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  ÍNDICE

  DOSSIER: «VALLE DE LOS CAÍDOS» 

     - ALGUNOS DATOS HISTÓRICOS ACERCA DEL VALLE DE LOS CAÍDOS. Luis Suárez Fernández

     - SOBRE EL VALLE DE LOS CAÍDOS. Victoria Prego

     - EL VALLE DE LOS CAÍDOS. Fundación Nacional Francisco Franco 

     - EL VALLE DE LOS CAÍDOS. Pío MOA

     - La verdad: del Valle. Juan A. Mayor de la Torre

     - FELIPE GONZÁLEZ Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

     - CIERRE DEL VALLE DE LOS CAÍDOS: carta abierta a Anasagasti. Pío Moa

    - SOBRE EL VALLE DE LOS CAIDOS. Pío Moa

    - HOMILÍA. Dom Anselmo A. Navarrete

*       *       *

   EONES DE LA HISTORIA. Manuel Parra Celaya  

EL ODIO A LOS SÍMBOLOS. Ramiro Solana

PLAN IBARRETXE EN MADRID. Mariano Rajoy

      Ante el debate por el discurso de Jiménez de Parga

      Ante unas elecciones en lontananza

LAS LICENCIAS PESQUERAS DE MOHAMED VI LAS VAN A PAGAR LOS SAHARAUIS. Colectivo Montiel 

LO JOSEANTONIANO, HOY. Enrique de Aguinaga    

 

 

 

DOSSIER: «VALLE DE LOS CAÍDOS»

 ALGUNOS DATOS HISTÓRICOS ACERCA DEL VALLE DE LOS CAÍDOS

Luis Suárez Fernández

Catedrático

De la Real academia de la Historia

El Valle de los Caídos fue concebido, desde el primer momento, como lugar de reposo y encuentro para los muertos de ambos bandos, católicos, en la guerra civil, ya que unos y otros entendían haber luchado por una España mejor o, simplemente, estar cumpliendo su deber. El lugar, Cuelgamuros, fue señalado por el propio Francisco Franco durante la guerra cuando recorría la sierra de Guadarrama. Su nombre es una suavización del primitivo Cuelga mulos porque se había utilizado, durante las obras de El Escorial, como dehesa para que pastasen los animales de carga. Las obras se iniciaron un poco tiempo después de acabada la contienda, buscando los servicios de empresas mediante los concursos que en forma ordinaria se hacían entonces. Huarte y Compañía tuvo el encargo de hacer la cruz, signo esencial porque, desde el punto de vista cristiano es vehículo de reconciliación.

En la obra, que cuenta con dos directores de gran categoría, Diego Méndez, arquitecto, y Juan de Ávalos, escultor, que nada tienen que ver con motivos políticos, trabajaron obreros y maestros artesanos que procedían sobre todo de los municipios de los alrededores, de donde se extraía la piedra de cantería necesaria para la edificación del monumento de grandes proporciones. También se admitieron reclusos, tanto políticos como comunes, en un número ciertamente limitado. Los datos son fehacientes. La peligrosidad de los trabajos, ya que se trataba de horadar una montaña, hizo que se produjesen accidentes que costaron la vida, en los tres quinquenios que tardó en realizarse, de catorce personas. Un porcentaje que puede considerarse dolorosamente normal. Los reclusos habían solicitado participar a fin de acogerse al decreto de redención de penas por el trabajo. No eran forzados ni habían sido condenados en condición de tales.

Conviene explicar este punto para evitar equivocadas interpretaciones. Antes de la guerra un padre jesuita, Julián Pereda, había redactado un importante documento, que Franco tuvo en su poder y anotó, proponiendo un sistema de reinserción de los penados. Consistía en que éstos tuvieran la oportunidad de trabajar, cobrando un sueldo y reduciendo además el tiempo de pena. El 8 de mayo de 1940 el director general de Prisiones propuso a Franco una solución de este tipo a fin de, sin que se llegase a una amnistía, reducir rápidamente el número de reclusos, que constituía un perjuicio. En consecuencia se promulgó un decreto que otorgaba a los que escogiesen voluntariamente el sistema recibir ambas condiciones. No se aplicó únicamente en el Valle. Las condiciones que en este se aplicaron eran: suprimir otros dos días de condena por cada uno que se trabajase, percibir un salario diario de siete pesetas -más de lo que cobraba un becario de investigación en el CSIC y poco menos de lo que se daba a un profesor adjunto en la Universidad- tener a su familia alojada en casas que se construyeron en el Valle, y disponer de un colegio para sus hijos. Solo los que gozaban de buena fama en la prisión eran admitidos ya que el sistema de vigilancia era, por razones obvias, bastante escaso. Hubo médicos que ejercieron su profesión y otras personas destinadas a un servicio burocrático.

Los que, movidos por buena intención, aplicaron este sistema también en el Valle, no percibieron seguramente el error. Pues la redención de penas por el trabajo es un regalo que se hace al condenado que es consciente de que ha sido condenado por un delito que cometiera. Pero el preso político no lo percibe así: ha sido condenado precisamente por defender una causa que el considera justa. En consecuencia injusta es la sentencia. Y redimirla por medio de un trabajo forma parte también de esa injusticia. En ciertas personas el subconsciente conservó esta idea que aflora ahora en esa gran mentira que trata de establecerse diciendo que fueron forzados los que trabajaron allí. Tanto más falso cuanto que esta situación se dio sólo en los primeros años y las obras duraron hasta 1958. Por otro lado, en las obras del valle trabajaron únicamente un total de 2.643 obreros durante todos los años de su construcción, siendo solamente 243 los que se acogieron a la redención de penas por trabajo durante los años que se practicó este sistema, nunca todos al mismo tiempo.

Poco antes de que concluyesen -la fecha oficialmente establecida es del 7 de marzo de 1959- hubo algunas visitas importantes a aquel recinto. Se debe destacar la de Martín Artajo, Ángel Herrera y monseñor Angelo Roncalli que había ocupado la nunciatura en París y regresaba a Roma. Para Herrera lo importante era conseguir el establecimiento de un Centro de Estudios que, analizando la doctrina social de la Iglesia, crease un nuevo espíritu de convivencia que evitase los enfrentamientos. Una idea que Franco recogió poco después e incorporó a uno de sus discursos: «Cuántos males hubieran podido evitarse si los problemas sociales de nuestro tiempo hubieran sido analizados serenamente bajo el signo de la Cruz y de las doctrinas de la Iglesia por hombres doctos y preparados y si el espíritu del Evangelio hubiera presidido las relaciones entre los hombres». Desde este momento quedó decidido que el Valle albergaría dos cosas: el mencionado Centro que, en efecto, trabajó durante bastantes años dando origen a una larga serie de libros; y una casa de oración que fue confiada a la Orden benedictina en la que se encuentran las raíces de la europeidad.

El decreto-ley de 23 de agosto de 1957, que figura en el BOE, al establecer la Fundación y las condiciones del Valle, insistía en la idea inicial: allí podían ser inhumados caídos de ambos bandos siempre que las familias así lo solicitasen. Tenemos constancia de la existencia de más de 33.000 entre los cuales un muy alto porcentaje lo forman los republicanos. La lista es fehaciente y comprobable. Pero en julio de 1958 un padre jesuita, el P. Guerrero publicó un articulo en la revista Razón y Fe reclamando que fuesen sólo los caídos de un bando, el suyo, los que allí se acogiesen. Franco se asustó y Castiella envió a uno de sus colaboradores, Esteban Fernández, a que celebrara una entrevista con el nuncio, monseñor Antoniutti para plantearle la pregunta de si había un cambio de opinión por parte de la Iglesia. Roncalli había afirmado que aquel principio de monumento funerario que no hiciere distinciones entre los dos bandos, era un ejemplo. Antoniutti respondió que no había cambio alguno y que se debía informar al general de los jesuitas para que se hiciesen correcciones oportunas. La conversación con el nuncio tuvo lugar el 10 de julio y está recogida por escrito.

