutibles, hayan sido borrados de la memoria histórica por el único delito de pertenecer a un pueblo que no sabe apreciar la excelencia de alguno de sus hijos.

UNA CONMEMORACIÓN MENTIROSA                                                                                                                 arriba

Millán Riva

Se celebró en todo el mundo occidental el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, con especial atención a los actos organizados en aquella ciudad, a los que asistieron altos dignatarios de todos los países occidentales y Rusia. Todos los comentaristas estuvieron de acuerdo en rememorar con satisfacción aquel momento como la gran ocasión para liberar a la mitad de la población europea, pero omiten, intencionadamente o no, interpretar el derrumbamiento inmediato de todo el sistema comunista de la Unión Soviética. E interpretan aquella caída como si hubiese sido originada por la casualidad, porque, y en ello coinciden la mayoría de los «enterados», nadie podía esperar que se derrumbase de pronto un sistema que «parecía enormemente sólido y destinado a durar décadas, si no siglos».
En primer lugar cometen la vileza de encomiar a Ronald Reagan y Margaret Tatcher como impulsores de aquella transformación, pero omitiendo toda mención a Juan Pablo II, sólo recordado por Walesa, como el principal responsable de suscitar en aquellas sociedades oprimidas el valor y ánimo necesarios para derrumbar un sistema tambaleante. Porque el sistema comunista estaba tambaleándose desde hacía décadas, aunque sus devotos en occidente no fueran capaces de percatarse de ello. La URSS no fue nunca capaz de actuar en vanguardia en ningún aspecto, exceptuando la actividad de la intoxicación mental. Vivió la mayor parte de su existencia aprovechando los inmensos recursos naturales de los que el Imperio Zarista disponía, gracias a su enorme extensión. Sus necesidades económicas fueron satisfechas con la venta de petróleo, gas –en sus últimos momentos– piedras y metales preciosos y recursos minerales, en general. Sólo al final, cuando una serie de naciones satélites, hechas unos zorros incapaces de competir y dependientes de la generosidad de la URSS para mantener la ficción de funcionamiento normal, estiraron esa generosidad al límite, tuvo que reconocerse incapaz de mantener el tinglado y tirar la toalla reconociendo su derrota económica.
Que era también una derrota militar. La superioridad tecnológica occidental, americana, fue siempre clave en la confrontación de la guerra fría. A cada avance occidental contestaban los rusos con una réplica masiva, en cuyo desarrollo volcaban toda su capacidad económica mientras su pueblo se hundía en la miseria y el atraso comparativo. A la bomba de 3kT de Hiroshima respondieron con las de 10kT. A la bomba de Hidrógeno con la  superbomba de 50MT. Al submarino nuclear lanzamisiles, con las flotas de submarinos lanzamisiles, al misil intercontinental con los misiles intercontinentales de más alcance, al misil de cabeza múltiple, con los misiles de varias cabezas múltiples… Todo ello consecuencia de una política de enfrentamiento al coste que fuera, un espionaje intensísimo como criterio de mantenimiento de la distancia y una asignación privilegiada de recursos y talentos humanos, mientras se postergaba la atención a necesidades perentorias de su sociedad civil. Pero dependiendo de occidente en los aspectos clave, punteros, de esa tecnología. Comprando en occidentes los sistemas informáticos indispensables para ese esfuerzo.
Hasta que llegó la crisis inevitable. En el combate aéreo sobre el Valle libanés de la Bekaa, entre la aviación Israelí y la Siria, se destapó la realidad de la pugna tecnológica. Ambas naciones se apoyaban en ayudas tecnológicas extranjeras, americana y soviética, respectivamente. Los israelitas comenzaron el enfrentamiento enviando un avión espía sin piloto, que los sirios derribaron con un misil. Algo esperado por los primeros, que captaron el código de guía del misil con un avión AWAC de observación electrónica. A continuación, cuando los cazas sirios intentaron oponerse a la actuación de los cazabombarderos israelitas, al AWAC le bastó el código antes captado para desviar todos los misiles sirios. El resultado, que espantó a los militares soviéticos que analizaron el combate, fue de 86 derribados sirios por ningún israelí. La fuerza aérea Siria desapareció. Y los soviéticos se percataron de que sus magníficos aviones estaban tan inermes ante sus enemigos potenciales como si fuesen unidades de la IIGM. Pidieron un esfuerzo extraordinario a su gobierno para recuperar el desfase, pero la URSS estaba ya intentando atender a otro frente tecnológico. USA estaba desplegando en Europa los misiles crucero, capaces de navegar cincuenta metros por encima de las desigualdades del terreno, resultando así indetectables con la anticipación precisa para su intercepción. Y Reagan anunciaba a bombo y platillo su programa de escudo antimisiles basado en satélites equipados con láser de alta potencia, capaces de destruir los misiles intercontinentales en cuanto iniciasen su vuelo. Era aún un farol, pero algo que la URSS era incapaz de encarar. La  situación le hizo tirar la toalla. Gorbachov fue convocado como solución joven e incluso creyó posible revertir la situación con una apelación a la autenticidad y transparencia. Era imposible. Pronto se percató de que una sociedad atrasada, como la soviética, no podía sobrevivir aguantando un esfuerzo militar. La URSS había fracasado militar, económica y socialmente. Y se derrumbó.
No se derrumbó el Muro, se derrumbó la sociedad y el sistema que lo erigió y que se amparaba tras él. Aunque sus devotos de occidente intenten disfrazar ese derrumbe atribuyéndolo a una mala gestión de una idea maravillosa. El último baluarte de esa idea fue la pretensión de que en la DDR alemana el sistema, manejado con la eficiencia y el rigor germano, sí funcionaba. Era falso. Aquel Estado vivía exclusivamente de la generosidad soviética y se derrumbó con la URSS. Siguen sin comprender que una idea absurda está condenada a fracasar irremisiblemente. Pese a los esfuerzos o canalladas que se apliquen para implantarla. Que no escasearon en este caso. Ni los unos ni las otras.

ANTES ROTA                                                                                                                                                                                      arriba

César Antonio de los Ríos (A B C)

Bajo el título que precede, César Alonso de los Ríos (en ABC del 8 de enero), publicó un certero comentario ante las perspectivas que se derivan del comunicado y actitud del Presidente Montilla presionando al Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña que, al parecer, emitirá próximamente sentencia respecto a la constitucionalidad o no del conflictivo Estatuto.


