ÍNDICE
DOSSIER: «VALLE DE LOS CAÍDOS»
-
ALGUNOS DATOS HISTÓRICOS ACERCA DEL VALLE
DE LOS CAÍDOS.
Luis Suárez Fernández
- SOBRE EL VALLE DE LOS CAÍDOS.
Victoria Prego
-
EL
VALLE DE LOS CAÍDOS.
Fundación Nacional Francisco Franco
-
EL VALLE DE LOS CAÍDOS.
Pío MOA
-
La verdad: del Valle.
Juan A. Mayor de la Torre
-
FELIPE GONZÁLEZ Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS
-
CIERRE DEL VALLE DE LOS CAÍDOS:
carta abierta a Anasagasti.
Pío Moa
-
SOBRE EL VALLE DE LOS
CAIDOS.
Pío Moa
-
HOMILÍA. Dom Anselmo A. Navarrete
*
* *
EONES DE LA
HISTORIA.
Manuel Parra Celaya
EL ODIO A LOS
SÍMBOLOS.
Ramiro Solana
PLAN IBARRETXE EN MADRID.
Mariano Rajoy
DOSSIER: «VALLE DE LOS CAÍDOS»
ALGUNOS DATOS HISTÓRICOS ACERCA DEL VALLE
DE LOS CAÍDOS
Luis Suárez Fernández
Catedrático
De la Real
academia de la Historia
El Valle de los Caídos fue concebido,
desde el primer momento, como lugar de reposo y encuentro para los muertos
de ambos bandos, católicos, en la guerra civil, ya que unos y otros
entendían haber luchado por una España mejor o, simplemente, estar
cumpliendo su deber. El lugar, Cuelgamuros, fue señalado por el propio
Francisco Franco durante la guerra cuando recorría la sierra de Guadarrama.
Su nombre es una suavización del primitivo Cuelga mulos porque se había
utilizado, durante las obras de El Escorial, como dehesa para que pastasen
los animales de carga. Las obras se iniciaron un poco tiempo después de
acabada la contienda, buscando los servicios de empresas mediante los
concursos que en forma ordinaria se hacían entonces. Huarte y Compañía
tuvo el encargo de hacer la cruz, signo esencial porque, desde el punto de
vista cristiano es vehículo de reconciliación.
En la obra, que cuenta con dos directores
de gran categoría, Diego Méndez, arquitecto, y Juan de Ávalos, escultor,
que nada tienen que ver con motivos políticos, trabajaron obreros y
maestros artesanos que procedían sobre todo de los municipios de los
alrededores, de donde se extraía la piedra de cantería necesaria para la
edificación del monumento de grandes proporciones. También se admitieron
reclusos, tanto políticos como comunes, en un número ciertamente limitado.
Los datos son fehacientes. La peligrosidad de los trabajos, ya que se
trataba de horadar una montaña, hizo que se produjesen accidentes que
costaron la vida, en los tres quinquenios que tardó en realizarse, de
catorce personas. Un porcentaje que puede considerarse dolorosamente
normal. Los reclusos habían solicitado participar a fin de acogerse al
decreto de redención de penas por el trabajo. No eran forzados ni habían
sido condenados en condición de tales.
Conviene explicar este punto para evitar
equivocadas interpretaciones. Antes de la guerra un padre jesuita, Julián
Pereda, había redactado un importante documento, que Franco tuvo en su
poder y anotó, proponiendo un sistema de reinserción de los penados.
Consistía en que éstos tuvieran la oportunidad de trabajar, cobrando un
sueldo y reduciendo además el tiempo de pena. El 8 de mayo de 1940 el
director general de Prisiones propuso a Franco una solución de este tipo a
fin de, sin que se llegase a una amnistía, reducir rápidamente el número
de reclusos, que constituía un perjuicio. En consecuencia se promulgó un
decreto que otorgaba a los que escogiesen voluntariamente el sistema
recibir ambas condiciones. No se aplicó únicamente en el Valle. Las
condiciones que en este se aplicaron eran: suprimir otros dos días de
condena por cada uno que se trabajase, percibir un salario diario de siete
pesetas -más de lo que cobraba un becario de investigación en el CSIC y
poco menos de lo que se daba a un profesor adjunto en la Universidad-
tener a su familia alojada en casas que se construyeron en el Valle, y
disponer de un colegio para sus hijos. Solo los que gozaban de buena fama
en la prisión eran admitidos ya que el sistema de vigilancia era, por
razones obvias, bastante escaso. Hubo médicos que ejercieron su profesión
y otras personas destinadas a un servicio burocrático.
Los que, movidos por buena intención,
aplicaron este sistema también en el Valle, no percibieron seguramente el
error. Pues la redención de penas por el trabajo es un regalo que se hace
al condenado que es consciente de que ha sido condenado por un delito que
cometiera. Pero el preso político no lo percibe así: ha sido condenado
precisamente por defender una causa que el considera justa. En
consecuencia injusta es la sentencia. Y redimirla por medio de un trabajo
forma parte también de esa injusticia. En ciertas personas el
subconsciente conservó esta idea que aflora ahora en esa gran mentira que
trata de establecerse diciendo que fueron forzados los que trabajaron
allí. Tanto más falso cuanto que esta situación se dio sólo en los
primeros años y las obras duraron hasta 1958. Por otro lado, en las obras
del valle trabajaron únicamente un total de 2.643 obreros durante todos
los años de su construcción, siendo solamente 243 los que se acogieron a
la redención de penas por trabajo durante los años que se practicó este
sistema, nunca todos al mismo tiempo.
Poco antes de que concluyesen -la fecha
oficialmente establecida es del 7 de marzo de 1959- hubo algunas visitas
importantes a aquel recinto. Se debe destacar la de Martín Artajo, Ángel
Herrera y monseñor Angelo Roncalli que había ocupado la nunciatura en
París y regresaba a Roma. Para Herrera lo importante era conseguir el
establecimiento de un Centro de Estudios que, analizando la doctrina
social de la Iglesia, crease un nuevo espíritu de convivencia que evitase
los enfrentamientos. Una idea que Franco recogió poco después e incorporó
a uno de sus discursos: «Cuántos males hubieran podido evitarse si los
problemas sociales de nuestro tiempo hubieran sido analizados serenamente
bajo el signo de la Cruz y de las doctrinas de la Iglesia por hombres
doctos y preparados y si el espíritu del Evangelio hubiera presidido las
relaciones entre los hombres». Desde este momento quedó decidido que el
Valle albergaría dos cosas: el mencionado Centro que, en efecto, trabajó
durante bastantes años dando origen a una larga serie de libros; y una
casa de oración que fue confiada a la Orden benedictina en la que se
encuentran las raíces de la europeidad.
El decreto-ley de 23 de agosto de 1957,
que figura en el BOE, al establecer la Fundación y las condiciones del
Valle, insistía en la idea inicial: allí podían ser inhumados caídos de
ambos bandos siempre que las familias así lo solicitasen. Tenemos
constancia de la existencia de más de 33.000 entre los cuales un muy alto
porcentaje lo forman los republicanos. La lista es fehaciente y
comprobable. Pero en julio de 1958 un padre jesuita, el P. Guerrero
publicó un articulo en la revista Razón y Fe reclamando que fuesen
sólo los caídos de un bando, el suyo, los que allí se acogiesen. Franco se
asustó y Castiella envió a uno de sus colaboradores, Esteban Fernández, a
que celebrara una entrevista con el nuncio, monseñor Antoniutti para
plantearle la pregunta de si había un cambio de opinión por parte de la
Iglesia. Roncalli había afirmado que aquel principio de monumento
funerario que no hiciere distinciones entre los dos bandos, era un
ejemplo. Antoniutti respondió que no había cambio alguno y que se debía
informar al general de los jesuitas para que se hiciesen correcciones
oportunas. La conversación con el nuncio tuvo lugar el 10 de julio y está
recogida por escrito.
