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ÍNDICE
NAVARRA, COMO PERVERSA MONEDA DE CAMBIO
EL ESTATUTO TRAMPA.
Aleix Vidal-Quadras
EL VALLE DE LOS CAÍDOS.
Pío Moa
LOS OTROS
MUERTOS DEL POZO DEL TÍO RAIMUNDO. Juan
Ramón Pérez las Clotas
¿PORQUÉ
FUE TAN CATASTRÓFICA LA REPÚBLICA. Pío Móa
PSOE: 125 AÑOS
DE HISTORIA. César Vidal
«NO OLVIDARSE DE ETA»
LO GLOBAL COMO DESTINO.
Alfredo Amestoy
CENTENARIOS.
Fernando
Vizcaíno Casas
Tribuna libre: ¿QUIÉN SE HA
RECONCILIADO CONMIGO? Enrique
de Aguinaga
UNA OPERACIÓN SINIESTRA. Pío Móa
CONDENAR EL ALZAMIENTO. Jaime
Campmany
EXTREMA DERECHA Y EXTREMA IZQUIERDA. Edurne Uriarte
REVALIDA REPUBLICANA.
Enrique
de Aguinaga
Tribuna libre: SOBRE LA DICTADURA. Enrique
de Aguinaga
NAVARRA, COMO PERVERSA MONEDA DE CAMBIO
Juan
Ramón Corpas Mauleón *
(Este artículo apareció en
el diario «El Mundo» el día 12 de abril,
y por su especial
interés lo reproducimos íntegramente.)
Navarra es una de las 17
comunidades autónomas que componen la Nación española. Como todas, aporta
al conjunto peculiaridades que lo enriquecen y lo completan. Pero a
diferencia de las demás, vive en el riesgo de desaparecer como Comunidad
Foral y ser absorbida por una de sus vecinas, la comunidad vasca. ¿Por qué
caminos se ha llegado a tal despropósito? ¿Es posible que esta posibilidad
se consume?.
Todos los nacionalismos
etnicistas comparten puntos comunes: visión mítica de la historia,
utilización política de las lenguas (resumida en el concepto romántico del
genio o el espíritu de las lenguas, el célebre Volkgeist, es decir,
«una lengua, una nación») y expansión e irredentismo territorial, (el
Anschluss sobre Austria, el derecho dinárico sobre Kosovo…).
El nacionalismo vasco
comparte con el nazismo y otros movimientos similares tales
características. Y es que, a la manera de Hitler, se ven en sí mismos como
asociados de Dios en la tarea de ordenar y perfeccionar la parte de la
Humanidad que les importa. Por eso, saben corregir los errores de la
Historia o la geografía. Y, cuando se sienten llamados a anexionar un
territorio que ni los azares históricos ni la voluntad de las gentes han
puesto en sus manos, utilizan cualquier método que está a su alcance:
violencia terrorista, intimidación mediática, inmersión lingüística,
negociación por la paz… lo que sea, con tal de alcanzar la meta que les ha
sido asignada en sus sueños proféticos.
La meta del nacionalismo
vasco se llama Navarra. Desde su nacimiento como movimiento político nunca
ha desviado el punto de mira de esta diana, con varios momentos destacados
en la cruzada continua para conquistar su mítica Arcadia originaria.
La primera gran ofensiva fue
el intento de conseguir un Estatuto vasco-navarro entre los años 1931 y
1932 que, aunque no produjo el efecto esperado, es un serio aviso de la
decisión de no construir una nación vasca sin la participación de Navarra.
La negociación política en la Transición es otro importante punto de
inflexión. El afán de UCD y PSOE por obtener el apoyo nacionalista para el
proyecto constitucional lleva a la concesión de una disposición en la
Constitución (Disposición Transitoria cuarta), que abre la puerta a la
incorporación irreversible de Navarra a la comunidad vasca. Un hecho sin
explicación legal, ni parangón, ni precedentes. Un agravio a Navarra y una
dádiva al nacionalismo que éste paga como suele, rechazando la
Constitución y exigiendo más.
La presión que no cesa tiene
otros puntos calientes. Entre ellos, la creación de un órgano común
permanente Navarra-País Vasco, ideado por el PSN y pactado en el gobierno
de coalición con los nacionalistas en Navarra en 1995, que se disolvió por
corrupción socialista; o el Pacto de Lizarra, que en 1998 intenta cerrar
los destinos de Euskal Herria en la Alternativa KAS.
Pero Navarra nunca ha vivido
un peligro tan grave como el que vive hoy.
A lo largo de estos años, los
nacionalistas han pervertido el lenguaje y lo han sustituido por una jerga
política que, alentada, subvencionada y divulgada por su universo
ideológico, ha invadido el habla de buena parte de la ciudadanía. Así,
palabras como diálogo, paz, libertad, soberanía y democracia, han cambiado
su sentido, a la vez que han nacido nuevas expresiones de territorialidad,
normalización, el conflicto vasco, ámbito vasco de decisión… Su motivación
es la de transmitir las consignas nacionalistas.
El éxito de tal corrupción se
lee y se escucha estos idas: la organización, con el fin de resolver el
conflicto, ofrece un alto el fuego. Fruto del diálogo con los socialistas
se abre una negociación para alcanzar la paz. A cambio, tras una
democrática consulta popular en el ámbito de decisión vasco, se decidirá
sobre los temas esenciales: presos, soberanía y territorialidad, es decir,
Navarra.
En la negociación, uno de los
pagos es la política penitenciaria y otra la legalización de Batasuna
antes de las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2007. Poco
más se dice, al menos en voz alta, aunque se van conociendo detalles y
trapicheos.
Sobre Navarra, el PSOE afirma
no hacer acordado nada con ETA, aunque es sabido que la exigencia
terrorista, supuesta la imposibilidad de una anexión inmediata a Euskadi,
pasa por la creación de un nuevo órgano de unión de ambas comunidades. Con
el nombre de Dieta, este órgano tendría que acompañarse de una
consulta popular también en Navarra.
Tal exigencia se enfrenta a
un obstáculo infranqueable. Tanto UPN y CDN, partidos que gobiernan
Navarra, como el PSN, se han manifestado siempre contrarios a ningún
referéndum que ponga en juego ningún extremo de identidad navarra.
Sin embargo, se vislumbran
detalles que insinúan la dirección que va a tomar el proceso de
negociación hacia la normalización y hacia la paz.
Batasuna afirma que «pese a
quien pese, Navarra va a ser parte del proceso de soluciones». El PNV
anuncia la «creación de una mesa para la normalización, que será sometida
después a consulta popular». EA apunta que «la Disposición Transitoria
cuarta es el asidero para una salida democrática al conflicto» y propone
una Dieta CAV-Comunidad Foral, «propugnando una nación vasca
de la que Navarra es parte fundamental, originaria». IU, en la reciente
Declaración de Iruña, coincide con los nacionalistas en los objetivos de
paz, normalización y diálogo, pero pide también la creación de mesas de
diálogo y la convocatoria de referendos vinculantes.
Si todo lo dicho no es
suficiente para alterar el régimen de la Comunidad Foral de Navarra, si
podría serlo la actitud de sus fuerzas políticas. El mundo nacionalista se
concentra alrededor de una única candidatura, Nafarroa-Bai, con la mira
puesta en la codiciada Euskal Herria. Mientras, los partidos de la
coalición de Gobierno-UPN y CDN- dejan clara su voluntad de defender una
Comunidad Foral autónoma.
El PSN juega a una calculada
ambigüedad. Pero destaca la metamorfosis de su secretario político, Carlos
Chivite, quien afirma estar dispuesto a promover un referéndum. No resulta
creíble ya la existencia de dos facciones ideológicas en el PSN: una
vasquista y otra próxima a Redondo Terreros. PSN sólo hay uno.
Singularmente esclarecedor es
que destacados representantes del nacionalismo y el socialismo navarro
hagan públicas sus posturas ante un posible gobierno tras las autonómicas
de 2007. Responsables de Aralar anuncian una alianza entre PSN y Na-Bai,
como clave para el cambio político. Mientras, los dirigentes del PSN
anuncian sus razones para el optimismo ante un gobierno alternativo con Na-Bai,
a quien saludan como clarificador del futuro electoral de Navarra.
Navarra es una comunidad
antigua, de identidad rotunda y leal a la Nación española, pero castigada
a ser la única en estado transitorio por una normativa que permite que sea
engullida por otra. Los navarros han sido siempre claros y se han opuesto
con sus votos a la anexión por Euskadi. En este momento del proceso de paz
va a producirse una negociación entre los terroristas vascos y el Gobierno
de la Nación. Tanto las fuerzas políticas que apoyan a ETA como el resto
de los nacionalistas opinan que la cuestión navarra debe negociarse y
exigen dos medidas: la creación de una Dieta vasco-navarra y la
convocatoria de una consulta popular en los dos ámbitos de decisión (Euskadi
y Navarra).
El reparto político tras las
elecciones de 2007 va a ser decisivo. Nacionalistas y socialistas se han
pronunciado por la formación de un gobierno de coalición que desbanque a
la actual mayoría. Los socialistas, por su parte, ya han adelantado una
enorme concesión: se han vuelto partidarios de convocar un referéndum.