Si José Calvo Sotelo prefería en el 36 una España «roja» a una España «rota», los socialistas de ahora son partidarios de la rota en el caso de que la roja pierda las elecciones.
Este es el plan que formalmente ha puesto en marcha Montilla al llamar a rebato a la sociedad catalana por si la interpretación del Tribunal Constitucional sobre el Estatut supusiera recortes inaceptables de este. Y digo «formalmente» porque, en realidad, el President cumple órdenes del Presidente. El guión de la película es de Zapatero. De lo contrario éste habría cortado en seco las acciones de aquél.
El charnego cordobés tiene el placet de Moncloa para hacer una presión preventiva sobre el TC tan fuerte que éste no pueda impedir la conversión de Cataluña en un Estado/Nación.
Montilla no manda tanto por sí solo. Si actúa de forma tan temeraria es porque ha recibido órdenes de Madrid.
La osadía de la estrategia es tan arriesgada que juega con el modelo de España y con métodos totalitarios. Es verdad que Guerra decretó la muerte de Montesquieu hace ya dos décadas pero nunca fue tan radical la lucha contra la división de poderes. Nunca los métodos totalitarios habían conseguido que la soberanía de la Nación dejará de basarse en el pueblo español para hacerlo en el catalán. (¡Pobre Benjamín Constant!). Nunca un partido «democrático» consiguió que la prensa publicara «libremente» un editorial único dictado por el Ejecutivo.
Los movimientos con los que Montilla está tratando de asegurar que Cataluña sea un Estado/Nación se explican como una prevención frente a la posibilidad de una posible victoria del PP. El puzzle resultaría tan ingobernable para el PP como un campo de trabajo ideal para el partido que se ha planteado la confederación como una meta a corto plazo.

UN NUEVO AÑO                                                                                                                                                                    arriba

Alberto Miguel Arruti

En estos primeros días de un año que comienza, es el momento de hacer predicciones sobre cómo se presentará este nuevo período de tiempo. Por lo que se refiere a España, no se puede ser optimista. De un lado la crisis que afecta a todo el mundo, en particular a Europa, y muy en particular a España. En segundo lugar, el problema catalán. Que Cataluña se encuentra al borde de la escisión es algo que no se puede negar. Y lo que pase en Cataluña sucederá, antes o después, en el resto de las autonomías. Parece que un estado federal se encuentra ya superado. Tal vez, se dibuje un estado confederal. O quizás, un estado de las autonomías, entendiendo por tal una nueva forma de organización política, que sería creada por España y que no sabemos cómo se podría perfilar. La no cesión de El Prat es un tema que abona, una vez más, el victimismo catalán. Los socios minoritarios del tripartito, ERC y ICV, temen ahora que el PSC acepte la no cesión a cambio de asumir íntegramente la gestión de los aeropuertos secundarios de Gerona–Costa Brava, Reus y Sabadell, y así quedarían incluidos en la lista de traspasos del Estatuto. Tantas cosas se han cedido que ésta de los aeropuertos carece de sensibilidad para la mayoría de la población española. Por otra parte, Laporta, el célebre presidente del Barça, explora posibilidades, de carácter independentista. ¿Dónde vamos en esta situación? Por otro lado, intentamos integrarnos en una unidad más fuerte, donde ya estamos, que es la Unión Europea. Europa, aunque nos resulte triste reconocerlo ha dejado de ser una potencia. La potencia es Estados Unidos, que fue el único vencedor de la Segunda Guerra Mundial. Y ahora aparecen potencias emergentes. Como pueden ser China, la India, el mundo islámico y, en la lejanía, Brasil y quizás, con muchas dudas, México.
Por otra parte, los datos sobre la crisis económica resultan pavorosos. Casi 800.000 personas perdieron su empleo el año pasado. Del total de parados, próximo a los cuatro millones, más de un millón y medio se han registrado desde que Rodríguez Zapatero accedió a la presidencia del Gobierno. Si estos datos los comparamos, con el resto de Europa, el resultado es todavía más desalentador. España es el país que tiene la tasa más alta de paro de todos los países de la eurozona. Y en el caso de la Unión Europea –27– sólo le supera Letonia. La media de paro en la eurozona es del 9,8 % de la población activa, es decir, nada menos de la mitad de la registrada en España. Si nos referimos a los parados jóvenes, los datos son todavía peores. El paro se sitúa aquí en el 42,9% en el pasado octubre, más del doble del de la eurozona. Estos datos adquieren todavía un carácter más duro cuando se cuenta que durante los dos gobiernos de José María Aznar la cifra de parados se redujo en 710.034 personas, al bajar desde los 2.891.580 de marzo de 1996 a los 2.181.546 de marzo de 2004. ¿Qué solución tiene esta situación? No es fácil de comentar. Pero no parece lógico pensar que el paro vaya a disminuir de forma importante.
Podríamos citar otros muchos problemas, pero es bastante con estos dos. De un lado, la desintegración o la balcanización de España, que se divisa como un peligro relativamente próximo. De otro, la crisis económica cuyo factor más ostensible es el índice de parados, que no parece fácil, ni mucho menos, de disminuir y mucho menos de que llegue a desaparecer.

SONIDOS INSOSPECHADOS DE LA MÚSICA MILITAR                                                                         arriba

Antonio Mena. Comandante de Infantería (R). Profesor de Historia y Estética de Música militar.