El mismo día 7 de marzo de 1959 en que se
daban por terminados los trabajos, Franco escribió a Pilar y Miguel Primo
de Rivera que autorizasen el traslado de los restos de su hermano desde El
Escorial. Ellos dieron la gracias solicitando que dicho traslado fuese
«intimo y recogido», deseo que no se cumplió porque el traslado (30 de
marzo) fue convertido por los falangistas en un acto de afirmación que no
interrumpió ni siquiera el clima, pésimo. La inauguración la hizo con una
misa el cardenal primado Pla y Daniel que, desde entonces se ha venido
repitiendo cada día. Al cerrarse las cuentas se vio que se habían
invertido 1.033 millones de pesetas las cuales han sido ampliamente
compensadas al Patrimonio por los ingresos que proceden de las visitas. Es
el segundo monumento en este orden.
La aportación más decisiva vino de
monseñor Roncalli cuando se convirtió en Papa Juan XXIII. Conviene
recordar que se le considera como el «Papa bueno», aquel que abrió la
Iglesia a la comprensión de todos. El 7 de abril de 1960 otorgó al Valle
la condición de basílica, concurriendo en ella los privilegios que se
señalan en tales casos, y que sólo la más alta autoridad de la Iglesia
puede definir. Además envió un pequeño trozo del lignum crucis, es
decir el madero de la cruz de Cristo hallado por Santa Helena. Sería
ocioso entrar ahora en divagaciones arqueológicas en torno a esta
atribución. Lo que importa es señalar que se trata de un regalo desde la
fe. Al mismo tiempo otorgó una indulgencia plenaria que se lucra el
Viernes Santo de cada año adorando la cruz. Para un ateo o agnóstico esto
nada supone. Para un católico es un signo decisivo. Todo esto se encuentra
exactamente documentado.
Desde entonces la basílica se ha
convertido en un centro de peregrinación para los católicos, en una casa
de oración en donde, como nos recuerda el actual abad en mensaje
decisivos, cada día se elevan oraciones por los muertos que allí reposan y
también por la concordia entre los españoles. Es el gran instrumento para
la reconciliación que, según el sentir cristiano, sólo puede lograrse a la
sombra de la cruz que lo corona todo. Privar a la nación española de un
vehículo espiritual de tales proporciones sería, sin duda, causar un daño
irreparable. Basta tener en cuenta la asistencia en los días de la Semana
Santa y en las grandes festividades religiosas. Todos los demás aspectos,
memoria política o monumentalidad han pasado a un segundo plano tras esta
dimensión que es esencial.
El lugar de honor ha sido asignado a José
Antonio Primo de Rivera, que fue víctima pasiva de una guerra civil en la
que no participó, como el propio Indalecio Prieto comentó, doliéndose de
que no se hubiera dejado al gobierno de la Republica la opción de salvar
su vida. No estaba previsto que fuera sepulcro de Franco. La decisión se
tomó en los últimos días por el Gobierno entonces existente y fue el
propio rey don Juan Carlos quien firmó la petición al abad del Valle para
que consintiera. Se le ha asignado un puesto principal, detrás del altar
mayor.
La Historia se construye sobre una
memoria que tiene siempre partidarios y detractores. Pero la actitud
correcta consiste en respetar las cosas que se hicieron, guardando sobre
todo el recuerdo fundamental a los muertos. Quienes tratan de perturbarla
no sólo se equivocan sino que causan un gran daño, a veces irreparable.
SOBRE EL VALLE DE LOS CAÍDOS
arriba
Victoria Prego
Publicado en «El Mundo»
Antes de
que fuera señalado por la izquierda española, como “un museo de los
horrores”, el Valle de los Caídos era, descontados los museos, el
monumento del Estado mas visitado de España. Ahora, colocado en el centro
de una virulenta polémica política, ha pasado a ser el tercero en el
ranking.
Un sábado
cualquiera por la mañana. Centenares de personas entran y salen de la
Basílica y deambulan por el interior mirándolo todo.
Son en su
mayoría hombres y mujeres entre treinta y cuarenta años, parejas con hijos
pequeños y veinteañeros con aspectos variadísimos. Rodean el altar sin
prestar casi atención a la tumba de José Antonio Primo de Rivera pero
deteniéndose todos largo rato ante la lápida de granito en la que pone
Francisco Franco. Los mayores de cincuenta años guardan un especial
silencio al pasar junto a la lápida. Uno de ellos puede incluso que esté
rezando. El resto parece sentir solo una vaga y lejana curiosidad ante lo
que tiene delante.
Todo esto
sucede después de que los monjes benedictinos que guardan el Valle de los
Caídos y atienden al culto de la Basílica concelebraran la misa, todos
alrededor del altar presidido por un magnifico Cristo clavado en un tronco
de enebro que Franco eligió personalmente entre los que había en el monte
y a cuya corta también asistió.
Porque
resulta que este impresionante monumento sí que tiene la huella indeleble
de Franco. Y no porque el general tenga allí otra presencia que la de sus
puros huesos guardados bajo la lápida con su nombre. Tiene la huella de
Franco, porque fue él quien ideó que hubiera un Valle de los Caídos; fue
él quien eligió personalmente el lugar donde había de levantarse el
monumento; él quien supervisó directísimamente el proyecto, las obras, las
esculturas de Juan de
Ávalos
-un republicano con carné de las juventudes socialistas- y hasta el diseño
de la gigantesca cruz de piedra de ciento cincuenta metros que preside la
Abadía. Y fue también Franco quien definió su cometido Por eso es
imposible, históricamente hablando, desligar el nombre de Franco de el
Valle de los Caídos. Esta es su obra, sencillamente.
Desde
1937, mucho antes de que ganara la Guerra Civil, Franco tenía según cuenta
Diego Méndez, uno de los dos arquitectos del Valle, la obsesión de
levantar un monumento con el que “honrar a los muertos, cuanto ellos nos
honraron”. Desde luego, en aquel momento, Franco estaba pensando en honrar
a sus muertos, a los de su bando.
Y eso
queda claro en el decreto de 10 de Abril 1940, al año de terminada la
guerra, que dispone que se levante un templo grandioso en el que reposen
los héroes y mártires de la Cruzada.
Pero 18
años después, las cosas ya eran de otra manera. En 1958, un año después de
su inauguración, los gobiernos civiles informaban a los Ayuntamientos que
el propósito del Monumento era “dar sepultura a cuantos cayeron en nuestra
Cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron” con tal de que
fueran de nacionalidad española y de religión católica, puesto que se
trataba de sepultarles en lugar sagrado.
E
invitaban a que, quienes lo desearan, llevaran a enterrar allí a los
suyos.
La segunda
condición para que los restos identificados fueran depositados en
Cuelgamuros, fue que ello contara con el consentimiento pleno de los
familiares. A partir de 1953, empezaron a llegar a la cripta de la
basílica las primeras cajas.
Ahora
mismo la basílica cobija en la cripta los restos identificados de
alrededor de 35.000 caídos en el frente, y en las retaguardias, la mayoría
de los cuales, según el Abad, pertenecen al bando republicano.
De los que
faltan para completar la totalidad de los restos guardados allí, casi cien
mil, Proceden la mayor parte de las fosas comunes abiertas en tos frentes
de batalla, no se conocen las identidades y sería hoy ya muy difícil su
identificación. Esta es la realidad demostrable y documentada de los
muertos en la Guerra Civil española que descansan en el Valle de los
Caídos, objeto hoy de tan agria polémica.