El mismo día 7 de marzo de 1959 en que se daban por terminados los trabajos, Franco escribió a Pilar y Miguel Primo de Rivera que autorizasen el traslado de los restos de su hermano desde El Escorial. Ellos dieron la gracias solicitando que dicho traslado fuese «intimo y recogido», deseo que no se cumplió porque el traslado (30 de marzo) fue convertido por los falangistas en un acto de afirmación que no interrumpió ni siquiera el clima, pésimo. La inauguración la hizo con una misa el cardenal primado Pla y Daniel que, desde entonces se ha venido repitiendo cada día. Al cerrarse las cuentas se vio que se habían invertido 1.033 millones de pesetas las cuales han sido ampliamente compensadas al Patrimonio por los ingresos que proceden de las visitas. Es el segundo monumento en este orden.

La aportación más decisiva vino de monseñor Roncalli cuando se convirtió en Papa Juan XXIII. Conviene recordar que se le considera como el «Papa bueno», aquel que abrió la Iglesia a la comprensión de todos. El 7 de abril de 1960 otorgó al Valle la condición de basílica, concurriendo en ella los privilegios que se señalan en tales casos, y que sólo la más alta autoridad de la Iglesia puede definir. Además envió un pequeño trozo del lignum crucis, es decir el madero de la cruz de Cristo hallado por Santa Helena. Sería ocioso entrar ahora en divagaciones arqueológicas en torno a esta atribución. Lo que importa es señalar que se trata de un regalo desde la fe. Al mismo tiempo otorgó una indulgencia plenaria que se lucra el Viernes Santo de cada año adorando la cruz. Para un ateo o agnóstico esto nada supone. Para un católico es un signo decisivo. Todo esto se encuentra exactamente documentado.

Desde entonces la basílica se ha convertido en un centro de peregrinación para los católicos, en una casa de oración en donde, como nos recuerda el actual abad en mensaje decisivos, cada día se elevan oraciones por los muertos que allí reposan y también por la concordia entre los españoles. Es el gran instrumento para la reconciliación que, según el sentir cristiano, sólo puede lograrse a la sombra de la cruz que lo corona todo. Privar a la nación española de un vehículo espiritual de tales proporciones sería, sin duda, causar un daño irreparable. Basta tener en cuenta la asistencia en los días de la Semana Santa y en las grandes festividades religiosas. Todos los demás aspectos, memoria política o monumentalidad han pasado a un segundo plano tras esta dimensión que es esencial.

El lugar de honor ha sido asignado a José Antonio Primo de Rivera, que fue víctima pasiva de una guerra civil en la que no participó, como el propio Indalecio Prieto comentó, doliéndose de que no se hubiera dejado al gobierno de la Republica la opción de salvar su vida. No estaba previsto que fuera sepulcro de Franco. La decisión se tomó en los últimos días por el Gobierno entonces existente y fue el propio rey don Juan Carlos quien firmó la petición al abad del Valle para que consintiera. Se le ha asignado un puesto principal, detrás del altar mayor.

La Historia se construye sobre una memoria que tiene siempre partidarios y detractores. Pero la actitud correcta consiste en respetar las cosas que se hicieron, guardando sobre todo el recuerdo fundamental a los muertos. Quienes tratan de perturbarla no sólo se equivocan sino que causan un gran daño, a veces irreparable. 

SOBRE EL VALLE DE LOS CAÍDOS                                                                  arriba

                                                  Victoria Prego

Publicado en «El Mundo»

Antes de que fuera señalado por la izquierda española, como “un museo de los horrores”, el Valle de los Caídos era, descontados los museos, el monumento del Estado mas visitado de España. Ahora, colocado en el centro de una virulenta polémica política, ha pasado a ser el tercero en el ranking.

Un sábado cualquiera por la mañana. Centenares de personas entran y salen de la Basílica y deambulan por el interior mirándolo todo.

Son en su mayoría hombres y mujeres entre treinta y cuarenta años, parejas con hijos pequeños y veinteañeros con aspectos variadísimos. Rodean el altar sin prestar casi atención a la tumba de José Antonio Primo de Rivera pero deteniéndose todos largo rato ante la lápida de granito en la que pone Francisco Franco. Los mayores de cincuenta años guardan un especial silencio al pasar junto a la lápida. Uno de ellos puede incluso que esté rezando. El resto parece sentir solo una vaga y lejana curiosidad ante lo que tiene delante.

Todo esto sucede después de que los monjes benedictinos que guardan el Valle de los Caídos y atienden al culto de la Basílica concelebraran la misa, todos alrededor del altar presidido por un magnifico Cristo clavado en un tronco de enebro que Franco eligió personalmente entre los que había en el monte y a cuya corta también asistió.

Porque resulta que este impresionante monumento sí que tiene la huella indeleble de Franco. Y no porque el general tenga allí otra presencia que la de sus puros huesos guardados bajo la lápida con su nombre. Tiene la huella de Franco, porque fue él quien ideó que hubiera un Valle de los Caídos; fue él quien eligió personalmente el lugar donde había de levantarse el monumento; él quien supervisó directísimamente el proyecto, las obras, las esculturas de Juan de Ávalos -un republicano con carné de las juventudes socialistas- y hasta el diseño de la gigantesca cruz de piedra de ciento cincuenta metros que preside la Abadía. Y fue también Franco quien definió su cometido Por eso es imposible, históricamente hablando, desligar el nombre de Franco de el Valle de los Caídos. Esta es su obra, sencillamente.

Desde 1937, mucho antes de que ganara la Guerra Civil, Franco tenía según cuenta Diego Méndez, uno de los dos arquitectos del Valle, la obsesión de levantar un monumento con el que “honrar a los muertos, cuanto ellos nos honraron”. Desde luego, en aquel momento, Franco estaba pensando en honrar a sus muertos, a los de su bando.

Y eso queda claro en el decreto de 10 de Abril 1940, al año de terminada la guerra, que dispone que se levante un templo grandioso en el que reposen los héroes y mártires de la Cruzada.

Pero 18 años después, las cosas ya eran de otra manera. En 1958, un año después de su inauguración, los gobiernos civiles informaban a los Ayuntamientos que el propósito del Monumento era “dar sepultura a cuantos cayeron en nuestra Cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron” con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica, puesto que se trataba de sepultarles en lugar sagrado.

E invitaban a que, quienes lo desearan, llevaran a enterrar allí a los suyos.

La segunda condición para que los restos identificados fueran depositados en Cuelgamuros, fue que ello contara con el consentimiento pleno de los familiares. A partir de 1953, empezaron a llegar a la cripta de la basílica las primeras cajas.

Ahora mismo la basílica cobija en la cripta los restos identificados de alrededor de 35.000 caídos en el frente, y en las retaguardias, la mayoría de los cuales, según el Abad, pertenecen al bando republicano.