El común de las gentes identifica la música marcial con el sonido de las cornetas, trompetas y tambores, y con el aire de las marchas militares., pero no sabe que las composiciones inspiradas en el mundo de las armas, las batallas y los ejércitos, discurren por los caminos más insospechados.
Este es el caso de las piezas escritas por pequeños y grandes compositores como Beethoven, Haendel, Verdi, Mozart, Hayden, etc. para  instrumentos raros y curiosos en su mayor parte automáticos. El origen de estos instrumentos, dentro del ámbito cultural de Occidente, datas de finales de la edad media y principios del Renacimiento, pero no se generalizan hasta el siglo XIII y el primer tercio del XIX.
Como se puede imaginar, la variedad de instrumentos automáticos que han existido y aún se conservan en museos de música como los de Bruselas, Berlín o Edimburgo, es inmensa. La historia de los mismos, guarda estrecha relación con los mecanismos de relojería ya que a partir del siglo XVI se empieza a extender por los Países Bajos la costumbre de montar carillones de campanas en las iglesias y ciertos edificios públicos, accionados por artilugios mecánicos que les permitieran emitir sonidos musicales e incluso melodías coincidiendo con el inicio de determinas fracciones de tiempo en el reloj de las torres.
Tras los carillones van apareciendo sucesivamente los órganos mecánicos, cajas y relojes de música, pianos y pianolas mecánicas e instrumentos que intentan reproducir el sonido de toda una orquesta como el «Panharmonikón» y el «Orquestrión». Para todos estos instrumentos se escriben o adaptan marchas, danzas, canciones, fragmentos de óperas y composiciones sinfónicas.

relojes musicales

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, se impone la costumbre de regalar cajas y relojes musicales construidos exprofeso para los reyes, príncipes y nobles, muchos de ellos militares de alta graduación, por lo que se crea todo un repertorio formado por toques, marchas y piezas de batalla.
Entre 1772 y 1773, Primitivus Niemecz, bibliotecario del príncipe Esterázy, fabricó dos magníficos relojes para los que Franz Joseph Hayden (1732-1809) compuso al menos doce piezas y adaptó cinco de obras anteriores, como el segundo movimiento de la sinfonía nº 53 «La imperial» y el minueto de la sinfonía nº 85 «La Reina».
Entre las doce piezas originales para reloj de música figura una «Marcha de granaderos», atribuida a Beethoven, pero que en realidad fue escrita por Haydn a principios del siglo XI, Esta composición fue luego instrumentada por Beethoven para banda militar, de ahí el equívoco en la autoría de la partitura.


otros artilugios mecánicos

En una muestra fonográfica de los instrumentos mecánicos que se conservan en el Museo Nacional de Praga, se incluyen composiciones de música militar grabadas en los instrumentos siguientes:

  • pipe barrel organs (Organillo): «El granadero de acero», marcha militar de autor anónimo.

  • Polifono: «Marcha de Radezki». Marcha militar austriaca de Johann Strauss.

  • Orchestrion (Orquestrión): Danzas checas de Frederic Smetana.

Este último instrumento inventado por el abate Vogler de Holanda en 1789 dio lugar a otros que al igual que aquel tienden, como he dicho, a reproducir el sonido de una orquesta. Uno de ellos fue el Phanarmónicon creado por J. N. Maezel, amigo de Beethoven, a quien le encargó que compusiera una obra para dicho instrumento sugiriéndole que, puesto que en fecha próxima tenía proyectado un viaje a Inglaterra, nada mejor que ofrecer a los británicos como saludo de bienvenida una composición que estuviese relacionada con su Historia.
Beethoven, suponemos que conocedor de la derrota infligida a los franceses por las tropas españolas y angloportuguesas el 21 de Junio 1813 en Vitoria, en el curso de la Guerra de la Independencia (1808-1814), escribió la «Sinfonía guerrera», más conocida como «La victoria de Wellington en la batalla de Vitoria» a la mayor gloria de sir Arthur Colley Wellesley, duque de Wellington, jefe de las fuerzas británicas.
En realidad fue el primer movimiento de la sinfonía la «Batalla», el que concibió para el instrumento de Maezel, ya que el resto le escribió para la orquesta. Posteriormente los ingleses la armonizaron e instrumentaron para banda militar, con acompañamiento, en determinados pasajes, de estampidos de cañón.
En España de todos los instrumentos mecánicos es sin duda el organillo o piano de manubrio de origen posiblemente italiano, el que alcanzó mayor popularidad. En él, sonaron por calles y plazas del viejo Madrid las notas del «Pasodoble de la Bandera», de la revista musical «Las Corsarias», de Francisco Alonso. Durante la Guerra de Marruecos (1909-1927), también los organilleros madrileños fijan en los cilindros de sus instrumentos otras composiciones marciales como el pasodoble de «El soldadito español», de la «Orgía dorada», de Jacinto Guerrero y el de «Los quintos» de «La bejarana», de Alonso.
Con un sentido premonitorio Luis de Góngora refleja en el romance burlesco «Cuando la rosa aurora», el eco marcial en la música del organillo en esta estrofa:
Diole el viento y fue al organillo
donde con admiración
oyó su trompa el soldado
y su zampoña el pastor.
Con lo dicho hemos visto pues, que la música militar camina por los senderos más recónditos como por los que transitan por las campanas, los órganos de las catedrales y las canciones de ronda de los mozos que tiempo ha dejaban la aldea para servir al Rey, en las filas de los ejércitos.

LA MAYORIA NI PIENSA NI RAZONA                                                                                                               arriba

Luis Antonio Vacas. Doctor en Química.

