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  ÍNDICE

    NAVARRA, COMO PERVERSA MONEDA DE CAMBIO

    EL ESTATUTO TRAMPA. Aleix Vidal-Quadras

    EL VALLE DE LOS CAÍDOS. Pío Moa

    LOS OTROS MUERTOS DEL POZO DEL TÍO RAIMUNDO. Juan Ramón Pérez las Clotas

    ¿PORQUÉ FUE TAN CATASTRÓFICA LA REPÚBLICA. Pío Móa

    PSOE: 125 AÑOS DE HISTORIA. César Vidal

    «NO OLVIDARSE DE ETA»

    LO GLOBAL COMO DESTINO. Alfredo Amestoy

    CENTENARIOS. Fernando Vizcaíno Casas 

    Tribuna libre: ¿QUIÉN SE HA RECONCILIADO CONMIGO? Enrique de Aguinaga

    UNA OPERACIÓN SINIESTRA. Pío Móa

    CONDENAR EL ALZAMIENTO. Jaime Campmany

    EXTREMA DERECHA Y EXTREMA IZQUIERDA. Edurne Uriarte

    REVALIDA REPUBLICANA. Enrique de Aguinaga

    Tribuna libre:  SOBRE  LA DICTADURA. Enrique de Aguinaga 

 

NAVARRA, COMO PERVERSA MONEDA DE CAMBIO

                                                                                      Juan Ramón Corpas Mauleón *

            (Este artículo apareció en el diario «El Mundo» el día 12 de abril,

y por su especial interés lo reproducimos íntegramente.) 

            Navarra es una de las 17 comunidades autónomas que componen la Nación española. Como todas, aporta al conjunto peculiaridades que lo enriquecen y lo completan. Pero a diferencia de las demás, vive en el riesgo de desaparecer como Comunidad Foral y ser absorbida por una de sus vecinas, la comunidad vasca. ¿Por qué caminos se ha llegado a tal despropósito? ¿Es posible que esta posibilidad se consume?.

            Todos los nacionalismos etnicistas comparten puntos comunes: visión mítica de la historia, utilización política de las lenguas (resumida en el concepto romántico del genio o el espíritu de las lenguas, el célebre Volkgeist, es decir, «una lengua, una nación») y expansión e irredentismo territorial, (el Anschluss sobre Austria, el derecho dinárico sobre Kosovo…).

            El nacionalismo vasco comparte con el nazismo y otros movimientos similares tales características. Y es que, a la manera de Hitler, se ven en sí mismos como asociados de Dios en la tarea de ordenar y perfeccionar la parte de la Humanidad que les importa. Por eso, saben corregir los errores de la Historia o la geografía. Y, cuando se sienten llamados a anexionar un territorio que ni los azares históricos ni la voluntad de las gentes han puesto en sus manos, utilizan cualquier método que está a su alcance: violencia terrorista, intimidación mediática, inmersión lingüística, negociación por la paz… lo que sea, con tal de alcanzar la meta que les ha sido asignada en sus sueños proféticos.

            La meta del nacionalismo vasco se llama Navarra. Desde su nacimiento como movimiento político nunca ha desviado el punto de mira de esta diana, con varios momentos destacados en la cruzada continua para conquistar su mítica Arcadia originaria.

            La primera gran ofensiva fue el intento de conseguir un Estatuto vasco-navarro entre los años 1931 y 1932 que, aunque no produjo el efecto esperado, es un serio aviso de la decisión de no construir una nación vasca sin la participación de Navarra. La negociación política en la Transición es otro importante punto de inflexión. El afán de UCD y PSOE por obtener el apoyo nacionalista para el proyecto constitucional lleva a la concesión de una disposición en la Constitución (Disposición Transitoria cuarta), que abre la puerta a la incorporación irreversible de Navarra a la comunidad vasca. Un hecho sin explicación legal, ni parangón, ni precedentes. Un agravio a Navarra y una dádiva al nacionalismo que éste paga como suele, rechazando la Constitución y exigiendo más.

            La presión que no cesa tiene otros puntos calientes. Entre ellos, la creación de un órgano común permanente Navarra-País Vasco, ideado por el PSN y pactado en el gobierno de coalición con los nacionalistas en Navarra en 1995, que se disolvió por corrupción socialista; o el Pacto de Lizarra, que en 1998 intenta cerrar los destinos de Euskal Herria en la Alternativa KAS.

            Pero Navarra nunca ha vivido un peligro tan grave como el que vive hoy.

            A lo largo de estos años, los nacionalistas han pervertido el lenguaje y lo han sustituido por una jerga política que, alentada, subvencionada y divulgada por su universo ideológico, ha invadido el habla de buena parte de la ciudadanía. Así, palabras como diálogo, paz, libertad, soberanía y democracia, han cambiado su sentido, a la vez que han nacido nuevas expresiones de territorialidad, normalización, el conflicto vasco, ámbito vasco de decisión… Su motivación es la de transmitir las consignas nacionalistas.

            El éxito de tal corrupción se lee y se escucha estos idas: la organización, con el fin de resolver el conflicto, ofrece un alto el fuego. Fruto del diálogo con los socialistas se abre una negociación para alcanzar la paz. A cambio, tras una democrática consulta popular en el ámbito de decisión vasco, se decidirá sobre los temas esenciales: presos, soberanía y territorialidad, es decir, Navarra.

            En la negociación, uno de los pagos es la política penitenciaria y otra la legalización de Batasuna antes de las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2007. Poco más se dice, al menos en voz alta, aunque se van conociendo detalles y trapicheos.

            Sobre Navarra, el PSOE afirma no hacer acordado nada con ETA, aunque es sabido que la exigencia terrorista, supuesta la imposibilidad de una anexión inmediata a Euskadi, pasa por la creación de un nuevo órgano de unión de ambas comunidades. Con el nombre de Dieta, este órgano tendría que acompañarse de una consulta popular también en Navarra.

            Tal exigencia se enfrenta a un obstáculo infranqueable. Tanto UPN y CDN, partidos que gobiernan Navarra, como el PSN, se han manifestado siempre contrarios a ningún referéndum que ponga en juego ningún extremo de identidad navarra.

            Sin embargo, se vislumbran detalles que insinúan la dirección que va a tomar el proceso de negociación hacia la normalización y hacia la paz.

            Batasuna afirma que «pese a quien pese, Navarra va a ser parte del proceso de soluciones». El PNV anuncia la «creación de una mesa para la normalización, que será sometida después a consulta popular». EA apunta que «la Disposición Transitoria cuarta es el asidero para una salida democrática al conflicto» y propone una Dieta CAV-Comunidad Foral, «propugnando una nación vasca de la que Navarra es parte fundamental, originaria». IU, en la reciente Declaración de Iruña, coincide con los nacionalistas en los objetivos de paz, normalización y diálogo, pero pide también la creación de mesas de diálogo y la convocatoria de referendos vinculantes.

            Si todo lo dicho no es suficiente para alterar el régimen de la Comunidad Foral de Navarra, si podría serlo la actitud de sus fuerzas políticas. El mundo nacionalista se concentra alrededor de una única candidatura, Nafarroa-Bai, con la mira puesta en la codiciada Euskal Herria. Mientras, los partidos de la coalición de Gobierno-UPN y CDN- dejan clara su voluntad de defender una Comunidad Foral autónoma.

            El PSN juega a una calculada ambigüedad. Pero destaca la metamorfosis de su secretario político, Carlos Chivite, quien afirma estar dispuesto a promover un referéndum. No resulta creíble ya la existencia de dos facciones ideológicas en el PSN: una vasquista y otra próxima a Redondo Terreros. PSN sólo hay uno.

            Singularmente esclarecedor es que destacados representantes del nacionalismo y el socialismo navarro hagan públicas sus posturas ante un posible gobierno tras las autonómicas de 2007. Responsables de Aralar anuncian una alianza entre PSN y Na-Bai, como clave para el cambio político. Mientras, los dirigentes del PSN anuncian sus razones para el optimismo ante un gobierno alternativo con Na-Bai, a quien saludan como clarificador del futuro electoral de Navarra.

            Navarra es una comunidad antigua, de identidad rotunda y leal a la Nación española, pero castigada a ser la única en estado transitorio por una normativa que permite que sea engullida por otra. Los navarros han sido siempre claros y se han opuesto con sus votos a la anexión por Euskadi. En este momento del proceso de paz va a producirse una negociación entre los terroristas vascos y el Gobierno de la Nación. Tanto las fuerzas políticas que apoyan a ETA como el resto de los nacionalistas opinan que la cuestión navarra debe negociarse y exigen dos medidas: la creación de una Dieta vasco-navarra y la convocatoria de una consulta popular en los dos ámbitos de decisión (Euskadi y Navarra).

            El reparto político tras las elecciones de 2007 va a ser decisivo. Nacionalistas y socialistas se han pronunciado por la formación de un gobierno de coalición que desbanque a la actual mayoría. Los socialistas, por su parte, ya han adelantado una enorme concesión: se han vuelto partidarios de convocar un referéndum.