A la vista de todo ello, la
respuesta a la pregunta que se hace EL MUNDO en su editorial del domingo 9
de abril sobre si los socialistas vascos y navarros están dispuestos a
pactar con personas como Aoiz o Goirizelaia para alcanzar la anhelada paz,
es fácil. Primero, porque el PSN ha pactado ya con ellos la Alcaldía de
algunos ayuntamientos navarros. Segundo, porque la partida por la cuestión
navarra ya ha empezado a jugarse (no nos engañe que la vicepresidenta De
la Vega diga que no seremos moneda de cambio) y basta con mirar la
disposición de las piezas socialistas en el tablero, tan bien conciliados
con las piezas nacionalistas, para constatar que todas van dirigidas a dar
a Navarra el jaque mate definitivo. Si estas fuerzas llegan a gobernar, la
Comunidad Foral estará seriamente amenazada.
Esta cuestión no afecta solo
a los navarros, sino a todos los españoles, pues el Viejo Reino, que ha
sido clave en los destinos de España, vuelve a serlo hoy. Si el efecto de
dique que Navarra ha sostenido frente a la marea nacionalista se desborda,
algo muy grave se habrá quebrado. Y tal vez será imposible de recomponer.
_________________
(*) Juan Ramón Corpas Mauleón
es consejero de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana del
Gobierno de Navarra.
EL ESTATUTO TRAMPA
Por
Aleix VIDAL-QUADRAS
Reproducimos el artículo de Vidal Cuadras publicado en LA RAZON, por
coincidir plenamente con nuestra opinión respecto al tema del estatuto
catalán. En él, junto al análisis de la situación actual, hace una
valiente denuncia de la peligrosa actitud de un sector de su propio
partido, proclive a secundar la maniobra socialista e independentista.
Los representantes del PP en la Mesa del Congreso de los
Diputados han intentado en vano deshacer el fraude cometido por la
alianza socialista-nacionalista al tramitar una revisión constitucional de
enorme calado como una mera reforma estatutaria. Los argumentos
presentados han sido irrebatibles: el órgano de gobierno de la Cámara,
según ha dejado claro el Tribunal Constitucional en diversas sentencias
tiene competencias para examinar la propuesta no solo en sus aspectos de
procedimiento sino en su sustancia. Y basta una simple ojeada al
contenido del nuevo Estatuto para advertir su radical
anticonstitucionalidad. La proclamación de Cataluña como nación, la
inclusión en el texto de una tabla de derechos y deberes, la fragmentación
de la Administración de Justicia, el blindaje de las competencias, la
bilateralidad y un sistema de financiación vulnerador de los principios
de igualdad y solidaridad configuran un engendro legislativo de tal
magnitud que no admite arreglo posible. Por consiguiente debe ser
devuelto, concluye el PP, a su origen para ser presentado correctamente,
es decir, como una reforma constitucional, cuyo tratamiento es
completamente destinto al de una ley orgánica. Por una parte, exige
mayorías reforzadas en las Cortes y por otra, el pronunciamiento del
pueblo español en su conjunto. La felonía perpetrada por el presidente del
Gobierno merecería la aplicación del artículo 102.2 (*) de nuestra norma
fundamental. Lean este precepto y comprobarán que Zapatero empieza a
caminar por la cuerda floja.
Ahora bien, el PP ha de reflexionar muy seriamente el camino a
seguir una vez se haya consumado el engaño y tras el debate del próximo
dos de noviembre, el maldito Estatuto pase a la Comisión Constitucional
para la fase de enmiendas. Bajo ningún concepto, el Grupo Popular ha de
prestarse con su actitud y su comportamiento a colaborar con esta infamia
dando una apariencia de normalidad. Las circunstancias son extraordinarias
porque nada menos que el Gobierno de la Nación participa activamente en
una tremenda mentira desatinada a hurtar a los españoles su derecho a
opinar como depositarios de la soberanía nacional sobre una iniciativa que
pretende quitársela. Por tanto, a grandes males, grandes remedios. Existen
varias fórmulas posibles, pero jamás el PP ha de entrar a votar artículo
por artículo distinguiendo entre enmiendas aceptables o rechazables, salvo
que desee hacer el juego al enemigo. El nuevo Estatuto está podrido hasta
la médula y nada puede limpiarlo. Aquellos que desde las filas de la
primera fuerza de la oposición instan a plegarse a la trampa tendida por
los promotores de esta monstruosidad o carecen de sentido de la
perspectiva o por alguna inconfesable razón intentan colaborar para sacar
adelante este golpe de Estado incruento. En ambos casos, quedarán
retratados para siempre.
_________________________________
(*) N de la R.
El artículo 102 de la Norma Constitucional dice:
«1. La
responsabilidad criminal del Presidente y de los demás miembros del
Gobierno será exigible, en su caso, ante la Sala de lo Penal del Tribunal
Supremo.
2. Si la
acusación fuere por traición o por cualquier delito contra la seguridad
del Estado en el ejercicio de sus funciones, solo podrá ser
planteada por iniciativa de la cuarta parte de los miembros del Congreso,
y con la aprobación de la mayoría absoluta del mismo.
3. La
prerrogativa real de gracia no será aplicable a ninguno de los supuestos
del presente artículo»
EL VALLE DE LOS CAÍDOS
Por
Pío MOA
Publicado en "La
Razón"
27.04.05
Unos jóvenes me entrevistaron recientemente para un programa
de televisión sobre el Valle de los Caídos, centrándose en los presos
izquierdistas que allí trabajaron. Me mostraron un proyecto de placa que,
al parecer, piensa colocar allí el gobierno actual, en recuerdo de los
«presos republicanos» a quienes atribuye la construcción del monumento «en
régimen de esclavitud». La placa hablaba de «reconciliación» y de
recuperar la «memoria histórica». Comenté que no conocía en detalle la
historia del Valle de los Caídos, pero mi experiencia al estudiar la
república y la guerra civil me hacía dudar de tales afirmaciones, a la
vista del gran número de mitos difundidos durante estos años bajo el
marbete de historiografía «profesional» y hasta «definitiva».
Por otra parte, de entrada percibía algunas falsedades,
inconciliables con la pretensión de recobrar la memoria del pasado. Así,
hablar de presos republicanos ya significaba desvirtuar los hechos, y no
resulta creíble una reconciliación que tan mal empieza. La gran mayoría de
los supuestos republicanos estaba constituida por comunistas, socialistas
y anarquistas, todos ellos antidemócratas por ideología y práctica,
autores de reiterados ataques a la república y de la preparación de la
guerra civil. En cuanto al «régimen de esclavitud», tenía mis dudas. Los
presos, según creía, trabajaban redimiendo penas por el trabajo; sistema
consistente en suprimir dos o tres días de condena por cada uno trabajado.
Como es sabido, al terminar la guerra los tribunales dictaron alrededor de
50.000 penas de muerte, cumpliéndose aproximadamente la mitad. Las demás
fueron conmutadas a cadena perpetua, la cual en la mayoría de los casos,
se tradujo en la libertad a los seis años y aún antes. Uno de los recursos
para conseguirlo consistió en la redención de penas por el trabajo. Ahora,
husmeando en Internet encuentro una información de la Fundación Francisco
Franco donde se tacha de falsedades algunas historias divulgadas
insistentemente por los medios especialmente por la muy manipulada
televisión oficial. He aquí los hechos según dicha fundación: no habrían
trabajado en el Valle de los Caídos 20.000 presos políticos, como han
hecho circular periodistas e historiadores poco escrupulosos, sino 2.000
obreros a lo largo de quince años de obras, y no todos al mismo tiempo, de
los cuales solo una minoría fueron presos. Éstos percibían siete pesetas
diarias, sueldo no desdeñable para la época, más la comida. Además habrían
sido beneficiados no con tres días de redención de penas por día
trabajado, sino con seis días a parte de otros indultos, con lo que
ninguno permaneció como preso más de cinco años, siguiendo después la
mayoría como trabajadores libres. En 1950 no quedaba ya ninguno de los
penados.
De ahí se desprende la mendacidad del aserto común de que
«cientos, si no miles de presos murieron en la construcción del
monumento». Según el médico izquierdista Ángel Lausin, que también redimió
allí condena ejerciendo su profesión y siguió luego hasta el fin de la
obra, el número total de muertos, entre obreros libres y presos, ascendió
a catorce, cifra baja para tantos trabajadores y tanto tiempo. Las
condiciones también habrían sido aceptables; «Paco Rabal, miembro del PCE,
reconoció que la vida allí era mucho más suave que en las prisiones…,
muchos iban solos a El Escorial o a Guadarrama y no se fugaban, sino que
volvían. Además podían tener allí a sus mujeres». La escuela para los
hijos de los presos era mixta, cosa excepcional entonces, y aceptada por
la autoridad como concesión al maestro izquierdista, hombre de esas ideas.
Estas y otras informaciones, deben ser verificadas, desde
luego, por una investigación imparcial, pero desde luego tienen el mayor
interés y merecen ser ampliamente conocidas para contrastarlas con las
ofrecidas por los pretendidos recuperadores de la memoria. Tengo la
pesimista sospecha sin embargo, de que esos peculiares memoriosos
utilizarán todos los medios –poderosos medios- a su disposición para
impedir el general conocimiento y contraste de los datos por los
ciudadanos. Para ello aplicarán como de costumbre, el simple método de la
censura inquisitorial, de la que puedo hablar con conocimiento de causa,
por haberla sufrido.