De los que faltan para completar la totalidad de los restos guardados allí, casi cien mil, Proceden la mayor parte de las fosas comunes abiertas en tos frentes de batalla, no se conocen las identidades y sería hoy ya muy difícil su identificación. Esta es la realidad demostrable y documentada de los muertos en la Guerra Civil española que descansan en el Valle de los Caídos, objeto hoy de tan agria polémica.

Por lo que se refiere a los presos políticos que construyeron el Valle, estos son los datos: Durante los casi diecinueve años que duraron las obras, trabajaron allí entre 800 y 1.000 presos políticos, nada de decenas de miles, corno quiere la leyenda negra divulgada. Nunca acudieron en régimen de trabajos forzados corno dice esa leyenda. Todo lo contrario, para ir a trabajar a Cuelgamuros, los reclusos políticos tenían que solicitarlo oficialmente. Porque ocurría que las perspectivas penales, económicas y personales eran mucho mejores allí que en cualquier otra prisión.

En lo personal, porque los presos fueron autorizados a llevar a sus mujeres y a sus hijos, que se quedaron en muchos casos a vivir con ellos. En lo penal, porque los reclusos políticos podían redimir de dos a seis días por cada uno de trabajo. Los primeros presos llegaron a finales de 1942, dos años y medio después de comenzadas las obras, y al terminar 1950 no quedaba ninguno porque todos habían redimido ya sus penas y estaban en libertad. Muchos de ellos, sin embargo, optaron por seguir en el Valle corno personal contratado

Y en cuanto a lo económico, porque las condiciones de los presos políticos eran idénticas a las de los trabajadores libres Cobraban el mismo salario, aunque a los reclusos se les retenían las tres cuartas partes de la paga, un dinero que se ingresaba en la Caja Postal de Ahorros, para entregárselas a sus mujeres e hijos, si los tenían, o a ellos mismos cuando recobraran las libertad. Cobraban “los puntos”, por cargas familiares, las horas extras, y estaban asegurados. Todo esto está documentado, además de avalado, por los testimonios directos de quienes trabajaron allí.

Tampoco existieron nunca, esos miles de muertos en el tajo que cuenta la leyenda negra, ahora removida y admitida como buena por casi todos. En los casi veinte años que duró la construcción se registraron exactamente 14 accidentes mortales. Y la mayor parte de las victimas, sino la totalidad, fueron obreros libres que, por razón de la especialización de sus tareas, eran la mayoría de los que estaban allí trabajando.

Ni siquiera está claro que Franco quisiera ser enterrado en el Valle de los Caídos, como se sostiene.

El único testimonio existente en ese sentido, es el del arquitecto Diego Méndez quien cuenta que, durante las obras, Franco le señaló un lugar junto al altar mayor y le dijo:

“Yo aquí”. Nada más. No existe constancia escrita de este deseo, ni nadie lo supo nunca; ningún miembro de su familia, ni tampoco el presidente del Gobierno.

En los últimos días de la enfermedad del general, Arias Navarro le preguntó a su hija Carmen exactamente eso, y la respuesta fue “No”.

Lo que si consta es que las obras para acondicionar una tumba al otro lado del altar se realizaron a toda prisa, estando el dictador ya irremediablemente enfermo. Consta también, y hay testimonio de ello, que a comienzo de los setenta, Franco envió a su mujer para que visitara la cripta de la ermita de el cementerio de E! Pardo, que está adornada por los mismos artistas que participaron en la decoración del Valle de los Caídos. Y consta que en esa cripta había una urna funeraria con capacidad sobrada para dos cuerpos y que una vez enterrado Franco en Cuelgamuros, esa urna fue retirada. Y, finalmente, consta que ahora reposan allí en solitario los restos de su viuda, Carmen Polo.

Entre tantas conjeturas y tanta leyenda, hay, eso sí una certeza: la de que el Valle de los Caídos, es uno de los pocos lugares de España, donde la huella física de Franco existe todavía. Y la de que solo la destrucción del monumento, estilo Budas de Bamiyán, sería capaz de borrarla.

VICTORIA PREGO

 

EL VALLE DE LOS CAÍDOS                                                                       arriba

Fundación Nacional Francisco Franco 

lugar sagrado y de reconciliación

Han irrumpido con riesgo para la convivencia de los españoles, con un radicalismo que reabren las heridas de la guerra, y contra los españoles que quieren vivir en paz. Ya se escribe en los periódicos Adiós España, ya se dice que el progreso con el que quieren justificar tantas acciones, resulta en sentido contrario, hacia 1936. Ahora la ofensiva es contra el Valle de los Caídos, un lugar donde se oyen sólo las preces de los monjes benedictinos y de miles de fieles que acuden a aquél lugar de recogimiento y oración. Allí también están recogidos restos de millares de combatientes de ambos bandos de la Guerra Civil y el lugar, y así fue expresamente determinado por Franco, y recogido y elevado por la Iglesia, que convertía aquél lugar en sagrado, y en un monumento de reconciliación nacional y de peregrinación a la Cruz. Habría que atender, para sosegar tantas actitudes que ahora manifiestan odio y revancha, las palabras recientísimas del Abad del Valle Dom. Anselmo Álvarez: «Es el lugar símbolo con que se quiso sellar aquella hora de España y fue una cruz y un altar [...] lo que ha unido la sangre de Dios, no lo separe el hombre [...] no se construye una sociedad amputando previamente sus raíces o procediendo a invertir sus fundamentos históricos».

En 1960 el Papa Juan XXIII, admirado y querido por todos, declara Basílica la iglesia de la Santa Cruz. «En este monte sobre el que se eleva el signo de la redención humana ha sido excavado una inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los caídos de la Guerra Civil de España. Y allí acabados los padecimientos, terminados los trabajos, y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la Nación Española».

Que esa determinación de lugar de encuentro y reconciliación de todos tiene numerosos y muy claros testimonios, como este llamamiento del Gobierno Civil de Madrid, que publicaba ABC el 30 de mayo de 1958 en que se ponía en conocimiento de cuantos desearan el traslado de los restos de sus familiares caídos al Valle: «uno de los principales fines que determinaron la construcción del Monumentos Nacional a los Caídos en el valle de Cuelgamuros (Guadarrama) fue el de dar sepultura a quienes fueron sacrificados por Dios y por España y a cuantos cayeron en nuestra Cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron según exige el espíritu cristiano que inspiró aquella magna obra, con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica.

Contra todo ello, se suceden las propuestas del destrozo de la reconciliación lograda en una regresión sectaria y fratricida, peligrosa porque promueve la discordia y fractura a la sociedad española, también con esos objetivos siniestros sobre el Valle de los Caídos. La avanzadilla son los marxistas y los independentistas de la Ezquerra Republicana de Cataluña, unos españoles que no quieren serlo y por eso también resulta una paradoja dramática que se erijan en defensores de esas propuestas de disgregación de la Nación Española.