Por lo que
se refiere a los presos políticos que construyeron el Valle, estos son los
datos: Durante los casi diecinueve años que duraron las obras, trabajaron
allí entre 800 y 1.000 presos políticos, nada de decenas de miles, corno
quiere la leyenda negra divulgada. Nunca acudieron en régimen de trabajos
forzados corno dice esa leyenda. Todo lo contrario, para ir a trabajar a
Cuelgamuros, los reclusos políticos tenían que solicitarlo oficialmente.
Porque ocurría que las perspectivas penales, económicas y personales eran
mucho mejores allí que en cualquier otra prisión.
En lo
personal, porque los presos fueron autorizados a llevar a sus mujeres y a
sus hijos, que se quedaron en muchos casos a vivir con ellos. En lo penal,
porque los reclusos políticos podían redimir de dos a seis días por cada
uno de trabajo. Los primeros presos llegaron a finales de 1942, dos años
y medio después de comenzadas las obras, y al terminar 1950 no quedaba
ninguno porque todos habían redimido ya sus penas y estaban en libertad.
Muchos de ellos, sin embargo, optaron por seguir en el Valle corno
personal contratado
Y en
cuanto a lo económico, porque las condiciones de los presos políticos eran
idénticas a las de los trabajadores libres Cobraban el mismo salario,
aunque a los reclusos se les retenían las tres cuartas partes de la paga,
un dinero que se ingresaba en la Caja Postal de Ahorros, para
entregárselas a sus mujeres e hijos, si los tenían, o a ellos mismos
cuando recobraran las libertad. Cobraban “los puntos”, por cargas
familiares, las horas extras, y estaban asegurados. Todo esto está
documentado, además de avalado, por los testimonios directos de quienes
trabajaron allí.
Tampoco
existieron nunca, esos miles de muertos en el tajo que cuenta la leyenda
negra, ahora removida y admitida como buena por casi todos. En los casi
veinte años que duró la construcción se registraron exactamente 14
accidentes mortales. Y la mayor parte de las victimas, sino la totalidad,
fueron obreros libres que, por razón de la especialización de sus tareas,
eran la mayoría de los que estaban allí trabajando.
Ni
siquiera está claro que Franco quisiera ser enterrado en el Valle de los
Caídos, como se sostiene.
El único
testimonio existente en ese sentido, es el del arquitecto Diego Méndez
quien cuenta que, durante las obras, Franco le señaló un lugar junto al
altar mayor y le dijo:
“Yo aquí”.
Nada más. No existe constancia escrita de este deseo, ni nadie lo supo
nunca; ningún miembro de su familia, ni tampoco el presidente del Gobierno.
En los
últimos días de la enfermedad del general, Arias Navarro le preguntó a su
hija Carmen exactamente eso, y la respuesta fue “No”.
Lo que si
consta es que las obras para acondicionar una tumba al otro lado del altar
se realizaron a toda prisa, estando el dictador ya irremediablemente
enfermo. Consta también, y hay testimonio de ello, que a comienzo de los
setenta, Franco envió a su mujer para que visitara la cripta de la ermita
de el cementerio de E! Pardo, que está adornada por los mismos artistas
que participaron en la decoración del Valle de los Caídos. Y consta que en
esa cripta había una urna funeraria con capacidad sobrada para dos cuerpos
y que una vez enterrado Franco en Cuelgamuros, esa urna fue retirada. Y,
finalmente, consta que ahora reposan allí en solitario los restos de su
viuda, Carmen Polo.
Entre
tantas conjeturas y tanta leyenda, hay, eso sí una certeza: la de que el
Valle de los Caídos, es uno de los pocos lugares de España, donde la
huella física de Franco existe todavía. Y la de que solo la destrucción
del monumento, estilo Budas de Bamiyán, sería capaz de borrarla.
VICTORIA PREGO
EL
VALLE DE LOS CAÍDOS
arriba
Fundación Nacional Francisco Franco
lugar
sagrado y de reconciliación
Han irrumpido con riesgo para la
convivencia de los españoles, con un radicalismo que reabren las heridas
de la guerra, y contra los españoles que quieren vivir en paz. Ya se
escribe en los periódicos Adiós España, ya se dice que el progreso con el
que quieren justificar tantas acciones, resulta en sentido contrario,
hacia 1936. Ahora la ofensiva es contra el Valle de los Caídos, un lugar
donde se oyen sólo las preces de los monjes benedictinos y de miles de
fieles que acuden a aquél lugar de recogimiento y oración. Allí también
están recogidos restos de millares de combatientes de ambos bandos de la
Guerra Civil y el lugar, y así fue expresamente determinado por Franco, y
recogido y elevado por la Iglesia, que convertía aquél lugar en sagrado, y
en un monumento de reconciliación nacional y de peregrinación a la Cruz.
Habría que atender, para sosegar tantas actitudes que ahora manifiestan
odio y revancha, las palabras recientísimas del Abad del Valle Dom.
Anselmo Álvarez: «Es el lugar símbolo con que se quiso sellar aquella hora
de España y fue una cruz y un altar [...] lo que ha unido la sangre de
Dios, no lo separe el hombre [...] no se construye una sociedad amputando
previamente sus raíces o procediendo a invertir sus fundamentos
históricos».
En 1960 el Papa Juan XXIII, admirado y
querido por todos, declara Basílica la iglesia de la Santa Cruz. «En este
monte sobre el que se eleva el signo de la redención humana ha sido
excavado una inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo
templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por
los caídos de la Guerra Civil de España. Y allí acabados los
padecimientos, terminados los trabajos, y aplacadas las luchas, duermen
juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la
Nación Española».
Que esa determinación de lugar de
encuentro y reconciliación de todos tiene numerosos y muy claros
testimonios, como este llamamiento del Gobierno Civil de Madrid, que
publicaba ABC el 30 de mayo de 1958 en que se ponía en conocimiento
de cuantos desearan el traslado de los restos de sus familiares caídos al
Valle: «uno de los principales fines que determinaron la construcción del
Monumentos Nacional a los Caídos en el valle de Cuelgamuros (Guadarrama)
fue el de dar sepultura a quienes fueron sacrificados por Dios y por
España y a cuantos cayeron en nuestra Cruzada, sin distinción del campo
en el que combatieron según exige el espíritu cristiano que inspiró
aquella magna obra, con tal de que fueran de nacionalidad española y de
religión católica.
Contra todo ello, se suceden las
propuestas del destrozo de la reconciliación lograda en una regresión
sectaria y fratricida, peligrosa porque promueve la discordia y fractura a
la sociedad española, también con esos objetivos siniestros sobre el Valle
de los Caídos. La avanzadilla son los marxistas y los independentistas de
la Ezquerra Republicana de Cataluña, unos españoles que no quieren serlo y
por eso también resulta una paradoja dramática que se erijan en defensores
de esas propuestas de disgregación de la Nación Española.