Contrastar los informes es solo un primer paso para acercarse
a la verdad de los hechos. Después conviene aclarar al menos dos
cuestiones: a) ¿Cuántos presos políticos trabajaron efectivamente en la
obra?; b) ¿a que penas estaban condenados y por qué delitos reales o
supuestos? Saber esto arrojaría mucha luz sobre el carácter de la
represión en la época en torno a la cual circulan demasiadas leyendas.
Esta investigación debiera estar al alcance de cualquier historiador con
afición y tiempo, y animo desee aquí a hacerla, sobre todo a jóvenes
estudiosos e independientes. En relación con el tema me gustaría señalar
un punto que siempre me ha intrigado y que muy rara vez ha sido tratada en
la multitud de libros escritos sobre la represión: ¿por qué cayeron en
manos de Franco tantos izquierdistas y separatistas implicados en el
terror contra las derechas? Asombrosamente, los principales dirigentes
solo parecen haberse ocupado de su propia fuga, dejando a sus seguidores
atrapados como en una ratonera, a merced de quienes pensaban ajustarles
estrechas cuentas por las muertes, torturas y saqueos realizados bajo el
poder del Frente Popular. Pero de esto me ocuparé en otro artículo.
LOS OTROS MUERTOS DEL POZO DEL TÍO
RAIMUNDO
Por Juan Ramón Pérez
las Clotas
Publicado en “La Nueva España” el de mayo
de 2004
Los amplios andenes de la madrileña estación de Atocha
constituyen cada día, desde los terribles atentados del 11 de marzo, el
escenario en el que con velas, flores y mensajes escritos, las gentes
testimonian su homenaje a las víctimas. Esta conmovedora expresión de
dolor colectivo no terminará, sin embargo, cuando se acaben los ecos de
romería tan sentimental y entrañable. La ministra de Fomento, doña
Magdalena Álvarez, ha anunciado ya la convocatoria de un concurso de ideas
para la erección de un monumento, en el mismo recinto de la estación, «que
perpetúe para siempre la memoria de las doscientas víctimas ¿Para siempre?
Tal pesimista interrogante no resulta gratuito, a poco que se
considere la circunstancia de que nadie haya recordado, que se sepa, que
uno de los más sangrientos episodios ocurridos en la guerra civil tuvo
como escenario, precisamente, este mismo lugar, las proximidades de la
estación de Atocha concretamente el conocido como el. Pozo del Tío
Raimundo. Una lápida, olvidada desde hace muchos años en algún basurero
del extrarradio madrileño, recordó durante algún tiempo que en la vía
muerta de la estación de cercanías de Santa Catalina, el día 11de agosto
de 1936, fueron asesinadas cerca de trescientas personas, encabezadas por
el obispo de Jaén que ante e1 avance de1as columnas nacionales eran
trasladadas desde Andalucía a las ergástulas madrileñas.
De tan terrible episodio existieron en su momento algunos
testimonios personales de unos pocos sobrevivientes, que en el libro ya
clásico «Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939» fueron
recogidos por su autor, el sacerdote don Antonio Montero y Montero. El
historiador, hoy obispo de Badajoz, transcribe, por ejemplo, la versión
que sobre su desarrollo ofreció el que en aquella dramática jornada era
jefe de la estación, don Luis López Muñoz, testigo del trágico
espectáculo.
Explica don Luis que el tren en el que eran conducidos los
detenidos llegó a Santa Catalina alrededor de las once de la mañana de
ese día 11 y que una turba de hombres y. mujeres colocados sobre las vías
impidió la continuación del viaje. Tal tensa situación pareció resolverse
con la presencia de guardias civiles y de asalto llegados de Madrid, pero
su intento de apaciguamiento resultó infructuoso. Un viejo anarquista,
apellidado Arellano, amigo personal del ministro de la Gobernación, señor
Casares Quiroga, se puso en contacto telefónico con éste, al que informó
de la situación. La respuesta, de inequívocas resonancias evangélicas, no
se hizo esperar «Si ésa es la voluntad del pueblo, entonces que los
entreguen». La extrema y claudicante decisión del ministro parece aún más
inconcebible cuando se conoce que pocos días antes, exactamente el día 1
del mismo mes, el señor Casares Quiroga había dictado una disposición en
virtud de la cual Ia Dirección General de Seguridad establecía la
prohibición de los registros domiciliarios y de las detenciones
arbitrarias, supuestamente incontrolados.
¿Qué inexplicables razones pueden abonar el hecho de que
alguien como el ministro, un refinado miembro de la más ilustrada
burguesía gallega, traicionase de tal forma sus más intimas convicciones
ideológicas hasta el punto de hacer una aberrante identificación entre el
pueblo, entendido en sus términos más amplios, y unas hordas de asesinos
que hacían la guerra por su cuenta? Nos da una pista esclarecedora el
embajador en Madrid de los EEUU, señor Power, cuya simpatía por el bando
frentepopulista era notoria, cuando en sus interesantes memorias de aquel
tiempo escribe: «Las autoridades no estaban en condiciones de oponerse a
los extremistas y sobre todo al conglomerado humano que formaba los bajos
fondos de las grandes ciudades. Su terror era el terror del hampa».
A partir del momento en el que los guardias civiles y los de
asalto abandonan la estación, dejando el tren en poder de las turbas, éste
fue conducido hasta una vía muerta en la dirección de Vallecas, en un
lugar llamado entonces «la caseta del Río Raimundo», en donde los
ocupantes fueron obligados a bajar. Colocados entonces en un repecho del
terreno, en grupos sucesivos de unos veinte o veintiuno, tres
ametralladoras colocadas sobre una altura acabarían con ellos. Aún hoy
resulta difícil sustraerse al escalofrío que produce la lectura del final
de las declaraciones del señor López Muñoz: «El hombre que mató al obispo,
que había sido separado de los demás presos, lo hizo disparando una
escopeta cargada de plomo, en tanto que su hermana Teresa era asesinada
por una miliciana llamada Josefa Coso, conocida como “la Pecas”, que había
pedido para sí tal privilegio». El obispo, don Manuel Basulto, tenía
sesenta y seis años, y su hermana, que era la única mujer que figuraba en
la expedición, unos años más.
Si puede sorprender que un suceso de tal magnitud no haya sido
recordado ahora, como hubiera sido lo lógico, a poco que existiera la tan
recurrida memora histórica, más sorprendente resulta que en su día no
hayan dejado testimonio de él ni uno solo de los muchos corresponsales
extranjeros, que sí se apresuraron entonces a dejar constancia de lo
ocurrido en Badajoz y en Guernica, lugares que, por cierto, les cogían
bastante más lejos. Bien es cierto que hoy ya se sabe que la mayoría de
ellos, a los que apacentaba en sus correrías madrileñas el que sería
magistral cronista de la defensa de Madrid Arturo Barea, redactaban sus
crónicas entre los efluvios alcohólicos de los hoteles Gaylord y Florida y
las opíparas comidas que les ofrecía el general Miaja, en tanto que el
soviético Gorev, con la inestimable colaboración del coronel Rojo, dirigía
de hecho la defensa de Madrid. (Testimonios de Castro Delgado, llya
Ehremburg, I. G. Starinov, / Ovadeu Savich y Louis Fischer). Y por
supuesto que también mantenían estrechos contactos con los terminales
informativos soviéticos. De ello no se salva ni el propio Hemingway, tal
como revela el hecho de que, presionado por los agentes comunistas, le
negase su ayuda a su viejo camarada Jhon dos Pasos en la dramática
búsqueda que éste hizo por las checas de Madrid de su traductor al
español, secuestrado por los esbirros del SIM y del cual nunca más se
supo.
No; no ha sido perdurable el recuerdo de las víctimas de lo
que sin duda fue el primer tren de la muerte que circuló por las vías
madrileñas, lo cual no deja de ser una triste lección sobre las
reacciones, más neuróticas que emotivas, de los españoles. Dados
antecedentes como éste, tan escasa mente ejemplares, sólo cabe hacer votos
para que los mármoles sobre los que ahora se inscriban para memoria de
generaciones venideras los nombres de las víctimas del terrorismo
islamista no acaben como los que conmemoraban los de quienes les
precedieron, setenta años antes, en el sacrificio, en un vertedero
municipal.