            A la vista de todo ello, la respuesta a la pregunta que se hace EL MUNDO en su editorial del domingo 9 de abril sobre si los socialistas vascos y navarros están dispuestos a pactar con personas como Aoiz o Goirizelaia para alcanzar la anhelada paz, es fácil. Primero, porque el PSN ha pactado ya con ellos la Alcaldía de algunos ayuntamientos navarros. Segundo, porque la partida por la cuestión navarra ya ha empezado a jugarse (no nos engañe que la vicepresidenta De la Vega diga que no seremos moneda de cambio) y basta con mirar la disposición de las piezas socialistas en el tablero, tan bien conciliados con las piezas nacionalistas, para constatar que todas van dirigidas a dar a Navarra el jaque mate definitivo. Si estas fuerzas llegan a gobernar, la Comunidad Foral estará seriamente amenazada.

            Esta cuestión no afecta solo a los navarros, sino a todos los españoles, pues el Viejo Reino, que ha sido clave en los destinos de España, vuelve a serlo hoy. Si el efecto de dique que Navarra ha sostenido frente a la marea nacionalista se desborda, algo muy grave se habrá quebrado. Y tal vez será imposible de recomponer.

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(*) Juan Ramón Corpas Mauleón es consejero de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana del Gobierno de Navarra.

 

EL ESTATUTO TRAMPA 

Por Aleix VIDAL-QUADRAS

Reproducimos el artículo de Vidal Cuadras publicado en LA RAZON, por coincidir plenamente con nuestra opinión respecto al tema del estatuto catalán. En él, junto al análisis de la situación actual, hace una valiente denuncia de la peligrosa actitud de un sector de su propio partido, proclive a secundar la maniobra socialista e independentista. 

            Los representantes del PP en la Mesa del Congreso de los Diputados han intentado en vano deshacer el fraude cometido por la  alianza socialista-nacionalista al tramitar una revisión constitucional de enorme calado como una mera reforma estatutaria. Los  argumentos presentados han sido irrebatibles: el órgano de gobierno de la Cámara, según ha dejado claro el Tribunal Constitucional en diversas sentencias tiene competencias para examinar la propuesta no solo en sus aspectos de procedimiento  sino en su sustancia. Y basta una simple ojeada al contenido del nuevo Estatuto para advertir su radical anticonstitucionalidad. La proclamación de Cataluña como nación, la inclusión en el texto de una tabla de derechos y deberes, la fragmentación de la Administración de Justicia, el blindaje de las competencias, la bilateralidad y un sistema de financiación  vulnerador de los principios de igualdad y solidaridad configuran un engendro legislativo de tal magnitud que no admite arreglo posible. Por consiguiente debe ser devuelto, concluye el PP, a su origen para ser presentado correctamente, es decir, como una reforma constitucional, cuyo tratamiento es completamente destinto al de una ley orgánica. Por una parte, exige mayorías reforzadas en las Cortes y por otra, el pronunciamiento del pueblo español en su conjunto. La felonía perpetrada por el presidente del Gobierno merecería la aplicación del artículo 102.2 (*) de nuestra norma fundamental. Lean este precepto y comprobarán que Zapatero empieza a caminar por la cuerda floja.

            Ahora bien, el PP ha de reflexionar muy seriamente el camino a seguir una vez se haya consumado el engaño y tras el debate del próximo dos de noviembre, el maldito Estatuto pase a la Comisión Constitucional para la fase de enmiendas. Bajo ningún concepto, el Grupo Popular ha de prestarse con su actitud y su comportamiento a colaborar con esta infamia dando una apariencia de normalidad. Las circunstancias son extraordinarias porque nada menos que el Gobierno de la Nación participa activamente en una tremenda mentira desatinada a hurtar a los españoles  su derecho a opinar como depositarios de la soberanía nacional sobre una iniciativa que pretende quitársela. Por tanto, a grandes males, grandes remedios. Existen varias fórmulas posibles, pero jamás el PP ha de entrar a votar artículo por artículo distinguiendo entre enmiendas aceptables o rechazables, salvo que desee hacer el juego al enemigo. El nuevo Estatuto está podrido hasta la médula y nada puede limpiarlo. Aquellos que desde las filas de la primera fuerza de la oposición instan a plegarse a la trampa tendida por los promotores de esta monstruosidad o carecen de sentido de la perspectiva o por alguna inconfesable razón intentan colaborar para sacar adelante este golpe de Estado incruento. En ambos casos, quedarán retratados para siempre.

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(*) N de la R. El artículo 102 de la Norma Constitucional dice:

«1. La responsabilidad criminal del Presidente y de los demás miembros del Gobierno será exigible, en su caso, ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo.

2. Si la acusación fuere por traición o por cualquier delito contra la seguridad del Estado en el ejercicio de sus funciones, solo podrá ser planteada  por iniciativa de la cuarta parte de los miembros del Congreso, y con la aprobación de la mayoría absoluta del mismo.

3. La prerrogativa real de gracia no será aplicable a ninguno de los supuestos del presente artículo»

 

 

EL VALLE DE LOS CAÍDOS

 Por Pío MOA

 Publicado en "La Razón" 27.04.05

            Unos jóvenes me entrevistaron recientemente para un programa de televisión sobre el Valle de los Caídos, centrándose  en los presos izquierdistas que allí trabajaron. Me mostraron un proyecto de placa  que, al parecer,  piensa colocar allí el gobierno actual, en recuerdo de los «presos republicanos» a quienes atribuye la construcción del monumento «en régimen de esclavitud». La placa hablaba de «reconciliación» y de recuperar la «memoria histórica». Comenté que no conocía en detalle la historia del Valle de los Caídos, pero mi experiencia al estudiar la república y la guerra civil me hacía dudar de tales afirmaciones, a la vista del gran número de mitos difundidos durante estos años bajo el marbete de historiografía «profesional» y hasta «definitiva».

            Por otra parte, de entrada percibía algunas falsedades, inconciliables con la pretensión de recobrar la memoria del pasado. Así, hablar de presos republicanos ya significaba desvirtuar los hechos, y no resulta creíble una reconciliación que tan mal empieza. La gran mayoría de los supuestos republicanos estaba constituida por comunistas, socialistas y anarquistas, todos ellos antidemócratas por ideología y práctica, autores de reiterados ataques a la república y de la preparación de la guerra civil. En cuanto al «régimen de esclavitud», tenía mis dudas. Los presos, según creía, trabajaban redimiendo penas por el trabajo; sistema consistente en suprimir dos o tres días de condena por cada uno trabajado. Como es sabido, al terminar la guerra los tribunales dictaron alrededor de 50.000 penas de muerte, cumpliéndose aproximadamente la mitad. Las demás fueron conmutadas a cadena perpetua, la cual en la mayoría de los casos, se tradujo en la libertad a los seis años y aún antes. Uno de los recursos para conseguirlo consistió en la redención de penas por el trabajo. Ahora, husmeando en Internet encuentro una información de la Fundación Francisco Franco donde se tacha de falsedades algunas historias divulgadas insistentemente por los medios especialmente por la muy manipulada televisión oficial. He aquí los hechos según dicha fundación: no habrían trabajado en el Valle de los Caídos 20.000 presos políticos, como han hecho circular periodistas e historiadores poco escrupulosos, sino 2.000 obreros a lo largo de quince años de obras, y no todos al mismo tiempo, de los cuales solo una minoría fueron presos. Éstos percibían siete pesetas diarias, sueldo no desdeñable para la época, más la comida. Además habrían sido beneficiados no con tres días de redención de penas por día trabajado, sino con seis días a parte de otros indultos, con lo que ninguno permaneció como preso más de cinco años, siguiendo después la mayoría como trabajadores libres. En 1950 no quedaba ya ninguno de los penados.

            De ahí se desprende la mendacidad del aserto común de que «cientos, si no miles de presos murieron en la construcción del monumento». Según el médico izquierdista Ángel Lausin, que también redimió allí condena ejerciendo su profesión y siguió luego hasta el fin de la obra, el número total de muertos, entre obreros libres y presos, ascendió a catorce, cifra baja para tantos trabajadores y tanto tiempo. Las condiciones también habrían sido aceptables; «Paco Rabal, miembro del PCE, reconoció que la vida allí era mucho más suave que en las prisiones…, muchos iban solos a El Escorial o a Guadarrama y no se fugaban, sino que volvían. Además podían tener allí a sus mujeres». La escuela para los hijos de los presos era mixta, cosa excepcional entonces, y aceptada por la autoridad como concesión al maestro izquierdista, hombre de esas ideas.

            Estas y otras informaciones, deben ser verificadas, desde luego, por una investigación imparcial, pero desde luego tienen el mayor interés y merecen ser ampliamente conocidas para contrastarlas con las ofrecidas por los pretendidos recuperadores de la memoria. Tengo la pesimista sospecha sin embargo, de que esos peculiares memoriosos utilizarán todos los medios –poderosos medios- a su disposición para impedir el general conocimiento y contraste de los datos por los ciudadanos. Para ello aplicarán como de costumbre, el simple método de la censura inquisitorial, de la que puedo hablar con conocimiento de causa, por haberla sufrido.