Hay un vendaval informativo que acoge las
propuestas antihistóricas de convertir «el Valle en un centro de
interpretación del franquismo, de ayudar a la gente a entender lo que
significó la dictadura», e incluso se habla de compromisos del gobierno y
hasta de plazos para consumar el tremendo disparate, en definitiva una
situación negativa y peligrosa que juzgamos ha de ser abordada
inmediatamente por la exigencia de respeto que merece el Valle de los
Caídos.
en
defensa de la verdad
Ante la campaña contra el Valle de los
Caídos con la pretensión de convertirlo en un monumento laico, desatada
desde sectores comunistas y que propugnan la ruptura de la unidad de
España, con datos inexactos cuando no tergiversados, es obligación de
salir en defensa de la verdad para lo cual se hacen las puntualizaciones
siguientes:
Es falso que las grandes obras del Valle
de los Caídos fueran realizadas por «presos políticos». Es cierto que
entre los obreros profesionales figuraron, a partir de 1942, determinado
número de condenados por graves delitos, castigados por los tribunales a
penas de muerte, en muchos casos, conmutadas por 30 años de reclusión;
pero a pocas personas se les escapará, por muy legas que sean en la
materia, que alguien que no fuera especialista en la perforación de
túneles mediante la utilización de dinamita, por ejemplo, pudiera
intervenir en la ejecución de obra tan compleja. El arquitecto D. Diego
Méndez, que se encargó de la continuación de las obras y del proyecto y
construcción de la Cruz, tras la renuncia, por enfermedad, de don Pedro
Muguruza, afirma en su obra El Valle de los Caídos. Idea. Proyecto.
Construcción, lo siguiente: «La maledicencia ha cargado las tintas a
la hora de valorar el papel que en la realización de las obras desempeñó
dicho personal. Lo rigurosamente cierto es que este pequeño grupo de
obreros fue atendido, aunque con las naturales limitaciones derivadas de
su situación, en pie de igualdad con el resto de los trabajadores libres.
Su especial psicología impulsó a algunos de ellos a asumir voluntariamente
las misiones más peligrosas, aquéllas en las que para vencer a la
naturaleza, había de esgrimir las armas del coraje y la dinamita. Sobre
alguno de estos hombres, más no sólo sobre ellos, recayó la ciclópea tarea
de horadar el Risco de la Nava, para hacer sitio a la prodigiosa Basílica
que hoy alberga. Ya, como personal libre, la casi totalidad continuó su
tarea en el Valle hasta el fin de las obras, contratados por las
diferentes empresas. Hubo, incluso, algunos que pasaron después a trabajar
en la Fundación».
Es falso, como se afirmó recientemente en
Televisión Española, en la serie «Memoria de España», que en las obras
hubieran intervenido «veinte mil presos políticos». Es cierto, como afirma
Diego Méndez, en el libro citado, que a lo largo de quince años, dos mil
hombres (no quiere decir que todos a la vez, ni que todos fueran penados)
aportaron su esfuerzo diario hasta dar cima a la obra».
Es falso que los presos que trabajaron en
el Valle de los Caídos lo hicieran obligatoriamente. Es cierto que todos y
cada uno de los obreros penados se ofrecieron voluntariamente a las
Empresas, por un lado, y, por otro, mediante instancia a la Dirección
General de Prisiones. La razón era fácilmente compresible: Lo que comenzó
siendo la manera de redimir tres días de la pena por uno trabajado, según
Orden Ministerial de 7 de octubre de 1938, lo amplió el Patronato Central
para la Redención de Penas por el Trabajo, en 1943, hasta la redención de
seis días por cada uno trabajado. El Código Penal lo estableció más tarde
en tres días redimidos por dos trabajados. Con lo cual, a los penados que
trabajaban en el Valle, que se beneficiaban también de los múltiples
indultos decretados por el Jefe del Estado, se les concedió la libertad
provisional no más tarde de cinco años después de su condena. Así que en
1950 no quedó ni un solo penado «político» en el Valle. En esa fecha
comenzaron a trabajar reclusos comunes que querían redimir penas por el
trabajo.
Es falso que los trabajadores libres o
penados sufrieran penalidades sin cuento, con un sistema de trabajo de
campo de concentración. Es cierto, como declaró Damián Rabal, cuyo padre y
él mismo trabajaron como obreros libres, contratados por la empresa San
Román, a Daniel Sueiro, autor de El Valle de los Caídos. Los secretos
de la cripta franquista, que la cripta se comenzó a perforar a finales
de 1941 con diez o doce obreros a los que pronto se sumaron trabajadores
procedentes de Peguerinos, El Escorial y Guadarrama, y que los «penados»
llegaron a finales de 1942. Pronto se hicieron casas para los obreros,
Iglesia, enfermería, economato y un campo de fútbol. Hay que resaltar que
los penados cobraban un sueldo mínimo cifrado en siete pesetas, de la
época, diarios, más la comida. Y que enseguida fueron subidos a diez
pesetas diarias, más los pluses por trabajo a destajo, más o menos
peligroso, etc. Gran parte de ellos llevaron allí a sus familias; allí
hubo bodas y bautizos. Y allí quedaron la mayoría de ellos, trabajando
como obreros libres tras obtener la remisión total de las penas, mientras
sus hijos estudiaban en la Escuela organizada al efecto, escuela mixta, la
única existente en España de la época, siguiendo las enseñanzas de un
maestro que redimía así su condena de muerte conmutada a treinta años. No
debían ser tantos los «penados», por lo menos al principio, por cuanto
Paco Rabal, miembro del PCE, reconoció que en la vivienda que le habían
concedido a sus padres vivían la mayoría de ellos. Ambos hermanos
coinciden en que las condiciones de vida era «allí mucho más suave que en
las prisiones. Todos (los obreros profesionales) procurábamos echar una
mano [...] porque los presos no eran útiles para aquella clase de trabajo;
se lesionaban, no sabían ni podían. Muchos iban solos a El Escorial o a
Guadarrama, y no se fugaban, sino que volvían. Además podían tener allí a
sus mujeres. Ellas iban allí y ya se quedaban...». Según la prensa de la
época, a finales de 1943 trabajaban en el Valle unos seiscientos obreros.
La mayoría de ellos de dedicaban a construir la carretera actual.
Es falso que en la construcción de las
instalaciones del Valle de los Caídos murieran «centenares, cuando no
millares de presos políticos», tal se afirma sin aportar prueba alguna. Es
cierto, como declaró a Daniel Sueiro el médico don Ángel Lausín, que llegó
a Cuelgamuros el año cuarenta, para redimir pena, que «como médico del
Consejo de Obras del Monumento me ocupé de todos los obreros de las
diversas empresas que trabajaban allí. Allí hubo accidentes, enfermos,
partos, en fin, de todo. Pero para los heridos graves se organizaba el
traslado en ambulancias [...] Los traían a la Clínica del Trabajo, que
está en la calle de Reina Victoria [...] Hubo catorce muertos en todo el
tiempo de la obra, porque yo he estado allí prácticamente todo el tiempo».
D. Ángel Lausín ganaba mucho dinero en el Valle, pero cuando la obra
terminó le desaparecieron los ingresos del seguro de enfermedad de todos
los trabajadores y del seguro de accidentes y sólo le quedó el sueldo de
médico del Consejo de las Obras. Por ello pidió una plaza de médico, y se
le concedió, en el Ambulatorio del Seguro de Enfermedad de San Blas, en
Madrid, donde se jubiló.
Es falso que los penados «políticos»
comenzaran a llegar al comienzo de las obras y continuaran hasta su
terminación. Sí es cierto lo declarado por el médico citado: «De los
presos políticos que estuvieron allí hasta el año cincuenta, y yo he
estado allí, la mayoría eran excelentes personas, estaban cumpliendo una
condena por cosas políticas y estaban ganando unas pesetas para mantener a
sus familias. Una vez liberados, muchos se quedaban allí trabajando.
Alrededor de los años cincuenta ya quitaron los establecimientos penales y
sólo quedó el personal libre». El practicante, don Luis Orejas, condenado
a nueve años, quedó en libertad poco después de su llegada al Valle, pero
prefirió quedarse allí donde empezó ganando quinientas pesetas mensuales.