¿Por qué fue tan
catastrófica la República?
arriba
Por Pío
Móa
Publicado en "La Razón" el 6 de mayo de
2004
Desde hace más de veinte años numerosos políticos e historiadores poco
fiables vienen pintando la II República como una especie de paraíso de las
libertades y el progreso, en especial para los trabajadores, llegado
pacíficamente y por las urnas. Tales virtudes habrían resultado demasiado
indigestas para los fascistas y reaccionarios «de siempre», empeñados en
salvaguardar sus «injustos privilegios», hasta levantarse violentamente
contra un gobierno «legítimo y democrático», y poner fin a la maravilla
después de una cruenta guerra civil. Este esquema ha sido machacado de tal
modo y sin apenas oposición, en libros, cine, novela y prensa, que muchos,
en particular jóvenes, añoran el prodigio republicano y aspiran a
repetirlo, según revelan las banderas republicanas frecuentes en las
manifestaciones de izquierda
Sin embargo, se trata de una manipulación grotesca, insostenible en
casi todos sus detalles. La República no llegó por unas elecciones, ni los
republicanos eran pacíficos. Cuando se reunieron en San Sebastián, en
verano de 1930, lo primero que se les vino a la cabeza fue imponerse
mediante un golpe militar, aunque estaban previstas elecciones. El golpe
fracasó, pero la monarquía permitió a los golpistas presentarse a las
elecciones municipales en abril del 31. En ellas ganaron en casi todas las
capitales de provincias, pero perdieron con gran diferencia en el conjunto
del país. Entonces ocurrió un suceso con muy pocos paralelos históricos:
los partidos monárquicos, en plena quiebra moral, entregaron el poder
pacíficamente a los perdedores, burlándose de sus propios votantes. Como
resalta Miguel Maura, principal organizador de los republicanos: «Nos
entregaron el poder». Por tanto, la República no llegó por votos ni
pacíficamente. Los republicanos no fueron pacíficos. De pacíficos podrían
gloriarse en cambio los monárquicos, si no fuera porque en realidad no
demostraron tanto amor a la paz como descomposición moral y felonía hacia
los electores.
La República adquirió así una legitimidad indudable, aunque ciertamente
extraña, y no dejó de suscitar las mayores esperanzas después de la
exhibición de miseria política monárquica. E inmediatamente se puso a
defraudar tales esperanzas. Antes de un mes, el nuevo régimen protagonizó
la oleada de quemas de conventos, como se le suele llamar, aunque no
fueron sólo conventos, sino también varias de las principales bibliotecas
del país, centros de enseñanza y de formación profesional para obreros, y
obras de arte de valor incalculable. El hambre, en rápido descenso en los
años anteriores, repuntó con fuerza, hasta llegar en 1933 a los niveles de
principios de siglo. La delincuencia común subió brutalmente, sufrida
también por la gente humilde, sobre todo. Los anarquistas promovieron
insurrecciones, que Azaña ordenó liquidar fusilando a quienes fueran
capturados con armas en la mano, desembocando en la matanza de campesinos
desarmados perpetrada por la republicana Guardia de Asalto en Casas
Viejas. Como recordaba Pío Baroja, en el primer bienio republicano habían
sido muertos en la calle más ciudadanos, en su mayoría obreros, que en
cuarenta años de monarquía. Casi todos habían caído en choques entre
partidos o sindicatos izquierdistas, o con la policía del gobierno de
izquierda. La Constitución quedó invalidada en la práctica por la Ley de
Defensa de la República, que permitió a Azaña cerrar cientos de
periódicos, más que en cualquier etapa de la monarquía, y detener en masa
y sin acusación a derechistas - en su gran mayoría respetuosos hacia la
ley - o a anarquistas, o deportarlos a África.
Ciertamente, las izquierdas intentaron algunas reformas positivas, como
el impulso a la enseñanza pública o la reforma agraria. Pero el primero
quedó neutralizado por el antidemocrático cierre de los centros católicos,
muchos de ellos con un prestigio ganado en largos años de experiencia, y
por el simplismo ideológico de muchos de los nuevos maestros formados o
improvisados. Y la reforma agraria, mal concebida, resultó insignificante.
Cataluña recibió la autonomía, por afinidad izquierdista, y la Esquerra la
aprovecharía para vulnerarla y contribuir, en 1934, a preparar la Guerra
Civil.
Todo ello no impedía a los partidos y políticos responsables del caos
proclamarse representantes privilegiados de los pobres, de los obreros,
del pueblo, de la cultura o de la libertad. Y nadie los describe mejor que Azaña, que en sus diarios muestra una y otra vez su desaliento ante la
botaratería e ineptitud de los republicanos y socialistas, «Ahítos de
pedantería y vacíos de sindéresis», «Gente ligera, sentimental y de poca
chaveta», «No saben qué decir, no saben argumentar. No se ha visto más
notable encarnación de la necedad», «Veo muchas torpezas y mucha
mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para
confiar en ellos. ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una
política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin
ninguna idea alta?». Etcétera.
Azaña ha trazado, sin duda, el más negro y expresivo retrato de la
demagogia y vacuidad intelectual de aquellos que se creían, o decían
creerse, la encarnación misma de la libertad y el progreso para el pueblo.
El nuevo régimen habría precisado líderes capaces e inteligentes, pero
éstos escaseaban desesperadamente. Casi todos descollaban, en cambio, en
la habilidad propagandística para sembrar el odio a las derechas y
acusarlas de todos los males. Sus políticos tenían la cabeza llena de humo
progresista, les faltaban conocimientos económicos elementales, y gran
parte de sus medidas destinadas a aliviar la pobreza, la incrementaban.
Desde luego, Azaña sobrepasaba mucho en inteligencia a la gran mayoría
de sus correligionarios, pero tampoco era propiamente un demócrata. Llegó
a la República jactándose de su sectarismo, descalificando la moderación,
dispuesto a exaltar a «los gruesos batallones populares», es decir, a
hacer demagogia obrerista, con la ilusión de controlarla y encauzarla a su
favor, y afirmando que sólo él y sus correligionarios tenían derecho a
gobernar la República. Fue uno de los máximos responsables de la tendencia
no meramente laica, sino antirreligiosa de la Constitución, agresiva
contra el sentimiento católico mayoritario. Cuando perdió abrumadoramente
las elecciones en 1933, después del desastroso bienio de izquierdas, no
pensó en otra cosa que en el golpe de estado para impedir gobernar a las
derechas, y lo intentó dos veces. Pues bien, Azaña era uno de los más
moderados, o por mejor decir, menos extremistas de los republicanos de
izquierda, y basta tener esto en cuenta para comprender hasta qué punto el
régimen se hacía inviable. En la disposición de las izquierdas a romper
las reglas del juego, incluso las impuestas por ellas mismas, si no
disfrutaban del poder, yace la clave del carácter catastrófico de la
República, predestinada así al fracaso y a la guerra civil.
Aquí llegados, uno se pregunta: ¿acaso ignoran todas estas cosas los
panegiristas de la República? Hay mucha ignorancia, desde luego, entre los
«republicófilos» de a pie, pero no puede haberla entre los directores de
la orquesta, los Tuñón o los Jackson hace años, o los Preston o Juliá
ahora. Salta a la vista que éstos falsean la historia o mienten abierta y
deliberadamente.
Pero esta constatación tampoco nos satisface del todo, pues, ¿por qué
habrían de mentir? La causa, al menos la principal, no reside en una
deshonestidad personal - aunque también, como demuestran cuando intentan
ahogar el debate intelectual con la censura o el insultos -, sino en una
concepción general basada, de forma explícita o implícita, en la teoría
marxista de la lucha de clases. La misma concepción, cabalmente, que llevó
a las izquierdas republicanas, socialistas, etc., a realizar sus
tropelías, y finalmente a la Guerra Civil, con la mejor conciencia: ellos
representan a «los oprimidos», al «proletariado» (por muchas plagas que
traigan sobre ellos), y cualquier falsedad queda así justificada. Más aún,
los representan aunque entre esos mismos partidos «obreros» o
«progresistas» se maten y destruyan, como llegó a ocurrir. En cambio la
derecha forzosamente representa al fascismo o, en el mejor de los casos, a
la «reacción», aunque le vote en la realidad la mitad o casi dos tercios
del pueblo, como ocurrió en 1933. Si alguien desafía las versiones de esos
historiadores recibe inmediatamente el mote de «franquista». Asombra la
capacidad de estos esquemas para engendrar fanatismos, negar los hechos
más crudos y socavar la democracia. Y no es cosa del pasado. Se refleja,
desde luego, en la mencionada resistencia de diversos «historiadores
profesionales» a debatir el pasado de manera fría e intelectual, pero eso
no pasaría de simple anécdota si no siguiera condicionando tan
profundamente la política. Cualquiera que repase los sucesos de 2004,
culminados en los pasados atentados terroristas, que transformaron en
chusma a buena parte de la ciudadanía, podrá comprobarlo fehacientemente.
PSOE: 125 años de historia
arriba
Por Cesar Vidal
Publicado en "La Razón" el 6 de mayo de
2004
César Vidal es historiador
Hace 125 años, el PSOE nació como un partido marxista que propugnaba la
lucha de clases y la implantación de la dictadura del proletariado. Sin
embargo, a diferencia de sus homólogos inglés, francés o alemán, fue
durante décadas una formación insignificante. De hecho, aunque el PSOE de
Pablo Iglesias se autoproclamó representante de los trabajadores
españoles, éstos no le evitaron una verdadera cascada de derrotas
electorales. No era de extrañar ya que el espacio de izquierdas lo
ocupaban los republicanos y el de la lucha obrera, los anarquistas. Por si
fuera poco, en aquellos primeros años, el único intelectual digno de ese
nombre que pasó por el PSOE fue Miguel de Unamuno, que los abandonó
calificando a los socialistas españoles de «fanáticos necios de Marx,
ignorantes, ordenancistas, intolerables, llenos de prejuicios...». En
1909, Iglesias llegó a un acuerdo con los republicanos para crear una
conjunción electoral. Con todo, el 12 de julio de 1910 afirmó que lo único
que le movía a esa alianza era «derribar el régimen». Durante los
siguientes años, ya convertido en el primer y único diputado socialista,
no perdería ocasión de intentarlo. Por ejemplo, el 7 de julio de 1910,
amenazó con que el PSOE recurriría al «atentado personal» si Maura llegaba
al poder pero también hizo todo lo que estuvo en sus manos para impedir
que el liberal Canalejas pudiera llevar a cabo reformas que tenían como
finalidad mejorar la suerte de los trabajadores. Desde las Cortes,
Iglesias clamó que su partido buscaba «la supresión de la Magistratura, la
supresión de la Iglesia, la supresión del Ejército y la supresión de otras
instituciones» ya que los socialistas estarían «en la legalidad mientras
la legalidad les permita adquirir lo que necesitan; fuera de la
legalidad... cuando ella no les permita realizar sus aspiraciones».