Hay un vendaval informativo que acoge las propuestas antihistóricas de convertir «el Valle en un centro de interpretación del franquismo, de ayudar a la gente a entender lo que significó la dictadura», e incluso se habla de compromisos del gobierno y hasta de plazos para consumar el tremendo disparate, en definitiva una situación negativa y peligrosa que juzgamos ha de ser abordada inmediatamente por la exigencia de respeto que merece el Valle de los Caídos.

en defensa de la verdad

Ante la campaña contra el Valle de los Caídos con la pretensión de convertirlo en un monumento laico, desatada desde sectores comunistas y que propugnan la ruptura de la unidad de España, con datos inexactos cuando no tergiversados, es obligación de salir en defensa de la verdad para lo cual se hacen las puntualizaciones siguientes:

Es falso que las grandes obras del Valle de los Caídos fueran realizadas por «presos políticos». Es cierto que entre los obreros profesionales figuraron, a partir de 1942, determinado número de condenados por graves delitos, castigados por los tribunales a penas de muerte, en muchos casos, conmutadas por 30 años de reclusión; pero a pocas personas se les escapará, por muy legas que sean en la materia, que alguien que no fuera especialista en la perforación de túneles mediante la utilización de dinamita, por ejemplo, pudiera intervenir en la ejecución de obra tan compleja. El arquitecto D. Diego Méndez, que se encargó de la continuación de las obras y del proyecto y construcción de la Cruz, tras la renuncia, por enfermedad, de don Pedro Muguruza, afirma en su obra El Valle de los Caídos. Idea. Proyecto. Construcción, lo siguiente: «La maledicencia ha cargado las tintas a la hora de valorar el papel que en la realización de las obras desempeñó dicho personal. Lo rigurosamente cierto es que este pequeño grupo de obreros fue atendido, aunque con las naturales limitaciones derivadas de su situación, en pie de igualdad con el resto de los trabajadores libres. Su especial psicología impulsó a algunos de ellos a asumir voluntariamente las misiones más peligrosas, aquéllas en las que para vencer a la naturaleza, había de esgrimir las armas del coraje y la dinamita. Sobre alguno de estos hombres, más no sólo sobre ellos, recayó la ciclópea tarea de horadar el Risco de la Nava, para hacer sitio a la prodigiosa Basílica que hoy alberga. Ya, como personal libre, la casi totalidad continuó su tarea en el Valle hasta el fin de las obras, contratados por las diferentes empresas. Hubo, incluso, algunos que pasaron después a trabajar en la Fundación».

Es falso, como se afirmó recientemente en Televisión Española, en la serie «Memoria de España», que en las obras hubieran intervenido «veinte mil presos políticos». Es cierto, como afirma Diego Méndez, en el libro citado, que a lo largo de quince años, dos mil hombres (no quiere decir que todos a la vez, ni que todos fueran penados) aportaron su esfuerzo diario hasta dar cima a la obra».

Es falso que los presos que trabajaron en el Valle de los Caídos lo hicieran obligatoriamente. Es cierto que todos y cada uno de los obreros penados se ofrecieron voluntariamente a las Empresas, por un lado, y, por otro, mediante instancia a la Dirección General de Prisiones. La razón era fácilmente compresible: Lo que comenzó siendo la manera de redimir tres días de la pena por uno trabajado, según Orden Ministerial de 7 de octubre de 1938, lo amplió el Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo, en 1943, hasta la redención de seis días por cada uno trabajado. El Código Penal lo estableció más tarde en tres días redimidos por dos trabajados. Con lo cual, a los penados que trabajaban en el Valle, que se beneficiaban también de los múltiples indultos decretados por el Jefe del Estado, se les concedió la libertad provisional no más tarde de cinco años después de su condena. Así que en 1950 no quedó ni un solo penado «político» en el Valle. En esa fecha comenzaron a trabajar reclusos comunes que querían redimir penas por el trabajo.

Es falso que los trabajadores libres o penados sufrieran penalidades sin cuento, con un sistema de trabajo de campo de concentración. Es cierto, como declaró Damián Rabal, cuyo padre y él mismo trabajaron como obreros libres, contratados por la empresa San Román, a Daniel Sueiro, autor de El Valle de los Caídos. Los secretos de la cripta franquista, que la cripta se comenzó a perforar a finales de 1941 con diez o doce obreros a los que pronto se sumaron trabajadores procedentes de Peguerinos, El Escorial y Guadarrama, y que los «penados» llegaron a finales de 1942. Pronto se hicieron casas para los obreros, Iglesia, enfermería, economato y un campo de fútbol. Hay que resaltar que los penados cobraban un sueldo mínimo cifrado en siete pesetas, de la época, diarios, más la comida. Y que enseguida fueron subidos a diez pesetas diarias, más los pluses por trabajo a destajo, más o menos peligroso, etc. Gran parte de ellos llevaron allí a sus familias; allí hubo bodas y bautizos. Y allí quedaron la mayoría de ellos, trabajando como obreros libres tras obtener la remisión total de las penas, mientras sus hijos estudiaban en la Escuela organizada al efecto, escuela mixta, la única existente en España de la época, siguiendo las enseñanzas de un maestro que redimía así su condena de muerte conmutada a treinta años. No debían ser tantos los «penados», por lo menos al principio, por cuanto Paco Rabal, miembro del PCE, reconoció que en la vivienda que le habían concedido a sus padres vivían la mayoría de ellos. Ambos hermanos coinciden en que las condiciones de vida era «allí mucho más suave que en las prisiones. Todos (los obreros profesionales) procurábamos echar una mano [...] porque los presos no eran útiles para aquella clase de trabajo; se lesionaban, no sabían ni podían. Muchos iban solos a El Escorial o a Guadarrama, y no se fugaban, sino que volvían. Además podían tener allí a sus mujeres. Ellas iban allí y ya se quedaban...». Según la prensa de la época, a finales de 1943 trabajaban en el Valle unos seiscientos obreros. La mayoría de ellos de dedicaban a construir la carretera actual.

Es falso que en la construcción de las instalaciones del Valle de los Caídos murieran «centenares, cuando no millares de presos políticos», tal se afirma sin aportar prueba alguna. Es cierto, como declaró a Daniel Sueiro el médico don Ángel Lausín, que llegó a Cuelgamuros el año cuarenta, para redimir pena, que «como médico del Consejo de Obras del Monumento me ocupé de todos los obreros de las diversas empresas que trabajaban allí. Allí hubo accidentes, enfermos, partos, en fin, de todo. Pero para los heridos graves se organizaba el traslado en ambulancias [...] Los traían a la Clínica del Trabajo, que está en la calle de Reina Victoria [...] Hubo catorce muertos en todo el tiempo de la obra, porque yo he estado allí prácticamente todo el tiempo». D. Ángel Lausín ganaba mucho dinero en el Valle, pero cuando la obra terminó le desaparecieron los ingresos del seguro de enfermedad de todos los trabajadores y del seguro de accidentes y sólo le quedó el sueldo de médico del Consejo de las Obras. Por ello pidió una plaza de médico, y se le concedió, en el Ambulatorio del Seguro de Enfermedad de San Blas, en Madrid, donde se jubiló.