Llevó a su mujer y allí nacieron sus cuatro hijos. Tras la inauguración
del Valle logró una plaza de practicante en el servicio de urgencias de La
Paz. Don Gonzalo de Córdoba, el maestro, había sido condenado a la última
pena, conmutada por treinta años. Cobraba, al llegar al Valle, en mayo de
1944, mil cien pesetas mensuales. D. Gregorio Peces-Barba del Brío, padre
de D. Gregorio Peces-Barba, condenado a muerte por hechos reflejados en la
Causa General, también le fue conmutada la pena de muerte en 1942, llega
al Valle a comienzos de 1944 y en abril recibió la libertad condicional,
con lo que pudo abandonar el Valle. Durante esos tres o cuatro meses le
acompañaron su mujer y su hijo. El señor Peces-Barba declaró a Daniel
Sueiro: «Por mi parte, tampoco puedo decir que haya estado arrancando
piedras, sería estúpido decir eso; no hubiera sido demasiado útil
arrancando piedras. Yo estuve en el trabajo de las oficinas». Así otros,
cuyos nombres omitimos por no alargar esta nota.
Es falso que la construcción del Valle de
los Caídos supusiera un dispendio que hizo peligrar las finanzas
nacionales. Sí es cierta la liquidación final del Interventor General de
la Administración del Estado y del Consejo de las Obras, rendida en mayo
de 1961. La liquidación revela que el coste de las obras se elevó a
1.159.505.687,73 pesetas, similar a la deuda actual de Radio Televisión
Española y muy inferior a los déficit de todas las televisiones
autonómicas. Por lo demás, no se invirtió en la obras ni un solo céntimo
del Presupuesto Nacional. El dinero, según advierte el Decreto-Ley de 29
de agosto de 1957, «A fin de que la erección del magno Monumento no
represente una carga para la Hacienda Pública, sus obras han sido
costeadas con una parte del importe de la suscripción nacional abierta
durante la guerra y, por lo tanto, con la aportación voluntaria de todos
los españoles que contribuyeron a ella». Fueron 235.450.374,05 pesetas. El
resto procedió de los recursos netos de los sorteos extraordinarios de la
Lotería Nacional que se celebraban anualmente el día 5 de mayo, y que,
hasta aquél momento se habían destinado a la construcción de la Ciudad
Universitaria de Madrid. Según Diego Méndez a ello hay que sumar «millares
de donativos particulares, algunos de ellos de procedencia verdaderamente
ejemplar y emocionante».
Es falso que en la Basílica del Valle de
los Caídos solamente estén enterrados los muertos del lado nacional o que
Franco la construyó para que le sirviera de Mausoleo. En el Valle de los
Caídos están enterrados cuarenta mil españoles de uno y otro lado de las
trincheras, por lo que constituye el monumento representativo de la
reconciliación nacional. Allí se reza y se oficia por unos y otros, sin
distinción de ideologías. Franco compró una tumba en el cementerio de El
Pardo. Fue el gobierno de entonces quien determinó que el enterramiento
del Generalísimo fuera en el Valle, decisión ratificada por SM el Rey,
quien pidió permiso al Abad de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de
los Caídos para enterrar allí a Franco.
Queremos terminar con palabras de un enemigo de Franco,
detractor de la construcción del Valle de los Caídos, y padre de otro
enemigo de Franco y así mismo detractor del monumento. Son palabras del
citado D. Gregorio Peces-Barba del Brío: «...teníamos que ir inculcando a
nuestros hijos, lo que teníamos que ir inculcando a las generaciones que
pudieran sucedernos, es que en España no podía volver a repetirse aquella
tremenda catástrofe que supuso nuestra Guerra Civil. Por eso pienso que
los vencidos de la guerra no hemos tenido nunca, no hemos tenido jamás
deseos de venganza; no hemos querido ni hemos tenido presente más que el
deseo de que entre las dos Españas no se siguiera ahondando. El ahondar
entre las dos Españas no ha sido fruto de los vencidos. Yo quiero resaltar
eso, que a los vencidos, que hemos hecho la Guerra Civil y somos
supervivientes de la Guerra Civil, no se nos puede ni se nos debe tachar
de revanchistas ni de marcados. Los que hemos hecho la Guerra Civil hemos
sido desde el primer momento los más interesados en educar a nuestros
hijos en el respeto y en el amor al prójimo; en educarles en el sentido de
que su vida y su actividad y sus vivencias políticas vayan encaminadas a
que de una vez para siempre vuelva a haber paz entre los españoles y
aquello no vuelva a producirse». Que así sea.
Por
Pío MOA
Publicado en "La
Razón"
27.04.05
Unos jóvenes me entrevistaron recientemente para un programa
de televisión sobre el Valle de los Caídos, centrándose en los presos
izquierdistas que allí trabajaron. Me mostraron un proyecto de placa que,
al parecer, piensa colocar allí el gobierno actual, en recuerdo de los
«presos republicanos» a quienes atribuye la construcción del monumento «en
régimen de esclavitud». La placa hablaba de «reconciliación» y de
recuperar la «memoria histórica». Comenté que no conocía en detalle la
historia del Valle de los Caídos, pero mi experiencia al estudiar la
república y la guerra civil me hacía dudar de tales afirmaciones, a la
vista del gran número de mitos difundidos durante estos años bajo el
marbete de historiografía «profesional» y hasta «definitiva».
Por otra parte, de entrada percibía algunas falsedades,
inconciliables con la pretensión de recobrar la memoria del pasado. Así,
hablar de presos republicanos ya significaba desvirtuar los hechos, y no
resulta creíble una reconciliación que tan mal empieza. La gran mayoría de
los supuestos republicanos estaba constituida por comunistas, socialistas
y anarquistas, todos ellos antidemócratas por ideología y práctica,
autores de reiterados ataques a la república y de la preparación de la
guerra civil. En cuanto al «régimen de esclavitud», tenía mis dudas. Los
presos, según creía, trabajaban redimiendo penas por el trabajo; sistema
consistente en suprimir dos o tres días de condena por cada uno trabajado.
Como es sabido, al terminar la guerra los tribunales dictaron alrededor de
50.000 penas de muerte, cumpliéndose aproximadamente la mitad. Las demás
fueron conmutadas a cadena perpetua, la cual en la mayoría de los casos,
se tradujo en la libertad a los seis años y aún antes. Uno de los recursos
para conseguirlo consistió en la redención de penas por el trabajo. Ahora,
husmeando en Internet encuentro una información de la Fundación Francisco
Franco donde se tacha de falsedades algunas historias divulgadas
insistentemente por los medios especialmente por la muy manipulada
televisión oficial. He aquí los hechos según dicha fundación: no habrían
trabajado en el Valle de los Caídos 20.000 presos políticos, como han
hecho circular periodistas e historiadores poco escrupulosos, sino 2.000
obreros a lo largo de quince años de obras, y no todos al mismo tiempo, de
los cuales solo una minoría fueron presos. Éstos percibían siete pesetas
diarias, sueldo no desdeñable para la época, más la comida. Además habrían
sido beneficiados no con tres días de redención de penas por día
trabajado, sino con seis días a parte de otros indultos, con lo que
ninguno permaneció como preso más de cinco años, siguiendo después la
mayoría como trabajadores libres. En 1950 no quedaba ya ninguno de los
penados.
De ahí se desprende la mendacidad del aserto común de que
«cientos, si no miles de presos murieron en la construcción del
monumento». Según el médico izquierdista Ángel Lausin, que también redimió
allí condena ejerciendo su profesión y siguió luego hasta el fin de la
obra, el número total de muertos, entre obreros libres y presos, ascendió
a catorce, cifra baja para tantos trabajadores y tanto tiempo. Las
condiciones también habrían sido aceptables; «Paco Rabal, miembro del PCE,
reconoció que la vida allí era mucho más suave que en las prisiones…,
muchos iban solos a El Escorial o a Guadarrama y no se fugaban, sino que
volvían. Además podían tener allí a sus mujeres». La escuela para los
hijos de los presos era mixta, cosa excepcional entonces, y aceptada por
la autoridad como concesión al maestro izquierdista, hombre de esas ideas.