Durante los años siguientes, Iglesias y el PSOE siguieron punto por punto
sus planes para acabar con el sistema parlamentario e implantar la
dictadura del proletariado. Con el respaldo de algunos medios de
comunicación y el apoyo de personajes tan dudosos como Ducazcal, el
creador de la famosa «banda de la porra», el PSOE prosiguió su actividad
anti-sistema. Haciendo gala de un acentuado oportunismo, en 1917, intentó,
junto a los nacionalistas catalanes, acabar con el sistema parlamentario;
y en 1922 decidió colaborar con la dictadura de Primo de Rivera. No
pensaba integrarse en el sistema como habían hecho sus homólogos alemanes
y como esperaba Primo de Rivera sino porque deseaba privar de peso entre
los obreros a la CNT y porque soñaba con la caída de la monarquía
parlamentaria. Durante aquellos años, el PSOE medró a la sombra de la
dictadura. Dirigentes socialistas como Largo Caballero, Cordero, Lucio
Martínez o Wenceslao Carrillo ¬padre del futuro secretario general del
PCE¬ obtuvieron puestos en la Junta de subsistencias, el consejo de
administración de información telegráfica o el consejo interventor de
cuentas. En octubre de 1924, Largo Caballero incluso fue nombrado miembro
del consejo de estado del dictador. En diciembre de 1925, falleció Pablo
Iglesias pero sus sucesores mantuvieron el guión. En 1930, se sumaron a un
intento de golpe de Estado para derribar la monarquía parlamentaria y en
abril de 1931 lograron que se proclamara la república tras unas elecciones
en que de las votaciones habían salido 5.775 concejales republicanos y
22.150 monárquicos. Nunca en la Historia de España se había falseado tan
escandalosamente un proceso electoral pero el PSOE, una vez más, se
consideraba hiperlegitimado para hacerlo. Durante el bienio de 1931 a 1933
en que compartió el poder con otras fuerzas de izquierda, el PSOE buscó
aislar a los anarquistas y empujar a la nación hacia un proceso que
algunos socialistas sensatos calificaron de bolchevización. En 1933, las
derechas ganaron las elecciones y de manera inmediata el PSOE comenzó a
fraguar un golpe de Estado que le permitiera recuperar el poder perdido en
las urnas. En octubre de 1934, el PSOE y la Ezquerra catalana se alzaban
en armas contra el Gobierno legítimo de la nación. El golpe fracasó en
toda España salvo en Asturias, donde se llevó a cabo una revolución
socialista con su secuela de excesos, quemas de iglesias y asesinatos.
Aquel golpe fallido de 1934, a decir de Salvador de Madariaga, deslegitimó
a las izquierdas para atacar el de julio de 1936. Pero en aquellos
momentos, nadie pensaba en una sublevación de las derechas. En 1935, el
PSOE fue parte decisiva en la creación del Frente Popular y su dirigente
máximo en el curso de una violenta campaña electoral dejó de manifiesto
que su meta era instaurar la dictadura del proletariado y que «la
conquista del poder no puede hacerse por la democracia burguesa». En
febrero de 1936, el Frente Popular se hizo con la mayoría en las cortes
mediante un fraude electoral que sería denunciado por el presidente de la
república Niceto Alcalá Zamora. Desde entonces hasta el estallido de la
Guerra Civil, España viviría una evolución que las cancillerías
extranjeras, empezando por la británica, asemejarían a la de la revolución
rusa de 1917 y que incluyó el asesinato de Calvo Sotelo, el jefe de la
oposición de derechas, por miembros del PSOE. Cuando en julio de 1938
estalló la guerra, el PSOE se lanzó, como otras fuerzas frentepopulistas,
a una política de represión que iría de la creación de checas y de la
práctica de fusilamientos a la incautación de los pisos de Madrid no para
entregárselos a los inquilinos sino para cobrarles los alquileres. En el
curso de los años siguientes, sería un socialista, el doctor Negrín, el
mismo que había enviado las reservas de oro del Banco de España a la URSS,
el que pactaría con Stalin la transformación final de España en una
dictadura de izquierdas. La derrota frustró esos planes y también llevó al
PSOE al borde de su aniquilación. Ni siquiera la firme alianza con la
masonería evitó a sus dirigentes en el exilio languidecer y perder el
control del partido en manos de un grupo encabezado por Felipe González.
Con todo, hasta finales de los setenta, el PSOE no perdió su radicalismo.
Rechazó el referéndum de la ley de reforma política e incluso defendió la
república durante el debate constitucional. Pero González era consciente
de que su llegada al poder pasaba por asemejarse lo más posible al SPD
alemán y, primero, renunció al marxismo y, luego, decidió permanecer en la
OTAN. Fueron sus mayores logros porque durante la casi década y media que
estuvo en La Moncloa, España alcanzó cotas de desempleo y de corrupción
realmente históricas mientras la sombra del crimen de estado se cernía
sobre él. Ni siquiera la derrota electoral a mediados de los años noventa
y todavía menos los éxitos del PP en su gestión económica e internacional
llevaron al PSOE a reflexionar sobre las consecuencias de su dogmático
sentimiento de hiperlegitimidad. Hoy, el PSOE tiene con todos los
españoles la obligación moral de no reescribir su historia en términos
rosados y falsos, sino de reflexionar sobre ella, de recordar que por dos
ocasiones aniquiló irresponsablemente sendos sistemas parlamentarios y de
comprometerse humildemente a no reandar caminos pasados.
«NO
OLVIDARSE DE ETA»
arriba
Con el título que abre este trabajo, el diario
ABC del 7 de abril y como su editorial principal, insertaba un trabajo
esplendido con el que se incidía en algo especialmente importante: el
peligro, por la tentación que pudiera conllevar la política autonómica del
Gobierno socialista recientemente abocado al poder, de no solo subestimar
a ETA sino, de alguna manera, caer en la red que le tiende la banda
terrorista de buscar la pacificación mediante el dialogo. Un dialogo con
la propia banda excluido como principio, pero no excluido –y en ello
reside el gran peligro- con el partido que le da respaldo por causa de sus
identidades teleológicas entre ambos (aunque sus respectivas tácticas sean
muy diferentes), es decir, un dialogo con el PNV del que saldría
beneficiado la común finalidad estratégica: sacar el País Vasco de la
unidad de la Nación española. Con el agravante añadido, además, de que
cuanto se hiciese con el PNV se terminaría haciendo por coherencia
contagiosa con el tándem simétrico de CiU-ERC.
Por el acierto de su planteamiento, nos place
reproducir íntegro, a continuación, el citado editorial.
«Las agresiones y las amenazas del terrorismo
islamista están teniendo un efecto político y social preocupante, con un
alto riesgo de contaminar el consenso que los dos grandes partidos habían
alcanzado para la lucha contra ETA. Desde el primer momento, es decir,
desde el 11-M, el integrismo islamista violento ha conseguido el
enfrentamiento entre las fuerzas políticas, gracias a un tratamiento de
sus causas muy similar –y tan erróneo- al que, hasta hace muy pocos años,
hacía que algunos reclamaran diálogo para acabar con ETA. No justicia, ni
castigo, ni firmeza. Diálogo. El silogismo acababa ofreciendo un resultado
degradante: quien no dialoga con el terrorismo es responsable de que el
terrorismo subsista. ¿Cuántas veces se dijo que la tregua de ETA de 1998
fracasó por la «cerrazón» del Gobierno de Aznar? ¿Cuántas no se ha puesto
en planos equidistantes al Estado y al terrorismo, como bandos de un
conflicto bilateral? El argumento se está repitiendo con el terrorismo
integrista, satisfecho con que su rechazo social en la calle sea similar y
simultáneo al rechazo que provoca la intervención militar en Irak y a la
ferocidad de las acusaciones contra el PP. También Al Qaida ha logrado la
equidistancia con el Gobierno de Aznar en las pancartas y en los gritos de
algunas manifestaciones. Nada mejor para los terroristas.
«Sin embargo, la
confusión aún puede producir resultados más desastrosos si, al calor de la
alarma y del dolor que está causando el terrorismo islamista, ETA empezara
a pasar a un segundo plano y su violencia fuera objeto de una comparación
favorable con la genocida de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia. Hay un
discurso soterrado que persigue suplantar la prioridad de ETA por la
prioridad de Al Qaida para forzar un cambio sustancial en el consenso que
se reflejó en el Acuerdo por las Libertades y Contra el Terrorismo y
allanar el camino para una rehabilitación definitiva del nacionalismo
vasco, sin pasar por el juicio histórico que merecen sus pactos con la
banda terrorista y sin haber renunciado a los propósitos comunes con los
terroristas.