Ya nos señaló Moisés ben Maimón, el judío español conocido como Maimónides, que los mandamientos de Dios no son otra cosa que la relación del orden que existe en la naturaleza y que debe ser respetado por el hombre.
Por lo tanto, la afirmación gratuita de que la mayoría tiene siempre la razón, es una solemne majadería, ya que los sabios, los ilustrados y los santos, son siempre minorías. No obstante, son ellos los que nos llevan y conducen al progreso. Las mayorías son más materialistas y siempre tienden al disfrute y no a la creación.
El orden natural humano está compuesto, por una serie de deberes y derechos que no dependen de su voluntad. Ya que fue Dios quien los creo, dándoles el regalo de la vida y la facultad de que la trasmitan mediante el amor de la pareja, en la intimidad de la hembra y el varón, como personas, formando la familia y la sociedad.
Por lo tanto, la verdadera democracia, necesita el apoyo de fuertes y seguros cimientos, tales como un orden moral de acuerdo con su propia naturaleza. Teniendo en cuenta que Dios los creo y les dio a los humanos el gran regalo de la vida y la facultad de transmitirla mediante el amor, en la intimidad de la hembra y el varón como personas, creadas por Dios, para formar una familia y una sociedad humana, regida de acuerdo con sus mandamientos.
Las leyes impuestas por Dios, creador de los humanos, han de obedecerse de la misma manera que observamos y respetamos a las leyes físicas de la naturaleza, si no queremos que la sociedad se desequilibre y descomponga.
De ahí que las leyes Divinas han de estar de acuerdo y ser respetadas por las leyes que utilizan los humanos en la sociedad, si no queremos vivir en desorden con las leyes que rigen el Universo en su totalidad. La Naturaleza, creada por Dios, procede del mismo origen, es decir del mismo Dios que creo también al hombre, y a la mujer de una costilla del mismo ser de varón.
Albert Einstein, premio Nóbel de Física de 1921, ya nos decía: «Estoy convencido que los hombres sobresalientes que –aún cuando restringidos a círculos pequeños– fueron considerados líderes a causa de sus obras, comparten todos el mismo ideal. Sin embargo tienen poca influencia. Parecería que el destino de las naciones debe dejarse invariablemente en manos de los irresponsables dueños del poder político.
Los dirigentes políticos deben sus investiduras a la violencia y en cierta medida a su elección por parte de las masas. En lo que respecta al intelecto y moralidad no puede considerárseles una representación del sector más avanzado. Pero es verdad que en estos tiempos la elite intelectual ya no ejerce influjo directo en la historia de los pueblos. Dispersa, no puede participar ni incidir en los problemas actuales». Señalaba además, que: «La primacía de los tontos es insuperable y está garantizada para todas las épocas. El terror de esta tiranía. se mitiga por su ineficacia y sus consecuencias». Y con fino humor, nos dice lo que piensa de la masa: «Para ser miembro irreprochable de un rebaño de ovejas, hace falta primero ser oveja».
El revolucionaria Reinhard Béndix, refiriéndose al siglo XX nos decías: «En la segunda mitad de este siglo, empero, han surgido dos peligros que no tienen precedente por sus implicaciones. Uno es la trasformación de la protesta radical, y el otro, la trasformación de la fe en el progreso a través de la ciencia. Ambos significan un gran debilitamiento, tal vez fatal, de la tradición ilustrada […] No menos notables es la decadencia de la fe en la razón, dentro de la ciudadela de la ciencia de Occidentes. Desde el descubrimiento de la energía atómica, el prestigio de la ciencia se ha puesto en tela de juicio, y con él, los restantes legados de la ilustración […] Por tanto, las últimas décadas de este siglo pudieran ser testigos de una crisis de conciencia, al plantear las consabidas cuestiones acerca de la finalidad del saber. Esta perspectiva inspira inquietud y esperanza, pero no mucha confianza. «Tampoco debemos olvidar lo que Mussolini pensaba de la masa «La masa é donna, voule nomini forti (La multitud y la mujer, quieren al hombre fuerte)».

LIBROS                                                                                                                                                                                                    arriba

Españoles que no pudieron serlo
José Antonio Ullate Fabo
LibrosLibres. Madrid 2009. 246 páginas.

La verdadera historia de la independencia de América, tal es el acertado subtítulo de una nueva obra de José Antonio Ullate, joven autor bien conocido no sólo por su labor periodística como redactor jefe de Alfa y Omega y coordinador del suplemento religioso de La Razón, sino por obras cuales La verdad sobre el código da Vinci o El secreto masónico desvelado.
En esta, por ahora su última obra, Españoles que no pudieron serlo, pone de relieve su faceta de historiador veraz ya con un subtítulo preciso, «la verdadera historia de la independencia de América». Preciso por la concreción del tema y la originalidad del tratamiento que realiza Ullate. Existen obras que tratan muy pormenorizadamente la historia de la independencia de América, de las que se ofrece una pormenorizada relación en la bibliografía expuesta por el autor al final de los capítulos y en la conclusión de la obra. El conocimiento del particular que posee el autor puede verse en la primera parte de las tres que, junto con la conclusión, componen la obra. Apunta el autor unas tesis originales cual la de los posibles antecedentes federalistas de la monarquía tradicional.
Pero donde resalta la particularidad del estudio de Ullate es en la segunda y en la tercera parte, dedicada a la abolición de España y la invención de las naciones americanas. Desde el planteamiento del problema a la exposición rigurosa de lo que era la América ilustrada antes de la independencia, exposición sin concesiones sobre lo que era la conciencia nacional americana: maleable, divisible y política, el ambivalente factor del criollismo, y el análisis sobre el factor predominante de la independencia. Ullate señala que una de las pretensiones más arraigadas en las conciencias americanas es la de que, con anterioridad a las revoluciones secesionistas existían conciencias nacionales americanas.
Ullate expone el razonamiento de que la inclinación progresiva de las políticas regias hacia el regalismo –regalismo no sólo en el concepto religioso sino equivalente al absolutismo– frenó el desarrollo armónico de las instituciones políticas indianas, no disminuyendo dicha tendencia regalista mientras la corona tuvo poder sobre América y lamentablemente una de las primeras preocupaciones de los gobiernos republicanos sería subrogarse en ese papel regalista de los monarcas.
En Españoles que no pudieron serlo se desmonta esa versión de la historia en la que parece que únicamente existieron los independentistas triunfantes cual si no hubiesen existido el inmenso número de los criollos, indios y negros que lucharon por la causa de la unidad hispánica, inmenso número olvidado en España.
Resulta asombroso que en la decadente España de hoy –y eso entre los que algo conocen– se sepa de Simón Bolivar y prácticamente nadie sepa de la existencia de Bobes quien derrota a Bolivar, y muere luchando por la unidad de la Patria. Es igualmente sorprendente que, por ejemplo en Madrid, haya monumentos a Bolivar, San Martín, Morelos... y por el contrario no haya el más mínimo recuerdo a los patriotas combatientes que lucharon por España, ignorándose la incomprensión y la lógica exasperación de los españoles americanos.
Que sepamos, en Gran Bretaña no conocemos ningún monumento a Jorge Washington o a Benjamín Franklin. ¿Ignorancia? ¿Masoquismo?
Obra sin concesiones sobre la formación del mito de la independencia americana, mito de crear naciones afirma sin complejos Ullate quien entre otros muchos temas trata el escarnio de Tupac Amaru o los criollos hijos de los indios, la desmembración del Perú, Nicaragua, Panamá en almoneda. Ejemplos de las falsedades conducentes a las consecuencias cual se ve con la perspectiva histórica de la América hispana tras la independencia; territorios españoles fragmentados en veinte unidades políticas distintas. Destino que si Dios no lo remedia puede repetirse en la propia España, fragmentada, si no en veinte, si en diecisiete taifas.
Podrá discreparse de algunas consideraciones del autor, pero no de su rotundidez en utilizar un lenguaje claro, sin complejos y de plena identificación de su pensamiento con puras esencias de la doctrina y pensamiento tradicionales.
Ángel Maestro