Es falso que los penados «políticos» comenzaran a llegar al comienzo de las obras y continuaran hasta su terminación. Sí es cierto lo declarado por el médico citado: «De los presos políticos que estuvieron allí hasta el año cincuenta, y yo he estado allí, la mayoría eran excelentes personas, estaban cumpliendo una condena por cosas políticas y estaban ganando unas pesetas para mantener a sus familias. Una vez liberados, muchos se quedaban allí trabajando. Alrededor de los años cincuenta ya quitaron los establecimientos penales y sólo quedó el personal libre». El practicante, don Luis Orejas, condenado a nueve años, quedó en libertad poco después de su llegada al Valle, pero prefirió quedarse allí donde empezó ganando quinientas pesetas mensuales. Llevó a su mujer y allí nacieron sus cuatro hijos. Tras la inauguración del Valle logró una plaza de practicante en el servicio de urgencias de La Paz. Don Gonzalo de Córdoba, el maestro, había sido condenado a la última pena, conmutada por treinta años. Cobraba, al llegar al Valle, en mayo de 1944, mil cien pesetas mensuales. D. Gregorio Peces-Barba del Brío, padre de D. Gregorio Peces-Barba, condenado a muerte por hechos reflejados en la Causa General, también le fue conmutada la pena de muerte en 1942, llega al Valle a comienzos de 1944 y en abril recibió la libertad condicional, con lo que pudo abandonar el Valle. Durante esos tres o cuatro meses le acompañaron su mujer y su hijo. El señor Peces-Barba declaró a Daniel Sueiro: «Por mi parte, tampoco puedo decir que haya estado arrancando piedras, sería estúpido decir eso; no hubiera sido demasiado útil arrancando piedras. Yo estuve en el trabajo de las oficinas». Así otros, cuyos nombres omitimos por no alargar esta nota.

Es falso que la construcción del Valle de los Caídos supusiera un dispendio que hizo peligrar las finanzas nacionales. Sí es cierta la liquidación final del Interventor General de la Administración del Estado y del Consejo de las Obras, rendida en mayo de 1961. La liquidación revela que el coste de las obras se elevó a 1.159.505.687,73 pesetas, similar a la deuda actual de Radio Televisión Española y muy inferior a los déficit de todas las televisiones autonómicas. Por lo demás, no se invirtió en la obras ni un solo céntimo del Presupuesto Nacional. El dinero, según advierte el Decreto-Ley de 29 de agosto de 1957, «A fin de que la erección del magno Monumento no represente una carga para la Hacienda Pública, sus obras han sido costeadas con una parte del importe de la suscripción nacional abierta durante la guerra y, por lo tanto, con la aportación voluntaria de todos los españoles que contribuyeron a ella». Fueron 235.450.374,05 pesetas. El resto procedió de los recursos netos de los sorteos extraordinarios de la Lotería Nacional que se celebraban anualmente el día 5 de mayo, y que, hasta aquél momento se habían destinado a la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid. Según Diego Méndez a ello hay que sumar «millares de donativos particulares, algunos de ellos de procedencia verdaderamente ejemplar y emocionante».

Es falso que en la Basílica del Valle de los Caídos solamente estén enterrados los muertos del lado nacional o que Franco la construyó para que le sirviera de Mausoleo. En el Valle de los Caídos están enterrados cuarenta mil españoles de uno y otro lado de las trincheras, por lo que constituye el monumento representativo de la reconciliación nacional. Allí se reza y se oficia por unos y otros, sin distinción de ideologías. Franco compró una tumba en el cementerio de El Pardo. Fue el gobierno de entonces quien determinó que el enterramiento del Generalísimo fuera en el Valle, decisión ratificada por SM el Rey, quien pidió permiso al Abad de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos para enterrar allí a Franco.

Queremos terminar con palabras de un enemigo de Franco, detractor de la construcción del Valle de los Caídos, y padre de otro enemigo de Franco y así mismo detractor del monumento. Son palabras del citado D. Gregorio Peces-Barba del Brío: «...teníamos que ir inculcando a nuestros hijos, lo que teníamos que ir inculcando a las generaciones que pudieran sucedernos, es que en España no podía volver a repetirse aquella tremenda catástrofe que supuso nuestra Guerra Civil. Por eso pienso que los vencidos de la guerra no hemos tenido nunca, no hemos tenido jamás deseos de venganza; no hemos querido ni hemos tenido presente más que el deseo de que entre las dos Españas no se siguiera ahondando. El ahondar entre las dos Españas no ha sido fruto de los vencidos. Yo quiero resaltar eso, que a los vencidos, que hemos hecho la Guerra Civil y somos supervivientes de la Guerra Civil, no se nos puede ni se nos debe tachar de revanchistas ni de marcados. Los que hemos hecho la Guerra Civil hemos sido desde el primer momento los más interesados en educar a nuestros hijos en el respeto y en el amor al prójimo; en educarles en el sentido de que su vida y su actividad y sus vivencias políticas vayan encaminadas a que de una vez para siempre vuelva a haber paz entre los españoles y aquello no vuelva a producirse». Que así sea.

 

 EL VALLE DE LOS CAÍDOS                                                                      arriba

 Por Pío MOA

 Publicado en "La Razón" 27.04.05

            Unos jóvenes me entrevistaron recientemente para un programa de televisión sobre el Valle de los Caídos, centrándose  en los presos izquierdistas que allí trabajaron. Me mostraron un proyecto de placa  que, al parecer,  piensa colocar allí el gobierno actual, en recuerdo de los «presos republicanos» a quienes atribuye la construcción del monumento «en régimen de esclavitud». La placa hablaba de «reconciliación» y de recuperar la «memoria histórica». Comenté que no conocía en detalle la historia del Valle de los Caídos, pero mi experiencia al estudiar la república y la guerra civil me hacía dudar de tales afirmaciones, a la vista del gran número de mitos difundidos durante estos años bajo el marbete de historiografía «profesional» y hasta «definitiva».

            Por otra parte, de entrada percibía algunas falsedades, inconciliables con la pretensión de recobrar la memoria del pasado. Así, hablar de presos republicanos ya significaba desvirtuar los hechos, y no resulta creíble una reconciliación que tan mal empieza. La gran mayoría de los supuestos republicanos estaba constituida por comunistas, socialistas y anarquistas, todos ellos antidemócratas por ideología y práctica, autores de reiterados ataques a la república y de la preparación de la guerra civil. En cuanto al «régimen de esclavitud», tenía mis dudas. Los presos, según creía, trabajaban redimiendo penas por el trabajo; sistema consistente en suprimir dos o tres días de condena por cada uno trabajado. Como es sabido, al terminar la guerra los tribunales dictaron alrededor de 50.000 penas de muerte, cumpliéndose aproximadamente la mitad. Las demás fueron conmutadas a cadena perpetua, la cual en la mayoría de los casos, se tradujo en la libertad a los seis años y aún antes. Uno de los recursos para conseguirlo consistió en la redención de penas por el trabajo. Ahora, husmeando en Internet encuentro una información de la Fundación Francisco Franco donde se tacha de falsedades algunas historias divulgadas insistentemente por los medios especialmente por la muy manipulada televisión oficial. He aquí los hechos según dicha fundación: no habrían trabajado en el Valle de los Caídos 20.000 presos políticos, como han hecho circular periodistas e historiadores poco escrupulosos, sino 2.000 obreros a lo largo de quince años de obras, y no todos al mismo tiempo, de los cuales solo una minoría fueron presos. Éstos percibían siete pesetas diarias, sueldo no desdeñable para la época, más la comida. Además habrían sido beneficiados no con tres días de redención de penas por día trabajado, sino con seis días a parte de otros indultos, con lo que ninguno permaneció como preso más de cinco años, siguiendo después la mayoría como trabajadores libres. En 1950 no quedaba ya ninguno de los penados.

            De ahí se desprende la mendacidad del aserto común de que «cientos, si no miles de presos murieron en la construcción del monumento». Según el médico izquierdista Ángel Lausin, que también redimió allí condena ejerciendo su profesión y siguió luego hasta el fin de la obra, el número total de muertos, entre obreros libres y presos, ascendió a catorce, cifra baja para tantos trabajadores y tanto tiempo. Las condiciones también habrían sido aceptables; «Paco Rabal, miembro del PCE, reconoció que la vida allí era mucho más suave que en las prisiones…, muchos iban solos a El Escorial o a Guadarrama y no se fugaban, sino que volvían. Además podían tener allí a sus mujeres». La escuela para los hijos de los presos era mixta, cosa excepcional entonces, y aceptada por la autoridad como concesión al maestro izquierdista, hombre de esas ideas.