«Rodríguez Zapatero no
debe caer en esta trampa. En España, el terrorismo tiene dos nombres: ETA
y Al Qaida, cada cual con su propia coartada, pero unidos en la víctima
elegida. El problema terrorista en España se ha ampliado, pero no ha
cambiado de protagonista. El arsenal de explosivos y armas que se ha
incautado a los etarras en el Sur de Francia tenía como destinatarios a
ciudadanos españoles. Si ETA no mata es porque las Fuerzas de Seguridad no
le han dejado, no porque no quiera hacerlo. La experiencia histórica
demuestra que la unidad de los partidos políticos no es necesaria para
detener «comandos» terroristas, sino para privarles de cualquier
expectativa de beneficio político y para aislar a quienes, desde el bando
de la democracia, buscan el usufructo de la violencia. Ésta es la
experiencia que ha demostrado que sólo la fuerza policial y judicial puede
doblegar al terrorismo. Con el integrismo islamista violento acabará
sucediendo lo mismo, aunque parece que hay un sector de la sociedad,
sostenido por el discurso irresponsable de una buena parte de la
izquierda, que no se ha vacunado del voluntarismo y de la obcecación
contra la derecha y el amigo americano, y obsequia a Al Qaida con el
vituperio al PP; el repudio a Estados Unidos y la fiebre del antibelicismo
y del diálogo. Lo mas previsible es que el tiempo vaya poniendo las cosas
en su sitio y demostrando la falta de sentido de Estado y de honradez
intelectual con las que, desde la izquierda, se ha enfrentado a la
sociedad española con el PP, cargando sobre sus espaldas los muertos del
11-M. El tiempo demostrará que nadie, ni ETA, ni sus cómplices
nacionalistas, han dejado de ser lo que eran antes de que estallaran las
mochilas en los Cercanías madrileños».
Hasta aquí la
trascripción del texto editorial completo.
Es evidente que la
magnitud de la hecatombe de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia (y la del
posterior drama sangriento de Leganés) han hecho retroceder popularmente,
y en no pocos cenáculos políticos y mediáticos, la aversión hasta esos
días unánime contra ETA lo que, de persistir, terminaría siendo –en las
prioridades estatales antiterroristas- una bajada en la guardia de la que
muy posiblemente resultaría lo que adelantábamos en nuestra entradilla a
la trascripción. Cuidado, pues, con olvidarse de ETA. ¡Qué más querría
ésta, el PNV, CiU y ERC…!.
LO
GLOBAL COMO DESTINO
arriba
Por Alfredo Amestoy
Publicado
en Vistazoalaprensa.com
el
11 de diciembre de 2003
JUAN
Pablo II y Juan Carlos I son los dos Jefes de Estado, católicos, que más
tiempo
llevan en su cargo. Este hecho es motivo de satisfacción, sobre
todo, para los católicos españoles.
El católico español es más católico que apostólico y romano. Y es más
católico porque es más “universal”. Un católico italiano podrá ser
más “romano” pero menos “católico” que un español porque
Italia, a pesar de haber conocido, casi inventado, la idea y el ámbito
del Imperio, no ha tenido un Imperio “universal”. Tan universal que
era cierto que en nuestros dominios “no se ponía el sol”.
Sin embargo, la “catolicidad”, aún siendo
anterior, supera a la “universalidad” en amplitud de espacio y en
“amplitud de miras”. Y es curioso que alguien, como José Antonio
Primo de Rivera, tan obsesionado con “lo universal”- por representar
lo total, lo integral-, en sus últimos días, sin traicionar el
silogismo, modifica su enunciado y prefiere referirse a la
“catolicidad”.
Si este año se conmemora el centenario del nacimiento del fundador de
Falange Española, en estos días se recuerda la fecha de su muerte, el 20
de noviembre de l936, en la cárcel de Alicante. Es allí donde más
preocupado que por su propia vida, que sabe va a perder, se dedica a
reflexionar sobre “la entraña religiosa de la crisis”, en palabras de
su biógrafo Stanley G.Payne.
La “crisis” era la crisis de España que ya
había iniciado una guerra que aún duraría treinta meses más.
Payne resume e interpreta el diagnóstico
joseantoniano: “La solución filosófica y espiritual se encontraba en
la “unidad católica” que había alcanzado un sentido total de la vida
religiosa en la Edad Media; es decir, ni sacrificio del individuo a la
colectividad ni disolución de la colectividad en individuos, sino síntesis
del destino individual y el colectivo en una armonía superior, a la que
uno y otro sirven”.
UN DESTINO COMÚN
No era la primera vez que se formulaba en el
siglo XX la noción de un destino común donde coincidieran el destino
individual y colectivo.
Releyendo hace poco “La muerte en
Venecia”, tropecé con una afirmación de Thomas Mann, que, por el cuándo
y el cómo la expresa, quiso enfatizar especialmente. Dice así: “Ha de
existir una secreta afinidad, cierta armonía incluso, entre el destino
personal y el destino universal de una generación”.
Es sorprendente que Mann y José Antonio utilicen
no sólo el mismo concepto de “destino universal” sino la palabra
“armonía” para superar el término “síntesis”, en el caso de José
Antonio, y el de “afinidad”, en el de Thomas Mann.
Si Mann se refiere a una generación, que marcaría
el colectivo temporal, estacional, José Antonio encuentra algo más: un
universo “espacial”. Primo de Rivera había escrito: “La Patria es,
cabalmente, lo que une y diferencia en lo universal el destino de todo un
pueblo; es como decimos nosotros siempre, una unidad de destino en lo
universal. La nación no es una entidad física individualizada por sus
accidentes orográficos, étnicos o lingüísticos, sino una entidad histórica
diferenciada de los demás en lo universal por su propia unidad de
destino”.
Todo esto puede parecer música celestial. Y lo
es. Como es sabido que no corren buenos tiempos para la lírica. Pero la
cuestión, miren por dónde, se ha actualizado de pronto gracias a la
“globalización”. Y no sólo Mann y José Antonio, también
Vasconcelos y toda su teoría de la “raza cósmica” recobran la
vigencia.
El mejicano José Vanconcelos, no tan antiguo,
puesto que nació en el siglo XIX pero murió en l960, con varios satélites
artificiales en el espacio, lamentaba que “nos ufanamos de un
patriotismo exclusivamente nacional y ni siquiera advertimos los peligros
que amenazan a nuestra raza en conjunto. Nos negamos los unos a los
otros…Nos mantenemos celosamente independientes respecto a nosotros
mismos. Nos ufanamos cada uno de nuestro humilde trapo…y no advertimos
el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los
escudos iberoamericanos”.
José Antonio subrayaba más aún este criterio:
“sin la presencia de un destino común, todo se disuelve en sabores
locales. Un pueblo no es una nación por ninguna suerte de justificaciones
físicas, colores o sabores locales sino por ser otro en lo universal”.
LO AUTÓCTONO EN LO GLOBAL
A un pueblo como el nuestro, y a una comunidad
como la hispana, tan singulares – muy acertadamente el propio
Vasconcelos dice que “una carencia de pensamiento creador y un exceso de
afán crítico que, por cierto tomamos prestado de otras culturas, lleva a
discusiones estériles-, nos va a resultar difícil compaginar lo global y
lo particular. Será muy interesante este proceso en que habrá que
renunciar a los atavismos sin perder lo autóctono. Porque a diferencia de
otros pueblos nuestro valor es universal pero no común y reacio a
colectivizarse. Tenemos una personalidad poco permeable tanto para la
recepción como para la emisión y la transferencia.
Somerset Maugham , que a mi juicio supera a todos
los hispanistas que han presumido de mejor conocernos en el siglo XX – y
he tratado personalmente desde Hemingway a Gerald Brenan -, en la última
página de su “Don Fernando” hace el análisis más certero, y encomiástico,
que uno haya leído sobre los españoles:
“En las artes los españoles nada han
inventado. No han aportado gran cosa en lo que han producido sino que se
han limitado a dar un color local a lo que han traído de fuera. Su
literatura no ha sido de primera fila; también pretendieron pintar como
los maestros extranjeros, pero incapaces discípulos, han dado a luz a un
solo gran pintor de primerísima clase; y en cuanto a la arquitectura la
tomaron prestada de los moros, de los franceses y de los italianos y sus
trabajos fueron mejores cuando apenas se alejaron de sus modelos. Su
superioridad ha sido grande pero cuando ha sido orientada en otra dirección:
ha sido una superioridad de carácter. En esto es en lo que los españoles
no han sido superados por nadie y sólo igualados por los antiguos
romanos”.
Somerset Maugham no se para en barras y nos
dedica el más alto elogio que e puede dedicar a una estirpe: “Parece
como si toda la energía, toda la originalidad de esta vigorosa raza ha
sido dedicada a un fin y sólo a uno: la construcción de un hombre. No es
en arte alguno en lo que han sobresalido los españoles; los españoles
han triunfado en algo que es más grande que el arte: en la forja del
hombre, que es quien tiene la última palabra”.