            Contrastar los informes es solo un primer paso para acercarse a la verdad de los hechos. Después  conviene aclarar al menos dos cuestiones: a) ¿Cuántos presos políticos trabajaron efectivamente en la obra?; b) ¿a que penas estaban condenados y por qué  delitos reales o supuestos? Saber esto arrojaría mucha luz sobre el carácter de la represión en la época en torno a la cual circulan demasiadas leyendas. Esta investigación debiera estar al alcance de cualquier historiador con afición y tiempo, y animo desee aquí a hacerla, sobre todo a jóvenes estudiosos e independientes. En relación con el tema me gustaría señalar un punto que siempre me ha intrigado y que muy rara vez ha sido tratada en la multitud de libros escritos sobre la represión: ¿por qué cayeron en manos de Franco tantos izquierdistas y separatistas implicados en el terror contra las derechas? Asombrosamente, los principales dirigentes solo parecen haberse ocupado de su propia fuga, dejando a sus seguidores atrapados como en una ratonera, a merced de quienes pensaban ajustarles estrechas cuentas por las muertes, torturas y saqueos realizados bajo el poder del Frente Popular. Pero de esto me ocuparé en otro artículo.  

 

LOS OTROS MUERTOS DEL POZO DEL TÍO RAIMUNDO

  Por Juan Ramón Pérez las Clotas

Publicado en “La Nueva España” el de mayo de 2004

             Los amplios andenes de la madrileña estación de Atocha constituyen cada día, desde los terribles atentados del 11 de marzo, el escenario en el que con velas, flores y mensajes escritos, las gentes testimonian su homenaje a las víctimas. Esta conmovedora expresión de dolor colectivo no terminará, sin embargo, cuando se acaben los ecos de romería tan sentimental y entrañable. La ministra de Fomento, doña Magdalena Álvarez, ha anunciado ya la convocatoria de un concurso de ideas para la erección de un monumento, en el mismo recinto de la estación, «que perpetúe para siempre la memoria de las doscientas víctimas ¿Para siempre?

            Tal pesimista interrogante no resulta gratuito, a poco que se considere la circunstancia de que nadie haya recordado, que se sepa, que uno de los más sangrientos episodios ocurridos en la guerra civil tuvo como escenario, precisamente, este mismo lugar, las proximidades de la estación de Atocha concretamente el conocido como el. Pozo del Tío Raimundo. Una lápida, olvidada desde hace muchos años en algún basurero del extrarradio madrileño, recordó durante algún tiempo que en la vía muerta de la estación de cercanías de Santa Catalina, el día 11de agosto de 1936, fueron asesinadas cerca de trescientas personas, encabezadas por el obispo de Jaén que ante e1 avance de1as columnas nacionales eran trasladadas desde Andalucía a las ergástulas madrileñas.

            De tan terrible episodio existieron en su momento algunos testimonios personales de unos pocos sobrevivientes, que en el libro ya clásico «Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939» fueron recogidos por su autor, el sacerdote don Antonio Montero y Montero. El historiador, hoy obispo de Badajoz, transcribe, por ejemplo, la versión que sobre su desarrollo ofreció el que en aquella dramática jornada era jefe de la estación, don Luis López Muñoz, testigo del trágico espectáculo.

            Explica don Luis que el tren en el que eran conducidos los detenidos llegó a Santa  Catalina alrededor de las once de la mañana de ese día 11 y que una turba de hombres y. mujeres colocados sobre las vías impidió la continuación del viaje. Tal tensa situación pareció resolverse con la presencia de guardias civiles y de asalto llegados de Madrid, pero su intento de apaciguamiento resultó infructuoso. Un viejo anarquista, apellidado Arellano, amigo personal del ministro de la Gobernación, señor Casares Quiroga, se puso en contacto telefónico con éste, al que informó de la situación. La respuesta, de inequívocas resonancias evangélicas, no se hizo esperar «Si ésa es la voluntad del pueblo, entonces que los entreguen». La extrema y claudicante decisión del ministro parece aún más inconcebible cuando se conoce que pocos días antes, exactamente el día 1 del mismo mes, el señor Casares Quiroga había dictado una disposición en virtud de la cual Ia Dirección General de Seguridad establecía la prohibición de los registros domiciliarios y de las detenciones arbitrarias, supuestamente incontrolados.

            ¿Qué inexplicables razones pueden abonar el hecho de que alguien como el ministro, un refinado miembro de la más ilustrada burguesía gallega, traicionase de tal forma sus más intimas convicciones ideológicas hasta el punto de hacer una aberrante identificación entre el pueblo, entendido en sus términos más amplios, y unas hordas de asesinos que hacían la guerra por su cuenta? Nos da una pista esclarecedora el embajador en Madrid de los EEUU, señor Power, cuya simpatía por el bando frentepopulista era notoria, cuando en sus interesantes memorias de aquel tiempo escribe: «Las autoridades no estaban en condiciones de oponerse a los extremistas y sobre todo al conglomerado humano que formaba los bajos fondos de las grandes ciudades. Su terror era el terror del hampa».

            A partir del momento en el que los guardias civiles y los de asalto abandonan la estación, dejando el tren en poder de las turbas, éste fue conducido hasta una vía muerta en la dirección de Vallecas, en un lugar llamado entonces «la caseta del Río Raimundo», en donde los ocupantes fueron obligados a bajar. Colocados entonces en un repecho del terreno, en grupos sucesivos de unos veinte o veintiuno, tres ametralladoras colocadas sobre una altura acabarían con ellos. Aún hoy resulta difícil sustraerse al escalofrío que produce la lectura del final de las declaraciones del señor López Muñoz: «El hombre que mató al obispo, que había sido separado de los demás presos, lo hizo disparando una escopeta cargada de plomo, en tanto que su hermana Teresa era asesinada por una miliciana llamada Josefa Coso, conocida como “la Pecas”, que había pedido para sí tal privilegio». El obispo, don Manuel Basulto, tenía sesenta y seis años, y su hermana, que era la única mujer que figuraba en la expedición, unos años más.

            Si puede sorprender que un suceso de tal magnitud no haya sido recordado ahora, como hubiera sido lo lógico, a poco que existiera la tan recurrida memora histórica, más sorprendente resulta que en su día no hayan dejado testimonio de él ni uno solo de los muchos corresponsales extranjeros, que sí se apresuraron entonces a dejar constancia de lo ocurrido en Badajoz y en Guernica, lugares que, por cierto, les cogían bastante más lejos. Bien es cierto que hoy ya se sabe que la mayoría de ellos, a los que apacentaba en sus correrías madrileñas el que sería magistral cronista de la defensa de Madrid Arturo Barea, redactaban sus crónicas entre los efluvios alcohólicos de los hoteles Gaylord y Florida y las opíparas comidas que les ofrecía el general Miaja, en tanto que el soviético Gorev, con la inestimable colaboración del coronel Rojo, dirigía de hecho la defensa de Madrid. (Testimonios de Castro Delgado, llya Ehremburg, I. G. Starinov, / Ovadeu Savich y Louis Fischer). Y por supuesto que también mantenían estrechos contactos con los terminales informativos soviéticos. De ello no se salva ni el propio Hemingway, tal como revela el hecho de que, presionado por los agentes comunistas, le negase su ayuda a su viejo camarada Jhon dos Pasos en la dramática búsqueda que éste hizo por las checas de Madrid de su traductor al español, secuestrado por los esbirros del SIM y del cual nunca más se supo.

            No; no ha sido perdurable el recuerdo de las víctimas de lo que sin duda fue el primer tren de la muerte que circuló por las vías madrileñas, lo cual no deja de ser una triste lección sobre las reacciones, más neuróticas que emotivas, de los españoles. Dados antecedentes como éste, tan escasa mente ejemplares, sólo cabe hacer votos para que los mármoles sobre los que ahora se inscriban para memoria de generaciones venideras los nombres de las víctimas del terrorismo islamista no acaben como los que conmemoraban los de quienes les precedieron, setenta años antes, en el sacrificio, en un vertedero municipal.