            Estas y otras informaciones, deben ser verificadas, desde luego, por una investigación imparcial, pero desde luego tienen el mayor interés y merecen ser ampliamente conocidas para contrastarlas con las ofrecidas por los pretendidos recuperadores de la memoria. Tengo la pesimista sospecha sin embargo, de que esos peculiares memoriosos utilizarán todos los medios –poderosos medios- a su disposición para impedir el general conocimiento y contraste de los datos por los ciudadanos. Para ello aplicarán como de costumbre, el simple método de la censura inquisitorial, de la que puedo hablar con conocimiento de causa, por haberla sufrido.

            Contrastar los informes es solo un primer paso para acercarse a la verdad de los hechos. Después  conviene aclarar al menos dos cuestiones: a) ¿Cuántos presos políticos trabajaron efectivamente en la obra?; b) ¿a que penas estaban condenados y por qué  delitos reales o supuestos? Saber esto arrojaría mucha luz sobre el carácter de la represión en la época en torno a la cual circulan demasiadas leyendas. Esta investigación debiera estar al alcance de cualquier historiador con afición y tiempo, y animo desee aquí a hacerla, sobre todo a jóvenes estudiosos e independientes. En relación con el tema me gustaría señalar un punto que siempre me ha intrigado y que muy rara vez ha sido tratada en la multitud de libros escritos sobre la represión: ¿por qué cayeron en manos de Franco tantos izquierdistas y separatistas implicados en el terror contra las derechas? Asombrosamente, los principales dirigentes solo parecen haberse ocupado de su propia fuga, dejando a sus seguidores atrapados como en una ratonera, a merced de quienes pensaban ajustarles estrechas cuentas por las muertes, torturas y saqueos realizados bajo el poder del Frente Popular. Pero de esto me ocuparé en otro artículo.  

 

La verdad: del Valle                                                                          arriba

Por Juan A. Mayor de la Torre[1]

Publicado en El País el 8 de mayo de 2005

Desde hace poco tiempo son frecuentes en los medios de comunicación las alusiones, citas o artículos, dedicados al Valle de los Caídos, monumental templo y necrópolis de mediados del siglo pasado. La mayoría aluden a la novedosa propuesta de un político republicano catalán de convertir dicho monumento en Centro de interpretación de los horrores del franquismo.

Republicano y catalán son dos respetables condiciones, comunes a grandes figuras de la historia de España, compatibles con inclinaciones históricas y estéticas dispares. Nadie está obligado a que le guste El Greco, el Acueducto de Segovia, las cuevas de Altamira o las esculturas de Ávalos. Pero las obras universalmente reconocidas como el Valle de los Caídos, monumentos que apuntalan esa misma historia, merecen respeto siquiera por ello: porque son prenda de la Historia misma aunque su autoría se remonte a periodos aborrecidos por muchos.

No parece pensable que a cualquier republicano sensible se le ocurriera desmantelar el monasterio de El Escorial porque en su panteón de reyes reposan los restos de buena parte de nuestros monarcas, algunos de ellos de triste memoria. Ni que a un catalán en sus cabales le diera por proponer que se desmonte el arco romano de Bará (Tarragona), arco de triunfo bélico homenaje al general Licinio Sura, porque testimonie el carácter dictatorial del aborrecible militar de Trajano.

El mundo entero, y España por obvias razones, están llenos de monumentos erigidos por vencedores, algunos de ellos crueles y despiadados, pero que configuran su pasado. Pensadores, guerreros y aun políticos de toda virtud y calaña. Por el contrario, el Valle de los Caídos es una muestra singular de reconciliación entre contendientes de dos bandos, hermanos para mayor dolor, enfrentados en una guerra llena de horrores mutuos: osario común y, sobre todo, lugar de oración donde los monjes benedictinos y quienes lo visitan piden a Dios perdón por las mutuas culpas y que jamás, por motivo alguno, pueda repetirse similar circunstancia. Presidido por la cruz, símbolo de perdón, es el segundo monumento de España en visitas después de La Alhambra, lo que ratifica su prestigio recogido en las enciclopedias y textos de arquitectura del mundo entero.

Ajenos a tales consideraciones y poco informados, no faltan quienes objetan dos hechos adversos y absolutamente falsos: primero: que fue construido por presos condenados a trabajos forzados. Segundo: que se erigió como faraónica tumba de Francisco Franco, vencedor en la contienda.

Es cierto que en su construcción trabajaron presos políticos. Y también presos comunes. Pero ni unos ni otros forzosos, sino voluntarios. Igual que al ingresar en prisión los reclusos más cultos se ocupan en la biblioteca, los agricultores en jardinería o los pintores en pintura, el Gobierno de aquellos años dio la opción de que un preso del carácter que fuera, lo mismo el político que quien cumplía condena por desvalijar un banco o robar carteras, pudiera acogerse a «redimir penas por el trabajo». Quienes lo hicieron, políticos o comunes, contaron tres días por cada uno trabajado, con lo que reducían a un tercio su condena. Recibían un pequeño salario por su trabajo y podían llevar a residir a sus familias junto a ellos en las viviendas rústicas del poblado; facilidad nada habitual. Estos datos son fácilmente documentables por quienes tengan interés en ello. Y si estar preso no es nunca situación agradable, trabajar en las obras del Valle fue redentora y opcional, no forzosa situación.

Los penados efectuaban obras de peonaje. Junto a ellos especialistas de los pueblos serranos, albañiles y sobre todo canteros, llevaban a cabo tareas que requerían un oficio que los presos no tenían. Cualquier anciano de tales pueblos aledaños puede aún atestiguar lo dicho hasta aquí. El número total de obreros que trabajaron en las obras del Valle fue de 2.643, de los que solamente 243 fueron penados.

En cuanto a que el Valle se construyese para panteón de Franco, es error que tan sólo requiere una reflexión:

En cualquier iglesia o catedral del mundo el sitio de honor para un enterramiento es delante del altar mayor. En el Valle este lugar está ocupado por los restos de José Antonio Primo de Rivera. Los de Franco están detrás del altar, no en el sitio de honor que se hubiese reservado si tal hubiera sido su deseo y el motivo de su construcción. Puede que para sus restos estuviera previsto el cementerio de El Pardo y en los últimos años se cambió de parecer. Resulta indiferente. Lo evidente es que si hubiera sido el Valle lo previsto, ¿no le habrían reservado el lugar que ocupa José Antonio?

La única realidad que a nadie verdaderamente reconciliado parece que debería irritarle, es que el Valle de los Caídos fue construido como simbólico enterramiento indistinto de víctimas de una guerra y para caídos de ambos bandos. En general, unos y otros combatieron defendiendo lo que creían mejor, lo más justo. Enfrentados en trincheras opuestas -algunos procedentes de quintas de uno y otro lado- hermanados en la muerte, allí están sus restos. Nada importa su exacta proporción; el idealismo de cada uno la hace inconmensurable. El Valle es una colosal casa de oración, reconciliación verdadera incompatible con cualquier «interpretación de horrores» que, lejos de interpretarse o rememorarse, lo que debemos hacer todos es tratar de olvidarlos.