Mientras Europa Duerme
Bruce Bawer
Gota a gota, Madrid. 2007

Este libro tiene un subtítulo que prácticamente lo dice todo: «De cómo el islamismo radical está destruyendo Occidente desde dentro». Efectivamente, su autor, escritor y periodista estadounidense que reside en Europa desde 1998, colaborador regular de diarios de Estados Unidos, como The New York Times, The Wall Street Journal, The Washington Post y The New Republic, trata de mostrarnos mediante continuos datos reales y experiencias personales, cómo «Europa duerme», mientras una ola permanente de islamistas radicales nos invade y amenaza nuestra civilización Occidental. Como Winston Churchill, cuando en 1939 alertó de lo que estaba ocurriendo, mientras Europa dormía y disfrutaba de su bienestar, Bawer trata de sacudir nuestras conciencias para despertarlas antes de que sea demasiado tarde, aunque cada año que pasa, agrave la situación y haga más difícil y quizá más costoso en vidas una reacción adecuada.
Es verdad que el libro, en su mayor parte, apunta datos y situaciones de los países nórdicos: Noruega, Suecia, Holanda y Dinamarca, pero las referencias a otros países europeos son suficientes para dar contenido al título del libro. Consta de tres partes o capítulos: 1. Antes del 11 de Septiembre: La ceguera de Europa; 2. El 11 de Septiembre y después: Se culpa a los Norteamericanos y a los judíos; 3. El Momento Weimar de Europa: La resistencia liberal y sus perspectivas. Tiene la virtud de que los títulos de sus capítulos son tan expresivos como el título y subtítulo del libro.
En el primer capítulo, trata de explicar cuál era ya la situación en Europa con respecto a la penetración del islamismo radical, mostrando acontecimientos reales espeluznantes que sin embargo se han tratado de pasar como excepcionales y no significativos. Así nos presenta el asesinato a tiros de Theo Van Gogh, director de cine y columnista holandés, cuyo autor fue un joven musulmán, Mohamed Bouyeri, nacido en Holanda, de padre marroquí y miembro de una organización musulmana radical. Van Gogh, crítico implacable de la pasividad europea frente al Islam fundamentalista, había realizado, junto a la parlamentaria Ayaan Hirvi Ali, un cortometraje, «Sumisión», sobre el maltrato a las mujeres en las culturas islámicas. 
En esta su también autobiografía por Europa, Bawer, observa que aunque el asesinato de Van Gogh fue un aldabonazo, la clase dirigente y los medios de comunicación dejaron de hablar o lo hicieron muy sutilmente ante el «temor a enardecer a algunas minorías que se dejaban guiar por tales extremistas». Este es el motivo para que ante este caso, de los muchos que señala, la «inteligencia» europea ande con cautela y prefiera ignorar oficial y públicamente lo que está pasando. Pocos políticos pusieron en cuestión esta pasividad. El holandés Pim Fortuyn lo hizo y lo pagó con su vida. En Europa hay ya miedo de un lado y connivencia de otro. Describe estas actitudes y este comportamiento, mientras la población musulmana crece y sus hijos, incluso de segunda y tercera generación, se radicalizan, siendo fieles al Islam y rechazando y combatiendo los valores y la vida de Occidente. Reciben pingües beneficios económicos y de otro tipo de los países de acogida y reniegan airadamente de esos países.
Como paradigmático es el caso de Mohammed Bouyeri que no sólo descerrajó veinte tiros a quemarropa en el cuerpo de Van Goch, sino que lo apuñaló varias veces y lo degolló, dejando en el cuerpo clavada con un cuchillo, una carta dirigida a su colaboradora Ayaan Hirsi Ali a la que le auguraba igual final y decía: «Sé con certeza que tú, oh América, serás derrotada. Sé con certeza que tú, Europa, serás derrotada. Sé con certeza que tú, oh Holanda, serás derrotada. Sé con certeza que tú, oh Hirsi Ali, serás derrotada».
El primer capítulo es aleccionador para conocer la conducta de los mahometanos en Europa y cómo los gobiernos miman y alimentan a los que quieren destruirlos. Cómo hay una connivencia de las clases dirigentes, en la que prevalece más la ideología, que el análisis y el debate de la realidad, cediendo cada vez más a las exigencias de estas comunidades musulmanas pidiendo, incluso, que, sobre todo las mujeres, se adapten a sus costumbres y no provoquen, en vez de que ellos, que son los que vienen, se adapten a las nuestras.
La extensión en este primer capítulo es fundamental para entender el contenido de todo el libro. En el segundo capítulo: «El 11 de Septiembre y después: Se culpa a los norteamericanos y a los judíos». El autor nos muestra y demuestra que también al inicial estupor y condena de tan salvaje acto, enseguida, en Europa, la clase dirigente, a través de los medios de comunicación, que son la voz de su amo, empezaban a cuestionar si ello nos afectaba a los europeos. Ejemplo: El periódico sueco, Altonbladet, ya el 17 de Septiembre, se preguntaba si el 11 de Septiembre era un ataque contra todos nosotros, a lo que respondía que no, que los terroristas atacaban al imperialismo estadounidense. Éste constituye un eje central del libro: la contraposición entre Europa y los Estados Unidos y el arraigado antiamericanismo de una gran parte de las clases dirigentes, políticas, económicas, académicas y de los medios de comunicación europeos. Precisamente este antiamericanismo y la creencia en que las actitudes de comprensión, diálogo y tolerancia son las adecuadas, llevan a esta clase dirigente a tejer lazos más estrechos entre Europa y el mundo árabe. Esta parte nos ofrece una amplia relación de coincidencias y diferencias entre Europa y Norteamérica, con numerosos testimonios de nuestro comportamiento, sacando alguna conclusión como que «los europeos actuales piensan que las condiciones en que viven son normales y que siempre han sido así», no pareciendo entender, por un gran número de europeos, que la libertad y la prosperidad no son las condiciones habituales de la especie humana, y que «cuando estas cosas están amenazadas, una pasividad confiada no es la mejor respuesta».
Presenta un profundo análisis comparativo de la mentalidad europea y de la mentalidad norteamericana, con sus concomitancias pero, sobre todo, con sus profundas diferencias, que hace que Europa, en este momento, esté en esta actitud pasiva, creyendo que los problemas se resuelven en el diálogo, la comprensión y la tolerancia, aunque la dura realidad, que todo los días nos presentan los medios de comunicación, anuncien lo contrario. Hay una especie, por parte de los europeos, de resentimiento y envidia hacia el otro país que se extiende al otro lado del océano, que constituye el epicentro de la cultura, en el que parece que todo ocurre y nosotros recogemos y nos alimentamos e imitamos. Estudia y profundiza en el abierto antiamericanismo de la clase dirigente europea y de los medios de comunicación europeos. Junto al antiamericanismo, observa, también un soterrado antisemitismo, pero extendido y que aflora, con frecuencia, en los medios de comunicación y en actos vandálicos, en los que se manifiesta un odio a Israel que siempre es el agresor y los palestinos siempre las víctimas.
La tercera parte: «El Momento Weimar de Europa: La resistencia liberal y sus perspectivas». Observa cómo después de 11 M de Madrid, que fue el gran atentado en Europa, el autor penso que como «ha ocurrido aquí» también los europeos despertarían ante la amenaza del islamismo radical, pero pasados los primeros momentos, se fue diluyendo el estupor y la indignación, en una especie de que hay que tener más comprensión y acercamiento hacia los musulmanes que invaden Europa. La ilusión de un cambio de actitud ante esta masacre, «duró dos días enteros, hasta el domingo, el día de las elecciones. El veredicto era claro poco después de que se cerraran los colegios electorales: los terroristas habían ganado, Los votantes españoles habían cedido. Aquel día, el mensaje que se transmitió a todo el mundo fue que, en Europa occidental, el terrorismo logra sus objetivos».
Para la prensa europea el ejemplo dado por los españoles es haber ido a votar, en un entendimiento de que para los «enemigos de la democracia, la única respuesta es más democracia», pero nada de acción contra los enemigos. ¿Combatir el terror? No. Se trata de vivir con ello y asumir el riesgo de nuevos atentados terroristas, como efectivamente sucedió en Londres más tarde, el 7 de Julio de 2005. Ante estos atentados la misma reacción. Muy pronto se dejaron de lado las condenas inequívocas a los terroristas y se sustituyeron por relatos comprensivos de sus supuestas motivaciones, con la fórmula habitual: «No apruebo lo que han hecho, pero lo entiendo».
La tesis central que sostiene Bawer, es que la pugna por el alma de Europa es hoy dramática como lo fue en la década de 1930. Entonces Weimar (Alemania), los principios de la civilización política occidental fueron erosionados hasta hacerlos casi desaparecer. Hoy, afirma Bruce Bawer, Europa se halla en un nuevo «momento Weimar», una nueva crisis desatada por la amenaza del islamismo radical. Numerosas comunidades islamistas dentro de Europa amparan y extienden esta amenaza yijadista, y promueven un orden político y social incompatible con las democracias occidentales. Sin embargo, como en la Europa que quiso apaciguar a Hitler, son pocos los políticos, los intelectuales y los medios de comunicación que no cierran los ojos ante la gravedad de este envite. «Sí existe alguna esperanza para Europa, tiene que empezar porque el pueblo vuelva a sentirse orgulloso de sus democracias soberanas, y esté decidido a defenderlas de todo enemigo, ya sea externo o interno». Es justamente la ausencia de un patriotismo lo que está constituyendo que Europa se vaya encaminado hacía el desastre.
En definitiva, un aleccionador libro que merece ser leído y meditado.
Luis Buceta