 

 

¿Por qué fue tan catastrófica la República?                                    arriba

Por Pío Móa

Publicado en "La Razón" el 6 de mayo de 2004

 
     Desde hace más de veinte años numerosos políticos e historiadores poco fiables vienen pintando la II República como una especie de paraíso de las libertades y el progreso, en especial para los trabajadores, llegado pacíficamente y por las urnas. Tales virtudes habrían resultado demasiado indigestas para los fascistas y reaccionarios «de siempre», empeñados en salvaguardar sus «injustos privilegios», hasta levantarse violentamente contra un gobierno «legítimo y democrático», y poner fin a la maravilla después de una cruenta guerra civil. Este esquema ha sido machacado de tal modo y sin apenas oposición, en libros, cine, novela y prensa, que muchos, en particular jóvenes, añoran el prodigio republicano y aspiran a repetirlo, según revelan las banderas republicanas frecuentes en las manifestaciones de izquierda
     Sin embargo, se trata de una manipulación grotesca, insostenible en casi todos sus detalles. La República no llegó por unas elecciones, ni los republicanos eran pacíficos. Cuando se reunieron en San Sebastián, en verano de 1930, lo primero que se les vino a la cabeza fue imponerse mediante un golpe militar, aunque estaban previstas elecciones. El golpe fracasó, pero la monarquía permitió a los golpistas presentarse a las elecciones municipales en abril del 31. En ellas ganaron en casi todas las capitales de provincias, pero perdieron con gran diferencia en el conjunto del país. Entonces ocurrió un suceso con muy pocos paralelos históricos: los partidos monárquicos, en plena quiebra moral, entregaron el poder pacíficamente a los perdedores, burlándose de sus propios votantes. Como resalta Miguel Maura, principal organizador de los republicanos: «Nos entregaron el poder». Por tanto, la República no llegó por votos ni pacíficamente. Los republicanos no fueron pacíficos. De pacíficos podrían gloriarse en cambio los monárquicos, si no fuera porque en realidad no demostraron tanto amor a la paz como descomposición moral y felonía hacia los electores.
     La República adquirió así una legitimidad indudable, aunque ciertamente extraña, y no dejó de suscitar las mayores esperanzas después de la exhibición de miseria política monárquica. E inmediatamente se puso a defraudar tales esperanzas. Antes de un mes, el nuevo régimen protagonizó la oleada de quemas de conventos, como se le suele llamar, aunque no fueron sólo conventos, sino también varias de las principales bibliotecas del país, centros de enseñanza y de formación profesional para obreros, y obras de arte de valor incalculable. El hambre, en rápido descenso en los años anteriores, repuntó con fuerza, hasta llegar en 1933 a los niveles de principios de siglo. La delincuencia común subió brutalmente, sufrida también por la gente humilde, sobre todo. Los anarquistas promovieron insurrecciones, que Azaña ordenó liquidar fusilando a quienes fueran capturados con armas en la mano, desembocando en la matanza de campesinos desarmados perpetrada por la republicana Guardia de Asalto en Casas Viejas. Como recordaba Pío Baroja, en el primer bienio republicano habían sido muertos en la calle más ciudadanos, en su mayoría obreros, que en cuarenta años de monarquía. Casi todos habían caído en choques entre partidos o sindicatos izquierdistas, o con la policía del gobierno de izquierda. La Constitución quedó invalidada en la práctica por la Ley de Defensa de la República, que permitió a Azaña cerrar cientos de periódicos, más que en cualquier etapa de la monarquía, y detener en masa y sin acusación a derechistas - en su gran mayoría respetuosos hacia la ley - o a anarquistas, o deportarlos a África.
     Ciertamente, las izquierdas intentaron algunas reformas positivas, como el impulso a la enseñanza pública o la reforma agraria. Pero el primero quedó neutralizado por el antidemocrático cierre de los centros católicos, muchos de ellos con un prestigio ganado en largos años de experiencia, y por el simplismo ideológico de muchos de los nuevos maestros formados o improvisados. Y la reforma agraria, mal concebida, resultó insignificante. Cataluña recibió la autonomía, por afinidad izquierdista, y la Esquerra la aprovecharía para vulnerarla y contribuir, en 1934, a preparar la Guerra Civil.
     Todo ello no impedía a los partidos y políticos responsables del caos proclamarse representantes privilegiados de los pobres, de los obreros, del pueblo, de la cultura o de la libertad. Y nadie los describe mejor que Azaña, que en sus diarios muestra una y otra vez su desaliento ante la botaratería e ineptitud de los republicanos y socialistas, «Ahítos de pedantería y vacíos de sindéresis», «Gente ligera, sentimental y de poca chaveta», «No saben qué decir, no saben argumentar. No se ha visto más notable encarnación de la necedad», «Veo muchas torpezas y mucha mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para confiar en ellos. ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?». Etcétera.
     Azaña ha trazado, sin duda, el más negro y expresivo retrato de la demagogia y vacuidad intelectual de aquellos que se creían, o decían creerse, la encarnación misma de la libertad y el progreso para el pueblo. El nuevo régimen habría precisado líderes capaces e inteligentes, pero éstos escaseaban desesperadamente. Casi todos descollaban, en cambio, en la habilidad propagandística para sembrar el odio a las derechas y acusarlas de todos los males. Sus políticos tenían la cabeza llena de humo progresista, les faltaban conocimientos económicos elementales, y gran parte de sus medidas destinadas a aliviar la pobreza, la incrementaban.
   Desde luego, Azaña sobrepasaba mucho en inteligencia a la gran mayoría de sus correligionarios, pero tampoco era propiamente un demócrata. Llegó a la República jactándose de su sectarismo, descalificando la moderación, dispuesto a exaltar a «los gruesos batallones populares», es decir, a hacer demagogia obrerista, con la ilusión de controlarla y encauzarla a su favor, y afirmando que sólo él y sus correligionarios tenían derecho a gobernar la República. Fue uno de los máximos responsables de la tendencia no meramente laica, sino antirreligiosa de la Constitución, agresiva contra el sentimiento católico mayoritario. Cuando perdió abrumadoramente las elecciones en 1933, después del desastroso bienio de izquierdas, no pensó en otra cosa que en el golpe de estado para impedir gobernar a las derechas, y lo intentó dos veces. Pues bien, Azaña era uno de los más moderados, o por mejor decir, menos extremistas de los republicanos de izquierda, y basta tener esto en cuenta para comprender hasta qué punto el régimen se hacía inviable. En la disposición de las izquierdas a romper las reglas del juego, incluso las impuestas por ellas mismas, si no disfrutaban del poder, yace la clave del carácter catastrófico de la República, predestinada así al fracaso y a la guerra civil.
     Aquí llegados, uno se pregunta: ¿acaso ignoran todas estas cosas los panegiristas de la República? Hay mucha ignorancia, desde luego, entre los «republicófilos» de a pie, pero no puede haberla entre los directores de la orquesta, los Tuñón o los Jackson hace años, o los Preston o Juliá ahora. Salta a la vista que éstos falsean la historia o mienten abierta y deliberadamente.
   Pero esta constatación tampoco nos satisface del todo, pues, ¿por qué habrían de mentir? La causa, al menos la principal, no reside en una deshonestidad personal - aunque también, como demuestran cuando intentan ahogar el debate intelectual con la censura o el insultos -, sino en una concepción general basada, de forma explícita o implícita, en la teoría marxista de la lucha de clases. La misma concepción, cabalmente, que llevó a las izquierdas republicanas, socialistas, etc., a realizar sus tropelías, y finalmente a la Guerra Civil, con la mejor conciencia: ellos representan a «los oprimidos», al «proletariado» (por muchas plagas que traigan sobre ellos), y cualquier falsedad queda así justificada. Más aún, los representan aunque entre esos mismos partidos «obreros» o «progresistas» se maten y destruyan, como llegó a ocurrir. En cambio la derecha forzosamente representa al fascismo o, en el mejor de los casos, a la «reacción», aunque le vote en la realidad la mitad o casi dos tercios del pueblo, como ocurrió en 1933. Si alguien desafía las versiones de esos historiadores recibe inmediatamente el mote de «franquista». Asombra la capacidad de estos esquemas para engendrar fanatismos, negar los hechos más crudos y socavar la democracia. Y no es cosa del pasado. Se refleja, desde luego, en la mencionada resistencia de diversos «historiadores profesionales» a debatir el pasado de manera fría e intelectual, pero eso no pasaría de simple anécdota si no siguiera condicionando tan profundamente la política. Cualquiera que repase los sucesos de 2004, culminados en los pasados atentados terroristas, que transformaron en chusma a buena parte de la ciudadanía, podrá comprobarlo fehacientemente.