Estas y otras informaciones, deben ser verificadas, desde
luego, por una investigación imparcial, pero desde luego tienen el mayor
interés y merecen ser ampliamente conocidas para contrastarlas con las
ofrecidas por los pretendidos recuperadores de la memoria. Tengo la
pesimista sospecha sin embargo, de que esos peculiares memoriosos
utilizarán todos los medios –poderosos medios- a su disposición para
impedir el general conocimiento y contraste de los datos por los
ciudadanos. Para ello aplicarán como de costumbre, el simple método de la
censura inquisitorial, de la que puedo hablar con conocimiento de causa,
por haberla sufrido.
Contrastar los informes es solo un primer paso para acercarse
a la verdad de los hechos. Después conviene aclarar al menos dos
cuestiones: a) ¿Cuántos presos políticos trabajaron efectivamente en la
obra?; b) ¿a que penas estaban condenados y por qué delitos reales o
supuestos? Saber esto arrojaría mucha luz sobre el carácter de la
represión en la época en torno a la cual circulan demasiadas leyendas.
Esta investigación debiera estar al alcance de cualquier historiador con
afición y tiempo, y animo desee aquí a hacerla, sobre todo a jóvenes
estudiosos e independientes. En relación con el tema me gustaría señalar
un punto que siempre me ha intrigado y que muy rara vez ha sido tratada en
la multitud de libros escritos sobre la represión: ¿por qué cayeron en
manos de Franco tantos izquierdistas y separatistas implicados en el
terror contra las derechas? Asombrosamente, los principales dirigentes
solo parecen haberse ocupado de su propia fuga, dejando a sus seguidores
atrapados como en una ratonera, a merced de quienes pensaban ajustarles
estrechas cuentas por las muertes, torturas y saqueos realizados bajo el
poder del Frente Popular. Pero de esto me ocuparé en otro artículo.
Por
Juan A. Mayor de la Torre
Publicado en El País
el 8 de mayo de 2005
Desde hace poco tiempo son frecuentes en los medios de
comunicación las alusiones, citas o artículos, dedicados al Valle de los
Caídos, monumental templo y necrópolis de mediados del siglo pasado. La
mayoría aluden a la novedosa propuesta de un político republicano catalán
de convertir dicho monumento en Centro de
interpretación de los horrores del franquismo.
Republicano y catalán son dos respetables condiciones,
comunes a grandes figuras de la historia de España, compatibles con
inclinaciones históricas y estéticas dispares. Nadie está obligado a que
le guste El Greco, el Acueducto de Segovia, las cuevas de Altamira o las
esculturas de Ávalos. Pero las obras universalmente reconocidas como el
Valle de los Caídos, monumentos que apuntalan esa misma historia, merecen
respeto siquiera por ello: porque son prenda de la Historia misma aunque
su autoría se remonte a periodos aborrecidos por muchos.
No parece pensable que a cualquier republicano sensible se
le ocurriera desmantelar el monasterio de El Escorial porque en su panteón
de reyes reposan los restos de buena parte de nuestros monarcas, algunos
de ellos de triste memoria. Ni que a un catalán en sus cabales le diera
por proponer que se desmonte el arco romano de Bará (Tarragona), arco de
triunfo bélico homenaje al general Licinio Sura, porque testimonie el
carácter dictatorial del aborrecible militar de Trajano.
El mundo entero, y España por obvias razones, están llenos
de monumentos erigidos por vencedores, algunos de ellos crueles y
despiadados, pero que configuran su pasado. Pensadores, guerreros y aun
políticos de toda virtud y calaña. Por el contrario, el Valle de los
Caídos es una muestra singular de reconciliación entre contendientes de
dos bandos, hermanos para mayor dolor, enfrentados en una guerra llena de
horrores mutuos: osario común y, sobre todo, lugar de oración donde los
monjes benedictinos y quienes lo visitan piden a Dios perdón por las
mutuas culpas y que jamás, por motivo alguno, pueda repetirse similar
circunstancia. Presidido por la cruz, símbolo de perdón, es el segundo
monumento de España en visitas después de La Alhambra, lo que ratifica su
prestigio recogido en las enciclopedias y textos de arquitectura del mundo
entero.
Ajenos a tales consideraciones y poco informados, no faltan
quienes objetan dos hechos adversos y absolutamente falsos: primero: que
fue construido por presos condenados a trabajos forzados. Segundo: que se
erigió como faraónica tumba de Francisco Franco, vencedor en la contienda.
Es cierto que en su construcción trabajaron presos
políticos. Y también presos comunes. Pero ni unos ni otros forzosos, sino
voluntarios. Igual que al ingresar en prisión los reclusos más cultos se
ocupan en la biblioteca, los agricultores en jardinería o los pintores en
pintura, el Gobierno de aquellos años dio la opción de que un preso del
carácter que fuera, lo mismo el político que quien cumplía condena por
desvalijar un banco o robar carteras, pudiera acogerse a «redimir penas
por el trabajo». Quienes lo hicieron, políticos o comunes, contaron tres
días por cada uno trabajado, con lo que reducían a un tercio su condena.
Recibían un pequeño salario por su trabajo y podían llevar a residir a sus
familias junto a ellos en las viviendas rústicas del poblado; facilidad
nada habitual. Estos datos son fácilmente documentables por quienes tengan
interés en ello. Y si estar preso no es nunca situación agradable,
trabajar en las obras del Valle fue redentora y opcional, no forzosa
situación.
Los penados efectuaban obras de peonaje. Junto a ellos
especialistas de los pueblos serranos, albañiles y sobre todo canteros,
llevaban a cabo tareas que requerían un oficio que los presos no tenían.
Cualquier anciano de tales pueblos aledaños puede aún atestiguar lo dicho
hasta aquí. El número total de obreros que trabajaron en las obras del
Valle fue de 2.643, de los que solamente 243 fueron penados.
En cuanto a que el Valle se construyese para panteón de
Franco, es error que tan sólo requiere una reflexión:
En cualquier iglesia o catedral del mundo el sitio de honor
para un enterramiento es delante del altar mayor. En el Valle este lugar
está ocupado por los restos de José Antonio Primo de Rivera. Los de Franco
están detrás del altar, no en el sitio de honor que se hubiese reservado
si tal hubiera sido su deseo y el motivo de su construcción. Puede que
para sus restos estuviera previsto el cementerio de El Pardo y en los
últimos años se cambió de parecer. Resulta indiferente. Lo evidente es que
si hubiera sido el Valle lo previsto, ¿no le habrían reservado el lugar
que ocupa José Antonio?
La única realidad que a nadie verdaderamente reconciliado
parece que debería irritarle, es que el Valle de los Caídos fue construido
como simbólico enterramiento indistinto de víctimas de una guerra y para
caídos de ambos bandos. En general, unos y otros combatieron defendiendo
lo que creían mejor, lo más justo. Enfrentados en trincheras opuestas
-algunos procedentes de quintas de uno y otro lado- hermanados en la
muerte, allí están sus restos. Nada importa su exacta proporción; el
idealismo de cada uno la hace inconmensurable. El Valle es una colosal
casa de oración, reconciliación verdadera incompatible con cualquier
«interpretación de horrores» que, lejos de interpretarse o rememorarse, lo
que debemos hacer todos es tratar de olvidarlos.