A LOS MARTIRES ESPAÑOLES
Paul Claudel
Edición bilingüe. Traducción, introducción y notas de Tomás Salas
Ediciones Encuentro S.L. Libros de bolsillo. Madrid, 2009.

En 1937 apareció en París, con el sello editorial Plon, el libro de don Juan Estelrich titulado La persécution réligieuse en Espagne, obra que a guisa de prefacio llevaba el gran poema de Paul Claudel Aux martyrs espagnols. En octubre de ese mismo año y en Sevilla aparecía la versión española del prefacio de Claudel, obra del poeta y catedrático Jorge Guillén. También por las mismas fechas salía en Buenos Aires otra versión del poema de Claudel, a cargo de Leopoldo Marechal. Yo no conocía la versión original hasta ahora, en que el último traductor del poema, don Tomás Salas, la reproduce junto a su versión al castellano, una versión de la que hay que decir, y no es poco, que no hace mal papel frente a la de Guillén. De esta última nos hemos alimentado los lectores de uno de los grandes poemas de nuestra guerra haciéndonos la ilusión de que estaba escrito en nuestro idioma. No conozco la versión argentina, pero su autor es muy de fiar y no dudo de que saliera airoso de la prueba. Traducir poesía no es tarea fácil y es desde luego imposible si el traductor no es poeta a su vez. El arte del traductor está en hacer creer al lector que lo que lee ha sido escrito en la lengua en que lo está leyendo, y en esa creencia A los mártires españoles puede pasar en cualquiera de sus versiones como uno de los grandes poemas de la guerra española.
La presente edición, con el sello de Encuentro, dista la friolera de setenta y dos años de las tres primeras, a saber, la francesa, la sevillana y la bonaerense, y ello se explica por la misma regla de tres por la que la Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, de don Antonio Montero, no se volvería reeditar hasta 1998, es decir, a los cincuenta y cuatro años de su aparición, en 1944. Y es que la Iglesia, no sólo la triunfante, sino la militante, la integrada por los fieles, prefería echar tierra sobre un pasado ingrato y confiar en la Divina Misericordia. Desgraciadamente, desde las postrimerías del siglo XX la Historia se ha puesto a dar saltos mortales y en uno de ellos cobra gran actualidad la persecución religiosa, que en Occidente no puede ser otra que la persecución del Cristianismo. El propio Tribunal Constitucional de la República Federal de Alemania, con sede en Karlsruhe, conmemoraba el cincuentenario de su creación congratulándose de haber legalizado el aborto y eliminado el crucifijo de las escuelas.
Hace años me decía Max Aub en Roma delante de Alberti que todas las guerras son guerras de religión, y él lo decía por Irlanda e Israel, pero yo pensaba si no se les ocurría a ellos que también la nuestra, es decir, la de ellos y la mía, no había sido también una guerra de religión y que era perfectamente lógico que la Santa Sede tomara partido en ella y la graduara de Cruzada. Bien es verdad que fueron muchos los intelectuales católicos partidarios de los perseguidores, cuyas razones comprendían. No sé si es buena la comparación, pero es que a mí la actitud de los Maritain, los Mounier, los Bernanos me hace pensar en judíos que comprendieran las buenas razones de los nazis para perseguir al pueblo elegido.
El actual sistema político en España, no contento con haber enfrentado a las regiones unas con otras mediante el engendro de las autonomías, se propone dividir a los españoles en rojos y nacionales y para ello mete al país en la máquina del tiempo de la memoria senil. De ahí la actualidad de obras capitales de apologética católica, tanto en lo documental, como es el caso de la Historia … de Monseñor Montero, como en lo poético, como en este arrebatado y arrebatador prefacio de Claudel, que cabría subtitular de Apocalipsis de nuestro tiempo.