Sería escandaloso, además de estéril, andar hurgando en cementerios de aquel pasado, que sin duda hay muchos más. Menos aún en el único construido para reposo de cerca de cuarenta mil hermanos caídos de ambos bandos con la particularidad de que quienes allí reposan están por voluntad de sus familiares, que así lo solicitaron, y por los que la orden benedictina; a quien está confiada su custodia y sufragios, celebra diariamente la misa desde hace casi medio siglo. (Por cierto, los últimos enterramientos lo fueron en el año 1983, durante el primer Gobierno de Felipe González).

Como anécdota, la siguiente: cuando el cardenal Roncalli, luego papa Juan XXIII, terminaba su nunciatura en París (1955), visitó el monumento y convino que España es la única nación que erige un monumento a los caídos de ambos bandos, vencedores y vencidos. Y exclamó: «En Francia sólo se hacen en honor de los vencedores».

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[1] Juan A. Mayor de la Torre es periodista.

 

FELIPE GONZÁLEZ Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS                             arriba

                                

El presidente del Gobierno Español, Felipe González, en declaraciones al semanario británico The Observer (17 noviembre 1985), anuncia que, cualquier día, sorprenderá a los españoles visitando el Valle de los Caídos:

«¿Por qué no debería ir? Es territorio español ¿verdad? Sin dudarlo, iré cuando aparezca la oportunidad».

Simultáneamente el diario El País publica unas extensas declaraciones de Felipe González, en las que, entre otras cosas, dice:

«Hay gente que se ha propuesto intentar hacer desaparecer los rastros de cuarenta años de historia de dictadura. A mí eso me parece inútil y estúpido».

Ver Diario 16, 18 noviembre 1985

CIERRE DEL VALLE DE LOS CAÍDOS: carta abierta a Anasagasti            arriba

 Por Pío Moa

Ha propuesto usted «cancelar» el Valle de los Caídos y trasladar los restos mortales de Franco a un cementerio particular. Porque, dice usted, «en el siglo XXI» no debería existir un monumento «a una de las partes de la contienda» donde está enterrado «el máximo responsable de aquella barbarie», «un general golpista» que ocasionó «centenares de miles de muertos, heridos, exiliados y encarcelados por el único delito de defender la legalidad constitucional vigente». Y compara usted a Franco con Hitler y Mussolini.

Estas frases suenan por lo menos extrañas en un representante del PNV. Porque, usted, como sabiniano típico, recordará que una parte de su partido se alineó directamente con el «responsable de la barbarie». Desde luego, la parte mayor prefirió al bando que, según usted, defendía la legalidad. Pero, como usted también sabe perfectamente, el PNV procedió bien pronto a traicionar a ese bando entendiéndose a espaldas de él con Mussolini y con Franco. Usted, señor Anasagasti, sabe que su partido entregó intacta a aquellos «bárbaros» la industria pesada y de armamentos de Vizcaya impidiendo los intentos de sus aliados izquierdistas de destruirla. Una industria, que sirvió de modo extraordinario al esfuerzo de guerra de los causantes –dice usted– de «centenares de miles de muertos, heridos, exiliados y encarcelados». Y no olvidará nadie, porque está ampliamente escrito y descrito, cómo su partido, no contento con hacer tal servicio al mayor responsable de la barbarie, le ofreció la mejor vía de ataque para destruir a los «defensores de la legalidad», vía que de paso dejaba oculta la traición del propio PNV.

Esto no son opiniones, señor Anasagasti, sino hechos plenamente demostrados, entre otros por testimonios de los propios nacionalistas, como el padre Onaindía. No se explica bien cómo un partido que saboteó en tal grado a los «defensores de la legalidad» y favoreció en igual medida a los equivalentes de Hitler, como usted los define, puede venir ahora con semejantes letanías. ¿Es caradura insuperable, o acaso chifladura? ¿O cree usted que casi setenta años después, «en el siglo XXI», resulta aceptable cambiar la historia por una historieta? Extraña filosofía, aunque no del todo incoherente con la conducta del PNV entonces. Una traición pretende tapar a otra.

Por otra parte hacer de Franco «el máximo responsable de aquella barbarie» exige un poco más de análisis. Usted sabe que en octubre de 1934 se rebelaron casi todas las izquierdas contra la legalidad republicana, contra un gobierno legítimo y democrático. Trataban deliberadamente de iniciar la guerra civil, y la iniciaron, y en esa rebelión desempeñó el PNV un papel por lo menos turbio. Ha olvidado usted este suceso trascendental, con 1.400 muertos en dos semanas y bastante incidencia en las Vascongadas. Como ha olvidado que en aquella ocasión Franco defendió la legalidad constitucional y ayudó a frustrar la intentona.

¿Qué pasó, pues, para que, en 1936, las derechas que defendieron la legalidad en el 34 se rebelaran a su vez? Pues pasó que tras las elecciones de febrero del 36 la legalidad y las reglas del juego democrático se vinieron abajo, conculcadas sistemáticamente por las izquierdas desde el poder y desde la calle. No lo ignoraba el órgano del PNV, Euzkadi cuando clamaba: «Nos alcanza en todas partes la descomposición del Estado español, estrago inmenso de su organización social, batida por la inmoralidad y la anarquía»; o hablaba de «las convulsiones epilépticas de un pueblo moribundo» (el español), en «momentos históricos de gravedad no igualada». El PNV sabía bien lo que ocurría y quiénes eran los responsables: los mismos que se habían alzado contra la «legalidad vigente» en 1934 y que año y medio después, dueños del estado y de la calle, volvían a hacerla trizas.

¿Por qué, entonces, terminó aliándose su partido, señor Anasagasti, con los responsables evidentes de aquella situación; por qué, siendo católico, apoyó a quienes exterminaban sangrientamente a la Iglesia, mostró tal insolidaridad con las víctimas y rechazó las ofertas de las derechas sublevadas? Sólo encuentro una explicación, y está en las ideas de Sabino Arana, el Maestro de su partido, tan imbuidas en sus adeptos. Ideas como ésta: «Si a esta nación latina (España) la viéramos despedazada por una conflagración interna o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas el que España prosperara y se engrandeciera». Sólo concepciones tales explican la alianza de ustedes con los revolucionarios y bajo la protección de Stalin, y también explican que los traicionaran en cuanto vieron que no triunfarían.

¿No tenemos derecho a sorprendernos, señor Anasagasti, de que exalte usted a los supuestos «defensores de la legalidad» en el pasado mientras en el presente su partido está volcado en una campaña contra la Constitución? ¿Pueden pretender una reforma razonable de la Constitución partidos como el suyo, que ha reducido a tan poco la democracia en las Vascongadas, donde buena parte de la oposición tiene que ir protegida contra asesinos nacionalistas, donde la policía autonómica no casi persigue al terrorismo, donde tantas normas constitucionales, empezando por símbolos como la bandera nacional, son conculcados cada día por su partido…? Sus propuestas tienen todo el aire de una provocación.

Y hay otra falsedad en su argumento señor Anasagasti: el Valle de los Caídos no está dedicado sólo a uno de los bandos. Fue concebido para conmemorar la victoria sobre la revolución (¿o cree usted que no hubo revolución?) y como emblema de reconciliación: allí no descansan los restos de soldados de una sola parte, sino de las dos. Descansan, es cierto, bajo una gran cruz, y esa reconciliación no podía ser aceptada por quienes detestaban la cruz y veían en la Iglesia una institución y unas personas a exterminar, y que siguen intentando erradicarla de la vida y la cultura españolas. Usted se está sumando a ellos, señor Anasagasti, y con su sectarismo, provocación y falsificación de la historia, está conjurando otra vez los fantasmas del pasado.