Sería escandaloso, además de estéril, andar hurgando en
cementerios de aquel pasado, que sin duda hay muchos más. Menos aún en el
único construido para reposo de cerca de cuarenta mil hermanos caídos de
ambos bandos con la particularidad de que quienes allí reposan están por
voluntad de sus familiares, que así lo solicitaron, y por los que la orden
benedictina; a quien está confiada su custodia y sufragios, celebra
diariamente la misa desde hace casi medio siglo. (Por cierto, los últimos
enterramientos lo fueron en el año 1983, durante el primer Gobierno de
Felipe González).
Como anécdota, la siguiente: cuando el cardenal Roncalli,
luego papa Juan XXIII, terminaba su nunciatura en París (1955), visitó el
monumento y convino que España es la única nación que erige un monumento a
los caídos de ambos bandos, vencedores y vencidos. Y exclamó: «En Francia
sólo se hacen en honor de los vencedores».
_____________________
Juan A. Mayor de la Torre
es periodista.
FELIPE GONZÁLEZ Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS
arriba
El presidente del Gobierno Español,
Felipe González, en declaraciones al semanario británico The Observer
(17 noviembre 1985), anuncia que, cualquier día, sorprenderá a los
españoles visitando el Valle de los Caídos:
«¿Por qué no debería ir? Es territorio
español ¿verdad? Sin dudarlo, iré cuando aparezca la oportunidad».
Simultáneamente el diario El País
publica unas extensas declaraciones de Felipe González, en las que, entre
otras cosas, dice:
«Hay gente que se ha propuesto intentar
hacer desaparecer los rastros de cuarenta años de historia de dictadura. A
mí eso me parece inútil y estúpido».
Ver Diario 16, 18 noviembre 1985
CIERRE DEL VALLE DE LOS CAÍDOS:
carta abierta a Anasagasti
arriba
Por
Pío Moa
Ha propuesto usted
«cancelar» el Valle de los Caídos y trasladar los restos mortales de
Franco a un cementerio particular. Porque, dice usted, «en el siglo XXI»
no debería existir un monumento «a una de las partes de la contienda»
donde está enterrado «el máximo responsable de aquella barbarie», «un
general golpista» que ocasionó «centenares de miles de muertos, heridos,
exiliados y encarcelados por el único delito de defender la legalidad
constitucional vigente». Y compara usted a Franco con Hitler y Mussolini.
Estas frases suenan por lo menos extrañas
en un representante del PNV. Porque, usted, como sabiniano típico,
recordará que una parte de su partido se alineó directamente con el
«responsable de la barbarie». Desde luego, la parte mayor prefirió al
bando que, según usted, defendía la legalidad. Pero, como usted también
sabe perfectamente, el PNV procedió bien pronto a traicionar a ese bando
entendiéndose a espaldas de él con Mussolini y con Franco. Usted, señor
Anasagasti, sabe que su partido entregó intacta a aquellos «bárbaros» la
industria pesada y de armamentos de Vizcaya impidiendo los intentos de sus
aliados izquierdistas de destruirla. Una industria, que sirvió de modo
extraordinario al esfuerzo de guerra de los causantes –dice usted– de
«centenares de miles de muertos, heridos, exiliados y encarcelados». Y no
olvidará nadie, porque está ampliamente escrito y descrito, cómo su
partido, no contento con hacer tal servicio al mayor responsable de la
barbarie, le ofreció la mejor vía de ataque para destruir a los
«defensores de la legalidad», vía que de paso dejaba oculta la traición
del propio PNV.
Esto no son opiniones, señor Anasagasti,
sino hechos plenamente demostrados, entre otros por testimonios de los
propios nacionalistas, como el padre Onaindía. No se explica bien cómo un
partido que saboteó en tal grado a los «defensores de la legalidad» y
favoreció en igual medida a los equivalentes de Hitler, como usted los
define, puede venir ahora con semejantes letanías. ¿Es caradura
insuperable, o acaso chifladura? ¿O cree usted que casi setenta años
después, «en el siglo XXI», resulta aceptable cambiar la historia por una
historieta? Extraña filosofía, aunque no del todo incoherente con la
conducta del PNV entonces. Una traición pretende tapar a otra.
Por otra parte hacer de Franco «el máximo
responsable de aquella barbarie» exige un poco más de análisis. Usted sabe
que en octubre de 1934 se rebelaron casi todas las izquierdas contra la
legalidad republicana, contra un gobierno legítimo y democrático. Trataban
deliberadamente de iniciar la guerra civil, y la iniciaron, y en esa
rebelión desempeñó el PNV un papel por lo menos turbio. Ha olvidado usted
este suceso trascendental, con 1.400 muertos en dos semanas y bastante
incidencia en las Vascongadas. Como ha olvidado que en aquella ocasión
Franco defendió la legalidad constitucional y ayudó a frustrar la
intentona.
¿Qué pasó, pues, para que, en 1936, las
derechas que defendieron la legalidad en el 34 se rebelaran a su vez? Pues
pasó que tras las elecciones de febrero del 36 la legalidad y las reglas
del juego democrático se vinieron abajo, conculcadas sistemáticamente por
las izquierdas desde el poder y desde la calle. No lo ignoraba el órgano
del PNV, Euzkadi cuando clamaba: «Nos alcanza en todas partes la
descomposición del Estado español, estrago inmenso de su organización
social, batida por la inmoralidad y la anarquía»; o hablaba de «las
convulsiones epilépticas de un pueblo moribundo» (el español), en
«momentos históricos de gravedad no igualada». El PNV sabía bien lo que
ocurría y quiénes eran los responsables: los mismos que se habían alzado
contra la «legalidad vigente» en 1934 y que año y medio después, dueños
del estado y de la calle, volvían a hacerla trizas.
¿Por qué, entonces, terminó aliándose su
partido, señor Anasagasti, con los responsables evidentes de aquella
situación; por qué, siendo católico, apoyó a quienes exterminaban
sangrientamente a la Iglesia, mostró tal insolidaridad con las víctimas y
rechazó las ofertas de las derechas sublevadas? Sólo encuentro una
explicación, y está en las ideas de Sabino Arana, el Maestro de su
partido, tan imbuidas en sus adeptos. Ideas como ésta: «Si a esta nación
latina (España) la viéramos despedazada por una conflagración interna o
una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y
verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las
desdichas el que España prosperara y se engrandeciera». Sólo concepciones
tales explican la alianza de ustedes con los revolucionarios y bajo la
protección de Stalin, y también explican que los traicionaran en cuanto
vieron que no triunfarían.
¿No tenemos derecho a sorprendernos,
señor Anasagasti, de que exalte usted a los supuestos «defensores de la
legalidad» en el pasado mientras en el presente su partido está volcado en
una campaña contra la Constitución? ¿Pueden pretender una reforma
razonable de la Constitución partidos como el suyo, que ha reducido a tan
poco la democracia en las Vascongadas, donde buena parte de la oposición
tiene que ir protegida contra asesinos nacionalistas, donde la policía
autonómica no casi persigue al terrorismo, donde tantas normas
constitucionales, empezando por símbolos como la bandera nacional, son
conculcados cada día por su partido…? Sus propuestas tienen todo el aire
de una provocación.
Y hay otra falsedad en su argumento señor
Anasagasti: el Valle de los Caídos no está dedicado sólo a uno de los
bandos. Fue concebido para conmemorar la victoria sobre la revolución (¿o
cree usted que no hubo revolución?) y como emblema de reconciliación: allí
no descansan los restos de soldados de una sola parte, sino de las dos.