Los masones en el gobierno de España
Vicente Alejandro Guillamón
LibrosLibres. Madrid 2009, 221 páginas

Otra obra más sobre la masonería publicada por LibrosLibres, editorial que ya se ha ocupado anteriormente de un tema siempre de actualidad; recordemos la descripción de la masonería desde su interior por un miembro de la obediencia, Maurice Caillet, que supuso un éxito editorial.
Hoy los estudios sobre la masonería siguen gozando de total actualidad, desde los grandes volúmenes de autores tan consagrados al tema como Ricardo de la Cierva hasta los estudios rigurosos de jóvenes investigadores cual José Antonio Ullate. El autor de Los masones en el gobierno de España, Vicente Alejandro Guillamón, dedica su atención a la belicosa historia de la masonería española y sus repetidos asaltos al poder, reiterados en la historia española de los últimos siglos.
Afirma el autor, y razonablemente, el silencio generalmente existente en los medios informativos españoles –tan propensos a tratar, generalmente desde la ignorancia supina o bajo la dictadura de lo políticamente correcto– respecto a la masonería, sus actividades y sus presuntos miembros, unos por su evidente proximidad a la orden de la escuadra y el compás, otros para que no les cuelguen un sambenito frente a quienes dan patentes de progresistas.
El autor rebate el mito tan extendido de la masonería «operativa» a la que califica de solemne tontería, a las fábulas de justificar linajes antiquísimos, de remontarse a Hiram, el masón más perfecto de la Tierra, a los pretendidos orígenes salomónicos, las leyendas recogidas en las «Constituciones de Anderson», etc. Guillamón señala cómo la historia de la masonería compuesta por el primer regulador de la orden es una verdadera antología del disparate, un auténtico embrollo de episodios bíblicos e históricos mezclados con elucubraciones esotéricas y arquitectónicas pasmosas.
Tras analizar consideraciones sobre lo que dice ser y lo que es realmente la masonería, la misma como asociación política e ideológica y la masonería regular, irregular y marginal, trata de las grandes «hazañas» de la masonería, comenzando por la revolución francesa. Las que afectan directamente a España, cual la emancipación hispanoamericana, y aunque las trata después, en sucesivos capítulos, también analiza hechos anteriores: los primeros masones y las primeras logias en España.
Siguen las referencias históricas sobre Carlos III, la masonería y la expulsión de los jesuitas, las posibilidades respecto a la pertenencia masónica del  conde de Aranda y de otros ilustrados de dudosa condición. La destacada presencia y actuación masónica en las Cortes de Cádiz, y ya la intervención de los mandiles a todo lo largo del siglo XIX, desde la sublevación de Riego, el destronamiento de Isabel II, Amadeo de Saboya, como el caos de la I República llevaba mandil, la masonería en la Restauración, el advenimiento de la II República, con el mayor número de masones nunca habido en la historia de España presentes en esas primeras Cortes, promulgando una Constitución sectaria jamás vista, cual la de 1931.
Por último, tras el título «Los masones atacan de nuevo», unas breves referencias a la preocupación de Franco por erradicar a la masonería, con gran dureza en los primeros tiempos del Régimen, y suavizada posteriormente. También en dicho capítulo, la masonería tras la muerte de Franco, interrogándose el autor por qué en España la masonería sigue siendo tan opaca y misteriosa, citando masones destacados del PSOE, y como puede también haberlos en el PP, aunque en bastante menor número. Sin citar por su nombre posiblemente uno bien conocido que llena las principales calles madrileñas en Navidades, con una sopa de letras indescifrables, totalmente ajenas al espíritu navideño, excluye las expresiones religiosas de actos públicos y oficia entusiasmado «matrimonios» homosexuales.
Por último, en el capítulo 33 y final del libro, se ofrece una breve guía para detectar masones, muy útil y práctica en la España actual.
Ángel Maestro

El camino de la concordia (De la cárcel al Parlamento)
Gabriel Elorriaga
Edit. Debate. Barcelona 2008