Lejos de cualquier “chauvinismo”, testimonios
como el que acabamos de reproducir avalan las exaltaciones joseantonianas
del “hombre como portador de valores eternos” o la necesidad de creer
en la patria como “unidad de destino en lo universal”.
José Antonio estaba condicionado y
aleccionado por lo español y por lo católico. Cuando Stanley G. Payne se
rinde no sólo ante el testamento de José Antonio redactado en la cárcel
de Alicante, sino también ante sus últimos escritos, tiene motivos
porque José Antonio está “convirtiéndose” al catolicismo más auténtico.
Por ejemplo al decir que “acaso un día
vuelva a encenderse sobre Europa unificada la alegría católica”.
Está convirtiéndose al catolicismo, como lo
hicieron al fin al de sus días Somerset Maugham y Graham Greene, dos
grandes enamorados de España. Detrás del catolicismo está la
catolicidad, la mejor universalidad. Ojalá en el catolicismo encuentre la
globalidad su mejor destino.
Por Fernando
Vizcaíno Casas
Publicado
en Diario
de Valencia
el Lunes,
13 de enero de 2003
Este año 2003. se presenta cargado de centenarios.
Sabido es que suele aprovecharse el cumplimiento de los cien años
de la nacencia de personajes del pasado más o menos ilustres para
dedicarles loas, elegías,
ditirambos e incluso exposiciones conmemorativas, además de constantes evocaciones laudatorias en
les medios informativos y exhaustivos programas de televisión.
Claro que todo depende de la tendencia política de los difuntos. Así que la presente anualidad va a estar copada por el
recuerdo de Rafael Alberti, el excelente poeta gaditano, nacido obviamente
en 1903 (el Espasa dice que en 1902), en cuya remembranza padeceremos
avalanchas de apologías, lisonjas y entusiásticos recuerdos. Alberti era comunista fervoroso, tan fervoroso que fue
distinguido con el Premio Lenin y dedicó apasionados versos a la memoria
de Josef Stalin, aquel ejemplar demócrata.
Miembro de la espléndida Generación poética del 27, cabe
discutir su jerarquía dentro de ella.
Parece indudable que García Lorca le superó en gracia populista;
y que nunca alcanzó la hondura ni la categoría lírica de Vicente
Aleixandre, de Dámaso Alonso o de Gerardo Diego.
Pero estos fueron políticamente conservadores; o sea que no
gozaron de los fervores de la crítica, que ya se
sabe que tira siempre hacia la izquierda extrema.
Tampoco alardearon de su filiación
marxista, como Alberti. Que estuvo implicado, en los meses trágicos del
verano del 36, en la siniestra checa madrileña de Bellas Artes, como
denunció Torcuato Luce de Tena en su libro de memorias "Papeles para
la pequeña y gran historia". Se
le echaron encima con furia los progresistas de costumbre, pero ninguno
pudo desvirtuar la verdad de los hechos relatados por Torcuato.
Ahora también se callarán todos la vileza con que el poeta trató,
ya en su ocaso, a Maria Teresa León, compañera suya durante, 58 años, a
la que abandonó sin el menor reparo, dejándola morir en solitario.
Evidentemente fue Alberti un magnífico poeta, que como algunos otros
prostituyó su talento cuando se entregó a la glosa partidista. Igual le
ocurrió a Antonio Machado, capaz en su servidumbre política de escribir
en un poema dedicado a Líster, aquella monstruosidad de "si mi pluma
valiera tu pistola". No se libran del deterioro literario los poetas
del bando contrario; Manuel Machado y Pemán también rebajan su calidad lírica
cuando la ofrecen a la gloria del Caudillo.
Preparémonos, pues, a tener a
Alberti hasta en la sopa. Menos atenciones se prestarán a otro escritor
magnífico, Max Aub, tan vinculado a Valencia, autor que merece una
cuidadosa revisión de su obra, así dramática como narrativa, menos
conocida de lo que debiera. También estuvo exiliado,
pero, nunca adoptó actitudes maximalistas ni levantó estandartes
de martirio en beneficio propio. Y sin embargo, es el suyo un nombre
fundamental en
la literatura española del pasado siglo, de cuyo nacimiento también
se cumplirán cien años en este 2003.
Como de los de José López Rubio y
Alejandro Casona, Alejandro Rodríguez de verdadero nombre. A éste no le
han perdonado que regresara de su voluntario exilio a fina les de los 50 y
se reintegrase a la actividad teatral en España, para repetir sus
primeros éxitos, les de "La sirena varada" y “Prohibido
suicidarse en primavera”. Por eso su centenario, apuesto doble contra
sercillo, va a ser celebrado con sordina. Pese a tratarse de uno de los más
importantes autores dramáticos del- siglo XX.
Lo mismo que López Rubio,
integrante de "la Otra Generación del 27" la dé los grandes
humoristas, así la calificó en su discurso de ingreso en la Real
Academia Española de la Lengua, Director v guionista de cine, pero antes
que nada, primoroso dramaturgo, comedias como "Celos del aire"
certifican su enorme categoría literaria. Sigo apostando a que el centésimo
aniversario de su nacimiento pasará poco menos que desapercibido.
Otro que nació en 1903, César González
Ruano, periodista de excepción, quizás el más grande articulista (ahora
les dicen columnistas) del pasado siglo. Personaje, además, singular e
irrepetible, su anecdotario humano resulta fabuloso. Hoy está olvidado y
me temo que ni la efeméride natalicia merezca excesiva atención. Cometió César el
grave pecado de declarar siempre sus preferencias ideológicas, nada
afines con la izquierda y menos aún, con el marxismo, De modo y manera
que está proscrito por los pontífices del que Ricardo de la
Cierva ha llamado "frente
popular de la cultura". Absolutamente
vigente y en plena actividad
en estos tiempos de gobierno de un presunto centro-derecha, que en nada se
diferencia en sus gustos culturales
del anterior gabinete socialista.
Con todos los respetos, disculpen
los progresistas y que me perdonen los fanáticos intransigentes que se
disfrazan de demócratas, el centenario más importante a celebrar este año
debía ser el de José Antonio Primo de Rivera. Su fascinante personalidad
fue malbaratada, distorsionada, confundida por el aluvión de gastos y
relumbrones huecos con que se le presentó en los primeros años del
franquismo. Nada tenía que ver su figura dignísima, generosa, llena de
inquietudes sociales y afanes de convivencia con la imagen mesiánica, con
el mito deshumanizado en que le convirtieron panegiristas de ocasión.
Los años han devuelto la verdad de
José Antonio, respetado incluso en los momentos
de mayor exacerbación, elogiado por sus mismos adversarios,
incluido Azaña, tan desdeñoso con sus políticos coetáneos como
deferente con el fundador de la Falange. También Indalecio Prieto, también
Zugazagoitia. Curiosamente, el menor aprecio a
su persona lo encontró en la
derecha montaraz y burguesa. La auténtica personalidad de José
Antonio, intelectual riguroso, autocrítico severo, cristiano profundo,
con un limpio sentido del humor que como él mismo decía, le alejaba de
toda connivencia con los totalitarismos, será estudiada por la
"Plataforma 2003", creada con el empeño de ofrecer
la realidad de su ideario a las
generaciones que lo desconocen por entero.
De todos modos le recuerdo: estamos
en el "año Alberti", así que a resignarse.
Tribuna
libre: ¿QUIÉN SE HA RECONCILIADO CONMIGO?
arriba
Por Enrique
de Aguinaga
Catedrático emérito de la Universidad Complutense
Primero, el verbo. El verbo reconciliar significa el acto de
volver a conciliar lo que estuvo conciliado y, por cualquier causa, dejó
de estarlo. Es decir, que la reconciliación exige una previa conciliación.
No cabe reconciliar lo que nunca estuvo conciliado. En este último
supuesto se trataría, no de reconciliar, sino de conciliar, según
prescribe la Academia: componer y ajustar los ánimos de quienes estaban
opuestos entre sí.
¿Por ventura, los ánimos de quienes se opusieron en la
Guerra Civil (para unos Cruzada; para otros sublevación facciosa)
estuvieron alguna vez conciliados, antes que se desatasen en las
intentonas de 1930 (sublevación de Jaca) , 1932 (sanjurjada) y 1934
(revolución de octubre), previas al estallido de 1936, en el que (todo
hay que decirlo, aunque sea una obviedad) el que suscribe no ha tenido
arte y ni parte?
La Guerra Civil ya estaba en Fernando de Castro, que, en
1866, avisa a la Real Academia de la Historia que España verá
ensangrentarse sus ciudades y sus campos en una guerra civil, religiosa...
O en Luis Araquistain, que, en 1915, proponía exteriorizar la guerra
civil que palpita en las entrañas del pueblo español. O en Francisco
Largo Caballero, que, en 1933, en medio de la República, proclama que
estamos en plena guerra civil, que inexorablemente tomará caracteres
cruentos. O en José María Gil Robles, que la considera absolutamente
inevitable. O en Juan Ignacio Luca de Tena, que no sólo la considera
inevitable, sino también trágicamente necesaria para salvar a nuestra
Patria del caos.
Se trata, pues, de conciliar o reconciliar, si se
quiere, las dos partes que finalmente se enfrentaron abruptamente en
guerra abierta y feroz. No se trata, ahora, de reconciliar los dos términos
de la dicotomía revolucionaria de Largo Caballero (burgueses y
proletarios) porque la evolución histórica y, con ella, la instalación
de una clase media que no existía, la han superado.