PSOE: 125 años de historia                                                                  arriba

Por Cesar Vidal

Publicado en "La Razón" el 6 de mayo de 2004

César Vidal es historiador


Hace 125 años, el PSOE nació como un partido marxista que propugnaba la lucha de clases y la implantación de la dictadura del proletariado. Sin embargo, a diferencia de sus homólogos inglés, francés o alemán, fue durante décadas una formación insignificante. De hecho, aunque el PSOE de Pablo Iglesias se autoproclamó representante de los trabajadores españoles, éstos no le evitaron una verdadera cascada de derrotas electorales. No era de extrañar ya que el espacio de izquierdas lo ocupaban los republicanos y el de la lucha obrera, los anarquistas. Por si fuera poco, en aquellos primeros años, el único intelectual digno de ese nombre que pasó por el PSOE fue Miguel de Unamuno, que los abandonó calificando a los socialistas españoles de «fanáticos necios de Marx, ignorantes, ordenancistas, intolerables, llenos de prejuicios...». En 1909, Iglesias llegó a un acuerdo con los republicanos para crear una conjunción electoral. Con todo, el 12 de julio de 1910 afirmó que lo único que le movía a esa alianza era «derribar el régimen». Durante los siguientes años, ya convertido en el primer y único diputado socialista, no perdería ocasión de intentarlo. Por ejemplo, el 7 de julio de 1910, amenazó con que el PSOE recurriría al «atentado personal» si Maura llegaba al poder pero también hizo todo lo que estuvo en sus manos para impedir que el liberal Canalejas pudiera llevar a cabo reformas que tenían como finalidad mejorar la suerte de los trabajadores. Desde las Cortes, Iglesias clamó que su partido buscaba «la supresión de la Magistratura, la supresión de la Iglesia, la supresión del Ejército y la supresión de otras instituciones» ya que los socialistas estarían «en la legalidad mientras la legalidad les permita adquirir lo que necesitan; fuera de la legalidad... cuando ella no les permita realizar sus aspiraciones». Durante los años siguientes, Iglesias y el PSOE siguieron punto por punto sus planes para acabar con el sistema parlamentario e implantar la dictadura del proletariado. Con el respaldo de algunos medios de comunicación y el apoyo de personajes tan dudosos como Ducazcal, el creador de la famosa «banda de la porra», el PSOE prosiguió su actividad anti-sistema. Haciendo gala de un acentuado oportunismo, en 1917, intentó, junto a los nacionalistas catalanes, acabar con el sistema parlamentario; y en 1922 decidió colaborar con la dictadura de Primo de Rivera. No pensaba integrarse en el sistema como habían hecho sus homólogos alemanes y como esperaba Primo de Rivera sino porque deseaba privar de peso entre los obreros a la CNT y porque soñaba con la caída de la monarquía parlamentaria. Durante aquellos años, el PSOE medró a la sombra de la dictadura. Dirigentes socialistas como Largo Caballero, Cordero, Lucio Martínez o Wenceslao Carrillo ¬padre del futuro secretario general del PCE¬ obtuvieron puestos en la Junta de subsistencias, el consejo de administración de información telegráfica o el consejo interventor de cuentas. En octubre de 1924, Largo Caballero incluso fue nombrado miembro del consejo de estado del dictador. En diciembre de 1925, falleció Pablo Iglesias pero sus sucesores mantuvieron el guión. En 1930, se sumaron a un intento de golpe de Estado para derribar la monarquía parlamentaria y en abril de 1931 lograron que se proclamara la república tras unas elecciones en que de las votaciones habían salido 5.775 concejales republicanos y 22.150 monárquicos. Nunca en la Historia de España se había falseado tan escandalosamente un proceso electoral pero el PSOE, una vez más, se consideraba hiperlegitimado para hacerlo. Durante el bienio de 1931 a 1933 en que compartió el poder con otras fuerzas de izquierda, el PSOE buscó aislar a los anarquistas y empujar a la nación hacia un proceso que algunos socialistas sensatos calificaron de bolchevización. En 1933, las derechas ganaron las elecciones y de manera inmediata el PSOE comenzó a fraguar un golpe de Estado que le permitiera recuperar el poder perdido en las urnas. En octubre de 1934, el PSOE y la Ezquerra catalana se alzaban en armas contra el Gobierno legítimo de la nación. El golpe fracasó en toda España salvo en Asturias, donde se llevó a cabo una revolución socialista con su secuela de excesos, quemas de iglesias y asesinatos. Aquel golpe fallido de 1934, a decir de Salvador de Madariaga, deslegitimó a las izquierdas para atacar el de julio de 1936. Pero en aquellos momentos, nadie pensaba en una sublevación de las derechas. En 1935, el PSOE fue parte decisiva en la creación del Frente Popular y su dirigente máximo en el curso de una violenta campaña electoral dejó de manifiesto que su meta era instaurar la dictadura del proletariado y que «la conquista del poder no puede hacerse por la democracia burguesa». En febrero de 1936, el Frente Popular se hizo con la mayoría en las cortes mediante un fraude electoral que sería denunciado por el presidente de la república Niceto Alcalá Zamora. Desde entonces hasta el estallido de la Guerra Civil, España viviría una evolución que las cancillerías extranjeras, empezando por la británica, asemejarían a la de la revolución rusa de 1917 y que incluyó el asesinato de Calvo Sotelo, el jefe de la oposición de derechas, por miembros del PSOE. Cuando en julio de 1938 estalló la guerra, el PSOE se lanzó, como otras fuerzas frentepopulistas, a una política de represión que iría de la creación de checas y de la práctica de fusilamientos a la incautación de los pisos de Madrid no para entregárselos a los inquilinos sino para cobrarles los alquileres. En el curso de los años siguientes, sería un socialista, el doctor Negrín, el mismo que había enviado las reservas de oro del Banco de España a la URSS, el que pactaría con Stalin la transformación final de España en una dictadura de izquierdas. La derrota frustró esos planes y también llevó al PSOE al borde de su aniquilación. Ni siquiera la firme alianza con la masonería evitó a sus dirigentes en el exilio languidecer y perder el control del partido en manos de un grupo encabezado por Felipe González. Con todo, hasta finales de los setenta, el PSOE no perdió su radicalismo. Rechazó el referéndum de la ley de reforma política e incluso defendió la república durante el debate constitucional. Pero González era consciente de que su llegada al poder pasaba por asemejarse lo más posible al SPD alemán y, primero, renunció al marxismo y, luego, decidió permanecer en la OTAN. Fueron sus mayores logros porque durante la casi década y media que estuvo en La Moncloa, España alcanzó cotas de desempleo y de corrupción realmente históricas mientras la sombra del crimen de estado se cernía sobre él. Ni siquiera la derrota electoral a mediados de los años noventa y todavía menos los éxitos del PP en su gestión económica e internacional llevaron al PSOE a reflexionar sobre las consecuencias de su dogmático sentimiento de hiperlegitimidad. Hoy, el PSOE tiene con todos los españoles la obligación moral de no reescribir su historia en términos rosados y falsos, sino de reflexionar sobre ella, de recordar que por dos ocasiones aniquiló irresponsablemente sendos sistemas parlamentarios y de comprometerse humildemente a no reandar caminos pasados.

«NO OLVIDARSE DE ETA»                                                                                    arriba

            Con el título que abre este trabajo, el diario ABC del 7 de abril y como su editorial principal, insertaba un trabajo esplendido con el que se incidía en algo especialmente importante: el peligro, por la tentación que pudiera conllevar la política autonómica del Gobierno socialista recientemente abocado al poder, de no solo subestimar a ETA sino, de alguna manera, caer en la red que le tiende la banda terrorista de buscar la pacificación mediante el dialogo. Un dialogo con la propia banda excluido como principio, pero no excluido –y en ello reside el gran peligro- con el partido que le da respaldo por causa de sus identidades teleológicas entre ambos (aunque sus respectivas tácticas sean muy diferentes), es decir, un dialogo con el PNV del que saldría beneficiado la común finalidad estratégica: sacar el País Vasco de la unidad de la Nación española. Con el agravante añadido, además, de que cuanto se hiciese con el PNV se terminaría haciendo por coherencia contagiosa  con el tándem simétrico de CiU-ERC. 

            Por el acierto de su planteamiento, nos place reproducir íntegro, a continuación, el citado editorial. 

            «Las agresiones y las amenazas del terrorismo islamista están teniendo un efecto político y social preocupante, con un alto riesgo de contaminar el consenso que los dos grandes partidos habían alcanzado para la lucha contra ETA. Desde el primer momento, es decir, desde el 11-M, el integrismo islamista violento ha conseguido el enfrentamiento entre las fuerzas políticas, gracias a un tratamiento de sus causas muy similar –y tan erróneo- al que, hasta hace muy pocos años, hacía que algunos reclamaran diálogo para acabar con ETA. No justicia, ni castigo, ni firmeza. Diálogo. El silogismo acababa ofreciendo un resultado degradante: quien no dialoga con el terrorismo es responsable de que el terrorismo subsista. ¿Cuántas veces se dijo que la tregua de ETA de 1998 fracasó por la «cerrazón» del Gobierno de Aznar? ¿Cuántas no se ha puesto en planos equidistantes al Estado y al terrorismo, como bandos de un conflicto bilateral? El argumento se está repitiendo con el terrorismo integrista, satisfecho con que su rechazo social en la calle sea similar y simultáneo al rechazo que provoca la intervención militar en Irak y a la ferocidad de las acusaciones contra el PP. También Al Qaida ha logrado la equidistancia con el Gobierno de Aznar en las pancartas y en los gritos de algunas manifestaciones. Nada mejor para los terroristas. 

«Sin embargo, la confusión aún puede producir resultados más desastrosos si, al calor de la alarma y del dolor que está causando el terrorismo islamista, ETA empezara a pasar a un segundo plano y su violencia fuera objeto de una comparación favorable con la genocida de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia. Hay un discurso soterrado que persigue suplantar la prioridad de ETA por la prioridad de Al Qaida para forzar un cambio sustancial en el consenso que se reflejó en el Acuerdo por las Libertades y Contra el Terrorismo y allanar el camino para una rehabilitación definitiva del nacionalismo vasco, sin pasar por el juicio histórico que merecen sus pactos con la banda terrorista y sin haber renunciado a los propósitos comunes con los terroristas. 