En este libro autobiográfíco, su autor hace un recorrido por su amplia trayectoria política, desde que empieza en las filas del SEU como director del Servicio de Actividades Culturales hasta nuestros días como senador por el Partido Popular. Escrito con soltura y agilidad, es de fácil lectura, de hecho se lee casi de un tirón, y a través de sus páginas y de sus vivencias se va pasando revista a la mayoría de los sucesos más importantes ocurridos en España en los últimos cincuenta años.
Pone un especial acento en contar con detenimiento los sucesos ocurridos en los años cincuenta, en los que vive el episodio posiblemente más importante de su vida, al ser encarcelado durante unos días en Carabanchel, junto a otros estudiantes, acusados de organizar un Congreso de Estudiantes. Entre los organizadores y junto a Elorriaga, son detenidos militantes de ideología liberal, democristiana, monárquica, socialista y comunista.
Una vez en libertad, continúa con sus actividades dentro del sistema y es nombrado director de la revista universitaria La Hora. Más tarde funda y dirige la revista Familia Española y tras presentarse a las elecciones del 75 por La Coruña, en las que no consigue entrar en el Parlamento, lo consigue a través de Alianza Popular en el año 1.977 y a partir de ese momento, casi siempre a la sombra de Manuel Fraga, mantiene su escaño hasta nuestros días aunque en la actualidad como senador. 
Es toda una vida de intensa actividad política al servicio de la apertura y del llamado reformismo dentro de Reforma Democrática, Alianza Popular y por último en el Partido Popular.
Dicho esto, merece la pena hacer del contenido del libro algunas matizaciones.
En él hace gala de sus profundas convicciones democráticas y de su buena amistad y afecto hacia sus viejos compañeros de prisión a los que repetidamente considera como pioneros de la democracia y del aperturismo político en España, cosa de la que no es aventurado dudar, conociendo la ideología e incluso la militancia de alguno de ellos.
Este afecto, perfectamente lícito, no obstante, contrasta con la opinión que le merecen a través de sus páginas algunos otros anteriores compañeros de origen político.
Por ejemplo creo que no resulta justo el no destacar entre esos aperturistas, a personas que como Jorge Jordana, varias veces citado en la obra, que como es público y notorio, mantuvo siempre posturas de apertura con frecuentes y sonados enfrentamientos en la Secretaría General del Movimiento, que en el SEU, y bajo su mando, se creó el TEU (Teatro Español Universitario), en el que se representaron obras de Lorca, Valle Inclán, Buero o de Sastre, o los campos universitarios de Trabajo como el propio Elorriaga reconoce, ya que fue responsable del primero. Que condenó dura y públicamente las agresiones a un joven democristiano, o las pintadas a la estatua de «la Chata», y que puestos a prestar servicios a la Corona, los de Jordana fueron muy importantes y a contrapelo de la época, lo que le valió la confianza y la amistad del Rey, que todos los años se alojaba en su casa de Baqueira en donde se celebraron muy importantes comidas y cenas de gran trascendencia política.
Ni a Jesús López-Cancio, auténtico precursor de lo que iba a ser la sociedad española y que cambió de arriba abajo la Delegación Nacional de la Juventud incorporando a los más destacados intelectuales de la época: Fernández Carvajal, Juan Velarde, Fernando Suárez, Torcuato Fernández Miranda, Efrén Borrajo, Fuentes Quintana, Adriano Gómez Molina, Castro Villacañas, y un largo etc. que haría interminable la cita.
O a Manuel Cantarero, que intentó sin éxito acercar la Falange al socialismo democrático y al que Elorriaga despacha con un par de líneas despectivas. Y tantos otros que harían muy larga la cita. 
Hay también otros aspectos que llaman la atención al relatar los sucesos estudiantiles del año 56, referidos a la incursión del día 8 de Febrero de grupos falangistas, en parte no estudiantiles, en la antigua universidad de San Bernardo. Dice, y con razón, que fue una acción desafortunada e impropia. Pero no es cierto que se produjera por la posibilidad de que fuera aprobada una solicitud de un Congreso reformista de estudiantes, como dice Elorriaga, sino que se produce, aprovechando otra vez la ardorosa ingenuidad, como otras tantas veces, de aquellos grupos en beneficio de otros turbios intereses, porque el día anterior, otros grupos de estudiantes supuestamente «demócratas», arrancaron y pisotearon la lápida de los Caídos y el emblema de las cinco flechas, asaltaron el local de la 20 Centuria, destrozando el mobiliario e intentando tirar por la ventana a los que había dentro. En aquella época, ante tamaña provocación, y ante la pasividad del gobierno, la respuesta, aunque políticamente equivocada, era previsible y perfectamente comprensible.

Al día siguiente en el enfrentamiento de grupos estudiantiles de signo contrario, efectivamente se produce un disparo que hiere gravemente al joven falangista Miguel Álvarez, y que causa un terremoto político. Años después y aunque extraoficialmente se conocía a su autor, se publica su nombre que constaba en la nota de la policía y que señala la responsabilidad de un miembro del grupo falangista al que«por un accidente fortuito», según señala Elorriaga, se le dispara el arma al caer al suelo. Fuera así o no, esa versión se contradice con la afirmación posterior de que se produjeron tres disparos.

En cualquier caso, es bueno que aparezcan libros como éste de los que fueron protagonistas de los hechos relevantes del siglo pasado, para que sean contrastados con otros, aunque aporten versiones complementarias, e incluso diferentes, para que sean conocidas por las generaciones posteriores y futuras que estén interesadas por ellos.

Luis Fernando de la Sota

 

RELEVO                                                                                                                                                                                                   arriba

La Junta de Gobierno del Club de Opinión Encuentros, ha decidido aceptar la dimisión de Rafael Luna Gijón como director de Cuadernos de Encuentro, publicación que ha dirigido con brillante dedicación desde su comienzo y así poder recuperarse de la operación sufrida hace ya un año, agradeciéndole los servicios prestados. 
En su lugar ha nombrado como nuevo director a Federico Pino García, licenciado en Derecho, Técnico Comercial del Estado y miembro de la Junta de Gobierno, a quien deseamos muchos éxitos en su nuevo cometido.
Así mismo, Rafael Luna continuará como colaborador de la revista y se incorporará al Consejo Asesor del Club.

DIME QUE SÍ                                                                                                                                                                                        arriba

Gabriel Celaya

Con mi fe, mi esperanza y mi amor,
a ti.
Con mi rabia y mi dolor,
a ti.
Porque me has hecho el que soy,
porque debo reinventarte y hacerte ser ahora, aquí,
España, a ti.
Hasta la flor,
hasta el grito de gloria y explosiva radiación,
te alzaré desde la tierra tenebrosa y trabajada,
corazón.
Hasta el color nunca visto, rojo al blanco de sol,
hasta el real esplendor,
como furor absoluto, dolor quizás, fulgor
que palpita en las alturas con razón o sin razón,
serás fiesta y evidencia, corazón.
Serás siempre, España, en alto, fuera y dentro de mí
como un combate sin fin.
Y serás lo necesario y a la vez la libertad
que invoco y evoco aquí,
remetiéndome en el acto de tu presencia aún sin forma
y ensoñándote feliz.
Cuando te duelo por dentro, te trabaja el porvenir.
No me niegues lo que espero. Quiero hacerte nueva en mí.
España, dime que sí.

 

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El Club de Opinión Encuentros está aprobado en el año 1979, e inscrito en el 
Registro Nacional de Asociaciones del  Ministerio del Interior.