Descansan, es cierto, bajo una gran cruz, y esa reconciliación no podía
ser aceptada por quienes detestaban la cruz y veían en la Iglesia una
institución y unas personas a exterminar, y que siguen intentando
erradicarla de la vida y la cultura españolas. Usted se está sumando a
ellos, señor Anasagasti, y con su sectarismo, provocación y falsificación
de la historia, está conjurando otra vez los fantasmas del pasado.
Desde luego, tiene usted derecho a pensar
y expresarse como lo hace: se lo garantiza la democracia española que su
partido está arruinando en las Vascongadas, donde expresarse puede
resultar muy peligroso. Yo quisiera que los asuntos mencionados en esta
carta no tuvieran a estas alturas más tratamiento que el académico y no
afectaran a la política actual. Pero usted, como otros, se obstina en el
revanchismo, echando por tierra el acuerdo de no utilizar el pasado como
arma arrojadiza en la política de ahora. Acuerdo que permitió una
transición bastante calmada a las libertades políticas, cuyos frutos están
ustedes poniendo en riesgo ahora. Pero el mismo derecho que tiene usted a
expresarse, lo tenemos los demás, y a poner en evidencia sus argucias.
También con la esperanza, aunque cada vez más remota, de hacerles a
ustedes conscientes de su responsabilidad en la escabrosa senda que han
emprendido.
* *
*
SOBRE EL VALLE DE LOS
CAIDOS
arriba
Por
Pío Moa
Tomado de «Estrella Digital»
Hace cosa de un mes me
llamaron de Com Radio de Cataluña para hablar sobre los proyectos de
socialistas y separatistas de hacer alguna fechoría con el Valle de los
Caídos. Hablé unos momentos, y enseguida empezaron a ponerme verde unos
supuestos historiadores. Repliqué, pero ellos seguían impertérritos, hasta
que me advirtieron de la emisora que habían cortado mi voz y no estaba en
onda. Así entienden los debates y el pluralismo los medios catalanes, tan
corrompidos y sometidos a un poder que restringe cada vez más la
democracia en Cataluña.
El poder
socialista-separatista ha emprendido una campaña para justificar alguna
acción contra un monumento concebido, con mejor o peor criterio, como
símbolo de reconciliación, y que muchos izquierdistas han jurado demoler o
desvirtuar. Según ellos, habrían pasado por allí 20.000 presos políticos
en trabajos forzados y condiciones inhumanas, con cientos o miles de
muertos por accidentes y mal trato, etc. Si hubiera sido así, ciertamente,
nadie podría pensar en reconciliación alguna, y estaría justificado algún
tipo de intervención para recordar, por lo menos, los hechos.
Sin embargo, ya
cuando empecé a oír hablar del asunto, aquellos datos me olieron a fraude,
máxime al divulgarlos con tanto ahínco periódicos de estilo fascistoide
como El País, o la televisión oficial manejada por el partido de
los «ciento y más años de honradez». Cualquiera medianamente informado
sobre la falsificación sistemática del pasado por esos partidos tomará con
suma precaución sus denuncias y datos. Pero mucha gente, ignorando la
historia de socialistas y separatistas, repite como loros las invenciones
de éstos. Así el ABC y otros, o la encargada de cultura del PP,
perfectamente homologable a la ministra actual, por lo que se ve.
La campaña
recuerda mucho otras como la de las supuestas atrocidades de la represión
en Asturias tras la insurrección del 34, campañas en que han sido siempre
especialistas estas-estos honradas-honrados señoras-caballeros, y
destinadas a «envenenar» a la gente, como decía Besteiro. Insisto en el
interés de un estudio monográfico sobre estas campañas, de tan crucial
influencia en la España del siglo XX, y vuelvo a animar a hacerlo a los
historiadores jóvenes.
Los «datos» citados
sobre el Valle de los Caídos han brotado, todo lo indica, de mentes
preclaras tipo Alfonso Guerra o el presidente Sonrisas, o sus asesores en
honradez. Por suerte podemos acudir a otra información más contrastada y
contrastable, como la proveniente de uno de los arquitectos del monumento,
del médico de la obra, de testimonios como los del padre de Peces-Barba,
etc. El médico, Ángel Lausí, no era ningún «sicario fascista», sino un
izquierdista que redimía allí penas por el trabajo, y cifra en catorce los
muertos en los dieciocho años de la obra, número muy bajo, que incluye a
obreros presos y libres, y por diversas circunstancias. Nada, pues, de los
«cientos, quizá miles» de víctimas de las «condiciones inhumanas». El
total de obreros que allí trabajaron no debió de pasar de 2.000, también
entre presos y libres, con mayoría de libres. La costumbre de multiplicar
por diez y más las cifras reales está muy extendida en las factorías de
mitos de los de la honradez centenaria. Vemos la misma operación en el
bombardeo de Guernica, en la matanza de Badajoz y en tantos casos más. El
truco está al alcance de cualquiera: basta añadir un cero.
¿Hubo trabajos
forzados? En una entrevista para un reportaje televisivo, el periodista,
algo inexperto, me comunicó el testimonio de personas que decían haber
sido seleccionadas a ojo en las cárceles o campos de internamiento y
enviadas por la fuerza a Cuelgamuros. Puede ser, pero esos testimonios
deben tomarse con cuidado. Hace un par de años los rebuscadores del Rencor
Histórico creyeron encontrar en Órgiva, Granada, el anhelado Paracuellos
de la izquierda, un osario gigantesco de 2.000 a 5.000 izquierdistas
asesinados por los de Franco. Surgió entonces algún testigo recordando
cómo llegaban los camiones cargados de hombres, mujeres y niños, los
cuales eran liquidados a tiros y caían rodando a las fosas. Luego resultó
que los huesos eran de cabras y perros. Tengo experiencias parecidas de
«historia oral» desmentida por los documentos. No todos los testigos son
fiables, e incluso los más ecuánimes y de mejor memoria suelen tener
lagunas o recuerdos mezclados.
Según la ley, no
existían trabajos forzados, sino que los presos podían trabajar,
voluntariamente, para redimir penas y cobrando un pequeño sueldo. Dudo
mucho de que nadie fuera obligado, porque la redención solía ser de dos
días por cada uno trabajado, y en el Valle de los Caídos, lugar
privilegiado, llegaron a los cinco días por cada uno de labor. Sólo un
preso con mucho apego a la existencia carcelaria o aversión al trabajo
rehusaría tal posibilidad. Y el hecho es que la mayoría de quienes habían
sido condenados a prisión perpetua o conmutados de la pena de muerte
estaban libres a los seis o incluso a los cuatro años.
¿Por qué le ha dado
ahora al PSOE y los separatistas por abrir una nueva herida? Sospecho que
se trata de una maniobra de distracción mientras prosiguen su designio de
liquidar la Constitución y disolver las unidad de España. La maniobra les
permite generar crispación y divisiones en la derecha, y motejar de
«fachas» a quienes rechazan sus planes. Pero también ofrecen la ocasión de
poner en evidencia sus falsificaciones y de clarificar la situación
política, ocasión que debe aprovecharse con energía.
* *
*
EONES DE LA
HISTORIA
arriba
Por MANUEL PARRA CELAYA
Cuando escribo estas líneas es
6 de octubre de 2005. Fecha histórica: hace setenta y un años que PSOE y
ERC dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana. Dicen que
allí empezó, verdaderamente, la guerra civil, pero dejo a los
historiadores estos análisis. Y, según he leído en diversas fuentes, el
susodicho golpe se había preparado concienzudamente desde varios meses
antes de que estallara la dinamita en Asturias o saliera Companys al
balcón de la Plaza de San Jaime…
El 6 de octubre de 2005,
cuando escribo estas líneas, PSOE y ERC llevan preparando hace meses otro
golpe de Est |