«Rodríguez Zapatero no debe caer en esta trampa. En España, el terrorismo tiene dos nombres: ETA y Al Qaida, cada cual con su propia coartada, pero unidos en la víctima elegida. El problema terrorista en España se ha ampliado, pero no ha cambiado de protagonista. El arsenal de explosivos y armas que se ha incautado a los etarras en el Sur de Francia tenía como destinatarios a ciudadanos españoles. Si ETA no mata es porque las Fuerzas de Seguridad no le han dejado, no porque no quiera hacerlo. La experiencia histórica demuestra que la unidad de los partidos políticos no es necesaria para detener «comandos» terroristas, sino para  privarles de cualquier expectativa de beneficio político y para aislar a quienes, desde el bando de la democracia, buscan el usufructo de la violencia. Ésta es la experiencia que ha demostrado que sólo la fuerza policial y judicial puede doblegar al terrorismo. Con el integrismo islamista violento acabará sucediendo lo mismo, aunque parece que hay un sector de la sociedad, sostenido por el discurso irresponsable de una buena parte de la izquierda, que no se ha vacunado del voluntarismo y de la obcecación contra la derecha y el amigo americano, y obsequia a Al Qaida con el vituperio al PP; el repudio a Estados Unidos y la fiebre del antibelicismo y del diálogo. Lo mas previsible es que el tiempo vaya poniendo las cosas en su sitio y demostrando la falta de sentido de Estado y de honradez intelectual con las que, desde la izquierda, se ha enfrentado a la sociedad española con el PP, cargando sobre sus espaldas los muertos del 11-M. El tiempo demostrará que nadie, ni ETA, ni sus cómplices nacionalistas, han dejado de ser lo que eran antes de que estallaran las mochilas en los Cercanías madrileños».

Hasta aquí la trascripción del texto editorial completo. 

Es evidente que la magnitud de la hecatombe de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia (y la del posterior drama sangriento de Leganés) han hecho retroceder popularmente, y en no pocos cenáculos políticos y mediáticos, la aversión hasta esos días unánime contra ETA lo que, de persistir, terminaría siendo –en las prioridades estatales antiterroristas- una bajada en la guardia de la que muy posiblemente resultaría lo que adelantábamos en nuestra entradilla a la trascripción. Cuidado, pues, con olvidarse de ETA. ¡Qué más querría ésta, el PNV, CiU y ERC…!.

LO GLOBAL COMO DESTINO                                                                     arriba

Por Alfredo Amestoy

Publicado en  Vistazoalaprensa.com

el 11 de diciembre de 2003

     JUAN Pablo II y Juan Carlos I son los dos Jefes de Estado, católicos, que más tiempo   llevan en su cargo. Este hecho es motivo de satisfacción, sobre todo, para los católicos españoles.

     El católico español es más católico que apostólico y romano. Y es más católico porque es más “universal”. Un católico italiano podrá ser más “romano” pero menos “católico” que un español porque Italia, a pesar de haber conocido, casi inventado, la idea y el ámbito del Imperio, no ha tenido un Imperio “universal”. Tan universal que era cierto que en nuestros dominios “no se ponía el sol”.


     Sin embargo, la “catolicidad”, aún siendo anterior, supera a la “universalidad” en amplitud de espacio y en “amplitud de miras”. Y es curioso que alguien, como José Antonio Primo de Rivera, tan obsesionado con “lo universal”- por representar lo total, lo integral-, en sus últimos días, sin traicionar el silogismo, modifica su enunciado y prefiere referirse a la “catolicidad”.
Si este año se conmemora el centenario del nacimiento del fundador de Falange Española, en estos días se recuerda la fecha de su muerte, el 20 de noviembre de l936, en la cárcel de Alicante. Es allí donde más preocupado que por su propia vida, que sabe va a perder, se dedica a reflexionar sobre “la entraña religiosa de la crisis”, en palabras de su biógrafo Stanley G.Payne.


     La “crisis” era la crisis de España que ya había iniciado una guerra que aún duraría treinta meses más.


     Payne resume e interpreta el diagnóstico joseantoniano: “La solución filosófica y espiritual se encontraba en la “unidad católica” que había alcanzado un sentido total de la vida religiosa en la Edad Media; es decir, ni sacrificio del individuo a la colectividad ni disolución de la colectividad en individuos, sino síntesis del destino individual y el colectivo en una armonía superior, a la que uno y otro sirven”.

     UN DESTINO COMÚN

     No era la primera vez que se formulaba en el siglo XX la noción de un destino común donde coincidieran el destino individual y colectivo.


      Releyendo hace poco “La muerte en Venecia”, tropecé con una afirmación de Thomas Mann, que, por el cuándo y el cómo la expresa, quiso enfatizar especialmente. Dice así: “Ha de existir una secreta afinidad, cierta armonía incluso, entre el destino personal y el destino universal de una generación”.


     Es sorprendente que Mann y José Antonio utilicen no sólo el mismo concepto de “destino universal” sino la palabra “armonía” para superar el término “síntesis”, en el caso de José Antonio, y el de “afinidad”, en el de Thomas Mann.


     Si Mann se refiere a una generación, que marcaría el colectivo temporal, estacional, José Antonio encuentra algo más: un universo “espacial”. Primo de Rivera había escrito: “La Patria es, cabalmente, lo que une y diferencia en lo universal el destino de todo un pueblo; es como decimos nosotros siempre, una unidad de destino en lo universal. La nación no es una entidad física individualizada por sus accidentes orográficos, étnicos o lingüísticos, sino una entidad histórica diferenciada de los demás en lo universal por su propia unidad de destino”.


     Todo esto puede parecer música celestial. Y lo es. Como es sabido que no corren buenos tiempos para la lírica. Pero la cuestión, miren por dónde, se ha actualizado de pronto gracias a la “globalización”. Y no sólo Mann y José Antonio, también Vasconcelos y toda su teoría de la “raza cósmica” recobran la vigencia.


     El mejicano José Vanconcelos, no tan antiguo, puesto que nació en el siglo XIX pero murió en l960, con varios satélites artificiales en el espacio, lamentaba que “nos ufanamos de un patriotismo exclusivamente nacional y ni siquiera advertimos los peligros que amenazan a nuestra raza en conjunto. Nos negamos los unos a los otros…Nos mantenemos celosamente independientes respecto a nosotros mismos. Nos ufanamos cada uno de nuestro humilde trapo…y no advertimos el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los escudos iberoamericanos”.


     José Antonio subrayaba más aún este criterio: “sin la presencia de un destino común, todo se disuelve en sabores locales. Un pueblo no es una nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, colores o sabores locales sino por ser otro en lo universal”.

     LO AUTÓCTONO EN LO GLOBAL

     A un pueblo como el nuestro, y a una comunidad como la hispana, tan singulares – muy acertadamente el propio Vasconcelos dice que “una carencia de pensamiento creador y un exceso de afán crítico que, por cierto tomamos prestado de otras culturas, lleva a discusiones estériles-, nos va a resultar difícil compaginar lo global y lo particular. Será muy interesante este proceso en que habrá que renunciar a los atavismos sin perder lo autóctono. Porque a diferencia de otros pueblos nuestro valor es universal pero no común y reacio a colectivizarse. Tenemos una personalidad poco permeable tanto para la recepción como para la emisión y la transferencia.


     Somerset Maugham , que a mi juicio supera a todos los hispanistas que han presumido de mejor conocernos en el siglo XX – y he tratado personalmente desde Hemingway a Gerald Brenan -, en la última página de su “Don Fernando” hace el análisis más certero, y encomiástico, que uno haya leído sobre los españoles:


     “En las artes los españoles nada han inventado. No han aportado gran cosa en lo que han producido sino que se han limitado a dar un color local a lo que han traído de fuera. Su literatura no ha sido de primera fila; también pretendieron pintar como los maestros extranjeros, pero incapaces discípulos, han dado a luz a un solo gran pintor de primerísima clase; y en cuanto a la arquitectura la tomaron prestada de los moros, de los franceses y de los italianos y sus trabajos fueron mejores cuando apenas se alejaron de sus modelos. Su superioridad ha sido grande pero cuando ha sido orientada en otra dirección: ha sido una superioridad de carácter. En esto es en lo que los españoles no han sido superados por nadie y sólo igualados por los antiguos romanos”.


     Somerset Maugham no se para en barras y nos dedica el más alto elogio que e puede dedicar a una estirpe: “Parece como si toda la energía, toda la originalidad de esta vigorosa raza ha sido dedicada a un fin y sólo a uno: la construcción de un hombre. No es en arte alguno en lo que han sobresalido los españoles; los españoles han triunfado en algo que es más grande que el arte: en la forja del hombre, que es quien tiene la última palabra”.