Desde luego, tiene usted derecho a pensar y expresarse como lo hace: se lo garantiza la democracia española que su partido está arruinando en las Vascongadas, donde expresarse puede resultar muy peligroso. Yo quisiera que los asuntos mencionados en esta carta no tuvieran a estas alturas más tratamiento que el académico y no afectaran a la política actual. Pero usted, como otros, se obstina en el revanchismo, echando por tierra el acuerdo de no utilizar el pasado como arma arrojadiza en la política de ahora. Acuerdo que permitió una transición bastante calmada a las libertades políticas, cuyos frutos están ustedes poniendo en riesgo ahora. Pero el mismo derecho que tiene usted a expresarse, lo tenemos los demás, y a poner en evidencia sus argucias. También con la esperanza, aunque cada vez más remota, de hacerles a ustedes conscientes de su responsabilidad en la escabrosa senda que han emprendido.

 

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SOBRE EL VALLE DE LOS CAIDOS                                                                     arriba

Por Pío Moa

Tomado de «Estrella Digital»

     Hace cosa de un mes me llamaron de Com Radio de Cataluña para hablar sobre los proyectos de socialistas y separatistas de hacer alguna fechoría con el Valle de los Caídos. Hablé unos momentos, y enseguida empezaron a ponerme verde unos supuestos historiadores. Repliqué, pero ellos seguían impertérritos, hasta que me advirtieron de la emisora que habían cortado mi voz y no estaba en onda. Así entienden los debates y el pluralismo los medios catalanes, tan corrompidos y sometidos a un poder que restringe cada vez más la democracia en Cataluña.

      El poder socialista-separatista ha emprendido una campaña para justificar alguna acción contra un monumento concebido, con mejor o peor criterio, como símbolo de reconciliación, y que muchos izquierdistas han jurado demoler o desvirtuar. Según ellos, habrían pasado por allí 20.000 presos políticos en trabajos forzados y condiciones inhumanas, con cientos o miles de muertos por accidentes y mal trato, etc. Si hubiera sido así, ciertamente, nadie podría pensar en reconciliación alguna, y estaría justificado algún tipo de intervención para recordar, por lo menos, los hechos.

      Sin embargo, ya cuando empecé a oír hablar del asunto, aquellos datos me olieron a fraude, máxime al divulgarlos con tanto ahínco periódicos de estilo fascistoide como El País, o la televisión oficial manejada por el partido de los «ciento y más años de honradez». Cualquiera medianamente informado sobre la falsificación sistemática del pasado por esos partidos tomará con suma precaución sus denuncias y datos. Pero mucha gente, ignorando la historia de socialistas y separatistas, repite como loros las invenciones de éstos. Así el ABC y otros, o la encargada de cultura del PP, perfectamente homologable a la ministra actual, por lo que se ve.

      La campaña recuerda mucho otras como la de las supuestas atrocidades de la represión en Asturias tras la insurrección del 34, campañas en que han sido siempre especialistas estas-estos honradas-honrados señoras-caballeros, y destinadas a «envenenar» a la gente, como decía Besteiro. Insisto en el interés de un estudio monográfico sobre estas campañas, de tan crucial influencia en la España del siglo XX, y vuelvo a animar a hacerlo a los historiadores jóvenes.

      Los «datos» citados sobre el Valle de los Caídos han brotado, todo lo indica, de mentes preclaras tipo Alfonso Guerra o el presidente Sonrisas, o sus asesores en honradez. Por suerte podemos acudir a otra información más contrastada y contrastable, como la proveniente de uno de los arquitectos del monumento, del médico de la obra, de testimonios como los del padre de Peces-Barba, etc. El médico, Ángel Lausí, no era ningún «sicario fascista», sino un izquierdista que redimía allí penas por el trabajo, y cifra en catorce los muertos en los dieciocho años de la obra, número muy bajo, que incluye a obreros presos y libres, y por diversas circunstancias. Nada, pues, de los «cientos, quizá miles» de víctimas de las «condiciones inhumanas». El total de obreros que allí trabajaron no debió de pasar de 2.000, también entre presos y libres, con mayoría de libres. La costumbre de multiplicar por diez y más las cifras reales está muy extendida en las factorías de mitos de los de la honradez centenaria. Vemos la misma operación en el bombardeo de Guernica, en la matanza de Badajoz y en tantos casos más. El truco está al alcance de cualquiera: basta añadir un cero.

      ¿Hubo trabajos forzados? En una entrevista para un reportaje televisivo, el periodista, algo inexperto, me comunicó el testimonio de personas que decían haber sido seleccionadas a ojo en las cárceles o campos de internamiento y enviadas por la fuerza a Cuelgamuros. Puede ser, pero esos testimonios deben tomarse con cuidado. Hace un par de años los rebuscadores del Rencor Histórico creyeron encontrar en Órgiva, Granada, el anhelado Paracuellos de la izquierda, un osario gigantesco de 2.000 a 5.000 izquierdistas asesinados por los de Franco. Surgió entonces algún testigo recordando cómo llegaban los camiones cargados de hombres, mujeres y niños, los cuales eran liquidados a tiros y caían rodando a las fosas. Luego resultó que los huesos eran de cabras y perros. Tengo experiencias parecidas de «historia oral» desmentida por los documentos. No todos los testigos son fiables, e incluso los más ecuánimes y de mejor memoria suelen tener lagunas o recuerdos mezclados.

      Según la ley, no existían trabajos forzados, sino que los presos podían trabajar, voluntariamente, para redimir penas y cobrando un pequeño sueldo. Dudo mucho de que nadie fuera obligado, porque la redención solía ser de dos días por cada uno trabajado, y en el Valle de los Caídos, lugar privilegiado, llegaron a los cinco días por cada uno de labor. Sólo un preso con mucho apego a la existencia carcelaria o aversión al trabajo rehusaría tal posibilidad. Y el hecho es que la mayoría de quienes habían sido condenados a prisión perpetua o conmutados de la pena de muerte estaban libres a los seis o incluso a los cuatro años.

      ¿Por qué le ha dado ahora al PSOE y los separatistas por abrir una nueva herida? Sospecho que se trata de una maniobra de distracción mientras prosiguen su designio de liquidar la Constitución y disolver las unidad de España. La maniobra les permite generar crispación y divisiones en la derecha, y motejar de «fachas» a quienes rechazan sus planes. Pero también ofrecen la ocasión de poner en evidencia sus falsificaciones y de clarificar la situación política, ocasión que debe aprovecharse con energía.

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EONES DE LA HISTORIA                                                                        arriba

   Por MANUEL PARRA CELAYA

            Cuando escribo estas líneas es 6 de octubre de 2005. Fecha histórica: hace setenta y un años que PSOE y ERC dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana. Dicen que allí empezó, verdaderamente, la guerra civil, pero dejo a los historiadores estos análisis. Y, según he leído en diversas fuentes, el susodicho golpe se había preparado concienzudamente desde varios meses antes de que estallara la dinamita en Asturias o saliera Companys al balcón de la Plaza de San Jaime… 

            El 6 de octubre de 2005, cuando escribo estas líneas, PSOE y ERC llevan preparando hace meses otro golpe de Est