Se trata de reconciliar a los vencedores y a los
vencidos de aquella guerra, no tanto en sí mismos, progresivamente
reducidos por la inexorabilidad del tiempo, como en los que de algún modo
mantienen el enfrentamiento, por trasmisión de una y otra parte, en forma
de franquismo y antifranquismo. Por lo pronto, mis hermanos mayores, Álvaro
y Vicente, alférez provisional y capitán de milicias, vencedor y
vencido, ya están reconciliados para siempre, en el mismo nicho del
cementerio de Ceares, en Gijón.
Frente a la sociedad adulta, visceral, damnificada e
irreductible, de la posguerra, es el Frente de Juventudes la primera
plataforma de reconciliación en un movimiento que merece más estudio,
que evidentemente se inspira en la invocación testamentaria de José
Antonio Primo de Rivera (Ojalá fuera la mía la última sangre española
que se vertiera en discordias civiles) y que está presente en la
dedicatoria de Diccionario para un macuto (Rafael García Serrano, 1964):
A Francisco Franco, el general de mi juventud. Y a todos los que entonces
quisieron una España nueva, la quisieran como la quisieran y desde donde
la quisieran.
Tras el indulto general, a los veinticinco años de paz
(marzo de 1964), tales disposiciones progresan, primero, en la amnistía
del gobierno de UCD ( 1977) y, después, en la declaración del gobierno
socialista, en el cincuentenario de la guerra (1986), que con cautela
elegante elude las causas y, en cuanto a las consecuencias, dice, sin
calificación ni condena, que desembocó en una dictadura que rigió la
vida del país por espacio de casi cuatro décadas.
La declaración de 1986 honra la memoria de cuantos con
su esfuerzo y con su vida contribuyeron a la defensa de la libertad y de
la democracia y, asimismo, recuerda, con respeto, a quienes desde
posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una
sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia
existencia. El Gobierno socialista considera que la guerra civil española
es definitivamente historia y desea que el L aniversario selle
definitivamente la reconciliación de los españoles.
Se propone así la reconciliación, como una superación
de la recurrente dialéctica franquismo-antifranquismo, con testimonios
por ambas partes:
El franquismo está muerto y bien muerto. Ahora hay que
acabar también con el antifranquismo. No tiene ya ningún sentido (Joaquín
Leguina, 1986).
Ser hoy franquista es un anacronismo, pero ser
antifranquista hoy es una tontería. Mientras perdure la dialéctica
franquismo-antifranquismo, España seguirá viviendo una etapa de
transitoriedad insegura (Antonio Castro Villacañas, 1986).
Y una solemne exhortación del Rey (1979): Abandonemos
la obsesión del pasado próximo para atribuirle todos los males o todos
los bienes; el complejo de haberlo vivido en la colaboración o en la
disparidad; la crítica de lo que ya está superado o el afán de
resucitarlo; el deseo de revancha destructiva o la conservación a
ultranza de lo que no es sustancial ni oportuno; y pensemos, unidos. en
construir el mejor de los futuros.
Sobre esta base, la exaltación o la condena asimétricas
de la subversión socialista de 1934 o del levantamiento militar de 1936
(Pío Moa), del genocidio de Paracuellos o de la represión de los
vencedores (Casas de la Vega), de las Brigadas Internacionales o de la
División Azul (Gironella), del exilio de Sánchez Albornoz o el de Ortega
y Gasset (Luna Gijón), de las Casas del Pueblo incautadas o de los
templos arrasados (César Vidal), de la excavación de las cunetas o de
los miles de sacerdotes y religiosos inmolados (Gabriel Jackson) no son,
por supuesto, factores de reconciliación nacional. Condenar al adversario
es exactamente lo contrario de reconciliar.
El acuerdo de los grupos parlamentarios en la Comisión
Constitucional del Congreso de los Diputados (20 de noviembre de 2002) en
sintonía con la declaración del Gobierno de 1986, tiene una parte clara
y positiva por la que se mantienen el espíritu de reconciliación
nacional y se manifiesta el reconocimiento moral a todas las víctimas de
la guerra civil, sin distinción ni condenación alguna.
Y tiene otra parte condenatoria referida directamente a
la represión de la dictadura franquista e interpretativamente a la
utilización de la violencia con la finalidad de establecer regímenes
totalitarios. Pero de ello no se deduce llanamente la condenación global
del franquismo, no sólo porque, en la tesis de Solzjenitsyn, Pío Moa y
tantos otros, no se clasifica como régimen totalitario (sí lo era la
dictadura del proletariado de la violencia de 1934), sino, sobre todo,
porque el llamado franquismo es la premisa de nuestra sociedad democrática,
que, de otro modo, debería haberse retrotraído a la situación
interrumpida por la guerra, y que no se ha retrotraído porque no se
interrumpió un idilio democrático (Delgado-Gal) o porque fue el comienzo
de una lucha entre el Occidente y el Comunismo (Calvo Serer).
La guerra es la gran interrupción. Por eso, en cuanto a
los ejércitos contendientes, es curioso que Franco ganase la guerra con
la organización del Ejército republicano, resultante de las reformas de
Azaña, mientras que la República lo suprime y lo sustituye por el
llamado Ejército popular, creado el 16 de octubre de 1936 (Fernández
Vargas).
El preámbulo del acuerdo de 20 de noviembre diluye el
alzamiento de 1936 en el endémico enfrentamiento civil de la sociedad
española y afirma que nada queda de él porque consciente y
deliberadamente, se quiso pasar página para no revivir viejos rencores,
resucitar odios o alentar deseos de revancha; para no caer, dicho
vulgarmente, en la clásica vuelta de tortilla.
La reconciliación no puede consistir simplemente en
invertir la versión de los vencedores (Sánchez Cámara). La reconciliación
entre las dos Españas no pude consistir en quitar la razón a la
victoriosa para dársela a la derrotada , ya que en una guerra civil no
hay vencedores ni vencidos (Seco Serrano).
A quienes se sorprendan de la vigencia del franquismo
como premisa, les recuerdo la dolorida perplejidad de Julián Marías: Me
preocupa indeciblemente que, a los sesenta años del final de la guerra
civil, se siga mintiendo sobre ella, sus orígenes o sus consecuencias. Y
les invito a revisar tres tópicos de la situación, para restablecer las
realidades postergadas:
1. Que la democracia actual procede del franquismo y no
de la oposición antifranquista (Pío Moa), porque al régimen actual no
le dio el ser ninguna guerra, sino el régimen anterior cuyas
instituciones se abrieron para dar cabida en ellas a los excluidos hasta
entonces (Aquilino Duque), porque ni el Rey ni Fernández Miranda ni Suárez
se pueden clasificar en el exilio interior.
2. Que la transición, en lugar de la pretendida
ruptura, supone una idea de continuidad y de herencia, representadas en
quien por tres veces asumió la Jefatura del Estado (julio de 1974 y
octubre de 1975, interinamente, y noviembre de 1975, definitivamente);
continuidad y herencia proclamadas por el presidente Suárez en su
exhortación en pro de la Ley para la Reforma Política (referéndum de 15
de diciembre de 1976), que significó partidos políticos, Constitución
y, en suma, sistema democrático: No significa en absoluto que ignoremos
nuestro inmediato pasado. Significa que lo asumimos, pero que lo asumimos
con responsabilidad. Significa que recogemos su herencia, pero la
recogemos con la exigencia de perfeccionarla y acomodarla a las demandas
actuales de la gran familia nacional (...) Tenemos derecho moral y legal a
pedir el sí, porque el cambio se efectúa desde la legalidad, por los
procedimientos previstos en la Constitución [Leyes Fundamentales].
3. Que es falso el enfrentamiento entre dictadura y
monarquía constitucional, en cuanto que son sobreabundantes la pruebas de
que la dictadura no tenía voluntad de perduración y el propio dictador
anuncia al presidente Nixon (1970) el reinado de Juan Carlos I y el
establecimiento de la democracia (la que ustedes quieren), según el
testimonio de Vernon Walters, cuidadosamente ocultado por la censura
invisible.
En este marco, el antifranquismo ha ejecutado la
freudiana muerte del padre (Esparza), ha creado el gran chivo expiatorio y
ha decretado la doctrina del mal absoluto, lo que si, en cualquier caso,
es una irracionalidad, lo es más para un régimen que, objetivamente, nos
ha legado, en lo económico, la industrialización; en lo social, la clase
media; y, en lo político, el Rey; al tiempo que, hipotéticamente, nos ha
salvado del comunismo, al menos en la apreciación del doctor Marañón,
que establece en el comunismo y el anticomunismo los auténticos polos de
la lucha.
Particularmente, Santiago Álvarez (1913-2002), el
prohombre comunista, y yo, jo- seantoniano de filas, nos reconciliamos con
la amnistía para periodistas (1976) y quedamos reconciliados, amigos y
comensales simpáticos. Pero me pregunto ¿quién más se ha reconciliado
conmigo? No refiero, ahora, la pregunta a ninguno de los seis firmantes
del acuerdo de 20 de noviembre, en la seguridad de que nunca he tratado de
imponer nada por la violenc
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