     Lejos de cualquier “chauvinismo”, testimonios como el que acabamos de reproducir avalan las exaltaciones joseantonianas del “hombre como portador de valores eternos” o la necesidad de creer en la patria como “unidad de destino en lo universal”.


      José Antonio estaba condicionado y aleccionado por lo español y por lo católico. Cuando Stanley G. Payne se rinde no sólo ante el testamento de José Antonio redactado en la cárcel de Alicante, sino también ante sus últimos escritos, tiene motivos porque José Antonio está “convirtiéndose” al catolicismo más auténtico.


      Por ejemplo al decir que “acaso un día vuelva a encenderse sobre Europa unificada la alegría católica”.


     Está convirtiéndose al catolicismo, como lo hicieron al fin al de sus días Somerset Maugham y Graham Greene, dos grandes enamorados de España. Detrás del catolicismo está la catolicidad, la mejor universalidad. Ojalá en el catolicismo encuentre la globalidad su mejor destino.

 

CENTENARIOS                                                                                                  arriba

Por Fernando Vizcaíno Casas

Publicado en Diario de Valencia 

el  Lunes, 13 de enero de 2003

            Este año 2003. se presenta cargado de centenarios.  Sabido es que suele aprovecharse el cumplimiento de los cien años de la nacencia de personajes del pasado más o menos ilustres para dedicarles loas, elegías, ditirambos e incluso exposiciones conmemorativas, además de constantes evocaciones laudatorias en les medios informativos y exhaustivos programas de televisión. 

            Claro que todo depende de la tendencia política de los difuntos.  Así que la presente anualidad va a estar copada por el recuerdo de Rafael Alberti, el excelente poeta gaditano, nacido obviamente en 1903 (el Espasa dice que en 1902), en cuya remembranza padeceremos avalanchas de apologías, lisonjas y entusiásticos recuerdos.  Alberti era comunista fervoroso, tan fervoroso que fue distinguido con el Premio Lenin y dedicó apasionados versos a la memoria de Josef Stalin, aquel ejemplar demócrata. 

            Miembro de la espléndida Generación poética del 27, cabe discutir su jerarquía dentro de ella.  Parece indudable que García Lorca le superó en gracia populista; y que nunca alcanzó la hondura ni la categoría lírica de Vicente Aleixandre, de Dámaso Alonso o de Gerardo Diego.  Pero estos fueron políticamente conservadores; o sea que no gozaron de los fervores de la crítica, que ya se sabe que tira siempre hacia la izquierda extrema. 

Tampoco alardearon de su filiación marxista, como Alberti. Que estuvo implicado, en los meses trágicos del verano del 36, en la siniestra checa madrileña de Bellas Artes, como denunció Torcuato Luce de Tena en su libro de memorias "Papeles para la pequeña y gran historia".  Se le echaron encima con furia los progresistas de costumbre, pero ninguno pudo desvirtuar la verdad de los hechos relatados por Torcuato.  Ahora también se callarán todos la vileza con que el poeta trató, ya en su ocaso, a Maria Teresa León, compañera suya durante, 58 años, a la que abandonó sin el menor reparo, dejándola morir en solitario. Evidentemente fue Alberti un magnífico poeta, que como algunos otros prostituyó su talento cuando se entregó a la glosa partidista. Igual le ocurrió a Antonio Machado, capaz en su servidumbre política de escribir en un poema dedicado a Líster, aquella monstruosidad de "si mi pluma valiera tu pistola". No se libran del deterioro literario los poetas del bando contrario; Manuel Machado y Pemán también rebajan su calidad lírica cuando la ofrecen a la gloria del Caudillo. 

Preparémonos, pues, a tener a Alberti hasta en la sopa. Menos atenciones se prestarán a otro escritor magnífico, Max Aub, tan vinculado a Valencia, autor que merece una cuidadosa revisión de su obra, así dramática como narrativa, menos conocida de lo que debiera. También estuvo exiliado,   pero, nunca adoptó actitudes maximalistas ni levantó estandartes de martirio en beneficio propio. Y sin embargo, es el suyo un nombre fundamental en la literatura española del pasado siglo, de cuyo nacimiento también se cumplirán cien años en este 2003. 

Como de los de José López Rubio y Alejandro Casona, Alejandro Rodríguez de verdadero nombre. A éste no le han perdonado que regresara de su voluntario exilio a fina les de los 50 y se reintegrase a la actividad teatral en España, para repetir sus primeros éxitos, les de "La sirena varada" y “Prohibido suicidarse en primavera”. Por eso su centenario, apuesto doble contra sercillo, va a ser celebrado con sordina. Pese a tratarse de uno de los más importantes autores dramáticos del- siglo XX. 

Lo mismo que López Rubio, integrante de "la Otra Generación del 27" la dé los grandes humoristas, así la calificó en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, Director v guionista de cine, pero antes que nada, primoroso dramaturgo, comedias como "Celos del aire" certifican su enorme categoría literaria. Sigo apostando a que el centésimo aniversario de su nacimiento pasará poco menos que desapercibido. 

Otro que nació en 1903, César González Ruano, periodista de excepción, quizás el más grande articulista (ahora les dicen columnistas) del pasado siglo. Personaje, además, singular e irrepetible, su anecdotario humano resulta fabuloso. Hoy está olvidado y me  temo que ni la efeméride natalicia merezca excesiva atención. Cometió César el grave pecado de declarar siempre sus preferencias ideológicas, nada afines con la izquierda y menos aún, con el marxismo, De modo y manera            que está proscrito por los pontífices del que Ricardo de la Cierva ha llamado "frente popular de la cultura".             Absolutamente vigente y  en plena actividad en estos tiempos de gobierno de un presunto centro-derecha, que en nada se diferencia en sus gustos culturales del anterior gabinete socialista. 

Con todos los respetos, disculpen los progresistas y que me perdonen los fanáticos intransigentes que se disfrazan de demócratas, el centenario más importante a celebrar este año debía ser el de José Antonio Primo de Rivera. Su fascinante personalidad fue malbaratada, distorsionada, confundida por el aluvión de gastos y relumbrones huecos con que se le presentó en los primeros años del franquismo. Nada tenía que ver su figura dignísima, generosa, llena de inquietudes sociales y afanes de convivencia con la imagen mesiánica, con el mito deshumanizado en que le convirtieron panegiristas de ocasión. 

Los años han devuelto la verdad de José Antonio, respetado incluso en los momentos de mayor exacerbación, elogiado por sus mismos adversarios, incluido Azaña, tan desdeñoso con sus políticos coetáneos como deferente con el fundador de la Falange. También Indalecio Prieto, también Zugazagoitia. Curiosamente, el menor aprecio a su persona lo encontró en la derecha montaraz y burguesa. La auténtica personalidad de José Antonio, intelectual riguroso, autocrítico severo, cristiano profundo, con un limpio sentido del humor que como él mismo decía, le alejaba de toda connivencia con los totalitarismos, será estudiada por la "Plataforma 2003", creada con el empeño de ofrecer la realidad de su ideario a las generaciones que lo desconocen por entero. 

De todos modos le recuerdo: estamos en el "año Alberti", así que a resignarse.

Tribuna libre: ¿QUIÉN SE HA RECONCILIADO CONMIGO?                                 arriba

Por Enrique de Aguinaga
Catedrático emérito de la Universidad Complutense


   Primero, el verbo. El verbo reconciliar significa el acto de volver a conciliar lo que estuvo conciliado y, por cualquier causa, dejó de estarlo. Es decir, que la reconciliación exige una previa conciliación. No cabe reconciliar lo que nunca estuvo conciliado. En este último supuesto se trataría, no de reconciliar, sino de conciliar, según prescribe la Academia: componer y ajustar los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí.


   ¿Por ventura, los ánimos de quienes se opusieron en la Guerra Civil (para unos Cruzada; para otros sublevación facciosa) estuvieron alguna vez conciliados, antes que se desatasen en las intentonas de 1930 (sublevación de Jaca) , 1932 (sanjurjada) y 1934 (revolución de octubre), previas al estallido de 1936, en el que (todo hay que decirlo, aunque sea una obviedad) el que suscribe no ha tenido arte y ni parte?


   La Guerra Civil ya estaba en Fernando de Castro, que, en 1866, avisa a la Real Academia de la Historia que España verá ensangrentarse sus ciudades y sus campos en una guerra civil, religiosa... O en Luis Araquistain, que, en 1915, proponía exteriorizar la guerra civil que palpita en las entrañas del pueblo español. O en Francisco Largo Caballero, que, en 1933, en medio de la República, proclama que estamos en plena guerra civil, que inexorablemente tomará caracteres cruentos. O en José María Gil Robles, que la considera absolutamente inevitable. O en Juan Ignacio Luca de Tena, que no sólo la considera inevitable, sino también trágicamente necesaria para salvar a nuestra Patria del caos.


   Se trata, pues, de conciliar o reconciliar, si se quiere, las dos partes que finalmente se enfrentaron abruptamente en guerra abierta y feroz. No se trata, ahora, de reconciliar los dos términos de la dicotomía revolucionaria de Largo Caballero (burgueses y proletarios) porque la evolución histórica y, con ella, la instalación de una clase media que no existía, la han superado.


   Se trata de reconciliar a los vencedores y a los vencidos de aquella guerra, no tanto en sí mismos, progresivamente reducidos por la inexorabilidad del tiempo, como en los que de algún modo mantienen el enfrentamiento, por trasmisión de una y otra parte, en forma de franquismo y antifranquismo. Por lo pronto, mis hermanos mayores, Álvaro y Vicente, alférez provisional y capitán de milicias, vencedor y vencido, ya están reconciliados para siempre, en el mismo nicho del cementerio de Ceares, en Gijón.


   Frente a la sociedad adulta, visceral, damnificada e irreductible, de la posguerra, es el Frente de Juventudes la primera plataforma de reconciliación en un movimiento que merece más estudio, que evidentemente se inspira en la invocación testamentaria de José Antonio Primo de Rivera (Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles) y que está presente en la dedicatoria de Diccionario para un macuto (Rafael García Serrano, 1964): A Francisco Franco, el general de mi juventud. Y a todos los que entonces quisieron una España nueva, la quisieran como la quisieran y desde donde la quisieran.


   Tras el indulto general, a los veinticinco años de paz (marzo de 1964), tales disposiciones progresan, primero, en la amnistía del gobierno de UCD ( 1977) y, después, en la declaración del gobierno socialista, en el cincuentenario de la guerra (1986), que con cautela elegante elude las causas y, en cuanto a las consecuencias, dice, sin calificación ni condena, que desembocó en una dictadura que rigió la vida del país por espacio de casi cuatro décadas.


   La declaración de 1986 honra la memoria de cuantos con su esfuerzo y con su vida contribuyeron a la defensa de la libertad y de la democracia y, asimismo, recuerda, con respeto, a quienes desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia. El Gobierno socialista considera que la guerra civil española es definitivamente historia y desea que el L aniversario selle definitivamente la reconciliación de los españoles.


   Se propone así la reconciliación, como una superación de la recurrente dialéctica franquismo-antifranquismo, con testimonios por ambas partes:

 
   El franquismo está muerto y bien muerto. Ahora hay que acabar también con el antifranquismo. No tiene ya ningún sentido (Joaquín Leguina, 1986).


   Ser hoy franquista es un anacronismo, pero ser antifranquista hoy es una tontería. Mientras perdure la dialéctica franquismo-antifranquismo, España seguirá viviendo una etapa de transitoriedad insegura (Antonio Castro Villacañas, 1986).


   Y una solemne exhortación del Rey (1979): Abandonemos la obsesión del pasado próximo para atribuirle todos los males o todos los bienes; el complejo de haberlo vivido en la colaboración o en la disparidad; la crítica de lo que ya está superado o el afán de resucitarlo; el deseo de revancha destructiva o la conservación a ultranza de lo que no es sustancial ni oportuno; y pensemos, unidos. en construir el mejor de los futuros.


   Sobre esta base, la exaltación o la condena asimétricas de la subversión socialista de 1934 o del levantamiento militar de 1936 (Pío Moa), del genocidio de Paracuellos o de la represión de los vencedores (Casas de la Vega), de las Brigadas Internacionales o de la División Azul (Gironella), del exilio de Sánchez Albornoz o el de Ortega y Gasset (Luna Gijón), de las Casas del Pueblo incautadas o de los templos arrasados (César Vidal), de la excavación de las cunetas o de los miles de sacerdotes y religiosos inmolados (Gabriel Jackson) no son, por supuesto, factores de reconciliación nacional. Condenar al adversario es exactamente lo contrario de reconciliar.


   El acuerdo de los grupos parlamentarios en la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados (20 de noviembre de 2002) en sintonía con la declaración del Gobierno de 1986, tiene una parte clara y positiva por la que se mantienen el espíritu de reconciliación nacional y se manifiesta el reconocimiento moral a todas las víctimas de la guerra civil, sin distinción ni condenación alguna.


   Y tiene otra parte condenatoria referida directamente a la represión de la dictadura franquista e interpretativamente a la utilización de la violencia con la finalidad de establecer regímenes totalitarios. Pero de ello no se deduce llanamente la condenación global del franquismo, no sólo porque, en la tesis de Solzjenitsyn, Pío Moa y tantos otros, no se clasifica como régimen totalitario (sí lo era la dictadura del proletariado de la violencia de 1934), sino, sobre todo, porque el llamado franquismo es la premisa de nuestra sociedad democrática, que, de otro modo, debería haberse retrotraído a la situación interrumpida por la guerra, y que no se ha retrotraído porque no se interrumpió un idilio democrático (Delgado-Gal) o porque fue el comienzo de una lucha entre el Occidente y el Comunismo (Calvo Serer).


   La guerra es la gran interrupción. Por eso, en cuanto a los ejércitos contendientes, es curioso que Franco ganase la guerra con la organización del Ejército republicano, resultante de las reformas de Azaña, mientras que la República lo suprime y lo sustituye por el llamado Ejército popular, creado el 16 de octubre de 1936 (Fernández Vargas).


   El preámbulo del acuerdo de 20 de noviembre diluye el alzamiento de 1936 en el endémico enfrentamiento civil de la sociedad española y afirma que nada queda de él porque consciente y deliberadamente, se quiso pasar página para no revivir viejos rencores, resucitar odios o alentar deseos de revancha; para no caer, dicho vulgarmente, en la clásica vuelta de tortilla.


   La reconciliación no puede consistir simplemente en invertir la versión de los vencedores (Sánchez Cámara). La reconciliación entre las dos Españas no pude consistir en quitar la razón a la victoriosa para dársela a la derrotada , ya que en una guerra civil no hay vencedores ni vencidos (Seco Serrano).


   A quienes se sorprendan de la vigencia del franquismo como premisa, les recuerdo la dolorida perplejidad de Julián Marías: Me preocupa indeciblemente que, a los sesenta años del final de la guerra civil, se siga mintiendo sobre ella, sus orígenes o sus consecuencias. Y les invito a revisar tres tópicos de la situación, para restablecer las realidades postergadas:


   1. Que la democracia actual procede del franquismo y no de la oposición antifranquista (Pío Moa), porque al régimen actual no le dio el ser ninguna guerra, sino el régimen anterior cuyas instituciones se abrieron para dar cabida en ellas a los excluidos hasta entonces (Aquilino Duque), porque ni el Rey ni Fernández Miranda ni Suárez se pueden clasificar en el exilio interior.


   2. Que la transición, en lugar de la pretendida ruptura, supone una idea de continuidad y de herencia, representadas en quien por tres veces asumió la Jefatura del Estado (julio de 1974 y octubre de 1975, interinamente, y noviembre de 1975, definitivamente); continuidad y herencia proclamadas por el presidente Suárez en su exhortación en pro de la Ley para la Reforma Política (referéndum de 15 de diciembre de 1976), que significó partidos políticos, Constitución y, en suma, sistema democrático: No significa en absoluto que ignoremos nuestro inmediato pasado. Significa que lo asumimos, pero que lo asumimos con responsabilidad. Significa que recogemos su herencia, pero la recogemos con la exigencia de perfeccionarla y acomodarla a las demandas actuales de la gran familia nacional (...) Tenemos derecho moral y legal a pedir el sí, porque el cambio se efectúa desde la legalidad, por los procedimientos previstos en la Constitución [Leyes Fundamentales].


   3. Que es falso el enfrentamiento entre dictadura y monarquía constitucional, en cuanto que son sobreabundantes la pruebas de que la dictadura no tenía voluntad de perduración y el propio dictador anuncia al presidente Nixon (1970) el reinado de Juan Carlos I y el establecimiento de la democracia (la que ustedes quieren), según el testimonio de Vernon Walters, cuidadosamente ocultado por la censura invisible.


   En este marco, el antifranquismo ha ejecutado la freudiana muerte del padre (Esparza), ha creado el gran chivo expiatorio y ha decretado la doctrina del mal absoluto, lo que si, en cualquier caso, es una irracionalidad, lo es más para un régimen que, objetivamente, nos ha legado, en lo económico, la industrialización; en lo social, la clase media; y, en lo político, el Rey; al tiempo que, hipotéticamente, nos ha salvado del comunismo, al menos en la apreciación del doctor Marañón, que establece en el comunismo y el anticomunismo los auténticos polos de la lucha.


   Particularmente, Santiago Álvarez (1913-2002), el prohombre comunista, y yo, jo- seantoniano de filas, nos reconciliamos con la amnistía para periodistas (1976) y quedamos reconciliados, amigos y comensales simpáticos. Pero me pregunto ¿quién más se ha reconciliado conmigo? No refiero, ahora, la pregunta a ninguno de los seis firmantes del acuerdo de 20 de noviembre, en la seguridad de que nunca he tratado de imponer nada por la violenc